Capítulo 5
Frío y fantasmas
1972 - 5 años de edad
Recuerdo mi primer día de escuela como si hubiera sido ayer. O, mejor dicho, recuerdo la gran entrada que hicimos en la escuela de Otero de Navascués. Por alguna razón, fue mi padre quien me llevó al colegio paseando desde nuestra casa de Ligués 44, que no era nuestra, hasta el colegio. A mi padre no se le ocurrió nada mejor que ir con dos enormes gran daneses a los que tenía mucho cariño. Esos perros eran más grandes que cualquier niño de cinco años y, vuestro abuelo entró al colegio con perros y todo. Hubo de todo menos orden. Algunos niños salieron despavoridos, otros se quedaron mirando desde los costados del pasillo y, los más atrevidos, se pusieron delante a jugar a los encierros de toros. A mí se me caía la cara de vergüenza. Cuando llegamos a mi aula, el domador de leones se fue y me encontré con una algarabía algo así como en una prisión sin guardias. Los convictos saltaban sobre los pupitres, otros se perseguían alrededor del aula. Pero los que más captaron mi atención fueron los machos alfa, que habían apoyado un banco sobre un pupitre y lo estaban usando como tobogán y divirtiéndose de lo lindo. Me acerqué y les pregunté si podía jugar con ellos. Enseguida, el Óscar Villanueva se adelantó y gritó "tú no eres de la peña, no puedes jugar con nosotros". Y con esta frase quedó sellada mi suerte para siempre: era un paria. Mientras que los otros niños del pueblo se conocían desde el jardín de infancia y ya habían hecho sus grupos de amigos (peñas o cuadrillas) yo no había ido a pre-primaria y no conocía a nadie. Me quedo corto si digo que ese día se me partió el corazón. Desde luego, el Óscar y yo seríamos enemigos desde entonces.
No recuerdo mucho más de ese año escolar de párvulos. Supongo que no iba mucho a clase. Mi vida de paria no me gustaba nada, aunque tenía algo de amistad con una chica de mi clase, la Antonia, la nieta de la Jesusa, una de las cocineras de mis abuelos. A veces iba a su casa a jugar, pero la cosa acabó mal. No recuerdo qué le hice, pero algo le haría porque, de repente, no volvió a hablarme más.
Lo mío era estar en casa con mi tribu. El Juan, el Kike, la Nena y la mamá. Voy a ver qué hace.
La mamá está limpiando lechugas en la cocina. Me gusta estar pegado a ella y coger los diminutos caracoles y limacos que flotan en el agua. A veces, hasta lombrices salen de las lechugas. La mamá no habla mucho. Me da mucha pena la mamá. Creo que hasta los fantasmas de la casa se apiadan de ella. Mejor dicho, la mamá es uno de ellos. Porque se desliza por la casa como un ánima, sin decir nada, como si no fuera persona. Y me la encuentro llorando cada dos por tres. Eso me parte el alma. Por eso me pego a ella y le digo mamá no llores. Pero ella quiere morir. Porque el papá le ha sacado las ganas de vivir a ostias. Eso tampoco lo sé, pero me lo dijo ella muchos años después. Me dijo que quería suicidarse, pero que, cuando miraba nuestras caritas, se lo pensaba mejor. Me dijo que no quería dejarnos solos con ese animal. Son sus palabras.
Y, ¿por qué te casaste con él, mamá? ¿Por qué no lo dejas? No sé cuándo empecé a hacerle estas preguntas a vuestra abuela, pero, de vez en cuando, las dejaba caer para recibir resultados muy poco convincentes ya que ni siquiera ella misma conocía las respuestas. Pero ahora que soy mayor, la comprendo, porque, como ya os he avisado, la vida está llena de engaños, y nosotros mismos caemos en trampas idénticas a las que atraparon a nuestros padres en su día. Es como si el destino estuviera dándonos una lección de humildad: no eres mejor que tu padre ni que tu madre. La vida te lo pone bien claro. Al final lo entiendes casi todo y, muchas veces, desearía no entender nada y poder caminar por la vida de manera desentendida, con la despreocupación de un niño mimado. Ojalá vosotros os veáis libres de semejantes lecciones, porque no son agradables.
