16 - El Pacto - 1980/81

Capítulo 16

El Pacto

Septiembre 1980 - Septiembre 1981

Trece años de edad.

Redactado: noviembre 2021 - diciembre 2021



La problemática de mi infancia me tiene tan obsesionado como los misterios de la fe y, tal y como ocurre con los misterios religiosos, la historia de mi infancia y juventud, en vez de verse solucionada a través de mis investigaciones, se va haciendo cada vez más amplia y va adquiriendo dimensiones de las cuales no era muy consciente antes de escribir este relato.


Hace unos días estuve con la Nena y hablamos de aquellos tiempos y de lo solo y despreciado que se sentía nuestro padre y de lo difícil que era quererle. Sin duda, era más fácil admirarlo y buscar su amistad para aquellas personas que no sufrían sus descalabros directamente. Pero lo cierto es que, con la adolescencia, fuimos aprendiendo a ver su lado vulnerable. Él se sentía despreciado, lo cual era correcto. Posiblemente, también se sintiera despreciable. E incluso podría aventurarse que, de alguna manera, fuera despreciado de hecho desde su más tierna infancia. No porque no tuviera cuidados y atenciones, sino porque esos cuidados y atenciones quizá no fuesen lo que él quería y necesitaba. Tal y como uno termina arrimándose a personas que le hacen sufrir de maneras familiares, podría decirse que vuestro abuelo formó una familia en la que podía sufrir de manera familiar el desprecio de su mujer e hijos. Según esta teoría, vuestro abuelo debió de padecer algún desprecio en su infancia y adolescencia; quizá un fuerte autodesprecio y, posiblemente, un gran recelo hacia los cuatro segundones, sus hermanos y hermanas. Tal vez también se sintiera traicionado por una madre que estaba enamorada de Jesús y que tenía que dividir su tiempo y cariño entre los cinco hermanos y su marido, y ser justa con todos al mismo tiempo.


Sea como fuere, vuestro abuelo empezó a caer en largos períodos de crisis en los que bebía demasiado y seguía con sus broncas a altas horas de la madrugada. Las escenas descritas en el capítulo anterior siguieron repitiéndose como un disco rayado dando a nuestras vidas una dimensión cíclica, como si estuviéramos sumidos en una pesadilla de la cual no podíamos despertar. Matar a los rojos, atropellar al Mutilva, hundir a los bancos, y tratar a vuestra abuela con suma violencia y de manera humillante eran obsesiones que nos eran tan familiares como la leche con galletas del desayuno. Además, empezó a jugar más. A veces se jugaba todos los beneficios del mes en una sola noche de bingo, en casinos, o en las chapas de Fitero. La mamá se ponía enferma porque sabía que iba a tener que hacer frente a esos gastos con el dinero de sus clases de inglés. Por esta época, el abuelo empezó a interesarse por temas esotéricos, lo cual nos tenía algo fascinados también a nosotros, los hijos. Incluso llegó a comprar la Biblioteca Básica de los Temas Ocultos de Fernando Jiménez del Oso que salió en mil novecientos ochenta. Asimismo, empezó a dejarse seducir mucho por el zodíaco y los clarividentes, lo que nos tenía preocupados, porque le creíamos capaz de caer bajo el control de cualquier brujo.


Estabas perdido y buscabas una salida por donde fuera y, como una fiera atrapada, a menudo dabas zarpazos y mordiscos que acababan lacerando tu propia carne. Me doy cuenta de que esta historia no es nada justa ni contigo ni con mi madre, por eso estoy buscando lo positivo en todo esto. Hace poco estaba pensando en la ausencia de resentimiento, de odio, de venganza, en la ausencia de represalias. Al día siguiente te despertabas como si nada hubiera pasado. Pero es que nunca fuiste vengativo tampoco con nosotros, ni siquiera cuando te dimos buenas razones en nuestra adolescencia. Al día siguiente, nos levantábamos, y nada había ocurrido. Tus leyes eran nuestras leyes, y tu impunidad era nuestra también. Jamás en la vida nos echaste nada en cara. Y, de hecho, tampoco mi madre ni ningún otro pariente nuestro apuntó un dedo acusador hacia nosotros como lo hacen los puritanos. Ni siquiera nadie del pueblo jamás nos echó una bronca ni se quejó de nuestro comportamiento antisocial en la adolescencia. Esto tuvo como resultado que las puertas siempre estuvieran abiertas. Siempre fue posible volver a casa y siempre fue posible volver al pueblo sin que nadie nos echara nada en cara. Este aspecto de ti es lo más positivo que se me ocurre. Sin este perdón incondicional mutuo, hubiera sido imposible volver a casa años después cuando ya me habré independizado. Pero es que tu bronca no iba con nosotros, sino con la mamá.


Los tiempos gramaticales casi no alcanzan para expresar un pasado que ocurre en el futuro. Un pasado que es presente. El año ochenta ya ha pasado, con su noviembre fantasmagórico, y el cumpleaños de la Nena, a quien cada día siento más cercana. Cuando vuelvo de Lekaroz a pasar el fin de semana, me recibe con besos y abrazos. Yo la cojo en brazos y le doy mil vueltas hasta que acabamos mareados y muertos de risa. Juan está más amable y ahora pasamos el rato escuchando música, leyendo libros y planificando experimentos y aventuras. Nos tiene obsesionados la idea de volar en ala delta y queremos construir una. A mí me gusta mucho armar planeadores con madera de balsa que nunca vuelan. Otra cosa que nos encanta son los temas ocultos de Jiménez del Oso, el espiritismo, la clarividencia, el mal de ojo, las brujas, los vampiros. El papá pone sal debajo de la cama para ahuyentar a los malos espíritus y nosotros hemos hecho un muñeco de vudú para pinchar alfileres a ver si se muere de una vez. Supongo que está funcionando, porque cada día está más enfermo. Canalizar tu odio a través del vudú es conectar con Satanás y pedirle que mate a tu padre. Es algo parecido a rezar. Cuando metes la aguja en el hígado del muñeco, sientes que entra en carne viva; como cuando recibes un sacramento y sientes la gracia de Dios.


—Tiene que ser en el hígado. Siempre se queja del hígado.

—Tenemos que ponerle al muñeco algo del papá. ¿Un pañuelo?

—Pero tiene que ser algo que haya usado. No puede estar limpio.

—O un mechón de pelo. Podemos coger pelo de su almohada y pegárselo al muñeco.


Mientras los teólogos modernistas niegan la existencia de Satanás y del infierno, el invierno pasa entre Lekaroz y fines de semana en casa. Ha llegado la primavera y, con ella, los viajes de camping. Normalmente los papás nos llevan a las playas del Mediterráneo. Se ve mucho turista extranjero por ahí y muchas chicas desnudas aunque no sean playas nudistas, lo cual nos tiene encantados. El papá nos lleva a restaurantes a comer paella y marisco. Luego, de vuelta en la tienda de campaña, nos invita a un carajillo o incluso a una queimada gallega. Puedo ver la cara de emoción del papá mientras calienta el brandy (a falta de orujo), el café, el azúcar, el limón y los granos de café. Luego le prende fuego durante unos minutos.


