Capítulo 10
Siete años
Septiembre 1974 - Septiembre 1975
La carretera es una pista encantada: de día se ven trechos verticales que suben hasta el cielo; por la noche, colas de luces de colores y coches que se deslizan de derecha a izquierda como si volaran. El papá para en un bar y se pide un cuba libre; me compra una bolsa de patatas fritas, y me da unas monedas para echar unas partidas en la maquinita. De vuelta en la carretera, penetramos en la noche, me siento desorientado. Otra parada, otro cuba libre, otra partida de pinball. Aburrimiento y sueño. Papá, tengo sueño. El demonio está ahí, haciendo de las suyas y no escucha a su hijo. Y otro bar y otro cuba libre. Al día siguiente, el papá hace algo que no se me olvidará nunca: me peina en la habitación del hotel. Incluso me atrevería a decir que me peina amorosamente, cosa que para mí es sorprendente e inesperada. Y ahí estamos los dos, en ese rincón de mi memoria: él, intentando ahuyentar a sus demonios; y yo, su pequeño ángel de la guarda, haciéndole compañía. Porque el papá a menudo me lleva con él y a mí me gusta acompañarle. Cosa curiosa. No lo entiendo bien: Ora te odio, ora te quiero; ora no te soporto, ora quiero ir de viaje contigo.
Aquel fue un día aburrido, como siempre. Llevamos a los perros al concurso, el papá les dio sus vueltas por el recinto, y los jueces emitieron su puntuación. Portugalete, Igualada, Fraga y no sé a cuántos otros lugares me llevaba a concursos de perros, pero debieron ser bastantes, porque la repisa sobre la chimenea de casa se fue llenando de medallas y copas. Hasta un campeón de España tuvimos: Georgie, un precioso dogo alemán que nos llegó de Inglaterra en avión. Recuerdo perfectamente acercarnos a Barcelona de noche una vez. Si Madrid siempre me impresionaba por sus ríos de luz, Barcelona era una alucinante maraña de serpientes brillantes. Habrán sido esas emociones, y poder tener a mi padre solo para mí, lo que me impulsaba a ir de viaje con él. Porque a él le gustaba mucho viajar y se le notaba más tranquilo lejos de casa. Y es que él siempre se escapó de casa. Desde muy joven, se iba con miles de pesetas que le daba su padre a cualquier sitio lejano a correrse unas juergas impresionantes. Me pregunto qué demonios le impulsaba a abandonar a su familia entonces, como ahora. Solo que ahora el lobo solitario tiene un lobezno a su lado.
Los recuerdos están más nítidos ahora que tengo siete años, pero siguen siendo dispersos. Por eso lo que acabo de narrar es un recuerdo compuesto: un viaje arquetípico. Lo cual no quiere decir que sea falso, sino que el marco temporal es algo inexacto; eso es todo. No sé si mi padre siempre bebía cuba libres, no creo que yo jugara siempre a las maquinitas, y seguro que no siempre hacíamos noche fuera de casa. Lo importante aquí es que era yo el que iba siempre con mi padre, y no Juan. Yo era el niño tranquilo que hacía compañía a mi padre, mientras que Juan le sacaba de quicio. Yo era el que se portaba bien; y Juan, el quejica respondón. Yo era el hijo mayor responsable que cuidaba a mis hermanos, mientras que Juan se orinaba en la cama. Yo era el héroe que había ido de compras solo con seis años cuando toda la familia estaba en cama con gripe. Yo le plantaba cara a mi padre y me ponía al lado de mi madre cuando le lanzaba insultos. Solo teníamos seis y siete años, pero ya habían surgido dos narrativas bien distintas en la familia: Felisito, el niño responsable; y Juan, el rebelde que se meaba en la cama. Y esto no hizo más que sembrar más cizaña en el corazón de mi hermano. Yo era un privilegiado hijo mayor y él, un segundón amargado. Y, mientras que estas narrativas no las había propalado yo, para Juan eran de una ignominia insoportable y su relación de amor y odio conmigo se fue tornando cada vez más agresiva. Parece increíble que en el seno de una familia puedan darse este tipo de favoritismos, fundamentados en narrativas falsas, y en mitos, de la misma manera que el avance político, a nivel nacional, se basa en crear mitos para ensalzar a tu propio grupo, y narrativas falsas para desacreditar a los oponentes. Juan lo debió pasar fatal, especialmente porque, hasta cierto punto, debió haberse creído esas narrativas. Si yo ya estaba desarrollando un gran complejo de “pobre”, como he descrito en el capítulo quinto, Juan debió haber experimentado algo mucho peor. Pero es que no solo eran los viajes con el papá: yo solía ir a casa de las Vicentas solo, y a comer a casa de la tía Angelita solo, y, por lo general, se me daba un grado de confianza y responsabilidad que no se correspondía con mis años, mientras que Juan siempre se quedaba atrás, como si no existiera.
Por si fuera poco, el papá le fue cogiendo bastante manía a Juan, de manera que era Juan el que se llevaba los golpes. Y, aunque yo me solía librar de las palizas, no me libraba de verlas, y fue por esta época cuando se me congeló el corazón, no porque el papá le estuviese pegando a la mamá, como de costumbre, sino porque le estaba dando duro al Juan y, al final, en un ataque de rabia, lo lanzó desde la galería hasta nuestro dormitorio, donde el pobre Juan se estrelló contra la pared y cayó sobre su cama como una marioneta sin hilos. Todavía me congela el alma recordar esto. Cómo pudimos vivir con él tantos años, y perdonarle tantas veces, es algo que no me explico. Como no me explico que vuestra abuela no nos sacase de ese infierno después de presenciar algo así.
Pues yo a ti sí te quería, Juan. Siento mucho haberte hecho tanta sombra. De corazón; verdaderamente lo siento, aunque no fuera culpa mía. Sólo tienes seis años y lo estás pasando fatal. Me odias, pero te pegas a mí porque soy lo único que tienes. El papá no te aguanta y, la mamá, está aislada en ese mundo de pesadilla en el que lleva años sumergida. El Kike y la Nena son muy pequeños, así que yo soy tu único amigo. Encima, te he robado a la Nena, porque desde que nació, me he reservado la responsabilidad de cuidarla para mí solo. Ojalá no tuviera siete años. Ojalá tuviera cincuenta y tres y pudiera acercarme a ti y consolarte. Te daría un gran abrazo y te sacaría de ahí. Porque a ti sí que te va a ir mal. Yo tuve suerte, a fin de cuentas era el privilegiado de la familia, pero tú no. A ti te va a ir muy mal. Lo siento, Juan. Lo siento muchísimo, pero la única manera de darte un abrazo y consolarte es a través de estas páginas. Ojalá puedas sentir mi abrazo a través del tiempo.
