Capítulo 14
Lecároz
Septiembre 1978 - Septiembre 1979
Once años de edad.
Redactado: agosto 2021 - octubre 2021
No sé por qué me gusta tanto ir de viaje con el papá, pero ahora que tengo cincuenta y tres, sospecho que yo también esté un poco enamorado del macho alfa. Yo también quiero ser elevado al pedestal del privilegio paterno, aunque el precio sea muy alto y el riesgo muy por encima de lo razonable. Hace unos meses que el papá anda obsesionado con fabricar figuritas decorativas para colocarlas en las ventas del Norte y en Andorra, donde ahora se vende el alabastro muy bien. Dice el Avelino que los franceses te hacen un pedido, les metes un montón de género extra y te lo pagan todo igual. Es un negocio redondo. El papá ha montado un pequeño taller en la cochera, para lo cual los niños hemos barrido toda la basura de la calle que se había ido colando dentro durante años. La montaña de envoltorios y hojas secas es tan grande que no sabemos qué hacer con ella, así que la hemos ido empujando por el pasillo que da a las escaleras del sótano, que han quedado bloqueadas por completo con el montón de basura. El papá nos ha explicado cómo se hacen los moldes, cómo se llenan de una pasta hecha a base de poliéster, polvo de alabastro y catalizador, y cómo se desmoldean, obteniendo unas toscas figuras que, según él, las van a comprar los franceses. A mí me parece algo demasiado chabacano como para que nadie lo compre, pero es que a mi padre no hay quién lo entienda. Él parece tan ilusionado como un niño con su nuevo proyecto. Pero él también se da cuenta de que el producto es demasiado tosco, así que ha iniciado una campaña de espionaje industrial. Ha hecho amistad con un ingeniero de la empresa Barpimo de Nájera y está intentando sacarle los secretos de los polímeros. Hoy ha quedado con él en Logroño y me lleva de acompañante. Pero hoy el papá está más desquiciado de lo normal. Cuando pasábamos con el coche por un gran puente, ha reducido la velocidad y le ha gritado cosas horribles a una chica que cruzaba el puente a pie: tía buena y no sé qué cosas más le ha dicho. Pero no son las palabras en sí, sino la manera en que le ha lanzado esas palabras, como piedras. Había tanta violencia en sus ladridos que me he quedado pasmado sobre mi asiento. Me he encogido de vergüenza y me he convertido en algo muy pequeño, como si me hubieran aplastado el alma. Hemos llegado a Logroño y el papá me ha llevado a un par de pubs a beber cubalibres.
—¡Un Gordons con coca-cola, joven pecador! —No sé de dónde saca mi padre estas expresiones que repite como un disco rayado cuando lleva unas copas de más. El barman le pone su cubalibre de ginebra y él sigue con sus extrañas ensoñaciones alcohólicas.
—¡El mundo es redondo y, el que no espabila, se va al fondo!
Cuando el papá bebe, se pone muy tieso, como si fuera más alto todavía. Y no para de decir sandeces. Ahora llama al barman.
—¡Joven pecador, ven aquí! ¿Tú qué piensas de la vida?
Y yo me abochorno de estar con semejante tarado de padre mientras él sigue dándole la tabarra al pobre barman. Lo único que me gusta de los pubs es la música que ponen, que suele ser en inglés y suena muy bien. Yo no sé ni dónde meterme, pero al menos la bronca va con los barman y no conmigo. Yo solo soy un perrito de compañía. Por fin aparece el ingeniero de Barpimo y caen unos cuantos cubalibres más por Logroño. Hasta que deciden ir a un disco pub que está a tope de gente. Todos adultos, por supuesto. Me siento pequeño. Sigo a mi padre y al ingeniero hasta la barra, cuando mi padre dirige la mirada hacia dos chicas que están a su lado. Es una mirada de francotirador, de águila. Y una frase sencilla, inocua, neutra: “¿Qué calor hace, no?” En realidad, un macho alfa no necesita decir nada para atraer hembras, solamente lanzar una mirada de depredador, y ellas se derriten de gusto. Es más, el macho alfa por excelencia desprecia a la mujer y se rodea de un aura inalcanzable que las vuelve locas. El papá nunca hace caso a las chicas de la barra americana del Dionisio. De hecho, al papá no le interesan nada estas chicas de Logroño, solo se trata de una vieja estrategia de espionaje industrial: poner a tu víctima en una situación comprometida (porque el ingeniero de Barpimo está casado) y someterla. Se ponen a hacer chistecitos y a tomar cubatas y ahora deciden entrar a la discoteca, que está al fondo del pub, pero los de seguridad dicen que los niños no pueden entrar a la pista de baile. Así que se le ocurre al papá llevarnos a todos a la discoteca Macumba de Rincón de Soto. Cuando una persona histriónica utiliza sus encantos, son prácticamente irresistibles, así que nos dirigimos todos al coche como ratas tras el flautista de Hamelín. Yo tengo hambre y sueño. Papá, tengo hambre. Papá, ¿cuándo vamos a ir a casa? Y el papá, que lleva puesta su careta de hombre encantador, me responde, ¿pero qué dices? No soy tu padre, soy tu tío; llámame tío. Las chicas están en plan amable también y me dirigen todo tipo de piropos, qué alto, qué guapo. Llegamos al coche y el ingeniero y yo nos metemos en el asiento de atrás con la rubia y, la morena, adelante con el papá. Están todos riéndose y diciendo tonterías, pero no saben lo que les espera, porque el maestro de ceremonias es un enamorado de la muerte. La desprecia y le gusta tentarla, sentirse superior a ella. El papá pone el Simca 1200 a todo lo que da, que no será mucho, pero hay mucho tráfico, largas colas de luces rojas y amarillas, y él adelanta echando las largas para que los coches que vienen de frente se aparten de su camino. Estoy muerto de miedo, rogándole que vaya despacio: más despacio, papá. Pero él sigue con el cuento de que le llame tío. El ingeniero y la rubia se están besando y toquiteando entre risas y el papá le lanza pellizcos a la morena, que le replica: ¡Félix, para, no seas pulpo! Papá, más despacio, por favor. Se ven colas infinitas de luces y el papá como un loco, sigue adelantando a tumba abierta. Papá, por favor. Papá por favor, por toda una eternidad. Por fin llegamos al enorme aparcamiento de la Macumba donde me dejan dormido en el asiento de atrás. Al día siguiente me despierto en mi cama. La mamá está muy cariñosa conmigo, parece que no sabe lo que pasó anoche y creo que yo nunca se lo conté. Estoy demasiado afligido como para hablar con mis padres. Nunca más, papá. ¡Nunca más voy a ir de viaje contigo, hijo de puta!
¿Qué se siente, Francis? ¿Qué se siente cuando miras a tu padre a los ojos y sabes perfectamente que se le está cayendo la baba contigo? ¿Qué se siente, Johnny, cuando sabes que eres lo más prioritario para tus padres; cuando sabes que te estamos allanando el camino; que puedes contar con nosotros para las cosas importantes? ¿Qué se siente cuando tus padres se interesan por tus cosas? ¿Qué se siente cuando te dicen que estás entre los cuatro mejores de tu clase en matemáticas después de haber hecho todas esas pesadas y aburridas prácticas en casa con tus padres? ¿Qué se siente cuando tus padres se comportan como padres? Yo tengo once años y estoy harto. ¿Podría ser yo mi propio hijo? ¿Podría ser yo mi propio padre? ¿Será eso posible? Te estoy hablando, Felisito, y sabes bien que vas a tener una vida excelente, ya te lo he dicho muchas veces. No te preocupes; aguanta. Tu vida va a tener sentido. ¡Ojalá tengas razón, Felix, porque aquí estamos sumidos en la puta mierda! No sé si podré aguantar. ¡Aguanta, Felisito, estoy rezando por ti! Que Dios te bendiga.
Hace un par de meses murieron calcinados cientos de campistas en una playa de la costa de Tarragona. Lo vimos por las noticias. Explotó un camión cisterna que lanzó una llamarada por todo el camping. La gente corría en llamas hacia el agua y se ahogaban, o terminaban de cocinarse, porque el mar estaba hirviendo, retorciéndose como insectos tras una fumigación, como animales insignificantes. ¿Es eso lo que somos para ti, Señor? ¿Insectos, animales? Porque a mí me han enseñado que eres todo misericordioso. Me han dicho que eres mi amigo y que puedo hablar contigo. Y lo hago. Pero tú nos torturas. ¡Ya estoy harto! ¿Por qué no nos proteges? ¿Cómo puedes permitir que la gente muera así, que mi padre le pegue a mi madre, que me lleve de putas, que se ensañe con el Juan, que se gaste el dinero en juergas y nos tenga muertos de hambre y frío? ¡Ya estoy harto! Una de dos: o tú no existes, o eres un dios cruel. Porque ahora resulta que el tío Patxi ha regresado a Madrid, pero la Dayana no. Y la mamá está que echa humo. Aquí estamos que nos quemamos todos a fuego lento, y tú tan feliz en las nubes sin levantar un dedo. Ahora no la llamamos Dayana, sino Putana, porque parece que está durmiendo con el papá. Yo no entiendo mucho de estas cosas; solo sé lo que he visto en las películas, besos y tal. Y lo que dicen los chicos mayores cuando los perros se montan a las perras: “así lo hacen tus padres”. Prefiero no pensar en los detalles, porque todo eso me resulta muy asqueroso. Pero te aseguro que a mí me estás perdiendo poco a poco y ya dudo de todos tus dones sobrenaturales, tu fe, tu gracia, tu protección. Solo tengo once años, pero no soy imbécil. Todo eso que dice la Biblia es un cuento: Dios proveerá, no temas... Pon en manos del Señor todos tus proyectos y se cumplirán... Yo estaré contigo y, cuando camines por el fuego, no te quemarás ni te abrasarán las llamas... ¿Y a los del campamento de los Alfaques, Señor? ¿Y a los que murieron en los campos de concentración? ¿A ellos también los estabas protegiendo? Quedaos quietos, que el Señor peleará por vosotros. ¡Pero no haces nada! Ni por mi madre, ni por nosotros ni por tu propio pueblo, los judíos. Ni por los pobres diablos que estaban tomando el sol y acabaron carbonizados. Cruel ironía. Nos mantienes vivos y por eso estamos agradecidos. Somos perros, bestias, esclavos que agradecen a su amo las migajas que comen y una vida que no sirve para nada. Y, en este mar de dudas, privado de tu protección, voy directo hacia la tela de araña de tu enemigo. Los caminos del Señor son inescrutables. Esa es la única explicación que te ofrecen los curas, o incluso mi abuela, cada vez que se plantea el problema del dolor humano. Si Cristo sufrió y murió en la cruz por nosotros, si Él aceptó su sufrimiento, nosotros también tenemos que aceptarlo. Y, mientras esto sea cierto y comprensible para una mente adulta, para un niño abusado de once años, no lo es.
