Capítulo 20
El hombre perdido
Septiembre 1984 - Septiembre 1985
Diecisiete años de edad.
Redactado: diciembre 2022 - enero 2023
En cuanto llegan las fiestas del pueblo, empiezan a cambiar los vientos y hay que abrigarse. Las brumas veraniegas desaparecen y dan lugar ya bien a días de niebla o días muy claros de un azul limpio, frío, metálico, como si la atmósfera estuviera más lejos. A veces, si miras hacia el norte, se ve la Higa de Monreal y detrás, a su derecha, una larga sierra plateada que parece llegar al fin del mundo. Los Pirineos y el Sistema Ibérico forman un túnel que tiene por suelo al valle del Ebro. Este valle también se denomina como Depresión del Ebro. Depresión. Bonita palabra. Por esta depresión se deslizan vientos helados con olor a muerto que te cortan la cara. La Ribera se pone verde en primavera y verano, pero ahora está seca y parda. Parece seca, pero en realidad rezuma humedad. Una humedad que viene de noche y se pega a las plantas; unas plantas gruesas, espinosas, acostumbradas a la sed, que las tocas y suenan a cartón duro. Y así, en este valle de muerte, nos levantamos de mala gana para ir a trabajar.
Pero, ¿a quién puede importarle el trabajo cuando son fiestas en Corella? Me he metido un tripi y me ha pegado bien fuerte. Llevo horas dando saltos por la discoteca Nido con mi amigo Javier de Corella, ¡otro Javier! Porque, en Navarra, pocos nos libramos de llamarnos Javier. Han puesto Voy a ser mamá de Almodóvar y McNamara y hemos cantado y bailado como locos por toda la pista de baile. Luego han puesto Come on Eileen y hemos salido toda la discoteca abrazados de los hombros, levantando las piernas como en un baile escocés. A continuación, para seguir con la onda celta, han puesto a Gwendal y nos hemos convertido en invasores indoeuropeos en pleno culto orgiástico a los dioses del centro de Asia.
He tenido que salir unos segundos a la calle a respirar un poco de aire fresco porque la discoteca es una hoguera y el humo no deja respirar. Ahí estaban los Bebés, con cara de pelea, esperando a que saliera su víctima, con su uniforme de chupas de cuero y zapatillas John Smith blancas, en formación semicircular, como en primaria, cuando organizaban combates de boxeo. Semblantes malhumorados, miradas de depredador, con el cuello inclinado hacia adelante, listos para atacar. En aquel momento, no pude ver con quién iba la bronca, pero, a pesar del pedo que llevaba, me dieron pena. El ácido estaba empezando su viaje psicológico y se me ocurrió pensar que era un desperdicio de fiesta eso de ir a buscar pelea en vez de pegar botes por la pista de baile con la marcha que había en la discoteca. Yo regresé a la pista de baile a darme abrazos con el Javi y a dejarnos poseer por los dioses celtas. Cuando la gente empezó a irse a su casa, me quedé solo, sentado en un rincón de la discoteca con un ciego filosófico muy raro. ¿Cuál es el sentido de las cosas? Si me mato ahora, ¿algo cambiará? El mundo seguirá igual, porque nada tiene sentido. Podría suicidarme ahora mismo y nada importaría; el mundo seguiría igual. El sol saldrá todas las mañanas. ¡El sol! Por supuesto. ¿Qué carajo le importo yo al sol? El sol lleva ahí millones de años y su luz ha alumbrado a todo tipo de criaturas que ahora están muertas. ¿Y a quién le importan? ¿Acaso alguien llora la muerte de Julio César, o de Atila? De repente, la idea de quitarme la vida se me antojó como algo genial, como ir a un concierto, o ir de marcha con mis amigos, algo fantástico y verdaderamente deseable, cósmico. Una elección puramente aleatoria, sin consecuencias. Vivir unos pocos años más o morir, era la misma cosa porque todo era relativo. Miraba el cigarrillo en mi mano, que subía hacia mi boca a cámara lenta, dibujando una estela de fotogramas en el espacio. El tiempo podía ir despacio, o rápido, o incluso parar, según las circunstancias. En realidad, todos estamos muertos. ¿Qué es la vida de una persona en comparación con la eternidad del Universo? Apenas un abrir y cerrar de ojos. ¿Qué gano con vivir si al final voy a morir de igual manera? Sin embargo, ya tenía algo de experiencia con estos ciegos psicológicos y decidí esperar a que se me pasase el efecto del ácido. No me voy a suicidar. Cuando se me pase el efecto, todo volverá a la normalidad. Además, estaba demasiado ciego como para pasar a la acción; demasiado agusto con mi mezcla de alcohol, ácido, hachís, y nicotina como para quitarme la vida.
Sin embargo, la normalidad era algo destinado para otro tiempo. Ahora vivía en el caos, la depresión y la drogadicción. Vuestro abuelo está teniendo una calma conmigo que es sorprendente. Si me castiga sin salir de casa, me escapo por el balcón. En el taller, soy un inútil. No le gustan mucho mis pintas y ya me ha advertido que no me ponga pendientes que me los va a arrancar de las orejas. Así que no se me ha ocurrido cosa mejor que ir al taller con un crucifijo colgando de la oreja, algo muy gótico que no recuerdo de dónde lo saqué, pero creo que me lo dio la prima Mari Jose. ¿Quién más pudo haber sido? A ella le encanta tener un primo punk. Aunque, podría haber sido la Mari. Sí, creo que fue ella quien me dio el crucifijo gótico. El caso es que me presenté en el taller una fría mañana con el crucifijo colgando de la oreja mientras me preguntaba si mi padre iba a tener los cojones de arrancármelo. No me dijo nada, pero se notaba su disgusto. Ahora me doy cuenta de que ese hombre loco era capaz de ser paciente, condescendiente, e incluso comprensivo. Y yo, me había convertido en ese mismo chuloputa que tanto odiaba. Era tan descarado, insolente, egoísta, e insensato como mi propio padre. Y quizá él se diera cuenta de eso; de la contradicción inherente en querer condenar un comportamiento que era idéntico al suyo propio. Así que tenía que joderse y aguantarse.
Este año estoy estudiando en el Instituto Benjamín de Tudela, en horario nocturno, cuando termino de trabajar con vuestro abuelo. Sin embargo, yo estoy demasiado jodido como para trabajar o estudiar. Estoy mirando mi Libro de Escolaridad y no doy crédito a mis ojos: el año pasado solo dejé colgadas las asignaturas de historia, latín y griego. No me explico cómo, después de un año tan desastroso como el descrito en el capítulo anterior, todavía pude aprobar seis asignaturas. Claro que educación física, religión y arte no cuentan porque no son de estudiar. En realidad, solo tuve que estudiar algo de filosofía, lengua española e inglés. Pero, inglés, tampoco necesitaba estudiar porque se me hacía fácil. En realidad, había suspendido las asignaturas de hincar el codo. El caso es que no he podido pasar a COU y estoy repitiendo tercero de BUP en un sitio frío y oficialista donde no hay amables curas que te protejan. Aquí, el que no espabila no tiene futuro. Eso se nota sin que nadie te lo diga. Se palpa en el ambiente. Aquí solo eres un número. No tienes amigos. Si estudias, apruebas; y, si no, a nadie le importas.
Pero, como soy más amiguero que yo qué sé, ya he hecho amistad con un chico de Madrid que acaba de mudarse al pueblo. Se me acercó después de clase, con sus aires de chico de gran capital, con esa confianza en sí mismo que da el haber pasado la vida entre altos edificios, y me ofreció un pito, porque así hacíamos amistad en aquellos tiempos. Resulta que sus padres le habían mandado al pueblo con unos parientes a estar tranquilo y, lo curioso es que estábamos emparentados. Él también había cateado bastantes asignaturas y estaba repitiendo curso. Enseguida le presenté a la tribu y empezó a salir bastante con nosotros; sobre todo con Juan y conmigo. Para variar, también se llamaba Javier. El Javi parecía más maduro que el resto de nosotros. Le gustaba salir por ahí un rato, pero se retiraba pronto a casa. Tenía un par de perros grandes que sacaba a pasear varias veces al día. El Javi guardaba las distancias y no se metía en líos. Sin embargo, por desgracia para los dos, empezamos a irnos por ahí de juina juntos y atrás quedó el instituto nocturno. La verdad es que no recuerdo haber ido a clase más que unos pocos días del primer trimestre y, luego, dejé de ir por completo. Y, sin embargo, aprobé todo menos historia. Cómo llegué a aprobar latín y griego sin ir a clase es algo que no comprendo en absoluto. Sin duda, se trató de un error administrativo. O quizá el instituto nocturno no era un sitio tan frío y oficialista como yo pensaba, sino que había profesores comprensivos y generosos que te regalaban los aprobados. Quizá le importase a alguien. Sea como fuere, aunque apenas fui a clase ese año académico, pude pasar a COU al año siguiente.
Sin embargo, una asignatura pendiente que no voy a aprobar nunca es el trabajo. Me pego toda la noche por ahí de juerga y apenas duermo unas pocas horas antes de ir al taller de la carretera de Madrid. Es difícil imaginar un sitio así hoy en día. Como ya he mencionado antes, en aquellos tiempos no existía la salud y seguridad en el trabajo, ni habíamos oído hablar de ello. Para lavar las figuras, metíamos las manos sin guantes en disolventes; respirábamos vapores tóxicos, así como el polvo que salía de repasar y lijar las figuras. Nadie llevaba máscara ni delantales protectores. Cuando hacía frío, poníamos varias estufas eléctricas y una de leña junto a todos esos materiales inflamables. Los suelos, las paredes, las estanterías, los carros, y las máquinas estaban todos cubiertos de goterones de resina de poliéster medio seca. Las ventanas dejaban pasar algo de luz, pero no se veía el exterior por la capa de polvo blanco que tenían. Aparte de ayudar a vuestro abuelo con la colada, yo me encargaba de lijar las figuras, de limpiar, de ir a por polvo de alabastro con un carrillo de mano, de embalar pedidos, y de ordenar las estanterías. Para mí, se trataba de un trabajo repetitivo, insoportable y sin sentido. ¿Pero a quién se le ocurre comprar estas figuras tan feas? La gente compra cualquier cosa. A mí no se me ocurriría decorar mi casa con semejantes bodrios. Y hay que decir que vuestro mismo abuelo se daba cuenta de la mala calidad del producto, porque fue mejorando poco a poco y, para cuando yo ya no esté en el pueblo, habrá llegado a producir un género muy bueno y apreciado. A pesar de sus tremendas discapacidades, vuestro abuelo pudo mejorar la calidad y sacar su negocio adelante. Este fue, quizá, el único buen ejemplo que recibí de él: la perseverancia.
Pero no estoy yo ahora como para seguir el buen ejemplo de nadie. Conseguir droga es un asunto bien complicado. No me gusta pillar jaco ni espid porque sale muy caro y no sabes lo que te van a pasar. El tema de las pastillas también está jodido porque el Parra ya no me puede pasar más. Uno de los colegas que suele juntarse en el Kristal con nosotros, el Perales, ha conseguido unas pastillas para la enfermedad de Parkinsons que dice que son alucinógenas y nos hemos metido unas cuantas. A mí no me han subido para nada, pero el resto se ha puesto a tope. No sé si me están tomando el pelo o si es que a mí no me afectan. Al día siguiente, todos los que se habían metido el Artane describían el mismo tipo de alucinaciones, así que debe ser verdad. Se me ha ocurrido doblar la dosis, a ver si alucino, pero lo único que he conseguido es que se me seque la boca y no he podido orinar durante muchas horas. Estoy un poco fastidiado porque, mientras mis amigos se lo pasan bomba, yo me quedo mirando. Es como estar en un manicomio: unos se quedan absortos con la pared un buen rato, mientras los otros se mueven cual zombies mientras lanzan exclamaciones como ¡esto es alucinante! o ¡qué pasada, tío, ¿estás viendo lo que estoy viendo?! Todavía sospecho que me estén tomando el pelo, pero no puede ser, porque se pasan horas enteras en ese viaje alucinógeno.
Mi envidia con esto del Artane se ha convertido en una obsesión: yo también quiero tener visiones. Se me ha metido en la cabeza encontrar alguna planta narcótica que pueda crecer por ahí. Así que he ido a la biblioteca del pueblo y he conseguido un libro sobre plantas medicinales que describe unas cuantas que podrían funcionar. En concreto, hay una que crece por cualquier lado, el estramonio, famoso por haber sido utilizado en la antigüedad. El estramonio hacía volar a las brujas y me parecía fascinante pensar que yo mismo podría lanzarme a un gran viaje de alucinaciones increíbles. Como el libro tenía unas ilustraciones muy buenas, no fue difícil dar con la planta. ¡Cuál fue mi sorpresa al encontrarlo en el patio trasero del taller de la carretera de Madrid! Aquella mañana me acompañaba la Nena entre el escombro de alabastro y la afilada hierba de secano. Un aire frío preñado de espíritus nos llevaba de la mano mientras le explicaba todo sobre el estramonio, sobre las brujas y sus viajes a otras dimensiones. Dimos unas cuantas vueltas por el patio y nos acercamos hasta las vías del tren. Por todos lados había plantas de estramonio. Recogí un montón de hojas y también varios frutos espinosos llenos de semillas.
