Capítulo 15
Adiós
Septiembre 1979 - Septiembre 1980
Doce años de edad.
Redactado: octubre 2021 - noviembre 2021
Toda la vida sin decir ni mu y, ahora que estás muerto, decides hablar. Claro que no ibas a hacerlo de manera amable. En eso no has cambiado. He pasado dos semanas fatales. Uno de los misterios de nuestro Credo es que Jesús bajó a los infiernos durante tres días. No hay ni un solo teólogo que te pueda explicar esa frase sin contradecir a otros teólogos, pero creo que la entiendo. Entiendo perfectamente lo que significa bajar a los infiernos, como lo entiende cualquier persona que haya sufrido abusos o problemas de salud mental. He luchado contra el demonio y lo he derrotado. Satanás me tenía agarrado del cuello con una llave de lucha libre, pero no he hecho caso a sus pedidos. Entonces me he dado cuenta de que eras tú, papá. Por fin me has hablado, por fin me has explicado lo que se siente cuando eres tú. Y me lo has explicado de la única manera posible: poseyéndome. Es aterrador ser tú. Ahora comprendo lo que es tener la voluntad secuestrada por el demonio. He pasado días enteros queriendo explotar, con un enfado interior y una ansiedad inexplicables. La ira y la frustración me han devorado el cerebro como gusanos hambrientos. He luchado con auténtica desesperación para no perder la calma con mi familia. No he sido capaz de encontrar ni un ápice de positividad durante días. Le he pedido a Cristo que me ayude, y hablar con él ha sido mi consuelo; y ver que mi familia estaba bien, ajena por completo a la furia que tenía dentro. Me ha costado bastante tiempo darme cuenta de lo que me estaba pasando: yo era tú. Y, al darme cuenta de esto, mi crisis se ha desvanecido como una bocanada de humo. Es horrible ser tú, papá, y no sabes cuánto siento no haber podido ayudarte cuando estabas vivo. Teniendo en cuenta tu caos interior, es de admirar que todavía pudieras comportarte dentro de unos parámetros casi aceptables. Al menos, aceptables a ratos. Solo después de haber pasado dos semanas en el infierno, puedo darme cuenta de que la diferencia entre tú y yo es una de azar y grado: la enorme suerte que tengo de ser un hombre tranquilo. ¿Y acaso merezco yo tener tanta suerte? ¿Acaso he hecho méritos para conseguir tanta paz? ¿Y tú? Cruel lotería la tuya, vivir en un infierno constante. ¿Acaso tú hiciste méritos para conseguir esa ira interior? Creo que no. Cada uno nace con su propia personalidad, como te das cuenta cuando tienes hijos. Me parece injusto que tú no pudieras disfrutar de la paz y el sosiego que normalmente gobiernan mi ser. Quizá seas digno de admiración, papá. Al menos, eso pensaba mucha gente que conocía tus problemas, incluida tu madre, que ahora ha cambiado su cantinela. Después de años diciéndonos que eres un hombre bueno, ahora nos dice que estás enfermo. “Vuestro padre no es malo. Vuestro padre está muy enfermo. Tenemos que ayudarle y rezar por él”. Sí, es cierto que estás enfermo, y eso explica tu comportamiento, pero no lo justifica. Claro que esto solamente lo comprendo a un nivel casi intuitivo y nunca lo voy a expresar delante de la yaya. De todas formas, volviendo al punto anterior, ¿merece la admiración de la gente una persona que se porta muy mal pero que no se porta tan mal como podría portarse? No lo sé. Pero sí es cierto que todas las respuestas están en Cristo, y Cristo nos anima a perdonar y a ser compasivos con los que no tienen la suerte de disfrutar del mismo sosiego del alma que otros podemos tener. Sin embargo, la arquitectura del perdón que me permitió liberarme del odio hacia mi padre está más bien fundamentada en mi amor por la libertad. Pero esto ocurrió varios años después, cuando todavía no comprendía ni el comportamiento de mi padre, ni la razón por la cuál mi madre seguía con él. El caso es que no necesité comprender a mi padre, ni entender por qué seguían juntos. El perdón fue la medicina que erradicó el odio de mi corazón y me permitió vivir mi vida. Porque el odio te esclaviza a tu abusador, te sofoca y no te deja vivir. Yo estaba enamorado de la libertad y tuve que dejar de odiar. Al menos a un nivel superficial porque, en un nivel profundo, Satanás seguirá urdiendo su plan para convertirme en un parricida.
Ayer salí a dar un largo paseo en bicicleta con James por los ríos y lagos de Whittlingham. Norwich es tan bonito que a veces no parece real. Semejante belleza te sorprende y te obliga a preguntarte por qué. ¿Cómo puede existir tanta belleza en un mundo tan horrible? Es como la felicidad. La felicidad da miedo, no parece real; cuando aparece en nuestras vidas nos dedicamos a destruirla antes de tener la oportunidad de acostumbrarnos a ella, porque estamos convencidos de que va a durar poco y nos aterra la idea de perderla al azar. Tú decías que la vida era una mierda. Tú no creías en la felicidad. Pocas veces te vi feliz, aunque tenías tus momentos. La única vez que te vi verdaderamente feliz y contento fue cuando volviste victorioso de un juicio por difamación y falta de respeto a la autoridad contra el Mutilva. Te puedo ver perfectamente, dando largos pasos por la galería, no puedes estar quieto de la emoción, sonríes, te ríes, repites las mismas frases de chulo prepotente: “¡Qué se ha creído ese imbécil, no sabe con quién se ha metido; la próxima vez que lo vea, en vez de insultarle, lo voy a atropellar! ¡No podía ni hablar delante del juez, el ignorante de él! ¡No sabéis lo que he podido disfrutar! ¡Hasta tartamudeaba, el idiota!” ¿Por qué te daría tanto miedo la felicidad, y por qué lanzaste esa campaña de odio hacia una persona inocente?
Pero, como iba diciendo, Norfolk es un paraíso terrenal y, cuando seáis mayores, os acordaréis mucho de este sitio. A veces vuelvo del trabajo de noche y me fijo en las lunas, que aquí son impresionantes, como en un cuadro prerrafaelita. Cuando voy en bicicleta, me dejo embriagar por los húmedos aromas otoñales de los bosques urbanos y mi memoria se traslada al Baztán. Es como si el tiempo se parase. Soy yo. Soy yo ahora. Igual que soy yo ayer, o hace cuarenta y dos años. Tengo doce años y tengo cincuenta y cuatro. Estoy en Norwich y estoy en Lekaroz. Soy hoy y soy ayer. Un nuevo año escolar ha empezado y ya puedo disfrutar de la protección de Lekaroz. Este año han venido alumnos nuevos y somos bastantes en clase. Han llegado algunos chicos malos, divertidos, descarados, chicos respondones, que meten ruido en clase y hacen todo tipo de payasadas. Los frailes no hacen más que tener charlas con ellos y ponerles castigos ejemplares, pero nada. Estos tíos han cruzado un umbral y no hay vuelta atrás. Son de los que fuman y se meten de todo, lo cual no quiere decir que no sean niños, o que no sean amables, al revés, yo me llevo bien con ellos y me divierto con sus gamberradas, que son para morirse de risa. Por otra parte, este año me ha sorprendido ver mi foto en el cuadro de honor por buen comportamiento. Me resulta incongruente ver mi foto ahí, entre los mejores del colegio, cuando mi autoestima está por los suelos y la imágen que tengo de mí mismo es una imágen negativa, de ladrón, de niño que odia a su padre, de niño que disfruta lanzando caca y bombas a la calle para espantar a la gente. Pero en mi familia están muy orgullosos de mí: mi madre, por supuesto, mis abuelos y mis tíos, y las primas de San Sebastián, que siguen viniendo al colegio para sacarme a comer por Elizondo. Sin embargo, este año estoy cayendo en la depresión. Yo no sé lo que es eso porque solo tengo doce años y en los años ochenta todavía no se habla mucho ni de depresión ni de salud mental pero, ahora que soy mayor, sé que a los doce años estoy cayendo en un pozo muy profundo. En el colegio, estoy rodeado de amigos y oportunidades para pasarlo bien, pero también hay muchas horas de soledad, sobre todo los fines de semana cuando se van casi todos los compañeros a casa. Yo me voy al bar del Irasuegui después de la hora de estudio de la mañana y su madre me invita a comer croquetas, chuletones, y me pone coca-cola. Por las tardes, nos vamos a subir monte, aunque también me estoy aficionando a explorar el valle por mi cuenta. Caminar por los caminos remotos del Baztán es como entrar en un cuento de hadas, con sus caseríos aislados en diminutas vaguadas, sus manantiales de agua pura, sus campos de helecho, el aroma del estiércol de vaca, los robles, castaños y avellanos, que crecen por todos lados, los caminitos que suben por la montaña y te llevan a otra pequeña hondonada más oculta todavía, con antiguas bordas y personas quietas que parecen eternas, congeladas en el tiempo. ¿Dónde estoy? ¿Podré encontrar el camino de regreso? No obstante, esa paz en el paraíso proporcionaba una oportunidad para la introspección, lo cual me llevaba por el camino de la depresión inexorablemente. Mis pensamientos en esos momentos eran los de siempre: librarme de mi padre de una vez por todas.
Otros días de fin de semana me iba a Elizondo con algún compañero a hacer lo mismo de siempre: observar las truchas desde los puentes del pueblo, meternos en las ferreterías a admirar las enormes navajas, y comprar algún cruasán en mi pastelería favorita. Bilbao, Sáez, Azkue, Arnal, Lasa, y tantos otros buenos compañeros, tantos nombres. Estoy mirando las fotos del colegio y me parece sobrecogedor que tantos de esos hermanos míos estén muertos, o discapacitados de por vida a causa de las drogas. Me parece increíble que a esa edad ya tuviéramos dentro el germen de la autodestrucción. Y me da miedo por vosotros. Ojalá sepa enseñaros que la vida merece la pena. Pero ahora Bilbao tira un pedazo de cruasán al agua y las truchas se pelean por él.
—¡Mira, mira cómo se pelean!
—El fin de semana que viene, deberíamos ir a pescar.
—Pues es difícil pescar truchas. Hay que sacarlas a mosca.
—¡Mira esa, qué grande es!
Como no tengo nada que tirar a las truchas, les echo escupitajos y se lanzan a por ellos pensando que son pedazos de pan.
—¡Qué cerdo...! Mira, cómo se acercan.
