11 - Conejos y otros animales 1975/76

Capítulo 11

Conejos y otros animales
Septiembre 1975 - Septiembre 1976
Ocho años de edad.
Redactado: diciembre 2020 - febrero 2021

Cada vez que empiezo un nuevo capítulo, tengo unos sesenta recuerdos puntuales dentro de ese año específico de mi vida, sin unas narrativas internas ni una lógica temporal que los enlace entre sí. Ahora me enfrento a la enorme tarea de amplificar el contexto de cada recuerdo individual y de proporcionar un hilo temático coherente entre esos recuerdos dispersos por las cuatro estaciones de mis ocho años de edad. Todo dentro de las dos líneas narrativas principales de esta carta que os estoy escribiendo: En primer lugar, un análisis de las motivaciones de aquellos implicados en el abuso doméstico (como ejecutores, o como víctimas) para poder llegar a entender por qué se permitió y, quizás, cómo evitarlo. En segundo lugar, la retrospección como investigación del pasado roto, y el perdón como elemento principal en la reconstrucción del alma. Mis premisas principales, como he mencionado en capítulos anteriores, también son dos: La primera, que vuestro abuelo estaba enfermo y nadie pudo ayudarle. Y, la segunda, que estábamos rodeados de ángeles de la guarda que intentaban protegernos en la medida de sus posibilidades. Como habéis visto, este ejercicio de memoria y reflexión ya está dando interesantes resultados, sobre todo en cuanto a vuestra abuela se refiere. Entender por qué tu madre no protege a sus hijos ni escapa de su abusador es importante. Como lo es intentar comprender qué impulsaba a vuestro abuelo a comportarse así. Sin embargo, esta carta se está convirtiendo en mucho más que eso, como ya expliqué en el capítulo anterior. Entre estas líneas me siento completo. Escribir esto me está conduciendo a una especie de catarsis en la que el dolor del pasado se ve redimido por la experiencia del futuro.
Precisamente, anoche soñé contigo y me decías, a modo de disculpa, que tú nunca nos habías hostigado. Y es cierto. Las leches llegaban de repente. Normalmente, cuando estabas borracho. También me dijiste que eras así porque, de pequeño, se te había roto un juguete muy importante y nadie pudo arreglarlo. ¿Qué juguete sería ese? ¿Tu mente? ¿Tu corazón? Porque el amor sí se te rompió, ¿verdad? Primero, el amor incestuoso que sentías hacia tu propia madre. Y luego, el amor infantil que te impulsó a convencer a una incauta inglesa a que se quedara embarazada para poder casarte con ella. “Natalia, ¡te amo!” dejaste escrito en un libro de contabilidad que hay por la casa. Mamá, mira lo que he encontrado. Ese libro es de tu padre, de cuando estudiábamos en Pau. Nunca antes se me había ocurrido pensar que hubieses podido estar enamorado de mi madre, porque la tratas como si la odiaras. ¿Qué amor sería ese, y qué hizo que se rompiera? Quizá fuera su propia naturaleza inmadura y tempestuosa lo que hizo que ese amor se consumiera como una llamarada de alcohol de quemar. Quizá ese amor nunca murió sino que se transformó en algo grotesco que duró toda la vida. ¿Llegaste a odiarte a ti mismo al ver en lo que te habías convertido? ¿O acaso pasaste la vida pensando que tenías todo el derecho del mundo de maltratar a tu familia? Lo primero indicaría la existencia de una conciencia empática. Pero sospecho que tú siempre sufriste de una divergencia neurológica parecida al síndrome de Asperger, con unos niveles de empatía muy bajos, porque solo sentías compasión por la gente muy pobre o cuando nosotros estábamos enfermos. Quizá por eso maltratabas tanto a tu esposa, porque sólo entonces podías sentir algo por ella. Y quizá por eso siempre fuiste distante e incluso indiferente hacia nosotros, tus hijos: para protegernos. Porque tú maltratabas a los que amabas, incluida tu propia madre. Pero esta última hipótesis implica que querías bastante más a Juan que a mí, porque él se llevaba todas las ostias. Porque me niego a pensar que hayas sido un sadista. O quizá hayas sido las dos cosas a la vez: un psicópata.
Y ahí estás ahora, en uno de tus humores, dándonos un discurso de los tuyos. Uno de esos que dan vueltas sobre sí mismos. Te las estás tomando con nosotros porque hemos tenido la desfachatez de pedirte que nos compres una radio para escuchar música. “Las Tirimillas sí que son pobres. Les vamos a regalar los conejos. ¿Acaso necesitamos conejos? Ellas los necesitan más que nosotros. Vosotros no sabéis lo que es ser pobre. Cuando era pequeño, vuestra abuela me llevaba a dar regalos de Navidad a los pobres del pueblo, que vivían en una cueva. Esos sí que eran pobres. No tenían de nada. Y mi madre les llevaba turroncitos y polvorones. ¡No tenían ni zapatos y ella les llevaba turrones! En Navidad les daremos vuestros regalos, porque las Tirimillas sí que son pobres. ¿Verdad, Enrique? Tú no necesitas regalos, ¿verdad?” Pero nosotros no respondemos nada, porque sabemos de sobra que esto es un monólogo que durará varias horas mientras el papá le da vueltas al vaso de DYC. “Los conejos y la lavadora, porque ellas seguro que no tienen lavadora. Que lave a mano la mamá, ya que no hace nada en todo el día. ¡Algún día no tendréis nada, como las Tirimillas, y os enteraréis de lo que vale un peine! El domingo las invitaré a casa a comer pollo. Seguro que las pobres nunca comen pollo. Pero vosotros sí. O mejor aún, ¿por qué no os llevo a vivir con ellas una temporada? Entonces vais a ver lo que es pobreza. Entonces dejaréis de quejaros y de pedir cosas. Como la ingrata de vuestra madre. Pero vuestra madre es una bruja y una puta y no sabe la suerte que tiene de que no la ponga de patitas en la calle. Que se vaya a llorar bajo las faldas de su madre. Esa sí que tiene mala leche, la mémé. ¡Menudo bicho! Pobre pépé, la paciencia que tiene el hombre. El pépé no es malo, es un desgraciado. Cuando llegue el paquete de Navidad de los pépés, se lo daremos a las Tirimillas”. Hay una pausa. El papá termina su güisqui. “¡Inés, ponme otro hielo!”. Pero la mamá responde desde la cocina que no queda hielo. Ahora el papá se levanta y va a la cocina y se escuchan golpes y gritos. Los gritos familiares que escucha todo el pueblo en la noche. La noche de mierda, en la vida de mierda.
No veo tu cara cuando le pegas, porque salimos corriendo como conejos asustados. Veo al Kike y a la Nena llorando a mi lado en el sillón junto a la chimenea. Juan da vueltas por la galería, con los ojos muy abiertos, como un demente. Los gritos se trasladan de la cocina al dormitorio. ¡No Félix, por favor, me vas a matar! Juan, ven. Ven con nosotros. Estamos juntos. El suelo desaparece bajo nuestros pies pero hay una pequeña llama de amor y protección que nos salva de volvernos completamente locos. Ahora se oye al papá salir de la casa. Voy al dormitorio de la mamá que está tirada en la cama boca abajo en un mar de lágrimas. Su espalda sube y baja espasmódicamente con cada sollozo y el alma se me parte de nuevo. Como si no la tuviese ya totalmente destrozada después de tantos años contemplando el mismo espectáculo. Mamá, dice una vocecita. Mamá, mamá, mamá. No se me ocurre qué otra cosa decir. La impotencia y el odio me queman por dentro. Y las ganas de matar a mi padre.
Al día siguiente llega la paz de la resaca. Anoche, en el Caserón, le abrieron la cabeza de un botellazo a tu padre, dice la mamá. Y yo que pensaba que nadie nunca le plantaba cara a mi padre, pues ahora resulta que hay gente ahí afuera que no aguanta sus desplantes y chulería. Como siempre, el papá se levanta como si nada en absoluto hubiera pasado la noche anterior. O no se acuerda, o le importa todo un pito. Yo creo que es lo segundo. Y, como el papá es mudo, o casi mudo, cuando no bebe, no hará ningún comentario sobre lo que pasó anoche. Parece que le sentó bien el botellazo porque se sienta con nosotros a jugar a un juego que le encanta, el Cluedo, quizá porque le recuerda a las novelas de Agatha Christie, que tanto le gustan. Y a nosotros también, con sus tarjetas de sospechosos, pistas, y armas homicidas. Incluso la mamá parece más tranquila ahora que tiene un hombre manso que juega amorosamente con sus hijos. Ahora sí veo tu cara, papá. Estás enfrascado en el juego y nos enseñas sus estrategias. Ejerces sobre nosotros la fascinación del tigre como mascota: por muy dócil que parezca, sabemos de lo que es capaz.
Y hablando de tigres, el otro día estaba viendo una serie de televisión donde uno de los personajes confesaba a su ex-pareja haber tenido una atracción destructiva hacia él. Le decía que había estado enganchada a vivir al filo del precipicio junto a él; que sus ataques de ira seguidos por momentos de amor la habían sumido en una realidad más real que la realidad, y que, sin esa droga, no podía vivir. Y, claro, pensé en ti. Últimamente he sospechado que él te atraía por su violencia; que un hombre honesto y pacífico hubiera sido demasiado aburrido para ti. Incluso deleznable. A fin de cuentas, tú eras la dueña del tigre. Aunque sufrieras sus ataques de vez en cuando: antes con un tigre que con un conejo. Porque la dueña del tigre se imbuye de su poder aunque tenga que atenerse a terribles consecuencias. Y “últimamente” significa desde que tuve una conversación con Juan hace ya veinte años. Antes de esa conversación yo siempre te vi como víctima y nunca como cómplice. Pero Juan estaba muy resentido contigo y me abrió los ojos. Aunque prefiero no creerlo, porque sería demasiado grotesco pensar que lo pusieras a él y a tu ego antes que a tus propios hijos. Me niego a creerlo, pero es una conjetura válida en este rompecabezas del abuso doméstico. Y nunca te lo preguntaré, porque eso te sumiría en un abismo ignominioso y falaz. Bastante tienes con tus pesadillas. Porque él no se ha ido todavía. Está dentro de tu cabeza, torturándote. Hace unos días me increpaste el estar siempre pidiéndote fechas y nombres de gente, diciendo que en vez de fechas y nombres me centre más en el abuso y los sentimientos, que habías soñado con él y sus terroríficos silencios: “Podía estar un mes entero de mal humor, sin hablar con nadie, y no había manera de saber lo que le pasaba. En lugar de preguntarme tantas fechas, podrías subrayar el daño psicológico que tenemos todos. De madrugada, pesadilla otra vez. Sueño que somos jóvenes y tu padre no me habla y pone esa cara de mala leche que ponía. Podía estar así un mes, pero nunca te decía por qué no te hablaba. Nunca sabía yo qué es lo que le había sentado mal, si yo había dicho o hecho algo mal, nada, un muro de silencio. Eso hoy se considera maltrato también. Total que me levanto llorando porque el sueño era tan real que parecía que había ocurrido ayer. Ese hombre me ha hecho un daño, y a vosotros, incalculable”.