Aquella misma noche empecé a experimentar con la planta. Primero, hice una infusión con las hojas, que no me subió nada en absoluto. Eso sí, tanto el sabor como el olor eran insoportables; algo parecido a un concentrado de perro en descomposición. Pero estaba convencido de que lo que tenía entre manos era un potente alucinógeno, tal y como describía el libro. Así que al día siguiente decidí probar las semillas. ¡Si las hojas me habían sabido a perro podrido, las semillas eran mucho peor! Mastiqué una cucharadita de semillas que me dieron unas ganas tremendas de vomitar. Pero tampoco me produjeron ninguna alucinación, aunque sí una sequedad de boca como la que me daba el Artane, algo parecido a tener arena o talco en la boca. Entonces comprendí que tenía una especie de alta tolerancia a este tipo de alucinógenos y que debía incrementar la dosis considerablemente para poder sentir los efectos, así que, al día siguiente, me metí las semillas de todos los capullos que había recolectado y me fui de juerga con la tribu. La dosis había sido unas ocho veces superior a lo que me había metido el día anterior.
Aquella noche nos habíamos juntado todos en el parque de Capuchinos. Estábamos los amigos de siempre, la Nena y el tío Patxi, que ahora vivía en Fitero y lo veíamos muy a menudo. Lo cierto es que no recuerdo gran cosa del viaje, pero después me contaron que empecé a comportarme de una manera cómica, que quería comerme mis zapatillas, y que estaba como en otro mundo. Todos pensaban que el espectáculo era muy divertido hasta que empecé a lanzarme a las luces de los coches. Mi cuerpo estaba en el pueblo, con mis amigos, pero yo me movía en otro mundo. Entonces, alguien llamó a una ambulancia. El viaje era una ola con sus crestas y sus valles: tan pronto me sumía en un profundo viaje como que regresaba a un estado un poco más consciente. Cuando llegó la ambulancia yo me encontraba en un estado semi consciente y le pareció bien al paramédico que me sentara a su lado. Vuestra abuela, que ya había sido alertada, viajaba detrás. Recuerdo algunos momentos de efervescencia durante el viaje al hospital de Pamplona: las luces de los coches me parecían fascinantes, y sacaba la cabeza y los brazos por la ventana en un estado de gran euforia. Cuando recuperé la cordura varios días después, mi madre me dijo que aquel había sido un viaje muy peligroso y que no tenía que haber ido en el asiento del copiloto. También recuerdo mi fascinación con los estetoscopios de los médicos que me atendieron. Todo lo agarraba como un recién nacido. Algún médico perdió la paciencia conmigo. Pasillos blancos. Mucha luz cegadora. Cables. Dolor. Un dolor muy fuerte en mi cráneo, como si estuvieran metiéndome tornillos en la cabeza. Cables de colores. Es lo último que recuerdo de aquella noche. Los médicos le dijeron a vuestra abuela que, según el encefalograma, seguramente, no iba a recuperar el uso de mis facultades mentales. ¿Cómo se siente una madre cuando un médico le dice eso? Como si no fuera bastante la incertidumbre de no saber de qué humor va a estar tu marido, si se va a emborrachar, o si te va a dar una paliza, o si se va a estrellar contra un árbol con el coche, o si te va a poner los cuernos de nuevo a la vista de todos con el único fin de humillarte, ahora, ¡esto! ¡Cuánto lo siento, mamá! Y qué paciencia infinita has tenido con nosotros. ¿O acaso estabas convertida en una zombi? Esto también te lo pregunté en Olite, cuando tuvimos esa conversación tan larga en el capítulo anterior. En efecto, en esos años, solo estabas intentando sobrevivir. Seguir con vida. Que no te matase tu marido. Creo que muy poca gente puede comprender eso; que tu propio cónyuge quiera matarte. Porque las mujeres se lo hacen con mucho callo: un venenito por aquí, o un golpe en la nuca con una pata de cordero congelada, como en la película de Hitchcock. Pero los hombres somos mucho menos finos. El hombre pasa años regalando palizas y, un buen día, se carga a su mujer. Y la mamá sabía eso perfectamente. Así que vuestra abuela no tenía espacio mental ni afectivo como para interesarse por su hijo favorito (como me llamaban mi padre y mis hermanos). ¿Hijito precioso, no te das cuenta de que si te mueres de una sobredosis me vas a romper el corazón? No, jamás me dijo eso. No puedes seguir así. Imagínate lo que sería de nuestra familia si tú te mueres, ¿eh? ¿Y tu hermana que te idolatra, eh? ¿Es que quieres rompernos el corazón a todos? ¿Y tu hermano Juan? ¿Y tus abuelos? ¡No puedes seguir así, Félix! Si necesitas ayuda, te ayudaremos; pero no puedes seguir así, hijo mío. ¿Tú sabes lo que yo te quiero? De hecho, no creo que nunca me hayas dicho eso. Para ser el favorito de la mamá, en realidad, lo tenía un poco jodido, porque tu cerebro era más monomaníaco que el mío, ya que no perdías la oportunidad de decirme cada dos por tres que mi padre te había pegado, o que mi padre te había insultado, o que mi padre había llegado tan borracho a casa que habías tenido que desvestirlo y ponerle el pijama. Supongo que a mis hermanos y hermana también les ibas con la misma cantinela, como si en el mundo solo existieran Félix e Inés y vuestro eterno drama del perro y el gato.
Estoy whatsappeandote mientras escribo esto porque no recuerdo algunos detalles. Me dices que el hospital debió ser el de Virgen del Camino o el de enfrente, que no te acuerdas bien. Dices que pasé dos días allí. Y que no estuve inconsciente en ningún momento, sino alucinando. Que, en un momento dado, me habían quitado la ropa y que, cuando escuché al médico acercarse por el pasillo, metiendo ruido con los mocasines, igual que mi padre, me oriné encima. Anécdotas aparte, según mi propia distorsionada memoria y apreciación del tiempo, creo que estuve dos días dormido después de que me administraran el antídoto contra el estramonio. Los médicos calculan que me había metido una dosis mortal y que, si no llega a ser por sus cuidados, me hubiera muerto. Supongo que nunca es tarde para dar las gracias, así que muchísimas gracias a todos los profesionales de la salud que salvan nuestras vidas constantemente sin esperar la gratitud de nadie. Lo cierto es que en estos tiempos estaba verdaderamente embebido de mí mismo y apenas me importaba el mundo. Estaba inmerso en un proceso de trastorno disociativo en el que amaba con locura a mi hermana, a mi madre, a mis tíos y abuela, a Juan, a mis amigos y, al mismo tiempo, me importaba un pito romperles el corazón. Ciertas partes de mi mente consciente habían sido anuladas ya bien por mí mismo, o por mi proceso de embrutecimiento, o por las drogas, y mi comportamiento era totalmente errático e inconsecuente.
Qué casualidad que justo cuando estoy escribiendo esto me llames por teléfono. “¿Te acuerdas de cuando fuimos a recoger el estramonio?”, te he preguntado. “Estoy escribiendo eso precisamente ahora”. Y me has contado lo que recuerdas de aquel evento. Me has dicho que Juan y yo estábamos probando el estramonio en infusión y fumado, pero que no nos subía. Me has contado que saliste al parque de Capuchinos con tus amigas antes de cenar y que aparecimos por ahí Juan y yo, y que yo ya iba pedo perdido. Que el tío Patxi estaba muy preocupado por mí y que fue él quien organizó el tema de la ambulancia. Yo te he contado que esta historia me está atrapando como una maldición y que lo estoy pasando fatal, que estoy aterrorizado de lo que estoy narrando, pero que quiero terminarla. Ya solo me falta un año y medio, te he dicho. También te he contado que estoy avergonzado de mí mismo y que me doy asco. ¿Cómo pude comportarme como un demente durante tantos años?
El caso es que por fin desperté en una habitación muy limpia, blanca y bien iluminada. Tenía una enorme pantalla de televisión plana en la pared de enfrente donde ponían maravillosas imágenes de playas tropicales. Curiosamente, en este hospital tenían un hilo musical con mi música favorita: Radio Futura, los Ilegales, Burning, Golpes Bajos… Estuve un buen rato disfrutando de la música. Lo curioso es que acertaban con todas las canciones, ¡todas eran mis favoritas! Y entonces caí en la cuenta: ¡la música y la pantalla plana estaban en mi cabeza! Es interesante percatarse de que el cerebro lo graba todo, hasta el último detalle, todas las notas y las letras de todas las canciones, todas las conversaciones, todo lo que te dicen en clase, todas las calles y edificios de todos los pueblos y ciudades, todas las caras, todas las personas y, cuando estás bajo los efectos de ciertas drogas, esos registros ocultos de la memoria se hacen accesibles. En cuanto me di cuenta de lo que me estaba pasando, tanto la música como la pantalla plana desaparecieron. Estuve un buen rato pensando en lo alucinante que es el cerebro humano, y echando de menos la buena música, cuando, en la cama de al lado, vi a mi abuelo Félix durmiendo apaciblemente. Me dio una gran alegría ver a mi querido abuelo. Estuvo ahí conmigo un buen rato y, luego, desapareció. Solo había una cama en esa habitación.
El yayo había muerto el diez de diciembre. Había estado de cuerpo presente en el comedor donde el papá solía meternos sus sermones de madrugada. Yo había entrado a verle varias veces y estaba verdaderamente aliviado de verlo muerto, porque sus últimos meses habían sido muy duros. No sé cuánto había llorado por él antes de su muerte, pero fue más de un año. Ahora descansaba en paz y, si es cierto lo que dice la yaya, nos íbamos a ver de nuevo en el cielo. Así que no lloré más por él.
Tú siempre tuviste esa sonrisa que iluminaba mi vida. La sonrisa de un heredero que no sabe de dónde viene el dinero. Te habían dejado un imperio vinícola que no comprendías y lo perdiste con la misma sonrisa con que lo recibiste. Quizá una sonrisa de persona que sabe que tenía que estar muerta como sus amigos pero que, milagrosamente, se había escapado del paredón. ¿Qué pensarías cuando veías a tus nietos? ¿Qué pensabas cuando caminábamos del brazo por Jaca? Yo era el nieto más orgulloso del mundo. Y tú pensabas que jamás íbamos a tener que pegar un tiro, que jamás íbamos a tener que traicionar a un amigo para librarnos del paredón, que jamás íbamos a perder a nuestros padres en la noche. Eso era suficiente para ti. Al final, quién tuviera la razón en toda esa guerra fratricida no importaba. Lo importante era el ahora, esos nietos preciosos que han salido de un hijo tarado y han curado ese adefesio que te rompía el alma. Ellos no iban a heredar nada, pero al menos no estaban tarados, eran unos chicos de lo más tranquilo. Claro que solo éramos buenos cuando estábamos con nuestros abuelos.
Recuerdo como dabas cuerda a tu reloj antes de dormir. ¿Quizá pensabas en las horas de vida que te quedaban? Para ti, cada nuevo día era un regalo. Tú vivías en tiempo prestado y lo sabías. En los años sesenta los médicos te dieron tres meses de vida. Nadie os dijo a los de vuestra generación que el tabaco, el buen comer y el buen beber os iban a matar. ¿Pensabas en tus amigos muertos mientras dabas cuerda al reloj? ¿Pensabas en ellos? Tú no escribiste un libro con tus humillaciones, tu miedo, tu vergüenza, y ahora no podemos saber cómo fue en realidad toda esa historia. Los de un lado y los del otro nos muestran una versión totalmente parcial, diseñada para avanzar una agenda política. Y una visión parcial es siempre una gran mentira. Los que hacen eso, se cagan en todos nuestros muertos. Luego está Hemingway, que nos da una visión de un conflicto en el que ambos lados eran igualmente culpables de las masacres más abyectas. Y también está ese curso sobre la guerra civil que hice en la universidad. La profesora era del partido comunista, pero no nos pintó una imágen romántica y parcial ni de un bando ni del otro, sino todo lo contrario. Recuerdo la depresión y las ganas de llorar, y recuerdo arrepentirme de haber escogido esa asignatura, porque la guerra civil fue algo tan sucio y perverso que no lo podía soportar. Y eso que lo estaba viviendo en la comodidad de las modernas aulas de una universidad inglesa. Imaginaos los que estaban ahí, en el campo de batalla, carne de cañón a las órdenes de mandos incompetentes. Imaginaos los que estaban frente al paredón. Imaginaos las que habían visto a sus maridos despedazados, torturados, mientras esperaban su turno para ser violadas solo por ser de un bando o del otro. Y nosotros, los jóvenes tarados que lo tenemos todo, escogemos la muerte, la sobredosis, la enfermedad, la adicción, la ruptura con el orden social. ¡Somos pura mierda!
Como eras rico, no te ejecutaron directamente. Te dijeron que si no luchabas con ellos, iban a matarte a ti y a toda tu familia. Así que te pasaste al otro bando y, como tu lealtad estaba comprometida por tus inclinaciones políticas, te pusieron a trabajar lejos del frente. Pero tuviste que llorar a mares cuando supiste lo que les habían hecho a tus amigos. Cuántas veces habrías querido haber estado en su lugar y no vivo, como un cobarde, protegido por tu dinero y tu apellido. Y después de la guerra, a continuar con tu vida de señorito. Con el corazón roto, seguro, pero qué se le va a hacer, así es la vida. ¡Cuántas preguntas, yayo! ¿Te lavaron el cerebro durante la guerra? Porque luego fuiste y te casaste con una dama de lo más fino, con dos hermanos mártires del régimen y dos hermanos militares activos. ¡Prácticamente, te habías casado con Franco! En fin, por eso estoy escribiendo esta carta, porque la gente se calla y no hay manera de conocer su historia. Yo no quiero que eso pase con vosotros. Porque vosotros vais a conocer mi historia y espero que os sirva para tener una vida con fundamentos sólidos, no como la mía, que siempre ha sido una cometa zarandeada al capricho de cualquier viento.
