1 - Gente amable 1970


Preámbulo



Queridos hijos:

Ya tenéis ocho y cinco años y, la verdad, me estáis haciendo recordar mucho mi infancia. Es imposible que seáis conscientes de esto ahora, pero sois una parte esencial en esta historia de mis primeros años. Sin daros cuenta, me estáis proporcionado la oportunidad de reivindicar mi propia juventud porque vosotros no vais a tener una infancia robada, una infancia de abusos, tristeza, hambre y frío. Es un desafío cruel tener que recordar todo lo que pasó, pero quiero compartirlo con vosotros no solo porque me estáis dando la oportunidad de ser el padre que yo no tuve, sino también porque, a pesar del abuso, mi infancia estuvo llena de magia, amor, personajes increíbles, y libertad. Es una historia positiva, os lo aseguro; mi mejor historia. No quiero que os la perdáis.


Lo que vais a leer son los recuerdos de mi niñez y adolescencia. La imagen de aquel mundo brutal que ha quedado grabada en mi mente. No he intentado buscar la verdad objetiva de los hechos tal y como ocurrieron, sino la verdad del recuerdo y los sentimientos. Por lo tanto, este relato es cierto y honesto dentro de los confines de mi memoria. Tampoco busco venganza, sino todo lo contrario. A través de estas líneas intento comprender lo que nos pasó a todos los involucrados principales: vuestros tíos y tía, vuestros abuelos y yo. Pero, ante todo, quiero entender ese infierno interior que se manifestaba en la violencia que experimentamos. Y es que sospecho que él fue tan víctima como nosotros.


Cuanto más pienso en compartir estos recuerdos, más me doy cuenta de que no puede haber marcha atrás. El silencio alienta el abuso. Es hora de hablar. Hay muchas preguntas sin respuesta. Todos debemos hablar.



•••




Capítulo 1

Gente amable

1970 - 3 años de edad


Un puño gigante me levanta en el aire. Tengo miedo. Mucho miedo. Una mano más grande que yo se aplasta contra mi cara.


Es mi primer recuerdo. Tengo tres años y vivo en el piso de Correos con el papá, la mamá y Juan. No sé dónde estará Juan. Quizá mirando atemorizado. Tampoco sé dónde está la mamá. Quizá ella también se haya llevado una paliza y esté tirada en una esquina.


Estoy asomado a la ventana de la memoria. Recuerdo eventos puntuales, sensaciones y sentimientos. Dolor. Me asusta mirar este paisaje olvidado, pero tengo que acercarme al pequeño Félix, Felisito, y escuchar lo que tiene que decirme. Quiero ver lo que hay tras las capas de abuso, de miedo, y descubrir a esa persona que vino al mundo sin saber lo que le esperaba. Necesito vivir esas experiencias de nuevo y procesarlas desde el punto de vista de un adulto, porque un niño cegado por el dolor no puede comprender de dónde vienen los golpes. También quiero estar con esos dos jóvenes que se enamoraron y se perdieron en el laberinto de los sentimientos. Ahora que soy mayor que mis padres, me gusta estar con ellos en la dimensión del recuerdo porque ya no hay juicios, ni reproches, ni buenos, ni malos. Solo el papá y la mamá. Niños con hijos, desorientados en la casa de los espejos. Asustados, todos, en el túnel de los horrores. Quisiera que me escucharan desde el pasado para decirles que no tienen la culpa de nada. Que la vida está llena de crueles trampas y a nosotros nos tocó vivir la nuestra. Quizá la única manera de lanzar un grito al pasado sea a través de este relato.


Me asomo a la ventana del recuerdo y veo al pequeño Félix en la casa de los abuelos.