En fin, el caso es que los pépés se han ido, mi cumpleaños ha pasado, las fiestas del pueblo se han terminado, la escuela ha comenzado y ha llegado el frío. Estamos solos. Porque, nuestros padres, es como si no estuvieran. Sobre el pueblo cae un manto de silencio. Es como si la muerte llegara de visita. No se ve, pero se siente. Y se celebra. El dos de noviembre: Día de los Fieles Difuntos. Ese día siempre hace frío. Pero ya antes del dos de noviembre se siente la presencia de los muertos. Y tampoco se van a su santo lugar de reposo ese día. Se quedan todo el invierno. El pueblo se queda muerto. Con sus difuntos y con sus edificios mohosos, y sus tristes bombillas de alumbrado público, y sus anocheceres tempranos. El pueblo es un purgatorio. Y tú, que lo has visto y oído todo, te quedas helada y albergas a cuantos fantasmas eres capaz de albergar. ¿Verdad? En tu alma de ladrillo y cal se retuercen y penan todas las almas perdidas que hayas podido encontrar. Y ahora nosotros estamos malditos. ¿Verdad? ¡Habla! Tú que lo has visto y oído todo: ¡Habla!
Sí que lo he visto y oído todo. Pero ya estoy muerta. Mi memoria fue borrada por las máquinas de derribos. Si pudiera hablar, os diría que todo lo que veía se iba grabando en mis ladrillos. Porque una casa percibe los vivires de sus moradores, los siente, y los recuerda. Las paredes de una casa se empapan de golpes, de llanto, de traiciones; igual que de amor, caricias y alegría. Os vi venir al mundo como príncipes, arropados en finos paños, oro y plata. Y luego, de repente, convertiros en mendigos. Os vi gateando, pintando mis paredes, quemando los muebles. Como una tribu de salvajes, os movíais por mis pasillos y violabais mis estancias. Os orinasteis en mis esquinas, pelasteis el papel de mis paredes y me llenasteis de basura. ¡Rompisteis mis ventanas y las macetas del jardín! Os convertisteis en mi cáncer, pero yo os tenía mucha pena. Encontrasteis la fuerza en vuestra propia compañía, vuestra tribu. Pero os trataban como a perros. No como a perros del siglo XXI, que tienen más derechos y lujos que los propios seres humanos, sino como a perros de los de antes: a patadas. Os moríais de frío en invierno, comíais lo justo, os sacaban al huerto cuando no llovía y os dejaban a vuestro aire, a crear vuestras propias leyes y ritos. Vuestra cultura de perros callejeros.
Tú quéjate y recrimínanos todo lo que quieras, pero eres un sarcófago helado y me congelas el alma. Si no fuera por la nena, me moriría de angustia entre tus paredes. Ella hace que me olvide de todo. Es una muñequita preciosa. Me encanta tenerla en brazos y darle besos, y tratarla igual que la tía Isabel me trata a mí. Pero el papá sigue amenazando con matarse con ella. Y nadie me dice por qué quiere matarse. Por qué quiere matarnos. Nadie nunca lo sabrá. Ni él mismo. Porque así es la psicosis. Y es que lleva tantos años con sus amenazas, que ya nadie lo toma en serio. Pero ese es otro tema. El caso es que eres nuestra casa, con o sin fantasmas, en invierno y en verano. Y nosotros, no es que seamos tus moradores, sino más bien, tus invasores. Literalmente, porque la casa no nos pertenece. Se perdió con el negocio de los vinos. Por eso, de vez en cuando, viene la Guardia Civil a echarnos a la calle, enviados por el tío Julián quien, como ya sabemos, se quedó con todo el negocio del vino, las bodegas y los terrenos del yayo el año pasado.