Y es que mi vida cada día se parece más a una farsa, una tragicomedia del infierno. Un día me lleva la mamá a la fábrica de alabastro en el Simca 1200. Los trabajadores están afuera porque es la hora del almuerzo. Yo me quedo con ellos mientras la mamá entra a la oficina a buscar al papá. De repente sale el papá corriendo, y la mamá detrás, persiguiéndolo, diciendo no sé qué cosas de esa puta y esa zorra, y te vas de casa, y no sé qué más. El papá corre como un crío entre los trabajadores, que están tan estupefactos como yo. A mí me gustaría convertirme en polvo y desaparecer llevado por el viento. La mamá tira de mi mano y me lleva hacia el coche mientras sigue lanzando insultos y amenazas. Pasamos entre los trabajadores y me empieza a dar un ataque de histeria. Me pongo a temblar y a reír como un títere. No soy yo. Mi persona ha sido destruida. La mamá baja la ventanilla y sigue gritando fuera de sí. Pone el Simca a toda velocidad por el pueblo de vuelta a casa. Nunca la he visto conducir así. No sé qué pinto yo en todo esto porque solo tengo once años, pero ahora que tengo cincuenta y tres sospecho que mis padres me estén utilizando en su guerra sucia de cuernos y orgullos heridos. Me están usando como testigo, como aliado, como validador de una posición. La vida es pura mierda, de eso no cabe duda. Yo solo quiero que me dejen en paz. ¿Tan difícil es eso?
Así que resulta que el papá sí te importa, mamá. En vez de ser indiferente, te vuelves loca porque él está con otra. Me recuerdas a la protagonista de Germinal, vapuleada por un monstruo que la viola constantemente, que la desprecia, pero que se ha convertido en “su hombre”. Cuando los otros mineros empiezan a darle una paliza de muerte, ella lo defiende: “Y se plantó ante su hombre para defenderlo, olvidándose de los golpes, olvidándose de la vida de miseria, elevada por la idea de que le pertenecía desde que él se la había llevado, y la vergüenza de verlo aplastado de esa manera”. El alma humana es un laberinto y no creo que tú misma sepas lo que te está pasando, pero estás defendiendo a tu abusador. Tu proceso de embrutecimiento está consolidado.
Somos bestias porque se nos trata como a bestias. El proceso de embrutecimiento que todos estamos sufriendo se lleva a cabo en varios frentes y de una manera implacable. Satanás nos aparta de Dios con su oferta hedonista y, sin Dios, solo somos animales que persiguen pequeños objetivos a corto plazo: la juerga del fin de semana, las vacaciones, conseguir a una chica, comprar algo que satisfaga nuestra ansiedad de consumo. Aunque todavía somos pequeños, estamos programados como máquinas para ejecutar el programa hedonista. Los mensajes de esta programación nos acosan por todos lados: las revistas, la televisión, nuestras bacanales de las fiestas del pueblo, y las actitudes de los adultos. Por otra parte, el embrutecimiento se está implantando en nuestra mente como estrategia de supervivencia. Nadie habla de la Guerra Civil y mira que soy curioso y a menudo le pregunto al yayo o a la yaya. Y tampoco el pépé jamás habló de la Segunda Guerra Mundial. La yaya me dijo que, al principio, como vivía en Pamplona, donde no se libraron batallas, el ambiente era muy bueno porque venían los soldados de permiso. Pero pronto empezaron a llegar noticias de parientes caídos en el frente y se aguó la fiesta. ¿Os imagináis que os caigan balazos y bombas? ¿Os imagináis ver cuerpos desmembrados, un brazo por aquí, una pierna por allá? Os quedarías mudos. Como todos los que han experimentado una guerra. ¿Y cómo sigues adelante después de la batalla? Te tragas tus sentimientos, tus lágrimas y tu miedo, y continúas. Te vas convirtiendo en una piedra que no siente nada. Te vas embruteciendo porque el embrutecimiento es la única estrategia de supervivencia. Matas, ves morir, te callas, te olvidas, y sigues adelante. Y así estamos los cuatro niños y la mamá, convirtiéndonos poco a poco en bestias, intentando no sentir nada, escondiendo las lágrimas, sin poder expresar lo que se siente en el campo de batalla del abuso doméstico. Te callas también porque el abuso empieza a parecerte algo cotidiano, casi normal, y porque no crees que nadie pueda comprender por lo que estás pasando.
Pero el silencio es también un arma que se usa contra nosotros. El silencio antes y después de las palizas. No saber cuándo ni por qué llegan las ostias. Puede que él lo haga de manera intuitiva, sin razonarlo mucho, pero el hecho es que las palizas son una prueba de lealtad. De vez en cuando, hay que asegurarse de que los esclavos te son fieles y, ¿qué mejor que una buena paliza para demostrarlo? Porque a un esclavo le das una somanta de palos sin que haya cometido ninguna falta para enseñarle quién es el amo, pero también para ver si se va o se queda. Y el esclavo auténtico y verdadero, el que tiene la voluntad hecha pedazos, siempre se queda. Esa eres tú, mamá. Y nosotros, los cuatro salvajes, somos bestias sin derechos. Nuestra condición de esclavos es heredada. Pero lo peor es el silencio. El silencio no te da la oportunidad de preguntar por qué. El silencio es una armadura impenetrable que se pone el abusador. El ataque provocado se explica y puede llegar a aceptarse de alguna manera; pero el ataque que llega del silencio te deja confundido, traumado. Hace unos meses regresaba a casa de noche cuando, de repente, vi en el espejo retrovisor un coche que se acercaba a doscientos por hora. Pensaba que, al estar conduciendo por una autopista, el tarado ese me adelantaría, pero se quedó detrás de mí, echándome las largas y pitando agresivamente. Yo no sabía lo que quería el tipo, pero empecé a preocuparme. Tampoco sabía cuánta gente iba en el coche, ni quiénes eran. Toda una serie de escenarios empezaron a discurrir por mi imaginación. ¿Serían una panda de cocainómanos buscando pelea? ¿Me habrían confundido por otra persona? Decidí ignorarlo y seguir por mi camino; ¿qué otra cosa podía hacer? Si paraba, me arriesgaba a que me dieran una paliza; si continuaba, me arriesgaba a tener un accidente y, después, recibir la paliza. Pero al menos, la segunda opción me daba una oportunidad de escapar. El coche se puso en el otro carril y se acercó a mi lado peligrosamente. Yo no me atrevía a quitar los ojos de la carretera, porque temía perder el control de mi coche. Lancé una mirada rápida al conductor del otro coche, que me hacía señales para parar. No vi a nadie más con él. Quizá estuvieran en el asiento de atrás. Seguí conduciendo sin hacerle caso, convencido de que iba a intentar sacarme de la carretera de un golpe. Entonces me adelantó y fue reduciendo la velocidad para hacerme parar. La noche era cerrada y no había tráfico. Decidí adelantar al psicópata y seguir mi camino. ¿Dónde está el tráfico? Estaba solo, totalmente solo en la noche de mi muerte. Mi perseguidor volvió a ponerse delante para hacerme parar. Yo lo volví a adelantar y a seguir mi camino. En este momento me vi obligado a ejercer todo el autocontrol del que era capaz: no podía dejar que el miedo y los nervios me hicieran perder el control del coche. Empezaron a venir coches en dirección opuesta, lo cual me tranquilizó un poco. Al menos, si me salía de la carretera, no estaba a la merced de un tarado sin nadie que me ayudase. Estaba seguro de que me iba a chocar por detrás cuando llegamos a una zona donde terminaba el doble carril. Otra vez el maniático intentó adelantarme, pero esta vez decidí no dejarle hacerlo. Aceleré y me puse delante de él bloqueando su paso. De repente, mi perseguidor hizo un rápido giro de ciento ochenta grados y desapareció en la noche. Los siguientes minutos fueron de terror. Terror de que apareciera ese coche de nuevo en el retrovisor. Después de este incidente, estuve meses con síndrome postraumático, sobre todo si conducía de noche. Incluso ahora, si otro conductor me echa las largas por cualquier razón, me invade un miedo que llega hasta mi estómago. El ataque no provocado, aterroriza como ninguna otra cosa. Al menos, los que luchan en la guerra entienden la mecánica del conflicto. Pero cuando te llegan los golpes sin razón alguna, se te quiebra el alma de una manera muy específica. Se trata de una violación de tu persona en grado máximo. Tu persona se reduce a su aspecto animal. Un animal perseguido en la noche.
El silencio se utiliza como amenaza y castigo. Es como la casa oscura de las películas de miedo: no sabes en qué rincón pueda estar escondido el psicópata del hacha. Días, semanas e incluso meses de silencio y caras largas. No sé si lo hacías a propósito o si ese comportamiento era una parte involuntaria de tu síndrome de divergencia neuronal, pero sabíamos que tus silencios estaban preñados de ostias. Tus silencios se hinchaban día a día hasta que explotaban en un parto descomunal. Un parto de leches y mensajes incongruentes. Tras lo cual, más silencio. Al día siguiente no se mencionaba la bronca del día anterior. Tu silencio te exculpaba automáticamente. Te habías quedado tan ancho. No había discusión, ni explicaciones, ni disculpas. Yo me quedaba mirándote y no veía en tu rostro ni tan solo el recuerdo de los golpes, ni un ápice de culpabilidad. El amo puede castigar a los esclavos cuando le da la gana. El amo no siente remordimiento porque los esclavos no tienen derechos. Los esclavos no son humanos. Y, para una persona carente por completo de empatía, los demás seres humanos no son humanos. Tú quieres más a tus perros. Tú eres el único humano; el único con derechos. Todos los derechos. Eres un narcisista perverso. Pero la cosa no acaba ahí. Después de la paliza inexplicable, llega el dulce, el premio, una pequeña muestra de afecto, migajas de amor que se esparcen por debajo de la mesa para que la perra Inés las devore con un hambre descomunal. Paliza, premio, una dinámica conocida en las situaciones de abuso. Mi madre reducida a esclava fiel, a perra que mendiga el afecto del amo.
