12 - Alabastro - 1976/77

 

Capítulo 12

 

Alabastro

Septiembre 1976 - Mayo 1977

Nueve años de edad.

Redactado: febrero 2021 - mayo 2021


Verano 76


Hoy hace un calor de esos que se te pega la mugre al cuerpo, pero no hemos ido a la piscina. Hoy estamos en el huerto, sin camisa, tostándonos al sol. Estoy recogiendo serrín de mi árbol favorito. Hace unos días vinieron a cortarlo. Dicen que era demasiado grande y que las raíces se estaban metiendo por los cimientos de las casas. Pero nadie entiende que el huerto es nuestro territorio. Aquí hemos desarrollado nuestros rituales y nuestra magia. Y tenemos una conexión especial con los árboles. El tilo es un hermano mayor que nos deja trepar por sus ramas. Las palmeras son amigas exóticas de los jardines de Oriente. Las higueras nos dan comida en verano. Los setos son la casa de las tortugas. El castaño de indias es rebelde y peligroso. El laurel es aromático e imponente. Las moras, empezamos a comerlas antes de que estén maduras, y también nos proporcionan hojas para nuestros gusanos de seda. Y la acacia, la madre de todos los árboles, que proporcionaba sombra en estos días tórridos de agosto, su piel era antigua y tenía huequitos para esconder cosas. La han dejado mocha. Muerta. El gran árbol que llegaba hasta las nubes, ahora me queda por la cintura. Ahora se escucha un trueno que no cesa, que se acerca. Miro al cielo y diviso en la distancia dos cazas de la base aérea de Zaragoza en vuelo raso. El rugido es ensordecedor y se distinguen claramente sus misiles. ¡Cuánto me gustaría volar!


Pero un grito me saca de mis ensoñaciones. Se acerca la hora de comer y la mamá nos manda al Caserón a comprar vino para el papá. El Juan y yo entramos con una botella vacía de vino Savin, atravesamos el mar de basura y humo y llegamos hasta la barra. Los viejos del Caserón no pierden la oportunidad de burlarse un poco de nosotros.

—¡Qué finas camisas! ¿De qué son, de seda? —Pero nosotros vamos a lo nuestro. El del bar pone un embudo en la botella, abre el grifo a tope, salpicando vino tinto por todos lados, y nos cobra.


Todavía quedan unos minutos hasta la hora de comer y la mamá nos pide que cepillemos los mocasines del papá mientras él hace su yoga en el cuarto de baño. A veces, el Juan y yo imitamos las posturas del libro de yoga. Y no solo eso imitamos del papá: también nos gusta leer novelas y tebeos, sobre todo los de Mortadelo y Filemón, o la revista de Francia con gente desnuda que guarda en la mesilla de noche; a veces, nos ponemos sus zapatos y andamos por la casa haciendo el payaso; o encendemos unos palos del huerto y nos los fumamos.


Ya hemos comido y ahora tenemos que desaparecer de la casa porque el papá va a echar la siesta. Estamos un rato enredando por el huerto, pero hace mucho calor.

—¿Quién quiere ir al Granada a ver Heidi? —pregunto a los pequeños.

—Kike, ¿vamos? —invita la Nena.

—¿Dónde está el Juan?

—Está escondido en el cuarto de la lavadora, —responde el Kike.

—¡Vamos! Con mucho cuidado de no despertar al papá.

Encontramos al Juan en la lavandería con unos petardos.

—Mira, —dice el Juan— tenía estos petardos escondidos. Vamos a encenderlos.

—A ver, ¿cuántos tienes? Cuatro, eso no es nada. Necesitamos más. ¿Por qué no vamos al Granada a ver Heidi primero y, luego, compramos más petardos y hacemos una bomba?

—Vale. ¿Tienes dinero?

—Sí. Mira, veinticinco pesetas.

No sé si llegué a compartir con Juan que, antes de dormir, era mi costumbre robarle algunas monedas al papá, pero creo que no.

—Ahora, con mucho cuidado de no hacer ruido, —indico a la tribu. Abrir la puerta de la terraza sin que chirríe es todo un problema, como lo es bajar por las escaleras de madera sin armar un estruendo, o cerrar la puerta de la entrada sin que dé un portazo.


El bar Granada está a cuatro puertas de casa y, aunque no tiene tanta basura como el Caserón, sí tiene algo de niebla. La hija de los dueños, la María Antonia, es de nuestra edad y nos sentamos a ver la tele con ella aunque, normalmente, tenemos que verla de pie y estirando el cuello, dependiendo de cuánta gente haya en el bar. A esas horas de la tarde, con todos los hombres tomando su café, copa y puro, nos estamos hinchando de humo; sin embargo, son los años setenta y todavía no nos han dicho lo nocivo que es el humo del tabaco.


Como tampoco sabemos lo peligroso que es jugar con fuego. Después de Heidi, nos vamos a la Ratilla a por los petardos y unas bombas. Nos colamos en casa sigilosamente y nos escondemos en la sala del norte para fabricar nuestro artefacto explosivo. Deshacemos varias bombas, les sacamos la carga de grava y pólvora y la juntamos con unos cuantos petardos.

—Así no son las bombas de verdad, —dice el Juan—. Las bombas llevan metralla.

—¿Y qué quieres que le metamos? Si ya tiene piedras…

—Tornillos.

—Pues trae unos cuantos y se los metemos.

Hacemos un apretado cartucho con papel marrón y cuerda y, ¡al huerto! Pero el papá y la mamá se están alistando para ir a Corella a dar de comer a los perros y nos cortan el paso.

—No vayáis a ningún sitio que enseguida iremos a Corella. ¿Qué tienes ahí escondido?

—Nada, una bomba… —respondo cándidamente.

—¡Una bomba! A ver si os vais a llevar una mano, —dice el papá. Pero sin prohibirnos usarla. Quizá sin creer lo que escucha. Pero educar es más que simplemente proteger y, como he mencionado en capítulos anteriores, el papá solía incluirnos en muchos de sus proyectos. Sobre todo en el proyecto de limpiar las perreras, o sacarles a los perros las garrapatas de las orejas. Encima, hoy, la mamá nos ha hecho tragar una pastilla de la tenia para perros. Ha cogido un palo, ha revuelto un zurruto y nos ha enseñado un gusano kilométrico. “Tragaros esto, que ya tuvisteis tenias el año pasado”. Eso también es educación.


A la vuelta de las perreras, nos metemos en una fábrica de alabastro donde trabaja el Avelino. El papá tiene que hablar con él. Mientras los mayores hablan, a nosotros nos dejan entrar a husmear entre el polvo y la piedra de alabastro. Hay hombres al torno, moviendo la cintura de lado a lado, con un cigarro en la boca, dando forma a lámparas y columnas. En la parte de atrás, otros hombres cortan y cargan enormes lonchas de piedra blanca. Ahora viene uno y nos lleva a ver cómo cortan los bloques y los dejan listos para el torno. La sierra de cinta mete mucho ruido y suelta un montón de polvo que se te mete en los ojos. El operario, blanco como un fantasma, nos muestra cómo se hace: "Mirar, —grita por encima del ruido—, si metes el dedo aquí, ¡adiós dedo!" Con una mano desliza el bloque hacia la cinta y con la otra empuja un palo contra la piedra.


Por fin regresamos a casa y podemos salir al huerto a activar la bomba. Cavamos un agujero en el suelo y depositamos el artefacto. A continuación, le hago un hueco por arriba y meto un petardo de los gordos. Enciendo la mecha y, ¡a correr!

—¡Menuda explosión!

—¡Ostia, qué ruido! ¿Se habrán enterado los papás?

—Vamos a tapar el ahujero por si acaso.

—¡Esto sí que ha sido un bombazo! ¿Y ahora?

—No sé… ¿Nos vamos a Los Paseos?

—¿Te queda dinero?

—Solo diez pesetas.

—Con eso no hacemos nada…

—¿Y vosotros? —pregunto a los pequeños— ¿tenéis dinero?

—El Kike, sí, —responde la Nena.

—A ver, ¿cuánto tienes? ¡Sácalo! ¡Cincuenta pesetas! ¡Vamos! Con eso tenemos de sobra.

—¡Te la vas a cargar, Nena! ¡Ya no te cuento más secretos! ¡Ya no te ajunto! —le recrimina el Kike.

—¡Pues, la próxima vez, no me lo cuentes, tonto! —responde la Nena.

—¡Devuélvemelo o se lo digo a la mamá! —me amenaza él.

—Díselo si quieres. Para cuando subas arriba ya estaremos nosotros gastándolo en la feria.

—¡Eres malo! ¡Me voy a chivar!

—Pues, si no vienes con nosotros, te quedas sin chucherías, —le advierto— ¡Vamos, no te cabrees!


Miguel Gallardo canta Hoy tengo ganas de ti, Billy Swan dice You are the answer to all my dreams, los de Desmadre recomiendan Saca el güisqui, cheli para el personal y vamo’ hacer un guateque, Demis Roussos recuerda Someday, somewhere I held your hand, y Bob Marley ruega No, woman, no cry. Nos abrimos paso entre la multitud y nos paramos frente a un puesto de chucherías. Espirales de regaliz negro y rojo, Conguitos, tronquitos, gominolas, barquillos cubiertos de chocolate, pica-pica, caramelos Sugus…

—¡Vaya merendola nos vamos a dar!

—Compra bombas fétidas, —recomienda el Juan.

—¿Para qué?

—Para echarlas ahí en el tiro al blanco. ¡Cuando estén apuntando con la escopeta se van a atufar!

—Vale. Pero las echas tú.

—¿Y mi dinero? ¿Ha quedado algo? —reclama el Kike.

—Toma, veinte pesetas. Pero, como te chives, ¡te la cargas!

—Dame las bombas fétidas, —exige el Juan.

—Toma, pero yo no he sido, ¿eh?

—¡Cobardica!

—¡Cobardica serás tú!

El Juan corre hasta el puesto de tirar al blanco y lanza dos bombas fétidas. El resto de la tribu estamos disimulando, mirando los magníficos juguetes y muñecos de peluche de la tómbola de enfrente. El Juan viene corriendo entre carcajadas.

—¡Mira, mira! ¡Ahora veréis como salen corriendo!

En efecto, la gente empieza a incomodarse.

—¡Joder! ¿Quién ha tirau una bomba fétida? —pregunta uno, mientras los de su grupo empiezan a volverse hacia nosotros.

—¡Esos han sido! Mira.

—¡Vosotros teníais que ser! —nos increpa el primero, como si conociera nuestra mala fama. Pero el Juan y yo lo negamos con vehemencia.

—¡Porque conozco a vuestro padre, que si no, os la cargáis! ¡No te jode, lanzando bombas fétidas…! ¡Atontaus! ¡Andaos pa’ casa; que no os vea por aquí!

Volvemos a casa y parece que llegamos tarde a cenar.

—¡En silencio, vamos! Ya verás la bronca que os espera, —nos advierte la mamá.

En efecto, el papá ya está cenando.

—¿Dónde os habíais metido?

—En la feria, —le respondo.

—¿En la feria? ¿Y con qué permiso habéis ido? —Pero nos quedamos mudos, porque normalmente no pedimos permiso para nada.

—¡Os voy a enseñar yo a desobedecer! ¡Vamos, a tomar la sopa y, luego, ya veremos el castigo que os pongo!

De repente empieza a oler a huevos podridos. Al Juan se le han reventado las bombas fétidas que tenía en los bolsillos.

—¿Quién ha sido? —lanza el papá de un grito.

—Ha sido el Juan, —dice el Kike.

—¡Chivato! —le responde el Juan.

—¡Y el Felisito me ha robado cincuenta pesetas! ¡Y nos han echado la bronca por tirar bombas fétidas en Los Paseos!

—¡Ahora sí que os la habéis cargado! ¡Félix y Juan, bajaros los pantalones! —A esto nosotros empezamos a cantar como siempre:

—¡No, papá, vamos a ser buenos! ¡No lo vamos a hacer más!

—¿Zapatilla o cinturón? ¿Qué escogéis?

—¡Papá, por favor, no! ¡Me arrepiento, papá; perdón!

—¿Perdón? ¡A buenas horas! Eso se piensa antes. ¿Qué va a ser: zapatilla o cinturón?

—Zapatilla, —respondo, escogiendo entre la peste o la guerra. Y ahora el canto sube de tono:

—¡No, papá, no! ¡Vamos a ser buenos! ¡Por favor, no!