—A ver… No arde. Hay que echarle más cognac… A ver ahora… ¡Mira, ya arde! Ahora, a esperar que se consuma un poco el alcohol. —Las llamas se reflejan en sus ojos y el tiempo retrocede. Es como ver a un chamán evocando sus viejos tiempos de juventud. 

—Las vieiras de Galicia son las mejores. El marisco aquí no sabe igual. Cuando tenía dieciocho años, me comía doce langostas como si nada. Y me comía las ostras como si fueran pipas. Con un buen albariño. Ya está. Ahora, a esperar que se enfríe un poco. Esta es la bebida de los brujos y de los aquelarres, cuando bailaban desnudos alrededor de la hoguera… ¡Ahí va! ¿Qué es eso que tiene la Nena detrás?


La Nena mira hacia atrás un poco atemorizada y se pega a la mamá.


—¡No me metas miedo, tonto!

—¿Qué es eso que tienes en la frente? ¡Veo que te están saliendo cuernos!

—¡Déjame en paz, imbécil!


A nosotros nos hace gracia que el papá se deje insultar por la Nena. Pero es que la Nena tiene un genio tremendo. Un día, yo le estaba haciendo torturas y cosquillas al estilo del tío Patxi y se enfadó tanto que me atacó con unas tijeras. Pero, volviendo a la queimada, el Juan y yo somos como perrillos esperando a que su dueño les eche las sobras de la cena, deseando saborear ese dulce licor lleno de buenos recuerdos de gula y embriaguez. Tú estabas ahí. Nosotros deseábamos que desaparecieras para siempre, pero tú estabas ahí. A pesar de nuestro desprecio, de nuestras constantes quejas, de nuestra insolencia. Y nosotros terminamos por aceptarte como quien acepta un tumor que no tiene cura.


A pesar de nuestra reticencia a pasar tanto tiempo con nuestro padre, el camping nos ofrece un acceso a otra dimensión: las noches al aire libre, las cenas a la luz de la lámpara de gas, y unos padres que parecen más tranquilos. Juan y yo compartimos un colchón inflable en nuestro diminuto cubículo y leemos nuestros libros a la luz de una linterna. Un día, salimos a explorar las inmediaciones del camping por un camino que termina en una cantera. Nos ponemos a buscar fósiles pero, lo único que encontramos son cartuchos de dinamita. Una cosa es hacer bombas en casa y otra muy distinta es hacer el tonto con dinamita, así que la dejamos donde la encontramos. Incluso los niños más salvajes pueden tener algo de sentido común de vez en cuando. Es curioso cómo estoy desarrollando una doble conciencia: el enamorado de Jesús y el parricida de pensamiento; el temerario que corre encierros, y el chico prudente que se da cuenta de que la dinamita es muy mala idea; el chico bueno del cuadro de honor, y el ladrón de supermercados. Conciencias estancas que funcionan independientemente la una de la otra y sin tener conocimiento mutuo.


Como ya os he dicho antes, a veces la vida te sorprende con cosas maravillosas. Sin duda, esas cosas maravillosas son mis hermanos. Esa chiquilla preciosa que se me lanza encima y me llena de besos; ese hermano rabioso que, poco a poco, se está convirtiendo en mi mejor amigo; y ese hermanillo travieso que está creciendo y ya tenemos más cosas de las que hablar y más experimentos en los que trabajar juntos. También todos esos personajes que he descrito en capítulos anteriores: las Vicentas, la gente amable del pueblo, nuestros tíos, abuelos y demás parientes. Y Lekaroz. Este año me han escogido para bailar en el grupo de dantzaris, lo cual es un honor porque vamos a bailar delante de todos los padres y familiares cuando vienen al colegio en los días señalados, y en las fiestas importantes. Otro honor (este, no merecido, a mi parecer) es que me han puesto en el cuadro de honor por estudios y en la sección de excelencia en comportamiento. Todavía no sé que tiene nombre, pero sé que estoy sufriendo de síndrome del impostor. Mi autoestima está por los suelos a pesar de tantos honores y no me siento merecedor de estar ni en el grupo de dantzaris ni en el cuadro de honor. Otra cosa que no comprendo es cómo puedo sacar tanto sobresaliente. Supongo que las explicaciones de los profesores se me quedan grabadas en la memoria porque no necesito estudiar mucho para los exámenes. La fama de empollón me persigue y mis compañeros me pagan para que les haga los deberes. Al principio cobraba poco, pero la codicia no es ajena a mi persona y, poco a poco, he ido subiendo los precios. Para que no me pillen los curas, me ocupo de incluir bastantes errores en las tareas. Lo que peor se les da a mis compañeros es el dibujo técnico, que debe ser pulcro y exacto. Ya llevamos dos años con esa asignatura, y los problemas de dibujo se están complicando mucho. Ahora hacemos elipses, parábolas, espirales, y proyecciones de tres dimensiones que son muy complejas y, los que no tienen arte para esto, acaban con un borrón tremendo y las manos llenas de tinta. Por si fuera poco, este año he ganado un premio de poesía en el colegio. Pero ha sido porque solo nos hemos presentado cuatro gatos. Mi poema está dedicado a la Virgen María y lo han publicado en la revista del colegio. Por otra parte, estoy descubriendo el deporte. Fea palabra, a mi parecer. Yo siempre había hecho ejercicio, bicicleta, natación, senderismo, pero a mi aire, sin que nadie me dijera “cuatro vueltas a la pista”, o “a jugar al fútbol, haced equipos”. Para mí, no había cosa más odiosa que el deporte organizado, sobre todo en invierno. Pero este año nos toca gimnasia con el entrenador del equipo atlético del colegio, el profesor Argaña, un tipo serio que impone respeto. El Argaña nos explica las cosas y nos lleva al gimnasio del colegio viejo a saltar al potro y al trampolín. Para mi sorpresa, soy capaz de dar unos saltos enormes. Será por toda esa experiencia saltando al burro en las horas de recreo. Saltar al burro no está muy de moda hoy en día, de hecho, no me explico cómo no nos rompíamos la espalda con semejante juego de gente saltando a la carrerilla y cayéndote encima. ¡Anda que no era divertido! El caso es que el Argaña ha decidido investigar mi potencial y me ha puesto en el equipo de carrera de vallas y salto de altura. Yo hago lo que puedo, pero soy un poco lento y torpe. El Argaña lleva un cuaderno sobre nuestras habilidades atléticas y, un día, nos pone a hacer un minuto de abdominales y él anota el número. Veo que mis compañeros solo pueden con cinco o seis; los más fuertes llegan a quince. Estoy esperando mi turno con un poco de miedo, porque nunca he hecho abdominales. ¡Cuando me toca a mí, hago veintidós! De alguna manera, en nuestras aventuras de Cintruénigo, en la piscina, en nuestras excursiones de bicicleta y nuestros juegos de pilla-pilla, había desarrollado algo de musculatura sin darme cuenta. Por otra parte, los fines de semana me estoy aficionando a jugar a ping-pong, baloncesto y pala. La pala me tiene fascinado. Nos vamos a jugar a los frontones del colegio antiguo, que tienen suelos de losas irregulares y la pelota da unos botes bastante impredecibles. Estoy aprendiendo a darle con la zurda cuando la pelota viene pegada a la pared. Es un gusto sentir el peso de la pelota de goma en la pala y soltar un zurriagazo enorme hasta el fondo del frontón, o un dos-paredes. ¡Chúpate esa! Después de estar horas jugando a pala, nos vamos al comedor hambrientos y dispuestos a repetir y a devorar todas las sobras que hayan dejado los compañeros. Yo como bastante, pero no engordo y tengo complejo de flaco. A veces, los otros compañeros se burlan de mí, aunque no me molesta, porque no lo hacen con malicia. Estoy dando un paseo por el colegio con el Paez, un gordito que juega muy bien al fútbol y me pica la curiosidad:


