17 - Apóstata - 1981/82

Capítulo 17

Apóstata

Septiembre 1981 - Septiembre 1982

Catorce años de edad.

Redactado: diciembre 2021 - febrero 2022



Las peñas pasean sus pancartas en un mar de rojo y blanco mientras los cabezudos persiguen a los jóvenes entre el bullicio y las luces de la feria. Todavía faltan un par de días para que salgamos de camping con los papás, así que tenemos la oportunidad de disfrutar de las fiestas del pueblo. No recuerdo las circunstancias, la planificación, los momentos previos. Me acuerdo de que, de alguna manera, Patrick nos ha seguido hasta el encierro y está corriendo con nosotros. Lo que sí recuerdo perfectamente, como si estuviera ocurriendo a cámara lenta, es el cuerno de la vaca brava a milímetros de Patrick, la mirada de pánico que echa hacia las afiladas astas, y el salto de canguro que pega, superando las vallas y volando por encima de la gente. En esos breves segundos que parecieron durar una eternidad, no se me ocurrió otra cosa que pensar en mí mismo: ¡Como le pille la vaca, su madre me va a matar! El desarrollo de la conciencia es una cosa curiosa; puedes tener empatía hacia los demás y ser muy egocéntrico al mismo tiempo. Por otra parte, cuando eres niño, aparte de estar muy centrado en ti mismo, la vida es “algo que te pasa”. No tienes ningún control sobre los acontecimientos. Prácticamente todo se decide por ti: con quién vives, tu educación, a dónde vas de vacaciones, tu alimentación, y la ropa que te vas a poner. Y esto puede ser muy frustrante. Para mí era insoportable. Como también era irritante no poder atraer ciertos eventos hacia mi vida; como por ejemplo tener novia, o librarme de mi padre de una vez por todas, o irme de casa para siempre. Pero esto ya lo había mencionado antes.


Hablando de empatía, el yayo se está llevando toda mi compasión últimamente. Está muy viejito y demacrado. Un día vi cómo la yaya le ponía su inyección de insulina en un brazo y solo era pellejo, huesos y hematomas. Me da mucha pena el yayo. Este verano le he comprado la cinta de éxitos de ABBA, porque le gusta su canción Chiquitita. Es curioso que me parezca a mi padre en eso de la empatía. El papá parece preocuparse por las personas solo cuando están muy mal. Quizá su nivel de empatía también sea el de un niño. Me tiene bastante intrigado, mi padre. Me ha llevado a Vitoria de viaje de negocios y me ha comprado un libro sobre aeromodelismo y una cinta de los Rolling Stones que le había pedido para mi cumpleaños.


—De mayor quiero ser piloto de caza.

—Pues en San Javier hay una base militar. A ver si te llevo un día a conocerla, —me dice mientras escuchamos a los Rolling en el coche—. ¡Pero, estas canciones son muy viejas! Yo las escuchaba cuando tenía tu edad.


El papá tiene sus momentos buenos y sus momentos malos. Y esto es lo peor que le puede pasar a un hijo. Como ya he descrito antes, uno no sabe a qué atenerse con él. Tenemos que andar siempre con pies de plomo, sacando las antenas para detectar su estado de ánimo, para ponernos a cubierto cuando sea necesario. Es una tensión constante que va horadando tu ser hasta que se te quitan las ganas de vivir. Cuando estamos de viaje, suele estar más tranquilo pero, en casa, es mejor evitarlo. Cualquier cosa puede irritarle y siempre se las toma con la mamá. ¡Inés, ponme otro café! ¡Inés, traeme el cognac! ¡Inés, ponme un whisky con hielo!


—¿Dónde se ha metido la puta de tu madre? ¡Dile que me planche la ropa!


Y ya sabemos lo que eso significa: el papá se va a ir a Tudela, o a Zaragoza, o a las chapas de Fitero a jugarse el dinero y seguir emborrachándose. Después, regresará a casa a las dos, o las tres, o las cuatro y nos despertará a gritos, nos reunirá en el comedor y nos soltará, palabra por palabra, el mismo monólogo de siempre, escena que se repetirá durante los próximos años con la regularidad implacable de una paliza psicológica.


En realidad, el comportamiento de vuestro abuelo va a ser bastante uniforme durante los próximos años, salvo por un asunto de faldas en el que se ha involucrado recientemente y que nos ha salpicado a todos, pero que no puedo describir por lo turbio y vil que es. Solo os diré que, para vuestra abuela, fue la mayor humillación de su vida y, para todos nosotros, un golpe que sin duda contribuyó a nuestro persistente proceso de embrutecimiento por doble partida: debido al abyecto comportamiento público de nuestro padre, y al ver a nuestra madre arrastrada por los suelos por enésima vez.


