Capítulo 18
El Tren
Septiembre 1982 - Septiembre 1983
Quince años de edad.
Redactado: enero 2022 - junio 2022
Nuestro nuevo dormitorio no es tan terrorífico como el de la casa vieja, y nosotros ya no somos tan niños como para estar asustados por la noche. Aquí escuchamos música juntos, leemos juntos y soñamos juntos. La mayoría de nuestros sueños son de niño-hombre: comprar un equipo de alta fidelidad, construir un avión que vuele de una vez, o irnos a vivir a Inglaterra. Otros sueños no son tan inocentes:
—Deberíamos hacerle el vudú de nuevo. O un mal de ojo…
—No sé, me da un poco de miedo. Además, con todo lo que bebe, no creo que le queden muchos años de vida. Eso si no se mata antes con el coche.
—¡Yo lo mataría con mis propias manos!
—¿Y qué iba a decir la familia?
—¿Y si le metemos algo en el whisky?
—Eso sí estaría bien. Pero, ¿qué?
—Le podríamos meter algo terrorífico debajo de la cama.
—Sí, pero no sé qué. ¿Por qué no vamos a su cuarto a ver qué tiene ahí?
Juan y yo miramos debajo de su cama y, en efecto, encontramos dos platillos con sal que había puesto ahí el papá para ahuyentar a los malos espíritus.
—¿Y si le cambiamos la sal por azúcar?
—Puede ser… O le podríamos echar unas gotas de sangre en la sal. ¡Menudo susto se iba a llevar!
—Yo creo que ni se acuerda de que ha puesto sal debajo de la cama.
—A ver, mira —le digo a Juan—, aquí tiene unas cápsulas. Si pudiéramos encontrar un veneno potente, podríamos rellenar las cápsulas…
—Sí, pero de dónde sacamos el veneno…
Este año he leído Crimen y castigo, de Dostoievski y Las Uvas de la ira, de Steinbeck, recomendados por mi madre. Me dijo que ella, a mi edad, ya leía libros serios. Leer a Dostoievski ha sido como abrir una puerta a un mundo nuevo, otro nivel literario del que no tenía conocimiento, como uno que anda toda la vida en burro y, de repente, viaja en avión. Cuando leí Crimen y castigo no me di cuenta, pero ahora veo que Juan y yo éramos unos Raskolnikov en ciernes. El antihéroe de Dostoievski está aquejado de una enajenación mental, una alienación, que le hace perder el contacto con la realidad y, mientras está afectado de este síndrome, idea un crimen que es solo una fantasía, como nuestro sueño de matar a nuestro padre. No obstante, una vez perdida la conexión con el colectivo, las normas morales o de comportamiento cívico dejan de restringir el comportamiento de Raskolnikov, a pesar de lo cual, su fantasía no deja de ser eso, ficción, hasta que, por puro azar, se le presenta la oportunidad de cometer el crimen perfecto.
En efecto, al menos yo (y creo que Juan también), estoy perdiendo el contacto con la realidad. Los años de embrutecimiento nos han quitado la autoestima, facilitando un proceso de alienación antisocial, y nos han dejado vulnerables a todo tipo de abuso. Por otra parte, yo le he dado la espalda a mi mejor amigo porque es un estorbo para mis planes hedonistas. Por si fuera poco, ya tengo edad suficiente como para darme cuenta de las cosas y las noticias de la televisión me deprimen sobremanera. Estamos en plena Guerra Fría y, a juzgar por los telediarios, la tercera guerra mundial está al caer. Es curioso que, después de cuarenta años, la pesadilla de la Guerra Fría se haya hecho realidad. Es como si esta carta estuviera maldita: no solo me ha hecho perder mi “máscara de la felicidad”, que me protegía de cualquier contratiempo, sino que me he sumergido en un proceso de posesión en el que personas muertas invaden mi mente. Y, ahora, el pasado regresa en su aspecto más negativo y amenazador: la posibilidad de una guerra nuclear. Pero ahora estamos en 1982; las noticias de las hambrunas en África y todos los demás desastres que aquejan a nuestro mundo son un auténtico bombardeo de negatividad y yo me pregunto si merece la pena vivir en un mundo tan podrido.
Por otra parte, Steinbeck logra su objetivo de “hacer todo lo posible por destrozar los nervios del lector”. Leer Las uvas de la ira es sumergirse en una pesadilla estando despierto. Cuando soñamos, el despertar nos proporciona una salida, pero con Steinbeck, no hay escapatoria. Tal y como ocurre con Crimen y castigo, todavía era un poco joven como para leerlo de una manera crítica y no vi los paralelismos con mi propia vida; pero ahora me doy cuenta de que la matriz narrativa de Las uvas de la ira concuerda con algunos aspectos de nuestra historia familiar: los bancos se quedan con las fincas de los protagonistas; los personajes pierden su casa, pierden la fe, pasan hambre, y se embarcan en un éxodo en el que la muerte, el hambre y la injusticia no hacen más que agravarse. Nosotros no protagonizamos un éxodo como tal, pero sí sufrimos desahucios, hambre, injusticia y muerte. Nuestro éxodo no es un viaje físico, sino un periplo por esa catástrofe del abandono y la obcecación. Una pesadilla que no tiene despertar y que, poco a poco, se va a ir convirtiendo en un sitio tan negro que la única salida posible va a ser el suicidio.
Mi querido Bécquer duerme en una estantería, con sus preciosas leyendas y esas poesías que yo leía una y otra vez y que intentaba imitar torpemente. Lope de Vega acumula polvo mientras La Celestina sonríe a su lado: sus personajes han dado la espalda a Dios y se dejan llevar por una concupiscencia que desembocará en su destrucción y muerte. ¡Estamos avisados! El hedonismo viene armado con toda una estructura cultural: el cine, la pornografía, la celebración de la comida y el buen vino, y su propia banda sonora. En el pueblo hay una auténtica obsesión con Leño, Obús, Barón Rojo y Ramoncín. “Litros de alcohol corren por mis venas, mujer, no tengo problemas de amor, lo que me pasa es que estoy loco por privar”. Hormigón, mujeres y alcohol es un himno a una adicción que poco a poco va a reemplazar a la lujuria. “No necesito más de tí, ya no me puedes engañar, he cambiado tu colchón, por una botella de Champán”. Si bien las grandes obras de la literatura hablan del ser humano en general, la movida habla directamente sobre nosotros. En la radio y la televisión están empezando a poner programas que reflejan nuestros gustos e intereses. Un sábado por la mañana llega de la radio de la cocina una música entre brutal y sofisticada, una especie de punk con un bajo que parece una ametralladora. Salgo del cuarto de clases de la mamá, donde estaba haciendo algún experimento, y voy corriendo a la cocina: son los Ilegales. En este momento, soy consciente por vez primera de que hay algo más grande que mi tribu, y más grande que los clanes del pueblo, y siento la emoción futura de formar parte de ese algo misterioso que suena tan bien. Todavía no sé lo que es la movida, pero intuyo que se está formando un gran movimiento que tiene que ver con la música que nos gusta a los jóvenes, con la juerga, la droga, y que me llama con un magnetismo hipnotizador.
