2 - Ligués 44 - 1971

Capítulo 2
Ligués 44

1971 - 4 años de edad


Estoy asomado a la ventana del recuerdo y tú ni siquiera estás. Te he buscado en la casa de los yayos y en el piso de Correos, pero nada. He mirado en la cocina, en la sala de estar, en la calle, y no estás. En un sueño, te he visto encerrada en el baño, llorando. ¿Dónde te escondes, mamá?


Quería que mis recuerdos fueran el único fundamento de esta historia. Pensaba no añadir un sesgo ajeno a este relato con cosas que sé sobre el pasado, cosas que me han contado, cosas que han quedado registradas en fotos o en la memoria de otras personas. Pero quizá sea relevante mencionar que vuestra abuela no recuerda gran cosa de estos primeros años. Y es que le he hecho muchas preguntas. No para informarme, si no para confirmar mis propios recuerdos, las fechas y lugares. Casi nada. Cuatro años prácticamente en blanco. Y ahora pienso en los años maravillosos que nosotros estamos viviendo juntos. ¿Acaso nos vamos a olvidar de estos momentos únicos? Ojalá siempre podáis evocar lo felices que sois ahora. Igual que yo recuerdo lo feliz que era con los yayos o con mis tíos. Pero vuestra abuela no recuerda nada. Es mejor no desenterrar el infierno. Yo, sin embargo, sí me acuerdo de los golpes, los gritos, los sustos en medio de la noche que te cascan el alma como una nuez y te quitan las ganas de vivir.


Pero tú tampoco estás. En ninguno de los sentidos: ni en mi memoria, ni en mi corazón. Tú te lo perdiste. El demonio pudo más que tú, ¿verdad? Te rendiste a él y dejaste que tejiera una tela de mentiras apropiadas en tu mente. Ahora que soy mayor que tú, lo comprendo. Recuerdo tus golpes, pero tu cara no está. Tú nunca estás. ¿En dónde te escondes? ¿Acaso te damos miedo? ¿O te da más miedo el demonio que susurra a tu oído? Dime: ¿Te pide que nos mates? ¿Y cómo acallas sus órdenes? ¿Con alcohol? Estás aterrado, ¿verdad? Pero nosotros somos niños y no sabemos nada de los ángeles oscuros que anidan en las mentes de los mayores, ni del lío insoportable en que se convierte la vida cuando te haces adulto: susurros de demonio, mantras delictivos, falacias que se convierten en tu ley personal. A mi corta edad, no tengo ni idea de leyes demoníacas. Por eso mi juicio es infantil y simple: para mí, tú eres malo. Voy a tener que crecer y pasar por lo que tú has pasado antes de poder comprenderte y perdonarte.


Ahora estoy en la casa de los yayos; en el cuarto de jugar. El sol se cuela entre las persianas y calienta mi espalda. Me quedo mirando los hilitos que bailan dentro de los rayos de luz que acarician los libros, los juguetes, las colecciones de coches, mis figuritas que con tanto cuidado he ordenado en la plaza de toros. Estoy solo. Todo es perfecto. El esmalte brillante de los coches me tiene hipnotizado. Me paso un buen rato mirando un coche amarillo. El color penetra a través de mis ojos, me hace sentir bien por dentro, y se fija en mi memoria. Huele bien aquí. A madera. A limpio. Oigo un portazo afuera, gritos, gente corriendo. De repente, la puerta del cuarto de jugar se abre de golpe y entran tres energúmenos a todo correr. Se persiguen el uno al otro, dan vueltas alrededor de la mesa, agarran los juguetes y se los tiran a la cabeza entre gritos demenciales. Tengo miedo. ¿Me irán a pegar? Los cabezudos que me trajo el papá pasan por encima de mi cabeza y se estrellan contra las repisas. Sin siquiera mirarme, como si yo no existiera, los vándalos salen volando y continúan su brutal carrera por otro lado. En tan solo unos segundos, el cuarto de jugar ha quedado totalmente destrozado. Y mis cabezudos, hechos trizas. El tío Patxi tenía que ser. Todavía no sé expresar lo que siento en estos momentos, pero se llama shock.