Lo curioso es que mis sueños contigo siempre suelen ser agradables. Y eso tiene que ver con el perdón. Anteanoche soñé contigo otra vez: Estábamos en una casa moderna. Tú estabas furioso diciendo "¡esta tía no ha dejado nada preparado para cenar!". Yo, que ya era adulto, te dije que estuvieras tranquilo, que había comida de sobra en el frigorífico y que yo te la iba a servir. Encontré un pedazo de jamón cocido, una tortilla de patata, y un pastel. Entre las sombras del sueño estaba la Nena, ayudándome a llevar los platos a la mesa. La prima Ana Marie Zulaika estaba con nosotros, hablando con Juan, que estaba sentado a su lado sobre un taburete alto. Empecé a calentar la comida, que se me quemó un poco. Sin embargo, tú ya estabas más sereno y, la prima Zulaika, con sus exquisitos modales de siempre, decía que la comida estaba bien. Luego me pidió pan y yo le traje media barra de pan disculpándome de que fuera pan de ayer, pero haciéndole saber que todavía estaba tierno. La prima, en vez de usar el cuchillo que tenía al lado, la emprendió a mordiscos con el pan, diciendo que no podía comerlo, pero siempre con la mejor educación. A continuación, le contó un sueño a Juan: "¡...fíjate, en mi sueño yo era una niña!". Ambos se miraron a los ojos en silencio, entendiendo perfectamente lo que eso significaba.
Pero yo nunca te interrogo ni te increpo nada. Solo te pido que me confirmes ciertas fechas, el modelo de un coche, el lugar donde ocurrió tal cosa, o el nombre de tal persona. Pero tú te abres y me cuentas cosas que no te he preguntado. Como lo de la carne del matadero: “Se ha muerto Doña Mercedes, la viuda de Don Juan, el veterinario. Noventa y seis años. Gracias a ella comíamos estofado de carne de cerdo los días de matadero en esos años del hambre. Me guardaba en una bolsa los trozos que le sobraban a su marido de hacer el análisis de la triquinosis. Siempre le he estado muy agradecida. En tu libro puedes poner lo de la Mercedes. La pobre me decía: Toma Natalia, para los perros, pero bien sabía ella que los perros éramos nosotros. Claro, a tu padre no le daba eso, no sea que me lo tirase a la cara”. Sí que pasábamos hambre. Ahora hago ayunos por cuestión de salud y estoy recordando el familiar dolor de estómago vacío de mi infancia. Recuerdo perfectamente los caramelos que hacía yo mismo quemando azúcar en una cuchara y dejando que se enfriase hasta que estaba sólido. Y comer pan con margarina y azúcar para matar el hambre un rato. No recuerdo cuándo te pusiste a criar conejos para darnos de comer, pero lo veo ahora, como si hubiera ocurrido ayer: tú y yo, en la cocina, el conejo colgado por las patas sobre el lavadero. Yo le sujeto las orejas y tú lo degollas. Teníamos las conejeras en la terraza del segundo piso y vendíamos las pieles a un peletero que venía de vez en cuando y nos daba cincuenta pesetas por ellas. Esos días de vender pieles, nos dabas las cincuenta pesetas y nos mandabas a la Mintxarra a por una tableta de chocolate Dolca que volaba en minutos. O nos mandabas a por chocolate de hacer de Pedro Mayo y nos preparabas una chocolatada con pan. Los salvajes de la tribu estábamos la mar de contentos contigo, por eso te animábamos a dejar al papá. Él era el único obstáculo que nos impedía ser felices.
En definitiva, tú lo pasabas fatal y continúas pasándolo mal, por eso creo que la hipótesis de Juan es incorrecta. En invierno tenías las manos cubiertas de sabañones por culpa del frío. Estuvimos una temporada con el calentador de agua roto y tenías que lavar la vajilla con agua fría y hervir agua en grandes ollas para bañarnos. Encima, te salieron unas horribles verrugas en un dedo gordo y te las tenías que quemar con una laca que apestaba, pero no paraban de crecer y las tuviste durante años. Luego, también se rompió la lavadora y no había dinero para repararla, y estuviste lavando a mano no sé cuánto tiempo. Como también tuviste que pasar bastante bochorno cada vez que descubríamos una bolsa con comida en la puerta de la casa, o cuando la tía Josefa nos regalaba una montaña de patatas en otoño, o cuando te denunciaron por robar leña. No sé quién sería el hijo de puta que te denunció, sabiendo lo mal que lo estábamos pasando. O a lo mejor no era del pueblo y no conocía nuestra situación. ¿Pero qué le hubiera costado pedirte un dinero por la leña en vez de ir directamente a la Guardia Civil? Recuerdo perfectamente que, a la vuelta de ir a dar de comer a los perros a Corella, parabas en un campo y cogías unos cuantos palos para la estufa. Pero menudo revuelo se organizó cuando te acusaron de hurto. ¡Qué vergüenza pasamos! Debiste sentirte hostigada por todos lados. Supongo que a estas alturas ya te habías dado cuenta de que los únicos que estábamos siempre a tu lado éramos nosotros, los salvajes de tu hijos. Siempre fieles. Tú dices que eran nuestras dulces caritas lo que te impedía suicidarte, pero supongo que también te dabas cuenta de que tenías cuatro importantes aliados. Y, quizá, tal y como Francis y Johnny me están ayudando a reparar mi infancia ahora, nosotros también te estábamos ayudando a reparar la tuya. Porque, si nosotros lo tuvimos crudo por culpa de un padre abusador, tú lo pasaste fatal por culpa de unos padres demasiado protectores que no te dieron hermanos ni te permitieron tener amigos. La niña que miraba tristemente por la ventana. Así te recordaban en tu pueblo años después, cuando por fin me fui a vivir a Inglaterra. Presa en tu propia casa. Vosotros jamás fuisteis padres protectores, sino todo lo contrario. Supongo que tus hijos estábamos teniendo la infancia que tú hubieras querido para ti misma, salvo el abuso y el hambre, claro.
Pero él sí te hostiga a cada oportunidad. Y lo del robo de la leña lo tiene metiéndose contigo sin parar. La ladrona de tu madre esto, la ladrona de tu madre lo otro. No para. Acabamos de cenar nuestra sopa de puré de patata y tortilla francesa y ahora estás lavando los platos. Como en otras ocasiones, él tiene a mis hermanos alrededor suyo y les obliga a insultarte. La mamá es una ladrona, es mala, es una puta. Y yo, desafiante, al lado de mi madre. Eso, hijito de mamá, pégate a las faldas de tu madre. ¡Mira cómo lava los platos: parece un caracol! ¡Babosa, limaco! Ahora, le da uno de sus ataques de ira y se lanza hacia el fregadero gritando ¡zafia, inútil, que no sabes ni lavar los platos! ¡Así se hace: aprende! El papá coge el estropajo y lava un cuchillo y un tenedor con tanta furia que se les va el baño de plata. Estoy mirando ese cuchillo desgastado con incredulidad: ¿cómo es posible que en menos de dos segundos haya desgastado tanto el cuchillo? Así se quedaron el cuchillo y el tenedor, recordándonos cada vez que los usábamos la mala leche de mi padre.
El acoso contra mi madre era constante pero, sin embargo, el embrujo del tigre seguía haciendo efecto sobre todos aquellos que le conocían, incluido yo mismo, que me había convertido en su perro faldero. Él seguía llevándome a los concursos de perros y yo siempre me presentaba voluntario incluso antes de que me lo pidiera. Y también seguía llevándome de bares hasta las tantas de la noche. El Dionisio, un amigo suyo que había pasado muchos años en Santo Domingo, había regresado al pueblo y había puesto una barra americana al lado de la sala de fiestas Saysa. Ahí también me llevaba de vez en cuando y, mientras él bebía un cubata tras otro, el Dionisio me ponía jugadas gratis en las maquinitas. Las chicas eran muy amables conmigo y me invitaban a patatas fritas y cacagüetes. Pero yo era tímido y no hablaba mucho con los mayores. Había algo en esas chicas que me parecía extraño; posiblemente que estuviesen vestidas en ropa de piscina en pleno invierno, o su excesiva amabilidad conmigo. Además, el papá siempre les decía a todos que yo era malo, y eso contribuía a mi creciente timidez. Y, si venían visitas a casa y empezaban a alabarnos, les decía que éramos muy malos. Un día, se presentó en casa, sin avisar, un antiguo amigo con su mujer. Recuerdo perfectamente su cara de perplejidad: cómo miraba las paredes sucias y llenas de pintadas, con el papel arrancado a tiras, los animales por todos lados, la caca, el desorden, la pobre Inés, vestida como una hippy; supongo que fue como si acabasen de entrar en el estudio de filmación de una de esas películas de psicópatas que asesinan a su familia y la entierran en el jardín. Estábamos en la terraza y empezaron a dedicarnos educados piropos de gente fina cuando el papá los contradijo diciendo que éramos muy malos. Los amigos de los buenos tiempos se excusaron diciendo que tenían que hacer muchos kilómetros. Fue como si el pasado hubiera chocado contra el presente. Seguramente, ese amigo había conocido la casa en sus mejores tiempos, cuando era lujosa. Ahora, desde la terraza, podía ver el huerto quemado, los conejos, perros y gatos, y los niños asilvestrados, cubiertos de mugre por haber estado jugando en el huerto. Verdaderamente, el príncipe Félix Chivite había caído muy bajo. Pero ahora me doy cuenta de que mi padre despreciaba a la gente buena, así que me pregunto si eso de decir que fuéramos malos no constituía un elogio en realidad. Aunque, cuando lo afirmaba de la mamá y de la mémé, no lo decía como piropo, desde luego.