Leño habla de un tren que tienes que dominar, una promesa de alucinaciones, de viajes a otras dimensiones, pero solo si logras controlarlo. Sin embargo, para la mayoría de nosotros, eso del control es algo inalcanzable: nuestro tren nos lleva al campo de concentración del atiborramiento, del vómito, de la pérdida del conocimiento. Nosotros no somos gente razonable que busque divertirse un rato, o experimentar con la droga por un tiempo y de manera controlada, somos dementes desquiciados en busca de la anulación de la conciencia, porque la realidad es una mierda. No cabe duda de que me he montado en un tren junto a miles de jóvenes, un tren que nos lleva a un destino incierto. Cada uno se bajará en una estación distinta: la cárcel, la muerte, la liberación. Muchos volverán a subir a él una y otra vez, como en una pesadilla repetitiva, sin saber cuál será su siguiente parada; y todavía hoy siguen ahí, en ese ferrocarril de juguete, esa dimensión estanca, esa burbuja de estupefacientes y muerte.
Johnny Rotten canta “there is no future for you'', refiriéndose a la monarquía Inglesa, pero todos nos sentimos identificados con esa frase tan fuerte. De alguna manera, ese lema del punk se nos ha grabado a fuego en la mente: “There is no future”. Se trata de una narrativa punk implantada dentro de una más grande, la movida; que se encuentra dentro de el pop-rock; que se sitúa dentro de una aún mayor, el materialismo; que, a su vez, se inserta dentro del ateísmo, como en un macabro juego de matrioskas rusas. La muñequita interior, la narrativa central, es la carencia de autoestima que desemboca en la vulnerabilidad y las tendencias suicidas del individuo; en este caso, yo mismo.
Al final del verano me encuentro en un estado de fragmentación mental: el niño bueno y obediente, el que aprueba con buena nota, el nieto cariñoso, el que se enamora de todas las chicas que ve por ahí, el que dice que sí para que lo dejen en paz y luego hace lo contrario, el que se obsesiona con la idea de probar las drogas, el esclavo que trabaja en vacaciones y los fines de semana, el que se hunde en momentos negros, el que sufre de una intensa frustración al no poder hacer su propia vida, el punk incipiente, el buen hermano, el hijito de mamá, el apóstata, el parricida de pensamiento. Todo este lío tengo en la cabeza el primer día de clase en el colegio de jesuitas de Tudela. He llegado tarde y mis nuevos compañeros están sentados en sus pupitres escuchando la lección de matemáticas. La profesora me indica que me siente en mi pupitre mientras llena la pizarra de fórmulas y yo no sé qué se supone que deba hacer. Tampoco a ella se le ocurre que podría estar yo un poco perdido en mi primer día. Ni caso, como si no existiera. Como ya os he contado, el año pasado no aprendí nada de matemáticas, así que en esta primera clase, así como en el resto del año, no me entero de nada. Por si fuera poco, el nivel académico en este colegio es más alto, así que estoy jodido por doble partida y no va a haber manera de recuperar el terreno perdido; la asignatura de física y química me parece chino y este año empezamos con el latín, que no me interesa nada en absoluto.
Los tiempos salvajes de Pío Baroja han quedado atrás, al menos en este colegio. Aquí no hay peleas a pedradas, ni vandalismo. Mis compañeros de colegio parecen de lo más tranquilo, pero no conozco a nadie y me siento raro. No sé lo que me está pasando. Tengo una tonadilla en la cabeza y no puedo pararla; es como si tuviera un disco rallado dentro. Aquí nadie me habla. Me deslizo por los pasillos y patios del colegio como un zombi. Voy a la tienda a comprar galletas o cualquier otra cosa para matar el hambre. Me enciendo un cigarro. La tonadilla no para. Es como si estuviera rodeado de espías mudos: todos pasan a mi lado y yo no conozco a nadie. Ya llevo varios días así. De repente, alguien me toca el hombro.
—¿Qué tal, Félix?
—¡Hombre, José Manuel! ¿Qué tal?
Mi amigo de la infancia vino a rescatarme de la psicosis que estaba erosionando mi cerebro como una especie de demencia precoz. Yo nunca se lo he dicho, pero creo que pocas veces he estado tan agradecido y endeudado con alguien. José Manuel fue una estrella en un mar negro. Por fin pude respirar y dejar de dar vueltas al ruido de mi cerebro. José Manuel estaba en otro grupo de segundo de BUP, por eso no lo había visto antes. Me presentó a un par de amigos suyos de la Ribera, el Gascón y el Jacue. De repente, tenía con quien hablar en los recreos. Y no era solo hablar, éramos un cuarteto de chistes y risas. Prácticamente era una competición a ver quién decía la parida más graciosa. Cualquiera que nos hubiera visto, habría contemplado a cuatro chavales tronchándose de risa, apretando las abdominales y dándose golpes en el hombro. Esos momentos que pasé con ellos me recuerdan a mis últimos días en Lekaroz cantando canciones por los rincones con Serrano y los demás muchachos. Son momentos de paz e inocencia antes de la militancia en la movida, cuando me sumergiré en un mundo de droga, alcohol, comportamientos antisociales, y caos.