Al menos yo me libro de las exhibiciones de mi padre cuando estoy en Lekaroz. Pero este año no va a ser muy bueno. Nos ha tocado un profesor de matemáticas que viene a clase, llena la pizarra de fórmulas y se va sin explicar absolutamente nada. Yo estoy totalmente perdido y, sin matemáticas, ya puedo despedirme de mi sueño de ser científico. Un año entero sin matemáticas significa que, el año que viene, en segundo de BUP, no voy a poder ni con las matemáticas ni con la asignatura de física y química. Ni en tercero de BUP; ni nunca. Por otra parte, cada día estoy más enfrascado en mis lecturas y no hay libro que me aburra: el Arcipreste de Hita, Lope de Vega, Bécquer, Julio Verne, Benito Pérez Galdós… Mi amigo Ledesma y yo, de tanto leer a Lope y a Calderón, hemos aprendido a hablar en castellano del siglo diecisiete y vamos por ahí haciéndonos reverencias, sacando espadas imaginarias y soltando frases elegantes. Al menos aquí en Lekaroz puedo estar más tranquilo. Pero es una tranquilidad superficial. En lo profundo está el caos y estoy empezando a tener unos sentimientos muy extraños. Me siento atrapado en este colegio interno. Quiero salir. Las montañas que nos rodean me resultan opresivas y echo de menos los amplios horizontes de la Ribera. Yo mismo no me explico este fenómeno. Lekaroz era mi refugio y ahora no lo soporto. ¿Será que mi complejo de impostor vaya en incremento cada día? Mi foto continúa en el cuadro de honor, porque el año pasado saqué buenas notas y me porté bien; pero este año estoy hecho un vago y un rebelde. Por si fuera poco, desde este curso, tenemos alumnas externas del valle y mis hormonas están produciendo más energía que el sol. Cada semana me enamoro de una distinta y de todas a la vez. Pero hay una con quien hablo mucho, Arantxa, que me tiene más enamorado que las demás. La verdad es que no hago más que distraerla en clase con tonterías. ¿Qué se le dice a una chica? ¿Qué será eso de tener novia? Hay un chico mayor que nos ha explicado todo sobre el tema de ligar. “Hay que llevar a la chica a un sitio oscuro de la discoteca. Una vez ahí, se le dan besos cerca de la oreja, que les gusta mucho. Luego, baja uno hacia el cuello. Poco a poco y sin prisas. Besos pequeños. Después, avanzas hacia la boca. Primero en la comisura de los labios y, de ahí, en los labios. Si te deja besar sus labios, es tuya”. A mí me encantaría besar a Arantxa, ¡pero menuda vergüenza me da! ¿Y si me rechaza…? O, peor aún, ¿si no me rechaza? Y tampoco puede decirse que sea muy fiel a mis novias de fantasía. Un día fui a fiestas de Irurita con otros colegiales y había baile en la plaza. Yo estaba de un humor muy raro, entre melancólico y apesadumbrado. Quizá un poco obsesionado con el asunto de tener novia, quizá buscando esa relación como la solución a todos mis problemas. Había un gran corro de gente bailando en la plaza y nos pusimos a un lado a ver la diversión. En un momento dado, me fijé en una chica preciosa que estaba mirando el baile sola. Me dije a mí mismo que tenía que vencer mi timidez y lanzarme al mundo de los controlan su vida, de los que consiguen lo que quieren, y le invité a bailar. Pero me dijo que no, y me quedé con un palmo de narices; sin control de nada y sin conseguir lo que quería. Estaba harto de que la vida fuera algo que me pasaba. Este primer intento de tomar las riendas no fue nada bien.


A pesar de mi desazón y mis problemas de la adolescencia, en Lekaroz estoy mejor que en casa. Este año sigo haciendo los deberes de dibujo técnico por dinero y así he hecho amistad con gente muy maja de Bilbao, de Donosti, de Zaragoza… A veces nos compramos unas botellas de cerveza y nos las bebemos en el camino de Elizondo. Yo tengo mucha curiosidad sobre el tema de las drogas y no hago más que preguntarles a mis compañeros qué saben del asunto, así como quien no quiere la cosa, pero no me hacen caso. Nadie se atreve a corromper al niño del cuadro de honor. Yo me junto bastante con los “chicos malos”, que me hacen mucha gracia por cómo se visten y cómo hablan, y por esa actitud de adulto que tienen. No me doy cuenta de que los pobres tienen los días contados. ¿Quién lo iba a decir? ¡Eso de la droga sí que fue una pandemia que nos cogió con las defensas bajas! Todos tenemos muertos por la droga, amigos, tíos, hijos… Le echamos la culpa a la droga, pero sin embargo, la droga no hubiera hecho tanta mella si el terreno no hubiera sido tan fértil, si nuestra educación y cultura no hubieran estado fundamentadas en el hedonismo. Ya veremos si vosotros podéis evitar esta peste que todavía hoy en día se cobra la vida de los mejores jóvenes. Ya veremos si os hemos educado bien.


Los curas siguen poniéndonos películas poco aptas; este año, han organizado un cineclub para estudiantes mayores y me han invitado a participar por mi buena conducta. Eso del cineclub está muy mal organizado. Nos ponen una película en la gran pantalla del polideportivo después de la cual se entabla un debate que no tiene ni pies ni cabeza. Por lo general suele haber uno o dos alumnos mayores que dominan la discusión y procuran a toda costa imponer sus opiniones hasta que acaban a gritos con los curas. No se trata de establecer un diálogo o de llegar a un entendimiento, sino de ofenderse por las opiniones de los demás y atacar a tu oponente. A mí este espectáculo me deprime bastante. Sin embargo, una película muy graciosa que nos han puesto fuera del ciclo de cineclub ha sido Los dioses deben estar locos, una de esas películas que te hacen sentir bien y olvidarte un poco de tus obsesiones. En fin, os podría contar muchas cosas de Lekaroz, pero ya os he dicho que prefiero ceñirme únicamente a los problemas centrales de este relato.


Este año sigo en el grupo de dantzaris, lo cual es un honor, porque hemos bailado en ocasiones importantes como las reuniones de padres, y el día de la Madre del Buen consejo, la patrona del colegio. Y hablando de reuniones de padres, un día me tocaba leer delante de toda la congregación, familias incluidas, y estaba la capilla a tope. Yo siempre leía muy bien, pero esta vez me equivoqué y me salió una palabra un poco sucia. De repente me vi sobrecogido por un bochorno insoportable y las líneas empezaron a bailar; no podía leerlas. Todos los ojos de la congregación estaban puestos en mí. Todavía puedo ver esas miradas de indignación y enojo. Empecé a sentirme algo mareado. El mundo fue desapareciendo de mi vista y por las justas llegué a sentarme en mi banco. Aquella fue la última vez que leí en misa; los curas no volvieron a pedirme que lo hiciera. Parece un detalle insignificante, pero fue un golpe tremendo para mi autoestima. Quizá ya no perteneciera a Lekaroz; quizá fuera hora de volver a casa.