En la prisión de Correos estoy indefenso. Y hace un frío que se mete en el corazón. Prefiero la casa de los abuelos en la calle Ligués. Me gusta la gente amable y cariñosa que hay en la casa de los yayos. Mi bisabuela, la yaya vieja, vive ahí. Me fascinan sus arrugas y su moño. A la hora de comer me invita a beber agua con vino de su vaso. La verdad es que los pedacitos de comida que hay disueltos en el agua no me entusiasman demasiado, pero sería incapaz de rechazar nada de mi yaya vieja porque la quiero mucho. Su hermana, la tía Modestina, que está ciega, viene a la casa a pasar el día de vez en cuando. Yo me quedo mirando esos ojos grises que no ven nada y me atrevo a alcanzarle cosas y a guiarla por la casa. Los hermanos de mi padre, mis tías y tíos, también aparecen por ahí los fines de semana y durante las vacaciones escolares. Claro que, con sólo tres años no sé nada de colegios ni de vacaciones. Solo veo que la gente aparece y, después de unos días, se despiden. La tía Isabel es mi madrina y la quiero con locura. Cuando la veo venir me emociono, porque no hay nadie que me de unos abrazos y besos tan grandes como ella. Y los regalos que me trae son siempre tan acertados como si pudiera adivinar lo que quiero. Sin embargo, no soy un niño interesado. No sólo quiero besos y abrazos. El yayo siempre me recibe con una sonrisa tan brillante como el sol. Es todo lo que necesito para que mi mundo se ilumine. Pero tampoco es que vaya por ahí buscando sonrisas. La yaya transmite amor sólo con estar ahí. Sin demasiadas sonrisas, ni muchos besos y abrazos. Pero, insisto, no soy interesado. Incluso hay gente por ahí, como mis tíos Alberto y Patxi, que no hacen más que torturarme: me hacen cosquillas sin fin, me meten miedo por los pasillos de la casa, me encierran en los armarios, me estiran de las orejas y me dan coscorrones en la cabeza. Pero los quiero mucho porque son divertidos. Aunque el tío Patxi se pasa. Es un crío algo mayor que yo y no me deja en paz. Me persigue, me hace correr y llorar y me enfado con él. Aunque el tío Patxi no es el único que me hace rabiar. Hay muchos parientes y amigos que aparecen por la casa de vez en cuando y la llenan de ruido y alegría. La Mari Jose, hija de la tía Vicenta, viene bastante y, a veces, me lleva a su casa para jugar con las demás primas. Y ahí sí que que me engancho a pelear con la Loli de vez en cuando. Menudos arañazos y tirones de pelo que me llevo.


No han pasado ni cincuenta años, pero me da la impresión de estar escribiendo sobre otro mundo. Un mundo donde hay canciones en los labios de todos, en las calles, en el aire. “Yo te daré, te daré niña hermosa, te daré una cosa, una cosa que yo solo sé…” A la yaya vieja le encanta esa canción. Pero, ¿por qué café? ¿Qué tiene de maravilloso el café? “Ahora que estamos sentados, vamos a contar mentiras”. ¿Cómo pueden crecer pinos en el mar y sardinas el monte? ¡Absurdo! “Cuatro esquinitas tiene mi cama, cuatro angelitos que me la guardan”. No me gusta ir a la cama. Aunque me encanta estar con la yaya o la tía Isabel que son las que me enseñan a rezar antes de dormir. En la casa de Correos no hay canciones, ni rezos. A no ser que esté la Matilde cuidándome. Ella sí me canta y me abraza y me quiere. Pero no se queda de noche. “Quinto levanta, tira de la manta” y “Mambrú se fue a la guerra. ¡Qué dolor, qué dolor, qué pena!”. Canciones tristes, canciones raras. De todo hay, porque la gente canta mucho. Y cuando me cantan a mí, lo hacen mirándome a los ojos, con una gran sonrisa en los labios. Hay cientos de canciones. Cientos de sonrisas. Cientos de amores. Pero no en el piso de Correos. Ahí hay mentiras, y Mambrú, muerto. Lo llevan a enterrar. Qué dolor. Qué pena. Y gatos por los tejados. Pesadillas de un niño de tres años. Cinco lobitos tiene la loba… ¡Detrás de la escoba! Cucú cantaba la rana, mientras miraba a la niña hermosa que no paga con dinero. Cientos de personajes, y cientos de amores. Pero tengo miedo. ¿Qué hace el gato en el tejado? ¿No se caerá? “Aserrín, aserrán, los maderos de San Juan. Los obreros piden pan. No se lo dan. Piden queso, les dan un hueso. Y les retuercen el pescuezo”. La niña se ahoga. ¿Por qué se fio del barquero? “¿Dónde vas, Alfonso XII, dónde vas, triste de ti? Voy en busca de Mercedes, que ayer tarde no la vi”. Esa la canta mi padre para martirizar a la prima Charito. Pero Mercedes ya se ha muerto, el entierro yo lo vi, en mis sueños y en mis momentos negros, después de amores y llantos a cientos.