Y todos me copian a escupir al río. De ahí, nos vamos al supermercado que está en la Plaza de los Fueros a comprar alguna lata de atún, o de paté, cuando uno me dice “No hace falta pagar por las latas, ¿sabes?”, mientras se las mete en los bolsillos del abrigo. Yo me quedo pasmado durante unos segundos, dándome cuenta de que eso no está bien. Pero, como un autómata, sigo su ejemplo y meto un par de latas en mis bolsillos. Es como si existieran dos Felisitos en mi cabeza, uno bueno que no quiere robar las latas, y otro malo que siempre ha sido un ladrón. “¿Ves? Ahora tienes dinero de sobra para comprar galletas. Pagas las galletas y sales como si nada”. En efecto, las galletas Príncipe son una delicia, una obsesión, aunque Artiach ha sacado unas parecidas que son mejores incluso, y las Artinata también están entre mis favoritas. Las Príncipe no duran mucho. Me meto todo el paquete, una detrás de otra, hasta que me duele la barriga en lo que será un anuncio de la saturación hedonista que me espera en la edad adulta.
Por fin me he comprado una armónica y estoy aprendiendo a tocar Oh, Susanna, El chico de la armónica de Mickey, y una muy triste de Joan Baez. A veces practico en el aula, entre sesiones de estudio y, otras veces, me escondo en el gran hueco de las escaleras para practicar y soñar que soy el chico de la armónica, solo en la ciudad. Hay un chico mayor que se pasea por el colegio solitario, con una pequeña radio de bolsillo, y me recuerda al chico de la armónica. Un día me atreví a hablar con él y me contó que él tampoco era rico, que su padre era un obrero especializado y ganaba un montón, pero no eran ricos. La verdad, había mucha gente humilde, o arruinada, como yo, en el colegio, pero eso no parecía importar mucho. Al menos, para mí, Lekaroz era vivir con cientos de amigos y no se hacían muchas diferencias por nivel económico. Había algunos abusones, pero, por lo general, los abusos iban dirigidos siempre a los mismos de siempre. A mí me daban mucha pena, pero tampoco sacaba el pecho por ellos. Al revés. Este año he hecho amistad con un tal Cerdeira, pero ha durado poco, porque le han hecho una campaña de abuso horrible y me he visto en una situación comprometida al estar tanto con él. Entre que está un poco gordo y con semejante apellido, todos se ceban con él y lo está pasando fatal. Le han sacado un montón de motes que le lanzan a cada rato entre sonidos porcinos. Me ha roto el corazón darle la espalda, pero es que soy un cobarde que no merece estar en el cuadro de honor por comportamiento. Como el Cerdeira hay tres o cuatro, la verdad, no muchos, teniendo en cuenta la cantidad de abuso que hay en otros colegios. Si tienes la suerte de no ser el objetivo de una campaña de abuso, Lekaroz es un sitio tranquilo. Pero esos tres o cuatro chavales lo están pasando fatal porque son el blanco de las burlas del colegio entero. Me pregunto cómo recordarán ellos su paso por Lekaroz y cómo habrán crecido marcados por el trauma del abuso y el rechazo de los demás niños. Es curioso que el paraíso de una persona pueda ser el infierno de otra.
Los curas siguen poniéndonos música para dormir y para despertarnos. Un día, ponen a la Orquesta Mondragón, que ha sacado un disco con canciones muy chistosas. Estoy acurrucado en mi cama prestando atención a la letra de las canciones y me pregunto cómo es posible que los frailes nos pongan semejantes marranadas. Satanás se mete en nuestros cerebros a través de nuestros oídos, y lo hace de la manera más arrogante y ostensible: en un colegio de curas. Esa mezcla de humor juguetón y sexo de la música pop va a ser difícil de combatir. Ese aleccionamiento se va a convertir en un elemento fundamental para la formación de nuestra conciencia. En definitiva, se nos está programando para ser concupiscentes y esto está ocurriendo incluso en esos espacios en los que deberíamos estar protegidos. En efecto, Satanás está conquistando el mundo a la vez que el mundo está invocando a Satanás. Llevo algún tiempo preguntándome por qué eres tan parcial a la hora de conceder el don de la fe. Me preocupa que mi madre no crea en ti, porque sin ti, nada tiene sentido, en realidad. ¿Qué importa la vida sin Ti? Si no conquistamos a la muerte en tu promesa de resurrección, ¿qué valor tiene la vida? He pensado en tu pueblo, en su misticismo, en cómo creían en un dios personal con el cual podían comunicarse a través de los profetas. Este era un pueblo que te esperaba, ansiaba tu venida, clamaba por ti, y tú viniste. Y si tú escogiste a los judíos, es precisamente por eso, porque ellos llevaban milenios hablando contigo y esperando tu llegada. Y ahora los que te llamamos y esperamos somos cuatro gatos. El mundo te ha dado la espalda. El mundo clama por una serie de televisión, una película con un superhéroe destructor, una comida que llega a tu casa en una cajita, algún placer que sea el premio al esfuerzo diario en el trabajo. No estamos mirándote. No estamos escuchándote. No estamos esperándote. Por eso el don de la fe cada día es más escaso. Porque para tener fe, hay que estar deseando ver a Jesús, como los judíos de antaño, que esperaban un mesías. Ya nadie pide un mesías. Nadie pide hablar contigo. Si los judíos habían sembrado un campo con semillas místicas, nosotros estamos sembrando un campo con las semillas satánicas del hedonismo. Y, si los judíos tuvieron su cosecha de Dios hecho hombre con un mensaje de amor y liberación, nosotros solo vamos a tener una cosecha de decepción y esclavitud. Pero, egoístamente, te pido que la mires al menos a ella, y que ella te mire a ti.
Hoy te he dejado en la escuela, Francis, pero no eras tú. Eras el tío Patxi. Y yo no era yo, era tu abuela mirando a ese niño precioso de nueve años, con su pelo oscuro y su piel morena: su nuevo hermano. El hermano precioso que siempre soñó. Y el tío Alberto tenía tu edad, Johnny, doce años, cuando se casó vuestra abuela y su sueño de tener hermanos se hizo realidad. Cualquier psicólogo la hubiera metido en la caja de la dependencia masoquista y con eso hubiera cerrado el caso. Como quien cierra la tapa de un ataúd. Pero, como podéis ver en este relato, no es tan sencillo descubrir todas las causas del abuso. Me niego a creer que vuestra abuela necesitara ser maltratada. Hay muchos matices en el por qué vuestra abuela nunca se fue, y uno muy importante es el haber heredado de golpe a esa gran familia que siempre quiso. Y sí, quizá vuestra abuela pensara que se merecía lo que le tocaba vivir, que tenía que pagar por su gran error, pero eso no quiere decir que buscara ese sufrimiento, ni que lo disfrutara y, como estamos viendo en este relato, tampoco sería este el único motor dentro de la decisión de quedarse con su maltratador. Por otra parte, cabe pensar que vuestra abuela estuviera intentando reparar su pasado, al menos de manera inconsciente. Ella no iba a tener un marido aburrido, cuadrado, pulcro, de afeitado diario y corbata; no iba a tener un aburrido hijo único; no iba a imponer normas y prohibiciones a sus hijos para protegerlos hasta sofocarlos. Ella iba a crear la antítesis de su propia infancia. Y lo hizo a la perfección; sobre todo en lo que se refiere al tema de la protección, porque casi no hubo ninguna. Como he mencionado en capítulos anteriores, vuestra abuela había sufrido en carne propia lo que es ser una niña protegida, y lo había sufrido como algo sofocante e insoportable. Acabamos de estar con la abuela, tú y yo, Johnny. Nos hemos ido un fin de semana a verla después de dos años de varios confinamientos sucesivos. Yo quería plantearle las preguntas cruciales de esta historia, pero no hemos tenido la oportunidad de estar a solas. De todas formas, la he mirado a los ojos y he visto a una persona que quiere ser feliz. He visto una persona que lucha por estar mejor. He visto a una abuela que disfruta de la compañía de sus hijos y nietos. No he visto a una persona que disfrute sufriendo. Hemos hablado de la familia, de lo mucho que se parece Francis al tío Patxi y sobre lo mal que se portaba a la hora comer. “Comía muy mal tu tío. Le compraban jamón del más caro y le quitaba todas las grasas y los nervios antes de comerlo. A veces, se encerraba en el baño cuando no quería comer y tu abuela tenía que ir a rogarle que saliera. Era todo por llamar la atención, porque, cuando me lo llevé a Elche de vacaciones a casa de mis abuelos, ¡no veas cómo comía! ¡Parecía una lima! Todo le gustaba”. Nadie quiere tener una madre masoquista y un padre sadista, y es obvio que me estoy esforzando en buscar otras motivaciones que expliquen sus comportamientos.