En efecto, mi casa se está convirtiendo en un tornado que lo atrae todo hacia su centro. Los cuatro salvajes de la tribu ya somos amigos aparte de hermanos. Atrás han quedado las discusiones de nuestra infancia y cada día estamos más unidos. Por otra parte, nuestros dolientes padres tienen el atractivo de dos mártires crucificados. Ya no puedo esconderme en Lekaroz por más tiempo. Como un penitente de Semana Santa, me voy a zambullir de lleno en la tragedia familiar y voy a sufrir con ellos. Esto lo sé muy bien. La tía Isabel me ha dicho que, si es por el coste del colegio, que ella me lo paga hasta que termine; pero no es por eso. Hay algo dentro de mí, no sé lo que es, que me dice que mi sitio está en casa; en ese ruedo; en ese campo minado; en ese calvario que nos ha tocado vivir. Mis padres tampoco creen que sea buena idea que deje Lekaroz, pero ya soy lo suficientemente mayor como para decidir, así que el año que viene voy a ir a los jesuitas de Tudela.


En realidad, la vida no es solo “algo que me esté pasando”. Más bien, es un caldero en el que estamos hirviendo vivos. Cuando leáis esta carta, os daréis cuenta de que vuestra vida de niños protegidos es una vida donde nunca pasa nada; como lo era nuestra vida en Madrid o en Jaca, una especie de tregua feliz; y quizá penséis que habéis perdido la oportunidad de tener experiencias interesantes. Pero no os dejéis engañar: para tener grandes experiencias no es necesario sufrir, como pude comprobar yo mismo después, en la vida adulta. Sin embargo, ahora estamos sumidos en un hervidero emocional que va a durar unos cuantos años más.


Por fin me he atrevido a leer ese libro del tío Patxi, Yo, Cristina F. Curiosamente, Cristina también tuvo una vida interesante a causa y a pesar de sufrir abusos. Tal y como en nuestro caso, su padre era un fracasado que no trabajaba y condenaba a su familia a vivir como pobres cuando, al mismo tiempo, conducía un Ferrari. También tenía amigos más jóvenes que él que lo respetaban. Y se ensañaba con Cristina mientras su madre miraba impotente, llorando, desde una esquina. Cristina se sentía rechazada y buscaba aceptación. La droga fue un escape y un rito de paso al mismo tiempo. La intención del libro es advertir a la juventud de los peligros de la droga, sin embargo, tuvo el efecto contrario: Cristina se convirtió en un ídolo a quien imitar. En mi propio caso, incentivó mi interés por las drogas, lo que llegó a convertirse en una obsesión más fuerte incluso que mi curiosidad por el amor romántico.


El mundo es una fiesta de sensaciones que están adquiriendo nuevos colores con la adolescencia: la música, la poesía, las amistades, las injusticias. Todo parece afectarte de una manera muy íntima y el amor es la experiencia más potente. Estoy respirando Arantxa, soñando Arantxa, sintiendo esos labios que brillan con labial de fresa, mirándome en esos ojos que me han atrapado. Ya quedan pocos días de colegio y tengo que declararme o perder la oportunidad para siempre. No le he dicho que la quiero, pero le he sugerido que podríamos vernos en Elizondo y ella me ha dado largas. En realidad, es un alivio, porque sigo sin saber ni qué se le dice a una chica, ni qué se hace con ella cuando es tu novia. Me imagino salir con ella por Elizondo sin saber a dónde llevarla, ni qué decirle, y me entra un poco de pánico. No quiero estropear este amor platónico con mi torpeza. Seguiré soñando con ella y con el mar de sensaciones que pude sentir a su lado mientras éramos compañeros de clase.


Las últimas semanas de clase en Lekaroz son más relajadas porque ya hemos hecho los exámenes finales, y podemos disfrutar de la piscina y de más horas de recreo. El buen tiempo es una caricia en la piel y los días se resisten a morir hasta casi las once de la noche. Nos hemos juntado un grupo de chavales a cantar con una guitarra por los jardines del colegio como si fuéramos músicos callejeros. Acompañamos al Serrano, que toca bastante bien, con canciones de los Rolling, los Eagles y hasta de José Luis Perales. Esas tardes de verano uno siente como si se detuviera el tiempo. El sol juega con las partículas de polvo que flotan en las corrientes de aire caliente, marcando el ritmo de unos últimos momentos de felicidad y paz sin alcohol, sin drogas, antes de la masacre neuronal que me espera. Las canciones se sienten más hondo cuando tú las cantas, así como el aire, el sol, las amistades, y los sueños de amor. La adolescencia es una droga en sí misma, un viaje, el mejor viaje, y no hacen falta ni alcohol ni drogas para disfrutar a tope. Pero esto no lo voy a saber hasta que sea demasiado tarde.


Mis neuronas intercambian mensajes electroquímicos a la velocidad de la luz. El sol brilla más fuerte, todo sabe mejor, el futuro me espera y el pop-rock pone la banda sonora a mis fantasías. El tío Patxi ha comprado unos discos de Nina Hagen Band, el nuevo de Roxy Music, y Tattoo You, de los Rolling. El Juan y yo los ponemos a todo volumen en su equipo de alta fidelidad y nos dejamos llevar por el juego de frecuencias y ritmos sobre la matriz de la memoria. Nina Hagen habla de hachís y anfetaminas. Y los otros también; aunque no lo digan directamente, esa música insinuante es una invitación a disfrutar de los sentidos. Juan y yo estamos tan emocionados como dos astronautas a punto de salir disparados al espacio exterior. La anticipación de las cosas futuras, del viaje hedonista que nos espera, nos tiene sumidos en una especie de trance. Todavía no hemos probado las drogas, pero ya estamos drogados. Todavía no tenemos novia, pero ya estamos enamorados. Todavía no somos libres, pero dejamos volar la imaginación.