—A ver, tú primero por ladrón.

Como en una novela de Dickens, el papá me pone sobre sus rodillas y me arrea unos cuantos zapatillazos, pero sin muchas ganas, porque no duele mucho. Más es el susto y la humillación de haber sido delatados. Ahora es el turno del Juan, y eso es peor, porque me pongo histérico y me da risa.

—Te hace gracia, ¿eh?

—No, —le respondo mientras vuelvo a mi sitio.

—¡Castigado sin cenar! ¡A tu cuarto! —Y casi me alegro de poder ir a mi cuarto y poder leer mis libros favoritos, y no tener que aguantarle.


El verano se va apagando. Los pépés ya han regresado a Inglaterra. He cumplido nueve años y he recibido como regalo un magnífico Electro Ele, un juego de electricidad que incluye una placa de circuitos, cables, bombillas, portalámparas, interruptores, timbres y herramientas. Es difícil explicar lo mucho que me gusta este juego, pero ahora estoy mirando fotos por Internet y se me ponen los pelos de punta porque ese Electro Ele y yo pasamos muchas horas, y días, y años juntos. Ese y otros juegos de electricidad más avanzados que fui pidiendo para mis cumpleaños o para Navidad. Como de costumbre, ha llegado a pasar las fiestas el terror personificado en la figura de nuestro tío Patxi: otra vez a bajar por el barandado como locos y saltar escaleras de tres en tres, a sufrir cosquillas, sacudidas de cabeza, tortitas en los mofletes, cocones, y pedos en la cara. Tan pronto se pone a cantar Mambrú se fue a la guerra como Duerme negrito. Por las tardes se va a correr el encierro, pero dice la mamá que es un cobardica y que no corre delante de las vacas. Un día viene el tío Alberto y nos lleva de pinchos al Pénjamo, que está hasta los topes. La gente entra y sale cantando y saltando. Solo tengo nueve años, pero soy muy alto y ya llego a ver lo que hay sobre la barra y también me fijo en las chicas que se mueven con elegante parsimonia mientras atienden a cientos de personas a la vez en el estrecho bar. Aquí, en los años setenta, todo el mundo fuma, incluida mi madre, así que el bar parece una barbacoa humana. No sé dónde estará mi padre, porque hace días que lo hemos perdido de vista. Parece que, cuando llegan visitas, él desaparece. Mejor sin él. Las fiestas son una gozada. El tío Alberto y el tío Rafa nos llevan a la feria a disparar al blanco. La escopeta es grande y pesa mucho. Primero, hay que abrirla por la mitad para cargarla con un pistón. Luego, se cierra de un golpe. Ahora, a apuntar al blanco. Pero la escopeta pesa mucho y no hay quien se mantenga firme. ¡Bang! Nada, el palillo sigue intacto.

—Tira tú, tío Rafa, que tú sí sabes.

—¡A ver, enanos, aprender de un experto!

Al tío Rafa le gusta la caza y, a veces, nos trae codornices o liebres. Nosotros le ayudamos a la mamá a desplumar las codornices y ella nos prepara un delicioso guiso con arroz, pimienta, clavo y laurel. Si el tío acierta a los tres palillos, nos llevamos un peluche.

—Ya, el primero ya ha caído, —declara triunfal. —A por el segundo.

Y el segundo también cae, pero el tercero solo se lleva un raspón.

—¡Vaya mala pata! !Pero si el palillo está partido por la mitad! ¡A ver, tú! —reclama el tío Rafa— Mira a ver, que le he dao al palillo y no se ha caído.

El de la feria nos concede el premio, pero, como no somos de peluches, escogemos una pistola de agua. ¡Con eso sí que se goza! Lo que no nos imaginamos es que, a la primera oportunidad, la va a coger el tío Patxi y nos va a corretear por todo el huerto disparando agua y consiguiendo que otra vez nos enfademos con él. Las fiestas pueden ser tan divertidas como deprimentes, porque ahora se han ido todos a la verbena y me han dejado solo en casa cuidando de mis hermanos. Ya es muy tarde, mis hermanos duermen y yo estoy a oscuras en la sala Norte mirando los fuegos artificiales y las peñas que pasan por la calle bailando con sus pancartas. ¡Qué ganas tengo de ser mayor y poder ir de fiesta! No me gusta estar encerrado en casa mientras los demás se divierten. Y este sentimiento tiene raíces históricas.


Como ya he mencionado antes, a veces le pregunto a la abuela sobre alguna fecha o cualquier otro detalle del pasado para situarlo en un marco temporal correcto, o simplemente para asegurarme de no estar inventando recuerdos. Pero, cada vez que lo hago, propicio en la abuela un torrente de memorias desagradables, así que procuro evitarlo lo más posible. No sin cierto temor, le pregunté ayer sobre la acacia. ¿Era una acacia en realidad, o se trataba de una creación de mi memoria?

“Sí, ¿era una acacia? ¿Te suena? ¿Tenía flores blancas?” me has respondido, utilizando signos de interrogación. Tú tampoco te acuerdas bien. Pero me agrada comprobar que esos ojos que querían apagarse para siempre estuvieran fijándose en las flores del huerto. ¿Qué has estado haciendo todo el día, mamá? Has estado deslizándote por la casa como un fantasma, arrastrando los pies quizá. Has lavado alguna ropa a mano, porque ya estás harta de insultar a esa lavadora vieja que no funciona. Has hecho las camas. Te has puesto a recoger la galería. Te has fijado en el osito del Kike, en una chaqueta de punto de la nena, en los coches de Matchbox aparcados en el jardín de la casita de Tente y entonces has escapado de tus fantasías suicidas por un instante y te has acordado de nosotros. Has mirado por la ventana. Has recordado las flores de la acacia.  De repente crees escuchar nuestras voces. Abres la ventana. “¡Mamaaa! ¡Mamaaa!” Pero, ¿dónde están metidos estos niños? “¡Aquí, mamaaaa! ¡No podemos subir la tapia!” Los pequeños habían insistido mucho y les habíamos ayudado a saltar al huerto de las Emilias. Pero ahora no sabíamos cómo ayudarles a saltar la tapia de vuelta a casa. Con todas las aventuras que habíamos corrido y las cosas que habíamos visto: los trillos de pedernal, las carrozas antiguas, el pozo de las monedas, y el fantasma de la ventana, que nos hizo correr a todos hacia nuestra tapia al fondo del huerto crecido y salvaje, ahora no sabíamos cómo sacar de ahí a los pequeños, así que llevábamos un buen rato gritando con la esperanza de que la mamá nos oyera. No pudimos subir por donde normalmente lo hacíamos el Juan y yo porque habían cortado el árbol que nos daba acceso a nuestro huerto y ni siquiera yo podía trepar y buscar a la mamá para que nos ayudase. Estuvimos un rato buscando algún árbol que estuviese lo suficientemente cerca de nuestra pared, pero nada. “¡Aquí, mamaaaa!” Por fin se oye la voz de la mamá. “Pero, ¿cómo os habéis metido ahí? Esperar un momento”. La mamá se demora un buen rato y regresa con una ristra de sábanas atadas que nos lanza desde el otro lado. Cómo pudieron trepar la Nena y el Kike la alta tapia por las sábanas es algo que no recuerdo bien, pero lo consiguieron. ¡Ay, mamá, qué correrías aquellas! Tú y tus cuatro salvajes viviendo las aventuras que te fueron prohibidas en tu infancia.


Tal y como había temido, preguntarte sobre la acacia ha propiciado alguna reflexión sobre el pasado. Pero esta vez has regresado hasta tu adolescencia: “Hoy se supone que los niños vuelven a la escuela en Inglaterra. Como estáis vacunados, en teoría, hay menos riesgo para vosotros. Cuando lo pienso, echando la vista atrás, si me pasa a mí, sobre todo con lo bien que estaba en Winchester, y hubiera tenido que estar años sin ir al colegio, todo el día en casa con mis asfixiantes padres, me tiro por la ventana. Me sentía libre en el cole con mis amigas, y en la cárcel, en casa, sola. Las vacaciones de verano me parecían interminables y estaba deseando volver al cole. Winchester me ayudó a no enfermar mentalmente, de eso no tengo duda. Pobres hijos únicos ingleses, aquí por lo menos ha habido cole siempre, menos aquellos meses al principio. Ahora, con mis setenta y tres años, estoy otra vez encerrada, sola, y no me está haciendo ningún bien, especialmente con la mierda de tiempo que tenemos. Otra vez, día gris, frío, chubascos, ¿primavera dónde estás?” Escuché a un sabelotodo decir en una charla TED que nos enamoramos de personas que nos hacen sufrir de maneras familiares. En tu caso, mamá, no hay duda de que acabaste presa de nuevo en una casa, sin poder salir mucho ni tener amigas. Tus únicos amiguitos éramos nosotros. ¡Cuántas veces habrás reflexionado sobre esa ironía de la vida! Y ahora, cincuenta años después, lo que te tiene presa en casa es el confinamiento, como una maldición, como una carcajada cruel del destino. Tengo muchas ganas de estar contigo, como siempre; pero ahora es distinto. Los recuerdos difusos del pasado se van ordenando en un marco semántico y dan pie a una persona palpable. Eres más real. Eres más completa. Ahora que te estoy descubriendo a través de estas páginas creo que te admiro. Admiro tu capacidad para aguantar tanta tortura. Admiro tu capacidad para no perder tu humanidad y continuar ahí a nuestro lado, a pesar de las palizas y las humillaciones. Los recuerdos son como un ovillo que abarca años, eventos y sentimientos, todo mezclado y confuso. Escribir este libro es tirar del hilo, es abrir caminos en la selva de la memoria, es subir a una montaña y comprender la orografía del lugar. Es abrir los ojos. Es verte.


Pero también me gustaría descubrir a Juan. Me gustaría que Juan hablase. ¡Habla, Juan! Dame un solo párrafo aunque sea. En la adolescencia hicimos un pacto, ¿te acuerdas? El primero en morir, se pondría en contacto. Pero han pasado muchos años y no me has dicho nada. Aquí en Norwich también hay una base aérea, y también pasan los cazas en vuelo raso. ¿Te acuerdas, Juan? Dime algo, Juan. ¿Recuerdas cuando cortaron nuestra acacia, el cabreo que nos agarramos? ¿Cuál es tu historia? Te espero, Juan, te espero…

—Estoy mirando a la mamá. Es una traidora porque quiere al papá.

—No, Juan, no le quiere.

—Sí, le quiere a él y a mí me odia porque me meo en la cama. Y tú duermes con ella cuando el papá se va de viaje. Y yo, no, porque me meo. Y tú te vas de viaje con el papá, y yo no, porque me meo. A mí nadie me quiere. Solo los yayos. Cuando sea mayor, me iré a Madrid.

—Pero yo sí te quiero, Juan. Eres mi mejor amigo, pero tú siempre me rechazas.

—Tú eres el niño favorito. El mayor. Y a mí nadie me hace caso. Algún día te voy a dar una paliza de verdad.

—Bueno, no era esta la conversación que quería tener contigo. Parece que me culpas a mí de todo. No es justo.

—¡Qué sabrás tú lo que es justo, si eres un privilegiado!

—Yo no pedí ningún privilegio.

—Pero lo eres. ¡Y ya estoy harto!

—Yo solo quiero ser tu amigo.

—¡Y yo solo quiero que te apartes de mi camino!

—Te voy a esperar siempre, porque sé muy bien que tú también me quieres.

—¡Y siempre tienes que tener razón! ¡Eres insoportable!

— Me parece mentira que hayas aprovechado la primera oportunidad para recriminarme cosas de las que no soy responsable. Ya sé que estás resentido conmigo, pero me interesa más saber qué piensas del papá.

—Ya sabes lo que pienso.

—¿Y nunca cambiaste de opinión? ¿No llegaste a perdonarle?

—No sé. Creo que no.

—Todavía estás a tiempo. ¿Y a la mamá, la perdonaste?

—No sé. Creo que sí.

—¿Y a ti mismo? ¿Te has perdonado?

—No. Nunca.

—No fue culpa tuya, Juan. Te aseguro que no. Todos somos víctimas de una vorágine de abuso. Yo me escaparé y tú te lanzarás a lo más profundo. ¿Pero por qué? ¿Por qué no escapaste, como yo?