—Oye, ¿tú qué haces para estar tan gordo? Porque yo como todo lo que puedo pero, nada…

—Para engordar tienes que beber muchos refrescos con gas, eso es lo que más engorda.


La respuesta de mi amigo me deja totalmente incrédulo. No esperaba escuchar eso. Si es cierto lo que dice, estoy condenado a estar flaco, porque en casa no bebemos refrescos y en el colegio no me llega para comprarme ni Kas, ni Konga, ni nada.


Si he dicho antes que en la vida pasan cosas muy buenas y muy malas, también pasan cosas raras o curiosas. Un fin de semana de los que me quedo en el colegio se van a casa todos mis compañeros y me quedo solo en el colegio. Me dice el padre Donato que, para que no esté solo en los dormitorios del colegio, me van a dar una habitación en la enfermería, que son acogedoras y calientes. Este fin de semana, hago las comidas en el refectorio con los frailes, lo cual me infunde un cierto respeto. Los frailes comen en silencio y no me hacen demasiado caso. El resto del fin de semana lo paso dando paseos por el valle y visitando a mi amigo Iruasegui. Y hablando de cosas curiosas, este año me han hecho encargado de apagar las luces del colegio los fines de semana. Los interruptores están lejos, en el edificio de entrada, donde las oficinas y la recepción. Para llegar ahí tengo que atravesar múltiples pasillos tenebrosos que dan a salas vacías. La verdad es que me atemoriza ir hasta allí y, peor aún, apagar las luces exteriores y regresar a oscuras hasta los dormitorios. Cuando paso por las puertas de las oficinas y de los comedores siento escalofríos por la espalda, me imagino que algún fantasma va a abrir la puerta o que voy a ver alguna sombra maligna escondiéndose en la penumbra. ¡Por si fuera poco, a los curas se les ha ocurrido ponernos La Profecía! Esa película da tanto miedo que veo demonios y anticristos por todos lados. No sé por qué no se les ocurre ver las películas antes de ponérnoslas en el cine, porque también han echado Muerte en Venecia, y otras películas bastante pesadas y no muy aptas para niños. La verdad es que Lekaroz se está convirtiendo en un sitio un poco deprimente para mí. O al revés. Yo me estoy sumiendo en una gran depresión y, esos fines de semana que paso solo, sin muchos compañeros a mi alrededor, me dan demasiadas oportunidades para la introspección y la caída en picado.


Yo sigo soñando con tener una radio de bolsillo para matar los ratos de lluvia en algo que no sea dibujar, tocar la armónica y leer poesía. También me gustaría tener un reloj digital de esos que tienen mis compañeros con cronómetro, alarmas y luz. Algunos incluso tienen walkmans y se pasan el día escuchando música. Le he pedido a la tía Isabel que me compre una radio de bolsillo pero, para mi consternación, me ha traído una muy barata que suena a lata y no coge más que dos o tres emisoras. La verdad es que me siento un poco decepcionado. Ella siempre sabe lo que quiero sin que se lo tenga que pedir, pero esta vez no ha acertado, la verdad. Peor aún, le pedí al papá que me trajera un reloj digital de Andorra y me ha dado uno para mujer. Es de lo más sencillo, sin cronómetro ni nada. ¿Pero es que no se da cuenta de que un chico no se puede poner eso? Está claro que no comprendo a los mayores. O ellos no me comprenden a mí. Tengo una tía favorita que ya no me entiende, un padre tarado, y una madre muda. A la mamá no hago más que pedirle ropa como la que llevan mis compañeros, pero nada. “¡Qué horterada! ¿Cómo te vas a poner eso? A ti no te quedaría bien”. La juventud es una porquería. No me gustaría ser joven de nuevo: hay demasiadas incógnitas, demasiada inseguridad, demasiada dependencia, y demasiada lealtad a modas absurdas. Toda mi infancia y juventud la pasé soñando con ser mayor y poder independizarme y, cuando eso por fin ocurrió, mi vida se convirtió en una gran fiesta. ¡No hay nada peor que estar atado a una pandilla de tarados! O gente que no te comprende, o frailes que te ponen música sucia y películas de terror con el anticristo. Estoy cayendo en picado y los curas no se dan cuenta. Nadie me pregunta qué me pasa, pero cada día busco más mi propia soledad.


