Capítulo 8
Camino solo
Septiembre-diciembre 1973, 6 años de edad - 1° de primaria
Otra vez he cumplido años y, lo peor de tener seis años es que ya soy lo suficientemente mayor como para ir al colegio solo. ¿Os imagináis ir al colegio solos con seis años? Hoy en día, ni siquiera está permitido. A los ocho años y seis meses empezaste a ir solo al colegio, Johnny. Y eso te asustaba. ¿Te acuerdas? Yo también tenía miedo. Aunque conocía el pueblo muy bien y sabía el camino a seguir, tenía miedo. En aquellos tiempos apenas había tráfico, así que eso no presentaba ningún problema, pero me sentía solo.
Recuerdo ir solo al colegio y salir solo todos los días y ver a una multitud de padres, madres, hermanos mayores, abuelas o lo que sea, besos abrazos y una gran algarabía mientras yo me abría paso solo entre la gente. Solo. Solo. Y solo. Y podría repetir la palabra y llenar páginas, porque todos esos niños y niñas tenían a alguien que fuera a recogerlos de la escuela y yo no.
Ese año hubo cambio de colegio, nos pusieron en el antiguo convento de Capuchinos, al lado de la plaza de toros. Un edificio destartalado con paredes llenas de huecos. Para llegar ahí, tenía que atravesar el casco viejo y pasaba por delante de la carpintería de José el carpintero. A veces, de vuelta a casa, entraba en el taller, el José me hacía una espada de madera y salía feliz y contento. La amabilidad de ese carpintero hacía que me olvidara de lo solo que me sentía, del hambre y del frío. Otras veces me encontraba por la calle con la María Joaquina, que siempre me dejaba la cara babeando de besos y me regalaba algún caramelo. Incluso, un día que no tenía caramelos, me invitó a ir a su casa a buscarlos. La Joaquina María siempre me recordaba lo mucho que quería a mi abuelo Félix. Y no era la única. Durante muchos años me paró la gente por la calle para preguntar por él y para recordarme lo mucho que lo querían en Cintruénigo. Incluso después de su muerte, la gente del pueblo me paraba y me recordaban lo bueno que había sido el yayo. Y lo malo y tacaño que era mi tío abuelo Julián. El tío Julián tenía su leyenda negra y me daba un poco de miedo. Una de las costumbres que fui desarrollando como persona independiente que camina solo al colegio era la de visitar a mis tías abuelas María y Angelita, que vivían en el Parador, la casa que había construido mi bisabuelo, y que compartían, en pisos separados, con el tío Julián. A veces, la tía Angelita me llevaba a saludar al tío Julián y yo entraba en su piso muerto de miedo, como quien va a ver al mismísimo demonio. Pero el tío Julián siempre fue amable conmigo. Su mujer me recordaba mucho a mi abuela: alta, delgada, elegante y con un porte noble a modo de icono. Sin embargo, la tía Angelita era la más acogedora conmigo. A su estilo, claro: muy estricta y algo seca. Ella me invitaba a comer después de la escuela de vez en cuando. Yo subía por esas escaleras medio inclinadas al estilo de Escher y me quedaba un buen rato mirando una foto enorme de la torre Eiffel que había en el descansillo. Me lo pensaba un rato antes de llamar a la puerta, así como quien llega a un comité disciplinario. Una vez dentro, había protocolos estrictos. Me tenía que lavar las manos y esperar sentado a la mesa sin moverme, mientras la tía Angelita y la cocinera le daban los últimos toques a la comida. La tía Angelita me preguntaba si me gustaba esto y lo otro, y yo, por supuesto, le decía que sí relamiéndome los labios. Cuando llegaba la comida, bendecíamos la mesa y luego recibía instrucciones para mantener los codos fuera y empujar la comida con un pedazo de pan. Este último detalle era muy importante para ella, así como la pulcritud. Una vez, se me cayó una miguita de pan al suelo y la tía Angelita se levantó con un gran aspaviento gritando "¿Dónde ha caído la carne? Ah, era pan. ¡Menos mal! Acabamos de encerar el parqué y la grasa deja huella". Eso me dejó una impresión enorme, y es que la tía Angelita tenía la casa tan limpia y reluciente como la yaya. Hablábamos poco durante la comida. La tía solía ofrecerme otro plato y, por supuesto, yo le decía que sí. Luego, comíamos fruta de postre. Por último, la tía Angelita esperaba a que su ayudante se llevara los platos, y se retiraba a su escritorio mientras yo esperaba ansioso. Se ponía a ordenar cosas y pegar sellos. Luego se escuchaba el tintinear de monedas. Era mi momento. La hora de recibir mi propina de cinco o diez o incluso más pesetas, dependiendo de lo generosa que se sintiera la tía. Después del colegio, iba directo a la tienda de la Ratilla y me lo gastaba todo en chucherías.