Volar. Volar por los aires. No solo los cabezudos vuelan. Estoy en un coche veloz. Juan está conmigo gateando por el suelo. Pasamos del asiento de adelante a la parte trasera y vuelta al asiento delantero. Bandazos. Volar. De repente estamos bajo el cielo. El coche está a unos metros, boca arriba. Dos haces de luz cortan la oscuridad del campo. Mi abuela materna, la mémé, camina en la noche. Tengo miedo. Algo muy malo ha pasado.


Estabas borracho y no viste la curva. ¿O sí la viste? Fue el demonio quien te dijo que nos mataras a todos, ¿no? Un trágico accidente de coche. Tú sabías que no ibas a morir. El crimen perfecto. Una lotería mortal. Pero nadie ha muerto. Juan y yo, hospitalizados. Los demás, nada. Ilesos. Tú, la mamá, la mémé y el Kike. Aunque del Kike no me acuerdo todavía. Sé que él estaba con nosotros porque me lo han contado. Preguntas. Preguntas difíciles. Incómodas. ¿Por qué mi madre y mi abuela aceptaron montarse en el coche con la borrachera enorme que llevabas? Qué fácil es echarte la culpa de todo a ti, cuando ellas ni siquiera intentaron protegernos. Y nadie jamás lo hará, porque nadie se atreve a contradecirte. Cuántas borracheras y cuántos viajes horribles contigo y tu poderoso instinto de autodestrucción. Ojalá nos matemos todos, pensabas cada vez que acelerabas en la noche, ¿verdad?


Quisiera poder ver los momentos anteriores al accidente. Me gustaría saber qué te hace rabiar de esa manera. Hasta el punto de querer acabar con toda tu familia. ¿Estuvimos en un restaurante? ¿Acaso hubo una discusión? Quiero ver tu cara, papá. Pero no veo ni escucho nada. Solo veo a los pequeños Felisito y Juan gateando por el suelo del coche. Luego el campo en la noche. Después veo imágenes borrosas de un hospital. Eso es todo. Pero tengo que tener mucho cuidado cuando paseo por el mundo de los recuerdos. La mente es creativa. Tampoco quiero inventar el pasado.


Eras un privilegiado y, sin embargo, despreciabas todo lo que tenías, incluida la vida misma. Jugabas a pillar con la muerte. Algo te decía que siempre ibas a ganar. Pero tu arrogancia te va a salir muy cara. Ahora la vida te da auténticas razones para sentir rabia, frustración, desesperación. De repente, eres un mendigo.


La casa de los abuelos ha quedado vacía. Todos se han ido. Los yayos, la yaya vieja, los tíos, las mujeres que bailaban conmigo. No hay nadie. Habitaciones vacías. Dormitorios desarmados. Silencios preñados de fantasmas y de malos presagios. Ya no vivimos en el piso de Correos, sino aquí, en la casa vieja de Ligués 44. Pero, sin mis defensores, mi antigua fortaleza es mi nueva prisión. Un cascarón lleno de ecos macabros.


La casa da miedo. ¿Será por eso que salimos tanto al jardín? Somos salvajes y el huerto es nuestro territorio. Ahí estamos ahora enfrascados en un extraño ritual. Nos quitamos la ropa y jugamos a las brujas. Hoy me toca a mí ser bruja y Juan, echado sobre la tierra, es mi víctima. Coloco sobre su cuerpo palos, piedras y tuercas. Un primitivo ritual precursor de muchos otros. La tierra es nuestra y nuestros ritos son nuestra cultura. A veces, las brujas nos persiguen desde el fondo del huerto hasta la puerta de la terraza. Pero la puerta está cerrada por dentro y no puedo refugiarme en la casa. Las brujas se acercan rápido montadas en sus escobas. Estoy arrinconado y no me queda otra opción que luchar contra ellas. Así que las ahuyento a latigazos. Pero esto último es un sueño. Uno de esos que se repiten. El huerto también está maldito. No hay donde refugiarse.