¿Abuso o maltrato? Aunque maltrato es la palabra correcta cuando no existe abuso sexual, sí hubo elementos sexuales en el maltrato continuo que sufrimos, como hablar abiertamente de sus conquistas sexuales, exponer a los niños a pornografía y llevarlos a prostíbulos, aunque no hubiese tocamientos o cosas peores. Esto, unido a la complejidad de los eventos, la continuidad del miedo, y el constante acoso, hace que me refiera a nuestra situación como abuso doméstico. Aunque anteriormente he dicho que vuestro abuelo no se ensañaba con nosotros, los hijos, la verdad es que sí hubo un acoso constante: el que he descrito en los párrafos anteriores, el acoso del silencio, el no saber si iban a llover ostias, ni cuándo ni por qué; el enfrentarnos constantemente a una autoridad que no te ofrece explicaciones, que se sube a un pedestal inalcanzable, como una especie de dios vengativo. Por otra parte, como he mencionado también en el párrafo anterior, vuestro abuelo era incapaz de reconocer nuestros derechos, el derecho a no sentirnos constantemente amenazados, a nuestra propia integridad física, el derecho a protección y ayuda, el derecho básico a tener una alimentación y a tener ropa de invierno y un poco de calefacción, el derecho a recibir una educación que no fomente el abuso. Estos derechos en concreto fueron violados cotidianamente. Por eso hablo de abuso. Porque sufrimos un abuso de autoridad muy complejo; mucho más complejo que un simple maltrato. Y no menciono el derecho a no ser obligado a trabajar, porque en aquel entonces, todos los niños ayudábamos en los negocios de nuestros padres y, para nosotros, era un orgullo poder hacerlo, al menos al principio. Si vuestro abuelo hubiera sido una persona más amable con nosotros, habríamos ido a trabajar siempre con toda la ilusión del mundo. Pero, una vez más, aparece un dedo acusador hacia vuestra abuela, porque ella también violó un derecho fundamental de sus propios hijos, el derecho a la protección. Me gustaría excusarla porque estoy convencido de que el proceso de embrutecimiento al que estaba sometida la tenía paralizada. Así como la guerra te convierte en un mudo, la abuela se había convertido en piedra. Así como ni siquiera yo mismo había contado antes la persecución brutal a la que me vi sometido aquella noche, porque el trauma te deja aterrorizado y mudo, la abuela tampoco podía protegernos de nuestro abusador.
Desde que estoy escribiendo esto me estoy dando cuenta de que soy mi madre, y mi padre, y Juan, lo cual he descrito como un proceso de “posesión” terrorífico. Pero, hace unos días, mientras buscaba respuestas en mi memoria al hecho de que vuestra abuela no nos protegiera ni nos apartase del abuso, me di cuenta de que las respuestas podrían estar dentro de mí. Entonces me acordé del acoso que sufrí en la carretera aquella noche y sus efectos enmudecedores, porque ni siquiera se lo he contado a vuestra madre. Pero también tuve que darme cuenta de que yo caí como un cretino en la misma trampa que vuestra abuela. Yo también estuve borracho de narcisismo, de éxito, de validación, bañándome en la copa de la planta carnívora, en los brazos de esa mujer fatal, irresistible. Por eso sé muy bien que es como un dosis de cocaína: la persona alfa que te escoge como pareja, te eleva al paraíso del más dulce narcisismo, te imbuye de sus poderes, su inteligencia, su juventud, su vitalidad, su energía, su encanto pero, cuando menos te lo esperas, te deja caer. Desde su pedestal, se asoma y te ve ahí, tirado en el suelo, malherido, y espera ese momento crucial: si te vas, adios; pero, si te quedas, eres todo suyo. La caída vendrá seguida de un silencio aterrador en un primer lugar. Tras unos días o semanas de dulce tortura, tu amo te proporciona otra dosis de cocaína sentimental, y tú, como un perro fiel, te verás elevado de nuevo. Ya no eres persona, porque tu voluntad ha sido obliterada. Otra persona tira de los hilos. Tardé tres años en liberarme de esa encantadora persona y otros tres años en olvidarme de ella. Todavía recuerdo el día en el que me di cuenta de que ella ya no habitaba mis pensamientos. La sensación de alivio fue extraordinaria. ¡Tres años viviendo en presencia de una persona que ni siquiera estaba ahí! El abusador encantador se te mete en la cabeza como la carcoma. ¡Pero cómo he podido atreverme a juzgar a mi madre si yo he sido ella! Lo siento, mamá, lo que tú has pasado, nadie lo puede comprender si no lo ha experimentado en carne propia. Es increíble y admirable que hayas sobrevivido esa tortura.
Si bien es cierto que la vida está llena de trampas, como estamos viendo en este relato, también es cierto que, cuando menos te lo esperas, se abren caminos de salvación. Yo pude liberarme de mi abusadora, pero el precio fueron tres años de depresión. Sin embargo, hay ocasiones en las que la liberación es gratis, como Madrid, o como los momentos pasados bajo la protección de la tía Vicenta. Sin embargo, a veces la liberación supera todas tus expectativas, todos tus sueños. Sí, por fin voy a poder irme de casa tal y como lo había soñado, pero nunca había imaginado nada tan increíble como lo que me espera. Voy a atravesar un portal hacia otra dimensión: Lekaroz, un espacio de protección tan sublime que resulta difícil de comprender y explicar. Me llevó al colegio la mamá, creo que en un Mini, porque el Simca 1200 ya no aguantaba las carreras de coches. Me condujo hasta el dormitorio que iba a compartir con otros cuarenta chicos de sexto y séptimo de EGB. La luz del sol iluminaba las camas y los armarios a través de las gigantescas cristaleras del dormitorio. Yo estaba tan feliz como si se tratara del último día de clase antes de las vacaciones de verano. La mamá se despidió de mí y, por unos breves segundos, sentí un vacío en el estómago parecido al pánico, pero el chico de la cama de al lado, Ricardo Izurieta, me dijo hola y Cintruénigo desapareció de mi mente por completo, como si una puerta se hubiese cerrado a ese mundo brutal en el que me había criado. Y, si he mencionado antes que es gracias a todos esos ángeles de la guarda que teníamos a nuestro alrededor que vuestros tíos y yo no nos volvimos locos del todo, ahora quiero deciros algo muy importante: la vida es dura, sí, y a veces quieres que te trague la tierra, quieres morir, porque lo ves todo negro, pero quiero que recordéis que también hay lugares seguros donde podréis encontrar refugio. Madrid fue nuestro lugar seguro durante años y, ahora, Lekaroz me abría las puertas a un paraíso terrenal donde mi alma podía descansar. Quiero que recordéis que, cuando las cosas se pongan feas, debéis buscar esos refugios. No solo os proporcionarán protección; saber que existen, saber que hay luz al final del túnel, os proporcionará estabilidad emocional. Podréis hacer frente a los problemas de la vida sabiendo que, si todo falla, la solución no es la desesperación o el suicidio, sino confiar en esos ángeles de la guarda que tenemos a nuestro alrededor y descansar en esos lugares de protección. Una vida distinta siempre es posible, que no se os olvide.
¿Pero cómo te sentiste tú cuando yo me fui, Juan? Tu idea de que yo era un privilegiado se vio confirmada una vez más. A pesar de que te dijeron que tú también ibas a ir a Lekaroz, no te lo creíste, porque no eras tonto. Yo era tuyo, el pesado hermano mayor, el líder de la tribu, tu principal competidor, pero tuyo, tu hermano. Y ahora, te roban esa parte de ti y te dejan solo, como me confesaste muchos años después. Te sientes solo sin mí. Mientras que yo soy mucho más independiente y sueño con irme de casa, tú dependes de mí. Me usas como saco de boxeo para desahogar tu frustración de niño maltratado, me arañas la cara y me tiras del pelo, me lanzas terribles insultos en tus crisis de ira y ansiedad. Pero, al mismo tiempo, me has convertido en un sustituto de padre, cosa que ignoro por completo, porque solo soy un crío, pero años después, me lo vas a confesar. ¿Qué se siente cuando eres Juan? ¿Qué se siente, querido hermano? Ayer estuve en la piscina con tus sobrinos y te llamé por debajo del agua, como siempre. Una y otra vez, esperé tu respuesta, pero solo escuchaba los ecos de la gente chapoteando, de niños gritando emocionados. ¿A dónde te has ido, Juan? Yo estoy en Lekaroz y, lo siento, pero tengo que vivir mi vida. No soy tu padre.
Lekaroz es una especie de patio de juegos compartido por cuatrocientos niños y adolescentes. Los de sexto solo somos once este año. Los primeros días andamos todos juntos, como con miedo de separarnos. Damos paseos por el colegio descubriendo sus secretos: el oratorio que hay en un monte, la gruta de la Virgen sobre el río Baztán, el camino que lleva a Elizondo. Las clases nos las dan profesores amables que nos tienen muy ocupados aprendiendo todo tipo de cosas, incluida mi asignatura favorita, pretecnología, que se imparte en unos impresionantes talleres. Algunos chicos mayores nos han dado un paseo guiado por el convento de los capuchinos, que tiene una elegante sala de cine y teatro, una gran biblioteca, anchos pasillos y ventanas, y un aire decimonónico que contrasta con el moderno colegio nuevo. Mis compañeros también son gente interesante que viene de toda Navarra y el País Vasco. Hay uno, el Irasuegui, que habla euskera y francés. Y a otros se les hace difícil hablar y escribir el castellano. Yo les ayudo en lo que puedo. Y yo que pensaba que no había aprendido nada en la escuela del pueblo, supongo que algo se me habría pegado en los pocos momentos que prestaba atención en clase, porque aquí soy de los que más saben. Este colegio es como vivir una aventura de los Cinco solo que en vez de cinco, somos once. Sin embargo, la puerta no se ha cerrado del todo. Ese mundo de abuso del que procedo ha encontrado la manera de colarse por una rendija y no hago más que meterme con el Marticorena sin motivo alguno. Por otra parte, Ricardo Izurieta no hace más que llorar porque echa de menos a su familia y yo me pego mucho a él. Es como si estuviera siguiendo patrones de conducta marcados a fuego en mi mente: consuelo al Izurieta como consuelo a mi madre cuando llora, y me meto con el Marticorena como me meto con el Juan. Por fin, un día el Marticorena y yo nos enganchamos durante unos segundos y, de repente, despierto como quien despierta de una pesadilla. No estoy en Cintruénigo. Aquí nadie me persigue. No hace falta estar en guardia constantemente. Me siento avergonzado de haber tratado así al Marticorena.