Y tú, mamá, ¿qué tienes que decir al respecto? Porque tu marido es un demente, ¿pero tú? ¿Cómo puedes soportar que Juan sufra tanto? ¿Y no te da miedo que un día yo regrese de uno de esos viajes con el papá en una caja de pino? Me dejas ir con él sabiendo que es un borracho y que ya ha tenido muchos accidentes: El de Ágreda, que dejó un herido grave. El de Corella (¿qué le pasó a la chica que iba con él?). El de Estella, cuando Juan y yo acabamos en el hospital con los huesos rotos. Y él sigue alardeando de su cicatriz en la frente: “¡Mi cabeza fue más fuerte que el árbol!”, como si la vida fuera un juego de ruleta. ¿No te das cuenta de lo que está pasando, mamá? Mis hermanos sí se dan cuenta: de una manera intuitiva, sin pensarlo mucho, se dan cuenta de que no nos estás protegiendo y te han perdido el respeto. Ahora te desobedecen y te insultan y yo, que solo tengo siete años, me pregunto cómo te pueden hacer eso. Porque yo te adoro a pesar de los pesares, pero ellos están resentidos. Algo en su interior les dice que todo es culpa tuya por darnos un padre así. Ahora no lo saben, no pueden articular esos pensamientos, pero sienten mucha rabia. Recuerdo un día que te enfadaste con ellos porque no querían hacer sus tareas de casa y su respuesta fue lanzarte los mismos insultos que te solía lanzar el papá: ¡Puta, zorra! Como una manada de lobos, con la cabeza inclinada hacia adelante, no paraban de gritar, y lanzarte esos insultos como si fueran piedras. Pero ellos no sabían lo que hacían. Estaban ciegos por la ira, el desamparo, el frío, el hambre, y el miedo. Ellos solo imitaban un comportamiento familiar, tal y como lo hacíamos el Juan y yo cuando nos enganchábamos. Todos estábamos sufriendo un proceso de embrutecimiento y tú te llevaste la peor parte. Tú, nada podías hacer, porque estabas muerta por dentro. Solo tú sabes cómo duele el darte cuenta de que tu proyecto de vida no existe y que todo fue una equivocación. Y lo niegas. Niegas que te hayas equivocado y te quedas con él. Y una y otra vez te destroza el alma. Y no solo el alma, porque el dolor es tan grande que cada una de las piezas de tu cuerpo se hacen añicos y todo te duele y sientes ganas de vomitar. Porque tu vida era él. Pero él está con otra y luego vuelve a casa a pegarte una paliza. Y luego se ensaña con tus hijos. Y hasta tus ojos están quebrados, porque no puedes soportar ver una cosa así. Porque el hombre que amas te ha roto la vida.
Pero el proceso de desempoderamiento de la abuela es anterior incluso a las palizas; anterior a mis tres años de edad, cuando comienza este relato. Quizá sea relevante hacer un pequeño inciso aquí para explorar ese proceso de destrucción de la voluntad que comenzó cuando yo estaba en el vientre de vuestra abuela, y que solo he mencionado brevemente en el primer capítulo: Tras recibir una negativa rotunda al matrimonio por parte de sus padres, vuestros abuelos decidieron engendrarme para forzar la boda. Poco después, vuestra abuela aceptó ser internada en Nuestra Señora de la Almudena, la antigua maternidad de Peñagrande, en Madrid, un centro para madres solteras menores de edad. Vuestra abuela no era menor de edad, pero la madre superiora era una monja de Cintruénigo y tenía amistad con la familia, así que la abuela estuvo ahí a todo lujo como ella misma recuerda: “Yo no tengo más que buenos recuerdos de aquellas monjas, y la chica de confianza que me acompañaba para salir por Madrid tampoco se quejaba de nada. Yo, claro, estaba donde estaban las chicas de nivel económico alto y además, la madre superiora era de Cintruénigo. Me han llenado de horror los varios artículos que he leído y no puedo creer que esas encantadoras y cariñosas monjas fuesen tan malas”. Vuestra abuela se refiere al escándalo de robo de bebés recién nacidos en Peñagrande. Por lo visto, a algunas madres las tenían encerradas como en un presidio y, aunque la abuela recuerda esto como una época maravillosa, e incluso habla de una divertida fiesta flamenca que hubo en la cocina, ella también estuvo encerrada, aislada de la sociedad, como una criminal, ocultando su vergonzoso embarazo.
Lejos de sus padres, y tras salir del reformatorio, enseguida empezaron las palizas, las humillaciones, y la infidelidad. Según cuenta la abuela, el día de su boda fue uno de los más tristes de su vida. Y es que ella ya sabía lo que le esperaba. Aquí narra algunos eventos a modo de retrato psicológico de su abusador: “El caso es que yo creo que él tenía algún problema con su identidad sexual porque lo que más le gustaba era quitarle la mujer o la novia a algún amigo o a su propio hermano y, a la vez, tenía unos celos enfermizos, sobre todo de joven. Me acuerdo de un incidente antes de la suspensión de pagos; estábamos con Richie en Madrid y se me ocurrió reirme de algo que dijo Richie, además quizás con complicidad, porque era un chico divertido, cosa que tu padre no ha sido nunca. Ya de vuelta al hotel, tu padre me dio tal paliza que me dañó el tímpano del oído y me llevaron a un especialista que me dijo que se curaría poco a poco. No podía mirar a nadie, ni ser simpática con nadie, era horrible; y él sin embargo con unas y otras: que si la mujer de Míguel Botero que, como Míguel estaba hasta arriba de drogas o lo que sea, le dejaba. O una vieja divorciada de Madrid que había estado casada con un inglés (se llamaba Sra. Bailey, ¡qué casualidad!), y Richie como era bisexual, se tiraba al hijo. Tu padre se enfadó con el Yayo, se marchó de casa y me mandó a casa de mi abuela en Elche. Pasamos las navidades allí. El Juan ya había nacido, pero no se si te acordarás de eso; hacía tan bueno que sobraba el abrigo. Pues me fui de Madrid a Alicante en tren “chu-chu”; un viaje infernal con dos críos pequeños, ni te imaginas. Luego se lió con dos niñas de quince años de Valtierra (que años despues le dijo el Dionisio que se habían dedicado a la prostitución y que una murió de sida). ¡Quince años! Cualquier hombre decente no se las beneficia sino que las lleva de vuelta a sus casas. Y lo de la Dayana, ya no tiene nombre, tirarse a la novia de tu hermano, por muy puta que sea, mientras tu hermano está en el hospital con un mono o no me acuerdo, pero estaba grave con el tema de las drogas, el pobre Patxi. ¿Tú te imaginas hacer eso a Juan o Enrique? Hay límites o líneas rojas que no se cruzan. Lo que pasa es que de pequeño jamás se le puso límites a tu padre, si no, pataleta; y se pasó la vida pensando que tenía todos los derechos, más que nadie en el mundo, y que nada tiene consecuencias. Pues el tema es para un estudio psicológico desde luego”.
Richie era mi padrino, a quien tenía cariño aunque no lo conocía mucho, porque me solía mandar magníficos regalos por mi cumpleaños. Al igual que la tía Isabel, parecía saber exactamente los juguetes que más me gustaban: juegos de carpintería con todas las herramientas. Dayana fue una novia del tío Patxi quien aparece en esta historia un poco más adelante, a mis diez años. Y las chicas de Valtierra, nunca las mencionó mi padre delante de nosotros, lo cual es extraño porque siempre se jactaba de sus “hazañas”, por muy grotescas que fueran. Bailey es el apellido de la abuela paterna de mi madre, por eso es casualidad que mi padre le fuera infiel con una Bailey. Y los abuelos maternos de mi madre eran oriundos de Elche, aunque su madre, la mémé, se crió en Argelia hablando Francés y conoció al pépé, un oficial del ejército británico, durante la Segunda Guerra Mundial. Al terminar la guerra, se casaron y se fueron a vivir a Hampshire. La verdad, no sé qué pensar sobre todo esto que pasó la abuela. Yo hubiera salido corriendo a la primera señal de peligro, pero ella aguantó embarazo tras embarazo, golpe a golpe, una humillación tras otra. Y lo cruel de todo esto es que si ella no hubiera aguantado, yo no habría tenido hermanos y, seguramente, me habría criado en Inglaterra sin conocer a mis adorados yayos, tíos y tías, ni a toda la gente maravillosa del pueblo.