Todavía no voy al colegio, así que paso las mañanas en la galería disfrutando del sol, saltando por los sillones y las camas con el Juan. O leyendo tebeos del revés. O pintando garabatos en los libros y sobre las paredes. Me acabo de resbalar del sillón y he caído de cabeza contra los ladrillos del hogar de la chimenea. ¡Menudo daño! Tenemos un Exín Castillos enorme en la chimenea, que nunca encendemos. Me encanta armar el castillo y poner el fantasma en un torreón; y la bruja en su escoba, prisionera en la otra torre. Esas son mis figuras favoritas. Me quedo mirándolas un buen rato, sintiendo su energía. Están vivas. Igual que mis soldados de plástico. Vivos todos, pero congelados en un momento eterno. Ahora me voy con el Juan a saltar sobre la cama de los papás y a dar volteretas en el aire. Eso sí que es divertido. Damos volteretas hacia delante y hacia atrás y saltos enormes hasta que viene la mamá a decirnos que ya vale, que vamos a romper la cama. El Kike está encerrado en el parque de bebé que tiene barrotes de madera y parece una cárcel. Se pasa el día entero ahí metido, moqueando. ¡Qué aburrido! El Juan y yo nos vamos a explorar la casa. En el baño de abajo, que ya no se usa, hay un cajón lleno de medicamentos y me paso el rato sacando las pastillas de sus botes. Las hay a cientos. Cientos de colores que se me meten por los ojos y me hacen sentir bien. Aunque el baño de abajo da miedo porque hay fantasmas. Los fantasmas están alrededor del lavabo y yo nunca me acerco ahí. Hay muchos fantasmas en esta casa. Yo los siento, aunque nunca los he visto. Solo en sueños. Hay fantasmas escondidos en las paredes de las escaleras que bajan a la entrada. A mí me aterra bajar esas escaleras solo y, cuando estoy con el Juan, le asusto gritando que viene el fantasma. Y subimos a todo correr los dos pisos vacíos, sintiendo las ánimas invisibles, hasta el único piso de la casa que utilizamos. Juan y yo compartimos un dormitorio que está al lado de la galería y, de noche, se escucha la casa crujir. Por el pasillo pasan espíritus. Yo los siento, y el Juan también. Por eso hablamos tanto antes de dormir, para hacernos compañía y ahuyentar el miedo. Pero el papá ladra “¡Niños, a dormir!” Y eso da más miedo que los fantasmas. Así que hablamos en susurros, pero como somos pequeños, alzamos la voz gradualmente, sin darnos cuenta, y otra vez nos cae un ladrido: “¡Félix y Juan, como no os calléis, voy con la zapatilla!” Y otra vez a bajar la voz. Y así hasta que nos vence el sueño. Antes de apagar la luz, nos quedamos un buen rato mirando la bombilla pelada, que lanza rayos de colores en forma de aureola, y comparamos los colores y las formas cambiantes de los rayos de luz. “Mira, Juan, si cierras un poco los ojos, salen más rayos de colores.” Al lado de mi cama hay un enorme armario y ahí también vive un fantasma. Aunque nunca lo he visto, sé que está ahí. Cuando el Juan se queda dormido yo le llamo “Juaaaaan, Juaaaaan”, pero nada: seco. Me escondo debajo de las mantas y paso mucho miedo. Imagino que la mano del fantasma va a tocar mi espalda y siento escalofríos. Entonces me pongo a soñar despierto. Sueño que me voy a vivir con los yayos, sueño que viene la tía Isabel a salvarnos, sueño que puedo proteger a la mamá. Y me quedo dormido en sus brazos que solo me abrazan en sueños.


A la mamá, me la encuentro llorando por la casa. Se esconde en la despensa y me acerco a ella. Le pregunto: “Mamá, ¿por qué lloras?” Como si no lo supiera de sobra. Pero solo tengo tres años y no se me ocurre qué otra cosa decir. Mamá, no llores. Mamá, no llores. Mamá, no llores. Ella está llorando en la despensa por toda la eternidad. Y siento que se me rompe el pecho. Algo adentro se parte en dos. Me gustaría darle un abrazo y consolarla, pero ella no es de abrazos. Así que me quedo ahí, como un pasmarote, mirándola, diciéndole que no llore. Y mi estómago se cae al suelo y quiero desaparecer. Morir.