En fin, cuestiones sin respuesta. El caso es que el tigre, de vez en cuando, hace de minino y ahora se lleva a la mamá de viaje a Francia y nos dejan a los cuatro al cuidado de las primas Mari Jose y Charito. ¡Menuda juerga nos espera! Porque la prima Mari Jose es una revolución. Algo así como el tío Patxi, pero en mujer. Ella nos enseña a sacarnos las espinillas de la nariz, a poner caras en el espejo, nos pinta los labios, y nos pone ropa vieja y sombreros que encuentra por ahí. Luego nos llevan a comprar chucherías, palmeras de chocolate, donuts y tarrinas de helado de turrón, que es mi favorito, para hacer una merendola con los dibujos de la tele. Como los papás tardan en volver de Francia, las primas suben a los gatos para jugar con ellos, pero como nosotros somos unos salvajes, nos se nos ocurre nada mejor que hacer barbaridades con los gatos y acabamos cubiertos de arañazos por los brazos y la cara. Por fin llegan los papás, que han traído muchas cosas de Francia: una revista pornográfica, un cenicero de alabastro con forma de pene, y queso azul. Como de costumbre, estamos muertos de hambre, porque el hambre es una constante que no cesa ni con chucherías ni nada. Así que nos atrevemos a probar el queso azúl con ese pan tan rico que hacían antes en el pueblo, el pan amacerado y el pan hueco. El papá me pasa un pedazo de pan untado de esa crema de color verde que huele a podrido. Noto un tufo fuerte a salfumán, y un sabor entre repugnante y delicioso. Pero el hambre es más fuerte que el asco y el queso azul no dura mucho. Se ha armado un poco de revuelo por la casa con eso de la revista y el pene de alabastro y hoy nos vamos a la cama entre risas y nuevas sensaciones. Podías haber sido siempre así, papá.
Pero no solo le gustaban los buenos quesos al papá. También nos enseñó a comer caracoles, los mismos que nosotros cogíamos en el huerto o por el campo y que pasaban varios meses purgándose en un saco antes de que la mamá los cocinara en una deliciosa salsa. A mí no me gustaban los caracoles porque era como comer gusanos con la bolsa de caca incluida. Sin embargo al Kike le encantaban. Él se relamía chupando el jugo de los caparazones; a mí me gustaba untar pan en la salsa. También nos enseñó a comer pajarillos una vez. Nos dijo que estaba prohibido cazarlos y no los íbamos a probar más. La mamá los hizo fritos, sin salsa ni nada. “Mirad, los pajarillos tienen unos huesos tan finos que parecen espinas de pescado, pero son más crujientes, ¿veis?” Decía, arrancando una pechuguita y revelando las costillitas. “Y, la cabeza, con todos los sesos, también se come de un bocado.” Como estábamos todos hipnotizados cada vez que se portaba bien con nosotros, seguimos su ejemplo y nos comimos los pajarillos con huesos y cráneo incluidos. En otra ocasión, alguien trajo un cubo lleno de cangrejos de río y la mamá los hizo en salsa de tomate. ¡Menuda delicia! Ya sé que a vosotros no os gusta comer cosas raras pero, a mí y a vuestros tíos, nos habían acostumbrado a comer mejillones, calamares y langostinos cuando caía una paella. Y a vuestro abuelo le gustaba mucho el marisco: las ostras, las cigalas, las almejas, las navajas; y le gustaba compartir esa comida con nosotros en las raras ocasiones que la traía a casa. Claro que, la Nena, de pájaros fritos, nada, y de caracoles, menos. Ella era muy exquisita para comer y, cuando algo no le gustaba, hacía una bola en la boca, se la sacaba cuando nadie la veía y la colocaba debajo del cojín de la silla. La verdad, a mí tampoco me hicieron mucha gracia los pajarillos, pero había que aprovechar esa rara ocasión de tener padre y seguir su ejemplo. Supongo que todos estábamos hambrientos de atención paterna. Como lo estábamos de mimos maternos, los cuales eran tan poco frecuentes como un eclipse solar. Por eso me gustaba ponerme enfermo. Entonces el papá me ponía su mano en la frente para ver si había fiebre. La mamá me preparaba un rico ponche de huevo, leche, azúcar y cognac. Se sentaba un rato a mi lado en la cama y me decía que el ponche me iba a hacer dormir. A veces, el papá hacía sus chistes de mal gusto: “Pues si no te recuperas pronto, tendremos que llamar al practicante para que te ponga unas inyecciones”. ¡Y esas sí que dolían! Recuerdo claramente al médico hirviendo la jeringuilla con alcohol. A continuación, le acoplaba una aguja enorme y la llenaba de medicina. Luego te decía: mira para la pared, y sentías la fría caricia del alcohol seguida de un banderillazo mortal.
Estar enfermo es aburrido, pero al menos me libro de ir a la escuela un par de días. Ya llevo dos meses de escuela, esta vez ya no en el antiguo convento de Capuchinos, sino en el gallinero de las monjas encerradas, donde han habilitado unas aulas porque en el colegio de Otero Navascués no hay espacio para todos. Este año no cantamos tanto las tablas de multiplicar como en años anteriores, sino que hemos empezado a resolver problemas. Seguimos con los dictados, y copiando un montón de veces las faltas de ortografía. A mí, lo único que me gusta es hacer artesanías; las demás asignaturas no me interesan nada. Los libros de texto, que con tanto cuidado forramos en septiembre, me dan repelús. A veces, cuando los abro, siento una repulsa visceral hacia ellos. Ya ha pasado Todos Santos, con sus ánimas y su frío. Lo único bueno que tiene noviembre es el cumpleaños de la Nena, que ya tiene cuatro años y cada día está más graciosa y ocurrente. Tiene un mal genio muy chistoso y me encanta hacerle rabiar tal y como nos hacen rabiar nuestros tíos: con cariño. Una sorpresa agradable que ha traído este oscuro noviembre, es que el señor de los sellos y de los duros se ha muerto y nos han dado dos días de fiesta en la escuela. Puse la televisión esa primera mañana de luto y solo ponían música militar. ¿Qué ha pasado, mamá? Se ha muerto Franco. Yo me quedo igual de ignorante que antes. ¿Quién será ese? Hace tanto frío que nos han comprado unos pasamontañas, y es que a veces sopla un viento del Moncayo que te corta la cara como una navaja de afeitar. En esos días, no salimos tanto al huerto y pasamos el rato haciendo diabluras por la casa. En la antigua habitación de las tías, hay unos cables de luz pelados y nos gusta agarrarlos porque te dan una agradable descarga eléctrica. Cuando nos aburrimos de los calambres, subimos al desván por las escaleras de la despensa. A eso nos enseñó la mamá, porque a veces no baja agua del depósito y hay que subir a ver qué pasa. En frente del enorme depósito, a nivel de suelo, se extiende un tragaluz que ilumina el hueco de las escaleras como un gran tablero de ajedrez de cristal. Detrás, hay un cuarto donde antes secaban tila, pasas y almendras. Para acceder a ese cuarto, hay que caminar por una pasarela donde solo cabe un pie, y da miedo, porque, si te caes sobre el tragaluz, eres hombre muerto. “Que nadie le diga a la mamá que hemos subido aquí”, ordeno a mis hermanos por si acaso. Aquí nos sorprende el sosiego de la cal. Debajo del único ventanuco hay un banco de ladrillo para sentarse. Unos ramos secos. Nada más. Si tuviera cincuenta años, utilizaría este cuarto para meditar, o para rezar, pero solo tengo ocho, así que no le veo el potencial. Cuando nos cansamos del minimalismo del desván, bajamos a la bodega. Nos ha costado mucho animarnos a explorar la bodega. No sé cuántos años hemos estado queriendo bajar, pero no nos atrevíamos a penetrar la oscuridad, el polvo y el moho. Ahora que somos mayores, bajamos con una linterna pero con los pelos de punta. Claro, que el Kike y la Nena no se atreven y se quedan esperando en lo alto de las escaleras. Abajo, a la derecha, hay un cuarto con grandes estanterías para botellas apenas iluminado por un ventanuco bloqueado por la basura. El Juan y yo lo dejamos de lado y continuamos de frente hacia esa oscuridad sólida de pizarra. Pero la estancia es tan vasta, que la luz de las linternas se disipa y nos quedamos prácticamente a oscuras apenas vislumbrando unas enormes pipas de vino al fondo. El Juan y yo corremos escaleras arriba, como dos dementes perseguidos por ánimas malignas. “¡Qué miedo! ¡Es increíble!” Informamos a nuestros hermanos, que nos esperan con sus ojos muy abiertos, como quienes ven a dos condenados salir vivos del mismísimo Hades.
—¿Qué hay ahí?—Pregunta la Nena.
—¡Es enorme! No hay nada, solo telarañas, y unas pipas gigantescas. —Le respondo.
—Tenemos que encontrar la ventana y abrirla para ver mejor. —Indica el Juan.
—¿Cómo va a tener ventanas una bodega? —Le corto en tono burlón.
—Pues yo he visto una…
—Eso era un ventanuco y no alumbra nada.
—Yo me voy arriba. —Anuncia la Nena. Y esa interrupción nos libra de seguir discutiendo como idiotas: ¡Era una ventana, imbécil! Tontolaba, anormal, gilipollas, te la vas a cargar. A mí no me llamas eso… Y luego, a las manos. Siempre la misma historia con el Juan. Nos reunimos en el cuarto del norte a jugar al Cluedo. Estamos absorbidos por la magia del tablero, los personajes tan entrañables: el señor Pizarro, el doctor Mandarino, la señorita Amapola. Las armas homicidas, la soga, el cuchillo…
—Ha sido la Profesora Rubio, con la llave inglesa, en el comedor, —declaro triunfal.
—¡Has hecho trampa! —me acusa el Juan. Aunque no he hecho ninguna trampa, algo de razón tiene, porque, siendo el mayor, tengo una ventaja estratégica. Pero solo tengo ocho años, y no me doy cuenta de la inequidad de la partida. El caso es que el Juan lleva toda la mañana picándome y ya estoy hasta las narices. Con lo agusto que estabamos jugando, tiene que joderlo todo siempre y, en vez de ignorarlo o intentar hacer las paces con él como haría un adulto civilizado, lo mando a la mierda de un empujón. Pero él está preso de una ira feroz y se lanza a mi cuello. Yo también le cojo del cuello. No puedo respirar. Ahora me suelta el cuello y me araña la cara. Me tira del pelo con tanta fuerza que me saca varios mechones. Lo suelto para coger distancia y soltarle una patada en los cojones, pero se me adelanta y me la da él a mí.
—¡Hijo puta, maricón! ¡Te vas a enterar!
—¡El niño favorito, el que siempre tiene razón! ¡Tramposo! ¡A por él, ayudarme! —ordena al Kike y a la Nena. Y esto es algo que recuerdo como si fuera ayer, y que nunca comprenderé, pero los dos pequeños obedecen al Juan y se abalanzan contra mí. Ahora estoy casi inmovilizado y, si no hago algo, me van a moler a palos. Sinceramente, no quiero pegar a mis hermanos pequeños, y menos aún a la Nena, pero es cuestión de vida o muerte. Antes de que el Juan me muela a golpes, les suelto unos puñetazos a los pequeños, quienes se asustan rápido y salen corriendo. Ahora, a darle una lección a ese cabronazo.