La música de Nina Hagen es tan brutal como sofisticada. Ella nos ha abierto las puertas del punk, aunque todavía no sabemos mucho de estas cosas. Un día, en el autobús de Lekaroz de vuelta a casa, estaban poniendo a los Bee Gees y me estaban gustando bastante, pero yo no conocía el nombre del grupo, así que le pregunté a un chico mayor si los conocía y el gilipollas de él me dijo que eran los Sex Pistols. En cuanto llegué a casa, los busqué en el catálogo de Discoplay y pedí su cinta Never Mind the Bollocks, que no tenía ni idea de lo que significaba, por cierto. Cuando llegó la cinta por correo y la pusimos, nos llevamos el gran shock de nuestras vidas: aquello era música punk de lo más duro. Al principio no nos gustó mucho, pero en aquellos tiempos escuchábamos todo lo que encontrábamos, así que, poco a poco, nos fuimos acostumbrando a los ritmos frenéticos de los Sex Pistols. Había algo en aquella música agresiva que encajaba perfectamente en nuestras almas rotas. Me he metido en el archivo de Discoplay y estoy mirando en el catálogo de junio del ochenta y dos la portada del Never Mind the Bollocks, que me costó cuatrocientas noventa y cinco pesetas. También sale un disco muy distinto que nos encantó y que poníamos mil y una veces: The Eye in the Sky, de The Alan Parsons Project. La banda sonora que acompaña nuestras fantasías de adolescentes es una alfombra voladora que nos lleva a otras dimensiones; es una lámpara de Aladino, llena de promesas futuras. Desgraciadamente, el que no sabe lo que quiere, siempre se va a equivocar al pedir sus deseos. Peor aún, nosotros queremos lo que otros quieren que queramos. Somos dos zombies en busca de placer.


En efecto, el futuro ya está emponzoñado. Este año, he quedado con el Ledesma para pasar un día de sanfermines en su casa. Para mi sorpresa, el papá me ha dado cuatro mil pesetas para que me las gaste en lo que quiera. Jamás he tenido tanto dinero. Para mí, eso es una fortuna. ¿Cómo puedo gastar tanto dinero en una sola noche? Pero el papá dice que su padre le daba cien mil pesetas para San Fermín y se lo gastaba todo. Lo primero que hacemos es ir a merendar al restaurante del Ledesma, que es bastante conocido.


—Una vez vino Franco a Pamplona y comió en mi restaurante, —me dice el Ledesma orgulloso. Pero yo estoy con la cabeza llena de anticipación y no puedo pensar en Franco.

—Habrá que ir a alguna verbena, a la feria y tal.

—Es un poco temprano todavía. Hay más animación por la noche.


Es que mi amigo es un chico bastante formal, de los que sacan buenas notas, y no me quiere llevar al centro, donde está toda la movida. Estamos dando vueltas cerca de la estación de autobuses, donde ni siquiera se huelen los sanfermines.


—Pues vamos a comprar algo de beber, —le sugiero. Me compro una botella de clarete para beber a morro y nos vamos caminando hacia la Plaza de los Fueros.

—Aquí habrá concierto luego, por la noche, —me dice mientras yo le voy dando al vino. Pero medirme con la bebida es un arte que no conozco, así que en cuestión de muy pocos minutos estoy totalmente borracho y vomitando por la calle. El Ledesma me lleva a su casa a que duerma la borrachera. Al día siguiente me levanto con muy mal cuerpo. Así fueron mis primeros Sanfermines. Y así van a ser muchas de las fiestas y noches de borrachera de mi adolescencia: una carrera desbocada sobre los lomos de Baco que termina en un charco de vómito.


Esto del alcohol es algo tan ubicuo en nuestra cultura que es difícil evitarlo. Cuando vienen los tíos a visitarnos, a menudo nos llevan a algún bar a echar el aperitivo y nos tomamos unas cervezas con alguna tapa, aceitunas o lo que sea. La tía Vicenta también me da cerveza cuando voy a verla. Un día que tenía algo de resfriado, me tomé unos cuantos vasos de cerveza en su casa y, cuando salí a la calle, me di cuenta de que mi resfriado había desaparecido. A veces, el papá nos lleva al pub Dona y nos invita a cubalibres al Juan y a mí; normalmente, por separado, pero al menos, ya le está haciendo un poco de caso a Juan, y también se lo lleva a él de viaje. Creo que le está cogiendo algo de aprecio porque es un gran artista y trabaja muy bien. Al papá le parece genial que bebamos alcohol y siempre nos cuenta la misma batallita: “Yo, con catorce años ya conducía y me iba solo de putas”. Para mí, todo esto es un lavado de cerebro insoportable. Yo no tengo ni la inteligencia, ni el instinto de conservación, ni el sentido común de chicos como el Ledesma, a quienes la mierda les resbala. Yo estoy hinchado del purín que mamo de la cultura dominante y de personas que me dan mal ejemplo.