—No sé…

—Yo sí lo sé. Tú te vas a convertir en tu propio padre. Acabarás odiándote a ti mismo.

—Y tú te vas a convertir en tu madre y abusarán de ti.

—Habría que hacer algo para evitarlo, ¿no?

—¿Y qué piensas hacer, si tienes cincuenta y tres años y el mal ya está hecho?

—Estoy reparando mi pasado. Si reparo mi pasado, creo que puedo reparar mi presente.

—¿Y el mío?

—Tú me dirás... ¿Dónde estás? ¿Llegaste al cielo? Supongo que sí. Al menos, eso es lo que nos hicieron creer desde pequeños.

—Tú escribe tu libro y repara mi pasado. Y a lo mejor pueda entrar al cielo.

—¿Me ayudarás a escribir mi libro?

—Ya lo estoy haciendo.

—Entonces repararemos el pasado juntos, Juan. Y, si puedes, ponte en contacto. Siempre te he esperado.


He estado llorando después de escribir esto, y he tenido unos días bastante malos. Creo que no había llorado bien tu muerte, Juan. Recuerdo perfectamente el fax sobre mi escritorio. Yo llegaba a casa después de un viaje de trabajo a la región de Yamagata. Vi el papel colgando de la máquina de fax y supe perfectamente que habías muerto. No me hizo falta leerlo. Apenas cuatro palabras de la mamá: tu hermano ha muerto. Hice la maleta rápidamente y me fui al aeropuerto. Lo siento señor, aquí no se venden billetes de avión, eso se hace en una agencia de viajes. Pero mi hermano ha muerto, tengo que ir al funeral. Después de una conversación con un supervisor, la empleada de Lufthansa me pidió mis datos. Y la misma situación en inmigración. Usted no ha tramitado los papeles de salida. Lo siento, no he tenido tiempo, mi hermano acaba de fallecer y no puedo perderme su funeral. Suerte tuve de poder viajar de inmediato, porque en España entierran a los muertos sin que tengas tiempo ni de desayunar. Me compré The Da Vinci Code para pasar el rato en el avión. Todavía no había tenido la oportunidad de interiorizar lo que había pasado y ya estaba pensando en cómo encajar el golpe. Acababas de morir, pero yo estaba pensando en mí mismo. Estaba demasiado ocupado viviendo la vida a tope. Si te soy honesto, no me sorprendió nada tu muerte. Con la vida que llevabas, era de esperar. Por otra parte, tú estabas sufriendo muchísimo. Toda tu vida sufriste demasiado. Y, cuando alguien muere entre tanto sufrimiento, la gente suele sentir algo de alivio ajeno, como cuando murió la yaya. Además, yo estaba totalmente drogado de amor, ciego, y eso superaba la tragedia de tu muerte. Yo estaba en la cresta de la ola, trabajando en Japón, planificando mi boda, y tú estabas muerto. Yo estaba viviendo la vida de aventura que siempre quise: había ido a la universidad, hablaba idiomas, había viajado por el mundo, jugaba al squash contra campeones en un club de Shinjuku. Y tú te habías quedado a la sombra de tu abusador, atrapado en un mundo de pesadilla. Estoy escribiendo esto y me dan ganas de llorar, porque nunca debimos habernos separado, Juan. Pero tú eras muy salvaje y peligroso. Cada vez que volvía a casa de visita, me metías en unos líos tremendos. Suerte tuvimos de no acabar en la cárcel, o muertos, los dos. Y eso me daba miedo. Yo no quería arriesgar mi vida de lujo. Tú tenías un embrujo especial, como el papá, y era muy difícil resistir tus invitaciones. Pero yo estaba sentando la cabeza y no podía seguir tu ritmo. Y, poco a poco, casi sin quererlo, me fui apartando de ti. En la misa de tu funeral dije que teníamos que vivir una vida buena y plena, porque tú ya no podías vivirla. Dije que te debíamos eso; que teníamos que aferrarnos a la vida y vivirla por ti. Y eso he hecho. Y cuando miro a Johnny y a Francis, veo a Juan y Felisito. Solo que esta vez, nadie va a abusar de nosotros. Nadie nos va a dejar abandonados, muertos de hambre. Te lo aseguro, Juan. Esta es la única manera que conozco de reparar el pasado. Ojalá me estés escuchando y ojalá me perdones por no haber llorado más tu muerte. Pero te aseguro que todos los días estás conmigo. Y te veo en Johnny. Yo le pedí a Dios un hijo como tú y le puse tu nombre. A veces le digo “¡Cómo te pareces a tu tío Juan!” Pero no creo que él comprenda lo que le estoy diciendo.


Hace tres días que escribí el párrafo anterior y lo he estado pasando fatal. He estado sumido en un mundo de pesadilla que no podía comprender. He perdido la calma varias veces con Nataly y con los niños. He sentido la necesidad de salir de casa porque temía perder los estribos. He caminado por las calles acosado por pensamientos negativos. De repente, he sentido ganas de fumar. También he sentido la necesidad de “reiniciar” mi mente tomando una buena dosis de psilocibina o ácido lisérgico. ¡Lo que hubiera dado por un buen porro de marihuana en esos momentos! He querido hablar con alguien, decirles “estoy fatal, no sé qué me pasa”. Pero también he pensado que nadie podría comprenderme. ¿Cómo podían comprenderme si yo mismo no comprendía lo que me estaba pasando? He sentido que quería escapar de mi propia piel. Sin embargo, anoche pude dormir bien a pesar de mi ansiedad. Pero esta mañana estaba espitoso, como si me hubiera metido una raya de cocaína. Mi corazón se me salía del pecho. Ha llegado un paquete con un producto que había pedido por internet y el producto era algo distinto a lo que yo esperaba. He reaccionado como un demente. ¡Casi me echo a llorar! Creo que Nataly y los pequeños han estado un poco preocupados, porque no suelo perder la calma de esa manera. Les he querido decir que me dejen en paz, pero no lo he hecho. No sabía dónde meterme, o cómo escapar de mí mismo. He hecho un pastel para el día de la madre. Me he puesto a configurar mi teléfono nuevo. Grave equivocación. He hecho tres llamadas para pasar mi número de teléfono a una nueva tarjeta SIM. Eso me ha enervado todavía más.  Ha llegado la hora de comer y he comido a la fuerza. No me lo podía creer; si tenía el estómago vacío, ¿por qué no tenía apetito? Por la tarde he dado un paseo con Johnny para despejar la cabeza y disfrutar de su compañía. Estar en casa era agobiante. Estaba perdido. Desquiciado. Nunca me había sentido así; ni en mis peores momentos de la adolescencia. ¿Hasta dónde iba a llegar esta espiral de ansiedad? “Doctor, estoy al límite. No sé qué me pasa”. Eso estaba pensando decirle al médico. También he pensado decirle a Nataly que me estaba hundiendo, pero tenía miedo de mirarme en el espejo de sus ojos. Estaba cayendo más y más profundo a una dimensión nueva y aterradora. Pensaba: control, no digas nada, no te la tomes con tu familia. Deseé haber estado en el trabajo y no en mi día libre. Escapar. Por la tarde, estaba sentado en el sillón, intentando solucionar uno de esos estúpidos problemas de internet que asedian nuestras vidas modernas cuando, de repente, lo comprendí todo. Yo no era yo; era tú. Tú me habías poseído. Tú te habías puesto en contacto. Por fin, después de tantos años, has hablado. Y has hablado de la única manera posible e inequívoca: me has poseído. En ese momento, te he pedido que me dejes en paz, y lo has hecho. Ha sido como salir de una tumba. Jamás he caído tan bajo. Tú me has enseñado lo que se siente cuando uno es Juan. Pero no me gustaría saber más; te lo aseguro. Y perdona si te he molestado invocándote y buscándote. Lo he pasado muy mal, Juan. He tenido mucho miedo. Estoy agotado. Que Dios te bendiga, Juan.


Ha pasado un día desde que escribí el párrafo anterior y todavía estoy como un niño después de una paliza, como sollozando, con el pecho que se hunde de repente en suspiros convulsivos. Es como si acabara de regresar de una guerra, sorprendido de no haber muerto. La tormenta ha quedado atrás, pero me ha dejado una marca profunda. Anoche, cuando estaba junto a Nataly, pensé en decirle que había sido poseído por tu espíritu, pero que ya era el yo de antes; sin embargo ¿cómo se explica una cosa así? Si tuviera más valor, volvería a ti. Te pediría que te revelases de nuevo y me sumiría en tu mundo para conocerte mejor. Pero ha sido aterrador. No hago más que pensar en lo que ha ocurrido, pero no llego a comprenderlo del todo. Voy a intentar dedicarme a vivir, Juan. Lo mejor que puedo hacer ahora es seguir con mi historia. Esta historia que me parecía un refugio y una solución, pero que se está convirtiendo en algo peligroso para mi salud mental. Al menos, ahora entiendo que estás ahí. Todos estáis ahí, esperándome, tal y como me lo explicó la yaya tantas veces.


Alabastrista. Alabastrista. Alabastrista. Profesión del padre: Alabastrista. En aquel entonces, Cintruénigo se estaba convirtiendo en una meca del alabastro y había pocos que no respondieran "alabastrista" a esa pregunta. Solo yo tenía que responder algo distinto: criador de perros. Y, encima, con apellido extranjero, ¡Matthews! Qué vergüenza me daba cada vez que los profesores o los catequistas me pedían que repitiera mi segundo apellido delante de todos. Yo solo quería ser uno más. No quería ser un Matthews, quería ser un Garbayo, o un Ayensa, o un Lozano. Cualquier cosa que no me dejara en evidencia. Félix Chivite Matthews. ¿Chivite qué? Matthews. ¿Y cómo se deletrea Matius? Ahora todos se vuelven hacia mí y quisiera que me tragara la tierra. ¿Y eso qué es, Alemán? No, mi madre es inglesa. ¿Y hablas inglés? No. ¿Por qué nunca nos enseñaste inglés, mamá? Es cierto que mi padre lo había prohibido, pero él no estaba siempre en casa. No nos enseñaste inglés porque te habían robado el ser. Desde el engaño de quedarte embarazada para poder casarte contra la voluntad de todos, pasando por tu encierro en Peñagrande, hasta las palizas, las humillaciones, y los embarazos en cadena: ya no eras persona. Te habíamos convertido en un mamífero que solo come, duerme y procrea. Y ni siquiera lo primero hacías, porque estabas anoréxica. Claro, que esa palabra no se usaba entonces y, para ser honesto, ni siquiera lo recuerdo bien, pero las fotos no mienten: estabas esquelética. Y tu idioma, lo que nos da identidad, estaba tan en coma como tu el resto de tu ser. Y en estas circunstancias, ¿cómo ibas a pensar en enseñarnos inglés o en poner un bocadillo para el recreo en nuestras carteras?


Otra vez ha empezado el año escolar y seguimos en el gallinero de las monjas encerradas. Este año, el Juan y yo caminamos juntos por las calles solitarias, porque siempre llegamos tarde y ya todos están haciendo cola en el patio para entrar a las aulas. A veces, algún adulto nos grita “correl, que siempre llegáis talde”. Pero qué sabrán ellos del terrible vaso de leche agria con dos kilos de azúcar que tardamos horas en beber, sin una miserable cucharada de Nesquik o Cola Cao; ni una miserable galleta para acompañarlo. Y cuando hay algo para quitar el sabor a leche agria, es peor, porque es algo asqueroso como beber queso con sabor a chocolate. Y la mamá, que insiste en que nos bebamos toda la leche, porque sabe que es lo único que vamos a tener en el estómago hasta las dos de la tarde que vendremos a comer. Al menos este año me hablo con más gente: el Javier Ayala, que es un tipo fuerte y se le da bien el deporte; el Juanjo, que es chiquitín pero corre más rápido que nadie; el Cecilio, que es solitario a ratos, como yo; el Santi, que me invita a su casa de vez en cuando; y el Javier Larraga, que se ha convertido en mi compañero de canicas y a veces viene a casa a comer y yo a la suya. Los machos alfa siguen sin dejarme jugar con ellos, me miran de reojo, como si yo fuera una amenaza para ellos. Un día los invité a jugar a casa y vinieron en masa. Entraron por la puerta sin llamar y, como bárbaros por Roma, se metieron por todas las habitaciones, ignorándome a mí, a mis hermanos y a mi madre, que estaba un poco indignada al contemplar semejante comportamiento. Como una ráfaga de viento que entra y hace golpear todas las puertas de la casa, los machos alfa se deslizaron de habitación a habitación y salieron por donde entraron. Mi intento de formar parte de su grupo quedó frustrado, como era obvio por su desaire. La Águeda cada día está más guapa, y habita mis fantasías constantemente. Sueño que nos casamos y nos vamos lejos. Pero ella está pendiente de los machos alfa. En concreto, se le van los ojos por el Javier Pazos. Y yo sueño que la salvo de sus garras y me convierto en su héroe. Pero ella lo quiere a él y a mí me ignora por completo. Y este sentimiento es insoportable. No aguanto estar encerrado en este estúpido cuerpo de niño. Cuando crezca, me iré de casa y me atreveré a hablar con las chicas. Porque las únicas que me hacen un poco de caso ahora son la Arantxa Salinas y la Mari Carmen Garbayo, pero como soy tan tímido, cada vez que me dirigen la palabra me quedo tieso sin saber qué responder.