Y siempre así contigo, Juan. ¿Te acuerdas? Tan solo estábamos imitando lo que veíamos en casa. ¡Qué mal lo estarías pasando para tener tanta rabia dentro! Luego se nos pasaba y éramos tan amigos. Esta noche he soñado contigo porque, desde que estoy escribiendo este libro, no hago más que soñar contigo y con el papá. Me decías que tenías miedo de ella, que la mirabas a los ojos y sentías terror. Yo te respondí que a mí me pasaba lo mismo, que ella tenía muy mal genio, que tenía esa mirada de loca que tiene el papá cuando se enfada. Sin embargo, estábamos hablando de personas distintas. ¿Te acuerdas, Juan, de nuestras charlas nocturnas antes de enfrascarnos en un libro? Entonces soñábamos juntos. Nos íbamos de casa y éramos libres. O nos compraban bicicletas, o escopetas para cazar pájaros.
—Yo quiero que me regalen una escopeta de perdigones para cazar pajarillos, —le digo.
—Pues podríamos hacer un tirachinas…
—Ah, sí. Mañana. Nos hace falta una goma grande.
—En la cochera hay neumáticos viejos. —(Nosotros los llamábamos neumáticos, pero nos referíamos al tubo y no a la llanta).
—Si matamos unos pajarillos, se los podemos dar a la mamá para que los cocine.
Luego, yo me ponía a rezar y tú te burlabas de mí. Eso no iba contigo.
—Pues irás al infierno.
—¡Y a mí qué me importa!
—¡Niños, a callar!
—¿Ves lo que haces? —le increpo por subir la voz.
—Eres tú el que está gritando, —responde Juan.
—Voy a leer, ahí te quedas.
Me escondo debajo de las mantas, enciendo mi linternita y me sumerjo en el mundo de Los Cinco. Pero mi pensamiento se desvía hacia una chica de mi clase. La Águeda. Nos han puesto de compañeros de clase y no paro de pensar en ella todo el día. Estoy tan prendado de mi compañera que, sin darme cuenta, hablo constantemente de ella en casa, incluso a la hora de comer, hasta que un ladrido ensordecedor me hace callar. Se me había olvidado que no puedo compartir nada con mi padre. Siento tristeza y frustración porque tan solo soy un niño de ocho años y ella nunca será mía. ¿Qué se hace con una chica? ¿Se le da un beso? Y si le pido que sea mi novia y acepta, ¿qué vamos a hacer? Además, ella tiene peña y, cuando estás en una peña, solo puedes tener amigos de la peña. En el pueblo, todo son relaciones de pertenencia. ¿De quién eres? ¿Tienes peña? ¿De qué peña eres? Los que no tenemos peña somos unos parias. Y ella nunca saldría con un paria. Ahora soy mayor y me caso con la Águeda. Nos vamos juntos lejos del pueblo y siento una emoción que lanza escalofríos por mi espalda. Pero, de repente, se oye crujir a la casa. ¿Has oído eso, Juan? Pero el Juan ya está seco. La casa sigue espiándonos, y el fantasma del armario se despierta. Eres un ataúd. Estamos todos muertos, como las ánimas que vienen a quedarse con nosotros cada dos de noviembre. Ahora tengo miedo. Me acurruco debajo de las mantas y sigo soñando con ser mayor. Con irme lejos.
Lejos. Madrid está lejos. Como todos los años, el Juan y yo nos vamos a Madrid de vacaciones. Las primeras del año, porque mi año comienza en septiembre. Pero Madrid es un mundo de chocolate y amor y, como ya he mencionado antes, mis recuerdos de Madrid están relacionados más con los sentimientos y la protección que con eventos puntuales. De alguna manera, es como si la felicidad no hiciera tanta mella física en la memoria como el dolor. A lo mejor no hay memoria en un mundo perfecto. O quizá sea el entorno. En Cintruénigo hay más gente a nuestro alrededor, más aventuras, más experiencias. No sé. El caso es que nuestras vacaciones este año van a ser igual de buenas que cualquier otro año. Si algo nos dan nuestros abuelos, es una total garantía de que vamos a estar agusto y tranquilos con ellos. Y bien cebados. Quizá el hambre ayude a grabar eventos en la memoria, porque recuerdo muchísimo de aquellos años del hambre en el pueblo. Tengo cientos de recuerdos y anécdotas del pueblo clasificados por años para ir elaborando esta historia. Sin embargo, Madrid es un espacio espiritual, sin marcas específicas. Como ya he mencionado antes, quizá Madrid fuera un sueño, o un descanso en el paraíso. Como lo es Norwich, donde estamos viviendo ahora. Hay tanto amor aquí, que me siento como Alí Babá en su cueva de oro y diamantes, solo que en vez de oro y diamantes, os tengo a vosotros y a vuestra madre. Subo la escalera hacia el segundo piso y me siento como un rey  que subiera una escalinata de su castillo. Extraños sentimientos. Cuando seáis mayores, recordaréis que pasasteis vuestra infancia en un palacio de amor y paz. Pero me temo que no recordéis gran cosa de vuestra infancia, porque aquí nunca pasa nada. Y eso podría haceros vulnerables al abuso. A veces sospecho que vuestra abuela era adicta al drama en que se había convertido su vida. La hija única protegida que no podía tener amigas ni salir de casa había convertido su vida en un gran drama donde no había tregua. Porque la mediocridad anterior era mucho peor. La nada. La muerte. Espero que vosotros no caigáis en la necesidad de buscar dramas que sacien vuestras ganas de vivir. Espero que vosotros podáis encontrar la felicidad que yo he logrado. He sido feliz desde que me fui de casa. Desde que decidí ser responsable de mis propias decisiones. Y la decisión más importante que he tomado en mi vida es la de ser feliz. Ahora estoy en mi palacio y, lo que hace que me sienta como un rey es vuestro apoyo y el de vuestra madre, y eso es algo que mis padres no tuvieron, por lo que siempre debieron sentirse como mendigos.
Pero, volviendo a Madrid, la yaya vieja va a ir a misa y yo le pido que me lleve con ella. Nos vamos a la parroquia más cercana, la Iglesia Espíritu Santo y Nuestra Señora de la Araucana, aunque creo recordar que, en casa, nos referimos a esta iglesia como “las Araucanas”. Me encanta pasear con la yaya vieja y me pregunto cómo me sentiré cuando se muera, porque es muy mayor. Me temo que el trauma sea peor que el que pasé cuando murió su hermana, la tía Modes. No quiero que llegue ese momento, pero sé que es inevitable. En un momento de la misa, la yaya vieja me pide que la espere sentado y se va. Como me siento un poco incómodo, decido ir tras ella. Estoy pegado a ella en una cola de gente cuando, de repente, me veo frente al cura, que deposita una hostia en mi boca. Regreso al banco detrás de la yaya vieja, que se pone a rezar de rodillas. Pero se da cuenta de que venía detrás de ella y me pregunta si he comulgado y le digo que sí. ¡Dios mío! ¡No es posible! ¡Eso es pecado mortal! La yaya vieja me saca de la iglesia apresuradamente y regresamos a casa.
¡Ha comulgado! ¡Ha comulgado sin haber hecho la primera comunión! ¡Ha recibido el Cuerpo de Cristo en pecado! ¡Pecado mortal, pecado mortal! ¿Qué vamos a hacer? La yaya vieja dice que hay que adelantar mi primera comunión, que tengo que confesarme porque estoy en peligro mortal y, la verdad, estoy tan avergonzado como atemorizado. La pobre yaya vieja está mortificada y se encierra en su habitación. La yaya joven me dice que no me preocupe, que va a hablar con ella. Al final, llaman por teléfono a la parroquia para explicar lo que ha ocurrido y, gracias a Dios, no tengo que adelantar mi primera comunión. La yaya joven me explica amorosamente que no debo hacer eso de nuevo. Me lleva a su oratorio y, delante de la Virgen María, me pide que me arrepienta por mis pecados y rece tres avemarías con ella. De todas formas, no estoy contento, porque, por mi culpa, la yaya vieja tiene demasiada congoja y no va a jugar a las cartas ni a cenar con nosotros, por no hacerle caso cuando me dijo que me quedara sentado en la iglesia. Ojalá mañana salga de su habitación y pueda pedirle perdón.