Por fortuna, al día siguiente, viene la Matilde a sacarme a pasear. Ella es como una madre para mí. La Matilde siempre me pregunta: “¿Hasta dónde me quiere mi chiquillo?” Y yo le respondo que hasta las nubes... No, hasta el cielo… No, ¡hasta el sol! Dice mi madre que la Matilde me enseñó a hablar. Las mujeres nos paran por la calle y me dicen “¡Pero que chiquillo tan precioso!” Como la Joaquina María, que me agarra y me ordena: “Dale un beso a tu tía Joaquina”, aunque no es mi tía, cubriéndome la cara de besos y baba. Y los hombres del pueblo también nos paran, siempre con alguna broma o algún truco que mostrarme. El hermano de las Vicentas, el Remigio, sin ir más lejos, que me enseña como su dedo gordo se separa de su mano para luego volver a su sitio por arte de magia. En realidad, nunca falta quien me saque a pasear, ni quien venga a la casa de los abuelos a hacernos pasar un buen rato. Como Félix, el Seco, que viene a cortarnos el pelo y siempre me hace alguna broma. Que si me corta una oreja, que si se corta un dedo. Qué majo es. Parientes, farmacéuticos, niñeras, jardineros, caras difuminadas por el tiempo. No logro verlos bien, pero recuerdo lo amables que eran todos los que pasaban por la casa de los yayos.


El mundo es maravilloso. Hasta que llega la hora de ir al piso de Correos. Ahí no hay gente divertida, y nunca se sabe lo que pueda ocurrir. Aunque, a veces, el papá se va de viaje y me quedo solo con la mamá y con el Juan, que todavía es bebé. Entonces podemos estar tranquilos. El sol se cuela entre los visillos y la mamá me invita a desayunar. Que mi madre me haga caso y me hable me parece algo nuevo y maravilloso. Dirige mi atención hacia unas tostadas untadas en mantequilla que ha preparado y un huevo pasado por agua, y me dice: “Mira, en Inglaterra comemos esto. Se unta el pan tostado en el huevo y a comer. Se llama soldadito”. A mí me revuelve el estómago todo ese huevo crudo. Pero sí que estoy contento de que la mamá me hable. Y que no esté llorando. Suena el teléfono. La mamá me llama y me dice que es el papá, que me ponga, pero yo estoy paralizado. “Vamos”, dice mi madre, “el papá quiere hablar contigo”. Pego el enorme auricular a mi oído. Mi padre quiere saber qué regalos quiero que me traiga de su viaje. Le digo que quiero gigantes y cabezudos. Mi temor se ha desvanecido un poco porque el papá no me ha gritado, pero no estoy contento: el papá regresa pronto.


Como también regresan la música y los gigantes todos los veranos, y la gente bailando por las calles con su alegría contagiosa. Todo se ve desde la casa vieja, que está al lado de Los Paseos. Y el yayo me lleva a las corridas de toros, y a ver los gigantes y cabezudos cuando salen a bailar. Hay algunos muy peligrosos que te pueden dar un golpe con su mazo. Una vez vi al cabezudo diablo dar un mazazo a un chaval. ¡Menuda impresión! Los reyes también imponen mucho respeto con sus enormes cabezas que se pierden en el cielo. En casa tengo una colección de figuritas de toros, y de toreros, y de mulillas y picadores, y una plaza de toros que me regaló la tía Isabel. Ese día no se me olvidará  nunca, cuando apareció ella con el tremendo regalo, lo abrí y la emoción de ver semejante plaza de toros con todo detalle me inundó por completo. Así que solo me faltan los cabezudos. A ver si cuando vuelva el papá me trae unas buenas figuritas de cabezudos.


Y, si el yayo me lleva de paseo por el pueblo, la yaya y la yaya vieja me tienen metido en la iglesia cada dos por tres. A mí me encanta ir con ellas aunque me aburra en la misa. Nos ponemos adelante. Se santiguan; me santiguan; hacen unas genuflexiones, aunque no sé lo que es eso; y empiezan a rezar antes de que comience la ceremonia. Yo me dedico a gatear por los bancos, a olisquear el incienso mezclado con el alcanfor de los abrigos de las señoras, y me pongo de rodillas cuando me lo piden. Cuando salen los curas, todos nos levantamos y comienza el aburrimiento. Así que paso el rato fijándome en todos esos cuadros y estatuas llenos de sangre y gente sufriendo. Cristo crucificado nos enseña a vivir y a morir: obedecer al padre, rezar, aceptar el dolor y la muerte. La yaya me está enseñando eso: que hemos venido a este mundo a sufrir. “Si el mismísimo hijo de Dios sufrió y murió en la cruz, imagínate nosotros, hijo mío”. Cada cual lleva su cruz. Igual que Jesús. Y yo ya sé cuál es la mía.