En la vida pasan muchas cosas malas, pero una de las peores cosas que han ocurrido este año es que el Ford Granada se ha roto y el papá ha comprado un detestable y horrendo Seat Panda. Ese coche está hecho de hojalata y plástico barato. Tiene asientos de una tela plastificada que se te pega a la piel en verano y es tan pequeño que vamos como sardinas. Es un coche sofocante y, cuando vamos a Jaca, llegamos mareados y entumecidos. Aparte de la música de siempre, Simon and Garfunkel, Cat Stevens, Perales, Supertramp, ahora hemos caído víctimas del fenómeno ABBA. Chiquitita suena por todos lados, pero también lo hace Gimme! Gimme! Gimme! (A Man After Midnight), cuya letra describe a una chica aburrida que reza por tener un hombre después de la media noche. El adoctrinamiento de la juventud es implacable. Sin embargo, la letra de la música pop describe exactamente cómo me siento. En mi doble conciencia encuentro consuelo y sentido en Cristo y, al mismo tiempo, idolatro a la mujer. El mensaje de la cultura dominante es simple: el sexo es la salvación. La conquista romántica es un fin en sí mismo; la cura de todos los males. El macho destructor, después de hacer saltar por los aires a todos sus enemigos y de haber satisfecho su sed de venganza, conquista a la débil e indefensa hembra en la última escena. Fin. En la vida no hay nada más; solo violencia y sexo. Pero ya hemos llegado a Jaca, donde todo está limpio. El piso de los yayos reluce y huele bien. Bajamos a la piscina y, el pillo del Kike, que es más travieso que yo qué sé, nos indica que hay una chica tomando el sol que se ha quitado el sostén del bikini. Estamos los tres borrachos de risa, levantando las narices al aire como perros, cómplices de un delito de husmeo. Por la noche, ponen películas para adultos y siempre convencemos a los yayos para que nos dejen verlas. En enero estrenaron Cabaret, con Liza Minnelli y todavía recuerdo a mis padres diciéndoles a los yayos que ya éramos lo suficientemente mayores como para ver ese tipo de películas. Todo lo que fuera sensualidad nos tenía fascinados. Como la música de David Bowie. El tío Patxi ha comprado Scary Monsters y el Juan y yo no paramos de ponerlo a todo volumen en su cuarto. Las guitarras distorsionadas y el contraste de gritos desgarradores y voces melódicas son un reflejo de los altibajos de nuestra propia vida. De todos los productos culturales diseñados para convertirnos en brutos que no piensan de manera independiente, la música pop contiene las doctrinas más efectivas. La música es el único vehículo capaz de sumirnos en un trance y proporcionarnos una identidad de grupo al mismo tiempo. Nuestros gustos musicales nos van a proporcionar una identidad y la llave de entrada a subculturas de las cuales todavía no tenemos ni el más mínimo conocimiento.


La buena vida, tiene un márketing mucho más sofisticado que el cristianismo, y nosotros estamos metidos hasta el cuello en todo lo que sea satisfacer los sentidos. La adolescencia da paso a una nuevo ser más consciente de la propia persona, más individual. Sin embargo, de manera contradictoria, uno busca ser como los demás. Ser independiente y tener tu propio criterio da miedo así que, casi sin darnos cuenta, vamos a buscar narrativas, tendencias, modas, movimientos sociales y políticos con los que programar esa nueva mente y convertirnos en copias casi exactas de otras personas. Sin darme cuenta, estoy aceptando ciertos aspectos de mi padre. Me estoy identificando con él en la tendencia a beber en exceso y en sus descalabradas ideas políticas. Este año, he estado repitiendo sus mantras fascistas en el colegio. No sé por qué. Quizá porque tengo hambre de padre, quizá por escandalizar a mis compañeros de clase, o porque me estoy convirtiendo en un disruptor antisocial sin darme cuenta y el fascismo es la herramienta perfecta para joder la manta y sacar de quicio a todo el mundo. El Juan y yo estamos bebiendo más de la cuenta los domingos, después de comer, cuando nos dejan hacernos un café irlandés con helado de nata y le metemos un chorro de whisky enorme. La actitud verdaderamente rebelde e individualista hubiera sido no tocar ni el alcohol ni el tabaco, ni repetir eslóganes fascistas y rechazar a mi padre de esa manera. A mi padre y a las tendencias sociales que nos empujan como a ovejas a nosotros y a prácticamente a toda nuestra generación de borrachos, fumadores y drogadictos en la que el auténtico rebelde ni fuma, ni bebe, ni se droga. Y es que hace falta ser muy independiente y tener mucho criterio para oponerse al tsunami hedonista que nos amenaza a todos. Pero ningún ser humano es una isla. El pensador independiente no existe. Todos somos productos de nuestra cultura. Las máximas de libertinaje e independencia del consumismo buscan aislar al ser humano y convertirlo en una máquina que traga basura de manera compulsiva. La única libertad que merece la pena es la de Cristo: la libertad de quitarse los vicios, la libertad de ayudar a los demás, la libertad de buscar algo que está más allá de las limitaciones de lo material. Ahora tengo cincuenta y cuatro años y soy más rebelde que a los dieciséis. Ahora entiendo lo que es la libertad. Y da algo de miedo. Da miedo estar prácticamente cancelado, estar en minoría, que te consideren supersticioso, un tonto, incluso, que cree en cosas que no pueden ser demostradas por la razón… Como el amor. Cristo es rebelión: rebelarse contra el lavado de cerebro materialista, contra la exclavitud del cuerpo, contra la negación de toda esperanza, y darse a los demás. Pero la libertad aterra. Estamos a gusto en nuestro capullo materialista. No queremos ser mariposas. Es más fácil negar incluso la posibilidad de volar. Pero yo os animo a lanzaros ladera abajo. El mundo os dará la espalda y os dirá que eso no es posible, que sois unos ilusos. Y es que, el que no cree en el amor, lo niega. El que no cree en Dios, también lo niega. El conejillo de indias ateo que da vueltas a su molinillo hasta que muere sin esperanza de vida eterna odia a Dios. Siente recelo por aquellos que tenemos una relación con Dios porque no puede comprenderlo. Su inteligencia racional es superior, pero su inteligencia espiritual es nula. Tiene envidia de los que vivimos en presencia de Dios. Esa rata busca la destrucción de toda esperanza. Esa rata quiere matar a Dios. Pero nosotros tenemos que salir al contraataque. Tenemos que estar orgullosos de ser rebeldes de Cristo. Tenemos que decirle al mundo que la libertad existe, que hay esperanza de vida eterna, que las promesas de Cristo son actuales, y que vivir en Cristo tiene sentido. Los cristianos tenemos un producto muy bueno y un márketing pésimo.


Desde hace unos meses, me está ocurriendo un fenómeno curioso. Un día cuando escuchaba música por la radio me di cuenta de que todas las canciones tenían que ver con Dios, o con Jesús. Después de un rato, me pregunté cómo era posible que tantos artistas famosos hayan hecho canciones cristianas, hasta que caí en la cuenta de que era mi propio cerebro el que estaba cambiando la letra de las canciones. Ahora puedo hacer esto de manera consciente, así que cuando escucho música, por muy materialista que sea, para mí, tiene un mensaje cristiano, y hay una canción de Shawn Mendes que me tiene fascinado: Wonder. “I wonder what it’s like to be loved by you”. Me pregunto cómo es ser amado por tí. ¿Cuánta gente se pregunta eso? ¿Cuántos se sienten ignorados por Dios? Quizá Juan se sentía así cuando me veía rezar. Quizá pensaba que era un hipócrita porque él sabía muy bien lo malo que yo era. Sin embargo, yo no era hipócrita, simplemente tenía un desdoblamiento de la personalidad. Pero ese es otro tema. ¿Cuánta gente, Juan, mi madre, curas y obispos incluso, se preguntarán todos los días qué siente uno al ser amado por Dios?

“And I wonder if someday you'll be by my side

And tell me that the world will end up alright”. 