Pero bueno, de vuelta en Cintruénigo, ya ha comenzado otro odioso año escolar. Otra vez a madrugar y a desayunar un vaso de leche agria. Y a pasar toda la mañana en el colegio con el estómago vacío hasta la hora de comer, que volvemos a casa. A la hora del recreo todos los niños sacan suculentos bocadillos de sus carteras y yo me quedo mirando. Este año seguimos en el antiguo convento de Capuchinos, con sus muros derruidos, sus frías aulas, y mi aislamiento, porque todavía no tengo amigos. Por si fuera poco, este año nos toca con Doña Julita, que no hace más que regañarme. Me pregunta que dónde está mi lápiz, y mi goma de borrar; me dice que no haga ruidos con la boca y me hace pasar vergüenza delante de todos. Pero yo no he sido. Los machos alfa todos me señalan, ha sido él. “El Félix siempre está haciendo ruidos raros”, dice el Javier Pazos. Fingen ignorarme, pero están pendientes de mí. Como una manada de lobos, me tienen vigilado y no me dejan ser su amigo. Otro año caminando solo a la escuela y de vuelta a casa; porque Juan va a otro centro escolar. Otro año con pantalón corto, y un abrigo que no calienta nada. Tengo frío en las piernas y en la espalda y, cuando llueve, se me mojan los pies porque calzo unas playeras de verano. A veces, me quedo mirando mis manos y piernas que están moradas de frío. Aunque, en los años setenta, el nivel de vida no es tan alto y somos bastantes los niños mal vestidos y muertos de hambre. Y tampoco son todos mis compañeros unas fieras agresivas. En los recreos hay niños que me dejan jugar a las canicas con ellos y me llevo bien con el Santi. También hay niñas que me caen bien, pero no me hablo con ellas. La palabra que utilizamos en el pueblo es ajuntarse. Y yo no me ajunto con casi nadie. Bueno, me hablo un poco con la Arantxa, que es muy maja. Palabras de la escuela. Palabras antiguas. Perantón, hule-hule, vete al cacho, trasto, quejica, yepa, muete, mozalbeta, tabas, tontolaba, chacho, amoto, papa, mama, chiriposa, arrea, tuba-tuba, ¿ande vas? Palabras de antes que a veces me dejan asombrado, porque en mi casa no se habla así.
Y es que en el pueblo tenemos un acento muy marcado. El alguacil me pregunta “¿Ande vas, muete, a estas horas?” Y yo le respondo “Que me ha mandao mi padre a por vino”. El acento del pueblo es cantado y su melodía se distingue perfectamente de la de otros pueblos. El que sí canta de verdad es el sereno, que hace la vez de pregonero, y sale con su trompetilla a anunciar los edictos municipales: “Por orden del señor alcaldeee, se hace saber que el día ochooo, marteees, se procederá a limpiar las calleees de perros callejeros…” Y el día anunciado, capturan a todos los perros callejeros del pueblo y nunca los volvemos a ver. Otro día, cambian las tristes bombillas de alumbrado público por unas altísimas farolas modernas y, poco a poco, vamos saliendo del siglo diecinueve. Aunque hay cosas antiguas que no debieran haber desaparecido, como el aroma a pan caliente que sale de los hornos del pueblo, o las numerosas casas antiguas que se están derribando para dar lugar a horribles edificios de pisos. Lo que no han derribado todavía es el almacén de la Cooperativa Cirbonera, que está enfrente de casa, donde el Juan y yo nos metemos a husmear y a coger panochas para la estufa. Como somos un poco mayores que el año pasado, este invierno nos atrevemos a saltar desde la cima del montón de panochas y nos lanzamos hasta abajo dando volteretas. A veces, el Juan, que es un payaso, se entierra en la montaña de panochas y desaparece unos minutos. Al final, llegamos a casa con dos bolsas de panochas y cubiertos de polvo de pies a cabeza. Pero ahora la mamá dice que no hay huevos para la cena y que tenemos que ir a casa de la Gómez a por media docena de huevos. Por enésima vez, le decimos que no queremos ir, que los Rompehuevos nos van a romper los huevos y, por enésima vez, la mamá dice que vayamos. A ver si hay suerte y hoy no están. Pero no, no hay suerte: hay uno delante de su casa y, en cuanto nos ve, alerta a los demás.
‒¿Ande vais?‒ Nos corta el paso un niño mayor.
‒A por huevos.
‒¡Andal, pues, andal!
Los Rompehuevos nos dan paso para llegar a casa de la Gómez, pero ya han bloqueado ambos extremos de la calle San José y nos han cortado la retirada. Aparto la cortina de tela y llamo a la puerta. “Hola, que venimos a por media docena de huevos. Señora, otra vez nos quieren romper los huevos”, me quejo a la Gómez.
‒¡Dejarlos pasar! ¡No vayáis a romperles ni un huevo!‒ Grita la Gómez desde la entrada de su casa.
Pero los Rompehuevos son unos traidores y, en cuanto desaparece la Gómez tras la cortina, van cerrando su cerco.
‒Y ahora, ¿qué?
El Juan y yo nos quedamos inmóviles y mudos, como siempre. Con estos tíos, nada funciona, nos van a romper los huevos de todas formas.
‒¡A vel, dame’so!‒ Me dice el cabecilla. Pero yo me resisto.
‒¡Si te resistes va sel piol!‒ Me quita la bolsa de huevos con una cara de felicidad que pareciera oro lo que acaba de robar en vez de huevos.
‒A vel, ¿cuántos os jodemos hoy? ¡Mira, hay uno roto!‒ Dice mirando dentro de la bolsa, mientras yo siento una mezcla de indignación y miedo. El Rompehuevos coge un huevo y se lo enseña a sus secuaces.
‒Esta es nuestra calle. ¡Pa’ pasal por aquí, se paga!‒ Pero nosotros no respondemos. Discutir con ellos de nada serviría. Y acto seguido, abre la mano y deja caer el huevo al suelo.
‒¿Habís aprendido la lección? Hala, ya os podéis il.
La calle sigue bloqueada por tres o cuatro niños que tendrán la edad de Juan, así que tenemos que dar un rodeo para regresar a casa. Juan está indignado: ¡La mamá es mala! Pero yo sé que la mamá no es mala. Cuando llegamos a casa le cuento lo que ha pasado pero ella no dice nada. Retira el huevo roto y lo pone en un vaso. Yo le pido permiso para hacerme una tortilla, porque estoy muerto de hambre, como de costumbre, y ella se mete en la despensa. Otra vez a consolarla, a decirle mamá no llores, a quedarme ahí, a su lado, como un pasmarote, sin poder ayudarla. Y otra vez siento que se me cae el corazón al suelo. Y no puedo ni darle un abrazo porque la mamá no es de abrazos. Cojo las cerillas, prendo el fuego, pongo aceite en la sartén y me hago mi tortilla. La casa oscura nos mira y nos atrapa con su maldición de concha vacía. Me voy a la galería a jugar con mis hermanos. Quién sabe a qué hora cenaremos, porque no podemos cenar hasta que él regrese. Quién sabe si el papá vendrá a casa de malas. Quién sabe cuántas ostias se llevará la mamá esta noche. Vida de mierda.