Como si no hubiéramos causado bastantes problemas a mis abuelos, ahora Juan vuelve a la carga y, como siempre, empieza a chivarse del papá. El papá le pega a la mamá. El papá nos hace llorar. El papá es muy malo. Lo cual va seguido por la sempiterna respuesta de la yaya: vuestro padre es un hombre bueno. Como si no le hubiera dado bastantes vueltas ya a este asunto, de nuevo me veo obligado a indagar más y encuentro otra posible respuesta a este enigma en la Biblia. En Mateo 5:21‭-‬22, Jesús dice: Habéis oído que se dijo a los antepasados: ‘No mates, y todo el que mate quedará sujeto al juicio del tribunal’. Pero yo os digo que todo el que se enoje con su hermano quedará sujeto al juicio del tribunal. Es más, cualquiera que insulte a su hermano quedará sujeto al juicio del Consejo.Y cualquiera que lo maldiga quedará sujeto al fuego del infierno. Más claro, agua. Eso es lo que pensaba nuestra abuela cada vez que le venía a la cabeza un mal pensamiento sobre otra persona, incluida cualquier calumnia que pudiera escuchar sobre otra persona. Así de sencillo. Pero yo no conocía bien las Escrituras con tan solo ocho años, por lo que las palabras de mi abuela me dejaban perplejo. Más malo que mi padre, desgraciadamente, no conocía a nadie. Y ya es triste reconocer esto. Sin embargo, Jesús nos recuerda de nuevo en Mateo 7:1‭-‬5: “No juzguéis a nadie, para que nadie os juzgue a vosotros. Porque así como juzguéis se os juzgará, y con la medida que midáis a otros se os medirá. ¿Por qué te fijas en la astilla que tiene tu hermano en el ojo, y no le das importancia a la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: ‘Déjame sacarte la astilla del ojo’, cuando tienes una viga en el tuyo? ¡Hipócrita!, saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás con claridad para sacar la astilla del ojo de tu hermano”. Y estas palabras tienen más importancia de lo que uno piensa. En este mensaje he encontrado no solo la clave para entender el pensamiento de mi abuela, sino también para vivir una vida libre y ecuánime. Pero es una pena que la Biblia se exprese en metáforas, parábolas y preceptos inescrutables, porque me ha costado años desentrañar esos mensajes. ¿Por qué hay que respetar tanto al prójimo? ¿Qué significa eso de que se nos juzgará según hemos juzgado a otros? Y, lo que es más  relevante en esta historia: ¿cómo interpretaba mi abuela estos versículos del Evangelio que, sin duda, obedecía al pie de la letra? Para una cristiana como ella, todo ser humano es una creación de Dios y, como tales, todos merecemos el máximo respeto. El que maldice a otros, maldice la creación de Dios. Y, peor aún, se maldice a sí mismo. Por otra parte, es obvio que, al juzgar a otros, estamos estableciendo parámetros de juicio que nosotros consideramos aceptables y, si son aceptables para juzgar a otros, serán también aptos para que otros los utilicen para pasar juicio sobre nosotros. Es más, cuando juzgamos la naturaleza humana, estamos juzgando algo que no comprendemos para nada. Y, más importante todavía, si juzgamos a los demás, nos estamos inmiscuyendo en una tarea que solo le corresponde a Dios, usurpando de esa manera su poder. Pero es que mi padre no solo era una creación de Dios, también era una creación de su madre. Y por eso los cristianos le damos tanta importancia a la Virgen María, porque la creación máxima de Dios, el ser humano, tiene que ser engendrado siempre por una mujer, igual que Cristo lo fue. A través de María, elevamos a la mujer por encima de cualquier otra criatura creada y la ponemos más cerca de Dios que cualquier otra cosa creada. Y mi abuela iba a proteger a esa criatura divina de sus entrañas de cualquier calumnia. Al mismo tiempo, como ya he mencionado en capítulos anteriores, Cristo estaba sufriendo eternamente por el perdón de nuestros pecados. El cristiano se salva por ese sacrificio, y no por obras. Ese sacrificio limpiaba a mi padre de todo pecado. Mi abuela comprendía todo esto y yo, no. Supongo que podría pasar meses y años dándole vueltas a esta cuestión de cómo podía decir mi abuela que mi padre era un hombre bueno. Recuerdo perfectamente el sentimiento de perplejidad que me invadía cada vez que lo escuchaba. Quizá en vez de intentar analizar las razones teológicas que pudiera tener mi abuela, debiera poner más atención a su ejemplo. Porque un verdadero cristiano predica con su propio ejemplo, y mi abuela era la primera en hacer eso. No solo mi abuela, mi bisabuela, mis tías y tantas otras buenas personas que tenía a mi alrededor jamás me juzgaron y, ahora que lo pienso, ni siquiera mi propio padre jamás me juzgó, ni mi madre. Como veréis más adelante, en mi adolescencia caí en los más bajos delitos y ni siquiera entonces nadie me juzgó. Quizá eso sea el paraíso, un lugar donde puedes equivocarte sin que nadie te juzgue, donde tienes la oportunidad y el espacio para darte cuenta de tus propios errores y corregirlos por ti mismo, guiado por el buen ejemplo y no por los juicios. Sin duda, la libertad es el don más grande que tenemos después de la vida. A mi padre se le dio ese espacio de libertad y todas las oportunidades de convertirse en un buen hombre. Y esto completa el círculo y nos lleva al principio de este relato donde dije que mi padre se merecía tener segundas oportunidades ya que a todos nos gusta tenerlas y darlas. Y quizá mi padre llegase a ser un hombre bueno. Al menos en su funeral todos decían eso. Y vosotros también lo habéis conocido como hombre bueno. Incluso yo mismo, lo he conocido como un hombre bueno. Quizá mi padre era bueno con los que le daban la oportunidad de serlo. Pero esta hipótesis deja a mi madre en muy mal lugar. Por otra parte, mi padre hizo sufrir mucho a su propia madre, quien le dio todas las oportunidades de ser bueno, así que debemos descartar semejante conjetura, por muy plausible que parezca.
¿Qué nos hace buenos? ¿Qué nos hace humanos? Hace seis años pasé un año trabajando en una residencia para personas con diversos tipos de demencia avanzada. Mientras que todos los aspectos de mi trabajo con estas personas eran interesantes y hacían que me sintiese realizado, había una cuestión que me fascinaba: ¿Qué nos hace humanos? Porque, obviamente, las personas con las que trabajaba habían perdido muchos aspectos de su humanidad. ¿Qué nos hace humanos? ¿Acaso sea nuestra capacidad para pensar de manera lógica, de comprender información, recordarla, y actuar o emitir juicio de acuerdo a esa información? ¿O será nuestra capacidad para utilizar la ciencia, la tecnología y las humanidades para crear sociedades donde poder vivir de forma civilizada? ¿O quizá nuestra conexión con Dios? Sea lo que fuere, mis pacientes habían perdido todo eso y, sin embargo, eran más humanos que cualquier humano. ¿O será la búsqueda de la felicidad? ¿O la capacidad de amar? No, eso tampoco nos hace humanos. Todo eso ya lo habían perdido, pero seguían siendo humanos. Al final, llegué a la conclusión de que lo que nos hace humanos es extrínseco a la persona. Lo que nos hace humanos es la manera en que nos tratamos los unos a los otros. La manera absolutamente humana y compasiva de tratar a esas personas como seres iguales a nosotros y merecedores de ese tratamiento era lo que protegía su humanidad. Y también mi abuela comprendía esto. Y cuando mi abuela decía que mi padre era un hombre bueno, quería decir que merecía ser tratado como un ser humano incluso cuando él mismo nos trataba como a perros. Debía ser tratado con compasión, porque estaba sufriendo mucho. Y no debía ser juzgado o calumniado. ¿Acaso no queremos todas estas cosas para nosotros mismos? Supongo que ahora comprendo a mi abuela; y supongo que tenía razón: mi padre era un hombre bueno. Nosotros podíamos darle eso. De la misma manera que damos humanidad a los que aparentemente la han perdido, podemos dar bondad a los que supuestamente no la tienen. Así como humanizamos a perros y gatos, dándoles su comida favorita, su ropa, sus derechos ante la ley, su seguro médico y su funeral, también, en un futuro no lejano, humanicemos a los robots y lleguemos a amarlos. Quizá Dios nos haya dado la facultad de darle el último toque a su creación. Quizá seamos nosotros mismos los que nos hacemos humanos a través de la empatía, la compasión, el amor. “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”, esa es la clave.
Pero todo esto es muy difícil. Me pregunto si mi análisis sería distinto de haber sufrido abusos sexuales. O si Juan hubiera muerto de un mal golpe delante de mis narices. O si mi padre nos hubiera dejado huérfanos. Supongo que el análisis final sería el mismo. Si muchos judíos que sufrieron en los campos de concentración, perdiendo incluso a familias enteras, han perdonado a sus asesinos, supongo que yo también lo hubiera perdonado. Perdonar y ver la bondad en los demás es la única manera de avanzar en la vida y no quedarse enfangado en el odio y el rencor. Quizá mi abuela no podía explicar todo lo anterior a unos niños de siete y ocho años y por eso lo resumía en esa frase incongruente para nosotros: vuestro padre es un hombre bueno. Parece mentira que me haya costado cuarenta y cinco años entenderlo y, de hecho, el vehículo que me ha llevado a la solución del enigma es este libro.
Sin embargo, adentrarse en un misterio de fe significa descubrir nuevos misterios. ¿Por qué hay que sufrir tanto? Cristo vive fuera del tiempo, por lo que su tortura en la cruz es eterna. Dios encarnado sufre por y con nosotros contemporáneamente; nos enseña a aceptar nuestro dolor tal y como él lo acepta. Pero, ¿por qué? Si Dios es tan poderoso, ¿por qué no nos libera del dolor? Y la respuesta, ya la sabéis (ya que de esto hemos hablado muchas veces), pero lo dejaré escrito aquí para que nunca se os olvide: El sufrimiento del ser humano es el precio que pagamos por nuestra libertad. Si todas nuestras decisiones condujeran a un mismo resultado positivo, no tendrían valor. No importaría qué opción escoger: todas serían igualmente válidas. En definitiva, no seríamos libres. Sólo si hay opciones con consecuencias negativas somos libres. Somos libres para escoger lo que nos hace daño e incluso para negar a Dios. Hace años, en Nagasaki, estaba hablando de esto con el padre Acaso y me dijo cariñosamente: "Félix, el ser humano no es perfecto. Dios ha creado seres perfectos, sí: ¡los animales!". Pero nosotros no somos animales. Somos libres y esa libertad pesa mucho. Incluso somos libres para quitarnos la vida propia, pero pocos optan por esa salida. La mayoría de nosotros aceptamos el desafío de la libertad y, al aceptarlo, aceptamos la condición tácita: el dolor. Pero, ¿qué hay del dolor no merecido? El dolor de un niño maltratado, el dolor de unos padres que pierden a sus hijos en un accidente, el dolor de un virus que va matando lentamente a la población. Ese dolor no tiene nada que ver con nuestras decisiones libres; sin embargo, este tipo de dolor también está ligado a la libertad. La vida no tiene garantías. La aceptamos o no, con su dolor y todo. Y la mayoría de nosotros no rechazamos la vida. No sólo la aceptamos, nos agarramos a ella con uñas y dientes. Amamos la vida con todo su dolor. Nadie quiere morir. Sin el dolor no merecido, la vida no tendría sentido. El dolor no merecido, el que no tiene nada que ver con nuestras decisiones, nos pone ante una disyuntiva permanente: aceptar o rechazar la vida. Y, la mayoría de nosotros, nos aferramos a ella. Libremente. Sin embargo, Dios, en lugar de darnos explicaciones, se hizo hombre y sufre  con nosotros por siempre. Ese es el amor y la solidaridad del creador. Eso es predicar con el ejemplo y no con las palabras. Pero a mí me hubiera gustado tener una explicación cuando era pequeño, por eso os hablo de la libertad, y del sacrificio de Jesús, aunque sólo tenéis ocho y once años. Y creo que lo comprendéis. Vosotros tenéis el tesoro de la Fe. El mundo, como os he advertido, intentará robaros ese tesoro. Os dirán que Dios no existe, que sois unos supersticiosos. Pero la elección es vuestra. ¿Qué escogeréis: un mundo creado por un Dios amoroso donde hay esperanza y vida eterna; o un mundo ateo, donde os espera un punto final sin compasión? Ya os he dicho que esta elección se hace con el corazón, porque el corazón sabe más que la cabeza; y espero, que incluso en los momentos más difíciles, siempre podáis escoger a Dios. Os dirán que la religión es el opio del pueblo, pero eso lo afirman los que quieren convertir al ser humano en una pieza de una cadena de producción. Intentarán quitaros a Dios para que no tengáis esperanza, ni salvación, ni vida eterna, ni nada que transmitir a vuestros hijos. Para que lleguéis a lo más bajo y podáis ser fácilmente dominados. Porque solo vuestra fe os hará libres. Que no se os olvide.