Con-con. ¡Qué miedo! Estamos solos. Estamos perdidos. Con-con. ¿Quién se va a llevar los golpes hoy? Juan, no tengas miedo. Vamos con la Nena y el Kiki. Nos acurrucamos en una piña. Los cuatro niños salvajes. La tribu. El papá viene y nos dice que le acompañemos a la cocina. La mamá está fregando los platos de la cena. Él se sienta en una silla y nos ordena que repitamos después de él: "La mamá es una bruja. La mamá es una puta. La mamá es mala." Pero yo me escapo y me pongo al lado de la mamá perseguido por un miedo tan grande que prácticamente se puede tocar; pero no tan grande como la descomunal indignación y rebeldía que siento por dentro. Jamás le voy a decir eso a mi madre. Y ahora, ¿qué me espera? ¿Una paliza? "Eso, pégate a las faldas de tu madre. El Felisito es un hijito de mamá." Y yo me pego más a la mamá. "Pues quédate ahí con la puta de tu madre. A ver, niños, repetid: la mamá es una bruja, la mamá es una puta, la mamá es mala." Y ahí se quedan los tres, muertos de miedo y sueño, repitiendo esos mantras del infierno, mientras yo no comprendo por qué no vienen a mi lado. ¿Acaso no se dan cuenta de que está mal decirle eso a la mamá? ¿Acaso no saben que la mamá es la buena y el papá el malo? Pero son muy pequeños como para tomar partido. ¿Y tú, papá, por qué no me das una paliza ahora mismo? Porque en el fondo admiras mi rebeldía, ¿verdad? Como todo macho alfa, sientes respeto por el valor de otro macho alfa que prefiere ser aniquilado a ser doblegado.
Eso siempre te impresionó de mí, ¿verdad? Pero cuando me acerqué a la mamá yo me consideraba hombre muerto. Antes muerto que insultar a mi madre. Eso te quedó bien claro. Eso marcó un antes y un después. Y cuando miro a Francis, con tan solo seis años, tan frágil y precioso, me pregunto cómo se puede someter a un niño a semejantes torturas. Y me pregunto cómo es que no estoy loco. Aunque lo estuve. No sé a qué edad empecé a repetir frases en mi cabeza, a hacer ruidos y chasquidos con la boca, a morderme las uñas, a esconderme por la casa. Y a odiarte a muerte. Pero el corazón de un niño de cinco años jamás debiera estar podrido por el odio. ¿Y tú? ¿Cuál es tu historia? Jamás nos la contarás; pero sabemos que desde niño estuviste con psicólogos. También sabemos que no fuiste al colegio en primaria. Tenías tutores privados que venían a casa. ¿Cómo te sentías? ¿Tenías miedo? ¿Te daba miedo la gente del pueblo que miraba por la ventana desde afuera? Eso me lo contó uno del pueblo. Me dijo que los niños se quedaban admirados, mirando tus juguetes de niño rico del cuarto de jugar. ¿Acaso se encontraba tu mirada con los ojos de esos niños? ¿Y qué se siente cuando tú lo tienes todo y los demás se quedan mirando? ¿Miedo? ¿Odio?
Te diste cuenta de que tu lado oscuro era más poderoso que cualquier otro aspecto de tu ser. Y supiste desde el principio que de nada iba a servir luchar contra la oscuridad. Hiciste de las sombras tus armas más poderosas. El mal te empoderó y lo abrazaste como ley de vida de tal manera que cualquier tendencia buena que pudieras haber tenido dentro de tu ser quedó eclipsada para siempre. Aceptaste las sombras como señas de identidad. Cada vez que intentabas ser bueno, quedabas como un idiota, así que eliminaste todo lo bueno de tu ser. Y empezaste a odiar a los buenos. Por eso siempre nos decías que el yayo era un imbécil. ¿Verdad? Por eso siempre nos contabas tus batallitas con tanto orgullo. Ser malo era de inteligentes. Eso era lo único que compartías con nosotros: tus proezas de niño malo y esos cuentos para no dormir que nos contabas después de cenar. Y por eso siempre admiraste al Tío Feo, tu abuelo paterno, quien levantó la empresa de los vinos y tenía fama de haber sido malo y tacaño. Aunque nunca lo conociste, admirabas su leyenda. Y no solo abrazaste el mal, si no que intentaste destruir lo más puro: el amor de tu madre. Ni siquiera te daba vergüenza admitir delante de todos que estabas enamorado de ella y que tenías inclinaciones libidinosas por ella. Te parecía de lo más normal hacer semejantes confesiones a tus hijos que todavía no habían empezado primaria.
Pero no te puedo juzgar. En tan sólo diez años yo también estaré creando mis propias leyes, mis excusas para hacer lo que me dé la gana. Lejos de la Virgen María y del Niño Jesús que tan buena compañía me hacen ahora.