La tía María también me invitaba a comer a su piso de vez en cuando, pero no tan a menudo como la tía Angelita. Ella también desaparecía y me dejaba solo en la sala muriéndome de aburrimiento. Un día, me dejó unas revistas y papel de calcar, así que me puse a calcar las caras de unos futbolistas una y otra vez hasta que me salían solas sin calcar y sin mirar la foto. Luego, fui al colegio y los niños alfa no podían creer que yo hubiera dibujado a los futbolistas. Me llamaron mentiroso. Así que les hice una demostración y se quedaron bastante impresionados. Es que el fútbol era una especie de obsesión nacional en aquellos tiempos. Y el boxeo no se quedaba corto, tal y como se reflejaba en las peleas que se organizaban durante los recreos
Estoy dando vueltas por el patio de la escuela de Capuchinos. Estoy hurgando en los agujeros del muro de cal y canto que se ha calentado un poco al sol. Sobre la escalinata del fondo están sentados esos dos niños mayores que tanto miedo me dan. Uno tiene la cabeza muy grande y lleva unas gafas gruesas. Las niñas están jugando a la goma y la ponen tan alta que las piernas se elevan por encima del cuerpo y ellas acaban de cabeza en medio del aire, las faldas caen hacia la cara y vuelven los pies al suelo. Parecen trapecistas de circo. Siento un poco de envidia y me pregunto cómo pueden hacer esas piruetas. De repente se escucha mucho barullo cerca de la entrada a las aulas, donde hay unos árboles y se organizan las peleas de boxeo. Me acerco y miro asustado desde fuera del corro que se ha formado en torno a los púgiles. Está peleando el Óscar. Los otros machos alfa, el Javier Pazos, su primo, el Ángel Casado, y el Javier Blanco están organizando las peleas. Mi curiosidad me ha traicionado y ahora dice uno "el Félix, que pelee el Félix". Estoy perdido. Me tienen rodeado pero yo consigo escaparme hacia las aulas a ver si hay alguna profesora que me proteja. Me persiguen en masa y me rodean en el pasillo. Han agarrado a otro chaval que tampoco suele pelear, un tal Miguel. Me entra pánico. El Miguel me va a pegar. Estamos justo afuera de mi aula, pero no se ve ni un profesor ni medio. Alguien da la señal de empezar. Me abalanzo contra el pobre Miguel, le doy un empujón y cae al suelo. Estoy ciego. Tengo miedo. Me pongo a saltar sobre el Miguel. Salto fuerte sobre su tripa y él no se defiende. Salto una y otra vez.
Siempre me he sentido muy mal por eso. Yo no tenía nada contra el Miguel. Pero así eran las cosas por aquel entonces. ¿Dónde estarían los profesores? Recuerdo que, de repente, dejaron de emitir peleas de boxeo por la tele y también terminaron las peleas de los recreos.