Curiosamente, el José Manuel todavía era amigo del Jesusín, mi otro amigo de la infancia que ya he mencionado en capítulos anteriores, así que, de alguna manera, pude recuperar mi pertenencia a nuestra pequeña tribu. Todos esos momentos preciosos del pasado jugando a polis y cacos, a indios y vaqueros, dando vueltas en bici por el pueblo, vuelven como una caricia en la cara. Como ya os he contado, el Jesusín había sido una especie de líder de la peña de los Bebés, pero, en el tiempo que estoy narrando, ya ha sido expulsado, como era de esperar. El Jesusín me dijo que, desde que había formado parte de los Bebés, había llevado un diario, y que, un día, lo iba a publicar. No hacía falta explicar los contenidos de ese diario porque todos los conocíamos por referencias y chismes. El caso es que los Bebés, que no eran tales, llevaban años metiéndose en todo tipo de líos. Estoy seguro de que el Jesusín jamás publicará ese diario porque, si es verdad lo que se cuenta sobre los Bebés, sus contenidos harían perder el sueño a más de uno. Hay personas que no se explican cómo todo un pueblo pudo ponerse una venda sobre los ojos y dejar que los nazis aniquilaran a millones de personas en los campos de concentración, pero cerrar los ojos ante los delitos más flagrantes es algo que ocurre en nuestro entorno más inmediato. En concreto, ocurre en las relaciones de dependencia y subyugación de los cuartillos de fiestas de los pueblos. Pero nosotros nos habíamos librado de todos esos problemas de los clanes ancestrales. Nosotros éramos libres. No teníamos líderes. Ni novias que proteger. Nosotros éramos el trío fantástico de antes.
¿Y Juan? ¿Qué es de Juan mientras yo recupero a mis buenos amigos de la infancia? Juan había repetido sexto de primaria, así que todavía está en la odiosa escuela del pueblo cursando octavo de EGB. ¿Cómo te sientes, hermano, cuando yo estoy en segundo de BUP, y tú todavía en primaria? Yo he conseguido dejar Lekaroz antes de destrozar mi buena reputación por completo y, ahora, estoy en los jesuitas de Tudela, ¿y tú? Tú te has quedado atrás. ¿Qué te pasa, Juan? Tú eres tan inteligente como yo, si no más. ¿Qué te pasa que no puedes con tus asignaturas? ¿Acaso estés más destrozado que yo? ¿Acaso mi depresión y mi disgregación mental sean increíblemente leves en comparación con lo que tú estás sufriendo? Al menos, me tienes a mí, al Kike y a la Nena. Seguimos siendo una tribu. Y la mamá también es de nuestra tribu. Aunque nos haya traicionado, ella ha regresado un poco y es menos fantasma, más amiga, más cómplice. Por las tardes, nos juntamos todos en casa y nos dedicamos a nuestros juegos y nuestros experimentos, nuestras lecturas y nuestras gamberradas y, a veces, la mamá nos hace un chocolate espesito o unas natillas instantáneas. Por ahí aparecen amigos tuyos de la escuela, o amigos del Kike a pasar un rato. El que nunca falta es Patrick, que ya es uno más de la familia. En los años ochenta, la gente aparece por tu casa sin avisar. Lo mismo puede ser un amigo del colegio que un pariente. El tío Rafa sigue trayéndonos liebres y perdices y, el tío Alberto suele venir a hablar con la mamá y el papá, porque es el único que parece estar intentando ayudarnos. Claro que todos están intentando ayudarnos, pero a él se le ve más por aquí. Los dos tíos se han casado y tienen hijos, así que también pasamos buenos ratos jugando con nuestros primos pequeños. Cuando leáis esta carta os daréis cuenta de que las vidas de vuestro padre y tíos eran casi perfectas: éramos una tribu, no como vosotros, que solo sois dos; toda una serie de personajes interesantes entraban y salían de nuestra casa constantemente; el pueblo era un parque de aventuras; y teníamos nuestras vacaciones en Jaca y el camping familiar en las playas del Mediterráneo. Sin embargo, las cosas estaban muy mal.
Por si fuera poco pertenecer a una familia disfuncional, yo mismo estoy pasando por algo que no entiendo muy bien. Mi obsesión con el tema de la droga no es nada normal. Ni siquiera he probado ninguna droga, pero no hago más que pensar en el tema. ¿Qué será eso del “viaje”? ¿Qué ve uno cuando alucina? ¿Será cierto lo que dicen de la heroína que te engancha desde el primer pico? Sin embargo, para mí la droga no iba a ser un fin en sí mismo, sino una seña de identidad y de pertenencia a un grupo, junto con la música, la moda, y una ideología antisocial. El verano pasado había ido a un par de discotecas, como ya os he contado, y ahora me moría de curiosidad por ir a la discoteca del pueblo, la Saysa, que se ponía a tope los fines de semana. Un sábado, sin más preámbulos, les dije a mis padres “me voy a la Saysa”. Aunque no tenía mucha experiencia, sabía que con tres cubatas me ponía como un cohete: la timidez desaparecía rápido y, después del segundo cubata, ya no había quien me parase los pies. La adolescencia es una droga dura en sí misma y, si a eso le añadimos un poco de ginebra, la mezcla es verdaderamente explosiva. Por aquellos tiempos, el papá bebía Gordons con Coca-cola, así que eso es lo que yo pedía, aunque era algo asqueroso que ni siquiera puede denominarse propiamente como “cubata”.
Lo de ir a la Saysa los sábados pronto se convirtió en una costumbre semanal y, lo curioso es que iba sin Juan y sin ningún otro amigo del pueblo, lo cual es un comportamiento que no logro explicar. Solamente decía que me iba y desaparecía por la puerta. Es posible que no quisiera arrastrar a Juan a ese sitio oscuro de mi alma. De alguna manera, yo buscaba mi propia autodestrucción. Quizá no de una manera consciente, pero estaba abocado al caos, y no quería que mi hermano me siguiera.
A la Saysa se accede por un pasillo que da a una gran sala de baile rectangular a desnivel a la que se desciende por unos escalones. En su parte superior, esta especie de piscina de baile, tiene un escenario, una larga barra en el otro extremo, y asientos y mesas a ambos lados. Entrar aquí es como entrar a una cueva oscura. Yo siempre me dirijo directamente a la barra y me pido un cubata de Gordons y un paquete de Winston. A estas horas, todavía no hay mucha gente, pero se va llenando poco a poco. Para cuando me pido mi segundo cubata, ya la sala se va llenando de gente que viene de los bares y los cuartillos. Los lobos se sientan siempre en los mismos rincones, en manada, con sus hembras. Están los Bebés y otros grupos de chicos algo mayores que nosotros, todos vestidos de uniforme al estilo de Grease, con sus zapatillas de baloncesto, los pantalones vaqueros, una camiseta blanca y una chupa de cuero. La verdad es que nunca se les ve felices. Nunca sonríen. Se sientan ahí en su nube de humo, protegiendo su territorio. Tampoco bailan, porque eso de bailar es más bien cosa de chicas y de tarados como yo.