Vuestro tío Juan y yo estábamos tan jodidos por aquellos tiempos que vuestro abuelo nos dio un dinero y nos dijo que nos fuéramos de juerga, que sería mejor que no fueramos al funeral. Así que estuvimos por ahí con el Javi de Madrid mientras el pueblo entero inundaba la iglesia. Ahora me arrepiento de no haber estado en tu funeral, pero es cierto que Juan y yo estábamos muy mal. Ni siquiera se me ocurrió pensar en cómo se sentiría mi abuela, o mis tías, o mi propio padre mientras perdían a ese magnífico hombre venerado por el pueblo entero. A partir de ese día, la gente me va a parar por el pueblo, igual que antes, pero ya no me van a preguntar por mi abuelo, sino que me van a contar lo bueno que era y lo mucho que lo querían. La última vez que un conocido suyo me habló de mi abuelo fue para no hablarme de él. Ocurrió en el taller de mecánica de un compañero de primaria cuando ya teníamos treinta y pico. Yo estaba esperando a que mi amigo terminara de reparar el pequeño Peugeot, cuando entró un señor mayor y se quedó mirándome.
—Tú eres de los Chivite, ¿verdad?
—Sí, nieto de Félix Chivite, el de las bodegas.
—Ya veía yo el parecido… Tu abuelo fue un gran hombre. No sabes a cuánta gente ayudó… Pero su hermano, el Julián, ¡ese sí que era malo! Yo conducía camiones para tu tío Julián. Fíjate si era tacaño que, una vez que fuimos a llevar vino a Soria, era la hora de comer y los dos estábamos con el estómago vacío. Le dije yo, “don Julián, habrá que comer algo”, y me respondió él “come tú, vete y come lo que quieras que yo estoy bien”. ¡Ese sí que era agarrado con el dinero! Ni una miserable peseta me dio para pagar mi almuerzo.
Por ahí cuentan que, en una ocasión, uno del pueblo le pidió un préstamo para una casa y, en vez de prestarle el dinero, le compró la casa y la puso a su nombre. También cuentan que, cuando alguien necesitaba trabajo, se lo daba aunque no necesitaran más empleados en la fábrica. Y así, poco a poco, el rico se convirtió en un rico sin dinero y perdimos las bodegas.
Pero no fuiste tú quien hundió el negocio. Estabas acojonado, ¿verdad? Los tiros, los bombardeos, las noticias del frente, saber que tus amigos habían sido asesinados y que tú te habías librado por ser rico. Aunque García Lorca también tenía influencias y no se libró. Y tú sabías eso, sabías que una decisión arbitraria de cualquier bajo rango podía costarte la vida, igual que a García Lorca. Y estabas acojonado. Así que cuando tuviste a tu hijo tarado, ese chuloputa que era peor que la guerra, te diste cuenta de que no podía heredar el negocio. Y también sabías que no podías desheredarlo porque te hubiera matado a golpes. Porque sabías que tu hijo era uno de esos que fusilaban a la gente fácilmente, con gusto. Los habías conocido en la guerra y ahora tenías a uno en casa. Así que dejaste que el negocio se fuera a la mierda. A fin de cuentas se trataba de escoger entre quién lo hundía: tú o tu hijo; pero, al final, sabías que no era viable. No con un tarado prepotente como heredero.
Mi padre te odiaba y odiaba a las personas buenas. “¡Vuestro abuelo es un imbécil y un calzonazos. Por su culpa perdimos las bodegas!”, repetía constantemente. Por eso es importante contar tu propia historia, para que no vaya luego la gente dando una versión tendenciosa que nada tiene que ver con tu realidad.
Pero bueno, ahora tengo diecisiete años y no puedo pararme a reflexionar sobre mi historia, sobre lo que la gente va a recordar de mí. Así que sigo siendo el protagonista de escándalos públicos dando un ejemplo pésimo a mis hermanos, a sus amigos, y al pueblo entero.
Estoy muy orgulloso de mi sobredosis de estramonio y la llevo como una condecoración, igual que mi noche en el calabozo. El que sí tiene muchas batallitas que contar es el Javi de Bilbao, así que le he contado con todo detalle mis últimas aventuras, así como en una competición de cuentos. Este año, el Javi no está interno en Jesuitas, sino que se ha alquilado un piso en la calle Trinquete, cerca de la Plaza de los Fueros, y me suelo quedar ahí con él los fines de semana. Como estamos siempre sin un duro, no hay gran cosa que comer en los armarios de la cocina. Tampoco nos podemos permitir el lujo de poner la calefacción, así que nos estamos congelando de frío en invierno porque en esos pisos de entonces, se colaba un viento helado por todas las rendijas. De vez en cuando vamos a Sabeco a robar comida y bebidas alcohólicas. Nos hacemos unas alubias muy ricas con un sofrito a base de cebolla y chorizo y nos las comemos con pan. Un día, compré en la pescadería de Sabeco una bolsa de marisco y le hice al Javi una paella que no quedó nada mal. Lo que no me sale todavía son las patatas fritas, que se me quedan recocidas, blandas y aceitosas. Lo que sí cuesta mucho es ducharse, porque el baño está helado y apenas sale agua caliente. El Javi tiene una de las habitaciones llena de artefactos electrónicos, radiocassettes robados, altavoces, cables, circuitos impresos… Es que él estudia electrónica en la Escuela Técnico-Industrial, o ETI, como se la conoce popularmente, y ha conectado un radiocassette de coche muy bueno a unos altavoces y nos pasamos el rato escuchando a Hertzainak, Lou Reed, Ian Dury y cintas grabadas con música de la movida.
Cada vez paso más tiempo en el piso del Javi y está mi padre que trina. Me ha prohibido pasar los fines de semana fuera de casa, pero ¿qué puede hacer él? No le hago ni caso. A veces también me quedo con el Javi alguna noche entre semana para estar tranquilo. Aunque eso de estar tranquilo es un decir, porque nos han pillado robando en Sabeco. Estábamos ya en la calle cuando se acercó corriendo detrás de nosotros el gerente del supermercado. No sé cómo, pero, en vez de salir corriendo, nos quedamos pasmados, como si no diéramos crédito a nuestros ojos. Lo que pasa es que no teníamos un plan B y nos quedamos tan paralizados como los peces que Juan y yo pescábamos a mano de pequeños, ahí, quietos en su cueva, esperando a que nosotros los sacáramos a puñados. El hombre nos pidió que lo siguiéramos al supermercado y nosotros obedecimos como mansos corderitos. Nos condujo a su oficina y ahí nos dijo que sacáramos lo que habíamos robado. Teníamos latas, galletas, y whiskey. Nosotros le dimos la excusa de que no teníamos dinero para comer, pero él nos recriminó que estuviéramos robando whiskey y nos dijo que no era la primera vez que robábamos, que ya nos habían visto en otras ocasiones y que nos tenían vigilados desde hacía tiempo. Todavía no era demasiado tarde para escapar, pero el tipo este tenía un aura de mando irresistible. Seguramente, había sido policía o militar, porque se comportaba con una seguridad en sí mismo y una autoridad incontestables. Por fin nos dijo que no le quedaba más alternativa que llamar a la policía sobre todo porque habíamos estado robando botellas de alcohol durante meses. Nosotros le suplicamos que no nos denunciara, que teníamos antecedentes penales y que podíamos acabar en la cárcel, pero no sirvió de nada. La policía nos llevó detenidos a la comisaría donde nos separaron. El Javi, al ser mayor que yo y al tener más antecedentes penales que yo, acabó en la cárcel. A mí, me tocó un juez mucho más transigente que en la ocasión anterior. Recuerdo entrar a su despacho y encontrarme con un señor bastante joven y sonriente.
—Pasa. Siéntate… Así que Chivite… De Cintruénigo… Estuviste en los jesuitas. Yo también estudié allí. Bueno, pues nada, como todavía eres menor de edad y como se trata solo de un hurto leve, no te preocupes. Pero no te metas en más líos porque la próxima, ya sabes…
No recuerdo haber recibido ninguna bronca en casa por esta nueva gracia. Ni siquiera hubo una intervención familiar que yo sepa. El Javi desapareció unas semanas y regresó de la cárcel tan feliz. ¡Me dijo que le gustaba estar en la cárcel porque te daban pensión completa y podías dar vueltas por el patio! Y que la comida no era tan mala. Sin embargo, aparte de nuestro descaro, aparte de mi fragmentación mental, algo me decía que tenía que tener cuidado, que la cárcel no era para mí, y que, si acababa en la cárcel, no sobreviviría a esa experiencia, que mi vida iba a tomar un rumbo definitivo de criminalidad, drogadicción y muerte. El yo payaso, el yo juerguista, el vivalapepa, el que sacaba las asignaturas sin ir a clase, el que iba a ir a la universidad en Inglaterra, ese yo moriría definitivamente en la cárcel y un nuevo yo, mucho más oscuro y suicida, sin ningún futuro, ni en Inglaterra ni en ningún lado, iba a suplantarme entre violaciones y palizas. Eso lo tenía clarísimo. El cuento que me contó el Javi de los paseitos por el patio de la cárcel y la pensión completa, solo se lo creía él.
Pero no era la cárcel lo único que me preocupaba. En Nochevieja nos hemos corrido una juerga enorme. Ahora no recuerdo si con la tribu de Tudela, o con la de Cintruénigo, o con las dos juntas. Supongo que después de cerrar los bares del Tubo, nos iríamos a la Cocorico, como ya era nuestra costumbre. Normalmente le agobiábamos al portero hasta que nos dejaba entrar gratis y, una vez ahí, nos dedicábamos a robar bebidas. Aquella noche habíamos acabado la juerga en la Tutú, de eso me acuerdo bien. Luego, recuerdo haber despertado solo, tirado en la acera, congelado de frío, a las cinco de la mañana. En aquel momento fui consciente de que podía haber muerto de hipotermia y pensé que ya me estaba pasando un poco con esto de perder el conocimiento cada dos por tres. Suerte tuve de no morir congelado aquella madrugada. Como de costumbre, no recordaba con quién había ido a la Tutú, ni por qué me habían dejado solo. Pero supongo que los demás habrían estado tan ciegos como yo o más.
Sin embargo, no todo son desgracias. Por fortuna, se le ha pasado el tartamudeo a Juan. Aunque sigue con sus excentricidades de tomarse una cafetera entera, o de hacerse un té con seis bolsitas de té. A él le encanta todo lo que sea esotérico y ha intentado hipnotizarme varias veces. Un día, estábamos haciendo dedo en Tudela con el Mario y nos estábamos pasmando de frío; pero no Juan. Juan decía que había aprendido un sistema de respiración yogui que le mantenía caliente por dentro. Un día, se fue con el Javier de Madrid a hacer espiritismo a una mansión abandonada, pero me dijo que había sentido unas fuerzas malignas incluso antes de iniciar la sesión y que se habían ido corriendo de allí sin hacer la ouija.
Otra que hacía espiritismo era la Nena y sus amigas. Se metían en el cuarto de las clases de la mamá y organizaban sesiones de ouija. Después de unos meses, tuvieron que dejarlo, porque los espíritus se estaban poniendo muy violentos y hacían volar el vaso y el tablero contra las paredes y el techo. En una ocasión, se presentó el espíritu de una de las participantes que estaba ahí, viva, y eso las aterrorizó. Pero lo peor es que hubo una premonición: una de ellas, la Piedi, iba a morir joven y sin causa aparente. En efecto, seis años después, la Piedi se mató al salirse de la autopista cuando iba sola en el coche.
Es curioso cómo estas cosas pueden marcarte para siempre. Aquí estoy yo mismo, con mi autohipnosis regresiva, que me va a causar una psicosis aguda si no tengo cuidado. Por fortuna, ya veo el final de esta historia y, saber que pronto terminaré de escribirla, me está aliviando bastante. Porque ahora me siento como atrapado en una cueva de perfidia, abuso, adicciones, depresión, y muerte.
Juan y yo seguimos pasando el rato en nuestra habitación, escuchando a Nina Hagen, Pink Floyd, Mike Oldfield, y música de la movida como Parálisis Permanente o Golpes Bajos, mientras leemos a Castañeda, Dostoievski, Lobsang Rampa, o William Golding.
—El Javi dice que vamos a dar un palo en una farmacia, pero no se lo digas a nadie.
—¿Y si te pillan?
—Lo vamos a dar de noche. No se va a enterar nadie.
—A mí también me gustaría ir…
—¡Imagínate la bronca que me iba a caer si alguien se entera! Además, es cosa del Javi.
—¿Y lo de las recetas?
—Ah, eso sí que podemos hacerlo juntos. Eso es fácil. El Javi me va a pasar una receta privada para falsificar. Solo son un papel con el membrete del médico y la firma.
—¿Y con eso podemos sacar anfetas?
—No sé… Dice que para sacar anfetas y estupefacientes hace falta una receta especial.
—Entonces, ¿qué se puede sacar con la receta del médico?
—No sé… Codeína, cualquier pastilla que suba… Todo lo que no esté en la lista de estupefacientes.
—¡Menudos ciegos nos vamos a agarrar!
—A ver si cuelan las recetas y nos forramos, porque también podemos pasar pastillas.