Nuestra profesora de primero fue la Mari Jose, quien había sido amiga de juventud del papá y la tía Isabel. Como al papá le gustaba contar sus batallitas, me enteré de lo mal que habían tratado a la Mari Jose cuando venía a jugar a la casa de Ligués 44. A mí nunca me dio trato de favor; al menos no delante de los demás niños. Yo le tenía cariño porque la conocía de antes, y me daba pena lo mucho que tenía que levantar la voz para poner orden. Un día, de tanto dar golpes sobre su escritorio para hacer que nos calláramos, se le rompió un anillo. Eso hizo que me sintiese culpable. Pero es que éramos muchos niños por aula, sentados en esos antiguos pupitres de madera con tinteros; niños rebosantes de energía y con pocas ganas de estudiar.
No recuerdo mucho más sobre el primer año de primaria, salvo que me fui convirtiendo en cleptómano. Como los recreos eran una salvajada y hacía frío en el patio, empecé a quedarme solo en el aula durante los descansos.
Todos han salido al patio. La profesora dice que no podemos quedarnos en el aula durante los recreos, pero la mamá ha vuelto a ponerme pantalón corto en invierno y no quiero salir afuera. Es que la mamá no me entiende. Le digo que mis compañeros se ríen de mí si llevo pantalón corto y le da igual. Me responde que, en Inglaterra, los escolares llevan pantalón corto todo el año y que las niñas llevan falda hasta que son mayores aunque esté helando. Le digo que necesito una goma de borrar porque, si no, me llaman la atención, y nada, me dice que las pierdo y que no va a estar comprando gomas de borrar todos los días; que en Inglaterra te dejan tachar los errores y que vaya profesores tan exigentes. Lo que pasa es que me las como: las mordisqueo y se deshacen en migas. ¡Qué ganas tengo de ser mayor y hacer lo que yo quiera! Me deslizo de pupitre a pupitre, levantando las tapas de madera y rebuscando en las carteras de mis compañeros. Hay un fuerte olor a niño y a madera vieja. Me impresiona el estuche de lápices de colores de la Olivia. Se me van los ojos, pero no. Un estuche entero no puedo robar. Se enteraría. Una goma de borrar. Nadie va a echar en falta una goma de borrar. Una Milan 430 cuadrada nueva de color verde. Huele bien. Le doy unos mordiscos y le hago unos arañazos y ya nadie la puede reconocer. Luego me siento en el pupitre de la Águeda. Un lápiz. El mismo tratamiento y ya es mío.
No sé cuántos meses o años estuve robando, pero cada día robaba más, hasta que acabé robando estuches enteros de lapiceros de colores.
Otra vez hace frío y me he quedado solo en el aula durante el recreo. Salgo de la escuela con un estuche nuevo de lapiceros que le he robado a la gitana. El estuche arde en mi cartera. Antes de llegar a casa sacaré los lapiceros y me desharé del estuche para no levantar sospechas en casa. La gitana se acerca a todo correr. Tengo que escapar. Pero una prima mayor suya me corta el camino y me agarra de los brazos. "¿Y ahora, qué? ¡Ladrón! ¡Te vamos a ajustar las cuentas! Tú le has robado antes a mi prima. ¡Confiesa! Pues lo vas a devolver todo". Me obligan a devolver el estuche y descubren un montón de otras cosas robadas que tengo en la cartera. "¡Te vamos a partir la cara!" Ahora se acerca la hermana mayor. Estoy perdido. Pero veo en sus ojos que siente pena por mí, que me comprende, como si supiera todo lo que estoy pasando en mi casa. Quizá haya escuchado rumores, porque todo el pueblo conoce nuestros problemas. Ella las convence de que me dejen ir. ¡Qué vergüenza he pasado con toda la gente mirando! Y qué buena ella que hasta me ha permitido quedarme con el resto del material escolar robado.
Nunca me olvidaré de esa muchacha. Eran de la familia de los gitanos que, a veces sufrían de racismo, porque nadie se libraba de las injusticias: yo, un paria; ellos, gitanos, que, en aquel entonces ya era bastante estigma; y, si no estabas en una cuadrilla o no tenías hermanos o primos mayores que te defendieran, cualquier cosa podía pasarte. Al menos los gitanos eran varios y podían defenderse. Nadie se metía con ellos, al menos no a su cara. Y ellos tampoco se metían con nadie.