El pinchadiscos de la Saysa pone música de todos los colores. A principios de los ochenta, todavía se escucha bastante música disco tipo Donner Summer, Bonnie M., los Gibson Brothers, los Bee Gees o Michael Jackson, mezclada con Miguel Ríos, Leño, Barón Rojo, o Mecano, y rock tipo Bonnie Tyler, Kim Carnes, o incluso los Ramones. La Saysa ya está a tope y para pedir en la barra hay que abrirse camino empujando a la gente. Voy a por mi tercer cubalibre de asquerosa ginebra cuando una voz familiar me dice “¿Qué te tomas, Félix?” Es el Claudio Silva, que está con unos amigos.
—Un cubata de Gordons.
—¡Joder, cómo te pones! ¡A ver si te vas a emborrachar!
—¡Cuanto más borracho, mejor!
—¡Habrás salido a tu padre!
—En algo tenía que parecerme a él…
Normalmente, no habría entablado mucha conversación con el Claudio, pero con unos cubatas encima, mi timidez desaparece y soy propenso a decir bastantes tonterías. Come on Ayleen está sonando y casi no me da tiempo de terminarme mi ginebra con Coca-cola, mis pies se van solos y cuando llego a la pista soy un pájaro que vuela libre. Hey ho, let's go! A continuación ponen Qué será mi vida, seguido de Dolce Vita de Ryan Paris, y con semejante música tan buena, no hay quien pare de bailar. El alcohol y la cafeína hacen que sienta un leve mareo, la música suena mejor, y mi nivel de energía está por la estratosfera. ¡Esto es vida! Estoy a punto de pedirme mi cuarto trago, cuando hay un cambio en el estilo musical, es Jan Michelle Jarre con sus sintetizadores de Oxygene. ¡Así no hay quien deje la pista de baile! Las frecuencias musicales se meten en mis huesos produciendo escalofríos eléctricos.
Por fin consigo mi cuarto trago cuando empieza a sonar Depeche Mode. Esto es demasiado bueno como para dejarlo pasar. Como la misma canción dice, I just can't get enough, y me lanzo a la pista como un demente poseído por la música. Pero no soy el único lobo solitario. Hay una chica bailando sola en la pista. Es la hermana de la Mari Carmen, mi compañera de primaria que tanto admiraba yo por su rebeldía y descaro con los profesores. Pero, si yo soy un pajarillo que vuela impulsado por el alcohol y las brisas electrónicas, ella es un imponente cóndor. Se nota que ha visto los vídeos musicales de Bowie y de Tears for Fears y reproduce perfectamente esos movimientos característicos de la New Wave, una mezcla entre el balanceo de los juncos en el río y las danzas de verano del sur de Japón. Ella baila mirando al suelo porque no quiere que nadie la moleste. Ella también está poseída por Depeche Mode, por Yazoo, por Soft Cell, por OMD y por Ultravox. Ahora abre los brazos como una sacerdotisa ante un gran sacrificio de ritmo, alcohol y tabaco. Es obvio que tengo que mejorar mis técnicas de baile si quiero llegar a su nivel, pero ahora mismo hay otro asunto que capta mi atención. Han bajado a la pista unas chicas con las que me había sentado, o más bien, a las que me había pegado, y me pongo a bailar con ellas. Una de ellas me gusta mucho. Ahora ponen Souvenir de OMD y me pego a ella. Sin embargo, ya estoy demasiado borracho y comienzo a perder la coordinación. Nos sentamos un rato y le doy un beso, o ella me da un beso, o nos damos un beso… No lo recuerdo bien. Pero recuerdo que se llamaba Julia y que cuando volví a verla de nuevo, días después, no sabía bien cómo relacionarme con ella, en parte porque dudaba de que el beso hubiera sido real. Hablamos un rato y me dijo que se iba a vivir a Madrid y que ya no nos veríamos más.
Esas juergas de la Saysa estaban bastante bien. Yo me divertía como un crío. A veces hasta ponían un poco de música punk. Se escuchaban a los Ramones y a Polanski y el ardor con su canción profética: “¿Qué harías tú en un ataque preventivo de la URSS?”, y yo pegaba saltos de pogo como un desesperado. Para anunciar el fin del baile, solían poner un medley de “rock and twist party” y encendían las luces. Entonces se veía el mar de basura, vasos, botellas, y colillas de cigarro en el que habíamos estado bailando. En el pasillo de entrada se congregaba la gente, que se caía de la borrachera. Entre ellos, solía encontrarme con el Pecherón, que no se tenía en pie y a quien hacían burla los demás borrachos. Más de una vez tuve que defenderle y acompañarle a su casa, aunque, a veces, estaba con mal vino y se ponía a dar golpes al aire, como un Don Quijote peleando contra los molinos de viento, y me veía obligado a dejarlo solo con los burlones. A lo mejor me recordaba a mi propio padre cuando llegaba a casa demasiado pasado de copas y no podía ni tenerse en pie. Recuerdo perfectamente ese aliento alcohólico, como el de mi padre; esa mirada desenfocada; y ese balbuceo incomprensible.
En la Saysa también había conciertos de grupos famosos. Vinieron Leño, Ramoncín, Mecano y muchos otros. Yo fui a un par, pero debido a mi afición al alcohol, no recuerdo bien a quién vi; solo recuerdo que me lo pasé muy bien. Lo cierto es que no fui a tantos como hubiera querido ir porque, por una razón o por otra, siempre tenía algún viaje a Jaca a ver a los yayos, o al Mediterráneo de camping, o de negocios con el papá. Incluso me perdí un concierto no sé si de Ramoncín o de Mecano por ir a ver a Juan Pablo II, que había venido a Javier y el colegio nos había organizado un viaje en autobús. Me parece curioso que aceptara ir ya que de mi fe en Dios no quedaba ni gota. Creo que fui porque mi amigo el José Manuel también iba. Recuerdo las multitudes que invadían las explanadas como una capa y ver pasar a Juan Pablo II en su papamóvil saludando a la gente amablemente. ¡Ese sí que era una estrella! Sin embargo, ni siquiera la presencia de un santo me hizo reflexionar sobre mi relación con Cristo. Pero, es que tener una relación con Dios es un privilegio y un lujo que no muchos saben disfrutar.