Los días de escuela son una condena sin alicientes. Lo único que me interesa son las artesanías que hacemos de vez en cuando. Una vez hice un crucifijo con pinzas que quedó muy bonito; no sé si para el día del padre. Para Navidad también hacemos cosas con papeles especiales que compramos en la tienda de la Sira, que es una de mis favoritas. Ahí venden todo tipo de materiales para lo que muchos años después llamaremos bricolaje. Cada día me gusta más hacer experimentos: barcos de madera con paletas a goma; maquinitas de pinball caseras hechas a base de canicas, pinzas y gomas; una pista de cartón por donde dirijo cochecitos de hierro con imanes por debajo, y mis circuitos eléctricos con luces de colores y timbres. Materiales no me faltan, porque la mamá nos manda a las carpinterías a por madera para la estufa y siempre hay trozos que puedo aprovechar para construir algo. Y cada día me pierdo más en mis lecturas de Enid Blyton. Los Cinco y Los Siete me tienen enganchado por su independencia de los adultos. Cómo me gustaría correr aventuras como ellos: descubrir pasadizos secretos, investigar crímenes, y salir victorioso al final. Aunque, cincuenta años después, me doy cuenta de que nuestra vida del pueblo no es muy distinta a la de los famosos Cinco. La supervisión de los adultos es nula, nuestra casa es un castillo y el pueblo entero, un territorio preñado de curiosos personajes y grandes aventuras. Aunque no todas esas aventuras son buenas y nobles como las de las novelas de Enid Blyton. Hace tiempo que estoy un poco obsesionado con un coche de madera para armar que venden en la tienda de la Pelirroja, pero es un poco caro y no tengo suficiente dinero para comprarlo. Me imagino encajando todas las piezas y poniendo las ruedas sobre sus ejes y me emociono. Tiene que ser mío, pero no tengo dinero. El caso es que le he convencido a Juan para ir a robarlo. Pero antes hay que urdir un plan. Tenemos que ir a una hora cuando no haya nadie en la tienda. Luego tenemos que pedirle a la Pelirroja algo raro que no tenga en el mostrador, para que se meta en la trastienda y nos deje solos unos segundos. Lo justo para robar el juguete.

—¿Qué puede ser, Juan?

—No, sé… Algo barato. ¿Cuánto tienes?

—Diez pesetas.

—¿Una vela?

—Puede ser… O corchos. Unos corchos, eso seguro que no lo tiene a mano. Cuando se meta a por los corchos, tú vigilas y yo me meto el juguete en la ropa. Además, con los corchos podemos construir un barco.

La tienda de la Pelirroja está al lado de la de la Sira, en la esquina opuesta a nuestra casa. Tiene grandes ventanas que dejan ver el interior de la tienda con la mercancía expuesta en mostradores y estanterías. Con cierta trepidación, nos cercioramos de que no haya nadie en la tienda y entramos a pedir los corchos.

—¿Tienes corchos?

—¿Cuántos quieres, hijo mío?

—Seis.

En efecto, la Pelirroja se mete adentro unos segundos y yo cojo el juguete y lo escondo debajo del jersey.

—¿Cuánto es?

—Seis pesetas.

Por seis pesetas nos hemos llevado un juguete que cuesta por lo menos trescientas. Pero nuestro excesivo afán  nos ha llevado a la mesa de la galería a abrir la caja y armar el coche, cuando deberíamos habernos escondido en algún cuarto abandonado para hacerlo. Por otro lado, estamos tan acostumbrados a la falta de supervisión, que no nos imaginamos que la mamá vaya a sospechar algo del juguete nuevo.

—¿De dónde habéis sacado eso?

—Lo hemos comprado, —miento descaradamente.

—¿Con qué dinero?

Pero, si nuestro plan para robar el juguete ha salido bien, obviamente, no era perfecto: se nos olvidó pensar en una coartada. Nos hemos quedado mudos ante el inesperado interrogatorio y se empieza a notar la culpa en nuestro semblante.

—A ver, ¿me lo vais a explicar?

Pero nuestro silencio es como un gigantesco dedo acusatorio.

—¿Lo habéis robado? Lo habéis robado, ¿verdad?

¿Pero cómo puede la mamá suponer eso de nosotros? Sin duda, nuestra fama de niños malos nos precede por cualquier sitio a donde vamos, desde la feria y las calles, hasta nuestra casa.

—A ver, Felisito, ¿te has quedado mudo?

—¿Yo? ¿Por qué yo? Yo no he hecho nada.

—Y yo tampoco. Yo no he sido, —adelanta el Juan.

—¿Que tú no has sido? ¿Qué no has hecho?

—Robar el coche. Yo no he sido. Fue idea del Felisito.

—¡Qué vergüenza: hijos ladrones! ¿Os parece bonito? ¿Os parece bien robar cosas de las tiendas? ¿Dónde lo habéis robado? —nos pregunta sin esperar respuesta a sus preguntas retóricas.

—De la Pelirroja, —digo al fin, avergonzado, no tanto de haber robado, sino de haber sido pescado con las manos en la masa. La mamá nos lleva a la Pelirroja a devolver el juguete y a pedir perdón. ¡Qué humillante! Pero la Pelirroja no se lo ha tomado a mal y nos regala una mirada llena de compasión, porque todo el pueblo sabe lo mal que lo estamos pasando y, a fin de cuentas, “¿qué se podía esperar? Delincuentes juveniles. En eso se convierten los hijos de los alcohólicos. Pobres chavales, tan jóvenes y robando. Acabarán mal a este paso. Deberían llevarlos a Madrid con sus abuelos.” ¿Y tú, Jesús, dónde estabas? ¿Dónde estabas mientras yo pasaba días haciendo planes para robar el juguete, o para robarle a mi padre? ¿Es posible que te rece por las noches y te ignore durante el día? ¿Dónde tu protección; dónde tu consejo? Cada día hablo más contigo y cada día soy más malo. Tendrá razón mi padre: soy malo. ¿O acaso la vergüenza que estoy pasando ahora me redime? ¿Y dónde estás cuando el papá le pega a la mamá? ¿O cuando el Juan se me lanza encima ciego de rabia? ¿Dónde estás, Jesús? ¿Dónde estás cuando me muero de hambre en la escuela? Pero tú estás sufriendo en la cruz. Me estás mirando y estás llorando. Y me estás diciendo “yo te di tu libertad para que seas bueno, para que escojas por ti mismo el camino correcto aunque sea difícil”. Pero estás llorando mucho, Jesús, ¿será posible que nos estés pidiendo perdón desde la cruz? Tú sabes que te quiero mucho, pero soy un ladrón y un mentiroso. ¿Y Juan, y mis hermanos menores, y los papás? ¿Por qué no hablas con ellos? ¿Por qué no te hacen caso? ¿Acaso solo existes para la yaya y para mí? ¿Y los chicos de la catequesis que cantan canciones demoníacas y se burlan de ti? ¿Por qué nos has abandonado, Jesús? Eres como el sol, que se oculta tras las nubes y uno no sabe cuándo saldrá de nuevo. Cuando empecé a escribir esta carta, quién iba a suponer que te ibas a convertir en uno de los personajes más importantes, pero es que tú siempre has estado aquí, muy adentro, así que no podía haber sido de otra manera: Tú eres el fundamento de mi vida y de este relato.


Pero Cristo no es el único que se esconde y nos obliga a ir en su busca. Hoy he soñado contigo. Ha sido muy bonito verte después de tanto tiempo. Pero debería hablarte en inglés, si no, no vas a entender nada. Estabas reflejado en un espejo, como queriendo salir y decir algo, pero te escondías. Al verte, me ha invadido el bienestar que siempre siento cuando sueño con mis muertos: el papá, el yayo, Juan, el tío Patxi… Pero contigo no suelo soñar mucho; ya era hora. Tú eras más silencioso aún que mi padre. Aparte de que no hablabas castellano y nosotros, tus nietos, no hablábamos inglés, tú eras muy callado: como una sombra, o un reflejo en un espejo. Cuántas veces te habrás comido tus propias tripas al saber que tu yerno le pegaba a tu hija. Cuántas veces te habrás preguntado ¿qué habré hecho yo para merecer esto: una hija rebelde, que no atiende a razones, que se me casa con un alcohólico y tiene a mis nietos asilvestrados? Cuántas veces le dijiste que lo dejara todo y regresara a Inglaterra con los nietos, y cuántas veces ella escogió al abusador. ¿Qué fue peor, pépé, los tiros y las explosiones, los jóvenes muertos, esparcidos en pedazos por el campo de batalla, o tener una hija así? Tú también te habrás hecho esta pregunta muchas veces. ¡Qué paciencia has tenido! Qué paciencia cuando tu mujer lanzaba una campaña de odio y ponía a tu propia hija en tu contra. No me extraña que estuvieses prácticamente mudo. Pero, al final, se supo todo. Porque tú eres un hombre muy bueno y un auténtico caballero. ¿Te acuerdas, cuando me trasladé a vivir con vosotros? Fumaba a escondidas en mi cuarto y tú llamabas a la puerta y, con un tacto increíble, me preguntabas si se estaba quemando algo, cuando sabías perfectamente que estaba fumando. Menuda paciencia has tenido siempre, y que gran tipo eres. Solía preguntarte sobre la guerra y tú no soltabas prenda. Así de horrible habrá sido. Tan horrible como perder una hija. Pero siempre le he dicho a la mamá que eres muy bueno y ella lo sabe. Toda la insidia sobre ti que escuchamos en casa durante años, no encajaba con lo que yo veía con mis propios ojos. Curiosamente, como mencioné en el capítulo anterior, el papá decía que eras bueno: un pobre hombre casado con una bruja. Pero tu hija se cierra en sus campañas de odio y no hay quien la saque de su empecinamiento. Cuando por fin la mamá se dio cuenta hace unos años de que verdaderamente eres un buen hombre, no sabes lo mucho que lloró, y el resentimiento que siempre sintió por ti, ahora ha encontrado su objeto en una campaña de odio dirigida hacia su propia madre. Porque perder a un padre de esa manera, en vida, es lo más vil que le puede pasar a una persona, y ella es una persona visceral, resentida, acostumbrada a odiar a alguien, y ahora odia a quien le enseñó a odiar. Y esta madre manipuladora la atormenta en horribles pesadillas. Como mi padre también lo hace. Y mientras yo disfruto de la compañía de mis muertos y me levanto feliz por la mañana después de haber estado con ellos, tu hija se despierta aterrada en medio de la noche. Y si es capaz de lanzar ignominiosas campañas de odio contra cualquiera que le caiga mal, también es capaz de llegar al otro extremo: ensalzar a personas que no son tan buenas como parecen. Yo podía hacer cualquier cosa, ninguna de mis fechorías me ganaba una riña de mi madre, con la excepción del coche de madera que acabamos de robarle a la Pelirroja. Robar, mentir, pelear con mis hermanos, quemar la casa, emborrachar a Juan, raparle el pelo a Kike, lanzar a los gatos por la ventana, hacer novillos en la escuela, suspender los exámenes finales todos los años, nada podía hacer para ofenderla. Y después, en la adolescencia, me perdonará todos mis crímenes como si no hubiera hecho nada, como si yo estuviera por encima del bien y el mal. Sin embargo, el pobre Juan no podía hacer nada sin ofender a todo el mundo. Porque ella, en toda esta historia, se considera como una mera víctima, pero la vida no es en blanco y negro, buenos y malos, como en las películas de Hollywood. Y precisamente esta es una de las cosas que quiero revelar a través de este ejercicio: qué de bueno pudo tener mi padre, y qué de malo pudo tener mi madre. Al menos, esto último se lo debo a Juan, que fue quien me abrió los ojos. Esos ojos míos cegados por la compasión. No obstante, que mi madre tuviese sus puntos negativos jamás justificará el trato que le dio mi padre. Lo que estoy intentando hacer aquí es investigar por qué nuestra madre no nos protegió mejor del abuso y, para ese fin, es necesario reflexionar sobre esos trastornos de su personalidad que yo nunca vi hasta que no fui adulto.