En fin, el caso es que si bien tuve que dejar de robar en el colegio, en casa la veda estaba abierta.
Es la hora de dormir. Como siempre, el papá se va a meter en el cuarto de baño a cepillarse los dientes. El Kike y la Nena ya están secos. Juan está en la cama. La mamá está por ahí, recogiendo un poco la casa. Yo me acerco cuidadosamente al dormitorio de los papás y me pongo a husmear por la mesilla de noche del papá y a contar las monedas que suele dejar ahí junto a su billetera. La caja de cerillas, el paquete de ducados. Otra vez a las monedas. ¿Le quito unas pocas pesetas o un duro? Otra vez a mirar lo que hay en el cajón, a disimular, mientras decido mi estrategia. Solo hay un duro de cinco pesetas; ese no me lo puedo llevar. Pero hay dos de veinticinco y uno de cincuenta. Si me llevo uno de veinticinco, todavía le quedan tres duros distintos y a lo mejor no se da cuenta. Pero nunca he robado tanto dinero de golpe... La suerte está echada. Una última mirada hacia el baño y me voy con las veinticinco pesetas. ¡Qué emoción! Ahora, a esconder el dinero en un rincón de mi habitación donde nadie jamás lo encontrará.
Cada día robaba más y cada día sentía la misma emoción. ¿Y si un día se enteraba? La paliza la tenía asegurada. O a lo mejor no. A lo mejor le hacía gracia que el favorito de la mamá fuera un vulgar ladrón. A lo mejor siempre lo supo, y disfrutaba de verme rebajado a eso. El caso es que nunca dijo nada y, años después, ya estaba robándole billetes de cien. Pero es que con el miserable desayuno que teníamos en casa, necesitaba comprar algunas galletas o algo para comer de camino al colegio. Mientras mis compañeros traían suculentos bocadillos de chorizo, salchichón o chocolate para el recreo, yo, nada.
Pero mi cleptomanía, al igual que mi piromanía, era más fuerte que yo. Como ya he mencionado antes, el farmacéutico, José Carrillo, siempre me daba unas propinas formidables cuando entraba a su farmacia. Veinticinco y hasta cincuenta pesetas me solía dar. Suficiente para llenar una bolsa de chucherías y comprar varios helados: Conguitos, tronquitos, pica-pica, galletas de barquillo cubiertas de chocolate, gominolas, regalices negros, regalices rojos. Yo estaba acostumbrado a entrar a la farmacia y meterme hasta adentro para saludar. A veces, el farmacéutico me hacía esperar y yo me ponía a husmear por la farmacia. Mi obsesión durante años fueron las barritas de labios de manteca de cacao. No sé por qué, ni recuerdo qué hacía con ellas, aparte de olisquearlas, pero me chiflaba robarlas.
Claro que no robaba a todo el mundo. No sé qué me hacía inclinarme por una cosa o por otra; por una víctima o por otra. Salvo el dinero que le robaba a mi padre, todo lo demás era bastante inútil, sobre todo las barritas de manteca de cacao. Aunque la auténtica víctima era yo mismo, claro. Pero bueno, en aquellos tiempos sólo teníamos dos canales de televisión y la programación infantil duraba poco. Tampoco teníamos Internet, así que en algo tenía que entretenerme. Por supuesto, seguía con mis visitas a la casa de las Vicentas donde la tía Vicenta me cebaba bien y las primas me hacían reír y llorar. También estaba la visita dominical de la tía Modes, a quien quería mucho. Luego la acompañaba dando un paseo a la residencia de ancianos donde vivía y, ya de paso, saludaba a las monjas, que me tenían mucho cariño. Y los personajes más pintorescos aparecían de repente y nos daban un susto, o nos hacían compañía un rato. Como Antonio, el Pecherón, un amigo de borrachera mi padre, un señor algo mayor (o muy mal conservado), que aparecía por casa de vez en cuando con una borrachera enorme y mi madre le hacía unos huevos fritos y le dejaba usar el baño. A todos nos daba pena el Pecherón porque se veía enfermo, con esa mirada desenfocada de los que están pasados de alcohol. Y hablaba como en gruñidos que no se entendían bien. Una vez, me llevó a su huerta a por guisantes para mi madre. La verdad, me dio algo de miedo ir con él hasta ahí. No sé cómo me dejó ir mi madre. O a lo mejor me lo encontré por la calle después de la escuela y nos fuimos directamente a su huerta. De todas formas, en aquellos tiempos, los padres protegían menos a los niños. Mi padre decía que el Pecherón se había alistado de voluntario en la División Azul que Franco enviara para ayudar a Hitler; que había tenido una novia de Corella quien lo abandonó cuando se enteró de que era colín; que el Pecherón salió corriendo detrás del autobús rogándole a gritos que no lo abandonara. Y el resto fue una vida abandonado al vino.