Pero quizá todavía os estéis preguntando por qué Dios no pudo crearnos perfectos y felices desde el principio, sin complicaciones, sin libertades caras, sin dolor. Creo que nadie tiene una respuesta a esta incógnita; al menos, yo no la he leído o escuchado nunca. Pero puedo deciros lo que yo intuyo. Intuyo que Dios esté experimentando tres cosas principales que un espíritu eterno como el suyo solo puede sentir a través de nosotros: el tiempo, la materialidad, y la libertad. Intuyo que Dios y su creación somos la cara y cruz de una misma moneda. Intuyo que Dios nos necesita tanto a nosotros como nosotros a Él. En la libertad de negar a Dios, está encerrada la Nada. En la libertad de abrazar a Dios, se encuentran la perfección creativa y la vida eterna.
El amor y la teología terminan el Día de Reyes. Vuelta al pueblo cargados de juguetes para nosotros y para nuestros hermanos, a la depresión de todos los años, y a la fría acogida de nuestros padres y hermanos. Vuelta a pelear con el Juan por cualquier pequeñez. Ahora a preocuparnos de que el Kike y la Nena, que todavía son pequeños y no tienen cuidado con las cosas, no lo rompan todo y no pierdan las fichas y las cartas de los juegos. Aunque el peor es el Kike y por eso le llamamos “el rompelotodo”. A él le encanta arrancar el papel pintado, pintarrajear paredes y muebles, y desarmar todos nuestros juguetes hasta que no sirven para nada. Él siempre anda por ahí, con la cara sucia, buscando algo que romper. Ahora estamos en la fría y oscura cocina. Le estoy enseñando a la mamá una magnífica escopeta con revólver que dispara esos cartuchos de pólvora que se compran en las tiendas de chucherías. Aparece el Kike y me pide que se la enseñe. Yo le paso la escopeta y, en un parpadear de ojos, se desintegra en sus manos. Recojo los pedazos y los miro con la mayor incredulidad, porque es increíble el poder del Kike para destrozar todo lo que toca. ¡Mi juguete favorito, destrozado en menos de un segundo! Y, por si fuera poco, se han terminado las vacaciones y hay que volver al gallinero. Tonto de mí, se me ocurre llevar a clase una garra de monstruo que he traído de Madrid, con uñas largas y sangre pintada, que fascina a toda la clase y se arma un gran revuelo en el aula. Se escucha venir a la profesora y uno de los machos alfa, creo que el Javier Pazos, me quita la garra y dice que la va a poner debajo del cojín de la profesora para darle un susto. Estamos todos en silencio, esperando que la profesora encuentre la garra y se dé un susto de muerte. Pero no se asusta. Pregunta de quién es la garra y, como siempre, hay mil dedos acusadores: ¡Es del Félix, el Félix ha sido! Pensaba que me iba a confiscar la garra, pero me dice que no vuelva a traerla a clase. Vuelta a pasar hambre en el recreo. Bueno, no siempre, porque ahora le estoy robando un montón de dinero al papá todas las noches y me compro mis galletas favoritas en una tienda que hay de camino a la escuela. Aún así, los bocadillos de mis compañeros me llenan de envidia y recelo: ¿por qué mi madre nunca me pone un bocadillo en la cartera? Estoy paseando por el patio solo, como siempre. A veces juego a las canicas porque es el único juego abierto a todos, pero hoy no he traído canicas. Las chicas siguen saltando a la comba, como todos los años, como si fueran gimnastas profesionales. Me quedo un rato mirando y no comprendo cómo pueden desafiar a la gravedad de esa manera. Los machos alfa están jugando al fútbol así como si fuera un partido de primera división. El Óscar Padilla, mi enemigo número uno, siempre hace de portero y, a veces, viene vestido con un uniforme del Barcelona. El Javier Pazos, su primo, el Ángel Casado, y el Javier Blanco son siempre los delanteros. El Ángel Casado es el capitán y suele hacer los equipos. A mí nunca me eligen para jugar aunque me ponga en el montón. Tú de reserva, me dicen. Pero ya sé lo que eso significa. Los machos alfa juegan como expertos, saben correr con el balón, regatear, chutar fuerte y tienen hambre de gol. Lo único que no se les da bien es pasar el balón. ¡Aquí, aquí, estoy solo, pasa, pasa! Pero nadie pasa el balón, porque los goles son una carrera individual, un regateo individual, y un chute individual. El ego del macho alfa es incompatible con el trabajo en equipo. Ahora ando un poco despistado y me meto en la cancha de fútbol sin darme cuenta. De repente, me encuentro de frente con el Javier Pazos que dispara con todas sus fuerzas y recibo un balonazo en la tripa que me deja tonto. Pero soy hombre y no puedo mostrar el dolor. Estoy bien, no pasa nada. Se termina el colegio, pero no voy directamente a casa. Siempre me distraigo por ahí, o acompaño a algún compañero a su casa. Porque ya he hecho algunos amigos. El Santi, el Ramón, el Jesusín y el José Manuel. Un día me invitó a merendar a su casa el Ramón. Su madre, muy cariñosa, abrió un armario repleto de delicias y me preguntó de qué quería mi bocadillo. ¿Salchichón, chorizo, queso, nocilla...? Y yo mirando y preguntándome al mismo tiempo cómo podíamos ser tan desafortunados en casa, con nuestros armarios vacíos. De nocilla. Pero hoy le estoy acompañando al Quique a casa y, por el camino veo a la Juana, una chica muy alta que estaba saltando a la comba antes y que siempre camina con su hermana mayor. No sé qué le digo que agarra la tía y me cruza la cara de un tortazo. Cosas de niños.
El tiempo es frío, la ropa escasa. A veces, sale sol y me caliento al lado de un muro en el patio. Otras veces nieva un poco y llego a casa empapado de barro de jugar con la nieve. Pero la gran novedad este año es que tenemos catequesis para la primera comunión. La catequesis es en la iglesia y la da don Javier, un cura joven y simpático, ayudado por jóvenes catequistas. A partir de ahora, tengo que ir a misa infantil todos los domingos. Pero los chicos del pueblo somos un poco salvajes y aprovechamos cualquier oportunidad para hacer travesuras y, cuando estamos solos antes de que venga la catequista, hacemos chistes verdes de Jaimito y cantamos canciones irrespetuosas. La cabra, la cabra, la puta de la cabra, la madre que la parió; yo tenía una cabra que se llamaba Asunción. Ahora Jaimito está haciendo caca subido a un árbol y unas monjas que pasan por ahí se quedan mirando y preguntan: ¿Serán naranjas o serán limones? Jaimito responde cantando: Ni son naranjas, ni son limones, que son la punta de mis cojones. No sé de dónde viene la costumbre de cagarse en Dios y en todos los Santos, la Iglesia, la Madre del Cordero, y de adoptar una actitud irreverente ante lo sagrado. Quizá tenga que ver con tradiciones antiguas, anteriores incluso al cristianismo, ya que el Antiguo Testamento ya prohibía la blasfemia desde hace miles de años. Para nosotros, los críos, es una manera de hacernos los mayores, así que tenemos la lengua más sucia que el vertedero de basura del pueblo, porque todos queremos ser mayores, duros y fuertes. Aunque las chicas no se quedan cortas, porque ellas tampoco tienen la lengua de plata. Al fin y al cabo, ese lenguaje vulgar es una forma de agresión, y los hombres duros como nosotros, andamos por ahí lanzando los peores juramentos y, si alguien se mete con nosotros, pronto pasamos de las palabras a los golpes. Como ya he mencionado, mi peor enemigo es el Óscar Villanueva desde que me prohibió entrar a la peña de machos alfa en el primer día de párvulos. Con él ya me he enganchado varias veces, pero siempre nos separan antes de que lleguemos a los golpes. Un día, se metió conmigo un niño mayor en la escalinata del colegio y le solté un golpe. Se quedó ahí, pasmado, mudo, con una mirada de incredulidad. En otra ocasión, el Jesusín y yo, aunque éramos amigos, tuvimos una típica confrontación infantil: ...como me llames eso, te la cargas. El que se la va a cargar eres tú. Ahora le empujo y él a mí. Pero nos separan antes de que lleguemos a las manos. Sin embargo el Jesusín es astuto y tiene a los machos alfa en su puño y, a la salida del colegio me tiende una emboscada con el Javier Blanco, que es más fuerte que yo. Y ahora, ¿qué? Veo al Jesusín relamiéndose con su victoria. Retira lo que has dicho, o ya sabes lo que va a pasar. No me da la gana. Pues ya sabes lo que te espera. Sin embargo,  creo que le caigo bien al Javier Blanco. Me mira a los ojos y, con suma magnanimidad, dice: anda vete.
Pero no todo era sórdido en la catequesis. Don Javier, el párroco, nos llevaba de excursión con los catequistas de vez en cuando. Un día nos fuimos andando a Fitero por el camino del río Alhama. Ese día, la mamá me hizo mi bocadillo favorito de queso con pan amacerado para llevar. Había algo especial en esas excursiones de la catequesis. No sé. Las canciones, la novedad. Muchos de mis compañeros de clase se iban juntos a campamentos de verano todos los años y yo no. En estas excursiones, tenía la oportunidad de salir con ellos al campo, de comer un bocadillo juntos y, en la excursión de Fitero, como hizo calor, nos bañamos todos en el río. Don Javier nos dejó meternos en calzoncillos y hasta las chicas se animaron a nadar. Al menos, gracias a la catequesis, tengo un único buen recuerdo de mi vida escolar.
El embrutecimiento, entonces, no era solo cosa de la violencia doméstica que nosotros sufríamos: tenía componentes culturales también. Como me advirtió el padre Acaso cuando yo ya tenía treinta años: “Has sufrido un proceso de embrutecimiento, Félix, y ni siquiera te das cuenta. Lo que es normal para ti, para mí es grotesco e insoportable”. Es curioso que en la corta amistad que tuve con el padre Acaso él compartiera conmigo verdades tan importantes y sostuviera un espejo a mi cara donde pude ver al bruto en que me había convertido. Como veréis a través de estas páginas, según nos alejábamos de Dios, fuimos cayendo víctimas de un hedonismo brutal e implacable, de un materialismo falaz, de un machismo tóxico, y una manera sexualizada de ver el mundo. Sin que nosotros nos diésemos cuenta, nos enfrentábamos a esos enemigos despiadados además del abuso doméstico. Encima, dentro de unos años, sin que nadie nos lo advierta, la testosterona también empezará a hacer estragos. Como os digo medio en broma, cuando lleguéis a la adolescencia, os convertiréis en zombis, solo habrá una cosa en vuestro cerebro: sexo. ¿Y acaso alguien nos preparó para ese bombardeo? Me parece increíble que ni una sola persona de la familia, ni un solo educador, ni un solo cura tuviese una conversación conmigo sobre lo que nos estaba pasando. Una vez, en secundaria, cuando el daño ya estaba hecho, tuve una conversación con el rector de mi colegio y, el pobre, acabó hecho un mar de lágrimas.