Hay días buenos y días malos. Y días buenos que se tornan malos, y días malos que se tornan buenos. El papá vuelve a casa pronto y no trae ostias. Nos comemos nuestra sopa de arroz y un mendrugo de pan con huevo. Luego le pedimos al papá que nos cuente un cuento y nos cuenta los de siempre. El Kike y la Nena se mueren de miedo e incluso yo mismo puedo sentir las ánimas del cementerio que suben por las escaleras para llevarnos a la sepultura. El papá toca por debajo de la mesa: ¡Ya están aquí! La Nena se echa a llorar del susto y todos nos echamos a reír. No obstante, yo miro por encima de mi hombro y veo siluetas reflejadas en las ventanas. Sobre la enormidad de la noche, vuelan fantasmas por todos lados.
El Juan y yo nos vamos a la cama y nos ponemos a leer nuestros tebeos favoritos. La casa se va enfriando y se sienten las ánimas que viven en las paredes.
‒Juan, cuando sea mayor me voy a ir de aquí.
‒Y yo también.
‒Me voy a ir a Madrid para siempre.
‒Y yo.
Ahora viene la mamá a apagar la luz. Ni un beso, ni un abrazo, ni una miserable oración. Somos perros.
‒¡Felisito!
‒¿Qué?
‒¡Cuando sea mayor, voy a darles una paliza a los Rompehuevos!
‒Lo que tenemos que hacer es comprarlos en la Mintxarra, así no tenemos que meternos en su calle.
‒Otro día voy con la Melanie y se la echo encima. ¡Ya verás qué susto se llevan!
‒¡Eso sí que les daría una buena lección! Voy a rezar.
‒¡Qué tontería!
‒La yaya quiere que recemos.
‒Pues yo no pienso.
‒¡Allá tú! Irás al infierno.
‒¡Al infierno irás tú, por tonto!
‒Lo que tú digas. No pienso discutir contigo.
Y, mientras el fantasma del armario espía, yo rezo mis tres avemarías de todas las noches y le pido a Jesús que nos ayude.
El papá se levanta tarde, se pone una bata de baño y sale a pasear a la Melanie. Yo lo veo por la ventana, con su pinta de noble excéntrico, fumando por la calle, con su perro, como si el pueblo todavía le perteneciera. Pero todo eso se perdió hace tiempo y el negocio de los perros no va bien. Los concursos son caros y los perros requieren comida y cuidados. Mis padres están haciendo cruces con los perros de Inglaterra, a ver si salen buenos animales que se puedan vender bien. Hijos de campeones. Creo que fue Melanie la que tuvo una camada de cachorros en casa; en lo que fuera el dormitorio de mis tías Isabel y Amparo. Mis padres les pusieron una lámpara especial que daba mucho calor (De incubar pollos, me dijo la mamá). Me pareció fascinante que salieran tantos perros a la vez. Y más fascinante todavía, ver cómo mis padres ayudaban con el parto. Y luego, que la madre se comiera su propia placenta. Todo un espectáculo de la naturaleza en el elegante dormitorio con su parqué, su papel de pared a rayas, y molduras de yeso en el techo. Mis padres también cortaban las orejas a los perros para que las tuvieran tiesas; toda una operación quirúrgica que se efectuaba en la galería siguiendo las instrucciones de un libro sobre la misma mesa donde comíamos. Recuerdo perfectamente el olor a alcohol, los cuidadosos cortes con la tijera de quirófano, los puntos de sutura, y los vendajes de las orejas. Si normalmente no sentía ningún orgullo por mis padres, en estas ocasiones me impresionaba mucho el trabajo que hacían como criadores de perros.
La favorita de mi padre era la Melanie, porque era agresiva e impredecible y a veces se escapaba de casa. Era tan grande y ágil que podía saltar la tapia de dos metros del huerto. Una vez se escapó, corrió hasta la estación de tren y mató varias gallinas del gallinero que tenían ahí los de la RENFE. Al papá eso le pareció maravilloso y siempre contaba esa batallita con orgullo. Claro que, los perros también se morían y había que enterrarlos en algún sitio. Así que nuestro huerto se convirtió en un cementerio de perros y, de vez en cuando, mientras cavábamos hoyos en el huerto, desenterrábamos algún que otro perro medio podrido.
No sólo fue cementerio aquel huerto, sino también matadero. Un día, el padre del Félix, el Gitano, le regaló a mi madre una oveja viva para darles de comer a los perros. Vuestra abuela recuerda haberla matado conmigo al pie de las elegante escalinata del huerto: "Yo conocí a su padre, una vez me regaló una oveja para los perros, encima la tuve que matar yo, con tu ayuda, y despelletarla, todo yo. No sé si te acuerdas, eras muy pequeño pero ya ayudabas a todo. Me ayudabas, pues no sé, a agarrarle de las orejas, qué sé yo. Veo en la retina hasta el sitio: al pie de las escaleras del huerto la matamos".
Al principio de este relato dije que no iba a incluir los recuerdos de otras personas, pero es que vuestra abuela se está involucrando bastante más de lo que yo esperaba y, a fin de cuentas, también es su historia. Pero es que este libro es mucho más que una historia, es un lugar y es un vehículo. Aquí me reúno con Felisito y abrazo a mis hermanos y padres. Y también os abrazo a vosotros. Sin que yo pudiera anticiparlo cuando empecé a escribir, estoy encontrando un refugio. Y es que creo que echo de menos a Felisito, y a mis hermanos; también a esa joven que llora, e incluso a mi padre. A través de estas líneas puedo estar con ellos y, ahora que no hay peleas ni juicios, podemos ser felices.
Sin embargo, la realidad de los años setenta es otra. Una mancillada por juicios e ignominias. Y yo sigo con mis manías de robar dinero y quemar cualquier cosa que arda. Todos los días esculco los sillones de la galería a ver si encuentro las monedas que a menudo se le caen al papá de los bolsillos. Por la noche, la misma rutina de siempre: esperar a que no haya nadie en el dormitorio de los papás y llevarme algunas monedas de la mesilla. Cuando salimos al huerto hacemos hogueras, como buena tribu que somos. Luego agarramos los tizones y nos ponemos a hacer pinturas rupestres en el muro que da al huerto de las Emilias. En ese mismo muro, tenemos un sillón mágico pintado a tizón y hojas verdes. Se llama “el sillón que anda”. Los de la tribu nos reunimos al lado del altar y gritamos a uno: “¡El sillón que anda!” Y salimos todos despavoridos corriendo hacia el otro extremo del huerto con la espalda escarapelada, porque el sillón sale del muro y nos persigue.
Pero no soy yo el único pirómano. Un día, de repente aparece el yayo. Este sí que es un gran evento, porque hacía tiempo que no lo veíamos por Cintruénigo. Dicen que ha venido a hablar con su hermano Julián para perdonarle por quedarse con todo el negocio del vino y dejarnos en pelotas. ¡Pues resulta que se le mete en la cabeza quemar el huerto entero y plantar patatas! Así que bajamos al huerto con el tío Alberto y el yayo y nos ponemos a recoger cualquier cosa que arda para quemar las magníficas palmeras y hacer sitio para las patatas. Arranco unas ramas de laurel y las pongo en la pila de madera. El tío Alberto dice que eso está verde y no va a arder. Pero el yayo, con su sonrisa tan grande como el sol, dice que todo arde y me deja añadirlas al montón y, como pude descubrir años después, el laurel arde aunque esté verde. Gracias a Dios, eso de quemar una palmera es mucho más difícil de lo que parece. Las palmeras del huerto han quedado chamuscadas, pero bien frondosas por arriba. Creo que esa fue la última vez que mi abuelo visitó su querido pueblo.