En realidad, estaba bien entretenido y muy conectado socialmente a pesar de no tener mucha televisión o Internet. Así que lo de la cleptomanía no era cosa de aburrimiento. Y, hablando de estar entretenido, que no se me olviden las visitas del tío Patxi, porque esas sí eran épicas. ¡El tío Patxi nos hacía sufrir de lo lindo! Se solía quedar unos días con nosotros y esos eran días de salir corriendo, de escondernos por la casa, de ir al campo a correr aventuras, y de morirse de risa: si no era a causa de las horribles torturas a base de cosquillas que nos hacía, era por las tonterías, gamberradas y chistes que no paraba de hacer constantemente. Cuando llegábamos a casa, subía los tres pisos de escaleras como un rayo, dejándonos atrás en la penumbra y gritando como un poseído: "¡Que viene la vaca!" Y nosotros le seguíamos muertos de miedo, más por los gritos y las dotes teatrales del tío Patxi que por sus vacas imaginarias. Él fue quien nos enseñó a deslizarnos por el barandado, y a bajar las escaleras de dos en dos, de tres en tres y todas de un solo salto. A veces nos hacía correr en el huerto de abajo, que tenía un camino con el trazado de una pista de atletismo. Eso no me gustaba nada. Como tampoco me gustaba que me agarrase de los papos, me diese coscorrones en la cabeza o nos obligara a aguantar sin respirar. Y eso ni siquiera era lo peor: a veces, nos obligaba a subir a un muro y caminar por encima manteniendo el equilibrio. ¡Eso sí que daba miedo! Pero el caso es que el tío Patxi era la revolución en persona y lo adorábamos por ello, incluida la mamá, que se entretenía mucho y se olvidaba de sus penas cuando él estaba con nosotros.
El papá se ha ido de viaje y vamos a cenar solos con la mamá y el tío Patxi. Estoy emocionado. Todo es distinto cuando no está el papá. La mamá está más tranquila y hasta la vieja casa parece más amable. El tío Patxi nos enseña a poner la mesa pero a su manera, claro: nos dirige como si fuéramos soldados y ya estamos hartos. El Juan se enfada con él y le dice que se vaya a la mierda. A mí también me apetece mandarlo a la mierda, pero soy más diplomático. Esto no puede acabar bien. El Juan se lleva una sesión de torturas chinas: cosquillas, coscorrones, tirones de oreja y pellizcos mientras le regala al tío Patxi todo tipo de insultos y amenazas. Y la mamá le dice que se lo merece y que aprenda a no meterse con los mayores. La cena está lista. Puré de guisantes con pan y huevos fritos de segundo plato. El tío Patxi come como un cavernícola: un plato de puré y otro, y dos huevos fritos y todo el pan que pueda encontrar. Nos hemos quedado sin pan y el tío Patxi encuentra unos curruscos secos en la bolsa del pan para untar en los huevos fritos y se come el pan duro como si fuera un manjar. Ahora se tira un eructo enorme y disimula: "Ha sido el Kike!" Y el Kike que se enfada y le dice que no, que es un idiota. Y todos nos reímos porque el Kike es muy pequeño, pero ya sabe insultar a la gente. Ahora el tío Patxi se hace el loco, habla como un idiota, balbuceando y cruzando los ojos, y nos hace reír. Empieza a tirarse pedos de sobaco y todos intentamos imitarlo. Menos la Nena y la mamá, que se quedan mirando a la pandilla de gorilas que tienen en casa. Pero, el tío Patxi pasa de "modo risa" a "modo tortura" rápidamente. Ahora se le ocurre organizar carreras de sacos por la galería y, la verdad, nosotros estamos hartos de sus torturas. Sin embargo, la mamá está emocionada porque en su colegio de Inglaterra ella participaba en carreras de sacos. Así que el tío Patxi trae unos sacos de la cochera y todos a saltar. Menos el tío Patxi, claro. Él, dirige las carreras. Claro que el suelo de la galería es resbaloso, así que no hacemos más que caernos, lo cual les hace mucha gracia a la mamá y al tío Patxi, pero ninguna a nosotros, que ya llevamos todo el día aguantando sus ocurrencias. Y, a pesar de todo, lo adoramos.