 

Una injusticia que nos afecta bastante es tener que ir a la fábrica en verano. Ya hemos pasado muchos fines de semana del invierno trabajando en un taller helado, y tener que trabajar también en verano sí que nos fastidia, porque el verano es para la piscina, para aventuras en bicicleta, para jugar con nuestros amigos, no para estar encerrados en una fábrica. El trabajo es pesado y repetitivo. Normalmente Juan y yo lijamos las juntas de las piezas que el Pablo ha repasado previamente con la máquina Bosch. Al principio, usábamos papel de lija normal, pero ahora estamos usando papel de agua, que no deja rayas en las figuras, y acabamos con los dedos entumecidos después de varias horas de untarlos en agua. A veces tenemos que lavar las figuras en disolvente, o limpiar y acondicionar los moldes, o ayudar al papá a atar los moldes más grandes. La verdad es que el papá trabaja bastante. Él suele hacer la colada, que consiste en mezclar la resina de poliéster con polvo de alabastro, colorantes y catalizador, llenar los moldes, meterlos en la máquina de vacío y desmoldearlos cuando están secos. También se dedica a pasar la base de las figuras por la lija de disco, lo cual requiere de bastante fuerza y destreza, y respira el polvo en grandes cantidades. Claro que en los años ochenta no existe la seguridad en el trabajo y no nos ponemos ni mascarillas ni guantes. Y es él quien hace los moldes, el que barniza las figuras y embala los pedidos. El papá vuelve del trabajo cubierto de poliéster. Como no se cambia de ropa al volver a casa, se queda pegado al sillón, lo cual nos hace gracia. Pero lo cierto es que el gran señor con apellidos se ha convertido en un trabajador como tantos otros hombres del pueblo que se dedican al alabastro. Lo estoy viendo ahora mismo, con esos pantalones acartonados de tantas capas de poliéster que tienen encima. A él no le da vergüenza ir por ahí cubierto de porquería y polvo, y no le da vergüenza recibir visitas de esa guisa. Obviamente, él no tiene complejo de pobre, como yo. Él siempre supo quién era: un rico sin dinero.


A veces, trabajar en la fábrica es divertido. El Pablo es muy aficionado al rock de la movida madrileña. De hecho, el grupo Leño es una auténtica leyenda entre los jóvenes del pueblo y a nosotros también nos tiene enganchados. “Subete a mi tren azul”, canta el Pablo mientras trabaja, “y podrás alucinar. Si controlas tu viaje, serás feliz”. Y luego sigue con La noche de que te hablé: “Romperás mi corazón si retrasas el reloj otra vez. Buscaré sin descansar a las diez tu cuerpo de mujer. ¡Una vez más!”


—¡Mecano, sí que está bien!

—¡Eso es música para maricones!

—Pues a mí sí me gusta…

—Pues serás maricón. Lo que más mola es el rock. Dicen que Mecano tiene la música grabada. Una vez los echaron de un concierto porque empezó a sonar la música y no estaban tocando ningún instrumento.

—Eso sería una caja de ritmos, o un sintetizador… Esos los programan y suenan solos.

—¡Pues eso no es música! Leño le da mil vueltas a Mecano.

—¡Porque tú lo digas!

—Pregúntale a cualquiera.


Por mucho que los de Mecano sean odiados por los más rockeros, a Juan y a mí nos han conquistado con sus letras frescas que parecen hablar de nosotros mismos, con esa voz de muñeca mecánica tan graciosa, y esos arpegios de sintetizador que suben hasta las frecuencias más altas. Estamos regresando de una excursión familiar a Soria y, cuando paramos en un bar de la carretera, le pedimos trescientas pesetas al papá para comprar la cinta de Mecano, pero nos dice que no.


—¿Cuánto dinero tienes? —Me pregunta Juan con los ojos iluminados por una energía que he visto a veces en el papá.

—Cien. Nos faltan doscientas.

—Dame tus cien, —me ordena Juan de una manera difícil de resistir y se va directamente a la máquina tragaperras. Yo no creo para nada en ese tipo de cosa y me quedo mirándolo, pensando “¡qué tarado está el tío!” pero, a la primera jugada, saca exactamente lo que cuesta la cinta de Mecano. En este momento, me doy cuenta de que Juan no es ningún tarado: él es especial; tiene poderes. Es capaz de ejercer una influencia sobre los acontecimientos de manera que sean más favorables para nosotros. Este poder lo va a ir desarrollando a lo largo de los años y me va a dejar verdaderamente perplejo en más de una ocasión. Esa tarde en el bar de la carretera me di cuenta de que Juan era una persona única que entendía cosas que yo no podía ni siquiera intuir. Creo que ese día empecé a ver a Juan con otros ojos.


Los de Mecano nos tienen encantados con sus letras que hablan de fiestas, resacas, y burbujas de champán. Sin duda, describen un mundo que nos espera con los brazos abiertos. Perdido en mi habitación habla de nosotros, de aquel tiempo cuando el aburrimiento todavía existía, de beber cerveza, de buscar una pastilla que te quite la ansiedad, de no saber qué hacer. Me voy de casa tiene un ritmo casi punky y describe mi gran sueño de independencia. En esta época del aburrimiento, escuchamos las cintas cientos de veces, cara B incluida, mientras leemos a Bécquer, o Dostoievski, o la Biblioteca de los temas ocultos. La voz de Ana Torroja se me mete hasta lo más profundo y se funde con mis sentimientos de impotencia, de frustración, de no poder ponerme al volante de mi propia vida y, al mismo tiempo, me promete que la gran vida que espero está a mi alcance. Estamos a punto de salir del huevo de la infancia. Estamos al borde del precipicio: dos nuevos jóvenes se lanzan a la vida.