Con el yayo vino la yaya y se quedaron en el hotel Los Abetos de Castejón. Recuerdo entrar en su habitación por la mañana con el Juan y subir de un salto a su cama, donde estaban desayunando. La sonrisa del yayo, como siempre, eclipsaba al sol, y la presencia luminosa de la yaya, llenaba la habitación. ¿Por qué no os quedáis con nosotros en casa? ¿Os vais a quedar en Cintruénigo? Yaya, quiero que os quedéis con nosotros para siempre. Hay una sombra detrás mío. Quizá sea mi madre. ¿Y qué estás pensando ahora, mamá? Vuestro hijo me pega y me tortura. A Juan lo estampó contra la pared. Hay que internarlo en una clínica psiquiátrica. Cosas que nunca les dijiste, supongo. Y cuando te dijeron hola Inés, cómo estás, ¿qué respondiste, mamá? ¿Bien? Bien mal, con tus moratones por todos lados, tus ojos hinchados de llorar, y tu figura esquelética de no comer. ¿Y qué sintieron mis abuelos cuando vieron a una mujer rota ante sus ojos? El que con fuego juega, se quema.
Pero para pirómano, yo. Ahora estoy en la cocina con la mamá. Ella está cocinando algo y me da la espalda. Invadido por un duende misterioso agarro la caja de cerillas. Como un autómata, enciendo una cerilla y prendo fuego a los visillos de la cocina, que desaparecen en una bola de fuego en cuestión de un segundo.
‒¡Pero hijo: qué haces?
‒Es que quería ver si ardían...‒, fue lo único que se me ocurrió responder. Y es que yo mismo no sabía por qué había prendido fuego a los visillos. Como solía ocurrir, no recibí castigo alguno, ya que los castigos solo llegaban cuando menos los merecíamos.
A otro que le fascina bastante el fuego es al papá. El papá nos ha enseñado a hacer cohetes con cerillas y el papel de aluminio del chocolate. Hacemos dos tipos de cohete: de una cerilla y de tres cerillas. Para hacer un cohete, se le da varias vueltas al fósforo con papel de aluminio y se le cierra bien la punta. Luego se coloca el cohete en un cenicero, se aplica fuego al aluminio por debajo, y la cerilla sale disparada como un cohete. Eso es algo que nos encanta. Aunque mejor cohete es el de tres cerillas, porque los palos hacen de patas y parece un cohete de verdad.
Bueno, estos son otros tiempos y todos somos bastante traviesos. Lo de quemar los visillos se queda corto. A veces, cuando hace frío o llueve y no podemos salir al huerto, nos quedamos por la casa haciendo de las nuestras. Un día le cortamos el pelo al cero al Kike con una afeitadora de pelo manual que hay por la casa y queda con una rapada espantosa y la mamá tiene que terminar de raparlo. Otro día, estamos encerrados en la sala del norte mientras el papá echa la siesta. Ya me he aburrido de jugar con los carritos de madera, de observar los huevos de los gusanos de seda del tío Patxi, que no saldrán hasta la primavera, y de mirar por las ventanas. Ahora me dirijo al bar que hay en el armario esquinero que tiene botellas de todos los colores. Siento una energía parecida a la de la cleptomanía o incluso la piromanía, y mis manos se van solas hacia una elegante botella que contiene un licor rojo. En medio del silencio y los nervios por la bronca que nos va a caer si metemos ruido, le invito a beber al Juan de varias botellas, pero yo apenas pruebo el licor. Un vasito del licor verde, otro vasito del licor rojo, otro vasito del licor amarillo. El Juan se lo bebe todo, empieza a hacer el payaso por la casa y nosotros le seguimos como una comparsa de alelados. Los papás se despiertan y les digo que el Juan ha estado bebiendo del bar sin confesar que fui yo el que le estaba sirviendo las copas. El papá le mete los dedos en la boca y le hace vomitar. Creo que ha sido bastante serio, porque el papá y la mamá están preocupados. Pero, de nuevo, no me castigan. Parece que el papá no nos castiga cuando lo merecemos, sino simplemente cuando está de mala ostia. Pero yo me siento culpable. No me gusta haberle hecho esto al Juan. No sabía que se iba a poner así de malo. Y todavía me tienen por un chico responsable. Un mito. Porque los mitos tienen un gran poder. El mito es como una programación de la persona o de la institución a la que se aplica. Programación por repetición. Aunque no sea cierto, la gente lo repite y se lo cree. Al final, tú mismo te lo crees, incluso cuando dudas de que sea cierto. Y por mucho que te empeñes en destruir el mito, la gente cree que eres responsable; el mito te atrapa y ni la verdad es capaz de destruirlo. ¿Y el Juan? El Juan lucha contra las falacias que se van tejiendo a su alrededor. Su respuesta es la ira y el humor. Porque el Juan es el payaso de la familia y nos hace reír de lo lindo. El Juan es el que se pone los calzoncillos en la cabeza, el que más canta, el que más baila, y el que mejor imita a los Payasos de la Tele... Y el que acaba llevándose todas las leches cuando los adultos pierden la calma.
Todas las tardes, después de la escuela, tenemos una cita obligada con la televisión: echan los dibujos animados de Looney Tunes y los Payasos de la Tele: Gabi, Fofó, Miliki y Fofito. Al menos la tele nos transporta a otro mundo durante unos minutos. Pero si los Payasos de la Tele son buenos, no hay nadie como Pipi Calzaslargas. Ese programa lo dan los sábados antes de la película de Sesión de Tarde. Pipi es una chica rebelde e independiente que vive sola con un bonito caballo y un cofre lleno de oro. Esa es la auténtica magia de su historia, el hecho de que no haya adultos que puedan controlarla. Los adultos acababan mal si se metían con Pipi. Tal y como ocurre en las novelas de Enid Blyton, que pronto empezaré a leer, Pipi no necesita adultos para ser feliz. Ella me ayuda a soñar en una vida independiente, lejos de gente disfuncional. Claro que yo no conozco estas palabras, pero sé perfectamente que mis padres no se comportan como padres responsables y, como consecuencia, su autoridad paternal queda anulada. Han perdido mi respeto y el de mis hermanos; y si yo todavía trato bien a la mamá porque me da pena y la quiero mucho, mis hermanos son bastante bruscos con ella. El papá se queda con nuestro odio y desprecio y, por muy violento que sea, de vez en cuando él también se lleva unos cuantos ladridos: ¡Cabrón, hijo puta! ¡Ojalá te mueras!
¡Ahí te quedas, maricón! Me voy al huerto a montar en bicicleta. En el cuarto de jugar quedaron unas bicicletas abandonadas después de que se mudaran mis abuelos y tíos a Madrid. He cogido la más pequeña (que es un poco grande para mí) y estoy aprendiendo a montar en bici yo solo. No hago más que darme golpes, pero no importa. A fin de cuentas, son los años setenta y a los niños no nos envuelven en bolas de algodón. Ni nos ponen ruedas de seguridad en la bici, ni casco, ni rodilleras, ni hay nadie que pueda ayudarme si me abro la cabeza. Y ahí voy otra vez: bajo a toda velocidad por la pista que va de los escalones del huerto superior hasta el gallinero del fondo y, zas, una buena ostia contra la valla. Es que más o menos me las arreglo para pedalear un rato, pero todavía no sé tomar las curvas. Por eso tenemos el Juan y yo las rodillas y los codos siempre llenos de moratones y costras, de las leches que nos metemos constantemente haciendo el bruto.