Soledad. Frío. Odio. Pero no estábamos tan solos, porque la gente del pueblo seguía viniendo de visita y yo continuaba yendo a casa de las Vicentas. Ellos nos salvaron la vida. Eran nuestros ángeles de la guarda. Y Madrid, claro, siempre Madrid, cuyo nombre se convirtió en sinónimo de felicidad, protección, salvación.
No recuerdo bien si Juan y yo pasamos la navidad del setenta y dos en Madrid. Creo que sí. Es que nuestras vacaciones en Madrid no se inscriben en un marco temporal definido. Recuerdo muchas luces, turrones, viajes al Corte Inglés, montañas de regalos. Y calor. El calor de un hogar lleno de paz y amor. Recuerdo jugar con Juan y los yayos al parchís y al juego de la oca, y a las cartas, bajo la luz de las lámparas de pie. La yaya vieja siempre tan graciosa: "ahora saco un seis". Pero no, la suerte nos acompañaba a Juan y a mí, que nos emocionábamos cada vez que los dados nos daban la victoria.
Pasar el resto del invierno en la casa de Cintruénigo era una pesadilla. Desde la despedida llena de lágrimas en Madrid: "¡No queremos ir a casa, el papá nos va a pegar!"; hasta el frío reencuentro con nuestros padres, que recuerdo perfectamente, como una especie de descenso a una zona muy oscura de la depresión. Aunque, a mi edad ni siquiera conocía la palabra depresión, mi corazón se encogía de rabia, odio, impotencia, y muchas ganas de ser mayor e irme de casa para siempre.
A veces nos dejaban solos en casa y tenía que cuidar de mis tres hermanos. Con cinco años. ¿Te imaginas eso, Johnny? Quedarte solo en una casa tenebrosa, plagada de fantasmas, helados de frío y muertos de hambre, mientras tus padres están por ahí, cenando con los amigos. Y, por las mañanas, nos levantaban a gritos, no como tu padre, que te despierta con besos y abrazos. Una lavada de cara rápida con agua helada y una dolorosa pasada de peine con todos los tirones que puedas imaginar. Sin besos. Sin abrazos. Sin palabras dulces. Sin huevos fritos servidos con tostadas y mantequilla. Sin un cafecito descafeinado calentito. Apenas desayunábamos un vaso de leche con azúcar. Y, a menudo, leche cortada. Recuerdo bien las arcadas que me daba esa leche. Todas las mañanas. ¡Menuda manera de empezar el día! En aquel entonces todavía teníamos televisión en casa y, al igual que me consideraban lo suficientemente mayor como para cuidar de mis hermanos, también me permitían a veces quedarme hasta tarde viendo la tele con el papá y la mamá. Aunque estas veladas de televisión en familia eran la excepción, no la norma. Lo que recuerdo muy bien es el frío y la falta de leña para la única estufa que había instalada en la galería. No sólo era demasiado pequeña para calentar la casa, también era un auténtico peligro de incendio, con el suelo de parquet y toda la madera que había en las escaleras, las puertas y las ventanas. No recuerdo a qué edad empezó a mandarnos la mamá a coger panochas peladas a la cooperativa de agricultores, que estaba ubicada en frente de casa. Esas panochas no ardían muy bien, pero era lo único que teníamos. Juan y yo nos metíamos en los oscuros almacenes y pedíamos permiso para recoger panochas. Pero, en vez de llenar las bolsas rápido e irnos a casa, nos pegábamos un buen rato subiendo hasta lo más alto del montón para luego tirarnos de cabeza y dar un montón de volteretas hasta el suelo. Las panochas amortiguaban los golpes. Algo divertido tenía que tener el invierno en esa prisión. También estábamos agusto los domingos, cuando venía la tía Modestina a comer. O cuando pasábamos horas armando el Exín Castillos en la galería. O cuando el papá estaba de buenas y nos contaba algún cuento terrorífico. Pero eso de cuidar a mis hermanos mientras el papá y la mamá se iban por ahí, no me gustaba nada. Aunque era mucho peor cuando la mamá nos dejaba solos, muertos de hambre y frío, y salía a buscar al papá. Esas horas se hacían interminables. Y no podíamos cenar antes que él porque se ponía furioso si lo hacíamos. Pero, por lo general, si la mamá tenía que salir a buscar al papá, la bronca estaba asegurada. Entonces los platos volaban, los gritos se oían desde la calle, y los golpes nadie sabía dónde iban a caer pero, por lo general, se los llevaba la mamá. Invierno de mierda, sí. Vida de mierda.