Yo estoy dispuesto a iniciarme en todos los ritos de paso que sean necesarios: ya estoy harto de ser un niño. Discotecas, fumar, beber, lo que haga falta. Estoy listo para dar el gran salto a la adolescencia y este verano se va a presentar la ocasión: el papá nos va a llevar al Pablo y a mí a Murcia de viaje de negocios y ya he quedado con el Pablo para que me lleve a una discoteca. Hemos llegado a Ceutí al atardecer y yo estoy como un perrillo mirando por la ventana abierta del coche, disfrutando de los aromas de las plantas tropicales. Debe ser viernes o sábado y los jóvenes ya están saliendo por ahí a encontrarse con otros jóvenes. Estoy babeando con las chicas que se ven por las calles paseando en sus micro-faldas. Sin duda, esta noche nos las encontraremos en la discoteca. Pero el Pablo está en plan hermano mayor y se nota que no le apetece hacer de niñero. Después de cenar en casa del socio de mi padre, nos quedamos tomando cafés y copas con ellos en la terraza disfrutando del buen tiempo, en vez de ir por ahí de marcha. Yo estoy como un novillo en el callejón del toril, dispuesto a salir y romper con todo. Pero ellos habla que te habla, tan tranquilos.


—No te preocupes, que todavía es pronto, —me asegura el Pablo—, las discotecas no se ponen bien hasta la una o así y solo son las once.


Pero yo he visto a la juventud del pueblo que ya llenaba las calles antes de cenar y tengo unas ganas locas de salir y ver cómo está la juerga de fin de semana en Ceutí.


Por fin el papá le ha dado un dinero al Pablo para que me lleve a la discoteca y nos ha dicho que volvamos dentro de tres horas. Yo estoy como uno que salta en paracaídas por primera vez: emocionado y muerto de miedo al mismo tiempo. ¿Qué grandes aventuras me esperan en la noche? El local está decorado con plantas, esferas de espejos, y luces de colores y está muy animado. Nos pedimos unos cubatas, pero el Pablo no está de humor para juergas. Se nota que no le gusta mucho el papel de guardaespaldas. Después de mi segundo cubalibre, la mezcla de rumba flamenca, sevillanas y música pop empieza a meterse en mis huesos y no puedo resistir las ganas de bailar. Me lanzo a la pista de baile y me convierto en un Fred Astaire de pueblo. ¿Cómo serían esos pasos de baile de chaval de la Ribera? Pero no creo que lo esté haciendo muy mal, porque hay un par de chicas que se me han pegado y me están sonriendo más de la cuenta. Me estoy acercando mucho a una de ellas y creo que ya he ligado. Esto ha sido llegar y besar. ¡Viva Murcia y viva Ceutí! Estoy a punto de entablar conversación con ella, quizá la invite a tomar algo conmigo, cuando siento un toque en mi hombro.


—¡Ala, que nos vamos a casa! —Me suelta el Pablo con una mirada de celos y desidia.

—¡Pero si es pronto!

—¡Ala, vamos que ya es tarde!

—¡Pues déjame aquí y ya volveré yo solo!


Pero el Pablo sabía más que yo de estas cosas y debía de haberse dado cuenta de que me estaba metiendo en problemas. A mí ni siquiera se me había ocurrido pensar que esas chicas tendrían a sus novios o hermanos en la barra poniéndose morados a cubatas y que en cualquier momento podría caerme encima una somanta de palos. Al final tuve que seguirle hasta casa como un perrillo sin su hueso, con la cola entre las piernas y la cabeza baja. En aquellos tiempos, las peleas en las discotecas eran muy frecuentes y siempre se hablaba de eso. Había un joven famoso en el pueblo por las peleas en las que se metía. A menudo se rumoreaba si le había partido la cara a uno, o si se había ido a otro pueblo con su cuadrilla a buscar pelea. De todas formas, cuando uno iba a otro pueblo de juerga, había que andar con cuidado, no como yo, que había intentado ligar con la primera chica que me sonrió.


Apenas quedan días de verano. Este año han venido los pépés a Jaca a saludar a los yayos. Mis abuelos no se veían desde antes de la suspensión de pagos hace ya diez años. Después de nuestra breve visita a Jaca, nos fuimos con los papás y nuestros abuelos ingleses a Vigo, a visitar a una amiga de la memé que había vivido en Inglaterra durante muchos años. La señora nos ha acomodado a todos en el piso que comparte con su marido y un hijo muy curioso que no trabaja y que fuma como un carretero. ¡El piso entero apesta a Ducados! Aparte de comer pimientos del padrón, que nos han encantado, y bajar a la playa a disfrutar del agua helada del Atlántico, el Juan y yo estamos muy pesados con que nos dejen ir una discoteca. Después de mucho rogar, el papá nos ha dado mil pesetas y nos ha dejado en una discoteca del centro de Vigo. Pero es un poco temprano y la sala está vacía. Juan y yo pedimos unos cubatas y una cajetilla de Winston. Juan estaba con unas ganas locas de ir a una discoteca después de haberle contado mis aventuras en Ceutí. Yo también tenía ganas de ir a una discoteca a ligar sin un guardaespaldas que me moleste. Pero todavía no llega nadie. Después del segundo cubalibre, empiezan a moverse un poco los pies. Es como una electricidad irresistible. El ritmo se te mete dentro y empieza a mover todos tus huesos. Los Rolling han sacado una canción que está muy bien, Going to a Go-Go, y se la pido al disyockey. Juan y yo salimos a la pista a bailar como dos pájaros que vuelan libres y hacen piruetas en el aire. Nuestros brazos suben y bajan y damos vueltas emocionados, impulsados por el alcohol. La pista de baile se ha convertido en nuestro patio particular. Somos dos niños-hombre penetrados por la música. Seguimos con nuestros bailoteos y nuestros cubalibres. Como todavía no llega nadie más a la disco, el DJ nos pone todo lo que le pedimos: más canciones de los Rolling, David Bowie, Supertramp, Rod Steward… Lo que nos dé la gana. ¡Somos nosotros! Y siempre vamos a ser nosotros, como es obvio en este relato.



Apóstata


El coche avanza por esas carreteras estrechas de los años ochenta. Atrás han quedado el Puerto de Velate y Pamplona. Las colinas y sembrados de la Navarra Media se abren en el horizonte vestidos de amapolas, vigilados por pequeños pueblos medievales. Las nubes juegan con el sol, que proyecta un abanico de rayos sobre la campiña.