Cuando me aburro de darme golpes, hago un ramo de flores y me voy al asilo a visitar a la tía Modes. Hacer ese ramo es algo que me llena de satisfacción y orgullo, sobre todo en invierno, cuando apenas hay flores y me las tengo que ingeniar para conseguir hacer algo bonito. Hoy estoy muy contento, porque me ha quedado bien. Las monjas me saludan amablemente a la entrada y me dejan ir solo hasta la habitación de la tía Modes. Le doy las flores, la tía me planta un beso en la cara y se acerca torpemente a su monedero, de donde saca cinco flamantes pesetas. Yo me quedo mirando sus ojos apagados y siento una conexión inexplicable con ella. ¿Acaso yo también esté ciego? Guío a la tía Modes al huerto del asilo y nos quedamos sentados ahí un rato, disfrutando de la caricia de un tímido sol de invierno. Y estoy feliz por un momento eterno.
No sé cuándo vino la tía Modes a comer con nosotros por última vez. Pero sí recuerdo el orgullo de traerla desde el asilo hasta casa y de guiarla por la casa. Yo me sentaba a su lado en la mesa redonda de la galería y me sentía importante. El papá, como siempre, le servía un segundo plato de pollo asado cuando ella decía claramente que no quería más. Y yo me quedaba mirando, cual perro hambriento, cómo la cortesía con los invitados era más importante que la nutrición de los hijos.
No sé cómo surgió la costumbre de llevarle ramos de flores a la residencia. Lo cierto es que me encantaba estar con ella, acompañarla de la mano por el jardín o por el parque y llevarle los ramos a su habitación. Sentía auténtico placer al escoger las mejores flores del jardín para mi tía Modestina, ramos que ella me agradecía con cinco magníficas pesetas para comprar chuches. También me gustaba mucho entrar en el asilo, como lo llamábamos entonces, sentir el olor a comunidad religiosa, recibir los cariñosos saludos de las monjas y caminar solo, como un adulto, por el pasillo hasta la habitación de la tía. La frecuencia de mis visitas se fue incrementando en relación proporcional a mi creciente necesidad de regalices, gominolas, y otras chucherías. Un día, la tía Modestina dejó de darme propinas no sé por qué. Yo continué llevándole ramos de flores pero con un sentimiento nuevo y feliz: había sido consciente por primera vez del amor, un amor verdadero.
La que no tiene ningún refugio de amor es la mamá. Ella está sumida en una eterna paliza. Pero, a veces, la mamá regresa de su mundo de pesadilla y se da cuenta de que tiene hijos. Un domingo me da veinticinco pesetas y me manda a la panadería a por masa de pan, una cosa pesada y calentita que huele a levadura. La mamá hace unas obleas y las va friendo en aceite. Aquí estamos todos reunidos en torno a la sartén con la boca abierta al comprobar cómo se inflan las bolas de pan. La mamá las espolvorea con azúcar y, a la boca. Una delicia dulce y calentita y una sensación cercana a la felicidad. Porque la tripita está feliz y porque la mamá ha vuelto con nosotros por unos momentos. Otras veces, cuando la mamá no está sumergida en lágrimas, nos enseña a coser, a limpiar la casa, a arreglar con un hilito de cobre los plomos de la luz, que saltan de vez en cuando y nos dejan la casa a oscuras. Hoy nos está enseñando a escribir cartas a los yayos. Parece algo insignificante, pero estoy feliz de que la mamá se siente con nosotros y nos enseñe cosas. Ahora a escribir el sobre y ponerle un sello. ¿Quién es este, mamá? Le pregunto. Es Franco, me responde. La mamá saca un álbum de sellos de su infancia y nos muestra sellos de Alfonso XII, de Argelia, de Francia, de Australia y de Inglaterra. Preciosas estampillas con monumentos, gente famosa y animales. Incluso tiene sellos triangulares. Pero si la mamá nos enseña cosas útiles para la vida, jamás nos ayuda con la tarea de la escuela. La mamá no se da cuenta de que en la escuela apenas aprendemos nada y, los únicos que salen adelante, son los niños que hacen tarea ayudados por sus padres.
Como la mamá nos ha enseñado a escribir cartas, les escribo una misiva a los Reyes Magos con todo lo que quiero que me traigan. También le escribo a mi padrino Richie pidiéndole un juego de carpintería. Pero la mamá me echa una bronca por ser tan pedigüeño y no va a enviar mis cartas. Al menos nos ha llegado el gran paquete de Navidad de los pépés, lleno de chocolate, quesos de Inglaterra y otras delicias. En Inglaterra hay golosinas y bombones que no se encuentran aquí. Al papá le gustan esos quesos y las galletitas sin azúcar para acompañar a los quesos. Al menos mientras duren estas delicias podremos compartir algún momento agradable con él y, como los bombones ingleses vienen envueltos en papel de aluminio, nos entretenemos bastante haciendo cohetes de cerillas. Por estas fechas también llega otro gran paquete de un amigo del yayo de unas bodegas de la Rioja que siempre se acuerda de nosotros. Éste tiene licores, turrones y polvorones. Lo que también seguimos recibiendo de vez en cuando son bolsas de comida que la gente deja en la entrada de la casa y me las encuentro cuando salgo para la escuela. Hoy es día festivo y encuentro una bolsa con todos los ingredientes necesarios para hacer una paella. La mamá dice que seguramente habrá sido la Cristi, que tiene pescadería y es una mujer muy cariñosa con nosotros. La paella de la mamá está deliciosa y los papás nos han dado de comer calamares con sus tentáculos. A veces, cuando el papá no está de malas, da gusto estar en casa. ¿Por qué no eres siempre así, papá? Es divertido comer tentáculos, y otras cosas raras que nos enseñas a comer. Como los caracoles. Agarramos un palillo, sacamos el bichito de la concha y, a la boca. Y luego, a chupar la concha, porque tiene salsa. O el queso azul que trajiste un día: ¡Qué cosa tan rara, asquerosa y deliciosa todo al mismo tiempo! ¡Qué gran familia pudimos haber sido si no hubieras estado tan tarado!
Hoy vamos a Corella a limpiar las perreras. Me gusta la música que están poniendo en el radiocassette. Cojo el estuche del cassette y pregunto quién son los “be-a-tles”, mamá. “Bitels”, me corrige la mamá. Pues aquí pone “be-a-tles”. Es que la mamá no nos está enseñando inglés porque dice que el papá no quiere oir inglés por la casa ya que no lo entiende. Los Bitels me gustan. No entiendo lo que dicen, pero me caen bien. Sin embargo hay otros cantantes que no me gustan mucho. Demis Roussos con su triqui, triqui, me parece aburrido. El papá a menudo tararea esa canción. Y también Donna, Donna de Joan Baez, entre otras canciones. ¿Y qué significa eso, mamá? Los escarabajos, me responde. ¡Pues vaya nombre! Le digo. Y también están The Byrds, me dice, los Pájaros. Y los Rolling Stones son las piedras que ruedan. Nos quedamos todos con la boca abierta. ¡Vaya nombres! Y Las Puertas, y Los Animales, añade. A mí me gustan más las canciones en inglés, aunque las canten animales, puertas y piedras. La música en español es muy dramática y tiene tanto sentimiento que nos da risa, así que el Juan y yo nos dedicamos a imitar los gestos de los cantantes y a repetir las estrofas más melodramáticas: ¡Por el amor de una mujeeeeer, he dejado hasta el heladoooo! ¡Te quiero vida mía, te quiero con ternera, no he querido nunca así! Aunque lo que más gracia nos hace son las pataletas de Lola Flores, las cuales imitamos con gestos de dolor de estómago, ¡ay, pena, penita pena! Luego, cuando ya nos hemos aburrido de cantar, intentamos montar a los perros. Pero no se dejan. Vamos, Juan, que te ayudo. El Juan se monta en un gran dogo alemán, pero no dura mucho. ¡Ahora es el perro el que intenta montarse al Juan! Hasta que nos dan un grito: ¡A ver, niños! ¿Habéis terminado de limpiar las perreras? Pero, ¿cómo es posible que nos dejen solos en las perreras? ¿A dónde os habíais ido, mamá? Vamos, terminar de limpiar eso y, a casa.