Pero otra vez llega el buen tiempo y podemos salir al huerto y hacerlo nuestro. El Juan y yo otra vez nos convertimos en humanos primitivos. El huerto es nuestro territorio y lo marcamos con extraños ritos que hemos heredado desde la primigenia más recóndita. Nos quitamos la ropa. Uno hace de brujo y otro de víctima. Es un sacrificio con palos y tierra. Como en El Señor de las Moscas, los niños salvajes nos inventamos nuestras propias normas, nuestras leyes, mitos y rituales. Como los primeros humanos, marcamos la tierra, somos la tierra, el cielo y el sol. Qué infancia tan distinta la de los niños abandonados. Libres. Y vosotros, ¿habéis conectado con vuestro yo ancestral? ¿Os habéis convertido en brujos, habéis oficiado rituales y sacrificios primitivos? Alguna ventaja tenía que tener la ausencia de autoridad paterna. Pero vosotros sois niños protegidos y a lo mejor eso no es tan bueno. Si pudierais escoger entre ser libres y poder inventar vuestro propio universo sin padres que os controlen, o tener la vida protegida que estáis teniendo, ¿qué escogeriais? Yo hubiera preferido estar protegido. Como cuando vamos a Madrid. El mundo es un sitio muy loco y complicado como para ser navegado por niños solos. Da miedo. Hay fantasmas por todos lados. Y brujas. En Madrid tenemos al Niño Jesús, y al Ángel de la Guarda, y a la Virgen María, y a los yayos, y a la tía Isabel. Sí, es mejor para el alma estar protegido. Por eso ahora tenéis dos padres que no os quitan el ojo de encima. Por eso, antes de dormir, decimos nuestras oraciones; las mismas que rezábamos vuestro tío Juan y yo con la yaya y la tía Isabel. Y por eso os doy un beso antes de apagar la luz y os aseguro que el Ángel de la Guarda está a vuestro lado toda la noche. Y por eso os digo que Dios vive en vuestro corazón y siempre os dará fuerza: la Gracia de Dios. Mejor estar protegidos así, que no sueltos por el huerto como perros, como salvajes.
Y, con el calor, también llega la hora de ir a Madrid. Estos salvajes van a ir a la capital como los bárbaros que visitaban Roma y quedaban boquiabiertos con sus maravillas y sofisticación. Llegar a Madrid era como atravesar un portal que te llevaba a una dimensión paralela. Atrás quedaba el pueblo, sumido en su sopor decimonónico. Madrid era una bestia de luz y enormes edificios. Y, en Madrid, otro portal y otra dimensión paralela: el piso de la calle Uruguay. Otro salto al siglo diecinueve. Pero, esta vez, un siglo diecinueve muy distinto al del pueblo. Un mundo de nobles arruinados, rodeados de los tesoros familiares que han podido conservar. Elegantes cuadros al óleo que me quedo mirando absorto. ¿Qué le está diciendo el galán a la doncella? ¿Qué está pensando el cura que juega al ajedrez? ¿Es eso un pequeño escarabajo negro sobre la hierba? Y la reluciente plata y las lámparas de cristal de roca, los enormes espejos y los muebles antiguos. Por todos lados nos metemos el Juan y yo, gateando, empujando nuestros cochecitos de metal por el parquet donde no hay ni una sola mota de polvo. Hemos cruzado un umbral y ya no somos salvajes, ahora somos los niños tranquilos y obedientes que podríamos haber sido siempre. Y ya no nos enganchamos, porque no estamos de los nervios. Aquí no hay fantasmas, ni con-con, ni golpes, ni llantos, ni amenazas. Solo palabras amables, sonrisas, paz. Sí, el piso de los yayos es una dimensión aparte, escondida dentro de otra dimensión. Un universo paralelo donde nos curamos el alma y se nos llena el corazón de ángeles. Una especie de sanatorio para niños torturados. Algo tan bueno que quizá tan solo lo haya soñado.
Y otra vez se reanudan nuestras excursiones al parque con el José Mari, y las salidas al cine con la tía Isabel, y a comprar el pan con el yayo, y a la cafetería California de la Gran Vía con la yaya a comer sandwiches de jamón y queso, y al Corte Inglés a comprar ropa y juguetes. Protección. Salvación.