Me pregunto si un día tú estarás a mi lado y si me dirás que el mundo acabará bien”. Un mensaje totalmente escatológico, del fin del mundo, del Reino de Dios, en una canción de amor dedicada a una mujer. El mensaje de Jesucristo está en todas partes. A veces me pongo al grupo de rock Muse y no escucho más que mensajes religiosos. A fin de cuentas, uno ve lo que quiere ver. Tus creencias te definen como persona y, el que cree principalmente en el buen comer y en el buen beber es principalmente un cerdo. Y el que niega a Cristo es el anticristo. Y el que sigue a Cristo es un revolucionario del amor y de la esperanza en el Reino de Dios. Os he dicho estas cosas muchas veces y, ahora, las tenéis escritas aquí, porque un día, lo único que quedará de mí en este mundo serán estas líneas, y quiero que las recordéis siempre. Que no se os olvide nunca: vuestras creencias os definen como personas y la definición más perfecta y completa de persona es la que nos da Cristo con el ejemplo de su vida, muerte y resurrección. Nosotros tenemos que aspirar a eso.


Un márketing pésimo. Una manera de explicar la fe basada en memorizar mandamientos, oraciones y leer el catecismo. En vez de acercarnos más a Cristo, nos moríamos de aburrimiento en esas clases de religión que no conseguían implantar el mensaje de liberación cristiana en lo más profundo de nuestros corazones. ¿Acaso la Iglesia es incapaz de explicar mejor la fe? ¿Acaso no tenemos el mejor mensaje del mundo? ¿Cómo es posible que me dejaran perder la fe a mí y a toda mi generación? ¿Y cómo es posible que ahora que el mundo está tan esclavizado, tan aislado, tan hambriento de sentido y de héroes liberadores, no seamos capaces de aprovechar la oportunidad de sembrar a Cristo? ¿Cómo podemos liberar al mundo, Jesús? Habla, Jesús, estamos esperando tu respuesta. He escuchado el mensaje derrotista de muchos curas y obispos: la Iglesia del futuro será una iglesia mucho más pequeña pero más fiel a Cristo. ¿Y acaso es eso lo que Cristo quiere? ¿Acaso Jesús murió en la cruz para que su Iglesia se achique y se convierta en un club privado? ¿Acaso la palabra católica no significa universal? Entonces, ¿qué es esta nueva Iglesia que ya no es universal? Ojalá vosotros encontréis la manera de transmitir nuestra fe a este mundo que está ciego.


Mientras tanto, nosotros seguimos sumidos en nuestra propia situación imposible. El papá tiene sus días buenos y sus días malos. Ahora le ha dado por llevarnos a las piscinas municipales a la hora de comer, que no hay nadie. Me parece extraño nadar en la piscina con él. Para mí, el agua de una piscina es sinónimo de felicidad y estar en el agua con él es un poco contradictorio. Pero al menos está de buen humor. El papá nada bien. Lo estoy viendo ahora claramente. Tiene buen estilo de crol, aunque levanta la cabeza demasiado al coger aire. Lo veo tan claro como el agua fría de la piscina, porque aquí estamos muy cerca del Moncayo y, durante la noche, se congela el agua. ¡Menudo dolor de músculos y huesos se siente al entrar a la piscina! Seguro que el papá se acuerda de sus tiempos de escolar mientras hace largos; quizá se acuerde del Alameda de Osuna. ¿Qué pensarás, papá? ¿Qué cosas tendrás en la cabeza? Mis hijos lo saben todo de mí, porque les hablo mucho y también porque lo estoy escribiendo todo en este libro. Pero tú eres un misterio. Un día nos llevaste al Bocal de Tudela de picnic. Hacía un calor insoportable y nada que hacer ahí aparte de mirar el río Ebro. También nos llevaste al río Alhama a su paso por los Baños de Fitero un domingo. Yo me fui con la Nena a explorar una cueva y era tan estrecha que pudimos entrar, pero luego casi no salimos. ¿Por qué nos llevas de camping y de picnic? ¿Buscas nuestra compañía?


Pero también nos llevas a la fábrica y eso sí que no tiene gracia. Las figuras de alabastrina van saliendo con mejor calidad. Ahora estás vendiendo figuras decoradas y nos tienes a todos pincel en mano pintando figuritas. Juan es un artista, y al Kike y a la Nena se les da bien, pero a mí me aburre mucho. Yo prefiero ir de viaje contigo a las ventas de Ibardin. Ya sé que dije que no iba a ir de viaje solo contigo, pero aquí estamos, en la venta Gorria, que tiene unas vistas preciosas de valles y montañas.


—Si miras a la izquierda, tienes Francia; y a la derecha tienes España, —me dices desde el precipicio sobre el que se ubica la venta.


Entramos, saludas, te sientas en la barra y pides un café. Yo todavía estoy un poco mareado del viaje. Te estoy viendo mientras husmeo el género de la tienda: figuras de alabastro, recuerdos de España, tarjetas postales. Estás sentado sin apenas decir nada. Ahora enciendes un cigarro. Pareces muy tranquilo. Solo tengo trece años, pero me doy cuenta de que tus técnicas de venta son bastante particulares. Has dejado nuestro catálogo sobre la barra pero sin abrirlo, como si no quisieras vender nada. Es la dueña de la venta la que rompe el hielo:


—¿Y qué tal va el negocio, Chivite?

—Trabajando, trabajando… ¡Pero qué tranquilo está esto!

—Ahora está tranquilo, pero enseguida vendrán a la pasa de la paloma. Entonces tendremos gente. ¡Cómo crece tu hijo, ya te va a pasar de altura!

—¡Estos críos son unos malvados!

—¿Todavía está en Lekaroz?

—Sí, todavía.

—¿Y qué me traes hoy? ¿Alguna cosa nueva?


El papá le pasa el catálogo. La dueña de la venta lo ojea mientras el papá toma nota del pedido. Y así, casi sin mediar palabra, el papá consigue sus pedidos en varias ventas del norte de Navarra y Francia. Otra vez comeremos juntos en Elizondo, en un restaurante que tiene vistas al río, sin apenas decir nada. Yo me pediré mis alubias y mi chuleta de siempre.


—¿Qué tal la carne?

—Buena…

—La merluza está muy buena. ¿Quieres probar un poco?

—Bueno…

—¿Y de postre, qué vas a pedir?

—Helado.

—Aquí tienen un flan casero muy bueno.

—Bueno, pues flan con helado.