A los adultos no hay quien los entienda. De repente, desaparecen por horas y, cuando regresan, están con prisas. Ahora están de buenas y, cuando menos te lo esperas, están de malas. Aunque no todos los adultos son así. Al menos los yayos y nuestros tíos no son así. Como todos los años, tal dos muertos que acabasen de subir al cielo, el Juan y yo pasamos las vacaciones en Madrid. A poner el belén y el árbol, a comer bien, y a estar tranquilos. A Galerías Preciados a comprar regalos y al Corte Inglés a merendar en la cafetería. Las visitas a los ministerios con las tías: muchas chicas guapas haciendo una fiesta de nuestra visita y consiguiendo que nos sintamos como príncipes. El día de Reyes, a desenvolver la montaña de regalos. Pero también las cosas cotidianas y sencillas, como ayudar a la yaya a hacer las camas, o a pulir la plata. Ir a misa con la yaya vieja. Ir de paseo en coche con el tío Fermín y asombrarme de su flamante uniforme de teniente coronel, con su bigote y sonrisa amables, su voz rota de fumador y sus buenas propinas. E incluso, en una ocasión, visitar a mi padrino Richie con la tía Isabel. Llevaba yo algunos años con ganas de verle. Fuimos a encontrarnos con él a un bar que tenía en un sótano. No pareció muy contento de verme y solo habló con la tía Isabel. Quizá yo tampoco le dijera nada a él, ya que era tímido con los mayores.
En el paraíso no hay estaciones, así que las vacaciones de Navidad, Semana Santa y verano son una sola época feliz en la memoria. Felicidad decapitada por la expulsión del paraíso seguida por una caída al abismo de la más miserable depresión. Pero incluso en el infierno hay momentos de descanso. Poco a poco, las temperaturas suben y se va descongelando mi corazón. En los últimos días de invierno, tan pronto me congela el cierzo del Moncayo como que me abraso de calor si sale sol. Igualmente, tan pronto el terror atenaza mi estómago, como que nos derretimos en un mar de risas. Aunque, cualquier persona que lo haya vivido, sabrá que las risas no son de felicidad, sino de histerismo. La histeria de ver a tu madre arrastrada de los pelos; la histeria de tener a tu hermano menor dándote de ostias constantemente porque el pobre no sabe qué otra cosa hacer ante el horror; la histeria de que tu maltratador de repente esté de buenas y no reparta ladridos y leches por todos lados. Risa de hiena.
Pero, mientras haya sol, salimos al huerto, el territorio de la tribu. Ahí siempre hay algo en lo que entretenernos. Pero hoy han llegado invasores con cemento y ladrillos y están construyendo una tapia. Indignados por semejante tropelía, regresamos corriendo a casa: ¡Mamá, mamá, están poniendo una tapia en el gallinero! La mamá nos dice que el tío Julián ha vendido el gallinero, cosa que no me entra en la cabeza. Sin embargo, tendremos que acostumbrarnos a ir perdiendo territorio, porque el tío Julián va a vender el huerto parcela a parcela, hasta dejarlo por la mitad. Indignación. Ignominia. Pero la vida sigue y hoy estamos haciendo huecos en el muro que da al huerto de las Emilias para poder trepar y husmear lo que hay al otro lado: un gran territorio sin tribu igualmente sumido en el abandono. Nos asomamos por turno y observamos la sabana seca y silvestre, cuando, la curiosidad mata al gato, y se nos ocurre saltar al otro lado y explorarlo. Yo salto primero. ¿Me romperé un pie? ¡Vamos, Juan, cuélgate y déjate caer! ¡Ayúdame, Felisito! Sujeto al Juan de las piernas y él se deja caer. El Kike y la Nena están subidos al muro y dicen que quieren bajar. ¡Vosotros no, que sois pequeños! Quedaros ahí a vigilar. ¡Vamos, Juan! Por aquí. El allanamiento de morada es un delito emocionante. No sabemos quién pueda estar por aquí o qué castigo nos pueda caer si nos descubriesen. El Juan y yo avanzamos entre la maleza hasta encontrar un caminito que da a una gran casa antigua. ¡Hay una fuente llena de monedas! El Juan y yo nos llenamos los bolsillos de ochenas y céntimos y salimos corriendo de vuelta al muro como si alguien nos persiguiera. ¿Has visto esa sombra en la ventana, Juan? Creo que era una mujer. O sería un fantasma, digo, mirando hacia atrás, asustado por mis propias palabras. ¿Y qué vamos a hacer con todas estas ochenas si no valen nada? Me pregunta el Juan. Ya sé: se las daremos a la Ratilla, a ver si cuela. Pues si te pilla, ¡te la vas a cargar! La Ratilla es muy mayor y no ve bien, así que me voy a su tienda de chucherías, le pido unos conguitos, unos regalices y unos tronquitos. Le planto las ochenas en el mostrador y salgo corriendo sin que le de tiempo de recriminar mi comportamiento.
Somos una tribu con nuestros ídolos, nuestro territorio, nuestras leyes, y nuestras transgresiones. Aprendemos solos a trepar, a cazar bichos, y a montar en bicicleta… a quemar monte y a robar. Pero hay muchas otras cosas que aprendemos de los adultos aparte del cuidado de los perros, escribir cartas, arreglar los plomos y cocinar. Al tío Alberto le gusta el campo y una noche salimos con él y con el tío Patxi a cazar ranas al Pantanillo. Hace mucho calor y el aire está pesado. Llegamos al Pantanillo que está totalmente a oscuras, sumido en una nube de mosquitos, olor a lodo y el croar de miles de ranas. De repente, una luciérnaga. Una estrella fugaz. Cruzamos un canal por una estrecha plancha de cemento. En el camino solo se ven los haces de las linternas cortados por las trayectorias de cientos de mosquitos. Hemos llegado al fango. “A ver, pareja”, avisa el tío Alberto, “ahí hay una bien gorda. Se la deslumbra con la linterna y se atrapa con la mano. Así”. Y sin más, complicaciones, la rana acaba en la mano del tío Alberto. “Ahora”, continúa, “la agarráis de las patas traseras y se le da un golpe contra una roca, así, muerta”. Eso de cazar ranas es algo cruel y grotesco, pero no podemos aparentar ser blandos delante de los mayores, y los dos, el Juan y yo, nos lanzamos a la caza y desnucamiento de ranas. Después de un buen rato, regresamos a casa cubiertos de fango y picaduras de mosquito. Es tarde, a pesar de lo cual la mamá nos espera con una salsa de tomate donde se darán un último baño las ranas. Pero antes, hay que cortarles la cabeza y arrancarles su delicada piel. Esa noche disfrutamos del delicioso sabor a fango de las ranas: una fina carne y unos huesitos muy graciosos. Aunque más que una comida, las ranas son un rito de paso: hemos ido a cazar con los mayores y nos han aceptado como a iguales.