Como he mencionado en capítulos anteriores, quizá otra persona pueda leer este relato y explicarme la dinámica de abuso por la que pasamos, porque yo estoy demasiado cercano a los hechos y excesivamente involucrado con los dos actores principales como para tener una perspectiva imparcial. Quizá deba centrarme únicamente en mis recuerdos y en las anécdotas que me cuenta la abuela. Como por ejemplo, cuando hace unos días fuimos a visitar lo que queda de nuestro antiguo huerto, nuestro territorio, le enseñé el lugar exacto donde los de la tribu encontramos un cementerio de perros un día que estábamos cavando agujeros hace ya casi cincuenta años. ¡Cuál fue mi sorpresa cuando la abuela me dice que seguramente, esos esqueletos de perros que encontramos en el huerto sería una camada de perros que tuvo moquillo! “Tenían meses, y no sé por qué les dio el moquillo, porque solíamos vacunar a todos los perros. A lo mejor fue tu padre que quiso ahorrarse un dinero y no los llevó a vacunar. El caso es que el veterinario no quería sacrificarlos, ni el médico, ni tu padre tampoco. ¡Así que lo tuve que hacer yo! No sé si eran seis perros. Me dio el veterinario una receta de estricnina y el farmacéutico me la preparó. ¡Imagínate si le doy el veneno a tu padre! Pues tuve que inyectarles la estricnina directamente al corazón uno por uno. ¡No veas tú qué desagradable! Y luego, claro, los enterraríamos en el huerto”. Es difícil para una generación entender a la anterior. No puedo ni pensar en matar perros, cabras y conejos como lo hacía vuestra abuela cotidianamente. No quiero ni pensar en lo que sería para mis abuelos y bisabuelos apretar un gatillo y matar a un hombre joven que solo es un peón en una guerra incomprensible. Dicen que el yayo se libró de pegar tiros en el campo de batalla porque sabía conducir, así que pasó la guerra conduciendo camiones. Aún así, varios de sus mejores amigos murieron fusilados. ¡Y nosotros nos quejamos hasta del tiempo! A mis hermanos y a mí nos tocó tener un padre desequilibrado y una madre que no consiguió protegernos debidamente. Supongo que cada generación tiene su guerra. ¿Cuál será la vuestra? ¿Más pandemias? ¿Pandemias con virus mucho más mortales que el actual? ¿Veréis morir a vuestros padres y amigos? ¿Al mundo entero? ¿Se convertirá el planeta en un desierto? O quizá vuestra guerra sea una más cruel todavía: una guerra contra la desidia, el aburrimiento y el sinsentido de las sociedades desarrolladas. Cuando uno tiene hijos, es consciente de que nacen con una condena de muerte. Se trata del sacrificio de Isaac. Cada vez que escuchamos esos versículos de la biblia en misa, nos preguntamos cómo puede Dios pedirle a un padre que mate a su propio hijo y, sin embargo, cada vez que tenemos un hijo, no se trata más que de un sacrificio con una fecha incierta. Abraham acepta la voluntad de Dios como todo padre lo hace incluso antes de que nazcan sus hijos. Y Abraham acepta la voluntad de Dios porque cree en la resurrección, tal y como nosotros creemos en la resurrección porque, de lo contrario, sería difícil tener hijos. Pero, al final, Dios perdona la vida a Isaac y promete a Abraham colmarle de bendiciones por no haberle negado a su hijo. Y es que se trata simplemente de eso: reconocer que nuestros hijos pertenecen a Dios y que idolatrar a nuestros hijos es tan pernicioso como adorar el dinero o el poder.
Los sacrificios del Antiguo Testamento son tan crípticos como la vida misma. Un día aparece un vendedor de enciclopedias ambulante y, para nuestra sorpresa, los papás deciden comprarnos una. Una pequeña de dos tomos, pero llena de saber y excelentes ilustraciones. Esa pequeña enciclopedia se convertirá en nuestra mejor profesora durante años. En una época sin ordenadores y sin televisión (porque vuestros abuelos todavía no han comprado una nueva), los libros son una fuente importante de información. Sigo leyendo tebeos de Mortadelo y Filemón, algunas novelas ilustradas para adultos que encuentro por la casa, otras novelas que saco de la biblioteca de Lekaroz, y nuestra enciclopedia. Últimamente, me intereso mucho por la geología y los minerales. Tengo la cabeza llena de gemas y metales preciosos. En mis caminatas por el Baztán, busco piritas y cuarzos y me imagino que son oro y diamantes. Cuando estoy en casa, sigo con mis experimentos de electricidad y química y construyendo cometas y aviones que nunca vuelan. Para mí, volar es más que un experimento. Desde muy pequeño he observado a los pájaros con envidia. Envidio su libertad. A veces sueño que vuelo y ese es mi sueño favorito. Todavía no me he dado cuenta conscientemente de que volar y nadar son casi la misma cosa. Nadar es volar en el agua. En el agua somos ingrávidos, como los astronautas, por eso me encantan la piscina y el mar. Cuando sea mayor, seré libre de verdad, como los pájaros, como los delfines.
Todos estamos creciendo y las actitudes de las personas hacia nosotros van cambiando. El tío Patxi ya no nos hace cosquillas ni torturas chinas. Ahora es como un amigo mayor. La tía Isabel sigue tan cariñosa como siempre, pero la vemos poco. Las oraciones con la yaya antes de dormir han ido desapareciendo paulatinamente. La tía Vicenta me trata como a un hombre y me da cerveza cuando voy a su casa. ¡Pero, el evento verdaderamente increíble este año es que el papá se ha ido de casa! Yo casi no me he enterado porque estaba en Lekaroz. Al parecer, se ha ido a Cataluña a trabajar con un tal Caselli, un italiano que trabaja muy bien las figuras de alabastrina y el papá quiere robarle los secretos del oficio. Al enterarse de que el loco de su sobrino se había ido, el tío Julián no ha perdido la oportunidad de mandarnos a la guardia civil para que nos eche de casa. Al final, el secretario del ayuntamiento ha salido con la solución de alquilarnos un piso en la calle General Mola. Vuelvo un fin de semana de Lekaroz y ya están todos instalados en el nuevo piso. Adiós a la casa vieja. Adiós al huerto, el territorio sagrado de la tribu. Adiós a las habitaciones llenas de fantasmas. Adiós a la tenebrosa bodega. Adiós a los animales. Adiós a las baldosas andaluzas de la entrada. Adiós a las enormes escaleras de madera. Adiós, casa vieja, testigo de lágrimas y alegrías. Adiós a tus espacios, tu oscuridad, tu frío, tus secretos, tus juegos. Tu demolición no va a darse hasta muchos años después pero, en mi corazón, tu derrumbe va a ser instantáneo: no voy a pensar en ti hasta que no sea mayor.
El piso de la calle General Mola es nuevo y tiene unos muebles que huelen a barniz y productos industriales. En la habitación de la Nena hay una cama doble con radio y alarma que nos tiene encantados. Aquí no tenemos jardín, solo un patio interior sin acceso directo. Pero la mamá se ha traído una perra, la Westie, una west highland white terrier, y la ha metido ahí por una ventana. Las bicicletas, las hemos dejado en la entrada, detrás de las escaleras y, mis juegos de electricidad y experimentos, en un armario empotrado que hay en el pasillo. El piso no es grande, pero tiene dos baños y un cuarto que la mamá ha convertido en aula para dar clases. El Juan y yo tenemos una habitación con dos camas y dos armarios. Ahora que el Juan está en los escolapios de Jaca, cuando vengo a casa los fines de semana, comparto el dormitorio con el Kike. Así como el Juan y yo siempre hablamos antes de dormir, ahora el Kike y yo tenemos nuestras conversaciones que, en realidad, son monólogos, porque no hago más que hincharle la cabeza con mis fantasías de ir a las cuevas de Fitero a buscar oro y piedras preciosas, o con historias de Lekaroz. Es curioso pero, hasta ahora, el Kike era un miembro de la tribu que simplemente estaba ahí, en las sombras, un poco alejado de mí, y ahora estoy descubriendo a Enrique. Creo que nunca antes habíamos hablado. Es curioso que uno pueda pasar años viviendo con una persona, jugando con esa persona, comiendo con esa persona, yendo a la piscina con esa persona, sin tener una sola conversación con esa persona. Igual que vuestro abuelo, que solo tuvo monólogos con nosotros. En Japón aprendí que lo importante no es hablar con alguien, sino estar con esa persona. Lo importante no es compartir los pensamientos con una persona, sino compartir el tiempo. A lo mejor vuestro abuelo es japonés. Pero nosotros no somos japoneses y nos gusta compartir nuestros pensamientos, de manera que Enrique y yo estamos creando un vínculo que antes solo tenía con el Juan, con la Nena y con la mamá.
Y hablando de vínculos, la cercanía con mi madre va aumentando. Al menos mi empatía va creciendo según me voy identificando con su sufrimiento. Cuando era pequeño intentaba consolarla infructuosamente cada vez que la encontraba llorando escondida en la despensa de la cocina. Ahora, me levanto muy temprano para coger el autobús de Lekaroz y ella ya está en la cocina, tomándose su té con galletas y se nota su tristeza de persona destrozada. Yo tengo un montón de emociones reprimidas, porque ella no se deja abrazar ni besar. Solo puedo sentir la electricidad que fluye entre nosotros. En silencio. En el frío de esas mañanas oscuras, sin Dios, antes de ir a Tudela a coger el autobús. En el coche escuchamos a Supertramp sin cruzar palabra, ella absorta en sus pesadillas. ¿En qué piensas, mamá? ¿Por qué estás tan triste? Ahora suena la ominosa armónica de School y me miras con esos ojos llenos de pena, porque en mí te ves a ti misma, ves las oportunidades perdidas, te acuerdas de tus mejores años, tus años de secundaria en Winchester que nunca volverán. Y quizá también pienses, si no hubiera cometido el mayor error de mi vida, este niño y sus preciosos hermanos no existirían. Cruel destino. Te quiero mucho, mamá. Cuando sea mayor te salvaré. Nos iremos lejos y seremos felices. Palabras que se piensan y no se dicen mientras el coche atraviesa los campos cubiertos de escarcha. Pronto aprenderé que no es el destino de un niño salvar a una madre que no quiere salvarse a sí misma.
La auto-hipnosis regresiva no está funcionando bien. No consigo acceder al contexto de mis recuerdos, como es mi objetivo. Sin embargo, mientras escribo estas líneas, puedo percibir aromas y sensaciones táctiles como si estuviera sumergido en estos tempranos años ochenta. Es como si una parte de mí hubiera conseguido acceder a esa zona de la memoria, la del olfato y del tacto, y otras zonas, las visuales y auditivas, hayan quedado ocultas. Estoy intentando escuchar al Kike cuando hablamos por las noches, para ver qué me dice, pero nada. Los recuerdos están ahí, puntuales y mudos; sin embargo, puedo oler los muebles, y puedo sentir el invierno en mi piel. Supongo que es más fácil recordar olores y sensaciones táctiles porque no tienen una estructura tan compleja como el lenguaje o las interacciones con otras personas. Estoy intentando recordar lo que me decía el yayo porque, en este relato, parece mudo, pero no llego a escuchar su voz, esa voz grave desgastada por el tabaco. Quizá sus palabras estén en mi boca cuando os digo “¡qué chiquillos tan preciosos!” Quizá, cuando os digo ilusionado “¡qué chiquillos tan ocurrentes!”, sea él quien habla. Y, cuando le digo a vuestra madre “¿qué tal, moza?”, y “chiquilla preciosa”, y “¿cómo está esa chiquilina?”, es muy posible que sean las palabras de mi abuelo, porque no sé de qué otro sitio hayan podido salir. Lo que sí recuerdo muy bien del yayo es su sonrisa que irradia amor. Como tantos de su generación, seguramente el yayo ha aprendido el arte de dejar a la gente en paz. El arte de no agobiar a los demás con conversaciones y preguntas. Él todo lo dice con una sonrisa y, al desnudarse de palabras, nos muestra su alma.