“Palmas, palmitas,
que viene papá.
Palmas palmitas,
que luego vendrá.

Palmas, palmitas,
que viene papá.
Palmas, palmitas,
que en casa ya está”.


Yo pensaba que el papá no me quería, y ahora me trae unos magníficos cabezudos a tamaño real. Estoy feliz y confundido al mismo tiempo. No sé qué pensar. Presiento que los cabezudos sean un cáliz envenenado. Aunque solo tengo tres años y no conozco la expresión, sí conozco el sentimiento.


Como no tenemos sitio en el piso de Correos para los tremendos cabezudos, los llevamos al cuarto de jugar de la casa de los yayos. Bueno, no es lo que yo quería, pero son importantes para mí porque me los ha traído el papá. Y yo que pensaba que no me quería.


Soy tan pequeño que la casa vieja me parece un castillo. Aparte de los tres pisos principales, también tiene un sótano, una cochera y el ático, así como la terraza y el jardín, que nosotros llamamos huerto. Pero lo más importante es el cuarto de jugar, que está repleto de magníficos juguetes, libros, y colores. Creo que no hay juguete que no tenga. Hasta un coche a pedales tengo, para pasear por el huerto. Aunque, mejor pensado, el huerto es el mejor sitio de la casa. Se baja hasta él por unas escaleras desde la terraza del segundo piso. Ahí paso el rato explorando y buscando bichos. Me fascinan las lagartijas, los cortachichas, y los bichos rojos con rostros negros sobre la espalda. Y las dos tortugas de tierra que se despiertan en primavera y desaparecen en invierno. Me las suelo encontrar merodeando entre los setos y me quedo mirando sus ojitos viejos y sus duros cascarones. Y que no se me olviden las hormigas, las arañas, y los caracoles de varios tipos. Los gordos de jardín, las caracolas blancas, y unos en forma de cucurucho que son mis favoritos. Hasta sapos se ven de vez en cuando merodeando por ahí. Cuando hace buen tiempo me baño en la fuente del jardín, que tiene un pez que escupe agua. Ahora que el Juan ya sabe andar, me dedico a enseñarle todos los rincones secretos del jardín y a cazar bichos. Aunque el Juan no me hace mucho caso y, si me acerco a darle un abrazo, él me responde con un empujón. No recuerdo cuándo apareció Juan. Solo le paso un año. Por eso.


De repente hay una gran fiesta en el huerto. Hay mesas con manteles blancos y muchos invitados. Llegan bandejas con deliciosa comida. Yo me dedico a gatear por debajo de las mesas, y a comer croquetas. Estamos a la sombra de mi árbol favorito, tan alto como la casa. Aunque no sé si prefiero las tres palmeras del huerto. Es difícil escoger, porque la yaya tiene el huerto precioso, como el de un palacio de los que salen en las películas. Al jardín inferior, donde están los setos, las palmeras y las tortugas, se baja por unas escalinatas anchas. En esas escalinatas hay maceteros con violetas y yo me quedo un buen rato disfrutando de su aroma. La fiesta continúa y alguien me ofrece gaseosa y el gas se me sube por la nariz hasta los ojos. Todos se ríen de mis gestos y hacen chistes a mi costa. Hay mucha gente, pero no veo sus caras. Ahora las princesas de palacio me sacan a bailar en brazos. Ojalá la vida fuera siempre así. Ojalá jamás tuviera que regresar al piso de Correos.


Oficina de Correos, olor a tinta, aceite de máquina, papel y tabaco. Uniformes grises. De día estás llena de gente, saludos y colas. De noche, tus paredes lloran. Los locos de arriba están peleando. La Inés se lleva otra paliza. Los niños, tiesos; mudos como palos.