Hoy no habéis querido venir a misa. Me he visto solo en esa catedral enorme. Solo y echandoos de menos. No he podido concentrarme bien en la homilía. Había dos cosas que me preocupaban: vuestra alma y entender la manera de enseñaros el camino. Porque sé que obligaros a venir a misa no es lo correcto; tiene que salir de vosotros. En este relato he sido el yo niño, he sido mi hermano y he sido mi padre. Ahora, sin que me lo esperase para nada, soy mi abuela, la yaya. Ella está sola en misa, apesadumbrada, porque sus hijos le han dado la espalda a Dios. Se echa la culpa y le pide perdón a Dios. Le pide a Jesús y a la Virgen María que le enseñen el camino. Y la respuesta no se hace esperar: “Paciencia. Yo no les daré la espalda aunque ellos me hayan abandonado. Predica con el ejemplo, un ejemplo de amor a Mí y amor a los demás. No juzgues, solo Yo puedo juzgar. No castigues, ellos mismos ya tienen su castigo”. En efecto, mi abuela jamás juzgó a nadie y jamás amenazó con abandonar a nadie, aunque nos lo mereciéramos. Ella siempre estuvo ahí, con los brazos abiertos, imitando a ese Jesús que abraza a los pecadores, que perdona, que ama.
Pero yo no soy mi abuela, ni soy Jesús, así que me siento abandonado, resentido y pequeño. Sin embargo, la yaya está en mi cabeza. Después de veinticinco años, por fin me hablas. Justo cuando más lo necesitaba, has venido a decirme algo muy importante: que no estoy abandonado; que no puedo estar resentido con nadie; que tengo que levantarme y convertirme en un gigante que predica con el ejemplo. Que ellos me vean y recuerden siempre ese ejemplo, como yo recuerdo el tuyo. Porque tú sembraste esa semilla de amor que ahora intento pasar a mis hijos. Tu amor está basado en el de San Pablo: “El amor es paciente y servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta; el amor nunca pasará”. En efecto, yaya, el amor nunca pasa. Tú siempre has sido una presencia en mi mente y en mi corazón. Y eso no es casual; ni es solo porque seas mi abuela, mi sangre, sino porque tu amor está modelado al estilo de San Pablo. Y ahora me dices que yo debo seguir tu ejemplo. Yo debo plantar esa semilla en el corazón de mis hijos y esperar a que germine, que se convierta en un amor con fundamento. Y así, nos unimos todos en una cadena de amor. Un amor que emana de ti, y de tu madre, y de todos nuestros antepasados, y que llega hasta Cristo Jesús.
Mi querida yaya, si no defiendo tu legado de amor, ¡soy un traidor! ¿Acaso no voy a creer en ti que me enseñaste lo que es amar? ¿No voy a creer en ese amor tuyo que está cimentado en Cristo? ¿Y no es mi deber pasar ese legado a las generaciones futuras? ¿Qué nos hace pensar que nosotros tenemos toda la razón y que nuestros antepasados estaban equivocados? ¡Arrogancia mortal! Como ya he mencionado antes, este relato es una exploración del pasado y estoy descubriendo personajes nuevos, o no tan nuevos, sino protagonistas que, en un principio, no sospechaba que tuvieran tanta importancia para entender la dinámica de abuso y perdón que me propuse describir al comienzo, como Cristo, o el misterio de amor de mi abuela. "¡Vuestro padre es un hombre bueno!" Por fin, después de cincuenta años, consigo comprenderlo. Está bien, entonces, dejar que estos personajes se apoderen del hilo narrativo y nos lleven a la resolución de incógnitas que estaban ocultas.
Dentro de unos meses voy a llegar a un momento crucial en el que me veré forzado a ser feliz a pesar de todo. Voy a convertirme en una apisonadora que allana mi propio camino. Tengo que sobrevivir. Y al sobrevivir, enterrar todo lo que se interponga en mi camino. Voy a pasar el resto de mi vida en una dinámica de evitar el sufrimiento, de negarme a mí mismo la posibilidad de estar deprimido o sentir dolor. Pero ahora que estoy escribiendoos esta carta, he descendido al infierno, he tenido que quitarme la “máscara de la felicidad” y enfrentarme a esos fantasmas del pasado. En el proceso, he descubierto que Cristo es el protagonista principal, y esa seguidora suya, mi abuela, su apóstol en el seno de nuestra familia. La importancia de estos dos personajes es tan grande que todo lo demás parece anecdótico. Cristo lo pone todo en su perspectiva correcta, en su dimensión exacta, y a mi abuela en el centro de mi vida. Pero, sobre todo, estoy descubriendo quién soy. Porque enterrar el pasado puede funcionar como estrategia de autoprotección, pero acabas con una imagen parcial de tu propia persona. Ahora veo que soy mi padre, y soy mi abuela, y todavía soy ese niño enamorado de Cristo. Soy un hermano que fue el padre de sus hermanos. Pero ante todo, sigo siendo ese niño que cayó preso de una empatía cegadora y que intentaba consolar a su madre en la despensa.
En efecto, vuestra bisabuela debió sentirse abandonada por sus hijos varones, que le salieron bastante “vividores”, atados a la tierra, quizá, más que a esa promesa lejana e incierta del cielo. Pero ella no se enfadó, ni les dio la espalda. Ella no se erigió en una juez puritana y castigadora. Porque ella sabía de sobra que Jesús no ha venido a la tierra a salvar a los justos, sino a los pecadores. Cristo ha venido en concreto a salvar a su hijo mayor, y a sus nietos que ya muestran signos de estar bastante descarriados. ¿Cómo debiste sentirte, yaya, al enfrentarte a los escándalos públicos de tu hijo? ¿Cómo te sentías cada vez que tenías que pagar daños y perjuicios, cada vez que tenías que hacer una llamada a un juez importante o a un militar de alto rango para que tu hijo no acabara en la cárcel? ¿Cuántas humillaciones públicas aguantaste con la paciencia perfecta de una esclava de Cristo? Yo tengo que ser capaz de transmitir ese amor perfecto y comprensivo a mis propios hijos. Tendré que convenceros de que el camino a seguir es el camino indicado por Cristo, pero debe ser siempre una decisión libre vuestra. El puritano que lanza un dedo acusador a sus propios hijos acaba por destrozar su persona de una manera difícil de describir. A lo largo de los años, he conocido a hijos de padres “perfectos” que estaban mucho más afectados psicológicamente que yo. Sus traumas eran producto del silencio de esos padres subidos a pedestales de virtud inalcanzable. Yo he tenido una vida libre, en realidad. Como ya he mencionado antes, cuando tus padres pierden la autoridad moral, te hacen completamente libre. Y también teníamos libertad física, libertad de movimiento, y de pensamiento, no como vuestra abuela, que era una prisionera en su propia casa, sin amigas, sin salir a montar a caballo. La niña que miraba por la ventana; así la recordaban en su pueblo; loca de ganas de que terminaran las vacaciones para poder volver al colegio y hablar con sus amigas. Aunque es un poco torpe hacer estas comparaciones, siempre me ha chocado bastante lo mucho que sufren algunas personas que tienen padres perfectos o padres sobreprotectores, como vuestra abuela. No me explicaba cómo yo, que había sufrido tanto abuso, había conseguido escapar, perdonar, y ser bastante feliz como adulto, mientras tantas personas seguían siendo esclavas de sus traumas de la infancia con esos padres justos, puritanos o protectores. Pero, claro, solo puedo hablar de mí mismo. Juan, por el contrario, nunca pudo liberarse del pasado.