No recuerdo cuánto tiempo ha estado el papá en Cataluña, pero no ha sido mucho. La mamá le ha dejado volver a casa y estamos rabiando. No puedo creer que mi madre sea tan imbécil. “¿Es que no te das cuenta de que te va a pegar y nos va hacer sufrir a todos?” Pero mi madre no responde. Se le nota en la cara que sabe de sobra lo que le espera. Después de varias semanas de paz y tranquilidad, de felicidad, ha vuelto el aguafiestas del papá. Recuerdo perfectamente ver a mi padre por primera vez en el piso nuevo, como quien ve a un invasor… Peor aún, como quien ve a un animal, una hiena, un cerdo, sin besos ni abrazos, solo una mirada de odio mía y una mirada esquiva de mi padre. Ahora está peor incluso que antes. Bebe más que antes y está obsesionado con la política. Dice que es de la Falange y que hay que fusilar a todos los rojos, que Franco era un héroe nacional y, el rey, un calzonazos y un imbécil. Sale mucho por la noche y regresa a las tantas de la madrugada cantando canciones fascistas. Nos levanta a todos de la cama y nos reúne en el salón para que escuchemos sus monólogos. Pone música en la radio que compró en Andorra. La misma cinta una y otra vez. Natalia, ponme un whisky. Yo me muero de sueño mientras él no para de repetir las mismas frases con diferencias de tono. Cuanto más borracho está, más levanta la voz. “¡A mí cien mil pesetas me las repamplinfan! ¿Qué os creeis que es la vida? Mañana vendréis a trabajar al taller. Así aprenderéis lo que cuesta un duro. Y la puta de vuestra madre también. ¡Te voy a dar clases de inglés! ¡A lijar figuras hasta que te salga sangre de las manos! ¡Zafia¡ !Mírala! ¡Haz algo! ¡A la cocina hasta que yo te llame! ¡El mundo es redondo y, el que no espabila, se va al fondo! ¿Y tú qué miras, niño mimado? El favorito de la mamá. El que está en el cuadro de honor en Lekaroz. ¿Tú sabes lo que cuesta tu colegio? ¿Y sabes que fui yo quien te metió en Lekaroz?” Las horas pasan y las mismas canciones se repiten como se repiten las mismas amenazas incongruentes hasta que el papá se tambalea por el pasillo, mete un montón de ruido en el baño, y se derrumba sobre la cama. Lo peor es que este nuevo ritual se va a repetir durante muchos años con diferentes niveles de agresividad hacia mi madre.
Un buen día, viene Caselli de visita. Un tipo alto, delgado, algo mayor, vestido con traje y corbata, y con una barbita de esas que están tan de moda hoy en día. Me saluda, me mira, saca la billetera y me larga un billete de mil. Ya sé lo que está pensando: pobre chaval, mira que tener a semejante tarado por padre... Pero Caselli es uno de esos que comprenden al papá, por eso ha venido a ver qué tal está, a pesar de que, cuando vuestro abuelo estuvo en su casa en Cataluña, aparte de robarle los secretos del negocio, debió armar unas cuantas broncas. No cabe duda de que vuestro abuelo tenía una personalidad fascinante para aquellos que no sufrían directamente sus desmanes. Unos meses después, aparece por casa un chaval joven que trabajaba con Caselli y ahora viene a quedarse con nosotros una temporada. Aparte de que le ha quitado la cama a la Nena, nos cae bien el tipo. Habla con un acento catalán fuerte y nos hace mucha gracia. Es curioso cómo vuestro abuelo atraía a la gente de esa manera. En otra ocasión, dentro de un año o así, vendrá a quedarse en casa otro perrillo callejero, uno de Tudela, de la Falange. ¡Menudos son estos de la Falange! Predican la ley y el orden y luego se gastan todo el dinero de los donantes en borracheras y putas. Porque mi padre no tiene filtros: nos lo cuenta todo entremezclado con los habituales mantras de sus monólogos etílicos. El caso es que al papá parecen fascinarle los chicos jóvenes. A veces me lleva a un nuevo pub que ha puesto el Dionisio al lado de su antigua barra americana, el pub Dona, donde trabaja un chaval de quince años, el Copín. Todavía no he visto la película Cocktail con Tom Cruise, pero el Copín es una especie de Tom Cruise ribero. No muy alto pero musculoso, lleno de energía, con una sonrisa deslumbrante y una personalidad encantadora. Creo que a mi padre le fascina su energía y su confianza en sí mismo. El Copín es de palabra fácil y siempre tiene una buena respuesta para los mantras alcohólicos de mi padre. Otro chaval que también le cae de maravilla a mi padre es el Pablo, un chico de catorce años que ha contratado para trabajar en el negocio de las figuritas, en un taller de alabastrina que ha puesto el papá en una fábrica de alabastro en el camino de Corella. El Pablo también nos cae muy bien al Juan y a mí. A veces, cuando vamos a trabajar a la fábrica, nos sentamos a su lado y lo freímos a preguntas:
—¿Y tienes novia?
—En Fitero tengo novia.
—Pues en Fitero dicen que, si eres forastero, te agarran entre cuatro y te meten una paliza.
—Conmigo no se van a atrever, ¿no veis que tengo amigos ahí?
—¿Y cómo vas a Fitero?
—En la moto voy.
—¿Y tú cómo sacas esos músculos?
—De ir al campo. Mi padre tiene campo.
—¿Y cómo puedo tener yo músculos así?
—Tienes que ir al campo, al espárrago, a la cereza, a la vendimia, a por peras… Así sacarás músculos. Y tienes que comer bastante.
—A ver, saca bola otra vez.
El Pablo se remanga la camisa y saca una bola que parece de acero.
—Mira, toca. Ahora tú, a ver qué bola tienes.
Pero yo solo tengo un huesillo con un colgajo de piel que le daría pena al Lazarillo de Tormes.
—Mira yo —dice el Juan—, yo sí tengo bola.
En efecto, el Juan está fuerte, y eso que ha pasado tanta hambre como yo en la niñez. El Pablo nos pone al día sobre las últimas tendencias musicales, tal y como lo hacía el Ronaldo el verano pasado. Como ha dejado la escuela, nos habla del trabajo, de ganar dinero y de ir a la mili cuando le toque. También nos habla de chicas, pero en general, sin dar demasiados detalles. Algo que nos fascina del Pablo es que puede articular palabras y frases con eructos.
—¡Hijo de perra! —sale de su estómago—. Tenéis que llenar el estómago de aire y soltarlo como si fuera un eructo. Así: ¡Eres un puto guarro!
El Juan y yo estamos que nos partimos de risa con ese croar de sapo. Al menos cuando está el Pablo en el taller, nos entretenemos bastante. Además, como es una máquina de trabajar, cuando ve que no llegamos a terminar nuestras piezas a tiempo, nos echa una mano antes de que el papá nos dé un grito. El papá se frustra bastante si no terminamos el trabajo a tiempo y, a veces, nos tiene hasta las tantas metidos en el taller. Aquí fue precisamente donde el papá me metió su última hostia. No sé qué le habría hecho. Me estaría quejando de algo, o le habría lanzado alguna respuesta ofensiva, supongo. Pero esa fue la última. Nunca más volvió a tocarme. La verdad, en una persona tan volátil como él, no se comprende que no me hubiera molido a palos más de una vez durante mi adolescencia, porque las cosas se van a poner muy feas. El niño del cuadro de honor se va a convertir en un drogadicto y un delincuente. Peor aún, voy a transgredir una y otra vez la autoridad paterna e ignorar sus amenazas y él se va a aguantar. No sé cómo lo hace, pero se aguanta. Supongo que tiene miedo de que se le pase la mano y acabe su hijo hospitalizado o muerto. Pero, volviendo al tema de los jóvenes, el Pablo es el único que va a aguantar a vuestro abuelo durante muchos años, quizá con una mezcla de compasión y respeto que nosotros jamás tuvimos hacia nuestro propio padre. Y quizá por esa misma razón, vuestro abuelo se ve atraído hacia esos jóvenes, porque ellos le muestran respeto y sus propios hijos no. He estado intentando recordar las circunstancias de aquella última torta que me dio vuestro abuelo a los doce años, pero no lo consigo. Seguramente, estaría cabreado con él por joderme el día al llevarme a la fábrica y le habría soltado alguna insolencia, pero no recuerdo qué. Recuerdo el edificio, el montón de leña que había afuera para las estufas, una vieja Vespa oxidada que estaba aparcada a un costado de la fábrica, las mesas con tornillos de banco donde se sujetaban las piezas de alabastro para tallarlas, las escaleras de ladrillo y cemento que llevaban al piso superior donde estaba el taller de alabastrina del papá, las grandes ventanas industriales que dejaban pasar el cierzo en invierno, la estufa que no calentaba nada… Recuerdo muchas cosas, pero no recuerdo las circunstancias exactas de esa última leche.