Lo mejor es que, cuando se va de viaje el papá, yo duermo con la mamá. Yo, y solo yo. Me encanta tener ese privilegio. Me gusta estar cerca de la mamá, aunque ella es como una estatua y, cuando intento abrazarla, me rechaza. Así que me quedo pegado a ella, que parece un mango de escoba, ahí, sin moverse, sin darme ni un beso ni un abrazo. "No me claves tus rodillas", me dice, "échate a un lado". Yo, con estar a su lado me conformo, aunque sea como dos escobas en un armario.
Ya es otro día, estamos ocupados con nuestro Exín Castillos y, de repente, aparece el papá. Y no está de buenas. "¿Dónde está el imbécil de Patxi?", le oigo decir. Pero el tío Patxi no es un imbécil. El papá es malo. Se mete en la habitación a dormir y la mamá nos saca al huerto para que no hagamos ruido. Como hace frío, se nos ocurre hacer una gran hoguera. Pero esta vez nos hemos pasado y las llamas llegan hasta las ramas del castaño de indias que está al fondo del jardín superior y lo dejamos todo chamuscado. ¡Menos mal que no ha ardido por completo! Ya es de noche y se ven luces en la galería. Subo a la terraza y abro la puerta pero se oyen gritos y amenazas. Puta por aquí y puta por allá. Cierro la puerta y vuelvo con mi tribu, que están cubiertos de polvo y con la cara negra, moqueando alrededor de los últimos hierbajos incandescentes. El Kike y la Nena: "Felisito, ¿ya podemos entrar a casa? Tengo frío". Así que me los llevo para adentro. "Vamos a escondernos en el cuarto de los pépés porque el papá le está pegando a la mamá". Al menos ahí estamos a resguardo, escondidos en el armario empotrado, entre mantas y cojines. Además, huele bien porque es el único cuarto limpio de toda la casa. "Tengo miedo", se ponen a llorar los pequeños. "El papá es malo", dice el Juan. "Cuando sea mayor, me iré a Madrid". "Pues yo, también", respondo, "pero con la mamá". Y los pequeños, que no paran de llorar. "Tengo miedo. Quiero salir". "Aquí estamos bien", les respondo. "Pues que se vayan", dice el Juan. La Nena y el Kike se van llorando hacia los gritos, como animales confundidos que corriesen hacia el bosque en llamas. Me temo lo peor, y lo peor es que el papá se lleve a la Nena y la mate. Y así es. La coge en brazos y se la lleva. Y nosotros nos quedamos a esperar. "Mamá, llama a la Guardia Civil. Mamá, tengo hambre. Mamá, ¿a dónde se ha llevado a la Nena? Mamá, hace frío". ¿Y tú, mamá? Sin respuestas. Convertida en nada. Desaparecida. Robada de tu ser; de tus ganas de vivir. No estás. No eres nada. Un manto de lágrimas. Otra vez te sigo hasta la despensa, donde te escondes de nosotros. Mamá, no llores. Intento abrazarte, pero solo me dejas estar ahí, a tu lado, sin tocarte.