La gente me llama Félix el gato con razón. En invierno salimos menos al jardín de la casa de mis abuelos, pero me caliento como los gatos con el sol que se filtra por las ventanas y caldea el suelo de parqué en la sala de estar. Nosotros la llamamos la galería porque tiene muchas ventanas orientadas hacia el sol. Los sillones de cuero también se calientan y paso el rato sentado ahí disfrutando de su aroma. La yaya vieja siempre está cerca, cuidando de mí, haciendo ganchillo, mientras yo me traslado de una isla de sol a otra y, por el camino, agarro juguetes o husmeo por los armarios y las estanterías que hay al lado de la chimenea. Luego me voy a la cocina, a pasar el rato con la yaya y las chicas. ¡Y mira que había un montón! Esto no lo recuerdo yo, pero dice vuestra abuela: “Me acuerdo cuando eras un bebé, te cogía la doncella, ‘Mari la tonta’, te envolvía con una especie de largo chal rectangular que llevaban entonces las mujeres y te llevaba al pueblo, a dar una vuelta, a hacer un recado, igual que hacen las africanas pero delante, no a la espalda. El chal daba varias vueltas al cuerpo, no podías haberte caído. Nunca supe lo que había sido de la Mari. Era alta. Y le llamaban la tonta porque le faltaba un hervor, pero un pelín solo. Puedes decir que ningún bebé del pueblo ha podido tener tantas mujeres alrededor suyo adorándote y cuidándote. No es extraño que tuviera celos tu padre, le habías destronado. ¡Yo cuento un mínimo de 10 mujeres fijas y alguna por horas, las mandaderas! No te parece increíble?” Sí, increíble. Por eso me gusta tanto la casa de los yayos. Ya es la hora de comer y me han puesto un filete de ternera. Pero no me apetece en estos momentos. La yaya está a mi lado y se inventa cuentos para animarme a comer: “Vamos, Felisito, come. Este filete viene del toro que mataron en la corrida de ayer.” O a lo mejor no era un cuento. Pero mi atención está puesta en una de las chicas que trabajan en la casa porque  son muy buenas conmigo. Me cogen en brazos, me dan vueltas en el aire y me cantan canciones. “Estaba el señor don Gato sentadito en su tejado…” Y la parte que más me gusta es la que dice “y al olor de las sardinas, el gato ha resucitado”.


Y es que hay tantas canciones macabras como historias de muerte. A veces el yayo me lleva a las bodegas de vino. Hoy me enseñan unos lagares que dan mucho miedo. Dicen que una vez se cayó uno adentro y murió porque ahí no se puede respirar. Qué miedo da mirar ese agujero negro. Pero me gusta estar ahí. En las bodegas del abuelo huele bien. La oficina está llena de gente amable envuelta en aromas de tabaco y papel. Los oscuros edificios antiguos huelen a moho y cal. Las máquinas, a aceite y gasoil. Me encanta el aroma de los montones de brisa seca, y hasta la pestilencia que sale de los desagües vinícolas. Los fenoles invaden mi sangre y me transforman. Soy vino. Y el vino empieza su camino en septiembre.


Yo también nací en septiembre y, antes de que me diera cuenta, el invierno ya me había congelado el alma. Bofetada a bofetada, un golpe original se convierte en una bola de nieve. Según cae montaña abajo, se transforma en una descomunal avalancha de ostias. Soy mosto estrujado a golpes. Pero, en primavera, el sol regresa y calienta mis huesos. Me trae flores, baños de estanque, y palabras amables. Ya mi corazón late, enamorado para siempre de la promesa solar. Soy vino. Mi mosto ya macerado, listo para disfrutar del verano.


Veo un jardín y unas mesas. Estoy con mis padres, pero se han perdido entre la gente. Los mayores se sientan a comer y me dejan libre para que me de un baño en la piscina. Yo sé mucho de piscinas porque me encanta el agua. Sé que las piscinas se van haciendo profundas poco a poco, por eso son seguras. No hay que meterse en lo profundo, eso es todo. Pero esta piscina es incluso más segura, porque está a nivel y solo me cubre hasta la cintura. Estoy solo en el agua. Al otro lado de la casa están de fiesta. Pero no me interesa porque no hay niños, ni personas amables que quieran jugar conmigo. En el agua se está bien. Ya estoy casi en el centro de la piscina. Soy muy valiente. De repente me hundo. Me ahogaré. Ahora toco el suelo y logro impulsarme hacia arriba. Llego al escalón y trepo hasta la zona segura. Esto no ha tenido ninguna gracia. Ni siquiera tengo cuatro años y, sin embargo, veo que la muerte acecha por todos lados.


•••


Me gustaría contaros muchas más cosas sobre esta primera época de mi vida, pero los recuerdos son dispersos. La lógica narrativa no sirve. La poesía se queda corta. Aromas, tacto, calor, frío, sustos, amores. Sol, fascinación, colores. Y un niño lleno de curiosidad por la vida. Tan maravillosa como cruel.