Pero la vida es una montaña rusa y ya hemos vuelto a Cintruénigo donde lo mismo nos esperan ostias e insultos que viajes a Fuenterrabía. Lo peor que te puede pasar es que la persona que te tortura se porte bien contigo. ¿Verdad, mamá? Entre golpe y golpe, había momentos en los que el papá se ponía su disfraz de persona encantadora y nos llevaba a Fuenterrabía, o a Francia. ¿Y qué sientes ahora, mamá, sentada a su lado mientras viajamos con las ventanillas abiertas? ¿Que no te equivocaste? ¿Que el papá va a estar de buenas para siempre? ¿Qué estáis planificando para que se os vea tan felices? Recuerdo el verde Norte, tan distinto a la seca Ribera de Navarra. Los árboles, las montañas, el aroma de la hierba y el aire húmedo del Atlántico. Recuerdo grandes mansiones rodeadas de árboles, carreteras serpenteantes y una gasolinera. En el coche de al lado hay unos niños de nuestra edad. Acaban de regresar del kiosco de la gasolinera con ricos helados y yo me quedo mirando como un mendigo. Y se me hunde el corazón porque me doy cuenta de que son niños felices. Se nota en sus risas, en su lenguaje corporal, en lo agusto que se los ve con sus padres. Nosotros ya vamos de vuelta al pueblo; a nuestra mansión destartalada; a pasar hambre. Ellos, a disfrutar de padres protectores. Solo tengo cinco años, pero ya he desarrollado un complejo de pobre que no se me quitará nunca. Porque somos pobres: pobres en dinero, pobres en ropa, pobres en comida, pobres en calefacción, pobres en vivienda, pobres en amor y pobres en protección. Pobres. Mil veces pobres. Y por eso, lo único que se me ocurre es preguntarle al papá cuándo empezará a darme la paga: "Papá, ya voy a cumplir seis años. Cuando tenga seis años me darás la paga, ¿verdad?" El papá y la mamá me responden que sí y yo me pregunto cuántos helados me voy a poder comprar con la paga. Todavía estoy mirando a los niños del otro coche y uno, que debe de tener mi edad, me lanza una mirada de desprecio. Cuando tenga seis años seré mayor y me darán la paga y me compraré todos los helados que quiera. ¿Y tú, mamá, qué piensas? ¿Te preguntas, quizá, hasta cuándo estará de buenas el señor y cuándo llegará la próxima paliza? Los niños del coche de al lado son niños tranquilos. Nosotros somos niños salvajes en una montaña rusa del maltrato y el cariño. Y tú, mamá, te llevas la peor parte: cariño eventual, cariño rácano, cariño brutal, cariño de Estocolmo.
•••
Ayer mismo hablábamos de protección. Os pregunté si existían cosas malas en el mundo y respondisteis que sí: ladrones, mentirosos, accidentes… Y yo os recordé que hay cosas incluso peores: asesinos, guerras, psicópatas que disfrutan haciendo sufrir a los demás y, lo inevitable, la muerte inesperada. Cualquiera puede morir en cualquier momento; hasta un niño. Entonces os pregunté que quién os ofrece protección contra todas estas cosas y dijisteis que Dios. En efecto, respondí: Dios. Nosotros, vuestros padres, vuestros tíos, las abuelas y los amigos también ofrecemos mucha protección, pero solo Dios ofrece toda la protección: la Gracia Divina y la salvación. Mientras estéis con Dios, estaréis a salvo. Como lo estábamos vuestro tío Juan y yo en Madrid. La protección es importante. Esas dosis de protección que recibí en Madrid, me salvaron de volverme loco. Ahora tenéis siete y diez años recién cumplidos. Cuando leáis estas líneas, seréis lo suficientemente mayores como para entender que la protección hay que buscarla, procurarla y mantenerla. También entenderéis que renunciar a la protección divina equivale a renunciar al máximo nivel de protección: la protección contra nosotros mismos. Y, además, espero que sepáis que debéis ofrecer protección a todos los que la necesiten. Para eso estoy escribiendo este relato, para recordaros todas estas cosas que ya hemos mencionado durante nuestras oraciones.
©Félix Chivite Matthews 2018
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