Por fin sales y nos preparas una tortilla para cenar. El Kike se va a dormir. "¿Y el tío Patxi?". "Lo mandó tu padre a Madrid", respondes. Al menos ya has recuperado el habla. "Hay que ir a la Guardia Civil, mamá", le digo. "Siempre me dicen lo mismo: que es un asunto doméstico y ellos no pueden hacer nada", me respondes. "A veces he pasado la noche en el cuartelillo porque creía que me iba a matar".
Esa noche me quedé dormido de tanto esperar. Arrullado por deseos homicidas. Con el odio multiplicado por mil. Una de tantas noches con el estómago encogido y el alma rota. Estoy escribiendo esto y no puedo creer que hayamos sobrevivido semejantes abusos. Una cosa es tener recuerdos escondidos en lo más recóndito de la memoria, y otra muy distinta es articular esos recuerdos en palabras. A veces es liberador y, en otras ocasiones, es deprimente. Lo peor es que todavía quedan trece años de relatar abusos. Porque esta carta llega hasta mis diecinueve años, cuando me fui a vivir a Inglaterra. Esa fue mi liberación. Pero el abuso de vuestra abuela continuó durante muchos más años. Para mí fue difícil abandonar a mi madre, pero fue ella la que decidió quedarse junto a su abusador. Como veréis a lo largo de este relato, mis hermanos y yo le rogamos mil veces que lo dejara, que nos fuéramos a vivir a Inglaterra, lejos de él. Pero vuestra abuela siempre lo escogió a él. Y yo no podía arriesgarme a matar a mi propio padre, así que me fui. Al final, el único camino será el perdón porque, cuando regresaba para ver a mi madre, tenía que verle también a él, como veréis más adelante. Os cuento esto porque ni siquiera yo, al comenzar esta carta, me daba cuenta de que este relato iba a ser tan pesado, con tanto abuso y abandono. Quizá debamos recordar ahora las preguntas que planteé al principio: ¿Por qué nadie pudo ayudar a mi padre? ¿Por qué vuestra abuela nunca se apartó de él? La respuesta a la primera pregunta quizá nunca la sepamos, pero la segunda cuestión está encontrando solución en este relato. Como ya os he dicho, vuestra abuela estaba subyugada a un criminal muy violento, robada de su ser, convertida en nada. Quizá a esas preguntas haya que añadir otra: ¿Cómo pudimos nosotros, los niños, aguantar el abuso durante tantos años?
Y ahí estamos nosotros, los cuatro salvajes, que ya nos hemos levantado de la cama y estamos alborotando por la casa mientras ella prepara unos vasos de leche para nuestro desayuno. Otra vez nos manda la mamá a jugar por otro lado porque el papá está en la cama (y no ha matado a la Nena). Como hace frío, en vez de salir al huerto, nos quedamos en los pisos inferiores de la casa donde no pueda oírnos el papá. Después de un rato metiendo ruido en el segundo piso, la mamá nos dice que vayamos abajo, al cuarto de jugar. Pero el cuarto de jugar está destartalado. Hay un montón de cosas viejas ahí: bicicletas, muebles y una montaña de patatas que la tía Josefa (la otra hermana del yayo) nos daba todos los años. Así que nos metemos en la cochera, que tiene varios cuartos oscuros. En el cuarto de enmedio, hay herramientas antiguas, imanes, balanzas con sus juegos de pesas… Estoy paseando por ese cuarto. Han pasado cuarenta años desde la última vez que estuve ahí y lo veo todo borroso. Hay unas mesas de taller pegadas a la pared, huele a moho y a cal, y a lino. Del techo cuelgan sacos, cuerdas, sogas, cestas polvorientas, alambres. Veo unos cajones con tornillos, brillantes bolas de hierro, clavos enormes, muelles, taladros de mano. Hay unas enormes caracolas y, si te las pones a la oreja, se escucha el mar. El Kike y la Nena están atemorizados y se pegan mucho a mí y al Juan.