Siguen subiendo las temperaturas y nos quemamos la piel hasta que se nos cae a tiras. Los pépés llegan de nuevo con sus aromas exóticos, sus ricos quesos y los bombones de Inglaterra. Nos llevan a las piscinas municipales y de paseo en su coche inglés. El pépé sigue tan tímido con nosotros como siempre y, la mémé, tan cantarina y mandorrotona. Las visitas de los parientes son más frecuentes en verano y aparecen por la casa tíos, tías y otros familiares que suelen venir todos los años. Los hijos de la tía Angelita y la tía María. Los simpatiquísimos y afectuosos hijos de la tía Josefa, con el primo Francisco a la cabeza. Él nunca trae regalos, pero su presencia es capaz de iluminar la noche. No es físicamente afectuoso tampoco, pero su sonrisa y amables palabras son suficientes para que nos emocionemos cada vez que viene a casa. Y, por supuesto, no pueden faltar las Vicentas. Me lo paso tan bien con ellas, que aprovecho cualquier oportunidad para ir a su casa. La prima Mari Jose me llama pecoso y me enseña a hacer muecas y a sacarme espinillas de la nariz. Un día, traen unas peras y sale una con gusano, pero claro, no puedo hacerme el blando, las primas me dicen que tengo que ser hombre y que las peras se comen con gusano y todo. Así que, ¡adiós gusano! Sabe a pera, les digo, y se ríen de mí, las muy bromistas. Otro día me están enseñando a hacer estrellas con palillos de dientes cuando, de repente, cae un rayo como una explosión y salta una chispa enorme desde el techo de la cocina al suelo. Este ha caído cerca, dice la tía Vicenta. Habrá caído en el pararrayos de la baronesa.
Quizá no fuera en verano. Pudo haber sido en primavera o en otoño. O quizá en invierno. No importa. Un día sube la prima Mari Jose por las escaleras gritando la tía Modes ha muerto. En ese momento noté un dolor muy adentro, como si algo bueno y puro acabara de apagarse en mi vida. Ese día lo pasé entero llorando en la cama. La mamá me trajo aceitunas para consolarme. En los días y semanas siguientes, me dediqué a escribir su nombre en mis cuadernos y en las paredes de la casa: Modestina, Modestina, Modestina. Ella se fue, pero no sin dejarme una marca de amor eterno: la tía Modes ha estado viva en mi corazón todo este tiempo.
Ya ha sido mi cumpleaños. El verano termina con las fiestas del pueblo. Aparece la tía Isabel y se queda unos días. Con ella hay una conexión especial y consigue que me sienta protegido. Un día nos presenta a un pretendiente que viene en un deportivo descapotable rojo. Ya sabía yo que eso de casarme con ella no iba a suceder, porque las tías no se suelen casar con sus sobrinos. También suele venir el tío Patxi todos los años por fiestas. Como de costumbre, a hacernos sufrir: a sacarnos conejos de las articulaciones, a lanzarnos como locos por las escaleras, a bajar por el barandado, a trepar el tilo, a jugar a guerras de agua con la manguera. Al final, siempre acabamos enfadándonos con él, porque se pasa. Ahora nos lleva un rato a los gigantes, que vienen desde la parte vieja del pueblo y descansan un rato en los paseos. El tío Patxi nos anima a acercarnos a los cabezudos, aunque a mí me dan miedo porque te pueden dar un mazazo. Pero el tío Patxi es un loco fascinante y le roba el mazo al cabezudo diablo y le pega unos cuantos golpes con su propio mazo. Esto sí que es una trasgresión de las costumbres. Hay un momento de confusión. Se ha violado algo sagrado. Pero no pasa nada. La fiesta continúa. El tío Patxi, con su magnetismo hipnótico nos ha convertido en sus leales secuaces, en auténticos fanáticos suyos. Sin embargo, cuando más emocionante se estaba poniendo el desfile, el tío Patxi desaparece entre la multitud.
Las fiestas son tan divertidas como tristes. Tristes cuando me quedo mirando los fuegos artificiales desde la ventana del cuarto del Norte y las multitudes pasan por debajo sin que yo pueda bajar a la calle. Tristes, porque se acaban. Tristes porque auguran un invierno frío y sin protección.
Queridos hijos:
No sé qué estaréis pensando de todo esto. Quizá estéis tan sorprendidos de leer estos acontecimientos como yo lo estuve al vivirlos. Nada te prepara para enfrentar el abuso, el abandono, y la expulsión del paraíso. Puede que vosotros tengáis suerte en la vida y escapéis de estas injusticias, pero quién sabe si no lleguéis a tener un hijo como vuestro abuelo. Quizá entonces estas líneas lleguen a ser más relevantes. ¿Cómo lo educaríais? Es importante, pues, reflexionar sobre cómo se comportan las personas ante los abusadores.
Vuestra abuela ha confesado que estaba enamorada de su abusador. Y yo he dicho que ella era un fantasma, porque lo era. Yo lo vi. Yo vi a una mujer rota que quería morir. Un títere con la voluntad en pedazos que no podía ni escapar, ni proteger a sus propios hijos. Pero hay algo más. Vuestra abuela siempre nos ha contado que su mayor pesar durante su infancia fue no tener hermanos. Un pesar que tenía sabor a resentimiento. Cuando vuestra abuela se casó, heredó dos hermanas y dos hermanos, mis tíos, y toda una familia extendida de personas entrañables y cariñosas que sentían verdadera compasión por esa inglesa incauta que, sin duda, había escogido mal. De repente, la hija única, con una educación victoriana, que tenía prohibido tener amigas, se había ido de casa y había adquirido una gran familia: lo que siempre había querido tener. Y es este, sin duda, otro factor que contribuyó a que vuestra abuela nunca nos llevase lejos de nuestro abusador.
Otra actitud ante el abuso que siempre me ha dejado perplejo ha sido la de mi propia abuela, como ya he mencionado antes. “Tu padre es un hombre bueno”. La yaya creó un mito a través de la compasión, la esperanza y la convicción en que todo error se ve vindicado en Jesucristo a través del sacrificio de la crucifixión. Cristo sufría en la cruz por los pecados de mi padre. Cristo no pudo haber sufrido en vano. Mi padre, por necesidad teológica, tenía que ser bueno.
Pero, ¿cuál era la reacción de la tribu? Ciertamente, nuestro enfoque no era teológico. Y tampoco estábamos muy enamorados de nuestro padre, aunque ejerciera una cierta fascinación sobre nosotros: la fascinación del loco, un magnetismo que afectaba a muchas personas de nuestro entorno y que atraía a las mujeres como a moscas. Nuestra reacción fue una de silenciosa rebeldía y desprecio: un castigo horrible para cualquier padre, solo que vuestro abuelo se lo merecía con creces. Por mi parte, el deseo de irme de casa fue aumentando hasta convertirse en una obsesión, pero todavía tenía que esperar diez años hasta ser adulto e independizarme. ¿Y Juan? Sospecho que Juan empezó a desear no haber nacido. Juan empezó a odiarse a sí mismo desde muy pequeño. La sombra ignominiosa de su hermano mayor y los abusos domésticos eran demasiado para él y, como yo, empezó a desarrollar sus propios complejos y manías: complejo de hijo segundo, complejo de meón, complejo de feo (aunque era guapísimo), complejo de que nadie lo quería.
Sin embargo, no quiero que penséis que estoy criticando a vuestra abuela y a vuestra bisabuela. Como veréis en los próximos capítulos, el drama familiar nos afectó a todos y nosotros mismos, los hijos, empezamos a sufrir de la misma parálisis que afectaba a vuestra abuela. Y también nosotros caímos víctimas del mito de ensalzamiento y admiración del loco fascinante, aunque nuestro mito no tuviera el carácter teológico del de la yaya. Pero si a todos nos afectó el abuso en mayor o menor medida, cada uno desarrollamos estrategias distintas para soportarlo, como veréis en los capítulos que siguen.
©Félix Chivite Matthews 2018
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