En efecto, aquí nadie me persigue ni me mira mal. Pero hay muchos chicarrones del Norte, fuertes y musculosos, que se han criado comiendo chuletones, y mi complejo de flacucho mal alimentado se está acentuando bastante. Yo los miro con envidia no solo por su figura atlética, sino porque llevan ropa de marca y zapatillas de Adidas. Además, manejan dinero como nunca antes lo había visto. En la cafetería sacan billetes de mil y se compran lo que quieren. Sin embargo, aquí nada importa que yo no tenga un duro ni ropa de marca: soy uno del club. Si en Cintruénigo mis compañeros de clase me habían prohibido jugar con ellos porque “no era de la peña”, aquí solo tengo que decir mi nombre y todos me conocen: “Ah, Chivite, el de los vinos”. Además, aquí también hay chicos con nombres extranjeros y mi Matthews pasa bastante desapercibido, así que ya no me abochorno cuando pasan lista los profesores.
Ha sido una primera semana alucinante. Como somos los peques del colegio, los profesores son muy pacientes con nosotros y los compañeros mayores también. Siempre hay algún voluntario de séptimo o de octavo que nos enseñe cómo funcionan las cosas por aquí: los desayunos, la lavandería, la enfermería, las horas de estudio, las horas de capilla. La comida aquí es abundante, aunque no de mi gusto. Lo mejor es el desayuno, café con leche y pan con mantequilla y mermelada; y puedes repetir. En las comidas pasa lo mismo, si sobra algo, repites. Además, te puedes comer el plato de tus compañeros si no les ha gustado mucho a ellos. Para postre nos dan fruta y también esos pastelillos que son todo azúcar y que tanto nos gustan, los Tigretones y las Panteras Rosas. Para merendar nos dan un bocadillo de chorizo o de jamón y, si sobran, puedes pasar a por otro. El fin de semana se ha quedado el colegio medio vacío porque hay compañeros que se van a casa todos los fines de semana, así que he tenido la oportunidad de conocer a chicos de otros cursos y nos hemos ido a los bares del barrio de Etxarri, cerca de Gartzain: el Fransene, que es del Irasuegui, y otro al que llamamos el Etxarri, que está al lado del Fransene y parece una tasca del siglo dieciséis, oscuro, pequeño, lleno de alumnos de bachillerato comiendo bustis, bebiendo vino y fumando sin parar.
El único problema que tiene este colegio es que cada dos semanas nos mandan a casa a pasar el fin de semana. Me aterra volver a casa. El viernes por la tarde aterrizan en el aparcamiento del colegio los autobuses de La Baztanesa cada uno con un destino distinto: Bilbao, San Sebastián (o Donosti, como se dice aquí), Pamplona, y Zaragoza. Yo me meto en el de Zaragoza, que para en Pamplona, la Navarra Media y un montón de pueblos de La Ribera, incluida Tudela. El viaje en autobús se eterniza. Mis compañeros de colegio no hacen más que fumar y pronto se llena el autobús de una neblina parecida a la de los bares y empiezo a sentirme mareado. Eso añadido a subir el puerto de Velate que le da vueltas a mis tripas. En un momento dado se sienta a mi lado un chico mayor y se pone a charlar conmigo y, entre otras cosas, me pregunta quién va a venir a recogerme a la parada de autobús, pero yo no tengo ni idea. Después de tres horas interminables, llegamos a Tudela. Salgo del autobús, recojo mis maletas, miro a mi alrededor en la noche. Nadie de mi casa. Los padres de los otros chicos están esperando, todo besos y abrazos. Por fortuna, los padres de un chaval de Tudela se dan cuenta de que estoy solo y me invitan a ir con ellos a su piso a esperar a mis padres. Me duele el estómago del tabaco, el hambre y las curvas de la carretera. La gente amable de Tudela me ofrece algo de comer porque es muy tarde y me han visto la cara de hambre. Ya sabía yo que no podía fiarme de mis padres. No sé cómo se las han arreglado los padres de este chico, pero han podido localizar a la mamá por teléfono, que ha tardado mucho en venir a recogerme. Y, una vez más, me veo caer del cielo al infierno, porque las cosas en casa van de mal en peor. El único consuelo que tengo es la Nena, que me quiere un montón y nos damos unos besos y abrazos tremendos. El resto, incluida mi madre, son como presos que mirasen a uno que se había escapado y ahora regresa a la cárcel con el rabo entre las piernas.
El papá se ha ido con la Dayana y la mamá no está muy contenta. Encima, ya no puedo dormir con ella porque dice que soy muy mayor para dormir con mi madre, cosa que yo no entiendo en absoluto. En la casa hay un ambiente helado. El Juan está que trina. Nos hemos enganchado y casi me saca los ojos. Cada día está más fuerte y ya no puedo con él. Me sitúo en el momento en que ambos intentamos estrangularnos y veo a la mamá que pasa a nuestro lado como un fantasma, como si esa pelea brutal entre sus hijos fuera una pelea entre perros callejeros, como si no fuera real. Cuando por fin nos desenganchamos, me doy cuenta de que esa tiene que ser la última porque, si hay otra, uno de los dos podría acabar muy mal. Por si fuera poco, el papá no se quiere ir del todo. Viene a por ropa limpia y a comer cuando le da la gana. Y a discutir con la mamá. Ahora parece que le quiere echar la culpa de todo a ella. No recuerdo las palabras exactas, pero la está acusando de ser “fría en la cama”. Ahí estamos los cuatro hijos, sentados a la mesa después de comer. La mamá va y viene de la cocina, así que la discusión es a gritos y el papá nos mira a nosotros como buscando validación; incluso se atreve a dirigirse directamente a nosotros, como si tuviéramos algo que opinar o aportar.
—¡Es fría como ella sola!
—¡Pues vete con esa puta y déjanos tranquilos para siempre! —grita la mamá—. ¡Y que te planche ella tu ropa!
Los fines de semana en casa son aburridos. Me paso el rato jugando con la Nena o armando circuitos con mi Electro L. Un fin de semana que estaba en el colegio, el papá se puso ciego de champán en la discoteca de Fitero, cogió el Mini a toda velocidad y se empotró contra un banco. El hecho de que fuera un odioso banco me hace pensar que se estrellara a propósito, burlándose de la muerte una vez más, sabiendo que él iba a sobrevivir. El coche quedó destrozado, siniestro total, pero él solo sufrió un esguince de tobillo. Otra vez he vuelto del colegio y otra vez están discutiendo de lo mismo.
—¡Eres fría! ¿Sabes lo que me ha dicho Dayana? ¡Que si no puedo hacer el amor por culpa del esguince, que me la chupa!
Claro que esto lo dijo delante de sus cuatro hijos. Lo soltó como una bomba. Una bofetada que te envía al nivel más bajo del embrutecimiento, de la destrucción del alma. Y la destrucción del alma lleva a un solo resultado: la pérdida de la autoestima y las tendencias suicidas.
El papá ha alquilado una casa en Corella para vivir con la Dayana. A mí me parece genial que se vaya. En lo que se refiere a la infidelidad, yo nunca he considerado al papá ni padre mío ni marido de mi madre, así que me da igual. Y con la Dayana no tengo ningún problema porque siempre me ha caído bien. Al menos nos hace caso y juega con nosotros. A veces, el papá me lleva a la casa de Corella para validar su relación con la Dayana. O quizá solo para joder a la mamá. O las dos cosas. Yo me muero de vergüenza porque siento que todo esto es malo. También me muero de aburrimiento, porque aquí no hay juguetes. Por si fuera poco, la Dayana se ha puesto tímida conmigo y no me hace mucho caso. Su voz se ha quedado pequeña y veo en sus ojos que no es feliz. Como era de esperar, este asunto no va a durar mucho y por fin, un día, la Dayana regresa a Madrid.
Como de costumbre, el papá continúa como si nada hubiera pasado mientras mi odio hacia él aumenta sin parar. Tengo el corazón tan podrido que incluso en Lekaroz me invaden las fantasías parricidas. Por si fuera poco, el papá viene de vez en cuando al colegio a sacarme a comer por Elizondo. Yo me pido mis alubias y mi chuleta mientras él guarda su silencio de siempre. Apenas un “¿qué tal están tus alubias?” o un “¿qué quieres de postre?”. Nada más. Yo lo único que quiero es que me lleve de vuelta al colegio y me deje en paz.
Pero en otras ocasiones, vienen a sacarme a comer las Zulaika, las primas del papá de San Sebastián, y me llevan al Galarza de Elizondo. Ellas sí son amables y me dan conversación. Además, tienen relación con el colegio desde siempre, porque son parientes del famoso compositor Aita Donostia, que vivió y trabajó en el colegio. Será por eso que los curas me tienen tanto afecto. Ahora escucho sus Preludios Vascos y me recuerda a la música de su amigo Ravel, o a la de Grieg, e incluso veo que tiene algo de Satie en esas notas que deja flotar en el aire como semillas de diente de león en una tarde de verano; en esa sencillez que no tiene nada de simple. Yo también me estoy enamorando de la música, aunque el nivel de educación musical parece haber caído un poco desde los tiempos del Aita Donostia y no vamos a pasar del solfeo, la flauta dulce, el triángulo y la caja. La verdad es que el Padre Casajús me tiene condenado a los instrumentos más fáciles y aburridos. También cantamos en español, latín y euskera. Mi favorita es Maitetxu Mia, una canción que me transporta a esos lugares lejanos que, sin duda, voy a conocer de mayor.
Si he dicho que los curas son amables, la verdad es que no todos. Hay uno, fray Gerardo, que parece estar obsesionado con la disciplina. Nos impone unos castigos de lo más duro, como inclinar el cuerpo sobre la pared echando el peso sobre las manos hasta que nos duelen, o ponernos de rodillas levantando los pies del suelo, lo cual incrementa el dolor. Otra cosa que le obsesiona es nuestro desarrollo académico y nos da sesiones adicionales de lectura avanzada que duran hasta la hora de dormir. Aunque el resto de las clases y sesiones de estudio son muy llevaderas. En clase de religión nos ponen unas diapositivas preciosas sobre la vida de Jesús. Se está agusto viendo diapositivas en la oscuridad con la tripita llena de comida. Aunque no todos los compañeros están igual de contentos. Hay algunos que echan de menos a su familia y los veo por ahí llorando. Otros se mean en la cama y los demás se ríen de ellos. Y hay muchos que no se enteran de nada en clase y lo pasan mal.