Durante estos aburridos viajes de negocios te tengo para mí solo. Te odio con todas mis fuerzas y te necesito al mismo tiempo. Así son estas situaciones de abuso. Uno actúa de manera instintiva y se acerca a su padre cuando sabe que va a estar tranquilo. Tu ausencia afectiva ha formado un vacío inconmensurable en mi ser y yo intento tapar ese hueco con un poco de padre cuando surge la oportunidad. Me estoy dando cuenta de que tu ausencia me está causando más daño incluso que ser testigo de las palizas que le das a mi madre. Porque esas palizas me parten el alma, pero el vacío que crea tu ausencia me está congelando por dentro, como un invierno permanente, y me voy a ver obligado a llenar ese hueco con cualquier cosa por muy perniciosa que sea. Te necesito. Te necesito, papá. Por eso te estoy buscando en estas líneas. Ya no quiero ver al abusador que revienta en crisis alcohólicas; quiero tener a mi padre. Me estás escuchando, ¿verdad? Sé que me estás escuchando, por eso tú también me buscas a mí. Llevas años buscando mi compañía porque sabes que hay algo dentro de mí. Mi aceptación. Pero mi medicina es mi veneno y cada día estoy peor. Se habla del desdoblamiento de la personalidad, pero lo que yo sufro es peor. Un yo ama a Cristo, otro yo es un parricida, un yo adora a su madre, otro yo ha perdido la fe en ella, un yo es el niño bueno del colegio, otro yo es un ladrón… Estoy disociado en mil yos y ni siquiera me he dado cuenta todavía. En estos momentos solo tengo trece años y no sé lo que me pasa. Solo sé que estoy muy mal.


No cabe duda de que, con solo dos canales de televisión y sin internet, estos son tiempos de aburrimiento. El papá por fin ha comprado una televisión y a veces nos reímos juntos con esas comedias americanas aptas para todos los públicos. Pero, por lo general, no le hacemos mucho caso a la televisión. El aburrimiento es el motor de la inventiva y nosotros seguimos fascinados con nuestros inventos. Hemos conseguido bañar monedas con otros metales en un proceso electrolítico. Y hemos construido el ala delta de nuestros sueños. Primero, hemos hecho unos planos sin conocimiento alguno del tamaño, peso o geometría de las alas delta. Luego, hemos ido a una ferretería a comprar tubos metálicos para colgar cortinas. Hemos llevado los tubos al taller del Herrerillo para que nos los suelden según nuestro plano y le hemos dicho al soldador que eran para una esquinera de nuestro cuartillo. A continuación, hemos comprado unas telas baratas en la tienda de Tejidos Marín y las hemos cosido a la estructura metálica. La verdad, nunca tuve fe en que el ala delta volara. Más bien, se trataba de una fantasía infantil en la que el objetivo era la fantasía misma, más que el resultado final. Cuando por fin está listo el artilugio, lo llevamos a los Montes de Cierzo a lanzarnos por una de las empinadas laderas. Sin embargo, debido a la fuerza del viento y la manera en que nuestra ala delta se hincha y tira como una cometa, nos damos cuenta de que tiene capacidad para levantarnos en el aire y nos da mucho miedo. Porque una cosa es salir volando y otra muy distinta es el aterrizaje. En ese pequeño detalle no habíamos pensado. He visto la muerte desde lo alto del monte. Estaba ahí, mirándonos a los ojos, esperando. El Juan y yo estamos cansados del viaje en bicicleta, de cargar con la enorme ala delta empujada por el viento, que nos tira de las bicis, que parece haber cobrado vida propia y no se deja subir hasta lo alto del monte. Es un poco frustrante abandonar este proyecto en el que hemos invertido tanto tiempo y trabajo, pero es que no disponemos de la capacidad intelectual para llevarlo a cabo hasta sus últimas consecuencias. Solo somos niños fantasiosos.


La vida en la calle sigue cada día más sucia. Los escaparates de los estancos están llenos de pornografía, la cartelera del cine no muestra más que películas para mayores de dieciocho años con mujeres tetudas, cuchillos y sangre, y mis excompañeros de primaria siguen yendo a la sala de juegos del Jesulín a fumar y darse morreos con sus novias. A mí me fastidia verlos porque me dan envidia. ¿Cuándo podré yo probar ese néctar? En realidad, soy muy tímido y me asustan las chicas. Un día se me juntó una alumna de inglés de la mamá en casa. Yo estaba en la cocina haciendo mis experimentos y ella, que había llegado a su clase demasiado pronto, se sentó a mi lado, muy cerca de mí, y empezó a hacerme todo tipo de preguntas sobre los moldes que estaba fabricando. Me sentí sofocado, su cara estaba muy cerca y notaba su respiración. Para colmo, era muy guapa. Gracias a Dios, mi inteligencia sexual no se había desarrollado tanto como la de ella, así que todo quedó en un susto. Pero la presión sexual del entorno y mis propias hormonas han avivado mis narrativas internas de hedonismo y sensualidad. ¿Cómo se consigue una chica? ¿Qué se le dice? ¿Y qué se hace con ella? Además, sigo siendo muy enamoradizo y sueño con el amor romántico como quien sueña con una panacea que cure ese vacío de padre que me tiene convertido en un muñeco de hojalata. Todavía estoy enamorado de la Águeda, mi compañera de cuarto de primaria, y sueño que nos casamos y nos vamos lejos. Pero tampoco se me  quita de la cabeza la chica de las gafas de sol que vi una sola vez en fiestas del pueblo hace dos años. Y hay unas chicas mayores que vienen a clase de inglés que me tienen babeando como un perro cada vez que las veo entrar en casa. Es penoso que nadie tenga una conversación sobre estos temas conmigo. Como ya he mencionado antes, las clases de educación sexual que nos dan en el colegio se centran en los aspectos reproductivos del cuerpo y nada más. El resto me lo tengo que imaginar, o lo encuentro en esas revistas pornográficas que se deja la gente por ahí con descripciones detalladas de actos sexuales desnaturalizados. No cabe duda de que, en los años ochenta, esto de la protección es un tema pendiente. Por eso vuestra madre y yo hacemos tanto hincapié en que tengáis la información y actitudes correctas para que no deis demasiados tropezones por el camino.


A los papás se les ocurre sorprendernos con tres leones que han traído al huerto de la casa vieja. Un macho y dos hembras. Nos animan a acariciarlos y a jugar con ellos. No son peligrosos, nos dicen. Yo tengo algo de aprensión. ¿Es que no se dan cuenta de que los leones, por muy mansos que parezcan, son impredecibles? Al principio, los leones se dejan acariciar el pelo pero, poco a poco, se van poniendo agresivos, se apartan de nuestro lado e intentan saltar la tapia del huerto. ¿Es que no hay nadie responsable aquí? Me veo en la difícil situación de proteger a mis hermanos. Los leones corren en círculos por el huerto, nos miran, nos examinan y, en cualquier momento, podrían atacarnos. ¿Por qué tengo que ser yo el que siempre tenga que proteger a mis hermanos? Agarro una gran red y la extiendo en círculo alrededor de los leones.