Miramos a la gente pensando que son malos porque no hablan, porque no explican su comportamiento, pero hay cosas que te dejan mudo, como la guerra, como el abuso, como ser poseído por un muerto. ¿A quién se lo iba a contar? Me hubieran tomado por psicótico. Al menos, en el contexto de esta historia, queda disfrazado como un elemento literario más y nadie se lo tomará en serio. Pero quién sabe lo que pueda haber en las mentes de la gente, en tu mente, mamá: poseída en sueños. ¡Qué cosa tan horrible! No puedo juzgarte. No pienses que te estoy juzgando. Solo necesito saber hasta qué punto estabas paralizada por el abuso, porque un niño no comprende por qué su madre no le protege.


Como en anteriores capítulos, estaréis pensando que me está cayendo mal mi propia madre, pero es al revés: cada día siento más compasión por ella. Además, jugar a ser el abogado del diablo es una parte integral de cualquier investigación. Quizá esté siendo demasiado duro con ella pero, al menos, debo considerar la hipótesis de que mi madre no sea una simple víctima. Sus campañas de odio y resentimiento indican una gran falta de madurez al no aceptar responsabilidad por lo que le ocurría o, al menos, al no saber cómo encajar los golpes. Cuando yo me libere, dentro de diez años, y me vaya de casa, dejaré también de echar la culpa de todo a mi padre, me responsabilizaré de mis propios actos, condición esencial de la libertad; pero vuestra abuela siempre ha sido capaz de encontrar alguien a quien culpar de todos sus padeceres. Ella nunca ha sido libre. Incluso ahora, sigue culpando a sus padres por haberle dado una infancia demasiado protegida. Vuestro tío Juan era igual; él tampoco entendió la libertad. Y por eso siempre insisto tanto en que seáis responsables y, por consiguiente, libres.


Ahora todos queréis estar aquí conmigo. Llevo semanas soñando con todos vosotros: el tío Patxi, el Juan, el yayo... Y yo, feliz. Hace un par de días soñé contigo, papá. Con suma paciencia, me enseñabas a desmoldear figuras y a dejarlas a que se sequen. Me agrada mucho veros de nuevo. Pero también sueño con personas que todavía están vivas, personajes entrañables de aquellos años setenta y ochenta. El Avelino, el Remigio, el Claudio Silva… ¿Por qué casi siempre sueño con los hombres del pasado? A ver cuándo vienes a verme, yaya. Y tú, tía Modes, hace tanto tiempo que te fuiste; sería genial poder verte de nuevo. O tú, yaya vieja. Tengo tu retrato en el cuarto de los los pequeños. ¿Qué te parecen tus tataranietos? Seguro que te recuerdan a nosotros, los de la tribu, tan ocurrentes y cariñosos. En fin, como ya he mencionado antes, esta carta se está convirtiendo en mucho más que un simple relato, ahora también es un llamado, una invocación. De día recorro los paisajes grises del pasado, miro por todas las esquinas intentando ver al Felisito, al Juan, a la mamá, al papá… Voy tirando del hilo y cada vez surgen más recuerdos de ese lugar donde están ocultos. Y, de noche, vienen los personajes vivos a hacerme compañía. ¿Quién me iba a decir cuando empecé a escribir este relato, pensando que simplemente os iba a dejar un testimonio del pasado, que se iba a convertir en tantas cosas distintas? Un refugio, una terapia, una amenaza, una invocación. ¿Qué estaréis pensando de todo esto? ¿Psicosis? Por fin hablé con vuestra madre. Le dije que lo había pasado muy mal, pero sin mencionar que había sido poseído por vuestro tío Juan. De vez en cuando, bromeando, le digo que me temo que sea un poco esquizofrénico; y es que se me ocurren cosas muy raras, como os habréis dado cuenta al leer esta carta. A veces pienso que soy un esquizofrénico de armario. Tal y como soy un vegetariano de armario. Pero, bromas aparte, ¿acaso los místicos eran esquizofrénicos? ¿Los millones de creyentes son psicóticos por hablar con Dios? ¿Tener teofanías es de psicóticos? ¿Y tener los ojos cerrados al mundo espiritual no es de psicópatas? Un punto final, mamá. Le das al interruptor y, adiós, todo se apaga. De eso estábamos hablando ayer, del terror que le tienes a tu propia muerte. Y yo te respondí: ese es el problema de los ateos. Me has dicho que no sientes nada, que no puedes creer en esas cosas. Ojalá la próxima vez que hablemos tenga palabras más inspiradas que decirte, porque me preocupa tu falta de fe, tu soledad extrema.


De repente estoy en el único cuarto que todavía no arde, pero el humo se mete por todas las rendijas. Tengo que sobrevivir. Pero, si salgo, sucumbiré a las llamas. Tiene que haber una salida. No quiero arder. Quizá Felisito esté poseyendo a Félix de la misma manera en que Juan poseyó a Félix. Quizá tenga que volver a sentir en carne propia lo que sentí hace ya más de cuarenta años. Es el precio que tengo que pagar por meterme en las zonas prohibidas de la memoria. Sin embargo tengo que seguir adelante. Se lo debo a mis hermanos, se lo debo a mi madre y a Felisito.


Ya se acercan las navidades y nuestras vacaciones en Madrid. Pero, como ya he mencionado antes, Madrid es un mundo perfecto donde nunca pasa nada. Serán unas navidades perfectas, con oraciones, misas, amor, protección y mucha comida rica. Llegará el Día de Reyes, cargado de regalos, y la subsiguiente depresión del viaje de regreso al abismo. Y aquí, en el abismo, el único afecto que tengo es el de la Nena, que me quiere un montón. La cojo en brazos y le doy mil vueltas hasta que los dos nos mareamos y acabamos tirados por el suelo. La subo a hombros, le hago cosquillas y, al final, acaba con un cabreo tremendo porque siempre me paso. Igual que el tío Patxi, él sí que se pasa. Sin embargo este invierno no va a ser tan malo como los anteriores. La mamá está distinta y se la ve un poco más animada. Nos ha dicho que el papá va a empezar a trabajar de gerente en una fábrica de alabastro. Sin embargo, yo al papá lo veo igual. Sigue con sus monólogos después de la cena. Ahora la ha tomado con el Mutilva.

—Ayer me encontré con el Mutilva y le dije que era un imbécil y un maricón. Y el idiota de él me amenazó con ponerme una multa por falta de respeto a la autoridad. ¿Y sabéis qué le respondí? ¡Que se vaya a tomar por el culo! Que es un calzonazos de mierda y que no me llega ni a la suela de los zapatos. ¡Una multa, a mí! ¡Se las meto por el culo sus putas multas! ¡Será payaso! ¡El que se mete conmigo, ya se puede preparar! Y vosotros también: ¡Mucho cuidado con desobedecer a vuestro padre! ¡Os saco de la escuela y os pongo a trabajar a todos! ¿No sabéis que hay muchos niños que trabajan? Las Tirimillas trabajan. Esas sí que son pobres. No como vosotros, que os quejáis de vicio. Si estuviera vivo el Tío Feo, os ibais a enterar. Ese sí que tenía mala ostia. Hasta los bandidos de la carretera de Madrid le tenían respeto cuando iba a llevar vino en carreta. Con él sí que no se metía nadie. Era tan rácano que sus hijos tenían que pelear por el tocino de las alubias. Y suerte tenían de comer alubias porque, en aquel entonces, sí que no había qué comer. ¿Y tú, qué miras? ¿Quieres que te mande a la cocina con la zorra de tu madre? El hijito favorito. ¡Vete a esconderte debajo de las faldas de tu madre! ¡Interno, te voy a meter!


El papá es un mentiroso y un cabrón, porque él desayuna café con galletas Chiquilín, mientras que nosotros solo tenemos un vaso de leche agria. Él come costillitas de cordero de segundo, mientras que nosotros tenemos vísceras, o desperdicios del matadero. Él se gasta el dinero en juergas mientras que nosotros tenemos la ropa llena de agujeros. Él bebe agua mineral y se lava los dientes con Lacer, cuando nosotros no podemos ni llevar bocadillos a la escuela. Él sí es un tacaño. ¡Ojalá se muera!


Pero es cierto, el papá ha empezado a trabajar y se nota un poco en la mesa. Han aparecido galletas en el desayuno. No de la marca Chiquilín, que son más caras y solo para el papá, pero al menos, ya tenemos galletas. Un día, la mamá compró plátanos, que nos parecieron la mar de exóticos, porque no solíamos ver más fruta que la que nos regalaban los agricultores del pueblo. Mientras repartía la fruta tropical, la mamá nos explicó que al pépé le encantaban los plátanos de Canarias, que eran los mejores. Ahora la mamá ha empezado a hacernos esas natillas de sobre que se mezclan con leche y están listas en un periquete, o algún flan, también de sobre, con caramelo por debajo. De vez en cuando, también cae alguna cabeza de cerdo, que compramos en la carnicería y se llevan a la panadería a que las hagan al horno. Llegan a casa, todavía calientes y no hay parte que dejemos sin explorar: las orejas, el morro, el hueco de los ojos, por todos lados sacamos pedacitos de deliciosa carne y acabamos con las manos y la cara pegajosas de gelatina. No dejamos ni la corteza. A veces, la mamá las cocina en casa, con patatas asadas, y nos damos un banquete enorme. Algún que otro fin de semana, nos hace unas deliciosas torrijas fritas de huevo y leche. Pero, por desgracia, todavía no nos pone bocadillos para la escuela. Supongo que cuatro bocadillos es mucho pedir. Además, eso de robarle al papá unas monedas por la noche ha tenido que acabar. Cada día me atrevía con un poco más, hasta que empecé a robarle billetes de cien. Un día, después de acariciar a la nena y dejarla dormida en su cama, me acerqué a la mesilla de noche, como siempre. Había tres billetes de cien mirándome, diciéndome “rápido, al bolsillo, y luego nos escondes en el armario de tu cuarto. Ahora que no mira nadie: ¡Rápido!” Pero trescientas pesetas es mucho. Se iba a dar cuenta si se las quitaba. La flaca cara de Manuel de Falla me miraba a los ojos, el aroma del dinero se me metía por la nariz con la promesa de chucherías. Sin siquiera tocarlos, podía sentir el tacto suave y grasiento de los billetes, como la montaña de mantecosas y madalenas que me iba a comprar de camino a la escuela con todo ese dinero. También me llegaba para comprarme una navajilla, y algún juguete. Con la lógica maltrecha de un niño de nueve años acomplejado y cleptómano, también pensé en repartir algo con mis hermanos. A lo mejor hacíamos un picnic de chucherías en el huerto. O quizá le compraba un regalo a la mamá. De repente, me convertí en un títere. No era yo quien obraba. Mis manos se movieron solas hacia los billetes y los metieron en mis bolsillos. Escondí el dinero en el lomo de la enorme biblia que teníamos en el armario de mi cuarto, detrás de esos grabados de Gustave Doré mostrando cuerpos amontonados, serpientes, elefantes vestidos para la guerra, palacios en ruinas. Ahí, nadie lo encontrará. ¿Acaso intuía que esta vez sí se iba a dar cuenta y por eso estaba escondiendo el dinero con más cuidado? ¿Y cómo no se iba a dar cuenta si le estaba robando todos los billetes? ¿Cómo pude tener semejante osadía? ¿Es que no me daban miedo sus palizas? Sin duda, el papá se había ganado a pulso nuestra falta de respeto hacia él. Nuestra rebeldía era superior al miedo. Éramos los saboteadores de Germinal, dispuestos a morir ante la injusticia de años de hambre y mal vivir, mientras el señor comía pescado blanco delante de nuestras narices. Sí, el señor, así era como nos referíamos a vuestro abuelo cuando no estábamos de malas. La mamá empezó a llamarle así porque él seguía viviendo como un marqués cuando no teníamos ni qué comer. Él era un rico sin dinero y nosotros, unos pobretones muertos de hambre. Pero trescientas pesetas es mucho dinero y los papás entraron en nuestra habitación preguntando si habíamos visto el dinero por algún sitio.