Otra cosa que me encanta es que nos ponen música a la hora de dormir y por las mañanas al despertar. Me he acostumbrado a dormir con música, aunque me da la impresión de que los curas son un poco inocentes y no se dan cuenta de lo que ponen, porque es en inglés y, si supieran lo que dice la letra, se escandalizarían. Aunque lo mío es salir a explorar el valle los fines de semana. A veces nos vamos al Elizondo y me compro croasanes en la pastelería que está al lado de la Plaza de los Fueros. O nos metemos en la ferretería Quevedo a husmear un rato y fantasear con todas esas cosas que me voy a comprar cuando tenga dinero. Me fascina el olor a cuero de las sillas de montar, los bastones de pastor, las enormes navajas, los cencerros, y las guadañas. Luego nos asomamos sobre uno de los puentes del río Baztán a ver las grandes truchas. Lo que no se nos ocurre nunca es bañarnos en el río, porque este lleva mucha agua, no como el Alhama, que casi siempre baja medio seco. El Iruasegui y yo nos hemos hecho amigos y ahora voy bastante a su bar. Su madre es muy acogedora y siempre me invita a croquetas y coca-cola. Ahora me acuerdo de ella y siento una gran añoranza, como si estuviese descubriendo un tesoro escondido que se me había olvidado. ¡Qué mala es la distancia a veces! Ese es el problema de andar siempre por el mundo, pierdes la conexión con lo tuyo. En ocasiones, el Irasuegui me lleva al monte y su madre nos da un bocadillo de jamón para merendar en la cima. Mi amigo sabe mucho del valle, de su historia, y también me explica todo tipo de cosas sobre ganadería. “Por aquí hay una sima peligrosa, hay que tener cuidado porque, si te caes, no hay quién te saque. Eso de ahí es un búnker de la guerra. De este manantial puedes beber, es agua pura”. Nos pegamos horas subiendo monte y, arriba del todo, surge un gran manantial donde nos sentamos a comer nuestros bocadillos. Me fijo en las piedras del río y me doy cuenta de que hay decenas de fósiles de belemnites. ¡Me parece increíble que estemos sentados sobre el fondo del mar!
En fin, no quiero aburriros con demasiadas anécdotas de Lekaroz; sobre los enormes fósiles de amonitas que solíamos encontrar en unas canteras cerca de Arraioz; o bajar al río a ver cómo pescaban a mosca; o la excursión que hicimos al zoo de Calahorra; o cuando nos llevaron los curas a ver el musical Hair en Pamplona. Lekaroz era un lujo de protección, pero no era la protección de Madrid donde nunca pasaba nada. Ni tampoco era una protección total. Estamos en el último año de la década de los setenta y la pandemia de las drogas ya se ha extendido mucho por Navarra y el País Vasco y la curiosidad me pica. ¿Qué será eso del “viaje”? ¿Cómo será eso de alucinar? Sin darme cuenta, con tan solo once años, estaba desesperado no solo por irme de casa, sino también por escapar de mí mismo y, de alguna manera intuitiva, sabía que las drogas podían proporcionarme la oportunidad de morir temporalmente, de esconderme durante unas horas en otros mundos paralelos. En Lekaroz nadie nunca me invitó a tomar nada que no fuera cerveza pero, los lunes cuando volvíamos de casa, yo veía que mis compañeros sacaban de sus equipajes bolsas llenas de pastillas y de todo lo que necesitaban para pasar la semana en la estratosfera. El tema de la droga estaba en la música, en el cine, en las conversaciones y, poco a poco, el mito se fue convirtiendo en algo interesante, deseable. El musical Hair, tan inocente en apariencia, es un ejemplo clásico de cómo ciertas tendencias se van infiltrando en tu mente sin que te des cuenta. Aunque las canciones estaban en inglés y casi no se entendían, los temas estaban claros: tribalismo, drogas, sexo. Temas que por otra parte, son tratados por la música pop rock en general. Recuerdo salir del musical algo exaltado y con la cabeza llena de ideas raras. La verdad es que los curas de Lekaroz no censuraban nada. Un día nos pusieron en el cine del colegio Diez, la mujer perfecta, película que nos escandalizó un poco. “No hay nada más emocionante que una fantasía: puede dar un nuevo significado a la vida y, sobre todo, puede hacer que un hombre se comporte como un niño”, dice el trailer de esa película. La glorificación del cuerpo femenino: un hombre que pierde la cabeza por una mujer a quien ni siquiera conoce. Los curas nos dijeron que ellos no censuraban nada, que les mandaban las películas directamente de Pamplona y ellos las ponían. Es triste pensar que ni siquiera los curas del Lekaroz pudieran ofrecer protección ante la máquina hedonista. No se puede proteger demasiado a la gente sin acabar por violar su libertad, es cierto, pero tampoco hay que tentar al diablo. Lo único que salvó a los que no cayeron en el infierno de la droga fue su propio sentido común. Yo tenía mi sentido común para algunas cosas, pero no para otras. El abuso doméstico que estaba experimentando en casa me había dejado vulnerable a otros tipos de abuso; en concreto, me fascinaba el tema de las drogas y, por otra parte, veía a la mujer como un ídolo salvador. Lo más triste de esta epidemia es que cayeron los chicos más admirables, los más fuertes, de familias tranquilas donde se les ofrecía protección: poco a poco, empezaron a llegar noticias de muertes por sobredosis. Años después, cuando ya esté metido de lleno en ese mundo, me preguntaré a mí mismo por qué han caído tantos jóvenes de familias excelentes, amigos míos y amigos de amigos, compañeros del colegio. La droga va a destrozar los corazones de muchas familias, incluso de familias donde no se ha dado ningún tipo de abuso. Muchos jóvenes van a caer víctimas de su propia curiosidad, las tendencias sociales, y su carencia de sentido común. Esta va a ser una pandemia silenciosa, una explosión a cámara lenta, un holocausto que se va a llevar a los mejores.
A nadie le interesa ofrecer una protección total. Yo no puedo protegeros de todo, Francis y Johnny. Si lo hiciera, os estaría sofocando tal y como vuestros bisabuelos asfixiaron a vuestra abuela Inés. Y es que proteger demasiado a los hijos también raya en el abuso, porque para ser verdaderamente libre, hay que tener la opción de equivocarse. La libertad que nos ofrece Dios es brutal, como ya hemos visto. Somos libres incluso para negar a Dios. Es una libertad sin garantías que nos obliga a aceptar la vida con todas sus consecuencias y a hacernos responsables de nuestros propios actos. Por muy bueno que uno sea, no se libra de terribles pesares. Y aunque uno sea inocente como un niño, no se libra de abusos, hambre, discriminación, o una muerte temprana. Pero todos aceptamos la vida con sus terribles condiciones. Y una de esas condiciones es que no puedes proteger a tus hijos. Cuando era joven, la muerte era un concepto abstracto, algo que se veía en las noticias, en las novelas, no algo que pudiera ocurrirme a mí. Hace veinticinco años, durante un vuelo de México a Londres, el avión empezó a caer en picado. Los equipajes de mano volaban por los aires y la gente lanzaba unos alaridos mortales que me despertaron de mi sueño. Me costó menos de un segundo darme cuenta de que todos íbamos a morir y pensé tranquilamente “hasta aquí hemos llegado”. Después de unos segundos caóticos, el piloto enderezó la nave. No tuve ni el más mínimo miedo. Nunca le tuve miedo a la muerte hasta ahora. Y ni siquiera tengo miedo a mi propia muerte, sino a la muerte de un hijo, de una esposa. Eso sí es aterrador. Y yo no puedo protegeros ni de eso ni del hedonismo, ni de plantas carnívoras, ni de amistades que sin duda os llevarán por el mal camino. Así que tampoco les voy a echar la culpa a los curas de Lekaroz por no estar un poco más vigilantes a este tipo de abuso tan arrogante y pernicioso como es el abuso cultural. En efecto, nosotros hemos creado una cultura que abusa de nosotros mismos. La matriz de este abuso forma un gran sistema de raíces de plantas trepadoras y nosotros somos los árboles del bosque enfermos, sofocados.
Y sin embargo, Tú estás ahí asegurándonos que las cosas podrían ser de otra manera. Tú nos has prometido que la solución a todos nuestros males está en el sacrificio de Jesucristo, y en su mensaje de amor y perdón. Solamente hay que cortar las raíces de las trepadoras para poder dar frutos de amor verdadero. Pero el mensaje de Jesús se pierde en un mundo que prefiere ponerle una mordaza. Porque Jesús es revolución, y la gente tiene miedo a la libertad; preferimos ser esclavos del hedonismo, del consumismo, del narcisismo, y de un individualismo que nos aísla cada vez más. ¿Podré protegeros de todo esto? Lo dudo. Ya estáis llegando a la adolescencia y es ahí cuando el germen del hedonismo que lleváis dentro romperá la superficie de la tierra y subirá hasta anclar sus enredaderas sobre vuestros corazones dejándolos más secos que una pasa.
Ojalá mis hijos te escuchen a Tí, y no a la sociedad. Yo estoy enfadado contigo porque no me proteges, pero todavía soy tu amigo, todavía te escucho. ¡Ojalá pudiera quedarme siempre en Lekaroz! Pero debo regresar a casa cada dos semanas y por vacaciones. Volver a casa es como caer en paracaídas sobre un campo de batalla. Cuando pienso en casa veo el frío (si es que el frío puede verse). Es un frío del alma que cubre mis recuerdos de escarcha. Uno de los peores recuerdos es cuando la mamá nos manda a buscar al papá por los bares del pueblo porque ya es muy tarde y estamos sin cenar. Al papá eso le sienta como un tiro y luego hay bronca. A esas horas de la noche, los bares están llenos de adultos borrachos, de pie, apoyados en la barra del bar, en medio del humo y la peste que emana de la porquería del suelo. El papá está bebiendo con sus amigotes y no nos hace caso. Ni siquiera nos mira. Es como si no fuéramos sus hijos. Papá, dice la mamá que vengas a casa. Pero se nota que el papá está borracho y nada bueno puede pasar. Si cenamos antes que él, la va a armar y, si le esperamos, también. ¿A casa? ¡Si solo son las once! ¡Dile a la puta de tu madre que iré a casa cuando me dé la gana! Ahora le esperan dos broncas a la mamá, porque el Juan y yo estamos más que hartos y le increpamos que nos mantenga en esa situación ignominiosa cuando podría llevarnos lejos de él. En casa nunca hay un miserable yogur, ni queso, ni chorizo, ni nada que podamos llevarnos a la boca para matar el hambre, así que estamos hambrientos. El Kike y la Nena están agotados cuando por fin decide la mamá darnos la cena y mandarnos a la cama.