Así como el orden familiar se desintegra cada día más, mi orden mental también va desmoronándose paulatinamente. Mi padre me parece insoportable y, si no fuera por Lekaroz y por nuestras vacaciones en Jaca, ya me hubiera vuelto loco por completo. Pero esos momentos de paz y tranquilidad son momentos con fecha de caducidad. La sombra del abuso oscurece mis pensamientos incluso cuando estoy en un lugar seguro. La idea de matar a mi padre se está convirtiendo en una dulce fantasía, como quien sueña con ir de vacaciones al mar, o con enamorarse de la chica ideal. Cuando tienes hijos, puedes ser testigo de los grandes y bruscos cambios cognitivos por los que van pasando pero, cuando eres niño, no te das cuenta de que estás cambiando. A los doce años, Johnny, tú estás cambiando muy rápidamente. Estás pidiendo a gritos que tus padres te pongan unos límites. Necesitas esos límites porque, sin ellos, te sientes perdido; como un navegante sin brújula, sin estrellas, en medio del mar. Te enfadas constantemente, eres insolente y desobediente, desagradecido: estás explorando esos límites. Quieres saber hasta dónde puedes llegar y, si tus padres no te ponen unos límites claros, acabarás perdido en medio del océano y odiando a tus padres por no mostrarte el camino. Tu madre y yo estamos teniendo muchas conversaciones contigo y creo que te vas dando cuenta de las cosas. Yo tengo doce años y también empiezo a darme cuenta de cosas que antes no podía apreciar: mi padre está sufriendo mucho. Por primera vez, en vez de empatizar solo con mi madre y mis hermanos, puedo empatizar un poco con mi padre. Como dice la yaya, mi padre está muy enfermo. Cuando vuelve borracho a casa, nos despiertan sus gritos y sus canciones fascistas antes de que llegue a la puerta de entrada. Normalmente, tiene mal vino y vuelve a casa cantando el Cara al sol y armando tanta bronca que, sin duda, debe de despertar a todos los vecinos. Sabemos perfectamente que entrará en el piso y lo primero que hará será gritarle a la mamá que nos levante de la cama y que vayamos todos al comedor. Entonces, cualquier cosa puede pasar. Desde un aburrido monólogo de dos horas mientras se toma unos últimos whiskies, hasta escenas violentas en las que agarra a la mamá y le hace daño mientras nosotros miramos aterrorizados. A veces hemos tenido que ayudarle a meterse en la cama porque no podía ni caminar. Entonces he sentido su aliento alcohólico en mi cara y se me ha metido en lo más profundo de mi memoria. Se nota que está perdido, se siente solo, y es consciente del odio y el desprecio de sus hijos hacia él. Pero no sabe cómo pedir ayuda; él solo explota en una tormenta de incongruencias etílicas y violencia. A los rojos y los maricones hay que fusilarlos a todos. Vuestra madre es una puta; que os diga a quién fue a ver en Inglaterra cuando estaba embarazada de Felisito. Fui yo quien te mandé a Lekaroz. Y un largo etcétera de amenazas y extraños odios hacia el Mutilva, o hacia el Rey, o hacia los bancos. En efecto, nos hemos enterado de que vuestra abuela fue a Inglaterra a ver a un “amigo” en un momento de duda y parece que vuestro abuelo jamás le va a perdonar esa jugada. Un día escribía “Inés, te amo” en un libro de texto, como un típico adolescente enamorado y, al día siguiente, su Inés se va a Inglaterra asediada por las dudas. Para una persona tan inestable como vuestro abuelo, no podía haber cosa peor. Aunque, lo auténticamente incomprensible es que la dejara volver. La abuela me explicó en su día, que ese amigo de Inglaterra solo era eso, un amigo, y que no había habido nada impropio entre ellos, pero explícale eso a una persona tan insegura, celosa y violenta como vuestro abuelo. La empatía y el odio van creciendo en paralelo. De manera inconsciente creo que me voy dando cuenta de que mi padre está muy enfermo y que quizá merezca algo de compasión. Pero va a ser muchos años después cuando le perdone de manera consciente. Y todavía pasarán muchos años más hasta que lo acepte como persona con todas las consecuencias. Eso ocurrió cuando os tuve a vosotros sabiendo perfectamente que podíais heredar la misma neurodivergencia que vuestro abuelo. Esa fue la prueba de fuego, porque tenía miedo de que mis hijos fueran como él, pero os tuvimos de todas las maneras. Al teneros a vosotros, acepté a mi padre por completo. Por eso soy tan estricto contigo, Johnny. Cuando le faltas al respeto a tu madre, veo a mi padre, y ya te he dicho muchas veces que jamás se trata mal a nadie y menos a tu madre. Te expliqué que jamás voy a permitir que nadie le falte al respeto a mi mujer, ni siquiera mis hijos. Porque tu madre es mi esposa, pero también es mi madre, y mi hermana, y todas las mujeres. Creo que te quedaste un poco perplejo ante semejante declaración, pero es que no puedes comprender bien esto si no lees esta carta primero. No hay nada peor que ver cómo golpean a tu madre, y no voy a volver a sufrirlo. No lo permitiré. Gracias a Dios, eres una persona razonable, que escucha y recapacita, pero veo que hay algo salvaje y rebelde en ti, y me da un poco de miedo porque no podría soportar tener que vivir de nuevo lo que sufrí en la niñez y la adolescencia. Por fortuna, tu madre es incluso más estricta que yo, y no te deja pasar ni una. Yo te he pedido disculpas por ser tan estrictos contigo y te he explicado que, si no te ponemos límites, llegarás a odiarnos. Porque no hay nada peor que estar perdido en medio del océano cuando eres niño y no dispones de la madurez psicológica para navegar la vida sin guía alguna. No podemos dejar que te pierdas, Johnny, como se perdieron tus abuelos o como me perdí yo. Ese sería nuestro mayor fracaso.
Nuestra vida de mierda continúa y ahora, al loco del papá, se le ha ocurrido comprar una gran tienda de campaña para ir todos juntos de vacaciones. El Juan y yo estamos estupefactos y horrorizados: pasar unas vacaciones en un espacio tan pequeño, tan cerca de él, tiene toda la pinta de un castigo. Sin duda se trata de un capricho pasajero y a lo mejor ni siquiera vamos. Pero no, el papá compra la tienda de campaña, un trailer para meter los equipajes, y nos llevará de camping varias veces al año durante años. En realidad, la cosa tiene su atractivo. Nuestro bautismo de fuego va a ser por Semana Santa, en un viaje que vamos a hacer a una laguna de Soria. Cuando llegamos a las puertas del camping, nos lo encontramos cerrado y tenemos que acampar afuera, cerca de la playa. El Juan y yo estamos encargados de armar la carpa, que tiene tres dormitorios y una pequeña sala. En cuanto terminamos de clavar todas las piquetas, empieza a caer una fuerte lluvia con tormenta eléctrica incluída y, al día siguiente, tenemos que regresar a casa. Para los de la tribu, es una aventura y supongo que para nuestros padres, también. No entiendo el significado de pasar tanto tiempo juntos de camping, pero supongo que es un esfuerzo por mantener a la familia unida. Alguna importancia tendremos para nuestro padre. Aunque es incomprensible. Tan incomprensible como el amor divino. ¿Por qué nos creaste? Te pregunto una y otra vez. ¿Qué importancia podemos tener para tí que eres todopoderoso? Nosotros, estos animales insignificantes esparcidos sobre una bola de fuego en medio del Universo. ¿Acaso nos necesitas? Porque, de lo contrario, ¿para qué nos creaste? A no ser que nosotros seamos Tú y viceversa. Creados a tu imagen y semejanza, dice la Biblia. Obviamente, eso no se refiere al cuerpo, sino al espíritu y a la inteligencia. ¿Acaso seamos tus ojos y tus manos? ¿Somos el instrumento a través del cual Tú puedes experimentar el tiempo, el mundo físico, y la libertad? ¿Por eso somos importantes para ti? No lo sé. Esa es la belleza de los misterios de la fe: cuanto más indagamos, más amplios son. Pero no hay belleza en un padre tarado. Un padre que te abandona en un coche por la noche mientras está con una fulana, y luego quiere estar cerca de ti en un viaje de camping. Sin duda, él nos necesitaba de alguna manera, como Dios nos necesita: de una manera enigmática e incomprensible. Quizá para que Dios sea Dios es necesario que haya seres creados que lo adoren. Y, de la misma manera, tus hijos te convierten en padre, en algo que no eras antes. Sin fieles, no hay Dios y, sin hijos, no hay padre.
En fin, sea como fuere, él quiere estar con nosotros. Él, que podría estar en cualquier otro sitio, haciendo cualquier otra cosa, está con su familia. Y mira que somos insolentes y traviesos. En el trayecto de vuelta a casa, nos pone a José Luis Perales, que nos parece un rollo, sobre todo a la mamá. Ayer se fue, tomó sus cosas y se puso a navegar, una camisa, un pantalón vaquero y una canción. “Papá, pon a ABBA”. Y se marchó, y a su barco le llamó libertad. Creo que la mamá está soñando con irse. Y el papá. Y yo. Y Juan. Pero solo son sueños expresados en una canción profética. “¡Qué rollo! ¿Por qué no pones ABBA?” Y regresó… “Después de ésta”.
¿Qué sueña un niño de doce años, Johnny? ¿Con matar a su padre? Yo sueño con irme a vivir a Inglaterra, sueño con una vida sin amenazas, sueño con volver a Lekaroz para estar tranquilo. Este año hemos estado aprendiendo dibujo técnico. El padre Echevarría nos ha explicado que lo más importante es la pulcritud. Primero hay que preparar la página, demarcar los márgenes, encontrar el centro. Hemos aprendido a usar la escuadra, el cartabón y el compás, y varios métodos para trazar líneas paralelas y perpendiculares, para encontrar el centro de una circunferencia, para buscar tangentes. A mí me gusta mucho llenar hojas con patrones geométricos que luego paso a tinta con mucho cuidado. Este año, ha venido un representante de Coca-Cola a hacer una promoción y nos ha regalado unas carpetas de anillas con fotos de chicas en bikini en la portada. Ha sido como si esas chicas me llamaran desde los verdes parques donde posan sonrientes, invitándome a una coca-cola, y me he sentido muy mal por no tener novia. Sin darme cuenta, me estoy convirtiendo en un adicto, en una persona que busca cosas y experiencias de manera compulsiva. El representante ha dejado con los curas una invitación para participar en el concurso de relato corto de la fundación Coca-Cola y, para mi sorpresa, los curas me han escogido a mí para representar a los de mi edad, porque dicen que escribo bien. El evento es en Pamplona. Ahora no consigo ver bien quién me lleva al concurso pero, cuando llego al aula, me sientan en un pupitre, me dan tres hojas en blanco, dictan las normas y me quedo en blanco. No estoy preparado y solo llego a escribir un mal párrafo. ¿Cómo se entiende que un niño de doce años se presente a un concurso de cuentos sin haber hecho un borrador antes? ¿Cómo se entiende que los curas se tomasen el trabajo de llevarme a Pamplona pero no el de guiarme con la elaboración de las ideas previas, del desarrollo de los personajes, de la estructura del cuento? Otra vez me siento frustrado porque los mayores no son responsables. ¿Es que no se dan cuenta de que solo soy un niño? ¿De dónde quieren que saque un cuento para un concurso si no me ayudan un poco? La verdad es que, en aquellos tiempos, el tema de la protección era una asignatura pendiente.
Esta mañana vuestra madre y yo hablábamos sobre las infancias nefastas que hemos tenido y le he recordado que ahora todo está bien: ambos estamos teniendo la oportunidad de reparar el pasado porque os estamos dando la infancia que hubiésemos deseado para nosotros mismos. A vosotros no os falta cariño, ni comida, ni atenciones, ni calor en invierno, ni protección, ni guía. Creceréis sin saber la suerte que estáis teniendo, por eso os estoy escribiendo esta carta, para que os deis cuenta de lo aventajados que sois. Vuestra abuela estaba reparando su infancia y nosotros, vuestro padres, la nuestra. Pero no quiero que penséis que os estamos utilizando para obtener una felicidad que no tuvimos de niños. Ni siquiera os recomiendo que intentéis reparar el pasado si es que un día necesitáis hacerlo, porque no hay garantías de que funcione. Creo que mi propia abuela, la yaya, haya querido reparar su pasado y volver a ver a sus hermanos muertos en la guerra; pero solo obtuvo una nueva guerra, la cruel guerra de criar a dos hijos problemáticos que se abandonaban al alcohol y a las drogas, de ver un hijo muerto y dos nietos que acaban en la cárcel. Y, sin embargo, no perdiste la fe en Dios.