—¿Habéis visto el dinero de la lotería de vuestro padre? —No, claro que no. El Juan, desde luego que no. Los abuelos registraron nuestro cuarto de arriba abajo, pero los billetes estaban muy bien escondidos. Por otra parte, la audacidad del robo superaba a lo que ellos pudieran suponerme capaz de robar, así que abandonaron la búsqueda pensando que el dinero se le había caído a vuestro abuelo por algún sitio. Sin embargo, esa escapada por los pelos supuso el fin de mis robos nocturnos. Esta vez me había pasado y yo mismo había quedado asustado por mi peligrosa hambre de dinero. No sé si fue eso, o el hecho de que empezaron a darnos la paga. Al principio, pensábamos que la íbamos a recibir todos los domingos, aunque pronto empezaron a olvidarse de dárnosla con la regularidad que nosotros hubiésemos deseado. Y es que las cosas buenas se ven mancilladas tan pronto como empezamos a disfrutarlas. Como nuestro primer salario.


Estamos en la fábrica de alabastro de la carretera de Corella. El papá nos ha pedido que le ayudemos a barnizar unas piezas. El Juan y yo, como perritos falderos, estamos ilusionados por hacer algo tan interesante y novedoso con él, porque ya estábamos hartos de limpiar caca de perro. El papá nos ha prometido pagarnos por nuestro trabajo y sentimos el orgullo de poder ganar dinero como los mayores. El papá nos lleva a la sala de barnizar, aprieta un interruptor y se pone en marcha un gran extractor de aire cubierto por una gruesa capa de barniz seco. Pone una peana de lámpara sobre la mesa giratoria y, haciendo girar la mesa, se da mucho arte para barnizarla.

—¿Veis?, hay que dar varias capas finas y asegurarse de no hacer goteras.

—¿Puedo yo, papá? —le pide el Juan, ilusionado.

—A ver, cuidado que pesa mucho. —El papá pone otra peana y le pasa la pistola de barnizar al Juan y guía sus manos, ayudándole a aguantar el peso de la pistola.

—Ahora tú. —Me cuesta levantar la pistola, con su depósito de barniz en la parte superior. Aprieto el gatillo y sale una nube de barniz hacia el ventilador. Y así, barnizando piezas de alabastro con el papá, pasamos un buen rato. Esto de trabajar es divertido. Al final, el papá vacía el barniz sobrante y llena el depósito con disolvente para limpiar la pistola.

—Toma —me dice—, dispara hasta que no quede nada. —Luego, desarma la pistola y la pone a remojar en un balde con disolvente.

—Eso es para que no se pegue el barniz a la pistola. Si no, se atasca.

Ese día, el papá nos pagó veinticinco pesetas a cada uno. Todavía recuerdo llegar a casa ilusionados y orgullosos de haber trabajado como hombres.

—¡Mira, mamá, veinticinco pesetas hemos ganado! —Y la mamá sonriendo, como si de repente la vida hubiese cambiado. Pero la generosidad del abuelo era errática y pronto nos vimos obligados a trabajar gratis. Y el orgullo del trabajo se convirtió en odio por el trabajo. Nuestros fines de semana y vacaciones se vieron estropeados por largos días encerrados en una polvorienta fábrica. Y así fue surgiendo en mí una enorme aversión hacia el trabajo. Además, empezaron a pedirnos que ayudásemos a limpiar las montañas de polvo que había por la fábrica y, eso, no era tan interesante como barnizar piezas. Claro que, con ocho y nueve años, nos las arreglábamos para hacer el tonto a la menor oportunidad y no se nos ocurría cosa mejor que enterrarnos en el polvo de alabastro como si fuera arena de mar; o utilizar los bloques de alabastro para construir edificios. Cuando íbamos a la fábrica, no solía haber nadie trabajando y, el enorme taller, se convertía en  nuestro nuevo territorio. A lo mejor por eso dejó de pagarnos el papá; porque no dábamos ni palo. ¿Te acuerdas, Juan? Lo pasabamos bien: cuando no estábamos peleando, todo eran travesuras de lo más divertido. Y después de cubrirnos de polvo hasta por las orejas, agarrábamos la manguera de aire comprimido y nos dábamos una buena ducha para sacar el polvo. Nos metíamos la manguera por los pantalones y se hinchaban como un globo. Luego, la camisa, que se subía sola hasta la cara. Menudas risas nos echábamos.

—¡Que viene el papá, que viene el papá. Corre, coje la pala!

—A ver, ¿habéis terminado? —Pero solo habíamos dejado montones de polvo de alabastro con hoyos, túneles y las huellas de nuestras zapatillas. El carrillo, vacío. Y el silencio de los criminales que han sido cogidos con las manos en la masa. Si es cierto que el papá tenía mal genio, también es cierto que, la mayoría de las veces, no se molestaba en echarnos la bronca. ¡Menuda pareja de bichos éramos! No teníamos remedio.


El invierno continúa dándonos bofetadas en la cara. Si sale sol, pasamos el rato en el huerto, con nuestras hogueras, haciendo arcos y flechas o tirachinas. A veces, viene el Patrick y le hacemos las mismas diabluras que el tío Patxi nos suele hacer a nosotros. Cuando el tiempo nos obliga a quedarnos en casa, jugamos al escondite. Le decimos que cuente hasta cien, metido en un armario y, en vez de escondernos, echamos la llave y le hacemos pasar un mal rato a oscuras. O nos vamos a la calle y lo dejamos solo por la casa, buscándonos por todos los rincones. O le enseñamos a tirar caca de conejo encima de la gente que pasa por la calle, debajo de la terraza, y luego le echamos la culpa a él. Aunque todavía no tenemos la despensa llena, la mamá le invita a merendar con nosotros cuando hace chocolate o flan. Poco a poco, Patrick se ha convertido en el quinto hermano. Los días de escuela, solemos volver a casa todos juntos a ver la tele. Seguimos sin hacer tarea y sin aprender nada. Como mucho, si abrimos un libro, es para pintarrajearlo, o para copiar dibujos o mapas. Creo que la única tarea que he llegado a hacer es la de geografía: copiar el mapa de España mil veces y poner las cordilleras, ríos, capitales, cabos y bahías. A veces vienen los padres de Patrick a hablar con los papás. El padre de Patrick es muy deportista y le gusta montar en bicicleta entre otros deportes. Tiene una Razesa preciosa con un montón de cambios. Ahora al papá también se le ha metido en la cabeza montar en bicicleta y dice que va a comprar una. No paro de soñar con una bicicleta de carreras blanca con marchas y platos para subir cuestas y bajarlas a toda velocidad.

—¡Con una Razesa puedes ir más rápido que un coche! —Le digo al Juan, emocionado.

—Lo que necesitamos es una escopeta para matar pájaros.

—Pues con la Razesa podríamos ir hasta Fitero a cazar.

—¿Y para qué quieres ir a Fitero si tenemos pájaros en el huerto?

—Pues el padre de Patrick se va hasta los Baños de Fitero en bici, y hasta Cervera. ¡Eso sí que está lejos! —El padre de Patrick está poniendo una fábrica de alpargatas en Cervera. Hoy hemos ido las dos familias a visitar ese pueblo, sus cuevas, donde todavía vive gente, y a admirar las colonias de buitres que dan vueltas sobre los acantilados en lo más alto del cielo. Al padre de Patrick le gusta comer cabezas de cordero en el restaurante de La Rubia, que está metido en una cueva. A mí, eso de los sesos de los corderos me da un poco de asco, pero bien ricas que me saben las liebres que trae el tío Rafa, o los conejos que matamos en casa. Donde sí que se come bien es en casa de la tía Vicenta. Siempre me saca chorizo, queso, salchichón, patatas fritas, gaseosa, seguido de un cariñoso "¿quieres más, hijo mío?". A veces voy a la hora de comer y lo hacemos en dos tandas porque hay mucha gente. Las primas mayores, la Vicenta y la Mimi, suelen comer con la tía, mientras cocinan; luego comemos el resto de las primas y yo; y, al final, viene el primo Remigio y se sienta con nosotros. Un día, estaba tan tranquilo en la cocina con la tía Vicenta y las primas, cuando, la prima Mari Jose salió a la cochera a buscar algo. Al cabo de unos minutos regresa corriendo y dando gritos: "¡El Alonso ha vuelto! ¡El Alonso ha vuelto; está escondido en el granero!" Yo había oído hablar de él, que llevaba años trabajando en América, y que tenía cierta leyenda negra asociada a su nombre, pero no me imaginaba que inspirase terror en sus propias hermanas. Ahora me dice la tía Vicenta que me vaya a casa “hijo mío”. Y dice eso con el cariño verdadero de siempre. Pero, aunque solo tengo nueve años, me doy cuenta de las cosas. ¿Cómo es posible que después de años por todo el continente americano, sur y norte, regrese uno a su casa y, en vez de anunciar su llegada y entrar por la puerta, acabe escondido en un pajar? ¡Menudo susto nos dio a todos! Lo peor es que no me acordaba bien del año en que regresó el Alonso a casa, así que te he preguntado si tú te acordabas. Y, como de costumbre, me has dicho que no te acuerdas, pero mi pregunta te ha hecho reflexionar sobre el pasado: “Solo sé que, desde que me casé, he estado sumida en una profunda depresión que, realmente, no se me ha quitado nunca. No me daba cuenta del todo de lo que pasaba a mi alrededor, no vivía, solo sobrevivía para intentar criaros, procurar alimentaros y tal. La idea del suicidio pasaba muchas veces por mi cabeza pero no podía dejaros solos con semejante monstruo”. Es curioso que digas que la depresión no se te ha quitado nunca. A mí se me pasó cuando decidí ser libre. Cuando tomé la decisión de que solo yo decido lo que pasa en mi vida. Pero ahora veo que la casa arde a mi alrededor y ya me estoy quemando. Y, aunque no soy psicólogo y no puedo saber bien por qué estoy tan ansioso últimamente, tan atrapado en un incendio, creo que se debe a esta historia. Al menos en parte; como no podía ser de otra manera: Quien con fuego juega, se quema. Y tú, mamá, me dices que sigues atrapada en esa casa en llamas. Eso quiere decir que, una vez más, estamos juntos en la pesadilla.


Pero de este tema ya hemos hablado antes. La vida continúa y, aunque no te acuerdes de casi nada, y aunque sigas hecha un ánima anoréxica que se desliza por la casa con los ojos inundados, también es cierto que, de vez en cuando, tienes tus buenos momentos. Ahora estamos ilusionados por comprar un reproductor de cassettes para poner nuestra música favorita. Como tenemos paga de vez en cuando, hemos decidido comprar un Phillips en la Bermejo, esa señora tan cariñosa que me da pan con mantequilla o alguna pasta cuando vamos a su tienda. Cuesta cuatro mil pesetas y lo vamos a pagar en seis plazos. Nosotros lo llamamos radiocaset, aunque no tiene radio. Pero sí tiene un micrófono y podemos grabar nuestra propia voz, cosa que nos va a tener bastante entretenidos. Las primeras cintas que escuchamos son El Lago de los Cisnes y una cinta de grandes éxitos de Elvis Presley. ¡Cómo nos hace reir el Juan, imitando el movimiento de caderas de Elvis! Es bonito verte ilusionada y feliz de vez en cuando, mamá. Como ahora que se ha ido de viaje el papá y no me ha llevado con él. Cuando él no está, la vida transcurre tranquila y podemos comprender lo que es la felicidad. ¿Por qué no te divorcias, mamá? Te pedimos cada vez con más frecuencia. ¿Por qué no nos vamos a vivir a Inglaterra? En estos días tranquilos, nos damos cuenta de que la paz y la protección de Madrid también son posibles en casa. Nos damos cuenta de que existe una sola causa de nuestra miserable experiencia de la vida. Es él. Es esa presencia maligna que lo pudre todo con su envidia, sus celos, su inseguridad de macho alfa. Su pacto con el diablo. Sus juegos con la muerte. Y su carencia total de empatía. Pero esos días de luz y risas duran poco. Ya ha regresado el papá de Andorra, de llevar alabastro, y no está de buen humor. Menudo escándalo ha hecho porque hemos comprado el radiocaset. Que si es una mierda, que cómo lo vamos a pagar, que si Tchaikovsky era un maricón y su música es para maricones. En fin, que nos está amargando la existencia, como siempre.