En efecto, yo solo puedo contar mi propia historia. Esta carta me está ayudando a comprender a mis padres, a mi abuela, a mí mismo, incluso a Juan. Ha sido importante cambiar el enfoque de hijo abusado que ve a su padre como único culpable de todo lo que ocurrió, a hijo abusado por un enfermo mental y por otros agentes del entorno, como el hedonismo, la cultura dominante, una educación deficiente, mi apostasía, e incluso el efecto de mis propias hormonas en la adolescencia. No parece justo echarle la culpa de todo a él, cuando había varios elementos complejos en el proceso de abuso. No parece razonable culpar a una persona con tantos problemas psicológicos que, evidentemente, estaba viviendo un infierno interior. Cuanto más pienso en lo que estaba pasando mi padre, más me doy cuenta de que es admirable que hubiera conseguido ser un hijo que visitaba a sus padres, un padre que pasaba tiempo con sus hijos, amigo de sus amigos, respetado y admirado por aquellos que comprendían sus enormes discapacidades, un trabajador como tantos otros, uno más del pueblo. Y no solo eso, quizá sin darse cuenta, el abuelo estaba dejando un legado: los años de dedicación a la alabastrina. Todos esos días, semanas, meses, años, cubierto de polvo, respirando gases tóxicos, bañando sus manos en disolventes, nos estaban enseñando algo: que él era eso. Quizá nos estaba mandando un mensaje: que él era solo eso y que lo demás no era cierto. Ese hombre arrogante, violento, que maltrataba a su familia, no era él, no era lo que él quería. ¿Acaso él mismo era consciente de que estaba creciendo, convirtiéndose en algo positivo, alejándose de sus fantasmas? ¿Y es posible que uno tenga que tomar su relevo para entender qué fue ser él? ¿Qué significó pasar todos esos años sumergido en polvo? ¿Y qué le motivaba para salir adelante? ¿O fue la desesperación de no tener otras opciones? ¿Acaso pueda yo meterme en su piel durante un mes? ¡No duraría ni un día! Quizá tenga que pasar 30 años metido en una fábrica, respirando veneno, para entender quién es mi padre: un extraño Jesucristo que sufre en su cruz de polvo y poliéster.
Algunos años después, cuando ya esté viviendo en Inglaterra, mi abuelo me conseguirá un trabajo en la empresa donde es contable. Pasaré dos años como peón de albañil y enterrador. El trabajo más duro que jamás haya hecho, pasando frío en invierno y mojándome bajo la implacable lluvia británica. Los muertos no esperan, así que las tumbas había que cavarlas rápido y aunque estuviese cayendo agua a baldes. A veces, se inundaba la tumba y tenía que quedarme a vaciar agua con una caldereta hasta que llegara el funeral. En esos momentos extenuantes, cuando me dolían los músculos del cansancio y el frío, me preguntaba por qué Dios me había puesto en esa situación. Aunque oficialmente no creía en Dios, de igual manera le preguntaba cuál era el significado de ese estúpido trabajo; por qué me había convertido en una mula de carga; cómo había ido a caer en una situación así. La verdad es que nunca he comprendido el significado de esos dos años de romperme la espalda cavando y subiendo mortero a los andamios. Pero ahora se me ocurre que mi propio padre llevaba muchos años haciendo un trabajo duro y sucio igual que yo. Quizá tenga que comprender que hay algo admirable en ese señoritingo que nació en una cuna de oro y se había acostumbrado a derrochar fortunas en champán y langostas y que, ahora, llegaba a casa cubierto de polvo todos los días. A lo mejor él también se hacía las mismas preguntas que yo. Quizá, en vez de maldecir mi mala suerte y mi cruel destino, debía haber dado gracias de estar vivo, de tener la musculatura necesaria para hacer ese duro trabajo, y de tener una plaza esperándome en la universidad. Si hubiera visto mi situación desde esta perspectiva, hubiera sido mucho más amable con mis compañeros de trabajo en vez de estar siempre de mal humor. Pero, a los diecinueve años, uno todavía es demasiado inmaduro y egocéntrico como para darse cuenta de las cosas. Sea como fuere, durante esos dos años compartí el mismo destino que mi padre y que miles de trabajadores. Y, aunque yo había trabajado desde los seis años, había sido siempre durante los fines de semana o las vacaciones cuando se veía cercano el final de ese tormento de polvo y disolventes. Ahora comprendo mejor la admiración que tenían algunas personas hacia mi padre.
Lo que no fue nunca vuestro abuelo es un puritano o un padre protector. El padre protector no cree en sus propios hijos, pero vuestro abuelo siempre nos dejó ir con la moto cuando solo teníamos once y diez años; o aquella vez cuando alquiló una barca en el pantano de Yesa y nos tirábamos de cabeza al agua; o cuando nos llevaba a un picadero que había en la carretera de Jaca y nos dejaba solos cabalgando por el monte, o cuando nos permitía utilizar las máquinas de la fábrica. ¡Qué sensación subir a un caballo por vez primera y ponerlo a galopar! ¿Te acuerdas, Juan? Era algo parecido a volar. Y eso es justo lo que el pépé jamás le permitió a su hija protegida. ¡Cuántas veces se queja vuestra abuela de su infancia de muñeca de porcelana, algo parecido a vivir en una prisión! Ella tampoco fue protectora. Le parecía muy bien que fuéramos por ahí en bicicleta, que tuviéramos amigos, que nadásemos en el río, o que trabajásemos.