Pero de vuelta a los años setenta, estoy intentando ver quiénes teníamos de invitados a comer pajarillos y cangrejos, pero no veo nada. Posiblemente haya sido el Avelino. También estoy intentando meterme en las aulas de la escuela, pero está todo borroso. La auto hipnosis regresiva no está funcionando bien del todo. Miro hacia atrás y veo un campo de batalla cubierto de soldados muertos, mutilados, decapitados, destrozados por la metralla. Ese campo de batalla es Cintruénigo y ahora estamos en el recreo del mediodía, cuando vamos a comer a casa. El papá no está de buenas y se puede cortar la atmósfera a cuchillo. La Nena no quiere comer y se ha puesto terca. Como de costumbre, un puñetazo en la mesa hace saltar los platos. ¡La mato! ¡Llévatela, que la mato! No sé qué significa eso. El Felisito piensa que el papá quiere matar a la Nena, pero el que escribe estas líneas sospecha que la bronca va con la mamá. La mamá carga a la Nena en brazos y sale por la puerta que da al pasillo, pero se detiene un segundo para recriminarle, ¿Cómo puedes ser tan bruto? ¡Solo tiene cuatro años! Justo en ese momento, el papá le lanza un cuchillo que pasa rozando a mi hermana y acaba clavado profundamente en el marco de la puerta. ¡Ese iba para la cría! ¡La próxima vez, le retuerzo el cuello! A pesar de la escena, no estoy congelado de terror. No sé qué me pasa, quizá me esté acostumbrando a todo esto. El caso es que, con suma insolencia, me dirijo a la puerta y arranco el cuchillo de la madera. Me sorprende el lanzamiento tan certero y lo profundo que ha quedado enterrado el cuchillo. Con la calma de un muerto, le devuelvo el cuchillo a mi padre. En realidad, nunca pensé que mi hermana fuera la diana de ese cuchillo. Solo tengo ocho años, pero ya me voy dando cuenta de las cosas. Quizá el Félix mayor me esté hablando al oído.
El tiempo va mejorando y ya podemos salir más a jugar al huerto. Ahora estoy solo, buscando a las tortugas entre los setos porque ya es hora de que despierten de su hibernación. No sé qué fue primero, la explosión o la llamarada. Yo recuerdo una llamarada que se propagó por encima de los edificios y llegó hasta el huerto de las Emilias pasando por encima de mí. Y luego, la explosión. Corro a casa y le pregunto a la mamá qué ha sido eso. Dice que habrá sido una explosión de gas. Después nos enteramos de que ha habido un muerto. Un hombre muy bueno, dice mi madre. Una pena. El estanco de la Puri y las casas aledañas han quedado chamuscadas y con las ventanas rotas y se tardarán varias semanas en reparar los daños. La casa afectada está destrozada. Ahora me tengo que quedar en casa por si acaso. No puedo salir ni al huerto ni a la calle. Me pongo a enredar con mis pinturas de cera Manley. Me encanta su aroma. Me quedo mirando la intensidad del rojo y el amarillo, sin saber qué pintar. Mis dedos van quedando más y más encerados a medida que se derrite la cera de tanto toquitearlas. La mamá me manda a la Mintxarra a por aceite. De girasol, me dice, no de colza, que la colza tiene un sabor muy fuerte. La tienda siempre medio a oscuras, la amable Mintxarra nunca tiene colas como las otras tenderas. Anoche no pude robarle nada al papá y no puedo comprar galletas. Aquí también huele a bacalao y chorizo. ¡Qué hambre! Vuelta a casa y otra vez a pensar qué hacer. Estar encerrado en casa es aburrido. Tengo un hambre que duele, así que mezclo harina, agua y azúcar y me hago unas rosquillas fritas. Miro por la ventana de la cocina, que se quedó sin visillos el año pasado, cuando los quemé. Abajo hay filas de hombres con boina sentados en bancos a ambos lados de la acera. Abro la ventana y les lanzo garbanzos a la cabeza. No sé dónde estará el Juan. “Juan, ven. Vamos a la terraza a tirar caca de conejo en las calvas de los viejos”. Pero esa diversión tiene sus limitaciones. Ahora los duendes del huerto se apoderan de nosotros y nos hemos convertido en chamanes. El Kike y la Nena son nuestros iniciados. Y el rito da comienzo. Primero, los novicios beben unos sorbos de pis recién orinado. Después, deberán comer un poco de caca de perro. Una vez terminado su rito de paso, los mandamos a la calle a escandalizar a los viejos del Caserón. “A enseñarles las bragas y los calzoncillos. ¡Vamos!” El Juan y yo nos reímos un montón de nuestras travesuras, pero esta vez nos hemos pasado un poco.
Los días que no tenemos escuela suelen ser así: una salvajada. Pero hoy nos espera una gran sorpresa. Nuestros padres nos presentan a unos niños que acaban de llegar al pueblo. Patrick y su hermano. El hermano nos mira con recelo y desconfía de nosotros. Sin embargo, Patrick parece encantado de conocernos. Desde ese día, Patrick será sometido a todo tipo de travesuras que hoy en día serían consideradas abuso o, para ser modernos, bullying. Hace unas semanas le mandé un email a Patrick y le dije que estaba escribiendo este libro y si le parecía bien que conservase su nombre. También le pregunté si recordaba alguna anécdota para añadirla a lo que yo recuerdo. Me dijo que el día que nos conocimos, el Juan intentó prender fuego a su pelo. Típico. Y sin embargo, Patrick se convirtió en uno más de la tribu. Recuerdo que un día le di un susto tremendo. Yo estaba histérico por alguna razón. Cuando Patrick subía por las escaleras, yo bajé a toda velocidad gritando no sé qué cosas. Pero no era lo que yo gritaba, sino cómo lo gritaba. Porque recuerdo muy bien que estaba mal por algo que había pasado en casa. El pobre Patrick se quedó blanco del susto. Y fue precisamente gracias a su manera de aguantar nuestras travesuras que llegó a encajar perfectamente en nuestro grupo, aunque solía jugar más con el Kike y la Nena al ser de la misma edad. Patrick solía venir a casa después de la escuela y veíamos la tele juntos. Los Payasos de la Tele, Vicky el Vikingo, los dibujos de Looney Toons o La Pantera Rosa. Al menos, con la tele puesta estábamos tranquilos y su pelo no corría peligro.
Siguen subiendo las temperaturas y ya podemos llenar el estanque, pero a Juan y a mí se nos ha quedado pequeño, así que este año empezamos a ir a las piscinas municipales. Como todo el mundo sabe que no tenemos ni dónde caernos muertos, nos dejan entrar gratis. Aunque supongo que esto lo hacen por cariño a mi abuelo, que es muy querido por todos y la gente sigue parándome por la calle para preguntarme por él. La piscina pequeña es una sopa de orina y, la grande, un poco peligrosa porque es profunda. Pero el Juan y yo somos muy avezados y disfrutamos mucho tirándonos a bomba donde cubre menos. Los días que no hay escuela nos levantamos tarde y, si no llega a ser por el abuso doméstico, la vida sería ideal.
Como si no fuera poco haber ganado un amigo y poder ir a la piscina gratis, han empezado las vacaciones de verano. Lo que no me gusta mucho es que, como todos los años, la mamá tiene que ir a la escuela a hablar con las profesoras para que no me hagan repetir el año. Porque, la verdad, no me entero de nada. Para mí, ir a clase, es una tortura. A veces, hago novillos, y me quedo dando vueltas por el pueblo, husmeando por la parte vieja, o por el Paretón, o por las vías del tren, buscando piritas. Al lado de la estación todavía hay un gran vagón cisterna de vinos Hijos de Félix Chivite, un triste recuerdo del pasado, tan oxidado y estancado como nuestra familia. Tan vacío y negro como mi corazón. Pero ahora estamos de vacaciones y nos paramos a husmear por la estación de tren de vuelta a casa de la piscina. Ver venir a los trenes es emocionante. Tan emocionante como merodear por el pueblo y meternos en parcelas abandonadas. O como bajar al río a cazar ranas. Llegamos a casa tarde y el papá no está de buenas. No sé qué ha pasado, supongo que nada, porque no necesita razones para ponerse hecho un energúmeno. Nos agarra de las orejas y nos arrastra hasta la bodega. “¡Ahí os vais a quedar encerrados hasta que lo diga yo! ¡Con las arañas!” El Juan está llorando, muerto de miedo. “Juan, no te preocupes. No hay arañas; solo son telas. Enseguida nos sacarán de aquí”. Estamos a oscuras. No se ve nada en absoluto. Pero recuerdo la bodega porque hemos estado aquí antes. Y sé que las telarañas son muy viejas, cubiertas de polvo, y sin arañas. Estamos tiesos como velas. Pero el papá no tarda en sacarnos de nuestro encierro. Ahora me manda a por Ducados al caserón. Pero es de noche y la casa está llena de habitaciones vacías, llenas de fantasmas. Son tres pisos y dos están prácticamente abandonados a las ánimas. Tendré que bajar las escaleras de cuatro en cuatro. Pero me cago de miedo y empiezo a gritar: “¡Soy un monstruo! ¡Soy un monstruo y mato fantasmas!” Ahora soy peligroso y espanto a los fantasmas con mis gritos. Pero no dejo de sentir que alguien me toca la espalda con sus frías garras. Por fin dejo atrás el hueco de las escaleras y alcanzo la puerta de la entrada, flanqueada por habitaciones vacías donde también se esconden las ánimas. En la calle hay muchos hombres fumando a la fresca. Me meto en el Caserón, pisando las colillas de cigarro, el serrín, las cáscaras de pipas y cacagüetes, y los escupitajos de los viejos. Apesta a tabaco y vino. Entre la neblina, distingo caras familiares, el primo Remigio, el Míguel Botero y su mujer, y el Titín, otro amigo del papá. ¡Que no me vean, por favor! Me acerco a la barra a pedir, pero nadie me hace caso. Empiezo a golpear la barra con la moneda de veinticinco pesetas para llamar la atención del camarero, pero es difícil encontrar un trozo de barra que no esté encharcado de vino. Ahora una voz se acerca por detrás y dice “¿Qué haces aquí a estas horas?”, pero con esa entonación tradicional y amable del pueblo. “Que me’a mandao mi padre a por tabaco”, le respondo al primo Remigio. Y dando un manotazo en la barra, el Remigio grita por encima de la charla y el humo “¡A ver, tú, atiende al muchacho!” Me dirige una mirada desde las alturas: “¿Qué te pides? Anda, pídete lo que quieras”. Al menos mereció la pena el susto de bajar las escaleras a oscuras. Pido el paquete de Ducados para mi padre y una bolsa de patatas fritas para mí. Me dispongo a salir entre la muchedumbre, los cigarrillos, y la basura, cuando me corta el paso el Pecherón, quien no es mucho más alto que yo. Se tambalea un poco, como si estuviera en una barca, me pone la mano en el hombro y, con la mirada perdida, balbucea “¿qué tal está tu padre?” Le digo que bien y me pide que le mande saludos. Por fin puedo salir del Caserón y respirar aire, pero ahora me espera el terror de atravesar dos pisos de tinieblas y brujas.