Suerte tiene de no ser empático, porque si no, se daría cuenta del odio hacia él que irradia de todo mi ser. ¡Cómo deseo su muerte! Lo mataría con mis propias manos. Sí, cuando me haga mayor, lo mataré. Otra vez está con el disco rayado de siempre de después de la cena y ya me tiene harto. Ahora se la ha tomado contra los bancos:

—¡Yo solo sé, que no sé nada! —responde cuando el Kike le pregunta cuándo le van a empezar a dar la paga a él—. Mi padre me daba cien mil pesetas para ir a San Fermín. ¡Cien mil! ¿Tú sabes lo que es eso en dinero de ahora? ¡Un millón! Un millón de pesetas me gastaba en San Fermín. ¡A mí cien mil pesetas me las repampinflan! A los bancos hay que ir a pedir dinero, no a tu padre. ¡A los bancos hay que dejarlos en pelotas! Los bancos son los mayores ladrones. ¡Algún día les voy a dar un palo que se van a enterar! Cien mil pesetas. Y cuando me iba de juerga a San Sebastián, destrozaba los coches contra las farolas y luego me compraba uno nuevo. Una vez, llevábamos una borrachera tan grande que nos llevamos tres farolas. Nos detuvo la policía a tu padrino Richie, que estaba estudiando para abogado, y a mí, y no veas la bronca que les cayó. Acojonados salían los policías cuando se enteraban de con quién se estaban metiendo. Una llamada a Madrid y te ponen un consejo de guerra, maricón, le decíamos al sargento. De imbéciles para arriba los pusimos a su puta cara; y los ignorantes de ellos pidiendo disculpas acojonados. —Y aquí, el papá echa unas carcajadas deleitándose en el recuerdo de lo malo e impune que era de adolescente. Ahora le pide a la mamá que le prepare la ropa y todos sabemos lo que eso significa. Al día siguiente la mamá está de un humor de perros porque el papá se ha gastado todo el dinero de la semana apostando en las chapas de Fitero.

—¡Se ha gastado el salario en las chapas de Fitero! Ya me dijo mi abuela que no me casara con él, que era mala persona. Pero yo, enamorada como una idiota. Y embarazada. A mi abuela le pareció que tenía cara de gitano. Mi abuela era medio curandera y sabía mucho de estas cosas. Ella tenía el don, que había heredado de su madre, y sabía leer la cara de la gente. Pero ni mi madre ni yo lo tenemos. Ella supo que me iba a tratar mal en cuanto lo vio.


Pero, como de costumbre, el papá se levanta de la cama a la hora de comer como si nada hubiera ocurrido. Después de comer, se mete en la cama otra vez hasta la hora de ir a Corella a dar su paseo a los perros. Por la tarde nos entretenemos juntos haciendo un gran rompecabezas al que llamamos puzle. Estoy viendo al papá perfectamente, tan tranquilo, fumando su ducados y ayudándonos a encontrar las piezas de las esquinas.

—Primero se hacen las esquinas, luego, los bordes. Muy bien Enrique. —Los salvajes de la tribu estamos en silencio, como en un trance, como si nos hubiéramos convertido en niños buenos de repente. Quizá conscientes, de alguna manera, de que ese momento de tener padre, no va a durar mucho y hay que aprovecharlo.


En la montaña rusa de los sentimientos se alternan el terror y la alegría pero, sobre todo, nos sumimos en un estado de confusión que es el alimento de la depresión y agresividad ya enraizadas en nuestro ser. Trastornos que, inevitablemente, van a propiciar tendencias antisociales que nos conducirán a un lugar inevitable: la cárcel. Pero ahora solo tenemos ocho y nueve años y ya está entrando la primavera, así que cada vez pasamos más tiempo dando vueltas por el pueblo. Nos vamos a las vías del tren a recoger piritas, y a esperar a los trenes que llegan de Madrid. O nos quedamos un rato mirando los escaparates de los estancos, que últimamente están llenos de revistas con chicas desnudas. O nos vamos a jugar a los paseos, al tobogán, a los columpios, a trepar por el quiosco de música, o a enredar en las vallas de la pista de patinaje. Un día que el Juan y yo andábamos aburridos mirando las carteleras del cine, un alguacil nos llamó con la cara muy severa y nos dijo: ¿Querís ir al cine? Y claro, nosotros encantados. Nos llevó a la taquilla y nos compró dos entradas. Y yo pensando que nos iba a echar una bronca. Porque nos llevábamos broncas por todos lados. Si no estábamos reventado petardos, estábamos tirando la basura por la calle. ¡Oes, chiquitos —nos grita la enana del pueblo—, la basura se tira en la papelera. Pa eso está!  En otras ocasiones, nos encontrábamos con la Joaquina María, que siempre nos daba esos besos babosos de señora mayor. El Juan, que era más rebelde que yo que sé, se enfadaba con ella y acababan discutiendo.

—¡Qué pesada con sus besos de vieja! —dice limpiándose la cara—. ¡Tú no eres mi tía!

—¡Vaya, muchacho impertinente! ¡Qué falta de respeto! ¡Con lo mucho que os quiere vuestra tía Joaquina María! A vuestra madre se lo voy a decir cuando la vea.

Y así fue pasando la primavera. Una primavera que podía haber sido maravillosa. Los sábados nos íbamos todos al Tarumbi o al Granada a ver la tele para dejarle echar la siesta en paz al papá. A veces, nos llevaban a pescar el tío Alberto o el tío Rafa. Así fuimos aprendiendo a atar nudos de anzuelo y a poner los plomos a la pita, aunque el que más interés y arte se daba con la pesca era el Juan. A mí me parecía mucho lío y una pérdida de tiempo estar ahí esperando a que pique un pez. Si nos quedábamos en casa, leíamos el Reader’s Digest, o aprendíamos a chasquear los dedos o a silbar. O nos escondíamos por los armarios todavía impregnados de los aromas de antaño: cuero, jabón y flores secas. Tranquilidad, paz. ¡Qué risa, mis hermanos jamás me encontrarán! Soy un ratón, soy un oso. Si salimos al huerto, me quedo ensimismado mirando el milagro de los brotes verdes que salen de palos secos, hasta las violetas salen todos los años, y todos los años me arrodillo ante ellas y, como un chamán de antaño, me dejo invadir por su aroma.


Y si de un palo seco pueden salir hojas verdes, de un corazón seco también puede surgir la alegría. La yaya ha dicho que tenemos que dejar la escuela y trasladarnos a Madrid a hacer la catequesis. Aunque soy un niño rebelde, que urde planes para engañar a los mayores, y soy un mentiroso antisistema que hace novillos y odia la escuela, me invade una sensación de culpabilidad: parece que estamos haciendo algo malo porque la escuela es el fundamento de la sociedad y del orden establecido, con su estructuras y jerarquías militares y, aunque no tengo ni idea de estas cosas, las intuyo. De repente, me doy cuenta de que hay órdenes superiores a la escuela y a la sociedad: mi abuela y su orden religioso. Es imposible saber por qué, porque ni él mismo lo sabía, pero mi padre se había negado a que hiciéramos la primera comunión. Y, cuando alguien tiene la osadía de enfrentarse al orden religioso, se le quitan a los hijos. Al menos temporalmente. Es curioso que mi abuela protegiese tanto a mi padre y que nadie le prohibiera beber hasta perder la cordura y vapulear a su esposa, aterrorizar a sus hijos y amenazar con matarlos y, sin embargo, a la hora de ponerse contra Dios, eso no, eso no se le permitió. Así que, en un estado mental entre la trasgresión y la alegría, nos vamos a Madrid.


Esos viajes de cinco horas a Madrid pueden ser tan aburridos como amenos. Esta vez, nos vamos en el TER con la madre del tío Rafa, la Emilia. Ir en tren es divertido porque podemos levantarnos y corretear por los vagones. Además, tenemos una mesa para dibujar y comer. La Emilia nos ha traído unos bocadillos de tortilla de chorizo que no se me olvidarán jamás. La tortilla rezuma un aceitito rojo que moja el pan y lo convierte en un pedazo de cielo para el paladar. Me enfrento al gigantesco bocadillo pensando que no voy a poder terminarlo, pero desaparece en segundos. No hay mujer tan cariñosa y educada como la Emilia; claro que esto es una mera fórmula, porque todas las mujeres son cariñosas con nosotros y siempre nos dedican las palabras más halagadoras que uno pueda imaginar. Diversión, comida y protección. El tren corta la meseta, con su olor a tabaco, su amable vaivén, y el subir y bajar de los pasajeros por las estaciones de Castilla. Puede que ellos estén cruzando fronteras entre provincias, pero nosotros estamos atravesando un portal hacia otra dimensión.


En Madrid nos espera el recibimiento de príncipes de siempre. Besos, abrazos, y la emoción desbordante de ver de nuevo a la tía Isabel. Por las mañanas no tenemos leche agria, sino Nesquik con pastas. El olor a café con leche se mezcla con los aromas de la comida que ya está casi lista para después. Ahora vamos a llevarle el desayuno a la cama al yayo. ¡Cuidado, que vais a derramar el café! Pero el Juan y yo trepamos por la cama para estar cerca de él. Esta tarde os voy a llevar al cine, que echan una película de aventuras, Orzowei. Esa tarde salimos del cine emocionados, corriendo por las calles y tirando lanzas imaginarias a enemigos imaginarios. Y el yayo, caminando despacito, detrás nuestro. Orzowei, un guerrero que es rechazado por su propia tribu, es adoptado por otra tribu donde son amables con él y, al final, surge triunfante ante sus enemigos. Felisito era Orzowei. Juan era Orzowei. ¡Soy Orzowei! Gritábamos emocionados por la calle.


Y si Orzowei nos llenó de emoción, Félix Rodriguez de la Fuente no se quedaba corto, mostrándonos la maravillosa fauna de la Península Ibérica. En aquellos años setenta, todavía ponían por la tele muchas películas antiguas españolas, o españoladas, como las llamábamos nosotros. El favorito del yayo era el cómico Paco Martínez Soria, que era de Tarazona, llevaba boina, como él, y hablaba con un acento no muy distinto al de Cintruénigo. Otras veces nos moríamos de risa con Andrés Pajares y Fernando Esteso, pero estos eran verdes y malhablados y la yaya se escandalizaba con ellos. Lo de la yaya era su oratorio. Ahí podía estar tranquila con sus hermanos caídos en la guerra. ¡Cuánto los había querido y admirado! Siempre se acordaba de ellos. ¡Uno fusilado y otro destrozado por un obús, fijaros, hijos míos, lo horrible que es la guerra! A la yaya le gustaba comer ensalada de remolacha. Seguro que, para ella, esa remolacha era un recordatorio de la sangre derramada por sus hermanos sobre la tierra. Una persona como mi abuela no comía remolacha, sino que comulgaba con la sangre de sus hermanos. A tierra sabe la remolacha; la misma tierra donde descansan Julio y Paco. Ella sabía que no estaban muertos, solo ausentes, presentes en Cristo, como siempre nos explicaba.