—A ver…
—Dice que, a veces, las centraminas te las dan sin receta de estupefacientes.
—¡Eso sí que estaría guay!
—¡Guay del Paraguay! ¡Nos vamos a poner hasta el culo!
La verdad es que Juan y yo hablamos principalmente de drogas. Aunque Juan pasa mucho tiempo dibujando y pintando. Ha seguido unos manuales de arte y ha pintado un cuadro del Kristal y otro de las cuatro esquinas. Me impresionan mucho su dedicación y destreza. Yo también me estoy aficionando a la pintura, pero prefiero lo abstracto. También me he hecho unas camisetas punkis con pintura al óleo y lejía que han quedado muy bien. Así que no todo son drogas. Hay muchas cosas en la vida. Está la familia, la tribu, el arte… Parece tópico, pero hay cosas que pueden salvarte la vida. Todo lo que no sea droga o delincuencia se convierte en un ancla: la familia, una novela, una visita a un museo, una tarde en el mar. Porque hacen que te des cuenta de que hay otras cosas que merecen la pena aparte de la droga. Son un ancla que evita que el barco sea arrastrado mar adentro. Y los sueños también son un ancla. El sueño imposible de estudiar en Inglaterra y dedicarme a escribir como mis héroes: Bécquer, Dostoievski, Stainbeck, Galdós, Lope de Vega, y tantos otros. Ese sueño me va a salvar la vida.
Sin embargo, ahora estoy cegado por la adicción y obsesionado con la idea de conseguir droga. El Copín me ha pasado unos rohipnoles en el Kristal y me los he metido con cerveza. Al cabo de unos minutos, se me ha secado mucho la boca, como si la tuviera llena de tiza. He tenido que subir al baño a enjuagarme la boca, pero nada, el agua era como arena. No me encontraba nada bien: mis piernas estaban adormecidas y no podía enfocar la vista. En un momento dado, he decidido regresar a casa, pero me costaba poner un pie delante del otro. He subido las escaleras por las justas y, cuando he llegado a casa, me he sentado a cenar con los demás como en un sueño. Yo siempre me siento frente a mi padre. Es lo último que recuerdo.
Una vez dentro del sueño hipnótico, uno se comporta como un sonámbulo y, al día siguiente, no te acuerdas de nada. Desperté por la mañana recordando la cena. Después: nada, un vacío en la memoria. ¡Seguro que perdí el conocimiento delante de todos! ¡La bronca que me espera! Seguro que tuvieron que meterme en la cama, porque no recuerdo haber ido a la cama anoche. Sin embargo, no hubo ni la menor mención de la noche anterior ni yo me atreví a preguntar nada. Sin duda, había cenado como un sonámbulo y me habría ido a la cama pronto, sin decir nada, en medio del sueño hipnótico. Me pareció muy desagradable esa pérdida completa del control. Cualquier cosa podía haber pasado, como la noche del estramonio. La verdad es que me avergonzaba de haber cedido mi voluntad por completo a la droga. Esto no podía seguir así, pero, en vez de pensar en dejar la droga de inmediato, simplemente me engañaba a mí mismo pensando que a los dieciocho me iría a Inglaterra y cambiaría de vida radicalmente. Mientras tanto, seguiría en la sobredosis y la delincuencia. Un par de años más de juerga y lo dejo todo, me decía a mí mismo.
Como ya he mencionado antes, la droga va erosionando tu cerebro y pierdes tu sentido común y tu apreciación de las cosas incluso cuando no estás drogado. La droga anula la conciencia y te da un pequeño respiro ante la insoportable realidad; aunque por otra parte crea más problemas, lo que te sume en un círculo vicioso. Además, el mundo es más pequeño y manejable en la droga: solo estar ciego importa, no hace falta pensar en ninguna otra cosa: ni estudios, ni trabajo, ni familia, ni novias. Pero nosotros nos drogábamos más por diversión, por rebeldía, por curiosidad, y por la falacia de "no lo voy a pasar bien si no estoy ciego". La juerga era lo importante. Y la droga potenciaba la juerga, sobre todo las anfetaminas.
La movida estaba en todos lados, pero siempre empezaba en el Kristal. Cada día me lo pasaba mejor con la Mari, que se había convertido en mi confidente y en la víctima de todas mis bromas, paridas y ocurrencias. Me encantaba estar con ella, no solo porque me invitaba a batidos de chocolate, sándwiches y patatas fritas; la verdad es que hacía ya tiempo que nos llevábamos muy bien. Cuando estaba con ella me sentía tranquilo y podía olvidarme un poco de mi depresión latente. En el Kristal escuchábamos discos de Alphaville, The Cars, los Pretenders, Mink de Ville, y Bruce Springsteen entre otros. No era exactamente mi música favorita, pero, poco a poco, empezó a gustarme bastante. Además, como no soportaba estar en casa, me quedaba con ella hasta que cerraba el bar y, después, la acompañaba a su casa. En otras ocasiones, nos íbamos a Tudela a dar una vuelta por el Tubo y regresábamos al pueblo de madrugada con el Ricar. Yo no me daba cuenta, pero la Mari se había convertido en mi amiga del alma y no pensaba más que en estar con ella.
Un buen día, la Marga me dijo que la Mari me quería y me preguntó qué sentía yo por ella. A mí ni siquiera se me había ocurrido pensar que pudiera haber algo más que una amistad platónica entre nosotros, así que me dejó un poco perplejo su pregunta.
—La Mari no se va a quedar esperando a que tú te decidas…
Aquellas palabras me dejaron pasmado. Recuerdo perfectamente caminar por la calle Ligués, junto al bar Pénjamo y sentirme aterrorizado por ese vaticinio: si yo no le daba el amor que ella necesitaba, otro ocuparía ese lugar. Y si la Mari se echaba novio, ya podía decirle adiós a nuestra amistad. Porque otro macho no iba a tolerar que la Mari y yo estuviésemos unidos en una amistad tan intensa. Me sentí enfermo y me inundó una especie de pánico y, en ese momento, me di cuenta de que la amaba. La idea de estar sin ella era sofocante. Así que me fui directamente al Kristal y le dije que la quería.
Pero, ¿cómo iba ella a querer salir con un demente como yo? Mari no era una adolescente y tenía otro enfoque para su vida. Si yo era una cometa loca, una bala perdida en una espiral de drogadicción y delincuencia, ella ya estaba pensando en sentar la cabeza y tener un poco de estabilidad en su vida. Así que no le entusiasmó la idea de salir conmigo y me dio calabazas. Pero era cierto que nos queríamos, así que no pudo ser de otra manera: a nadie le sorprendió que empezáramos a salir juntos.
A nadie salvo a mis padres. A vuestro abuelo no le pareció bien, pero tampoco le había parecido bien que saliera con Julia. Sin embargo, vuestra abuela, la que nunca decía nada, la que no me echaba la bronca por ninguno de mis desmanes, crímenes o sobredosis, es curioso que le sentara tan mal que yo saliera con una chica del pueblo. Y cuando digo pueblo, no me refiero a una población pequeña, sino al pueblo: ese conjunto de personas trabajadoras y honestas que quieren salir adelante y acceder a un nivel de vida más alto a través de su esfuerzo. Vuestra abuela estaba que trinaba, porque el niño que había nacido en una cuna de oro no podía salir con una del pueblo. La que nunca decía ni pío, de repente se convirtió en una pastora puritana subida al púlpito de la discriminación clasista.
—¡Es de clase obrera! —decía enfurecida, como si formar parte de esa clase fuese una enfermedad contagiosa— ¿Es que no te das cuenta? ¡Menuda vergüenza!
—No será para tanto, mamá…
—¿Que no será para tanto? ¡A ti todo te da igual! Pero si se queda embarazada, ya te puedes despedir de mí. ¡Porque te quedas sin madre! No vengas a mí a pedir ayuda.
Es difícil imaginar la ira que provoqué en vuestra abuela por humillarla públicamente una vez más. Esta sí que no me la pasaba. Estaba bien ser un punk, un drogadicto, y un delincuente, pero salir con la Mari, eso sí que no. Juan también estaba preocupado por la actitud de la mamá, como lo estaba la propia Mari. Supongo que se trataba de un cúmulo de cosas. Mi madre estaría más que harta de mí y esto era simplemente la gota que colmaba el vaso.
La actitud de mi madre me pareció deleznable, baja, decepcionante; pero era mi madre y yo seguía sintiendo por ella esa empatía enfermiza que había sentido desde niño. Sin embargo, vuestro abuelo debió de estar preocupado por esta situación: de repente, la Inés se enfrentaba a su hijo favorito, y eso no era muy normal. Sin duda, la Inés había caído en lo más bajo, y eso le asustaba. Así que un día que iba él con unas cuantas copas de más, no sé si en la Saysa o en el mismo Kristal, me soltó de repente:
—Si tanto os queréis, por mí, bien. Yo no me opongo. Cuando uno se enamora, no hay nada que hacer.
Supongo que mi padre estaba hablando de sí mismo. Él también se había enamorado perdidamente de vuestra abuela y la había dejado embarazada para poder casarse con ella. Él también había sufrido la prohibición de su familia y sintió un poco de pena por mí. De hecho, si sus respectivas familias no se hubieran opuesto tanto a esa unión, seguramente ellos no hubieran llevado a cabo su boda de penalti y se hubieran separado una vez sofocado el fuego inicial de su amor ciego. En otras palabras, vuestro abuelo temía que yo cometiera el terrible error que él mismo cometió y que dejara embarazada a mi novia para poder estar con ella.
Sin embargo, a mí las prohibiciones de mis padres me importaban poco. No necesitaba dejar embarazada a nadie para hacer lo que me daba la gana. Así que me abandoné de lleno a un amor que lo describe Ramoncín mejor que yo en Al Límite, Vivo y Salvaje. Podría copiar y pegar las letras de varias de las canciones de ese álbum para describir esta relación que era puro delirio, pero baste con incluir aquí Estamos desesperados:
Duele la sangre en la cabeza
Tú me llevas allí
Siento la rabia que no cesa
Mi vida, se rompe entre los dos
Quema el deseo de tu piel
Ojos de fuego en la oscuridad
Sufro el castigo de verte marchar
La cama se hiela cuando no estás.
Tú rompes mi corazón
Eres el ácido de mis venas
Tienes mi alma colgando de ti
Te araña la angustia cuando me deseas
Quema la fuerza de tu piel
Ojos de fuego en la oscuridad
Sufro el castigo de verte marchar
La cama se hiela cuando no estás
Mis sueños se funden en una explosión
De rabia, deseo, angustia y tormento
La boca se abre y dibuja tu nombre
El cielo se apaga cuando no estás tú
Quema el deseo de tu piel
Ojos de fuego en la oscuridad
Sufro el castigo de verte marchar
La cama se hiela, el miedo me atrapa
Tú rompes mi corazón
Eres el ácido de mis venas
Tienes mi alma colgando de ti
Te araña la angustia cuando me deseas
Vivimos de la desesperación
Buscamos espacio, amor y locura
¡Espacio, amor y locura! Sin duda, habíamos encontrado amor y locura en nuestra relación, y también un espacio, porque habíamos creado un sitio en el que los dos nos sentíamos seguros. En realidad, nuestra relación no fue nada nuevo, sino la continuación de esa amistad especial que tuvo su inicio en aquellas noches de verano en Fuenterrabía hacía casi dos años. Éramos amigos, pero también éramos hermanos. Teníamos nuestra tribu y nuestro amor. Nada podía hacernos daño… Salvo mi propio instinto autodestructivo.
En efecto, de quien yo estaba verdaderamente enamorado, y a quien rendía plena lealtad, era a mi señora Droga. Los estupefacientes crean un bypass en el cerebro de manera que no es tu voluntad la que rige tu vida, sino los dictados de la señora Droga. El drogadicto dice que no se va a drogar más y no miente, simplemente está siendo optimista. Él no lo sabe, pero ya no es dueño de sus propios actos, sino que es la misma droga quien dicta su comportamiento con un látigo de púas de acero. El drogadicto dice no me voy a drogar más, y luego se droga. Y esto ocurre todos los días durante meses y años hasta que estás tan harto de no ser tú mismo que deseas tu propia muerte. Yo todavía no había llegado a ese punto, pero ya le estaba mintiendo a Mari sobre lo que me metía y no me metía, porque ella no quería que yo me drogara. La droga ya había creado ese bypass en mi voluntad y yo no era dueño de mí mismo.
Pero no era yo el único. Como ya os he contado antes, esto de la drogadicción fue una auténtica epidemia que se llevó a la tumba a los mejores jóvenes. Y si repito eso de mejores, es simplemente porque yo los conocí y los admiraba. Esos muchachos que se drogaban, que acababan en la cárcel de vez en cuando, que compartían jeringas y contraían el virus de inmunodeficiencia humana, que acababan inválidos o muertos, o con el cerebro frito, eran zombis sin voluntad propia; pero antes de eso, habían sido muchachos excelentes, graciosos, ocurrentes, deportistas, trabajadores, hijos e hijas de padres que los amaban; eran personas que habían renegado al gran tesoro de una familia, unos hermanos, una herencia, un futuro, y habían escogido, sin darse cuenta, la autodestrucción y la muerte. Y yo era uno de ellos.