—¿Has visto, mamá?

—Echarás de menos Lekaroz…

—Yo nunca había visto el cielo así. Parece que Dios nos está mirando.


La carretera sube una zona alta y revela un gran valle flanqueado por el Moncayo: La Tierra Prometida.


—¡Mira, mamá, La Ribera!

—Pues ahora vas a tener que trabajar…


No sé en qué momento exacto de mi vida empecé a emocionarme al ver La Tierra Prometida, pero supongo que muchas personas jamás experimentan el apego a la tierra, igual que hay personas que nunca experimentan el llamado de la fe. Pero, desde hace muchos años, cuando llegamos a la frontera entre la Navarra Media y La Ribera, siempre te digo medio en broma: “¡Mira, la tierra prometida!” Y es que Dios nos va a regalar muchos años juntos y muchos viajes a Pamplona, y siempre, al divisar el gran valle al regresar a casa, te voy a decir lo mismo y con la misma emoción: “¡Mira, la tierra prometida!”


—Pues me tendrá que pagar…

—Sí, supongo que sí. No sé cuánto te pagará. Ya sabes lo tacaño que es tu padre.

—¡Nuestra canción favorita!


Ya sé lo que estás pensando, mamá, que ya soy un hombre, que tengo que luchar en la vida. Hasta la canción de Supertramp lo dice:


“Maybe I'm mistaken expecting you to fight,

Or maybe I'm just crazy, I don't know wrong from right.

But while I am still living, I've just got this to say:

It's always up to you if you want to be that,

Want to see that, want to see that way.

You're coming along”


Quizá sea un error esperar que tú luches, o quizá esté loca y no distinga el bien del mal. Pero, mientras esté viva, solo tengo esto que decir: siempre dependerá de ti si quieres ser eso, ver eso, o verlo de esa manera. Estás progresando. Y es muy cierto, mamá: voy a luchar, voy a ver el mundo del color de mis propias gafas, y voy a ser muchas cosas en la vida: ladrón, drogadicto, fracasado, aventurero, pintor, universitario, profesor, escritor, deportista, persona que se supera, padre, seguidor de Cristo. Y mil cosas más.


—¡Mira esa nube, mamá! ¡Parece un hombre con barba!

—¡Ahora no puedo quitar los ojos de la carretera, hijo!


Hay un hombre caminando sobre el paisaje. Tiene una barba bien cuidada, pantalón apretado y zapatos relucientes. Sin darse cuenta, ha pisado unas cuantas hormigas, algún caracol y unos cuantos escarabajos. Pero así es el senderismo, uno siempre aplasta criaturas insignificantes. Ayer me comunicaron su muerte y pasé el día dándole vueltas a su nombre en la cabeza. Y al de su esposo, mi amigo de la universidad, que murió hace tres años; y al de su hijo, mi ahijado, que murió el año pasado. Y me he estado acordando de esa chiquilla de quince años que se ha quedado sin familia en el espacio de tres años. Nombres de seres cercanos, de seres queridos, de antiguos amigos. Aplastados como hormigas. Porque eso es lo que somos, ¿verdad Jesús? ¿Qué somos para ti que en un momento dado nos enseñas paraísos y, en cuanto nos descuidamos, aplastas a nuestros seres queridos? El año pasado el timo del aceite de colza se llevó a la tumba a trescientas personas y dejó a más de quince mil discapacitadas para el resto de su vida. Hormigas, escarabajos, caracoles insignificantes. En Japón me enseñaste un paraíso terrenal, ¿Te acuerdas? Me iba en coche hasta la costa y aparcaba en los acantilados para ver el atardecer sobre el Océano Pacífico, que parecía un lago de cristal, tan quieto y brillante. Apenas las estelas de pequeñas embarcaciones rompían la uniformidad del mar dibujando hilitos de plata. Entonces, el sol se sumergía en el mar y lo hacía hervir en una explosión de imposibles gradientes naranjas y púrpuras. Y yo te preguntaba: ¿por qué me enseñas paraísos? Y ahora, en Norfolk, te pregunto lo mismo, ¿por qué me enseñas paraísos mientras la gente muere? Pero ahora tengo catorce años y no entiendo el dolor, la muerte. Llevo catorce años soportando los llantos de mi madre, el desprecio de mi padre, la destrucción de mi alma. Ya no aguanto más. Tú me prometiste que eras mi amigo. Toda la vida he hablado contigo, te he rezado, pero tú no nos proteges. ¡Tú eres malo! O eres un dios muy cruel, o no existes. A mí me da igual, porque ya no quiero saber nada de ti.


Tú viniste a la Tierra a enseñarnos a aceptar el dolor y la muerte, y tu madre también aceptó ese dolor y muerte. ¿Qué dolor es más grande, Jesús, el tuyo o el de tu madre que está viendo cómo te torturan y te matan? ¿O el de esa chiquilla de quince años que acaba de perder a la única persona que le quedaba? María acepta tu dolor eterno, pero yo no puedo, porque solo tengo catorce años y no entiendo estos misterios de la fe. Así que me has perdido; al menos de momento. ¿Por qué no me haces caso? ¿Por qué me haces verla sufrir? Yo soy María, y mi madre está crucificada desde hace catorce años. ¡Es imposible que seas todo misericordioso, como dicen los curas; es imposible que te importemos! Te has desvanecido como la ilusión de un timador. Pero con o sin Dios, el dolor es inescapable y eso tampoco lo sé ahora. Por eso mi abuela nunca te dio la espalda: ella sí sabía que el dolor es la condición que tanto Jesús como su madre aceptaron y que todos nosotros debemos aceptar. Ella perdió a su padre de pequeña, a sus hermanos en la guerra, tuvo hijos que jugaban con la muerte, y un esposo que dejó que la fortuna de la familia se escurriera entre sus dedos y, a pesar de todo, no perdió la fe en Ti. Pero es que sin dolor, no hay nada, ni amor. Sin dolor, no hay consecuencias. Sin consecuencias, no hay libertad. Sin libertad, no hay amor. Sin amor, no hay cuidado. Sin cuidado, somos animales, insectos. Sin dolor no amaríamos a nadie; el amor no significaría nada porque perder a un ser querido no haría daño. Podrías arrancarte tu propia mano y no pasaría nada, todavía estaría allí conectada a tu cuerpo. Quizás el dolor también sea una condición previa para el mundo material. Pero nada de esto entiendo ahora, así que, adiós. ¡Eres un traidor!