A pesar de los castigos y la casa embrujada, el verano es la mejor época del año, no solo por nuestras vacaciones en Madrid, sino también por las visitas de parientes y amigos. A veces, vamos al río o al campo con los tíos a comer tortillas de patata o, de repente, aparece por casa el Avelino con el tío Alberto y hacemos una parrillada improvisada en el huerto. Mis visitas a la casa de la tía Vicenta se hacen más frecuentes. Y vienen los pépés de vacaciones. Eso siempre es todo un acontecimiento para la mamá. Mi madre esto, mi madre lo otro. Mi madre me hacía tal comida, mi madre me dejaba quedarme en la cama hasta tarde. Adora a su madre y menudas ganas tiene de que venga a pasar el verano. Pero mi padre era muy estricto. El cuarto de los pépés, el más bonito de la casa, se limpia y se ventila. Se hacen las camas y se ordena el armario empotrado. Estamos todos contagiados con el mismo entusiasmo de la mamá, no solo de verla contenta a ella, sino porque los pépés siempre traen el coche lleno de delicias de Inglaterra. De hecho, el coche en sí es una delicia con un aroma a miel y té que no tiene ningún otro coche del mundo. Los pépés son singulares hasta para eso. Pero hay personas que viven en un estado de negación y ahora están discutiendo en inglés y francés y no me entero de nada. Sin embargo, puedo leer los gestos y los aspavientos. La mamá se pone a llorar. Típico. ¿Por qué lloras ahora, mamá? Llevas semanas ilusionada con que vengan los pépés y ahora te echas a llorar. A lo mejor tú tampoco sabes por qué lloras. Ensalzas a tu madre, su cocina, sus habilidades para coser, su belleza que deja tontos a los hombres, su voz de cantante profesional, su habilidad con el baile, y no te das cuenta de que has vivido a su sombra toda la vida. La has puesto en un pedestal y ahora la avergüenzas con tu marido alcohólico y tus hijos salvajes. ¿Y tu padre? Un poco controlador. No te dejaba tener amigas ni montar a caballo. Estás resentida con él y por eso no nos llevas a vivir a Inglaterra. Él te dice que regreses a casa con nosotros. Pero tú no puedes aceptar eso, porque no puedes estar equivocada. Eso te da más miedo que las palizas: reconocer que la cagaste bien cagada y someterte a la autoridad de tu padre. Pero lo que no sabes, porque esto solo se supo muchos años después, es que tu madre tiene un resentimiento enorme hacia su marido y te ha estado poniendo en su contra desde que naciste. Ahora no lo sabes, pero tu madre te está manipulando de una manera subrepticia y, dentro de cuarenta y cinco años, te darás cuenta de todo y tu adoración se convertirá en un odio acérrimo. Entonces echarás de menos a tu padre. Se te partirá el corazón al saber que tu madre te robó al único hombre que te quiso bien. Porque sus mentiras sobre él te mantuvieron apartada del hombre bueno y justo que en realidad siempre fue. Ahora lloras, pero más vas a llorar dentro de cuarenta y cinco años, cuando tu madre se quite la máscara. Ahora eres terca y te aferras a tu error. Estás viviendo a la sombra de tu madre, tal y como Juan vive a mi sombra, y solo vosotros sabéis lo intolerable que eso es. Pero lo que verdaderamente nos dejó a todos sorprendidos tantos años después fue la campaña de difamación y desprecio que ella desató contra ti al mismo tiempo. Inés contra Inés. Creo que jamás he presenciado algo tan sucio y deprimente. Estabais las dos tan empecinadas en vuestros insultos mutuos que no se podía hablar ni razonar con vosotras. Y este hecho nos proporciona una ventana a la situación de abuso doméstico que sufrimos cuarenta años antes. Porque esa bajeza de carácter no podía sospecharla entonces, cuando te idolatraba. Solo ahora entiendo por qué lanzabas, y sigues lanzando, campañas de odio hacia ciertas personas. Y ahora entiendo mejor por qué se permitió que surgiera un mito positivo en torno a mi persona y un mito negativo en torno a Juan. Porque Juan era un bocazas, un metepatas, un meón, y yo era el niño perfecto aunque no lo fuera. Porque tú te criaste ya en esa dicotomía con dos mitos parecidos: la madre perfecta por un lado, y el padre severo y controlador por el otro. Y por eso temo que tarde o temprano derribes mi pedestal y me arrastres por el barro, tal y como hiciste con tus padres. Ahora entiendo por qué Juan estaba tan resentido contigo. Él siempre pudo verte, mientras que yo estaba cegado por el exceso de empatía y pena que sentía hacia ti. Pero esto no cambia un ápice el hecho de que te quiera incondicionalmente. Solo somos humanos. El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.
El empecinamiento de vuestra abuela fue un factor decisivo en el hecho de que nos dejara vulnerables a una situación de abuso. Y si estoy indagando en el pasado y buscando las causas últimas del abuso, es porque siempre hemos simplificado mucho esa situación, al menos yo: la mamá es buena; el papá es malo. Si es cierto que la conducta de mi padre es inexcusable, tampoco es justo echarle la culpa de todo.
Estaréis pensando que soy muy duro con la abuela, pero es que nunca me han convencido sus respuestas cuando le preguntaba, algunos años después, por qué no nos sacó de ese infierno. Primero fuimos vuestro tío Juan y yo; después se nos unieron el tío Kike y la tía Inés. Un coro infantil con una sola cantinela: vámonos a Inglaterra a vivir con los pépés, mamá. Pero nunca nos hizo caso. Que si en tiempos de Franco eso hubiera sido imposible, que si mi padre es muy estricto… Pero la cuestión tenía un trasfondo mucho más profundo, tal y como estamos viendo en este relato.

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Abrí este capítulo explicando el problema de estructurar todos esos recuerdos sueltos y darles una forma congruente. Al final, la palabra es la magia que brinda cohesión a todos esos recuerdos sueltos. La auto hipnosis regresiva aporta algunos detalles, sensaciones, aromas; pero es la palabra, el acto de redactar, lo que me permite caminar junto al pequeño Felisito.
Como ya os he dicho, hay muchas cosas que no recuerdo bien. Pero hay todo tipo de verdades: la verdad histórica, la teológica, la científica, la literaria… La explosión de gas pudo haber ocurrido en cualquier mes del año setenta y cinco, pero su exactitud histórica es irrelevante en este relato; su función literaria, sin embargo, encaja bien en cualquier estación. Como tampoco es relevante el hecho de que se hubiese declarado un incendio antes de la explosión y que el hermano de la dueña de la casa fuera con un amigo a combatir el fuego con un extintor. Ni que, el que era soltero y no tenía dependientes, le quitara el extintor de las manos al otro, que sí tenía hijos, para adentrarse en el fuego. Ni que la bombona de butano explotara en sus caras. Como tampoco son relevantes en este relato sus nombres: Guillermo y Ambrosio. El pasado es un Belchite sin fechas, una Guernika sin nombres. Pero aunque no recuerde todos los nombres, sí recuerdo lo buena que es la gente de mi pueblo y su importante papel, a veces anónimo, en esta historia.
En fin, aquí estamos todavía confinados por el virus. Johnny ha cumplido once años y Francis cumple ocho años hoy mismo. Y sois los niños felices que Juan y yo pudimos haber sido. Normalmente, termino cada capítulo con una comparación de mi vida cuando era niño y vuestra vida actual. También os pido que seáis comprensivos con vuestros abuelos. A veces, hago una reflexión religiosa. Anoche, antes de nuestras oraciones, estábamos hablando del infierno. Os dije que el infierno es absolutamente real, que está aquí en esta vida. El infierno es la consecuencia de dar la espalda a Dios. El infierno empieza cuando el ser humano se sube a un pedestal de materialismo individualista y se declara superior a Dios. Y precisamente vuestros tíos, abuelos y yo estábamos sumergidos en ese mismo infierno: El individuo mudo, aislado, ensalzado, que se hunde en lo más profundo del infierno arrastrando a su familia con él. Os dije que la única manera de no caer en las garras de Satán es creer en Cristo y pedirle ayuda siempre. Ayuda para mantenernos en el camino correcto. Y sé que siempre lo haréis, tal y como yo lo hice a través del perdón. Para mí, la única manera de salir del infierno fue perdonarle y procurar siempre no ser como él.
Pero mantenerse fiel a Dios es más complicado de lo que parece. Uno podría pasar una eternidad dándole vueltas a la cabeza y no llegaría nunca a ningún lado. No sé cuándo empecé a hablar contigo, y con la virgen María. Aunque era muy retorcido y le robaba a mi padre y me enganchaba con mi hermano y juraba como un demente, estaba enamorado de ti al mismo tiempo. Y te hablaba mucho. Como ahora. Pero lo que te pregunto ahora es distinto. Ahora te pregunto por qué no te revelas inequívocamente. ¿Por qué no fuiste ante Poncio Pilato y el Sanedrín después de tu resurrección? ¿Por qué no les dijiste: Aquí estoy; no podéis matarme porque soy eterno? Eso hubiera zanjado la cuestión para siempre. Y me has dicho que eso es imposible, porque ver tu rostro nos robaría la libertad. Una señal inequívoca, dejaría todas las cuestiones solucionadas para siempre, y no tendríamos más remedio que creer en ti. Y nadie quiere eso. Todos queremos tener las opciones de negarte o de creer en ti. La fe es el don más grande que tenemos pero solo tiene valor si es una elección libre, tal y como me explicó el padre Acaso en su día. Por eso, cuando hacías milagros, después ordenabas a tus discípulos que no dijeran nada para que nadie se enterase. Dejar la cuestión zanjada equivaldría a una muerte espiritual, y tú jamás desearías eso para nosotros. Y yo no quiero eso para mis hijos. Por eso os digo que cuando seáis mayores tendréis que escoger; porque la fe sólo tiene valor si se escoge libremente.
En fin, me estoy dando cuenta de que este capítulo está cargado de temas diversos y siento la tentación de simplificarlo un poco; pero esto es una biografía, y la vida es complicada, y está llena de cuestiones. Solo deseo que leer este relato no acabe por confudiros, sino que os sirva para ser más comprensivos con todos aquellos que sufren y son "malos" en apariencia.

©Félix Chivite Matthews 2018

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