Es sorprendente que hayas sobrevivido tantos años. Debías de tener miedo si no entendías el comportamiento de la gente a tu alrededor, y si veías que la gente no te entendía a ti. Sobre todo nosotros, tus hijos, y tu esposa. En el alcohol encontraste un punto en común con otras personas, y en los ritos sociales, los juegos, las comidas, el negocio. Pero te estabas derrumbando. Un día me llevaste a Tudela a no sé qué. Aparcaste el coche en el Paseo de Invierno y nos metimos en un pub de esos que te gustaban a ti, decorado al estilo inglés y con música extranjera tipo Eagles, Don McLean, o Steely Dan. Ni siquiera era de noche y ya estabas metiéndote cubalibres. Entonces me confesaste que el médico te había dicho que tenías el hígado casi cirrótico y que, si no dejabas el alcohol, no ibas a durar mucho. Por esa época, tus escenas de madrugada se estaban convirtiendo en algo insoportable. No sé qué pensarían los vecinos del segundo y del tercero, pero era obvio que tus gritos y tus canciones fascistas los despertaban a las tantas de la madrugada igual que a nosotros. Qué dilema moral habrán tenido entre denunciarte a la policía y respetar el derecho a la vida familiar. Y vaya hijas tan guapas tenían los del segundo, aunque esto no viene a cuento, pero la mayor nos tenía enamorados a Juan y a mí. Nosotros estábamos cegados como soldados en un campo de batalla y no podíamos darnos cuenta de que tú estabas pidiendo ayuda a gritos y, como toda persona que no comprende el arte de la conversación, nos torturabas con tus monólogos, con tus obsesiones de atropellar al Mutilva, de fusilar a los rojos y a los maricones, de insistir en que nuestra madre era una puta, y que a ti cien mil pesetas te las repampinflaban. Tal era tu desesperación que, en vez de pedir ayuda de una manera racional, articulada en frases comprensibles, empezaste a salirte de tu propio guión y protagonizaste dos escenas de intento de suicidio. Ambas fueron idénticas, así que solo describiré una. Sería casi la hora de cenar y seguramente un sábado o domingo, porque no había estudiantes de inglés por la casa.
—¡Vuestro padre se ha encerrado en el baño y dice que se va a cortar las venas! —¡Como si nosotros pudiéramos hacer algo al respecto! Lo primero que se me ocurrió pensar es que sería demasiado bueno como para que fuera posible.
—Jamás se va a atrever a suicidarse.
—Dice que se va a cortar las venas en la bañera.
En efecto, te habías encerrado con tu botella de whisky y tu música. Recuerdo que respondías cosas incongruentes cuando la mamá te pedía que salieras, pero no recuerdo qué. Yo no entendía por qué la mamá quería que salieras. ¿Acaso no habíamos pasado la vida pensando en lo felices que seríamos sin ti?
—No creo que tenga cojones. ¡Ojalá se muera!
—¡Pues a mí no me apetece tener un muerto en la bañera! —responde la mamá, sintiendo algo de empatía. Quizá lo que quería decir era “lo cierto es que le quiero mucho, siempre le he querido”. Pero eso no lo puede confesar ante nosotros.
—¡Nadie me quiere! ¡A nadie le importo!
—¡Sal de una vez, Félix! ¿Qué va a pensar tu madre? ¡No nos hagas esto! ¡Vas a asustar a los niños!
No sé si fueron los ruegos de mi madre o el hecho de que el agua caliente y el placer de los cortes empezaron a hacer que te sintieras mejor; el caso es que, al rato, saliste con la bata de baño puesta, como si nada hubiera ocurrido. Como siempre. Yo me llevé una gran decepción, y supongo que Juan también. Nunca nos íbamos a librar de ti. Quizá leyeras en nuestros rostros esa decepción y sintieras algo de miedo y preocupación. Yo te miré como a un bicho raro. Mis hijos me odian. ¿Y nosotros, Juan y yo? Nosotros habíamos caído en el pecado más grave que existe. Llevábamos años sumidos en esa perfidia y, ahora, habíamos saboreado su dulce sabor durante unos momentos de anticipación. Tú sabías eso y no te preocupaba que nos hubiéramos convertido en letrinas inmorales, porque tú admirabas a los malos y despreciabas a los buenos. Tú sabías que no podíamos quererte, así que te las arreglaste para atraparnos en un pacto diabólico de odio. A fin de cuentas, nuestra indiferencia hubiera sido mucho peor.
Otra vez has venido ha hablar conmigo y, como de costumbre, no lo has hecho de manera amable. He pasado dos días en el mismísimo infierno. ¡Qué duro es ser tú! Y qué poco te comprendíamos en aquellos años ochenta. Curiosamente, ahora que estás muerto es cuando más estás hablando. Y lo que has venido a decirme ahora es que al día siguiente casi no recordabas nada de lo que había pasado durante tu crisis de alcohol y violencia de la noche anterior. Por eso nunca te disculpabas. Y quizá también porque ese monstruo no eras tú. Porque estoy intentando recordar lo que me ha pasado durante los dos últimos días y apenas lo consigo. Lo que sí está claro es que no he sido yo mismo. Mi mente se ha visto invadida por una negatividad arrolladora. He rezado, he leído la biblia, le he suplicado a Dios que me libere, que me devuelva mi ser y, al final, después de dos días, he regresado. Lo más aterrador de este viaje por la conciencia de mi padre es que no me importaba morir. “¡A la mierda con todo!”, solías decir, ¿te acuerdas? Y “¡cualquier día de estos lo mando todo a la mierda!” A tí nunca te importó vivir o morir, por eso hacías apuestas con la muerte. Y yo mismo he tenido esos pensamientos en la cabeza, lo cual no podía comprender. “¿Acaso no tengo una familia preciosa?”, me preguntaba a mí mismo. “¿Acaso no tengo la salud intacta, un trabajo gratificante, mi fe en Dios? ¿Cómo puedo estar así?” Pero es que no era yo. He estado peleando en un duro combate en el que los pensamientos negativos llegaban como auténticos puñetazos. Yo intentaba esquivarlos, pero no podía. Llegaban sin parar. Pensamientos circulares, obsesivos, que amenazaban con destruirme. Hasta que llegó el momento más terrorífico: darme cuenta de que no me importaba morir. La Guerra Fría se ha levantado de sus cenizas como un zombi grotesco. Recuerdo perfectamente la desidia que sentía a los quince años. Me preguntaba a mí mismo “¿para qué voy a estudiar si todos vamos a morir? ¿Para qué me voy a esforzar en nada si el mundo va a ser convertido en ceniza y humo?” Y ahora, como en una cruel historia al estilo del Antiguo Testamento, regresa el fantasma de la destrucción total. Una destrucción que siempre ha sido real para cualquier pueblo que estuviera en el camino de la máquina de guerra, pero que, ahora, amenaza con alcanzarnos a todos. Y lo que ya hemos hablado en casa, que si la guerra nuclear llega a Europa regresaríamos a Perú, en esos momentos oscuros de los dos últimos días era un “prefiero morir”. Era como si no tuviera fuerzas, como si no quisiera vivir en un mundo en el que la gente tiene que morir como ratas. Yo también quiero morir. He rezado. Te he rogado que nos libres de esta abominación. Te he pedido que nos quites la libertad; que intervengas. El precio que tenemos que pagar por nuestra libertad es prácticamente una extorsión. ¡Haz algo ya de una vez!