Sé que te sientes solo. Impotente. Desesperado. Pero yo estoy aquí contigo. Un día serás mayor y podrás irte de casa. Vas a ser muy feliz, te lo aseguro. Y no te sientas mal por no poder proteger a la mamá. Solo eres un niño de tres años. Nada puedes hacer salvo estar a su lado. Tú siempre vas a estar a su lado. Eres su ángel de la guarda.


La vida se convierte en una rutina de saltos en las camas, Exín Castillos, explorar la casa, salir corriendo perseguidos por fantasmas, cazar bichos por el jardín y consolar a mi madre. Hasta que llega la tía Isabel cargada de regalos, besos y abrazos. Tía Isabel, ¿por qué te has ido? Tía Isabel, ¿por qué no te quedas a vivir con nosotros? Tía Isabel, ¿por qué no nos llevas a Madrid? Cuando crezcas, me voy a casar contigo, me dice. Y soy feliz, porque no puede haber cosa mejor que vivir con la tía Isabel. Mírame a los ojos, me dice, ¿ves mis ojos de cocodrilo? Y yo me pierdo en los ojos de esa persona a quien amo con locura. La tía Isabel se queda unos días y nos lleva al cine y a comprar chucherías. Por la tarde hacemos una meriendilla. El Juan y yo trepamos por la tía Isabel y nos sentamos en su regazo a disfrutar de las golosinas. La tía saca una botella de gaseosa. La agita y dice “mirad ahora, atención”. Abre la botella y la gaseosa sale a chorro poniéndonos a todos perdidos. El Juan y yo estamos que nos partimos de risa. Ojalá nunca se vaya la tía Isabel.


Pero todo lo bueno acaba y la tía se va y llega el hambre. Estoy paseando por la casa vieja, buscando recuerdos. Paseo por toda la casa. Veo cada habitación con todo detalle. El papel pintado, los muebles, los olores, los sitios donde nunca voy porque hay fantasmas, la basura que se va acumulando por los rincones. Estoy intentando ver a Felisito, a Juan, a Enrique, a mi madre, a mi padre. En la cocina me encuentro con Felisito. Me meto en la despensa y abro la puerta del frigorífico y me quedo mirando un buen rato a ver qué hay de comer. Nada. Luego abro todos los armarios por enésima vez. Me meto un poco de arroz crudo en la boca para masticar algo. Me quedo un rato olisqueando unas antiguas tinajas de aceite. Regreso a la cocina y abro todos los armarios, uno por uno. Pero no hay nada de comer, solo platos, sartenes, cachivaches de cocina antiguos, molinillos de mano, batidoras, coladores, embudos. Ahora agarro una silla para subirme a los armarios más altos. Pero solo encuentro harina y azúcar. Me como una cucharada de azúcar. Es un asco, pero peor es el arroz crudo. Ahora descubro una bolsa con pan rallado y me tomo una cucharada. Pero el pan rallado sabe rancio y tengo que tomar otra cucharada de azúcar para quitarme el mal sabor. ¿Cuándo llegará la hora de cenar? ¿Dónde estará la mamá? La llamo a gritos por toda la casa. El Juan y el Kike están solos en la galería. Bajo al segundo piso y sigo llamándola. Pero nada. ¿Por qué nos deja solos? Salgo a la terraza. La mamá está en la lavandería gritándole a la lavadora cosas horribles. Jesus Christ! Blast you! El Juan ha bajado y está detrás mío. Nos quedamos los dos sorprendidos de ver a la mamá de tan mal humor. Tengo miedo y me siento mal porque no puedo ni ayudarla ni entender lo que está diciendo.