Pero ahora estoy enamorado y la vida es bella. Todo te sabe mejor cuando estás enamorado, la música suena mejor, la juerga es más divertida, y te pasas menos con la droga, porque tienes una persona al lado que te cuida y te llena. La movida está en pleno auge y los bares están a tope de basca que disfruta de los Immaculate Fools, los Lords of the New Church, los Dead Kennedys, Radio Futura, Tears for Fears, Echo & the Bunnymen, Yazoo, Joy Division, Martha and the Muffins, Ultravox, Soft Cell, Talking Heads , Heaven 17, Visage, Aztec Camera… Entrabas en el Tarumbi y la Rita siempre tenía algo interesante en el tocadiscos. A menudo era Talking Heads: 77, un disco que me encantaba.
A finales del siglo veinte, y en plena epidemia del tabaquismo, la atmósfera del Tarumbi era algo que “indigestaba los pulmones”, por usar una frase de Galdós. A eso de las diez de la noche empezaban a llegar los primeros grupos de amigos y, para las once, ya estaba a tope de gente. La Rita, que prácticamente regentaba el bar por su cuenta, nos ponía nuestra música favorita y, una canción que repetía con frecuencia era Para tí, de Paraíso, intercalada con Susie and the Banshees, The Cure, Nacha pop, Golpes Bajos… Recuerdo entrar en el Tarumbi una noche y abrirme paso entre la multitud de jóvenes que se movían al ritmo de El Último de la Fila y sentir sus miradas de complicidad como en una especie de aquelarre ochentero: por fin era uno de ellos; la juerga nos unía y, aunque los clanes del pueblo seguían tan cerrados como de costumbre, al menos ahora me aceptaban como a un igual. Había cola en los baños para meterse rayas en lo que era un ciego comunitario: los compañeros de primaria en comunión narcótica, mientras los ritmos árabes y flamencos nos liberaban un poco de la camisa de fuerza del punk. Querida Milagros nos recuerda a un tiempo vivido por nuestros abuelos: la guerra, la muerte. Ahora la suerte nos sonríe, mientras la muerte planea como un ave extraña, en silencio, sobre los caminos, espiando a su próxima víctima. Pero en estos momentos estamos demasiado idos como para darnos cuenta de que la canción habla sobre nosotros mismos, y nos balanceamos suavemente, con un cigarro entre los dedos, una cerveza en la mano, y las caricias del costo en el cerebro: otro día moriré, hoy no.
Lo que no era nada agradable de esta vida de juerga eran las resacas, o bajones, como nosotros los llamábamos. Después de una noche sin parar de fumar, beber alcohol y meternos de todo, te despertabas por la mañana con el ruido en la cabeza de las últimas canciones de los conciertos y las discotecas. Y esa parálisis característica de haber dejado tu cuerpo sin una gota de energía: tengo que ir al baño, como no me levante, me meo encima. Y un dolor de estómago que a veces era como un fuego, y otras veces, como tener cristales rotos dentro de las tripas. No me puedo mover. ¡Me estalla la cabeza! Lo primero era echar un trago de la botella de agua, porque hacía años que íbamos a la cama con una botella de agua para la resaca. Después, arrastrarme hasta el baño, lavarme la cara y mirarme al espejo: ah, soy yo… Estoy en casa, todo está bien. Incluso había días que me animaba a acercarme al Tarumbi a echar una cerveza y a comparar batallitas con los demás jóvenes resacosos del pueblo antes de comer.
Sin embargo, otros días no podía moverme en absoluto. Por estas fechas, el tío Fermín había hecho su profesión de votos y teníamos misa y comida familiar en Pamplona. Todas esas personas queridas iban a estar ahí, incluidos mis primos pequeños, que ya estaban incrementando en número y me encantaba jugar con ellos. Tenía muchas ganas de ir a esa reunión, pero la noche anterior había sido muy fuerte y no podía mover ni un solo músculo de mi cuerpo. Vuestra abuela tuvo que sacarme de la cama y vestirme. Apenas podía tenerme en pie. Después, durante la comida, recuerdo que no podía ni comer ni beber nada, la pasé como un pordiosero que mira por la ventana mientras los ricos se ponen las botas. Me sentí defraudado y harto de mí mismo. Esto no podía seguir así. Pero me encontraba en el momento más profundo de mi adicción y no me iba a ser nada fácil controlar ese caballo desbocado.
A pesar de mi adicción, las cosas con Mari iban muy bien. Demasiado bien, en realidad. Pasábamos mucho tiempo juntos y a veces nos quedábamos en el piso del Javi donde nadie nos molestaba. Yo le entretenía bastante con mis bromas de adolescente descerebrado. Le cantaba la canción de los Burros, Huesos, porque ella estaba tan flaca como yo y nos reíamos un montón. El tiempo se paraba, la música de los Hertzainak sonaba en el radiocassette de coche robado en autoreverse durante horas, y yo era consciente de que estaba mejor.
Un día, el Fernando nos casó en el Kristal. Nos sentamos en dos banquetas contra la pared y Fernando, con mucho aplomo y plenamente metido en el papel, nos hizo las clásicas preguntas a las que respondimos con un sí quiero y un beso. Ahora no recuerdo a quién teníamos de testigos, pero seguro que fueron Juan y Marga. Era obvio que aquella boda no era solo entre dos personas, sino que representaba la unión de nuestra tribu en una especie de familia en la que nos ofrecíamos compañía y protección mutua.
Claro que también disfrutábamos del apoyo del resto de la gente de nuestro entorno. La Mari tenía una hermana mayor que estaba casada con el José, hermano del Avelino, un tipo genial que yo había conocido desde niño cuando trabajabamos en el alabastro de la carretera de Madrid con el Avelino, el Cejas, el Velillas, el Pito, y el Claudio Silva y su hermana. Un día nos invitó a comer a su casa. Estábamos tan tranquilos, disfrutando de la sobremesa cuando se le ocurrió a la hermana dejar caer muy casualmente un “cuando os caséis…”. A mí me podía haber dado un síncope. Estaba bien querer a alguien con toda mi alma y organizar bodas paganas, pero eso del matrimonio tenía demasiadas connotaciones negativas. Por otra parte, solo era un crío; ¿cómo iba un perdedor como yo poder sacar adelante a una familia? Esto hizo que me planteara si verdaderamente estaba siendo honesto con Mari. Ella quería sentar la cabeza y yo solo pensaba en drogarme. Además, yo quería ir a estudiar a Inglaterra. Tarde o temprano íbamos a tener que pensar en nuestro futuro. Pero, de momento, estábamos bien, ¿por qué fastidiar algo tan bueno con conversaciones sobre el futuro y matrimonios y mantener familias?
Otro que también me apoya es mi padre. Yo no me daba cuenta entonces, pero él me ayudaba a su manera: me aguantaba en el taller, tenía paciencia con mi desobediencia, y me llevaba de viaje constantemente. Como ya he mencionado antes, era obvio que la bronca iba con su mujer y no con sus hijos. El problema es que vuestro abuelo estaba tan desquiciado y deprimido como yo y, además, se ponía muy violento, y a nosotros nos daba la impresión de que nos odiaba. Pero a través de este libro me estoy dando cuenta de que sí debía querer algo a sus hijos, y que esa relación con nosotros era difícil para él. Así que la tortura de relatar estos recuerdos está teniendo su recompensa: sin duda, la imágen negativa que tenía de mi padre era en parte fabricada por mi odio hacia él; yo era incapaz de ver nada bueno en él.
Por esta época, vuestro abuelo solía llevarme bastante a entregar pedidos al Norte. Comíamos en Elizondo y, por la tarde, parábamos en Pamplona, donde él se metía en un bingo del barrio de San Juan después de darme mil pesetas para que me fuera a echar unas cervezas por ahí. Yo me iba directo al casco viejo, pillaba un talego de jaco y me lo metía por vena. Luego regresaba al bingo, donde vuestro abuelo solía estar como en el cielo. La verdad, era difícil ver a mi padre tan feliz como en un casino, o delante de unas langostas. Me lo solía encontrar con unos cinco cartones de bingo y era capaz de seguir los números con suma facilidad. No sólo eso, sino que sabía qué números tenía en todos los cartones, y qué números faltaban por salir.
—Toma, —me decía, pasándome un cartón—, si te toca algo, para ti.
Y seguía marcando sus números emocionado.
—¡Raya! —gritaba entusiasmado—. ¡Si sale el 26, bingo!
Y, después de unos minutos, “¡Bin-go!”, separando bien las sílabas, como un prospector de oro que hubiese descubierto un filón. Sin duda, vuestro abuelo era una persona con un gran sentido del azar y la muerte. Porque nunca lo vi tan feliz como en un casino y pocos se han burlado tanto de la muerte como él.
Otra cosa que le encantaba era viajar. Normalmente se emborrachaba bastante la noche anterior, dormía dos o tres horas, nos levantábamos a las cuatro o las cinco y nos poníamos en marcha. Yo me preguntaba cómo podía estar tan despierto y feliz a esas horas de la mañana, pero es que él estaba en su paraíso particular. La carretera debía de ofrecer una calma hipnótica para él, un ámbito en el que se sentía tranquilo. Yo me moría de sueño, pero, al menos, a vuestro abuelo le gustaba la buena música, así que yo también disfrutaba del viaje mientras él fumaba sus Ducados y yo, mis Lucky Strike.
—¿No quieres un Ducados?
—Es que no me entra el tabaco negro…
—Yo, toda la vida he fumado Ducados…
En una ocasión fuimos a Alicante y, como de costumbre, él se metió en un bingo y me dio un dinero para que me fuera de juerga. Fui hasta el casco viejo pidiendo direcciones a la gente. “Yo que tú, no iría, es muy peligroso”, me dijo uno. Una vez ahí, pillé un talego de costo que hubiera sido la envidia de mis amigos por su gran tamaño, porque, en la Ribera de Navarra, el costo se pasaba caro y esmirriado. De vuelta a casa, paramos en la carretera a echar un cubata y me metí en el baño a fumarme un porro enorme. Estoy seguro de que vuestro abuelo sabía perfectamente que estaba fumando hachís, pero nunca me dijo nada al respecto. Él manejaba su nave por las carreteras, empujado por el espíritu del alcohol, mientras yo flotaba en mi asiento, como un astronauta. Si no llega a ser por mi odio histórico, hubiera disfrutado más de su compañía.
Ya se acerca el verano y los Dire Straits han sacado un disco cojonudo: Brothers in Arms. Estamos de viaje a Perelada y vuestro abuelo no para de poner esa cinta una y otra vez. La verdad es que a mí me encanta tanto como a él. Es una música que se disfraza de rock, pero tiene mucho de psicodélico: pinta paisajes con un tempo lento, y melodías que metamorfosean y crecen de una manera orgánica, como una puesta de sol, una flor, o un apocalípsis nuclear. Es una música perfecta para dejarse llevar, sobre todo cuando uno ya está siempre ciego. En efecto, llega un momento en el que tu mente tiene un nivel de saturación de droga permanente y apenas hace falta meterse nada. Estás más tranquilo, la realidad es una suave niebla, y la música suena de puta madre. Una vez en Perelada, me llevó al casino del castillo. Nos acercamos a la barra y pidió una botella de champán y unas butifarras a la brasa con pan tumaca. A mí, aquello me pareció un manjar exquisito; y el champán de Perelada también entraba solo. No sé cuántas botellas de cava nos bebimos antes de ir a la mesa de ruleta, pero vuestro abuelo estaba en un trance difícil de explicar. Era algo muy parecido a los ciegos de anfetaminas que me agarraba yo, cuando todos los eventos son favorables y pareces tener el control sobre ellos. La cara de mi padre era la de un Julio César que conquista las Galias y se sabe invencible. ¡Crupier, veinte mil al dieciséis!
—¡Ya verás como sale el dieciséis!
Vuestro abuelo estaba tan hinchado como un pavo real y tenía un suave balanceo al borde de la mesa de ruleta; sus pies casi no tocaban el suelo y su rostro era el de un visionario en pleno trance.
—¡Te lo dije! ¡Todo al treinta y siete! Ahora va a salir el treinta y siete.
En efecto, salió su número. Era como aquella vez, hacía años, que Juan me había pedido cien pesetas para meterlas en una máquina tragaperras y sacó justo la cantidad que necesitábamos para comprar la cinta de Mecano que tanto queríamos: la misma energía, la misma mirada hipnótica irresistible. Ya había ganado medio millón de pesetas en fichas de ruleta, lo que, en aquellos tiempos, era una pequeña fortuna. Pero vuestro abuelo no creía en ganar dinero, sino en perderlo. “Uno no juega para ganar. La banca siempre gana. Eso hay que tenerlo claro”, solía decirnos. De repente, noté un cambio en su rostro: de éxtasis, pasó rápidamente a depresión; sus ojos habían perdido el brillo del triunfador; su mirada ya no estaba fija sobre las fichas, sino que parecía buscar algo o a alguien por la sala; ya no emanaba ni un ápice de magnetismo de su persona; su vaivén se había convertido en un nervioso tembleque; yo no podía creer lo que veía, y el medio millón de pesetas desapareció tan rápido como había aparecido.
Si yo era consciente de que vuestro abuelo estaba perdido y de que la suerte lo había abandonado, él no. Él estaba preso de la ludopatía y me llevó a la caja del casino a comprar más fichas. Al final, no sé cuánto perdió, pero, para vuestro abuelo, el dinero solo era una especie de alucinación. Algo tan efímero como la vida misma, así que le importó un bledo perder medio millón de pesetas, más lo que había puesto como suma inicial, más lo que perdió después.