Tenías que creer. Aunque tus oraciones no sirvieran para salvar a tus hermanos, ni a tus hijos, ni a tus nietos. ¡Qué golpe a tu fe tuvo que ser eso! Por un momento, tu fe se tambaleó, dudaste del poder de tus oraciones. Dios no te estaba escuchando. Pero, como un náufrago sobre una patera en medio de la tormenta, tuviste que aferrarte a esa fe porque era lo único que tenías. Tu fe no había salvado a tus hermanos, su propia fe no los había salvado, pero sin la fe, todos estamos perdidos. Así que seguiste rezando sabiendo que Dios tiene un plan que nosotros apenas llegamos a intuir. Tú también quisiste reparar tu pasado, no de manera consciente, quizá. Pero tus hijos eran tus Julios y tus Pacos que habían muerto en la guerra y ahora estaban vivos. Y así como yo veo al tío Patxi en Francis y a mi padre y a Juan en Johnny, tú también verías rasgos de tus hermanos en tus propios hijos. Habías reparado tu pasado de alguna manera. Y así como tú veías a tus hermanos en tus propios hijos y nietos, yo te veo a ti en mis hermanas.
Pero, volviendo a Lekaroz, este año me han escogido para leer en misa, lo cual lo hago de muy buena gana, porque soy muy amigo de Jesús. Sin embargo, algo que continúa dándoseme fatal son los deportes. Cuando me obligan a jugar al fútbol o al baloncesto, solo me paseo con las manos en los bolsillos intentando evitar el balón y deseando que acabe pronto el martirio. En invierno, me pasmo de frío mientras los demás chavales disfrutan persiguiendo el balón y se lo toman tan en serio como si fueran jugadores de primera división. A veces hay algo de nieve en los campos de fútbol y se me congelan los pies. Pero ahora estamos en el último trimestre y los carámbanos de hielo son solo un recuerdo. Otro año lo hemos pasado genial en las fiestas rectorales, hemos tenido nuestra obra de teatro, nuestros conciertos, nos han puesto alguna película buena los fines de semana, han invadido el colegio nuestros padres en los días señalados, los curas le han dicho a mi madre que, sin duda, voy a ser un gran científico en el futuro porque, de hecho, ya lo soy ahora, lo cual ha hecho que me sienta muy orgulloso. ¡Qué poco sospechan que Satanás tiene mi corazón atenazado! Cuando voy a confesarme, le digo al cura mis pecadillos, pero nunca le confieso que deseo que mi padre se muera. Porque eso es algo que está ahí siempre, en un segundo plano, como una conciencia adicional de la cual no soy muy consciente. El mal es tan ubicuo, que pasa desapercibido, como el aire que respiramos, o los ácaros de la piel: están ahí siempre, pero no pensamos en ellos. ¿Qué es el demonio? ¿Quién es Satanás? Te pregunto constantemente. Porque yo lo he vivido y lo he visto. He experimentado a Satanás en carne propia. Pero, dime, ¿es Satanás una persona independiente con voluntad propia, como lo eres Tú? ¿O es el mal algo abstracto e impersonal, una mera parte de la condición humana, el precio de nuestra libertad? Me lo vas a tener que explicar Tú mismo, porque ni los curas ni los teólogos tienen una respuesta, y yo quiero entender por qué no pude evitar caer en el peor de los pecados. El infierno es la ausencia de Dios, dicen algunos teólogos, no un sitio donde Dios mande a los pecadores para sufrir. El ateo renuncia a Dios para siempre y se condena eternamente, dicen algunos. Pero eso no me convence, porque Juan era un rebelde que se reía de mí cuando yo rezaba y no puede ser que se haya condenado para siempre. ¿Y qué me dices de tus bienaventuranzas? Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Espero que hayas cumplido tu promesa y estés consolando a mi hermano en estos momentos, porque él pagó el precio de nuestra libertad con su llanto. Él ya sufrió bastante. ¿Y mi madre? ¿Acaso se merece una condena eterna? Y no te pregunto por mi padre, porque él recibió la extrema unción cuando todavía estaba consciente y ha subido directamente al Cielo. Escúchame, Jesús: si de verdad te importamos, jamás vas a dejar que esas almas se apaguen para siempre. Yo sé que Juan está vivo porque tú nos lo has prometido y porque yo lo siento vivo: sé que Juan está presente. Y porque apagar a mi hermano y a mi madre para siempre, sería una condena para mí. ¿Y acaso no nos has prometido el paraíso y la vida eterna a los que te somos fieles? Suponiendo que un día merezca compartir tu Gloria, ¿me vas a quitar a mi madre y a mi hermano? ¿Qué paraíso es ese en el que no están ellos? Déjame al menos arrepentirme de sus pecados en su nombre; déjame ser su abogado, su intercesor. Los teólogos pueden manifestar lo que quieran, pero mi corazón me dice que estaremos juntos en la eternidad, y esa certeza la has plantado Tú en mi alma. Tu respuesta es contundente: la cruz. Tu sacrificio lo explica todo. Tu sufrimiento redentor es eterno y contemporáneo. Tú sufres ahora por nosotros, por nuestra salvación, incluida la de Juan y la de mi madre. Y, ¿acaso vas a morir en vano?
Supongo que debo pediros disculpas por darle vueltas a este tema constantemente, pero no hay nada más valioso que nuestra alma. Como os he dicho muchas veces, cuando tengáis hijos, querréis darles algo importante, lo más importante; y, ¿qué puede ser eso? ¿Una educación? ¿Un patrimonio? No. Ya os he dicho que lo más importante es Cristo, la única herencia que merece la pena. Solo Cristo os va a liberar, solo en Cristo existe la verdad. La única verdad. El mundo nos está dejando claro que cualquier majadería puede ser “la verdad”. La gran pandemia, la gran guerra nuclear que nos acecha constantemente, es el sinsentido ateo. Espero que ese virus no se implante en vuestros corazones porque, una vez víctimas de él, toda una serie de males colaterales harán explotar vuestro ser en un gran hongo nuclear que os sofocará hasta que acabéis convertidos en estatuas de sal. Cristo es la vacuna y la curación: Via, veritas, vita. Que no se os olvide; todo lo demás es falsedad.
Las verdades de nuestra fe son tan complejas y difíciles de comprender que se han llegado a denominar como misterios de la fe. Y, el problema con esto es que, si son difíciles de comprender, también son difíciles de explicar, sobre todo a un niño de doce años. Ni siquiera los curas de Lekaroz van a conseguir que conserve la fe. Según voy creciendo, me voy dando cuenta de lo injusto que es el mundo, y voy a ir echándote la culpa de todo a Ti hasta que, un día, dentro de dos años, termine por darte la espalda por completo. Pero, de momento, sigo enamorado de Ti. La vida en Lekaroz es bella y, si es cierto que los curas no explican bien cómo acercarse más a Dios, también es cierto que nos están dando un ejemplo inestimable de dedicación y sacrificio por los demás. Así es como se predica, más que con palabras y, esta lección, me servirá en el futuro para recuperar la fe. Los frailes nos dan las clases sin cobrar un salario y, nuestros tutores, se van a la cama tarde porque metemos bulla de noche y no les dejamos dormir en paz. Se levantan temprano y pasan el día entero dedicados a nuestra educación. En las horas de descanso, se dedican a charlar con los chavales más descarriados. A veces, veo la desesperación en su rostro. Y no es para menos: la pandemia de la droga se extiende como la peste mientras The Police cantan Message In a Bottle, y millones de drogadictos de todo el mundo envían botellas con mensajes desesperados.
El mundo está lleno de ignominia y unas injusticias son más grandes que otras. A veces te mereces lo que te toca y otras veces, no. De vez en cuando, después de haber estado correteando por ahí con mis compañeros, en la última hora de estudio antes de dormir, me doy cuenta de que no veo bien la pizarra. Estoy sentado detrás de un chico mayor y le digo que no veo bien y me suelta de golpe y porrazo que necesito gafas. Me han entrado unas ganas de llorar que casi no las aguanto. Es como si me hubieran dicho que me tienen que extirpar el hígado. ¿Acaso es culpa mía que tenga que llevar gafas? ¿Qué he hecho yo para merecer ese castigo? Pero eso no es nada comparado con lo que tiene que sufrir el Juan. Este año no le ha ido bien en los escolapios de Jaca y tiene que repetir sexto de EGB así que lo han sacado de los escolapios y va a volver a la escuela pública del pueblo. Juan tiene que aguantar la doble humillación de repetir y de tener un hermano que saca sobresalientes y que está en el cuadro de honor de su colegio. No es extraño que me odiases porque yo estaba subido a un pedestal inalcanzable para ti. Tú tenías que quedarte ahí, mirando, mientras yo disfrutaba de la adulación familiar. Pero también me quieres y estamos siempre juntos. El verano ha llegado y, con él, la piscina, las horas interminables trabajando en el taller del papá, nuestras aventuras por el pueblo, y nuestras conversaciones nocturnas. En la radio ponen a Massiel, a Camilo Sesto, a Victor Manuel, a Ana Belén y a Mocedades, mientras que en la feria de los Paseos y en la máquina de la sala de juegos del Jesusín se escucha a Umberto Tozzi con su Gloria, y a Patrick Hernández y su Born to Be Alive. Aquí en el pueblo, estamos todos con unas ganas locas de estar vivos. Y lo que nos brinda una oportunidad única de sentirnos vivos son los encierros de vacas bravas. Este verano va a morir el Pito en el encierro de San Fermín y todo el pueblo va a llorar la pérdida de un chico tan querido por todos. Pero es que los del pueblo parece que tenemos el tema taurino metido en las venas. Es como si nuestro linaje indoeuropeo estuviese más vivo de lo que sospechamos. Esos invasores que trajeron el ganado vacuno a la península, están más vivos de lo que parece, así que el Juan y yo estamos pensando en correr en el encierro. No recuerdo si fue por San Juan, pero ya teníamos una estrategia preparada.