‒Juan, ¿por qué no subes a por una linterna?
‒¡Sube tú, mandorrotón!
‒Siempre tengo que hacerlo yo todo, ¿no?
‒¡Mentira! Yo lo hago todo. ¡Tú no haces más que mandar, imbécil!
‒A mí no me llames imbécil, ‒le respondo, dándole un empujón. Pero el Juan no está de buenas y me engancha del cuello. Yo le tiro del pelo y él me araña la cara.
‒¡Cabrón! ¡Ahora te vas a enterar! ‒Le digo, mordiéndole un brazo. Pero eso no le ha gustado y ahora es él quien me muerde y me tira del pelo con todas sus fuerzas.
‒¡Maricón, te vas a enterar! Me dice mientras logro librarme de sus tirones y le cojo del cuello. Pero él también me agarra del cuello y no puedo respirar. Así que me doy la vuelta, le pego una patada en los huevos y se queda tirado en el suelo llorando. A mí no me gusta hacer eso, pero es la única manera de acabar esas peleas, con un golpe enorme o una patada donde más duela.
‒¡Se lo voy a decir al papá!
‒Si despiertas al papá, se va a enfadar y te va a dar una paliza.
El Juan sale corriendo para arriba y nosotros lo seguimos.
‒Mamá, el Felisito me ha pegado.
‒Eso te pasa por meterte con los mayores‒. Esa era la respuesta que solía darle la mamá, sin prestar demasiada atención a nuestras caras llenas de arañazos y nuestra ropa sucia de habernos revolcado por el suelo de la cochera.
‒Vuestro padre ya se ha levantado, así que portaros bien.
El papá está haciendo yoga en el baño con una toalla en el suelo. Me quedo mirando las extrañas posturas y su exagerada respiración. Veo que la mamá está más tranquila. Nos metemos un rato en el cuarto del Norte, que está entre la cocina y el baño y se encuentra bastante vacío. Apenas una mesa, una gran esquinera llena de botellas de licor y dos grandes ventanas. Una que da al Caserón, y otra que da a los Paseos. Desde esa última ventana se ven bien los fuegos artificiales de las fiestas patronales. Apenas nos ponemos a jugar con nuestros coches y camiones, cuando nos llama el papá, nos da dinero y nos manda al Caserón a comprar tabaco y patatas fritas. Luego nos invita a comerlas con él, le contamos nuestra aventura en la cochera y le preguntamos qué hay bajando las escaleras de la bodega. Él nos responde que ahí están las pipas de vino del abuelo, y que la bodega la tenían llena de vino y mistela.
Parece que el papá o no se acuerda de lo de anoche, o le da igual. Ni siquiera nos pregunta por los arañazos de la cara y el cuello. Pero estas últimas reflexiones las hago ahora, casi cincuenta años después.
Estás aquí mientras escribo esto, Francis. Está mañana te he hecho una taza de té con miel y hemos pasado una hora haciendo tu tarea de matemáticas y de francés. Hace semanas que no vais al colegio porque todavía estamos confinados y sin clases. Te miro y no te estoy mirando, te estoy adorando. Y de nuevo me pregunto cómo se puede hacer sufrir a un niño. Eres tan feliz, tan ocurrente. Te entretienes haciendo experimentos, cocinando y haciendo travesuras y ensuciando la casa como cualquier otro niño. Sin un cuidado en el mundo. Yo te llamo ángel, igual que a tu hermano, y no entendéis por qué os llamo ángeles. "I'm not an angel, daddy", dice Johnny. Pero cuando leáis este libro os daréis cuenta de que sí lo sois. Porque os miro y me veo a mí mismo. Y ya no soy ese niño torturado, sino que soy un niño nuevo y feliz. Te miro, Francis, y me veo así, pequeño, indefenso, tan tierno. Y me pregunto qué demonio tendría mi padre dentro para tratarnos tan mal y ponernos tantas veces al filo de la muerte.
©Félix Chivite Matthews 2018
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