Al día siguiente, me manda la mamá al médico a por las recetas del papá, porque hace tiempo que el papá toma no sé qué medicinas. El ambulatorio siempre está lleno de mujeres hablando en voz alta y hay que gritar mucho para pedir la vez. ¿Quién lleva la vez? El cacareo del ambulatorio es un eco del ruido de la escuela, de las tiendas y de los bares y me siento aturdido. Tengo que esperar horas hasta que por fin me toca y puedo pedirle al médico las recetas de mi padre. Luego otra cola en la farmacia para que me den las medicinas. Las calles del pueblo están bastante vacías en invierno. Parece un pueblo de los Andes, habitado por vientos malditos. Es como si en verano estuviéramos en el siglo veinte y, en invierno, en el siglo diecinueve. Por si fuera poco, el papá sigue con sus obsesiones y sus monólogos. Otra vez nos tiene alrededor de la mesa después de comer sin dejar que nos levantemos a jugar. Hoy ha regresado del banco hecho una furia porque no le dan un crédito. Así que está con su cuento de siempre: hay que dejar a los bancos en pelotas, hay que dar un palo enorme a los bancos. Un palo de millones. Y sigue con sus otras obsesiones de atropellar al Mutilva, de contarnos sus batallitas de la juventud, cuando tumbó a uno de un golpe en una discoteca de San Sebastián, el accidente con Richie cuando se llevaron por delante unas cuantas farolas, y burlarse de la policía en la comisaría y amenazarlos con una llamada telefónica a gente con apellidos. Además, es un maniático de las moscas y las polillas. En verano, la mamá se pasa el día matando moscas porque si no, el señor la arma. Y, si aparece una polilla nocturna revoloteando alrededor de la bombilla de la galería, se pone histérico, como si se tratara de la mismísima muerte quien sobrevolase la mesa de la cena.
—¡Inés —grita—, mátame esa mariposa nocturna!
Mi padre me parece ridículo y me río del escándalo que monta por una polilla.
Por muy raro o distante que parezca, no sé si el papá nos escucha a veces. De repente, un día regresa de uno de sus viajes a Andorra con una escopeta de aire comprimido con mira telescópica. ¡La escopeta de nuestros sueños! El Juan y yo estamos emocionados. Nos apostamos sobre el alféizar de una de las ventanas de la galería a acechar a los pajarillos que se posan sobre el castaño de indias, que está a unos ochenta metros. Con la mira telescópica, se ven bien. Tengo uno en la mira. Apreto el gatillo y, ¡adiós pájaro! No recuerdo haberle pedido esa escopeta. Quizá Juan se lo hubiera mencionado. Sea como fuere, de repente me doy cuenta de que algo está pasando: los sueños se hacen realidad. La Razesa, poder irme de casa y, ahora, la escopeta de perdigones. Este tercer elemento completa una cosmovisión de la esperanza que me ha acompañado toda la vida y que estoy compartiendo con vosotros en esta carta: existen ángeles de la guarda que siempre os ayudarán; encontraréis espacios de protección; y vuestros sueños se harán realidad.
La vida en casa sigue siendo agridulce, con sus buenos momentos y sus caídas en picado a los infiernos. A veces, cuando hablo con la mamá por teléfono y me cuenta cosas de la casa vieja recuerdo el olor del polvo y la basura acumulada de la entrada y escucho el ruido de la gran puerta. Puedo ver los azulejos andaluces. Más allá, los rincones oscuros. Siento las corrientes heladas cargadas de fantasmas. Y sin embargo, no son sensaciones desagradables: en esa casa maldita pasamos momentos felices. Yo sigo con mis juegos de electricidad, que también le gustan al Juan y al Kike. Y no paramos de hacer gamberradas con las cabras que, por cierto, han tenido un par de cabritillos que van a acabar en el horno. Por las noches, el Juan y yo seguimos con nuestras conversaciones y lecturas, y él sigue burlándose de mis rezos. Soñar es bonito y más aún si lo haces con tu hermano.
—El año que viene vendrás a Lekaroz. Ya verás cómo te gusta.
—A mí no me van a mandar la Lekaroz; ya me lo han dicho. Porque me meo en la cama.
—Pues ahí hay muchos que se mean en la cama… Y hay uno que se caga casi todas las noches.
—Pues no creo que me dejen ir. Ahora que los yayos se van a ir a vivir a Jaca, dicen que me van a mandar a los escolapios de Jaca.
—¡Qué suerte tienes! Ya me gustaría a mí estar tan cerca de los yayos.
—Pues yo no quiero ir. A ti siempre te dan lo mejor y a mí me mandan a los escolapios.
—Pues yo preferiría estar en los escolapios de Jaca, así iría a ver a los yayos cuando quisiera.
—Cuando sea mayor haré lo que me dé la gana y me iré a donde quiera.
—Y yo… Yo me iré a Inglaterra. Tenemos que convencer a la mamá para que nos lleve a Inglaterra.
—¿Y qué va a pasar con la Razesa, y la moto, y la escopeta?
—Lo tendremos que dejar todo aquí. Y mis Electro L. ¡Qué ganas tengo de irme de esta casa asquerosa!
—¡Y yo!
—En Inglaterra tengo novia; la hija del jefe del pépé. No sé si se acordará de mí…
—¡Qué más quisieras!
—Pues a lo mejor se acuerda…
—¡Esa ya estará con otro!
—¡Pues me buscaré una más guapa!
—¡Y yo! ¿Y cómo vamos a hablar con ellas si no sabemos inglés?
—Ya aprenderemos. Bueno, como no nos callemos, nos va a caer una bronca. Yo voy a leer mi libro.
Estoy leyendo la cruel historia de Los muchachos de la calle Pal, tan diferente de las aventuras de Enid Blyton o de Salgari, a las que estoy más acostumbrado. Leer Los muchachos de la calle Pal me está causando angustia porque cuenta la historia de unos niños que se ven acosados por otro grupo de niños y tienen que defenderse a pedradas. Igual que nosotros, que estamos constantemente acosados por un padre violento. Solo que nosotros apenas podemos defendernos; tan solo podemos soñar con escapar.
La primavera ha llegado y, con ella, nuestras primeras vacaciones en Jaca. El piso nuevo de los yayos tiene piscina y vistas a los Pirineos. La yaya ha traído los tesoros familiares y ha conseguido crear una réplica casi exacta del piso de Madrid, incluidos los enormes espejos del comedor, que hacen que se vea el doble de grande. Recuerdo perfectamente entrar por primera vez en el salón-comedor que resplandece como si fuera una sala del Palacio de Invierno de los Romanov. El tío Patxi se ha dedicado a esquiar durante el invierno, está totalmente musculado y parece otro. Le han puesto una habitación moderna con un equipo de alta fidelidad que se va a convertir en nuestra obsesión favorita. El Juan y yo pasamos horas enteras poniendo discos con el volumen a tope. Crisis, What Crisis, de Supertramp, nos hace soñar con espacios y dimensiones que ni siquiera podemos imaginar. En la estantería de libros hay una gran enciclopedia para jóvenes con fantásticas ilustraciones, mapas, y esos cuentos que tanto le gustan al papá, como El compañero de viaje. También tiene El miedo a la libertad, de Erich Fromm, la autobiografía Yo, Cristina F, y una excelente colección de cómics de Astérix y Obélix, la cual vamos a leer y releer varias veces; así como algunos clásicos de Mortadelo y Filemón, Zipi Zape, 13 Rue del Percebe y tantos otros que nos entretienen mientras escuchamos música. Aquí, en Jaca, no tenemos amigos, así que el Juan y yo pasamos los días soñando despiertos en la habitación del tío Patxi, o acompañamos al yayo a comprar el pan y a dar un paseo por el parque. El yayo está muy viejo y camina despacito, como una tortuga. A mí me encanta ir de su brazo por la calle. Siento un orgullo especial que no puedo explicar. Pero, como siempre, las vacaciones duran poco y hay que volver a casa.
El papá sigue con sus figuritas y ha transformado la cochera en un taller. Las figuras siguen siendo bastante toscas, pero se las arregla para venderlas a los clientes de alabastro del Norte. Ha contratado a un chaval algo mayor que nosotros, el Ronaldo, para terminar las piezas: lavarlas en disolvente, pasar la fresadora Bosch por la junta, y lijarlas. El Juan y yo le ayudamos con el trabajo cuando estamos libres. Las fresadoras son muy pesadas y potentes y un día casi me llevo un dedo. Todavía tengo la cicatriz casi cincuenta años después. Pero claro, todo esto es anterior a la obsesión de proteger tanto a los niños. Yo me puse una tirita y ni siquiera se lo conté a mis padres. Este Ronaldo, nos tiene fascinados. Como no tengo hermanos mayores que puedan pervertirme, se ha convertido en una especie de imán. El Juan y yo nos sentamos a su lado mientras él nos pone al corriente de las últimas tendencias musicales, las estrategias para conseguir chicas, y cómo está el tema de las drogas por el pueblo.
—Los Leño son los mejores. ¿No conocéis a los Leño, o qué?
—No…
—Y los Obús también son buenos. Y Barón Rojo. Yo he visto a Leño y a Obús. A los Barón Rojo, los veré cuando vengan a la Saysa. ¿Habéis ido a la Saysa?
—No… A ninguna discoteca. Hasta que no tengamos catorce o así.
—¿Y cuartillo, tampoco tenéis?
—Ni cuartillo, ni peña.
—Pues deberíais tener un cuartillo de fiestas. Ahí podríais poner música, invitar a chavalas…
—Si todavía somos pequeños…
—¿Cuántos años tienes tú?
—Once. Voy a cumplir doce en septiembre.
—Pues con doce años yo ya metía mano a las chavalas.
—¡Qué dices! ¿Con doce años? ¿Y eso, cómo se hace?
—Primero hay que darles besos. Te las llevas al cine, o al cuarto, si tienes, a algún sitio oscuro. Cuando ves que les gusta, les vas tocando las tetas. Y, cuando ya están calientes, le metes la mano al bollo.
—¿Y, en el cuartillo tenéis bebidas, o qué?
—De todo hay. Whisky, pacharán, calimocho, zurracapote. ¿Habéis bebido zurracapote?
—No. Yo he bebido vino, cerveza y sangría, y el Juan también.
—Yo sí he bebido de todo —me corrige el Juan—, pero zurracapote no.
—El zurracapote es una mezcla de todo: vino, cerveza, licores, cocacola… Hasta tabaco le echan algunos. Pero los del cuarto no lo beben; es solo para invitar a los de fuera. Cuando vienen al cuarto en fiestas, les das zurracapote. También hay unas gotas que se llaman cachondina que, se las echas a las chicas en la bebida y te hacen de todo. Se quitan la ropa, te dejan meterles mano… De todo.