—Si corremos detrás, no tiene emoción y, si corremos delante, es demasiado peligroso; así que tendremos que correr al lado de las vacas.
—¿Y si nos dicen algo?
—Que digan lo que quieran, ¿acaso está prohibido correr en el encierro? ¿No me digas que tienes miedo?
—¿Yo, miedo? ¡Qué dices! Yo soy más valiente que tú.
—Ya lo veremos en el encierro, a ver quién se atreve a correr…
En efecto, no sé si valientes o imprudentes, o las dos cosas a la vez, pero nos lanzamos al encierro con ganas. Tal y como sospechaba Juan, las mujeres nos gritan desde las vallas y desde los balcones que salgamos de ahí, pero nosotros tampoco tenemos nada de obedientes. Correr al lado de las vacas es emocionante, además, nosotros estamos acostumbrados al peligro: las carreras de coches del papá son mucho más terroríficas que cualquier encierro y, cuando vuelve a casa borracho, amenazando a la mamá, eso sí que da miedo. ¡Qué sabrá la gente de peligros! Las fiestas patronales son el cemento que hermana a todos los del pueblo, y participar en sus ritos marca tu pertenencia al grupo. Correr en el encierro es un rito de paso ancestral. Esto no lo sabemos porque sólo tenemos once y doce años, pero lo comprendemos perfectamente de manera intuitiva. Lo llevamos en nuestro genes. Después de esta gran carrera con las vacas bravas, habrá muchas otras. El Juan y yo no vamos a perder la ocasión de participar en los ritos de nuestra nueva tribu. Así como nuestras conciencias van madurando y nos vamos dando cuenta de las cosas, también estamos superando los límites de nuestra pequeña tribu familiar y buscando la participación en la gran tribu del pueblo.
Los ritos de paso de la adolescencia no se limitan a correr encierros, también hay que fumar, beber alcohol y salir con chicas. Este verano se casa un pariente, ahora no me acuerdo quién, pero los papás no quieren ir y me han escogido a mí para que vaya y represente a la familia. Hay unos trescientos invitados y orquesta, y han venido parientes de todos lados. Está la yaya, la tía Amparo y el tío Rafa, que yo recuerde. El banquete es magnífico, con bandejas de fritos y canapés, vinos y champán. En medio de la algarabía, nadie se da cuenta de que me estoy bebiendo el vino blanco como si fuera limonada. En un momento dado, me siento un poco mareado y apoyo mi mano derecha en una botella de sifón con tan mala pata que se me dispara y le da al tío Rafa en la cara. Pero el tío Rafa no está de buenas hoy, así que agarra el sifón y me pone tibio. La yaya me saca a dar un paseo por los jardines para que se me pase un poco la borrachera. Aunque ya había estado borracho en ocasiones anteriores, esta es la primera vez que me paso con el alcohol. Beber con mesura no es algo que se practique o que se enseñe a los jóvenes, así que la costumbre de beber demasiado se va a enraizar y, después, cuando llegue la droga, en vez de drogarnos con mesura, nos drogaremos hasta perder el sentido. Patrick Hernandez nos asegura que es bueno estar vivos, pero nosotros nos deslizamos por un tobogán mortal, desesperados por experimentar todo eso que nos hace sentir más vivos, pero que, inevitablemente, nos acerca a la muerte.
¿Y tú, Johnny? ¿Cuáles van a ser tus ritos de paso? Ahora vas a cumplir doce años y, cuando considero la vida protegida que has tenido y la comparo con la vida de tu tío Juan y la mía, es como si pertenecieramos a mundos radicalmente opuestos. No me imagino a Johnny corriendo al lado de las vacas bravas, ni fabricando bombas para espantar a la gente, ni metiéndose en un río a pescar a mano, ni trabajando en una fábrica de alabastro. ¡Qué generación tan distinta sois los que estáis todo el día mirando una pantalla! ¡Y qué triste es! Supongo que un día nos echaréis en cara el haberos protegido tanto.
El verano continúa entre piscina, experimentos, horas eternas en la fábrica, y música, mucha música. Hay música en los Paseos, en las piscinas municipales, en las ferias, en casa y en el coche. Si no estamos escuchando a Vivaldi o a Tchaikovski, es Elvis Presley o Supertramp, que han sacado un disco que nos encanta: Breakfast in America. Los fines de semana que vamos a Jaca, el papá pone en el coche a Simon and Garfunkel, o Cat Stevens. La música de Simon and Garfunkel tiene propiedades hipnóticas; aunque no entiendo la letra, es una música melancólica con la cual me identifico. El papá va poner las mismas cintas durante años y, en la edad adulta, yo voy a escuchar esa música con mucho placer, como si me trajera buenos recuerdos, lo cual es incongruente. Sin embargo, vuestra abuela no aguanta a esos cantantes porque le traen malos recuerdos. Luego, en la habitación del tío Patxi, el Juan y yo ponemos Rock ‘n’ Roll Animal, o a Roxy Music a todo volumen. Ahí estamos tranquilos, mientras nos llega el rico aroma de la cocina y los libros de las estanterías nos lanzan su maleficio: “¡Léeme!”.
Este verano, nos vamos a quedar absortos con la tragedia universal de Marco, un niño que se va solo hasta Argentina para buscar a su madre. A mí me llega al alma el hecho de que un niño tan pequeño atraviese el océano para estar con su madre y me atrae la idea de viajar solo. Pero nosotros también vamos a viajar, este verano estamos planificando ir a Inglaterra con la mamá. De hecho, la mamá nos ha prometido que no vamos a regresar a casa, así que estamos contentos. Por fin vamos a poder vivir en paz. El pépé ya ha hecho algunos preparativos y ha mirado dónde vamos a vivir y a qué colegios podemos ir. Yo le he regalado mis juegos de electricidad a mi amigo Quique Piñero.
El viaje en tren a Santander fue una aventura de niños felices como en los libros de Enid Blyton. Abrimos las ventanas del tren y sacamos la mitad del cuerpo para que nos dé el aire del Cantábrico. Las ramas de los árboles amenazan con darnos de bofetadas, pero son otros tiempos y los adultos nos dejan divertirnos a nuestro gusto. El Juan y yo somos los orgullosos ayudantes de la mamá y subimos las maletas hasta la pensión donde vamos a pasar la noche antes de coger el ferry de Santander a Plymouth. Ya nada va a ser igual. Nadie se va a interponer ante nuestra felicidad. Santander nos recibe con sus elegantes edificios y parece que la ciudad está de fiestas. Por la noche salimos a dar una vuelta y nos deja con la boca abierta un equilibrista que atraviesa una gran plaza caminando por la cuerda floja a muchos metros sobre el gentío. Curiosa alegoría, triste augurio.
En Inglaterra, el adoctrinamiento de la juventud llega a niveles todavía más sofisticados que en España. El Juan y yo somos como cerditos mamando mensajes concupiscentes por la radio y la televisión. ¡Aquí sí que ponen buena música! En la tele dan Top of the Pops, que es como nuestro Aplauso, pero con tendencias musicales más innovadoras. El hedonismo, tan promocionado por nuestra cultura, se va a ver intensificado por el exhibicionismo y el narcisismo, el culto al cuerpo que estamos mamando a través de los insinuantes vídeos musicales que tanto nos gustan. Nuestro actor favorito, Peter Sellers, ha muerto hace un mes y aquí todavía están echando programas y películas conmemorando su carrera. Las calles de las ciudades son un hervidero de movimientos juveniles, sobre todo de punks, que nos han dejado con la boca abierta. A veces, nos encontramos con plazas enteras ocupadas por punks en un mar de crestas de colores y chaquetas de cuero ribeteadas mientras el pépé murmura su desacuerdo. Pero es que el pépé es un poco chapado a la antigua en plan inglés, algo distante y estricto. Cuando armamos bulla en el coche o por la calle nos echa las mismas miradas que les echa a los punkis. Pero, en realidad, es muy paciente, porque los de la tribu somos desobedientes, desagradecidos y ruidosos como nosotros mismos, y nos quejamos de todo. Si nos llevan a comer helado, nos quejamos de que sea de vainilla y no de fresa y nata; cuando nos dan té, nos quejamos de que nos den bebidas calientes en pleno verano; y, en el coche, no hacemos más que darnos patadas y lanzarnos insultos. El jefe del pépé nos ha enseñado su colección de coches antiguos y nos ha puesto una limusina con chófer para ir a visitar la Torre de Londres. También hemos estado con su hija, mi supuesta novia de aquel viaje que hicimos la mamá y yo hace seis años, que está muy alta y mayor. Como no hablo inglés, nos hemos quedado ahí plantados como pasmarotes, yo, pensando en que solo soy un niñato y ella, posando en su ropa y maquillaje de mujer hecha y derecha. No me entra en la cabeza que una niña de trece años lleve maquillaje, pero es que en estas cosas soy un pardillo.
Un día vamos a ver el instituto de secundaria donde supuestamente vamos a ir el Juan y yo. Es el típico colegio público inglés, con verdes campos de fútbol que me recuerdan a Lekaroz. Pero este sueño de libertad y nueva vida era demasiado bueno para ser verdad. La mamá ha recibido una carta que puedo ver perfectamente ahora, cuarenta y dos años después. Veo la carta y sé lo que dice tal y como cuando recibí el fax que anunciaba la muerte de Juan: supe lo que decía antes de leerlo. Hay un revuelo por la casa, las familiares conversaciones en francés con grandes aspavientos que siempre acaban con mi madre llorando como una niña. Y el fatídico e inevitable anuncio. Jamás me he sentido tan traicionado como en este momento. Las dimensiones de este choque mental tienen proporciones bíblicas, porque hasta el mismo Jesucristo va a verse implicado. La depresión no tiene fondo, eso lo sabemos los que hemos estado ahí, pero esto es peor todavía. Esto es caer al peor abismo de la estupidez humana, de la perfidia sin sentido. ¿Cómo es posible que quiera llevarnos de vuelta al infierno? ¿Pero qué narices puede decir esa carta para que mi madre cambie de opinión sobre nuestro destino y decida devolvernos a un mundo de abuso constante? Es ahora, a punto de cumplir trece años, cuando me doy cuenta de que mi madre está tan tarada como mi padre. No me puedo fiar de ella. Algo le falla en la cabeza. Y si el comportamiento de mi padre queda más o menos justificado en el capítulo anterior por sus problemas de salud mental, su alcoholismo, y su neurodivergencia congénita, ahora mi madre también queda absuelta: es obvio que no está bien de la cabeza. Lo cual nos deja con una sola persona a la que echar la culpa de todo: Jesús. ¿Por qué nos haces sufrir tanto? ¿Es que no te das cuenta de que me estás perdiendo? ¡Solo somos niños, Jesús! Desamparo total; eso es lo que siente un niño, Jesús, desamparo.