Al menos tú sí estás de buen humor. Y mira que eso es raro. Estamos reunidos a la mesa y tenemos que decidir el nombre del hermano o hermana que está dentro de la mamá. “Rufino, dices tú. O Saltamontes. El pequeño Saltamontes”. Y el Juan y yo nos animamos emocionados a sugerir nombres chistosos: ¡Renacuajo, Hormiga, Cortachichas! “¿Y si es niña? Preguntas ¡Lagartija!” Qué divertido eres a veces. Ahora te pedimos que nos cuentes un cuento. Y nos cuentas el cuento de La mujer del pescador: “Tararira Ondino, Tararira Ondino, hermoso pescado, pequeño vecino, mi pobre Isabel grita y se enfurece, es preciso darle lo que se merece”. Ese no me gusta, porque, según lo cuentas tú, la avariciosa y mala mujer del pescador siempre es la mamá. Y la mamá no es mala ni avariciosa. Y luego nos cuentas el de las asaduras: “María, ¡devuélveme las asaduras que me quitaste de la sepultura!” Y el Juan y yo nos morimos de miedo, pensando en el muerto que sube por las escaleras a recuperar sus tripas. Ahora tocas por debajo de la mesa: “¿Escucháis los pasos del muerto? ¡Ya está en el segundo piso!” Entonces yo miro por encima de mi hombro, aterrorizado. Tras los cristales negros de las ventanas hay ojos que me miran. Y es que tus cuentos son siempre espeluznantes.


Os dije que esta era una historia llena de magia y amor, pero no lo parece, ¿verdad? Paciencia. Ya fue mi cumpleaños y mi padrino Richie me regaló un juego de carpintería que me encanta. Pero eso no es lo que quería contaros. También llegó el frío a congelarme el alma, como todos los inviernos. Y estamos más solos que nunca desde que los yayos y toda su corte abandonaron el pueblo. Y, sin embargo, hoy es el mejor día de mi vida. Hoy mi corazón revienta de amor porque he visto a la chica más guapa y dulce del mundo. Ha venido del hospital envuelta en paños blancos y nos ha dicho la mamá: “Mira, es vuestra hermana Inés”. Estoy totalmente enamorado. Creo que nunca he sido tan feliz. He cargado a mi hermana en brazos como a una muñequita preciosa, un tesoro. Un instinto primitivo se ha apoderado de mí y le he dicho al Juan: “Es mía”. Y es que me aferré a vuestra tía como un náufrago que se agarra a un madero flotante en medio del mar. Con sólo cuatro años, estaba tan deprimido y me sentía tan desamparado que ella prácticamente me salvó la vida. Años después, la tía Inés me confesó que yo había sido como un padre para ella. Pero lo que nunca le he contado es que, sin ella, yo hubiera seguido cayendo más y más hondo en la depresión. Ella fue mi luz en la oscuridad, mi ángel de la guarda, durante esos años cruciales en los que uno es absolutamente vulnerable. Cuidar de ella llenó mi vida de propósito y me ayudó a olvidarme un poco de los golpes. Y pensar que, si el mundo fuera perfecto, ella no hubiera nacido. Pero ella nació. Y llegó a vivir a una casa vacía, sin canciones ni gente amable, salvo tres pequeños salvajes: el Juan, el Kike y el Felisito. Su tribu.


•••


Todos queremos que el Mundo sea perfecto, pero si no hubiera sido por la segunda guerra mundial, mis abuelos no se habrían conocido y mi madre no habría nacido. Si el Mundo fuera perfecto, mi padre habría sido un niño bueno y nunca me hubiera engendrado con el único propósito de casarse con mi madre. Si el Mundo fuera perfecto, mi madre me habría sacado de ese infierno a la primera señal de peligro y mis hermanos no existirían. Si el mundo fuera perfecto, el Mundo no existiría y vosotros tampoco. Es increíble pensar que seáis el producto de una cadena de eventos crueles. ¿Creéis que podáis escapar al destino: ser perfectos, felices y nunca herir a nadie? Preguntas imposibles. Ironías macabras. Vida de golpes y llanto. Ojalá este libro al menos os ayude a estar preparados para la vida. Este libro y nuestras oraciones.

©Félix Chivite Matthews 2018


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