Anteriormente, he descrito el abuso como una guerra, un campo de batalla sobre el que caes en paracaídas y no sabes de dónde van a venir los tiros. Otras veces lo he descrito como un campo minado. Ahora, mis sueños me dicen que el abuso es un circo romano en el que peleas con leones y, los que te echan a las fieras, son tus propios padres. También he descrito el abuso cultural, esa forma de adoctrinar a los jóvenes en el hedonismo, la concupiscencia y la violencia machista principalmente a través de la televisión, la música pop, los videojuegos, las actitudes de los adultos, la obsesión con el goce de los sentidos, y la presión de grupo. Mi gran desafío es protegeros de esta última forma de abuso sin caer en el fanatismo o el puritanismo, y espero que leer este libro os ayude un poco a reflexionar y a daros cuenta del lavado de cerebro implacable del que habéis sido víctimas prácticamente desde la cuna. Como ya os he dicho, quitaros la libertad sería en sí una forma de abuso. Así que lo tengo difícil. También tengo que aprender de la historia; si soy demasiado estricto con vosotros, os sentiréis sofocados y os iréis de casa como se fue vuestra abuela: dando una puñalada por la espalda a sus propios padres. Solo me queda hablar con vosotros, pedir la ayuda de Dios, y confiar en vuestra capacidad de criterio y discernimiento. Yo solo tengo trece años y ya soy totalmente esclavo de los sentidos y las ganas de venganza.


Pero Dios es otro gran lío. Cuando empecé a escribir esta carta, no tenía ni idea de que Cristo iba a ir convirtiéndose en el personaje principal poco a poco. Todo empezó con vuestra bisabuela, la yaya. Ella plantó esa semilla en mi corazón. Y ella era la madre de nuestro abusador. ¡Qué terribles sentimientos de culpabilidad debió de tener toda la vida! ¿Cómo se siente una madre cuando su hijo es un abusador, un alcohólico, un jugador, un adúltero? ¡Ojalá no tenga que beber yo de ese cáliz! Sí, acabo de decir que eres un gran lío. Tú eres quien nos ha echado a los leones. Te he rogado que me expliques el sufrimiento de los niños y me has dicho que todos somos Jesús. Tú te hiciste hombre y nos convertiste en hijos de Dios. Pero Tú no viniste a eliminar el dolor. Un padre protector desea que sus hijos no sufran, pero al protegerlos demasiado, los sofoca. Tú no haces eso. Tú nos has dado la libertad absoluta y el sufrimiento es la condición de esa libertad, seas niño o adulto. Me has dicho que el que no ama ni sufre no puede ser libre, ni tan siquiera puede ser humano, ese es el Pacto. Y todo esto está muy bien, Jesús, pero ¿cómo se lo explicamos a un niño que sufre? También me has dicho que no estoy haciendo las preguntas correctas, que la pregunta correcta no es ¿por qué sufren los niños? sino, ¿por qué existe la felicidad? Y me has dicho que piense en todos esos momentos maravillosos, en todas esas personas amables, esos ángeles de la guarda que me cuidan y me hacen feliz. Me has dicho que el gran milagro es que estemos vivos a pesar de nuestra inclinación hacia el mal; que la raza humana no se haya autodestruido: ese es el gran milagro. Que estemos vivos, que seamos libres, que tengamos el privilegio de ayudar a los demás, y que disfrutemos de los dones de amar, de dar vida, y de conocer a Dios. 


Soy un pesado y no paro de hacerte preguntas. Si el alma es eterna, existe desde siempre; entonces, ¿cómo se pierde el alma? ¿El que viene a la tierra, apuesta su alma? De la misma manera en que la libertad tiene un precio, también la salvación tiene un precio. Una salvación gratis, no tiene valor. Para salvarse hay que obedecer los dos mandamientos básicos, amar a Dios y amar al prójimo. Entonces, ¿qué pasa con Juan que no quería saber nada de Dios? ¿Y qué pasa con mi madre? ¿Será posible que ellos no se salven, que se condenen en la nada eterna, como lombrices? Eso no me parece justo. ¿Será posible interceder por ellos? Si hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, ¿tendremos aunque sea un poco del poder salvífico de Dios? Si ya disponemos de poderes sobrenaturales como la fe, la gracia de Dios, la esperanza, y la misericordia, ¿acaso tengamos también algo del poder de salvación? ¿Será posible pagar por su vida eterna con nuestro propio sufrimiento? Pero ya nadie sufre. Vivimos en sociedades que esconden la muerte y huyen del dolor. Tenemos la despensa llena y calefacción en invierno. Y si nos aflige algún agobio, nos compramos una botella de vino caro; nos vamos de vacaciones al mar; nos damos algún gusto, algún placer. Todo es placer. Hemos matado a Dios y hemos transformado nuestro mundo desarrollado en un parque de atracciones. Aparte de mis oraciones, ¿qué puedo ofrecer en rescate por el alma de mis seres queridos? ¿Por el pépé? ¿Quién reza por él si su única hija es atea? Que dios te bendiga, pépé, tú sí que sufriste: dos guerras y una hija descarriada. Si nos vieras ahora, convertidos en una sociedad de imbéciles que desperdician el día delante de una pantalla mientras esperan su cajita de comida basura, pensarías que no mereció la pena derrotar a Hitler. Tú estabas cabreado con Dios. Cuando íbamos a visitar iglesias famosas o catedrales, tú te quedabas afuera. Tú viste con tus propios ojos lo que un hombre es capaz de hacerle a otro hombre, y llegaste a la conclusión de que Dios es cruel. Ojalá nos veamos en el cielo, pépé, tú fuiste un ángel de la guarda para mí y para el mundo. Tú odiabas a Dios y tu hija no cree en Él, pero al menos yo estoy rezando por vosotros.


En este capítulo he hablado poco de ti porque cada día te estás apocando más. Apenas eres una sombra, un saco de boxeo que cuelga del techo de la cocina. Desde que nos traicionaste y nos trajiste de vuelta a España ya no tengo mucha fe en ti. Sabías perfectamente a lo que volvíamos. Pero esto no quiere decir que haya dejado de quererte. Al revés. Mi amor por ti es doloroso. Mi exceso de empatía me duele como una patada en el estómago y me pego a ti como un perrillo fiel. Me gusta cocinar contigo, ir de compras contigo y escuchar música en el coche contigo. Este verano, han venido los pépés a Elche, a pasar las vacaciones con la familia de la mémé y me has llevado a Alicante a conocer a tus primos y otros parientes. Porque la mémé ni es inglesa, ni francesa ni española. Si se lo preguntases a ella, te diría que es francesa porque se crió en la Argelia colonial, hablando francés y pensando que era francesa. A los dieciséis años, le dieron un pasaporte español, porque sus padres eran emigrantes de Elche, y se llevó una de las decepciones más grandes de toda su vida porque ella siempre creyó que era francesa. Durante la guerra, conoció a un oficial inglés, se casó con él y se convirtió en ciudadana británica. Pero aquí también tuvo una gran decepción, porque el buen soldado le mintió sobre su edad y, sobre sus dientes postizos, no dijo nada. El resto fue una pequeña vida de posguerra, en un pueblo pequeño, con un salario pequeño, unas raciones pequeñas y una familia pequeña. Una vida diminuta, centrada en educar a la hija única para que vaya a la universidad y tenga carrera y una vida grande. Pero tanto cuidado y protección habían ido sofocando a la niña hasta el punto de convertirla en una rebelde amargada. La niña de las buenas notas que había estudiado secundaria en un famoso colegio de Winchester, no iba a terminar la carrera porque se había quedado embarazada y se iba a ir a vivir a España con un desconocido. ¡Cuánta decepción, mémé! Tú tampoco creías mucho en Dios, ¿verdad? Recuerdo haberte hecho esta pregunta y no me dijiste que no, pero tampoco lo tenías muy claro. Creo que los de tu generación estabais muy cabreados con Dios y preferíais no pensar en el tema. Tú siempre hablabas de la juventud feliz que tuviste en Argelia.