Madrid significa protección, pero nada te protege de ti mismo; del monstruo en el que te estás convirtiendo. Ha comenzado la catequesis en la parroquia de las Araucanas. No sé qué me pasa, estoy ansioso y me meto con un chico que tiene orejas de soplillo. Me río de él delante de todos. ¡Orejotas! No sé por qué lo hago. Es como si otra persona dentro de mí estuviera moviendo mis labios. La catequista me pone en mi sitio con suma severidad: Si sigues comportándote así, no podrás hacer la primera comunión. Me siento avergonzado y confundido. ¿Por qué me he portado así? Y es que el mal es como un ser independiente que se te mete dentro aunque tú no quieras. Estamos en el parque de Puerto Rico con el José Mari y otros muchachos que se nos han juntado, cuando aparece una chica que no le cae bien a nadie porque es un poco repipi. Viene vestida como una princesa con muchos lazos y volantes. Como una jauría de hienas, la rodeamos, le cortamos la retirada, y nos burlamos de ella. ¡Vaya vestidito, qué bien se viste la princesita! No sé quién fue el primero en mancharle el vestido de barro, pero todos seguimos su ejemplo como zombies. Al final, alguien la empujó al charco y la pobre se fue llorando a casa con el vestido hecho un Cristo. Estoy escribiendo esto y me invade la vergüenza de la misma manera que lo hizo ese día. Pero la presión del grupo pudo más que yo y no hice nada por defender a esa muchacha. El valiente que defendía a su madre plantándole cara a su padre no podía defender a esa niña indefensa. Porque Felisito se disfraza de ángel y habla con Dios, pero su alma absorbe el mal como una esponja en un baño de ácido sulfúrico: Sin darme cuenta, ya me estaba convirtiendo en mi propio padre. ¿Y tú, Jesús, Jesusito de mi vida, dónde estabas? ¿Y tú, ángel de la guarda? ¿Acaso no te rezamos todas las noches? ¿Dónde estabas mientras yo caía en lo más bajo? ¿Y tú, María, no intercedes por nosotros como te lo pedimos en nuestras oraciones? ¿Acaso este abuso no se haya quedado grabado en la mente de esa inocente niña como un momento eterno y deleznable de su vida? Ni nos protegisteis a nosotros, los abusadores, ni a ella, porque vosotros, los seres divinos, no podéis interferir con el libre albedrío humano. Esto lo entiendo ahora, pero no lo entendía entonces y, poco a poco, esta contradicción irá haciendo que me aparte de vosotros. Al menos por unos años.


El ser humano crea su propio infierno. Y, si Madrid había sido nuestro refugio, nuestro reino de amor y protección, nada nos defendía de nosotros mismos. Tú, Juan, con tu rabia incontrolable, echando la culpa de todo al papá, a la mamá y a tu hermano Felisito. El verano pasado me estabas empujando en los columpios cuando, algo te distrajo, miraste para otro lado, y mi columpio te dio de lleno en la cara. Te acompañé al piso de los yayos mientras tú dejabas un reguero de sangre por el camino. Te pusieron puntos en forma de hache justo en el puente nasal y siempre me echaste la culpa a mí de ese accidente y de tu hache que tanta vergüenza te hacía pasar. Había pasado un año, pero no me dejabas en paz, recordándome a cada rato que no te había protegido de ese accidente, como si yo fuera Dios. Tú, un resentido y cómplice de todas mis fechorías. Yo, un niño con desdoblamiento de la personalidad, un santurrón que las mataba callando.


¿Qué pecados confesé en esa primera confesión? ¿O acaso fuera una confesión general? Quiero matar a mi padre. ¡Y no me arrepiento! Pero ese pecado me lo guardé para mí mismo. Ropa bonita, un microscopio y un balón de fútbol. ¿Cuál es el significado de la primera comunión? Recibir a Cristo en persona. Participar plenamente en la vida de Cristo. Estar libre de pecado y disfrutar de la Gracia de Dios. Salimos a estrenar el balón con el tío Patxi, que nos lleva a la cancha de fútbol de su instituto a jugar con unos amigos suyos. Estoy ilusionado, porque este balón es de reglamento. Pero los amigotes de mi tío son una mole y transforman el balón de fútbol en un peligroso proyectil que pasa al lado de mi cabeza a la velocidad de la luz. Miedo y confusión. ¿Es que no se dan cuenta de que solo soy un niño? Como aquella vez hace años que el tío Patxi entró con sus amigos en el cuarto de jugar destrozándolo todo, de nuevo mi universo se convierte en un sitio de destrucción y peligro.


Nuestras fotos de la primera comunión muestran a dos niños que no sonríen. Uno con su hache en la nariz. No solo no sonríen, en sus miradas se ve que acaban de pelear. Esa primavera en Madrid, significó la pérdida del reino. El germen de otro reino muy distinto ya se había implantado en nuestros corazones y, la primera comunión, no sirvió para evitarlo. Nuestro nuevo microscopio nos permite descubrir nuevas dimensiones. Pones una hormiga y se ven sus patas peludas, sus ojos compuestos, sus mandíbulas serradas. Lo que parecía un diminuto insecto inofensivo, de repente se convierte en un gigantesco monstruo barbudo.


•••


Este capítulo se enfoca más en vuestra abuela que en vuestro abuelo. Entender por qué tu madre no te protege se convierte en una obsesión con el tiempo. Vuestro tío Juan y yo vamos a pedirle a vuestra abuela que nos saque de ese infierno con más insistencia cada día. Pronto surgirán ocasiones para abandonarlo sin que él se de cuenta, mientras está ausente. Incluso llegaremos a irnos un día, pero ella regresará a su lado. La rabia que Juan y yo sentimos ese día es inconmensurable. Es muy probable que, para Juan, ese día marcara un antes y un después en el afecto hacia su madre, porque él sufría más que yo a las manos de su abusador y, regresar a casa significó condenar a Juan a un castigo prolongado y brutal. Ese día, Juan se dio cuenta de que su madre ponía al abusador por encima de sus propios hijos. Yo no lo vi así, quizá porque comprendía que mi madre era una niña impotente que lloraba por los rincones de la casa y que nada podía hacer para protegernos. Pero me estoy adelantando a los acontecimientos: todavía faltan tres años para que llegue ese día maldito cuando vuestra abuela sellará nuestra suerte y nos dejará vulnerables a un abuso que irá empeorando inexorablemente.


El infierno. A veces hablamos del infierno. ¿Pudo Dios, en toda su bondad, haber creado un infierno para condenar a los humanos? ¿Es posible que Satán exista como persona con voluntad independiente? Yo sé lo que es el infierno y vosotros no. Y ojalá nunca lo sepáis. Sin embargo, me niego a creer que Dios haya creado el infierno. Vuestro abuelo solía decir que el infierno está en esta Tierra. Y sospecho que sea así. Si Dios nos creó a su imagen y semejanza, si nos dio una parte de su espíritu y de su inteligencia, si compartió con nosotros su capacidad creadora y nos permitió completar su trabajo, entonces el infierno es una creación humana. Y, cuando vuestra abuela nos hizo regresar a casa, nos llevó de vuelta al infierno. Y es que hay muchas cosas que escapan al entendimiento. Como la esperanza de una mujer. Esperanza: miedo. El miedo, así como Satán y su infierno, se combaten con la esperanza. Vuestra abuela era Colón, en su carabela de juguete, enfrentándose a un amotinamiento porque solo ella tenía la esperanza de encontrar tierra firme. Vuestra abuela era una astronauta rumbo a la luna. Era una prospectora de oro en el Yukón de Canadá. Era una cruzada rumbo a Jerusalén. Ella había visto algo que solo duró unos días y pasó el resto de su vida como un perrillo expectante, deseando verlo de nuevo. Porque lo que vio y experimentó brevemente era oro; era su Santo Grial. Ella sabía que eso existía e iba a luchar y arriesgar su vida y la de sus hombres por verlo de nuevo. Muchos años después, cuando yo ya me había liberado, recibí una extraña carta de vuestra abuela. Hablaba bien de vuestro abuelo. Me contaba que habían estado en las playas del sur de Francia y que vuestro abuelo se había portado como un auténtico caballero, como cuando nos conocimos en Pau. Unas semanas después, la abuela me llamó por teléfono para decirme que estaba embarazada. Sin duda, en el sur de Francia había encontrado su Santo Grial. Y quién puede culparla de haber estado obsesionada con su peligrosa búsqueda, mientras todos admiramos a Colón, y a los cruzados, y a los tarados que se dejaron la vida en el Yukón, y a los astronautas que van a la luna. Creo que me siento orgulloso de ti, mamá, porque tuviste la esperanza de volver a encontrar a ese caballero del que te enamoraste. Arriesgando tu vida y la nuestra, pero ¿quién soy yo para juzgarte?


Tenemos a nuestros hijos sabiendo que van a morir. Sabiendo que van a sufrir. Sabiendo que van a equivocarse una y otra vez y que van a estar dándose golpes contra la pared tratando de comprender el por qué de todas las cosas. Así que no puedo juzgarte. Ni a ti ni al papá. Esperanza. Con la esperanza luchamos contra el infierno. Como lo hizo la yaya. Como lo hago yo. Porque creo que vais a estar siempre del lado de la esperanza y del paraíso. Al menos me esfuerzo bastante para señalaros el camino correcto. El paraíso está en una mirada tuya, Johnny. Me quedo ensimismado mirando esos ojitos tuyos y pido que iluminen al mundo por siempre. Me pierdo en tu mirada y, en vez de pedirle a Dios que me mantenga a tu lado por mucho tiempo, le pido que tú vivas muchos años. Y es que sería cruel dejar al mundo sin tu luz aunque yo ya no pueda verla.


Y tú, Francis, siempre pegado a tu papá. Ayer nos fuimos a Mousehold Heath a montar en bicicleta. Quería enseñarte a bajar escaleras con la bici y a ir cuesta abajo a toda velocidad.

—Al final de esta cuesta hay dos farolas. Asegúrate de no chocar contra ellas y te metes a la derecha por el césped.

Luego fuimos a unas escaleras que hay en un camino por un gran prado. Te expliqué que tenías que usar los frenos y moverte un poco hacia atrás para mantener el punto de pivote y no volcarte hacia adelante. Me lancé yo primero para que vieras lo fácil que es, pero luego tú no te atreviste. Así que nos fuimos hacia los campos de fútbol a buscar la furgoneta del helado, pero el heladero ya se había ido. Nos metimos por un camino estrecho entre los árboles y llegamos a unos terraplenes que hay al lado del muro de la prisión por donde subimos y bajamos varias veces con las bicis.

—Look, daddy, look! —me decías a cada rato, con tu vocecita de cascabel.

El cielo despejado dejaba caer una brisa cortante sobre los desolados campos, así como en un día de verano en Escocia, recordándonos lo cerca que estamos del fin del mundo. Luego nos fuimos a la tienda de la esquina a comprar tu helado y pagaste con tu propio dinero.


Regresamos a casa y metí en el horno el bizcocho que tenía preparado de antemano. Cuando estuvo listo, nos fuimos al supermercado a hacer la compra de la semana. Y tú, como siempre, a conducir el carrito y a pedirme chocolatinas, y pastelillos. Pero yo te dije que no, que ya teníamos bastantes golosinas en casa. Aunque sí te compré unas galletas de chocolate, porque eres zalamero y es difícil negarte nada.


Cuando llegamos a casa, me ayudaste a preparar la cena. Con tu habilidad con el cuchillo, cortaste el ajo y, después, te enseñé a hacer finas lonchas de carne.

—I used to eat this in Japan all the time, —te dije. Y nos pusimos a freír el ajo y el jengibre en aceite de ajonjolí. —This is how a pro does it,  —te decía mientras salteaba la verdura y la carne en el aceite rusiente, haciendo saltar los ingredientes con un movimiento de muñeca como en los programas de cocina. —Now, you try! —pero tampoco con esto te atreviste, porque eres muy pequeño y la sartén sacaba fuego y humo.


Cuando cayó la noche, me señalaste la luna y tuvimos una conversación sobre sus colores y su tamaño. Luego me preguntaste qué pasaría si la tierra se detuviese de repente. Y, para mí, se había detenido, porque esa tarde perfecta pasada contigo me vino a la memoria esta mañana. Y llevo todo el día dándole gracias a Dios por el privilegio de tener unos ángeles de la guarda tan maravillosos como tú, tu hermano y tu mamá.


Como siempre, me invade esa sensación de incredulidad que he descrito en capítulos anteriores. ¿Estaré soñando? ¿Estaré soñando esto como pude haber soñado Madrid? Cada vez que os miro, me parece imposible que la vida sea tan maravillosa. Sí, existe el paraíso. Y sé perfectamente que sois de Dios y pertenecéis a Dios y, como os he dicho muchas veces, si un día os vais antes que yo, pasaré el resto de mi vida dándole gracias al Señor por haberme dado el privilegio de compartir estos años increíbles con vosotros. Y sé que es duro, pero quiero que, cuando yo muera, vosotros estéis contentos. Dios nos ha prometido la vida eterna y, en esta esperanza, estamos juntos en el paraíso, porque eterno significa antes y después, sin principio y sin fin. Juntos en Dios.


©Félix Chivite Matthews 2018

No hay comentarios:

Publicar un comentario