Por fin salimos del casino y, por Perelada, había bastante marcha: bares, turistas, y artistas callejeros. De repente a vuestro abuelo le pareció buena idea que yo me dejara hacer una caricatura. Pero a mí me pareció algo grotesco. No tenía ni la más mínima intención de hacer buenas migas con aquel criminal. Yo le odiaba, y punto. Pero él insistió y regresé a casa con una caricatura que más bien era un retrato. Yo no tenía orejas grandes, ni los ojos muy juntos, ni ningún rasgo acentuado que un caricaturista pudiera exagerar, así que salió un retrato. Recuerdo mirar ese dibujo una y otra vez como símbolo de algo extraño que había ocurrido entre mi padre y yo. Algo dulce, algo tierno, y mi yo podrido de odio no lo soportaba. Miré y remiré ese retrato mil veces y no sabía qué hacer con él. Me producía la más profunda confusión. Mi padre era un alcohólico de mierda que maltrataba a mi madre, no un padre comprensivo y adorable que llevaba a su hijo drogadicto de viaje y le invitaba a champán y caricaturas. Era demasiado tarde: yo no lo consideraba mi padre, no quería un padre, y mucho menos, ese padre.
El fracasado echa la culpa de sus fracasos a quien sea: a los rojos, a los negros, a los fachas, a Dios. Nosotros echábamos la culpa de todo a nuestro padre. Juan y yo soñábamos con su muerte y decíamos que beberíamos champán sobre su tumba; su muerte iba a ser la solución a todos nuestros problemas. Pero él, que vivía a tumba abierta, no se iba a morir nada pronto. Él seguía riéndose de la muerte. Un día nos dijo que la noche anterior llevaba un pedo que no veía y que habían intentado darle por el culo unos maricones en Tudela, pero que le vino una diarrea enorme y lo dejaron en paz. Lo curioso es que, después de semejante episodio, volviera a casa en coche y no se saliese de la carretera. En otra ocasión, nos dijo que le habían invitado a un porro y que se había agarrado un pedo enorme. También nos dijo que le habían ofrecido meterse a traficante de heroína, pero que no tenía ninguna intención de ganarse la vida de esa manera. Todo esto nos lo contaba a la hora de comer, cuando tenía una resaca enorme y estaba tranquilo. Era entonces cuando la mamá aprovechaba para darle sus sermones, los cuales escuchaba en silencio, como un manso corderito.
Sin duda alguna, vuestro abuelo tenía metido el demonio dentro, por así decirlo, tal y como lo teníamos yo, Juan, el tío Patxi, y tantos otros jóvenes de nuestro entorno. El caso es que mi padre y yo estábamos teniendo experiencias parecidas: enfrentarnos al abuso, desear la muerte, perder el control de nuestros impulsos, querer salir de nuestra propia piel, obliterar nuestra conciencia con alcohol; pero aún así, yo no me daba cuenta de lo similares que éramos y lo mucho que teníamos en común. Así que, cuando nos confesaba sus excesos, en lugar de darme cuenta de que mi padre estaba enfermo, y que estaba pidiendo ayuda a gritos, yo me ponía en plan impertinente con él.
Cuando vuestro abuelo perdía la calma por nuestra insolencia, solía amenazar con desheredarnos, lo cual, a mí me parecía ridículo porque él no tenía un duro. Creo que por estos tiempos ya había dejado la Falange, pero seguía cantando el Cara al sol, haciendo el saludo nazi, y diciendo que había que matar a los rojos y a los maricones, dar un palo a los bancos y cosas por el estilo. Esto no hacía más que enervar más mi ánimo, que lo evitara en lo posible, y que deseara su muerte. De hecho, pronto se me iba a presentar la ocasión perfecta para matarlo.
El Javi me contó su plan para dar el palo a una farmacia en un pueblo de la Ribera: había que ir a ese pueblo en el autobús de jesuitas, pasar la noche en un cuartillo de fiestas que le habían prestado, y meternos en la farmacia de madrugada. Fácil. En efecto, el Javi forzó la puerta como si fuera una lata de sardinas y nos metimos dentro de la pequeña farmacia. Tenían todo tipo de botes antiguos pero poca cosa que nos interesara en plan de anfetaminas. Casi todo era morfina y metadona. Y no recuerdo si había algo de dinero en la caja. Al final, decidimos meter algunos botes antiguos de cocaína y morfina en la mochila por si acaso todavía estaban buenos. De vuelta en el cuartillo, me metí un pico de metadona y una raya de cocaína del año cuarenta y cinco. La cocaína era increíblemente fuerte, tanto así que me mandó de viaje por el Tubo de Bilbao. Estuve de bar en bar, fumando porros y juntándome con la basca, hasta que desperté a eso de las ocho de la mañana. De ahí, nos fuimos al piso del Javi a examinar el botín con más detalle.
Entre las botellitas antiguas había una con un gramo de heroína, otra con un gramo de aconitina, y otra con un gramo de estricnina. El Javi y yo nos repartimos el botín a partes iguales y me dijo que no quería esas botellas viejas y que me las quedara yo.
Yo estaba psicótico y la constante cantinela de mi madre no hacía más que alterarme más todavía: tu padre me ha pegado, tu padre me ha insultado en plena calle, otra vez le he tenido que prestar dinero a tu padre porque ha vaciado la tarjeta de crédito en el casino de Zaragoza. Como ya he mencionado varias veces, el odio que sentía no respondía a provocaciones actuales sino a toda una vida de sufrimiento, humillación, y negación de los derechos básicos. De ver sufrir a mi madre. De ver a Juan maltratado y despreciado. De escuchar los ladridos constantes: Inés, ponme otro café. Inés, pásame el whisky. Vuestra madre es una puta. No soportaba cómo trataba a mi madre. Si es cierto que conmigo no se metía mucho, la verdad es que a vuestra abuela la trataba mal. Quizá yo no tuviera motivos actuales para estar tan resentido con él, pero el odio histórico y ver el maltrato al que sometía a mi madre era superior a mis fuerzas. Ya no podía más. Estaba ciego de odio y ahora tenía el veneno que podía brindarnos la dulce venganza que habíamos soñado desde niños.
Miré en nuestra pequeña enciclopedia de dos tomos cuáles eran las dosis mortales de ambas drogas y me sorprendió que con tan solo tres o cuatro miligramos pudiera causar la muerte de una persona. Tres miligramos: prácticamente, eso ni se veía. Una noche, se me ocurrió probar la estricnina para ver si estaba bien. Me puse menos de un miligramo en la lengua y la boca se me convirtió en algo increíblemente amargo. Debía de estar buena. Ahora solo tenía que vaciar una de las cápsulas que mi padre tenía en su mesilla de noche, rellenarla de estricnina, unos treinta miligramos (suficiente para matar a diez personas), y esperar su muerte.
Estoy escribiendo esto y estoy temblando. La estricnina tiene su propio espíritu y lo noto dentro de mí ahora mismo. El parricidio de pensamiento es vil, aunque no se lleve a cabo.
Pero todavía me quedaba un poco de sentido común. Necesitaba que alguien me dijese que no lo hiciera. Así que le conté mi plan al Ricar y él simplemente me dijo: “Félix, no lo hagas”. No me dijo nada más, ni me largó un sermón sobre la cárcel o los sentimientos de culpabilidad que podría tener después. Ni mencionó el hecho de que me proponía matar al primogénito de mi adorada abuela. Y, por supuesto, no me dijo que la vida de mi padre era de Dios, no mía para tomarla. Así que dejé pasar la oportunidad. Además, si mataba a mi padre, ¿cómo iba a nacer mi hermana Lyla cinco años después? ¿Y cómo iba yo a aprender a perdonar si asesinaba a mi padre? Eso tampoco lo había pensado.
Tampoco hubiera sido tu chófer durante seis meses, cuando te quitaron el carnet por conducir borracho. ¿Te acuerdas? En una ocasión nos fuimos a Barcelona a una feria de construcción. Me dijiste que me ibas a dar direcciones: “no te preocupes que, si nos perdemos, ya preguntaremos por ahí”. Después de visitar la feria de construcción, nos fuimos a una marisquería famosa y pediste de todo. Estuvimos más de dos horas, entre platos de marisco, cafés, copas de brandy y puros. Cuando por fin nos pusimos rumbo a casa, nos vimos atrapados en el tráfico de la hora punta: dos o tres carriles en cada dirección de coches que iban a cien por hora; rotondas atestadas de vehículos que parecían kamikazes; y tú, que no sabías ni dónde estábamos y no me podías dar direcciones.
—Métete por ahí, a ver si me acuerdo…
—¿Y si paramos para mirar el mapa?
—No hace falta mapa, no te preocupes. Ya preguntaremos por ahí.
Y yo pensaba: ¿preguntar por ahí? ¡Pero si estamos rodeados de pilotos suicidas! Por fin logramos parar, pero la señora no era de Barcelona, y el siguiente transeúnte no sabía cómo se iba a Zaragoza. Era obvio que estabas anclado en el pasado, una época dorada de mariscadas, de parar en cualquier sitio a preguntar por dónde se va a tu pueblo, y de no preocuparte por nada. Pero ahora estábamos en el siglo veintiuno y la gente de Barcelona ya no era de Barcelona, ni el tráfico te daba la oportunidad de parar en cualquier sitio a pedir direcciones, y yo estaba preocupado por esos bólidos que pasaban a nuestro lado a la velocidad de la luz.
Si te hubiera matado, tampoco hubiéramos pasado esas navidades los cuatro juntos, tú, la mamá, Lyla y yo, cuando llegué a pensar que tenía padre. En aquella ocasión estabas bien, incluso hacías chistes y te reías. Te disfrazaste de Papá Noel y le hacías gracias a Lyla, que era pequeña. No hubo escenas, ni las grandes borracheras características de esas fechas. Nos comimos un montón de almejas crudas y al día siguiente estábamos los dos en cama sin poder ni movernos, con una intoxicación brutal. ¡Tú y tu marisco!
Ni hubiéramos disfrutado de aquellas vacaciones en la Costa Brava, también los cuatro, cuando estaba la playa con bandera roja por el gran oleaje, y yo me metí a jugar con las enormes olas. Como veías que me divertía, tú también te animaste a entrar a pesar del peligro, ¡pero te agarró una ola y te quitó el traje de baño! Luego, se le ocurrió meterse a la mamá y salió con un esguince de tobillo y tuvimos que llevarla a urgencias.
A mí se me ocurría pensar que habíamos recuperado a nuestro padre. A veces tenías tus broncas, tus borracheras, y tus momentos oscuros, pero yo pensaba que habías cambiado, que ya éramos una familia.
Un año, para mi cumpleaños, me diste cien euros para comprar un reloj. La mamá me dio otros cien, y me compré un Seiko un poco formal para dar mis clases de español en la universidad de Nagasaki donde estaba trabajando. Para mí, ese reloj siempre ha sido un símbolo de una época en la que parecía que os llevábais bien. Una época en la que tuve padre. Un reloj que es mitad tú y mitad ella. Y siempre le he tenido un cariño especial porque representa algo sublime, algo que todo hijo desea: un padre y una madre unidos, que no pelean. Es curioso que con treinta años uno pueda necesitar la estabilidad que proporciona su familia, su casa, su pueblo. Me sentía privilegiado porque había viajado mucho y había conocido personas que no tenían ni familia, ni casa, ni pueblo a los que regresar de vez en cuando. Incluso algunos amigos míos me recordaban la suerte que tenía de poder volver a mi pueblo y estar con esas personas que me conocían de toda la vida. En efecto, desde que empecé a estudiar en Inglaterra, solía traer amigos a casa y a menudo se sorprendían del gran sistema de apoyo que es un pueblo pequeño donde todos te conocen. “¡Qué suerte tienes!”, me decían.
¡Y en esta ilusión estaba yo, cuando me comunicó vuestra abuela que por fin se divorciaban! A buenas horas, pensé yo. ¿Por qué no lo hicieron cuando éramos niños y lo estábamos pasando fatal? Justo ahora que parecía que tenía una familia… Esta ironía del destino no me pareció justa.
Poco después falleció Juan y vuestra abuela se quedó sola en casa. Seis meses después, regresé al pueblo a poner una pequeña academia de inglés y me instalé en la habitación de mis padres. Lo estaba pasando fatal debido a un problema personal que no viene a cuento en esta historia. El espíritu de Juan todavía rondaba la casa y entonces regresó la pesadilla del pasado.
Vuestros abuelos habían quedado como amigos y, a veces, se iban por ahí de viaje juntos. Pero eso no duró mucho. En un momento dado, se pelearon y volvieron a lo de antes. Y mi madre empezó de nuevo con su cantinela: “Tu padre me ha insultado en plena calle. ¡Ya no aguanto más! ¡El otro día me amenazó con matarme! ¡Estoy de los nervios! ¿Es que no se da cuenta del daño que me está haciendo? Ya no puedo andar tranquila por la calle. Me da pánico pensar en encontrarme con él”.