El Juan está tan decepcionado como yo y creo que los pequeños también. En mi memoria Juan está grabado a fuego, mientras que el Kike y la Nena aparecen en un segundo plano, como sombras. Este es un fenómeno que Juan y yo vamos a comentar dentro de unos años: el hecho de que seamos como uña y carne. Es como si nuestras conciencias estuviesen entrelazadas; casi como si compartiéramos una misma mente salvo por un detalle: Juan no es religioso. Así que no sé a quién le echará la culpa de nuestro sufrimiento, pero sospecho que está muy resentido con la mamá. Todavía quedan unos días de vacaciones y nos llevan a la granja del tío John, el marido de una prima del pépé. En realidad, no es una simple granja, sino un negocio agropecuario bastante grande. El tío John nos lleva a ver cómo se cosecha la cebada con unas cosechadoras empacadoras que tienen hasta aire acondicionado; y nosotros pensando que el cereal sólo crecía en los climas mediterráneos. Es impresionante ver cómo la máquina corta la cebada, por otro lado cae un chorro de grano a un remolque y, por detrás, salen las pacas de paja ya listas para llevarlas al granero y alimentar a las vacas en invierno. El tío John y la tía Mim, nos han invitado a tomar el tradicional té inglés en su casa, con sandwiches, scones y pasteles. Después, nos han dejado libres para explorar la granja. Pero la mala sombra ha dejado nuestros corazones convertidos en puro tizón. Estamos jugando tranquilamente cuando, de repente, Juan estalla en uno de sus ataques de ira contra mí y yo, que tampoco estoy nada bien, en vez de ignorarlo, exploto igualmente y nos lanzamos insultos el uno al otro a pleno grito. El Juan y yo ya no nos enganchamos porque me da miedo que me saque los ojos, pero me he quedado muy mal, como si me hubieran dado una paliza de verdad. Y Juan, ¿cómo se siente Juan? Juan siempre ha sido el niño difícil, el rebelde, el que vive a la sombra de su hermano mayor. Juan ha suspendido sexto de primaria y se mea en la cama. Juan tiene un padre que no le aguanta y una madre que le deja sumido en el desamparo más cruel. Así que Juan se está convirtiendo en un disruptor. El niño que no acepta las normas de los juegos y hace trampa. El elemento disruptor se jode a sí mismo con tal de subvertir el orden establecido. El disruptor te lanza narrativas falsas solo para fastidiar. El disruptor no cree sus propias mentiras, solo las adopta según le convenga y las arroja como granadas de mano para sabotear ese orden. A mis doce años no puedo comprender el comportamiento de mi hermano, pero ahora sí, después de haber conocido a muchos disruptores, gente que, de alguna manera se siente excluída y, lo único que pueden hacer es joder la manta. Yo mismo, en la adolescencia, pasaré por una época de interrumpir el orden a través de la rebeldía antisocial. Sin embargo, Juan ha llegado a ese estado, rabiando como un perro callejero, desde hace años. Yo disfruto de la protección de Lekaroz, de la amistad de Jesús, de la adulación de la familia e incluso de la admiración de mis compañeros de clase. ¿Pero Juan? ¿Qué tiene Juan ahora que ha sido traicionado por enésima vez? El más miserable desamparo.
Ayer puse Crisis? What crisis? yendo al trabajo. Sin darme cuenta, estaba conduciendo rápido, haciendo carreras con los otros conductores. De repente, me sentí como si me hubiera metido una raya de cocaína. Me vi preso de una gran ansiedad. ¿Por qué voy tan rápido si no tengo prisa? Y entonces lo supe: otra vez, yo era Juan. Eran la ira y la energía de Juan. Y, en cuanto me di cuenta, me calmé un poco.
Recuerdo la vuelta en barco a Santander. Recuerdo el cabreo atómico que teníamos el Juan y yo contigo. No parábamos de hostigarte, pensando que quizá podríamos forzarte a llevarnos de vuelta a Inglaterra. Éramos cinco langostas vivas que iban a ser lanzadas al agua hirviente. ¿Y tú, mamá, qué pensabas mientras el Juan y yo nos sumíamos en una crisis de ansiedad delante de tus narices? ¡España es una mierda!, gritábamos. Y otras incongruencias quizá inspiradas por nuestro propio padre, como por ejemplo, ¡El rey es un imbécil! Recuerdo a la gente a nuestro alrededor. Puedo ver los ojos de una mujer que nos mira con pena. Pero tú estás muda. Ahora resulta que los dos estáis mudos. ¡Bonita pareja!
La traición de nuestra madre ha dado paso a una nueva dinámica en mi conciencia: ella no hace nada por protegerse ni por protegernos, y nosotros tampoco vamos a hacer nada por protegerla. El papá es su problema, no el nuestro. En lo que a mí se refiere, yo no tengo padre.
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Hoy te he llevado al conservatorio de música, como todos los sábados. En el coche, he puesto Crisis? What Crisis? Te he dicho que, de pequeño, Supertramp era mi grupo favorito. Sin embargo yo no era yo: era mi madre. Y tú no eras Francis: eras Felisito. Pero no hemos viajado en silencio, comiéndonos las palabras, como hace cuarenta y dos años. Hemos hablado de las diferentes voces de los instrumentos. Te he preguntado qué sentimientos puede expresar un violín, y tú has respondido que el violín puede transmitir lo que siente el que lo toca, sea alegre o triste. Luego, me has dicho que, a veces, es difícil escuchar el bajo, pero que puedes imaginarlo. Y yo he subido los graves a tope y hemos escuchado cómo el bajo eléctrico ponía los cimientos sobre los que crecían las demás melodías y ritmos. El Felisito frustrado, que no puede decirle a su madre lo que siente, ni darle un beso ni un abrazo, ha quedado reparado. Pero yo no soy el único que ha conseguido reparar el pasado. Vuestra abuela es una persona mucho más cariñosa y cercana ahora. Ahora podemos hablar de todo, y le puedo dar besos y abrazos. No quiero que penséis que estoy juzgando a vuestros abuelos. Simplemente estoy describiendo una situación de abuso. Todos nos merecemos segundas oportunidades y, tanto vuestra abuela como vuestro abuelo, las han tenido y las han aprovechado. En los capítulos siguientes vais a ver en qué culmina el proceso de embrutecimiento de vuestro padre. Yo tampoco me salvo de la crítica. Espero que comprendáis que la falta de guía y protección, el exceso de libertad, el hedonismo y la concupiscencia de nuestra cultura tuvo como resultado mi caída a lo más bajo. Pero, gracias a Dios, yo también tuve segundas oportunidades. Estoy seguro de que, al leer esta carta, comprenderéis por qué os hemos educado como lo hemos hecho.
Como podéis ver, he pasado de echarle la culpa de todo a vuestro abuelo, a inculpar a vuestra abuela y, de ahí, a responsabilizar a Dios. La mente de un niño es simple. Lo ves todo en blanco y negro. Buscas culpables que sean responsables de las cosas que pasan. Pero ahora, cuarenta y dos años después, en el caso de vuestros abuelos sospecho que no hubiera culpables. Mi madre me dijo un día que esa carta fatídica era de mi abuela, la yaya. Le decía que no podía dividir a la familia de esa manera, y era cierto. Nuestros abuelos y tíos eran una parte importantísima de nuestra vida e incluso de la vida de vuestra abuela, que había sido adoptada como una huérfana y había heredado una magnífica familia. Pero nosotros, al menos vuestro tío Juan y yo, estábamos en un nivel de conciencia primitiva en la que lo primordial era la supervivencia, y era evidente que nuestro padre representaba un peligro real de muerte y una garantía de sufrimiento constante. Ni siquiera se nos había ocurrido pensar que vivir en Inglaterra nos iba a distanciar mucho de nuestra queridísima familia de España.
Es difícil aceptar la traición de una madre, pero peor aún es ver cómo tu propia madre se traiciona a sí misma. Eso sí que duele. Pero también me siento traicionado por Ti. Porque Tú eres mi amigo, pero dejas que yo sufra y sufra. ¿El sufrimiento de Cristo explica nuestro sufrimiento de niños? Cristo se sumerge en nuestro dolor. Cristo nos mira desde la soledad de su cruz y nos dice: mira, yo soy Dios pero sufro como tú. ¡Qué pena no haber entendido esto de pequeño! El que sufre ayuda a Cristo a llevar su cruz. Simón de Cirene es un hombre fuerte que pasa por ahí. Todos somos Simón de Cirene. En cualquier momento, llega un soldado romano y nos dice: ¡A ver, tú, carga esa cruz que el rey de los judíos no puede con ella! ¿Cómo le explicas esto a un niño que sufre? ¿Acaso nuestra religión sea solo para adultos? “Nuestra religión no es una serie de respuestas listas para responder cualquier incógnita", nos dicen. "Todos estamos llamados a ayudar a Cristo a llevar su cruz", nos aseguran. "Te estás ganando el cielo con creces", nos prometen. "Tienes que tener fe en Cristo Jesús, él carga el sufrimiento de toda la humanidad sobre sus hombros. Cristo no murió en vano. Las respuestas a tus preguntas están en el cielo, solo Dios conoce la respuesta”. Y, mientras todo esto sea verdad y dé sentido a la vida de los que vivimos en Cristo, para un niño que sufre, son solo palabras sin sentido. Hace ya veintidós años, hablaba sobre el sufrimiento humano con el Padre Acaso y me dijo que Dios había creado seres perfectos que no sufrían. Nosotros sufrimos porque somos libres y, sin el sufrimiento, no existiría la libertad, seríamos animales. Yo os he explicado esto muchas veces porque, cuando era niño, nadie me lo hizo entender, lo cual me llevó a mi enfado con Dios y a que acabara dándole la espalda. Espero que vosotros nunca le deis la espalda a Dios cuando un soldado romano os dé el alto y os grite: ¡Tú: ayúdale al rey de los judíos a llevar su cruz! Dios sufre con nosotros para que seamos verdaderamente libres. Que no se os olvide.
©Félix Chivite Matthews 2018
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