—Los domingos nos levantábamos cantando. Como mis hermanos no trabajaban, cada uno cantaba y tocaba instrumentos, pues… no sé… cualquier cosa, como las castañuelas, o unas cucharas, o tocaban contra una mesa. Y nos pasábamos la mañana cantando en español, en francés y en valenciano. En aquellos tiempos todo el mundo cantaba; conocíamos todas las canciones de la radio. Yo aprendí español cantando, porque en casa solo hablábamos francés y valencià.


Tú sí hablabas, mémé. Al menos, no te habías quedado muda. Y no parabas de cantar. Para ti, cantar era como respirar. Supongo que, cuando cantabas, estabas más cerca de ellos. ¡Cómo echabas de menos a tus hermanos y hermanas! Siempre llevabas la cuenta de los años que hacía que no los veías. ¡A quién se le ocurre casarse con un inglés!


No recuerdo gran cosa de ese viaje, pero el hecho de que mi madre me escogiera a mí como acompañante ayudó a consolidar aún más nuestra relación. No recuerdo conversaciones concretas, pero vuestra abuela también hablaba principalmente de su infancia; sobre lo feliz que había sido en la escuela y en Winchester, y en el primer año de universidad, antes de conocer a vuestro abuelo. Es curioso cómo el sentido común aparece y desaparece como sombras en la niebla. Vuestro tío y yo tuvimos el suficiente sentido común como para no jugar con los cartuchos de dinamita que encontramos en la cantera, y tampoco se nos ocurrió intentar volar con nuestra ala delta improvisada. Pero, para otras cosas, no tuvimos mucho acierto en nuestras decisiones. Y vuestra abuela puso fin a su vida feliz, o medio feliz, con una sola decisión fatal. Y ahora la felicidad es algo que se recuerda, no algo que se pueda experimentar en el presente o esperar en el futuro.


—¿Y por qué te casaste con el papá, mamá?

—Éramos muy jóvenes y no sabíamos lo que hacíamos… Tu padre era todo un caballero, de los que te abren la puerta del coche; de los que caminan al borde de la acera para que no te salpique el agua de los charcos. Estabamos en Pau, haciendo cursos de verano. Él no hablaba nada de francés y yo le hacía de intérprete.

—¿Y qué estudiabas en Francia?

—Francés. Estaba estudiando filología francesa en Lancaster University. En verano me iba a Francia a estudiar francés.

—¿Y el papá?

—No sé, ya no me acuerdo. Creo que contabilidad, o gestión de empresas, pero ni siquiera iba a clase. No ves que era rico. Él no necesitaba estudiar. Lo tenía todo. Además, era muy inteligente. Pero no le gustaban los libros. Se supone que iba a heredar la empresa de los vinos, pero luego llegó la suspensión de pagos y nos quedamos todos en la calle.

—¿Y por qué no te casaste con un inglés?

—¡No lo sé, hijo! ¡Me haces unas preguntas…! Cuando eres joven, no sabes lo que haces. Ya te tocará a ti.


A la vuelta de Alicante, nos dirigimos directamente a Jaca, donde el resto de la familia está pasando las vacaciones con los yayos. Atravesamos Huesca de noche. Carreteras solitarias, bosques y montañas a la luz de la luna. Yo sueño con mi padre inglés, así al estilo del pépé: un hombre tranquilo, elegante, protector. Y tú conduces sumida en tus pensamientos, en las oportunidades perdidas, en tu futuro amenazador. Estoy a tu lado, mamá, y creo que puedo leer tu mente. A lo mejor estamos pensando lo mismo. Pero tú eres más fuerte de lo que parece. Tú estás sacando adelante a la familia, porque tus clases de inglés te están proporcionando un buen salario. Te levantas a las seis de la mañana y no paras de trabajar hasta que te acuestas. Te encargas de la casa, de los recados del papá (porque eres su secretaria) y de tus clases. Nosotros te ayudamos un poco con la casa, cada uno tiene sus tareas: nos hacemos la cama, limpiamos nuestro cuarto, hacemos los baños, lavamos la vajilla después de las comidas, y limpiamos las cacas de la Westie del patio. Menuda paciencia tienen los vecinos que no se quejan nunca del olor a perro que les debe de subir hasta sus ventanas. Pero bastante tiene la Inés como para que vayamos a quejarnos de su perra. ¿Qué pensarán los vecinos y qué dilema tendrán cuando escuchan las broncas y los gritos en medio de la madrugada? No recuerdo en qué momento exacto empecé a tomar conciencia de que la vida es como una obra de teatro, pero supongo que los escándalos de mi padre, las escenas violentas, los gritos de mi madre que se escuchaban desde la calle, todo eso contribuyó a que me diera cuenta de que nuestra vida privada era bastante pública. Ya se acercan los años de la adolescencia, en los que yo mismo saldré al escenario a producir escándalos y a dar mal ejemplo.



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En este capítulo os he dicho que nuestras creencias nos definen como personas. En un mundo en el que todo es relativo, donde cualquier gilipollez puede ser la “verdad”, donde la gente se obsesiona por imponer “su verdad”, espero que os deis cuenta de que hay una sola verdad que no cambia: Cristo. Esas verdades relativas y cambiantes de la cultura imperante solo os van a sumir en un caos existencial, un vacío de sentido, un profundo aislamiento. Que no se os olvide.


En cuanto a la historia de abuso que es el tema principal de esta carta, va quedando claro que no hay culpables ni víctimas, sólo personas que viven lo que les toca. Espero que comprendáis que la lección principal es que no se puede evitar el dolor, y que el dolor sólo tiene sentido como precio de nuestra libertad. En cuanto a mí, aquí estoy, como Abraham, ofreciendo a mis hijos en sacrificio, lanzándoos al ruedo con los leones y confiando en que Dios os proteja. Éste es el Pacto.


©Félix Chivite Matthews 2018

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