Regresó el odio con toda su fuerza, como un hongo que resurge de sus esporas y coloniza tu cerebro hasta dejarlo podrido. Aquello del perdón no había sido un perdón verdadero. A los diecinueve años, cuando ya estaba en Inglaterra, había perdonado a mi padre simplemente por librarme del odio que sentía por él; ese odio que me ataba a él y me molestaba como una pesada lacra. No le había perdonado porque lo amara, o porque mi vida estuviera fundamentada en el amor a Dios y al prójimo, sino que le había perdonado de una manera egocéntrica, y ese tipo de perdón es un castillo en el aire. Ese perdón falso se desmoronó a la primera prueba de fuego y, el padre que pensaba que había recuperado, se convirtió en mi peor enemigo. Dejé de verlo, lo evitaba en lo posible, y no fui a su boda. Que mis padres continuasen peleando incluso después de separarse me resultaba insoportable, y yo le echaba la culpa de todo a él, tal y como lo había hecho en el pasado. Era adulto pero no había madurado; como no habían madurado tampoco mis padres. Estábamos los tres atrapados por el resentimiento y la ira. Las heridas del pasado estaban abiertas porque nunca las habíamos cerrado. Y no las habíamos sanado porque Dios no estaba en nuestras vidas. Aunque yo había recuperado mi fe, todavía no había aprendido a vivir en Cristo. Y, para que el perdón sea auténtico, tiene que estar fundamentado en Dios y otorgado por Dios. Como me enseñaron las dominicas de Lerma, el perdón es un don de Dios y hay que pedírselo a Él. Y, como Jesús mismo nos enseña, debemos amar a nuestros enemigos; sobre todo si ese enemigo es tu padre, tu esposo o tu esposa. Pero nosotros no sabíamos nada de esto y estábamos presos de toda una vida de rencor.
Al final, me enamoré de vuestra madre y me fui a vivir a Perú con ella. Una vez más, había escapado y, poco a poco, ese fuego de la ira y el odio se fue apagando. No había solucionado nada. No me había enfrentado al problema y los rescoldos seguían ahí, listos para convertirse en un incendio que lo quema todo a la menor oportunidad, destruyendo las vidas de los esclavos del resentimiento.
En efecto, mi padre no estaba bien. Después de levantar su negocio y transformarlo en una empresa viable, se dejó llevar por su fantasía de dar el palo a los bancos. ¿Quién iba a sospechar que, después de tantos años, todavía estuviera soñando con eso? Para vuestro abuelo, su negocio siempre fue una ficha de ruleta. A él no le interesaba dejar un legado: su plan siempre fue dejar un pufo de un montón de millones en los bancos. Pero no solo fueron los bancos los que se quedaron en pelotas. Había personas de la familia que habían puesto sus propiedades como garantía para los créditos de la empresa, quienes lo perdieron todo. Por desgracia, la casa de la abuela figuraba como garantía de uno de esos préstamos y los bancos se la quitaron. No solo eso, sino que vuestra abuela había sido co-signataria de un préstamo del que ni siquiera se acordaba y ahora los bancos le pedían cuentas.
Era obvio que él nunca la iba a dejar en paz. Las repercusiones financieras de esta quiebra supusieron constantes quebraderos de cabeza para mi madre, quien estuvo metida en juicios durante años. De manera que mi padre no era mi persona favorita y, sin embargo, sabía que tenía que presentarle a sus nietos. Puede que lo despreciara, puede que estuviese lleno de resquemor hacia él: a fin de cuentas, estaba claro que su comportamiento actual era tan impredecible como de costumbre; pero no iba a castigar a mi padre prohibiéndole conocer a sus nietos. Así que llegó el día de presentaros a vuestro abuelo y de reiniciar mi relación con él. Por esta razón os llamo ángeles: gracias a vosotros, tuve una excusa para ir a verle y buscar una vez más el perdón. Lo curioso es que vuestro abuelo nunca pareció estar resentido conmigo. Él siempre estaba dispuesto a verme. Era yo quien lo había rechazado durante años. Quizá él había perdonado mi odio, mi resentimiento y mi insolencia desde el principio. Aunque, una persona más perspicaz y cínica hubiera dicho que para mi padre solo éramos fichas de ajedrez en esa sucia guerra contra Inés: que yo fuera a verle, era una señal de apoyo, era sancionar un comportamiento inadmisible. Por eso era tan sociable y por eso le gustaba verse rodeado de cómplices. Y por eso tenía su puerta siempre abierta, no porque nos quisiera, sino por ganarle la partida a Inés.
Así que todas estas cosas no hubieran ocurrido si hubiera llevado a cabo mi parricidio. Seguramente, hubieran ocurrido otras mucho peores.
Hace una hora estabas descansando en el dormitorio y yo estaba sentado al pie de la cama mirándote. Por la ventana se colaban las últimas luces del día, que acariciaban tu piel difuminando el contorno de tu rostro. Francis estaba en la habitación de al lado poniendo música. Empezó a sonar la Suite número uno en Sol Mayor para violonchelo de Bach y me entró esa curiosa sensación de estar alucinando. La vida no puede ser tan buena. Tú me has dado a mis hijos. Vosotros sois mi gran tesoro. ¡Imagina que a un tarado, por muchos motivos que pudiera tener, se le ocurriese matarte a ti, o a uno de los chiquillos! Qué feo es el parricidio (aunque solo sea de pensamiento), y qué bajo llegué a caer en esos años de caos. Supongo que ahora entendéis por qué os llamo ángeles. No es solo porque me estéis dando la oportunidad de ser el padre que yo no tuve, sino porque vosotros nunca vais a ser unos desquiciados antisociales como vuestro padre, vuestro abuelo, o vuestro tío Juan.
Pero ahora es el fin de semana y estamos los de la tribu en el piso del Javi. Serán las siete de la tarde y estamos pensando en probar la heroína del año de la pera a ver si todavía está buena.
—No te metas picos, Félix. ¡Eso sí que no! —me advirtió la Mari.
—No te preocupes, que no pasa nada…
Eso del “no pasa nada” formaba parte de la narrativa delincuencial de nuestros tiempos. Cualquier conducta irresponsable o ilegal se disculpaba con un “no pasa nada”. Como si esas palabras fueran un conjuro que daba permiso para robar, drogarse, abusar de un menor, o conducir borracho.
—Yo paso. Prefiero meterme la morfina. Métetela por la nariz, por si acaso, no te vaya a dar un yuyu. ¡Una vez me metí codeína por vena y me puse verde! —me aconsejó el Javi.
Decidí seguir los consejos de mis amigos y me metí una raya microscópica por la nariz. En cuestión de segundos, noté el característico calor subiendo por el cerebelo, la aceleración de mi pulso, y el temblor en la voz.
—¡Este jaco está de puta madre, tío! ¡Ostia cómo sube!
Enseguida cogí una jeringa y me metí un pico que me mandó a la estratosfera. Pero a pesar del ciego que llevaba, me sentí mal. Había traicionado a Mari haciendo caso omiso de sus consejos. Y no es que no la quisiera, lo que pasa es que la droga manda sobre la mente del adicto. Me sentí sucio, desleal e indigno de su amor porque había algo para mí que era más importante que nuestra relación.
Sin embargo, Mari era muy paciente conmigo y no me mandó a la mierda como tenía que haber hecho. Por otra parte, mi familia estaba preocupada por mí y hubo otra intervención de la cual yo fui partícipe. Decidimos que iría a Madrid a vivir con la yaya y a preparar los exámenes de tercero de BUP en una academia privada. Pero esto significaba separarme de Mari, lo cual no quería hacer porque la echaba mucho de menos cuando no estaba con ella. Ella era mi reina de la noche, como en la canción de Ramoncín, así que la convencí para que viniese a vivir a Madrid.
Cogimos el TER en la estación de Cintruénigo y yo llevaba un macuto de la marina mercante con un alijo de droga enorme: un bote lleno de cocaína pura, otro con heroína pura, y un montón de ampollas de metadona y morfina. No se me ocurrió pensar entonces que, si me hubiera pillado la policía con todo eso en presencia de Mari, ella misma podía haberse visto implicada como cómplice.
Una vez en Madrid, nos separamos. Yo me fui a casa de mi abuela y ella al piso de la novia del tío Patxi. Pero aquella aventura de Madrid no fue nada bien. Sin el apoyo de nuestra tribu, yo sentía una ansiedad existencial. Mari y yo siempre habíamos formado parte de un grupo de amigos, pero ahora estábamos solos flotando a la deriva sobre un océano incierto, en una noche sin estrellas, rumbo a lo desconocido. Recuerdo quedar con ella por Madrid y no saber qué hacer. Nuestras divertidas rutinas del pueblo nos proporcionaban un suelo firme, y nuestros amigos nos daban un respiro de nosotros mismos. Ahora estábamos solos en una urbe llena de desconocidos y yo me sentía responsable por nuestro futuro. Pero qué futuro podía plantear yo, si todavía no había renunciado a mi sueño de estudiar en Inglaterra. Era obvio que esto no iba a funcionar.
Llegaron las fiestas de San Isidro y nos fuimos al Parque del Oeste a ver un concierto de Gabinete Caligari. Pero estábamos los dos tan perdidos y desazonados que no llegamos a ver ni dos canciones cuando nos fuimos a casa. Al final, decidimos que yo me quedaría en Madrid y la Mari regresaría al pueblo.
Yo me quedé solo, porque la yaya y el tío Patxi estaban de vacaciones en Jaca. Una noche empecé a meterme picos de jaco y cocaína, o speedball, como lo llamábamos nosotros. Como me aburría, me metí otro y otro, en lo que supuso una auténtica caída en picado. Después de unas horas, no me quedaban venas en el cuerpo para meterme tanto pico. Mi cerebro estaba tan saturado de droga, que no notaba nada: ya no podía estar más ciego. A pesar de la cantidad de droga que me había metido, pude darme cuenta de que estaba al borde de la sobredosis y paré. Cerré los ojos unas horas y me fui a la academia donde estudiaba literatura e historia, las dos asignaturas que tenía que aprobar para poder pasar a COU. Normalmente iba a la academia con un ciego de heroína tan grande que me quedaba dormido delante de la profesora; pero no me decían nada, porque su trabajo consistía solamente en dar la lección y cobrar sus honorarios.
Así estuve varios días hasta que regresaron mi abuela y el tío Patxi, quien me quitó todo el alijo.
—¡Menos mal que la he encontrado yo antes que tu abuela! —me dijo, refiriéndose a la droga.
Yo ya estaba harto de mi pérdida de control, de estar todo el día saturado de narcóticos, y no me importó que mi tío se los llevara.
Pero es que el tío Patxi estaba peor que yo. En la vida vais a tener modelos de conducta que os ayudarán a ser mejores. Estos modelos pueden ser positivos o negativos. Yo tenía el modelo de conducta de mi padre, un modelo negativo, pero que me iba a ayudar a vivir en positivo, porque me voy pasar la vida intentando no ser como él. De la misma manera, el tío Patxi me ofrecía un modelo negativo que me espantaba. Vuestro tío abuelo Patxi se metió toda la droga que me quedaba en cuestión de un par de días, y todavía hizo algún comentario sobre lo buena que estaba la heroína del año de la pera.
—¡Cómo subía esa heroína!
—Claro, si era heroína pura…
—Una vez, en un pueblo cerca de Jaca, nos metimos en una casa abandonada donde había vivido un médico. Resulta que el tío era adicto y tenía la casa llena de morfina y heroína. ¡No sabes cómo nos pusimos! Y eso que también estaba caducada…
—¡Qué guay! ¡Ya me gustaría a mí pillar semejante alijo!
—Yo, la heroína, la huelo a distancia. Es como un sexto sentido… Cuando entré al piso sabía de sobra que la tenías y dónde la tenías.
—Pero tú, ¿no lo habías dejado?
—Me meto una vez al mes nada más. Pero, como haya alguien con jaco, lo detecto de inmediato. Donde sea… En un bar, si hay alguien con jaco, para mí, es como un imán. Un día invité al piso de Jaca a un amigo de Madrid que trafica con perica. El tío escondió la coca en el dormitorio y pensaría que nadie la iba a encontrar, pero, en cuanto tuve la oportunidad, lo dejé de bares con unos amigos y regresé al piso. La encontré a la primera. ¡Veinte gramos! Empecé a meterme picos de coca sin parar. No podía controlarme. Así que, en un momento dado, tiré la jeringa por el balcón. Pero fui a buscarla y seguí metiéndome picos. Me quedé tirado en el suelo con un tembleque enorme pero, en cuanto se me pasó, otra vez empecé a meterme coca. Así que rompí la jeringa en dos y la tiré por el balcón. Pero otra vez bajé, la encontré y la reparé con un tubo de bolígrafo. Y seguí metiéndome picos hasta que se acabó la perica. Yo no sé cómo no me quedé seco ahí mismo.
Puede que yo fuera un perdedor y un drogadicto, pero tenía muy claro que, una vez cumplida la mayoría de edad, iba a dejar todo esto de la droga y la delincuencia siempre que no muriera o acabara en la cárcel antes; porque todo tiene un precio, y el precio del éxtasis es la esclavitud y, luego, la muerte. El tío Patxi ya tenía veintiséis años y era como un adolescente que vivía al filo de la sobredosis. Me parecía que mi tío estaba en una situación espantosa e insoportable; desde luego, yo no quería ser como él. Él me daba pena, porque veía que era un esclavo que había perdido la libertad hacía muchos años. Es precisamente mi amor a la libertad lo que me salvó de la droga; porque la droga te esclaviza. Y es mi amor a la libertad lo que me hizo volver a Cristo; pero esta es una historia para otro momento.