Hay recuerdos que no son míos y preferiría no incluirlos en este relato, pero vuestra abuela me ha contado lo poco que recuerda de esos primeros años de mi vida. Habla con cariño de las monjas que la cuidaron en la infame maternidad de Peñagrande de Madrid, donde encerraban a madres solteras y, según parece, les robaban a los hijos para darlos en adopción. “Yo no tengo más que buenos recuerdos de aquellas monjas; y la chica de confianza que me acompañaba para salir por Madrid tampoco se quejaba de nada. Yo, claro, estaba donde estaban las chicas de nivel económico alto y además, la madre superiora era de Cintruénigo. Me ha llenado de horror los varios artículos que he leído y no puedo creer que esas encantadoras y cariñosas monjas fuesen tan malas”. También cuenta que ella hacía vida con las monjas y que organizaban fiestas flamencas en la cocina. Pero lo que me parece increíble es que mis abuelos la encerrasen ahí. Supongo que, aparte de la vergüenza del embarazo, para ellos, cualquier mujer que quisiera casarse con su hijo debía estar bastante mal de la cabeza y, por consiguiente, mejor estaba encerrada al cuidado de las monjas. Desde luego, en las semanas o meses que estuvo ahí, se ahorró unas cuantas palizas. Pero lo importante es que el encierro supuso el primer eslabón en un proceso de desempoderamiento que acabaría por destruir a vuestra abuela como persona. Pero no solo las palizas y el encierro desempoderan. Vuestra abuela siempre se ha quejado de que me robaron de sus brazos en cuanto nací. A lo mejor por eso siempre fue fría conmigo. Pero no me extraña que fuera algo distante teniendo en cuenta cómo la trataba su marido. Son palabras de la abuela sobre algo que ocurrió en 1970: “La violencia ejercida contra nosotros fue una constante, y el miedo. Cualquier cosa le podía sentar mal. Nunca se sabía el qué. Una vez en el hotel Emperatriz de López de Hoyos, Madrid, me dio tal paliza que me partió el tímpano y, ¿sabes por qué? Porque en un bar donde se metía un Cuba libre detrás de otro, se me ocurrió reírme de los chistes de tu padrino Richie. Está claro que tu padre sufría de trastornos mentales, tenía celos enfermizos de todo el mundo, hasta de su hermana, pero eso no le impedía tirarse a las esposas de sus amigos, por ejemplo. No puedo olvidar estas cosas. Y hay tantas, y tantas. Lo que no sé es cómo he sobrevivido”.


Supongo que os estaréis preguntando muchas cosas. Con toda la gente que teníamos a nuestro alrededor, ¿cómo es posible que nadie nos protegiera? Eso es algo que yo mismo he llegado a preguntarme. Sin embargo, la respuesta es compleja. Cuando una persona se equivoca, nadie sabe por cuánto tiempo va a estar equivocada. A todos nos gusta tener segundas oportunidades. Y a todos nos gusta darlas. Es lo justo. Todos esperamos que las personas cambien a mejor. Vuestro abuelo tuvo muchas oportunidades de ser un buen padre. Había que dárselas. Por otra parte, seguro que había mucha gente protegiéndonos, pero yo no recuerdo esos detalles ya que esas conversaciones e intervenciones no ocurrían delante de los niños. Pero estoy seguro de que mis abuelos y los amigos de la familia hicieron lo que pudieron.


Pensaréis también en lo injusto que es sufrir tanto sin haber hecho nada malo para merecerlo. Os daréis cuenta a lo largo de vuestras vidas de que la mayor parte de nuestro sufrimiento es autoinfligido. Pero no el sufrimiento de los niños maltratados. Eso llega sin avisar. La incongruencia brutal de esos golpes te convierte en prisionero de tu cerebro: paralizado, aterrorizado, sin aliento, los músculos en tensión. No puedes ni llorar. Apenas balbucear: “No le pegues a la mamá. Por favor”. Y lo repites mil veces. Hasta que se te queda en el cerebro para siempre. Hasta que caes víctima de un síndrome de enclaustramiento y la gente piensa que eres tímido. Pero vais a aprender que la vida es una lotería y, a veces, toca sufrir aunque no lo merezcamos. La raza humana es un organismo que reparte felicidad y dolor a todos sus miembros. Y algunos se llevan una cuota más grande de dolor que los demás sin que nada se pueda hacer.


Os habrá chocado lo que habéis leído hasta ahora y, probablemente, ya estéis tomando partido. Sin embargo, os invito a leer este relato con una mentalidad imparcial. Tras leer la última línea, os daréis cuenta de que no hubo ni buenos ni malos; solo víctimas.


©Félix Chivite Matthews 2018


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