Yo me quedo de piedra escuchando estas lecciones, porque nunca antes me habían hablado así, con tanto detalle. Aunque supongo que mis antiguos compañeros de clase sí han recibido estas enseñanzas, porque a veces los veo en la sala de juegos dándose morreos con las chicas y, entre ellas está la Águeda, lo cual no me gusta nada, porque no puedo olvidarme de ella. Y se dice por ahí que las chicas se dejan meter mano en el cine, lo cual debe ser cierto, porque siempre los veo en las últimas butacas del balcón, donde nadie puede molestarles.
El Ronaldo es muy aficionado a la electrónica, como yo, y, a veces, también charlamos sobre eso. Aunque a mí me encantan todos los inventos, no solo la electrónica. Ahora estoy obsesionado con construir una balsa para hacerla navegar por el río Alhama. He conseguido bastantes materiales y he armado la pequeña embarcación. La he llevado al río y me he dado cuenta enseguida de que apenas flota, o sea, que no va a aguantar mi peso. Pero estoy empecinado con la idea y me he subido y hundido inmediatamente, con toda la ropa puesta. ¡Un fracaso! Aunque, lo que a mí me fascina son las alas delta y un día construiré una. El yayo me compra todos los meses unos fascículos sobre aviones de combate, esos mismos que pasan por encima del pueblo de vez en cuando, rugiendo como truenos. Y me han regalado un planeador de madera de balsa para armar. Pero es más fácil armarlo que hacerlo volar. ¡A la segunda intentona, se levanta en el aire, cae en picado y acaba hecho añicos! La verdad es que no nos faltan cosas con las que entretenernos. Aparte de las cabras del huerto, las bicicletas, los gusanos de seda, las cerbatanas, nuestras incursiones en huertos ajenos, las visitas a las vicentas, hacer sufrir a nuestros hermanos pequeños y al Patrick, y pegar tiros con la escopeta, ahora nos dedicamos a fabricar nuestra propia pólvora. Traje carbón de Elizondo, potasio de la farmacia, y azufre que teníamos por ahí en algún juego de Quimicefa, lo mezclamos a partes iguales y, ¡bum! Ahora sí que podemos hacer cohetes y bombas potentes. Incluso fabricamos las mechas en casa untando cuerdas con la pólvora. Ya os hubiera gustado a vosotros tener una infancia tan libre. Pero son otros tiempos y ahora criamos a los niños entre bolas de algodón.
El papá ha hecho las paces con el yayo y ahora nos trae a Jaca algunos fines de semana en el Ford Granada nuevo. En el coche escuchamos a Simon y Garfunkel, José Luis Perales o Manzanita, mientras el papá disfruta pensando que está en un rally, adelantando en curvas, y haciendo vomitar a los pequeños. El papá se pega tanto a los coches lentos que parece que estamos unidos a ellos. En cuanto ve la oportunidad, da un volantazo y los adelanta en un abrir y cerrar de ojos. Ahora tenemos un camión delante, el papá lo adelanta en medio de una curva y nos vemos de frente con otro coche que viene en dirección contraria. En una décima de segundo, el papá ha vuelto detrás del camión. ¡Menudo susto y vaya reflejos! Todo esto mientras fuma Ducados sin parar. ¿Papá, puedo abrir la ventana? Pero no. A mí también se me están revolviendo las tripas de tanto volantazo y tanto tabaco. Se me hace raro ver al papá y al yayo juntos. El papá se porta muy bien cuando está en Jaca. Aunque, en casa, sigue echándole la culpa de haber perdido el negocio del vino. Siempre dice que el yayo era un imbécil y un calzonazos y que se dejó engañar por el tío Julián. Que él tenía un plan para salvar el negocio, pero que el yayo no le hizo caso.
La que ha emprendido un buen negocio es la mamá, que ha adecentado el cuarto de jugar y lo ha convertido en un aula de inglés. Después de años de prohibición, ya el gran señor le ha dado permiso para ganar su propio dinero. Está dando clases a chicos algo mayores que yo y, a veces, me siento con ellos a aprender inglés. Es un respiro tener a gente amable y divertida con quien hablar y pasar un buen rato. Estos jóvenes son gente con ilusiones, quieren viajar por el mundo, como yo, por eso están aprendiendo inglés. Se notan estos pequeños ingresos en la comida. Ahora cae algún que otro capricho: galletas, chocolate, y guisos de pollo y de carne. De vez en cuando también aparecen por ahí platos de lujo, alguna paella y esos mariscos que tanto le gustan al papá. Y no solo comida, un día, me lleva la mamá a una tienda de vinos de Tudela para comprar un vino blanco de Rioja que le gusta mucho al papá, el Monopole Blanco, que está muy rico y entra solo. Y que no se me olviden las liebres y las perdices del tío Rafa, las costilladas improvisadas con el Avelino y el tío Alberto, las caracoladas, las meriendas en casa de las Vicentas, las comidas en el silencio decimonónico de la tía Angelita, y los paquetes que llegan de Inglaterra por Navidad llenos de golosinas y quesos. Así que, entre una cosa y otra, nos mantenemos vivos.
Y también ha acometido la mamá una nueva obra en el piso de arriba, que estaba abierto a las grandes escaleras y subía mucho frío en invierno. Ha contratado a un carpintero para que construya un tabique de madera con una puerta, pero es una chapuza horrible. Creo que prefiero congelarme en invierno a ver ese adefesio de tabique. De todas formas, la estufilla de leña no calienta nada y el frío se cuela hasta por los poros de las paredes, se te mete dentro, y se queda ahí para todo el invierno.
Pero ahora no nos preocupa el frío porque se acercan las vacaciones de verano. Ha sido un año maravilloso a pesar de las caídas súbitas a los infiernos. Esto de Lekaroz no me lo esperaba. Vamos a cerrar el último trimestre con un broche de oro. Los chicos de sexto somos una pequeña tribu y nos llevamos bastante bien. Llevamos todo el año escolar trabajando juntos en diversos proyectos. Hemos hecho una obra de teatro, hemos cantado juntos, hemos colaborado en proyectos de pretecnología, hemos disfrutado de las fiestas rectorales, hemos desayunado, comido y cenado juntos, hemos ido de excursión con los chicos mayores, y nos han dado una hora de descanso especial por las tardes solo para nosotros. En ese descanso, nos dedicamos a jugar al fulbito. Al principio, he sentido un poco de aprensión. Mis experiencias con el fútbol en el pueblo no habían sido muy buenas. Y me he pasado el año entero intentando evitar los deportes de "la Pastelada", unas dos horas de fútbol, baloncesto o voleibol obligatorio que tenemos después de comer. El caso es que mis compañeros de sexto me han animado a jugar con ellos en estos descansos. Nos dividimos en dos equipos y jugamos pasando el balón. Hay varios compañeros que juegan muy bien, pero no chupan. Nos animamos los unos a los otros de una manera muy poco individualista. Por fin, un día marco un excelente gol. Me acordaré toda la vida. Todos me felicitan como en un partido de primera división. A partir de ese día, me atreveré a correr hasta la portería con el balón y marcar más y más goles, como si estuviera en un paraíso del fútbol, otra dimensión de lo imposible. Por si fuera poco ser un Pelé recién salido del armario, ahora los curas nos han pedido a los peques de sexto que limpiemos la piscina, así que nos libramos de varias clases. Hace un junio increíblemente caluroso y limpiar el verdín de la piscina a manguera y cepillo es divertido. Ya hemos hecho los exámenes finales y no hay mucho que hacer en las aulas, así que estos últimos días del año escolar los vamos a pasar en la piscina. A veces, nos bañamos incluso después de cenar. El día se resiste a apagarse, se escuchan ecos lejanos en la quietud de la noche, y el ruido de los niños de sexto, obsesionados con el agua.
En Cintruénigo, el verano trae tormentas eléctricas y disfrutamos de los últimos silencios decimonónicos en los que se escucha fuerte el reloj y apenas rompe el silencio un Madre del amor hermoso dicho sin ganas, mirando la lluvia por la ventana, quizá en casa de la tía María. A veces tenemos una rueda de interrogación en torno a la mesa de la galería. Los pequeños lloran, como siempre, y yo siento ira. No lloro porque es mi manera de plantarle cara. ¡Voy a sacar la zapatilla! ¡A ver quién se lleva un zapatillazo! ¡A la cama calientes! ¡Voy a sacar el cinturón! ¡Os vais a enterar de lo que vale un peine! ¿Qué nueva diablura habríamos hecho? Pero hay cosas que duelen más que los zapatillazos del papá. El Juan y yo hemos decidido convertir las elegantes salas de recibir visitas del segundo piso en cuartillo de fiestas. Nuestra peña es pequeña: los cuatro de la tribu, el Patrick, y mi amigo, el Kike Piñero. Y creo que ni siquiera le hemos puesto nombre. Aunque ahora la llamaría los pirómanos o los desahuciados. O los sin peña, o los sin cuarto. Estamos haciendo acopio de patatas fritas, pepinillos en vinagre, aceitunas, bebidas y cosas así para tener en el cuarto, cuando, un día, invito a mi viejo amigo, el Javier Igea, a que lo vea.
—Pues está bien. Un poco vacío —dice mientras examina las estanterías con los dos botes de pepinillos y aceitunas—. Pero os faltan camas y bebidas. ¿No tenéis vino, o qué?
Pues no. Ni camas, ni alcohol. Así que me lleva a ver su cuartillo, el de la peña de los Bebés, para mostrarme cómo se organiza un cuartillo como Dios manda. El Javi me lleva hasta una casa vieja de la Calle Larga. Entramos por la estrecha puerta. Aquello parece un habitáculo para refugiados de Sodoma, con las ventanas tapadas y colchones en varios niveles separados por cartones. Con toda la naturalidad del mundo, me dice el Javi que son para meter mano a las chavalas. Yo noto como un golpe bajo. Entonces, los cuentos del Ronaldo son ciertos, los chicos de doce años ya meten mano a las chicas. Aquel momento marcó otro hito en lo que fue la pérdida de mi inocencia. Por otra parte, yo sigo obsesionado con aquella chica de las gafas de sol del verano pasado. A ver si la veo y le digo que la quiero. Cada día más, voy a buscar la validación en la mujer. Ese vacío de padre, de aceptación paterna, que siento por dentro, se está haciendo cada vez más grande, y me voy a enamorar de cualquier chica que se ponga a mi lado, buscando llenar ese vacío. Pasarán muchísimos años hasta que por fin comprenda que la única validación que merece la pena es la validación en Cristo.