Ahora lo que tenía que hacer era romper con Mari. Un fin de semana regresé al pueblo y nuestro reencuentro era un evento esperado por todos, incluida la Nena y sus amigas, que estaban esperándome con la Mari. Incluso yo mismo estaba emocionado de verla y tenía unas ganas locas de darle un gran abrazo y un beso. Pero, cuando la vi, noté que me fallaba la voluntad, aquel amor no tenía futuro y, para mí, era obvio que teníamos que dejarlo aunque siguiéramos queriéndonos. Pero, como era un tarado y un irresponsable, no encontraba ni la ocasión ni las palabras adecuadas y, además, tenía miedo de herir sus sentimientos. Estas vacilaciones llevaban semanas causándome bastante estrés, así que un buen día le solté un tenemos que romper (o algo por el estilo) a quemarropa y sin preámbulos. Siempre me he arrepentido de mi falta de delicadeza con una persona que significaba tanto para mí, de haber sido tan abrupto.
El mundo es un sitio loco e incomprensible, sobre todo si estás ciego prácticamente todas las noches de la semana. Tan incomprensible que he aprobado filosofía, griego, latín, formación religiosa e inglés. Cómo cojones he podido aprobar esas asignaturas, sobre todo griego y latín, no lo comprendo para nada, porque mi mente está en otras cosas, no en empollar. He dejado colgadas lenguaje e historia, justamente las asignaturas fuertes que había estudiado en la academia de Madrid entre sueños narcóticos. Tampoco sé cómo lo hice, pero logré aprobar lenguaje en septiembre; me quedó solo la asignatura de historia para el año siguiente, lo que significaba que ya podía pasar a COU. Mi sueño de estudiar en Inglaterra estaba al alcance de mi mano.
Con una sola asignatura que estudiar en verano, la fiesta estaba asegurada y, ahora que no tenía novia, pasaba más tiempo con el Juan y el Loco. La Nena y su pandilla habían puesto un cuartillo justo enfrente de casa y solíamos empezar la juerga ahí, bebiendo clarete del Caserón y escuchando la música de siempre. Aquel verano lo pasamos de movida. Yo me dedicaba a falsificar recetas y luego nos íbamos a dedo de pueblo en pueblo, de farmacia en farmacia sacando Sosegón, pondiniles y centraminas. El Sosegón, nos lo metíamos por vena, pero te dejaba un insoportable sabor amargo en la boca y en las fosas nasales durante horas, así que no era nuestra droga de preferencia. Los pondiniles, procurábamos venderlos, porque tenían un bajón insufrible al día siguiente. Lo mejor eran las centraminas, que subían tranquilas y con mucho control y, al día siguiente, casi no dejaban resaca.
El mundo es una frágil alucinación; cuando vives al filo, las cosas pueden salir muy bien o catastróficamente mal. A veces todos los factores se alían para formar una fiesta perfecta: los Talking Heads suenan en el Tarumbi mientras nos echamos unas cervezas y unos porros con la basca; luego, unas anfetaminas en el Kristal. Entonces aparecen amigos de otros pueblos que vienen a Cintruénigo a pillar algo y les pasamos unos pondis. Con la cabeza caliente y una buena bola de costo en el bolsillo, nos vamos al Chaplin y, curiosamente, tienen puesto el disco Talking Heads: 77.
Nos movemos de bar en bar, y se siguen produciendo curiosas coincidencias: la misma canción suena en varios bares, como si el Tubo entero fuese un solo bar. Los Bebés forman un grupo contra una pared y me acerco a saludarlos. Ya no me reciben como a un extraño, sino que la droga nos ha unido y ahora son muy amables conmigo. Por otro lado está el Mili, aquel lobo solitario de primaria, con su pandilla de oscuros forasteros. Me acerco y nos fumamos un porro juntos. Luego aparece el Tapas de Fitero y nos echamos unas risas con él. Los fines de semana, terminábamos la noche en el Parris o en la Cocorico con un pedo descomunal.
Así eran nuestras noches de verano y, lo peor que podía pasarnos era estar sin dinero, o sin droga. Entonces nos aburríamos. Pero eso era todo. Mis sobredosis eran menos frecuentes o, al menos, ya no recuerdo ninguna más. Y, lo curioso es que en mis cuatro o cinco años de juerga continua, no recuerdo haber visto peleas por los bares ni nada parecido. La gente iba a su rollo, a fumarse sus porros y a beber cerveza: nada de violencia. Ni siquiera en los conciertos punkis se veían peleas (aparte de aquel famoso concierto de Tudela en el ochenta y tres), al menos no en la Ribera.
Un día nos fuimos de marcha con el Ricar al tubo de Bilbao y el ambiente ahí era distinto. Se notaba que la basca estaba enervada y a punto de reventar. Estuvimos viendo no me acuerdo si a los RIP en un garito inmundo. Las calles estaban atestadas de gente y recuerdo aquello como un escenario del Londres de Dickens, con sus calles húmedas y oscuras, y toda esa gente radical y punk, que parecían caerse a pedazos.
En la Ribera, las cosas eran más tranquilas. Nos íbamos a todos lados a dedo. De día era para pillar pastillas por las farmacias de toda Navarra, La Rioja y Aragón. De noche, nos íbamos al Tubo de Tudela con nuestros amigos del Norte, o de Madrid, o de Francia, que solían venir a pasar el verano en el pueblo. Y también salíamos bastante con el José Luis (aquel amigo de las fiestas de San Juan de mis quince años) y su hermano, que habían venido a vivir a Cintruénigo. Los fines de semana, teníamos conciertos para escoger en cualquier pueblo en fiestas. Te metías unas anfetas con alcohol y porros y pronto sentías un calor en la cabeza y una sensación de control increíble. La noche era tuya y nada podía salir mal. Si hacías dedo, enseguida paraba un coche. Si llegabas a un pueblo en fiestas, enseguida te encontrabas con amigos de Tudela, o de jesuitas, o de Cintruénigo y se formaba un grupo tremendo de jóvenes ávidos de diversión. Nos pasábamos porros y cachis de cerveza sin parar. Luego, en los conciertos, nos poníamos en primera fila a bailar pogo como locos. Las ondas de los altavoces hacían temblar todo tu cuerpo y yo me preguntaba cómo es que no nos quedábamos sordos.
En una ocasión se organizó un conciertazo punk en Castejón. Llegamos juntos el Juan, el Loco y yo, no sé si con el Ricar, y nos encontramos con los clanes de Cintruénigo, uniformados de zapatillas blancas y chupas de cuero, esperando a que empezara el concierto. Aquello era como estar de nuevo en las escuelas del pueblo. Pero ahora éramos todos amigos. La movida y la droga nos habían unido. Al menos yo no tenía ninguna cuenta pendiente con nadie y me hablaba con todos ellos. Aquella noche nos habíamos metido pondis y espid y estábamos en pleno subidón. Juan tenía la costumbre de pasarse bastante con los pondis: yo me metía unos ocho, pero Juan se metía el doble. Nos fuimos acercando poco a poco a primera fila entre el mar de jóvenes expectantes. De repente, vuestro tío Juan se subió al escenario de un salto y nos dejó a todos atónitos. Yo no sabía qué hacer. Normalmente solía sacarle de apuros cuando se pasaba de rosca por los bares, pero ahora estaba fuera de mi alcance. Intercambié unas miradas de incertidumbre con el Loco. Se veía movimiento y confusión. Los de seguridad no sabían qué hacer, cuando Juan agarró el micrófono y presentó al grupo: ¡Colegas, con vosotros: Cicatriz! La gente empezó a saltar de la emoción y el ambiente se llenó de energía eléctrica. En ese mismo momento salieron los músicos al escenario y comenzó el concierto en medio de una ovación apoteósica. La oportuna intervención de Juan había sido impulsada por el espíritu de las anfetaminas y todos estábamos que flipábamos.
La verdad, aquel fue un verano bastante bueno, si se puede denominar como bueno estar ciego prácticamente todas las noches y pasar recetas falsas por las farmacias. Nosotros no nos dábamos cuenta, pero ese era un delito con pena de cárcel.
Ese verano, hubo un último viaje de camping familiar al Mediterráneo. Juan y yo llevamos un montón de recetas en blanco para ir sacando pastillas de las farmacias. La verdad, solo recuerdo los dos primeros días. Creo que el Kike y la Nena no estaban con nosotros en esta ocasión, al menos, no figuran en mis recuerdos. ¡Qué difícil tiene que ser ir de vacaciones con un par de hijos drogadictos! Y qué fácil hubiera sido para nuestros padres dejarnos solos en casa, o con algún pariente. Sin duda, vuestros abuelos tenían un estilo de educar a sus hijos un poco raro: nunca nos sermoneaban y siempre estaban ahí; no nos mandaron a la mierda como hubieran hecho otros padres.
El sol quemaba en esas carreteras sin árboles del Levante. Juan y yo íbamos a dedo, de pueblo en pueblo, con la esperanza de sacar algo bueno, pero solo conseguimos pondiniles. Al día siguiente habíamos quedado con el Javi de Madrid, que estaba de vacaciones en un chalet a unos pocos kilómetros. Pero la resaca de pondiniles es mortal y aquel encuentro fue como una visita a otra dimensión: un mundo sin cerebro, sin palabras, sin energía para nada, sin apetito, sin ganas de juerga. El Javi hizo lo que pudo para entretenernos, pero nosotros estábamos muertos. Eso es lo que más recuerdo de aquellas vacaciones: la muerte que produce el bajón de anfetaminas.
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Quizá estéis tan chocados como yo mismo al leer sobre el comportamiento de vuestro padre. Como veis, estáis ante un hombre perdido, sin valores, sin creencias, sin fundamento, en una espiral de drogadicción y delincuencia. Apenas las pequeñas gratificaciones temporales del hedonismo le animan a seguir adelante. Y ese sueño de liberarse, de irse a Inglaterra a estudiar.
Y vuestro abuelo no estaba mejor que yo. ¿Cómo echarle la culpa de nada a una persona que estaba tan enferma? El fantasma de ese enfermo mental me ha perseguido durante toda la vida. Toda una vida intentando no ser él; investigando, como un detective, cualquier rasgo de mi personalidad que pudiera ser suyo para eliminarlo. ¿Cómo nos afecta el pasado? ¿Qué hay en lo profundo del ser? ¿Cuándo y cómo pueda esa violencia aflorar, sin que yo pueda interceptarla? Todos desempeñamos un papel siguiendo un guión que imita patrones impuestos en la infancia; de repente uno reacciona y dice cosas que estaban escondidas en algún rincón de la memoria. ¡No soy yo! ¡Cómo es posible que todavía no me haya librado de él! Él siempre estará ahí, escondido en algún rincón de mi ser. Y yo siempre estaré alerta, preparado para sofocar esa ira, ese cerebro loco, que sigue estando ahí, esperando la ocasión de manifestarse y darme un susto.
¿Y tú, mamá? ¿Dónde estás tú en toda esta historia? Cada vez te siento más lejana. Caminas por mis recuerdos como un fantasma. Como si tú misma no actuases en la película de tu propia vida; como si simplemente fueses una espectadora que contempla, impotente, todo lo que te pasa. En efecto, la vida es algo que te ocurre, porque así es la vida de los esclavos. Así es la vida de las personas que han perdido toda esperanza de ser libres. Yo no puedo ni siquiera imaginar lo que supone vivir con una persona que te muele a palos cuando le da la gana, así que no puedo juzgarte, pero es obvio que estás atrapada en un lugar muy oscuro.
Os preguntaréis cómo narices se puede complicar tanto la vida de las personas. Yo os he advertido que, tarde o temprano, vosotros también tendréis que enfrentar complicaciones y desafíos. Os he asegurado que siempre vais a encontrar ayuda en Cristo Jesús. Y os he dicho que podéis fiaros de mí, porque yo no os mentiría, porque yo mismo he encontrado a mi mejor aliado en Cristo. El ser humano moderno no cree en nada y se aísla en una burbuja narcisista. Cuando se enfrenta a un problema, está solo ante el peligro, y vosotros también podríais caer en esa trampa porque estáis siendo sometidos a un lavado de cerebro a través del sistema educativo, de los medios de comunicación y del consumismo: el ser humano es un mamífero sin alma condenado a morir, a desaparecer del planeta, el planeta mismo desaparecerá un día, y la vida no tiene sentido porque no hay futuro. Porque, si el destino de la raza humana es desaparecer para siempre, el presente no tiene razón de ser. ¿Qué importa vivir unas cuantas generaciones más si el objetivo final es la muerte eterna? Una vez vaciados de sentido y de esperanza, el ateísmo se adueña de nuestra mente y puede vendernos cualquier cosa. Yo os he asegurado que el mundo se divide en dos grupos: los esclavos del pesimismo ateo por una parte, y los que tenemos esperanza en la vida eterna. Vosotros tendréis que escoger entre la nada atea, o la esperanza de los cristianos; entre una vida privada de sentido, o una vida plena de significado; entre un amor narcisista sin fundamento, o el amor de Dios que es la roca en la que se halla anclado cualquier otro amor.
En lo que se refiere a vuestra abuela, desgraciadamente, ella ha vivido siempre de espaldas a Dios. “Es como apagar la luz”, me dijo un día, “te mueres y no hay nada más”. Desde luego, una persona que no tiene un fundamento divino para su vida, es una persona vulnerable, limitada a lo humano, al resentimiento, a culpar a los demás de todo lo que te ocurre, porque no entiende lo que es la libertad. Yo no hago más que pedirle un milagro a Dios, porque hace falta un milagro para que vuestra abuela vea la luz. Solo el amor de Dios le dará la libertad y la esperanza que todos anhelamos. Y espero que vosotros siempre caminéis en la luz de Dios y no en la oscuridad atea, porque el objetivo del ateísmo es vaciar vuestra alma y convertiros en hombres perdidos. ¡Que Dios os bendiga siempre!
© Félix Chivite-Matthews 2018
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