•••



Este capítulo describe a un jóven que no puede controlar su vida. Un joven que se siente preso. Un adolescente que quiere ser libre y no sabe cómo. Sin embargo, lo que le impide controlar su vida es su propio apego a las tendencias culturales. Lo que le hace esclavo es el hedonismo. Este joven no entiende lo que es la libertad. Él escucha las voces concupiscentes del mundo mientras el mensaje de Jesucristo se va quedando aletargado en algún rincón de su conciencia. Este mensaje cristiano de liberación auténtica va a quedar en un estado de coma, de hibernación, durante muchos años, hasta que un día despierte y vea la luz con la fuerza de un oso.


¿Quién dijo que la vida iba a ser fácil? ¿Quién sabe vivir? ¡Que levante la mano! ¿Se les puede echar la culpa de todo lo que te pasa a unos padres que están luchando por salir adelante a pesar de sus discapacidades? ¿Se le puede echar la culpa de todo a nuestra cultura materialista y a la presión social? ¿Es correcto culpar de todo a Jesucristo? Lo cierto es que, hasta que uno no toma las riendas de su propia vida y se responsabiliza de sus propios actos, no puede ser verdaderamente maduro y libre. Pero, como ya he mencionado en capítulos anteriores, la libertad es algo aterrador. La mayoría de la gente prefiere echar las culpas de todos sus males al prójimo, o al gobierno, o a la Iglesia, o a sus padres y, de esta manera, se convierten en niños que renuncian a su libertad. Yo mismo le echaba la culpa de todos mis males a vuestro abuelo. Pero, para poder madurar y ser libre, tuve que perdonarle y responsabilizarme de mi propio bienestar. No quiero decir “de mi propia felicidad”, porque la felicidad es un pez escurridizo. El mundo os dirá que tenéis derecho a buscar la felicidad. Incluso la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América indica que la búsqueda de la felicidad es un derecho inalienable del ciudadano. Sin embargo, buscar la felicidad es como buscar el placer: lo único que está garantizado como resultado es la frustración. Uno solo puede aspirar a vivir una vida congruente, de acuerdo a ciertos principios. Como siempre os he dicho, lo único que necesitáis en la vida es seguir a Cristo. Si hacéis esto, es muy probable que también seáis felices. Pero la felicidad en sí, no puede ser un objetivo en la vida.


Ayer fuimos a la iglesia y, como siempre, os quejabais de que la misa es aburrida, y yo lo comprendo. La misa no es algo comprensible para unos niños de nueve y doce años. Así que os dije que la vida es como un videojuego: uno puede disfrutar bastante con la versión gratuita, pero la premium es mucho mejor. La fe en Dios y nuestra religión nos dan acceso a ese otro nivel, a la versión premium de la existencia. Quiero que recordéis esto siempre. Claro que hay gente muy buena que no cree en Dios. Por supuesto que hay personas que incluso se sacrifican por los demás y ni siquiera son religiosas. La mayoría de las personas que conozco viven de espaldas a Dios y, al mismo tiempo, son gente muy buena. Y quizá un día vosotros decidáis vivir así, en la versión gratuita de la existencia. Pero, tarde o temprano, empezaréis a sentir que os falta algo. Notaréis un vacío en un lugar muy profundo de vuestro ser. Cuando llegue ese momento, será la hora de ascender al siguiente nivel. Que no se os olvide.


Yo me convertí en un apóstata cuando más ayuda necesitaba. Pero es que nadie explica bien la fe. Nosotros estamos teniendo todas esas conversaciones que yo jamás tuve con nadie: ¿Qué es la fe? ¿Por qué Dios no reparte la fe a todos por igual? ¿Por qué sufrimos? ¿Qué sentido puede tener que un niño muera antes de nacer? ¿Qué necesidad tiene Dios de crearnos? ¿Somos importantes para Dios? ¿Acaso Dios nos necesite? ¿Es posible sentir la presencia de Dios? ¿Si Dios no existe, qué nos impide matarnos los unos a los otros impunemente? Éstas y muchas otras preguntas nos están ayudando a adentrarnos en los misterios de nuestra religión y espero que os den una base sólida para manteneros firmes en la fe, para que nunca la perdáis como me ocurrió a mí. Anoche estábamos preguntándonos qué sentido puede tener la muerte de un niño no nacido, o la muerte de una persona en un accidente. Y vosotros me disteis respuestas que ni siquiera se me habían ocurrido a mí: “Dios nos hizo libres, lo que quiere decir que no lo controla todo. No puede haber ninguna certeza sobre la hora o el día de tu propia muerte. Existen millones de posibilidades para que ocurran las cosas, una de esas posibilidades es la muerte”. Luego os pregunté, si Dios existe, ¿quién creó a Dios? Entonces os quedasteis mudos. Dentro de ese silencio noté una energía y os pregunté: “¿Sentís esta presencia?”


©Félix Chivite Matthews 2018


No hay comentarios:

Publicar un comentario