Otro verano de piscinas, de ir a Jaca a disfrutar de la protección del paraíso, de trabajar con el papá, y de ver nuestras series de televisión favoritas en los bares del pueblo. Este año están dando Érase una vez el hombre, y están repitiendo Pipi Calzaslargas. En las máquinas de los bares se escuchan mucho las canciones de Grease, de Saturday Night Fever, y a la Electric Light Orchestra. La banda sonora de nuestra vida es la banda sonora de películas en las que clanes de jóvenes luchan por imponer su masculinidad. Son hombres recién nacidos que manejan dinero, manejan coches, manejan sexo y se imponen a los demás por la fuerza. Son películas que caen como anillo al dedo en un pueblo que ya está dividido en clanes. Los chicos mayores se visten como los personajes de Grease, con sus pantalones vaqueros, sus chaquetas de cuero negro y sus zapatillas de baloncesto. Los fines de semana de verano, se van a las fiestas de otros pueblos a buscar pelea. En la sala de juegos del Jesusín, ponen Don´t Bring Me Down, Stayin’ Alive y You Are the One that I Want constantemente mientras los machos alfa de mi año fuman Fortuna y se dan morreos con las chicas. Las empalagosas voces de falsete y las melodías infantiles contrastan con las actitudes de hombre duro de los personajes que son nuestro modelo a seguir. En realidad, es una bendición que no me aceptaran en la peña de los Bebés aquel primer día de escuela.
Eso del cuartillo de fiestas era una idea pésima: Sin amigos, sin dinero, sin colchones, sin pancarta y, ahora, sin fiestas porque las hemos pasado en Jaca. A partir de ahora, el papá nos va a llevar de vacaciones por estas fechas todos los años, así que nos vamos a perder las fiestas patronales de septiembre y solo vamos a poder disfrutar de las fiestas de San Juan, que son más cortas.
Un fin de semana, fuimos a visitar el colegio de escolapios de Jaca a donde va a ir el Juan, pero los dos nos llevamos una decepción. El antiguo edificio, que está situado en el casco viejo, se ve oscuro por dentro, y no tiene campos de fútbol ni jardines, como Lekaroz. El dormitorio es muy grande, con pequeños catres, y huele a orina. Siento algo de pena por Juan. No me gusta la injusticia de que él tenga que ir a un colegio peor que el mío. Por otra parte, gustosamente le cedería mi lugar, con tal de estar cerca de los yayos. A Juan no le fue bien en los escolapios. No sé si llegó tan siquiera a terminar el curso. Él nunca me habló del tema, pero creo recordar que sus compañeros eran bastante brutos, como lo eran los de Pío Baroja.
Me sorprende la descripción de Pío Baroja de la Pamplona brutal de finales del siglo diecinueve, con sus peleas constantes en el instituto de secundaria, las batallas a pedradas entre bandas de chicos, el vandalismo de romper los vidrios de las ventanas de las casas a tiros de mano o con tiragoma, y las constantes bromas y gamberradas contra cualquier persona o negocio. También habla de la rebeldía innata del pamplonés, de cómo se burlaban de los que llevaban sombrero en vez de boina, y de los que se vestían bien. Esto me recuerda a lo que narré en el capítulo octavo sobre las peleas de boxeo del patio del antiguo colegio de capuchinos, sobre la mentalidad de clanes del pueblo, con sus peñas cerradas a nuevos miembros, y me hace pensar que mi padre también habría sufrido las burlas y el rechazo de los chicos del pueblo cuando era un niño rico a quien no se le permitía mezclarse con nadie. A veces pienso que una de las razones por las que vuestro abuelo pasó años trabajando en las polvorientas fábricas de alabastro y alabastrina de Cintruénigo fue porque esa era la única manera de ser aceptado como un miembro más del clan. Estoy intentando descubrir el lado bueno de vuestro abuelo y no es fácil. Es cierto que trabajó muchos años, y levantó un negocio manchando sus propias manos. Mucha gente lo admiraba por eso y yo mismo no entendía cómo mi padre no se moría de vergüenza de ir siempre tan sucio y con ese olor tan fuerte a poliéster y disolventes. Pero él pasaba el día entero en la fábrica, tarareando sus canciones de siempre, una casa Portuguesa tengo yo, no me importa su pobreza, una casa portuguesa con certeza, su triki triki de Demis Roussos, o cualquier canción de las que escuchábamos en el coche. ¡Quién nos iba a decir a nosotros que iban a acabar por gustarnos Manzanita y José Luis Perales a fuerza de tanto escucharlos! En definitiva, vuestro abuelo era una persona que no hablaba, y eso hace que fuera siempre como una sombra para nosotros. Si vuestra abuela era un fantasma, él era una sombra, lo que nos hace a nosotros hijos de las tinieblas. Pero hasta las sombras tienen sus buenos momentos. Como ya he mencionado antes, vuestro abuelo siempre nos incluyó en sus negocios y nos enseñó a hacer moldes y figuras. También le gustaba invitarnos a comer por ahí, y llevarnos de viaje. Y los mejores juguetes llegaron de las sombras: el radiocassette, la Razesa, la escopeta de perdigones y, ahora, ha comprado una cometa acrobática y nos lleva a volarla de vez en cuando. Ha pasado mucho tiempo desde que nos llevabas a la cascajera a atrapar culebras, los perros ya han desaparecido, y las cabras, las gallinas y los patos han ido cayendo en el puchero. Sí, has estado ahí. En silencio. Nosotros te hemos visto como a un enemigo, un estorbo que se interponía ante nuestra felicidad. Pero, ¿cómo te veían los demás? ¿Cómo te veía la gente empática? Sin duda, algunas personas se daban cuenta enseguida de tu neurodivergencia y sabían tratarte bien. Pero nosotros, incluída tu mujer, no teníamos ni idea de cómo tener una relación contigo. Tú te quemabas por dentro, tus demonios te acosaban sin parar y, en vez de estar rodeado de personas que consiguieran apaciguar tu sufrimiento, tenías una mujer resentida contigo que no creía en ti, y unos hijos salvajes que te odiaban. Y, sin embargo, tú seguías adelante. Quizá seas digno de admiración, no sé. Lo cierto es que tenías amigos y mucha gente te admiraba seguramente porque entendían tu enorme discapacidad, tus problemas con el alcohol, y el hecho de que hubieses perdido el negocio de los vinos quedando en la más completa ruina. Quizá nosotros, tus hijos, también entendíamos todas estas cosas de manera intuitiva, sin comprenderlas racionalmente, y por eso acabamos por perdonarte todo. Pero antes del perdón quedan muchos años de peleas, depresión y deseos de morir.
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Hoy he ido a la piscina y ahí estabas. Por fin, después de llamarte durante años, tu pelo, tu mirada, tu cuerpo, tu sonrisa de niño. “Look, Felix, look at me!”, me decías antes de hundirte en el agua. Y yo hacía volteretas en el agua y te decía, “now, you try!” Claro que, no eras tú, pero lo eras. No eres Juan, eres Liam, y no tienes diez años, tienes dieciocho. Pero te pegas el día detrás de mí gritando mi nombre, igual que un niño. Eres el nuevo hermano de Johnny y de Francis. Un hermano menor aunque les pasas siete años. Tienes dieciocho, pero te tengo que ajustar el bañador y explicar las cosas despacio para que las entiendas bien. Eres más alto y grande que yo, pero te tengo que cortar las uñas y curar las heridas del fútbol. Y hoy, en la piscina, me has recordado a Juan por vez primera. Bienvenido, Liam. Bienvenida tu sonrisa. Bienvenida tu bondad. Bienvenido a esta historia.
A menudo me pregunto por qué la vida es tan buena, y por qué me has concedido tantos privilegios. Estoy mirando a los pequeños y a Nataly, sentados en el sofá, disfrutando de sus programas de televisión, tranquilos, felices, mientras escribo esto. Los espío, y los acaricio con la mirada mientras los últimos rayos del sol se cuelan por la ventana. Son un tesoro, una alucinación, como Madrid o Lekaroz. ¿Por qué me torturaste de niño y ahora me das todo esto? Gracias al abuso que tuve que aguantar de niño, ahora nada parece real. Ellos están ahí, pero podrían estar a miles de kilómetros de mí, o en otra dimensión, porque la mente de un niño abusado es una mente rota. Pero gracias de todas formas. Ellos son mi alucinación favorita. Y, aunque algún día esta alucinación desaparezca, te estaré agradecido, porque haber experimentado tanta felicidad es un privilegio tan sublime como conocerte a Ti. Y Tú no eres una alucinación. Pero sí eres algo parcial a la hora de decidir a quién concedes tus dones. Si la fe es un don sobrenatural de Dios, el que no tiene fe, ¿ha sido abandonado por Ti? Vuelve tus ojos hacia ella. No la dejes morir como una niña asustada. Ojalá un día pueda decirle “mira, que te mira”, y ella responda, “sí, y yo a Él”.
Y vosotros, ¿qué pensáis de todo esto? Que tengas que pasar el fin de semana con tu padre y su amante, que te abandonen en un coche por la noche, que la presión sexual llegue por todos lados: la música, los chicos mayores, el cine y tus propias hormonas. Es un acoso implacable. Una guerra para la cual nadie te prepara. Por eso, ya os estoy hablando del tema aunque todavía sois pequeños. Las clases de educación sexual en Lekaroz estaban enfocadas sobre el tema biológico únicamente. Y, ahora, las clases que os dan a vosotros ponen el énfasis en el consentimiento, porque el machismo ha llegado a niveles inauditos, al mismo tiempo que el exhibicionismo de Internet está putificando a la juventud, teniendo como resultado más y más abuso sexual. Porque la prostitución es una entrega del cuerpo cambio de dinero y, los jóvenes, de manera similar, entregan imágenes de sus cuerpos a cambio de la validación de una pareja, del grupo, o incluso de su propio ego. Pero nadie os va a hablar de la presión sexual general, ni de la presión de grupo que vais a experimentar como si estuvierais en una especie de competición, del ataque implacable de los medios de comunicación, de las actitudes aceptadas a priori, de la bomba de testosterona que va a invadir vuestros organismos, de la validación que vais a buscar por Internet para vuestros cuerpos desnudos. Ojalá pueda advertiros a tiempo de estos males y podáis al menos atenuar un poco los efectos de la presión social. Como vais a ver en capítulos subsiguientes, a mí nadie me advirtió bien de nada; al revés, porque los curas te advierten sin explicar las cosas, y eso son palabras llevadas por el viento. Así caí en un hedonismo sin sentido que, tras los años, fue convirtiéndose en una saciedad cercana a la saturación que me dejó vacío por dentro. Porque os aseguro que el hedonismo sofoca tu alma hasta que terminas convertido en un títere de carne y hueso, copiando patrones de conducta dictados por el consumismo y la concupiscencia, como un autómata. ¡Que Dios os proteja!
©Félix Chivite Matthews 2018
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