El abuelo también sufría de alucinaciones y espejismos. Fui a pagar una ropa para ti, Francis, con mi tarjeta, y el mensaje de “Transacción aprobada. Retire su tarjeta.” salió en una lengua eslava. Le pregunté al cajero si la máquina estaba mal porque el mensaje me había salido en un idioma con muchas kas y letras del revés, como una lengua de Europa del Este, pero me respondió que no, y que si mi tarjeta era extranjera, lo cual no era. Vuestra madre estaba conmigo y le dije lo que me acababa de pasar. Me quedé un poco perplejo por esta especie de alucinación. ¿Será posible que la guerra de Ucrania me esté afectando tanto? Normalmente procuro ignorar mis problemas, centrarme en mi familia y en las miles de cosas que hay que hacer por vosotros. No puedo deprimirme, no puedo estar mal. Alguien tiene que ser fuerte. Si yo me hundo, ¿quién os va a sacar adelante? Aquí se denomina como “Stiff upper lip” o “To man up”, “ser hombre”. Los hombres no podemos ni quejarnos ni llorar hasta que estamos tan psicóticos que empezamos a ver alucinaciones, o reventamos en una crisis violenta. Sin duda, vuestro abuelo también había recibido esa educación antigua de hombres que tenían que ir a la guerra, o enfrentarse a los problemas de la vida sin quejarse. Y, si yo tengo espejismos con idiomas eslavos y niños muertos, él sufría de alucinaciones y espejismos relacionados con lo esotérico, la fortuna y lo oculto. Ayer regresaba a Norwich atravesando los campos de Norfolk solo en el coche, y podía oler el humo de tu Ducados. Ahora estamos los dos aquejados por el mismo síndrome. ¡Cuántos viajes juntos! Y, por lo general, estabas tranquilo. ¿Por eso te metiste en mi coche ayer? ¿Para estar tranquilo?
Yo viajo al pasado y tu viajas al futuro. En este relato he querido descubrir el pasado a través de la autohipnosis regresiva, pero lo que está ocurriendo es algo muy distinto: en vez de recordar detalles del pasado, estoy viviendo el pasado y el futuro. Y no solo el mío, sino el de otras personas como vuestro abuelo, vuestro tío Juan y mi propia abuela, la yaya. Intentar comprender a alguien puede convertirse en una especie de conjuro: la única manera de entender a alguien es ser esa persona, dejar que te posea. Estoy deseando terminar esta carta y poder dedicarme a vivir mi vida. Estoy muy cansado y al límite de la psicosis. Igual que mi padre. Otra vez ha venido borracho a casa y otra vez nos tiene alrededor de la mesa escuchando su monólogo. Te veo pegado al sillón, con el radiocasete a un lado, poniendo la misma música una y otra vez, y tu whisky en la mesita. Tu mirada desenfocada a ratos. Yo estoy sentado a la mesa, como siempre, haciendo montoncitos con las migas de pan de la cena, deseando no haber nacido. Otra vez estás acusando a la mamá de ser fría. No sé si es una excusa para justificar tus infidelidades, o una manera de expresar tu hambre de amor. ¿Acaso ella te importa? ¿Será posible que estéis presos en un círculo vicioso de peleas y reconciliación? ¿Seréis adictos a esa dulce droga, la reconciliación? ¿Por qué os dais un beso de despedida todas las tardes cuando sales a trabajar? ¿Cómo puede la mamá darte un beso? ¿Qué significa eso? Y ahora, esta escena. Obliterar tu mente con alcohol. Matar al monstruo. Al día siguiente apenas recordarás nada. Pero a mí se me están quitando las ganas de vivir.
No sé de qué manera exacta se me metió en la cabeza quitarme la vida. De todas formas, con solo quince años, era más una especie de fantasía que un plan concreto y ejecutable. De todas las razones en las que puedo pensar, solo hay dos de peso: la primera, la lacra psicológica acumulada después de años de abuso, de escenas horribles, de humillaciones, de ver a mi padre borracho y a mi madre arrastrada por los suelos; la segunda, la confusión y vulnerabilidad propias de la adolescencia. También he mencionado la falta de fe en el futuro debido a la convicción de que el mundo iba a acabar en una gran conflagración nuclear. Mis recientes fracasos escolares tampoco me animaban a seguir adelante. Todo era cuesta arriba. El invierno había traído la oscuridad psíquica de cada año. En realidad, eran ya demasiados años de vivir una vida de mierda. El caso es que, de repente, pensé en suicidarme y fue como un momento bombilla: la solución a todos mis males. Ahora no solo era un parricida de pensamiento, sino también un suicida. ¡Qué lejos estaba de Dios justo después de haber visto a Juan Pablo II!
Supongo que había muchas razones más para querer estar muerto. La sofocante negatividad que irradiaban mis propios padres, por ejemplo. O mi baja autoestima. O ver que los demás muchachos de mi edad eran gente normal y yo era un bicho raro, oscuro, malo. En jesuitas seguíamos disfrutando de lo lindo: el José Manuel, el Jacue, el Gascón y yo solíamos ir a una sala de juegos a matar marcianos durante el recreo del almuerzo; y, a veces, quedaba con el José Manuel para ir al cine cuando ponían alguna película interesante en el pueblo, como por ejemplo Conan el bárbaro, o Tess de los D'urberville, la cual estrenaron el trece de abril (Conozco la fecha exacta porque José Manuel acaba de mandarme una foto de la entrada), y la cual vimos dos veces de lo mucho que nos gustó. Yo quedé enfermizamente enamorado de Natassja Kinski y no podía sacármela de la cabeza. Como en mi enamoramiento platónico con mi compañera de primaria, Águeda, este amor también lo sentía como algo real, y duró bastante. Recorté unas fotos suyas de una revista y las miraba y remiraba como un náufrago que por fin ve gaviotas en el cielo. Mi relación con mis hermanos seguía creciendo y la mamá parecía salir del hoyo a ratos. Pero todas estas dinámicas positivas se veían ensombrecidas por el negro manto de la depresión.
A estas alturas, el odio hacia mi padre ha dado paso a una desesperación existencial que, en estos años ochenta, denominamos como pasotismo. He perdido la fe en Dios y en la raza humana y me he convertido en un suicida antisocial. Ya no tengo fe en nada. Ya nada importa. There is no future. Sin embargo, por mucho que yo pase de mi padre, la historia es como ondas producidas por una piedra en un estanque, las cuales, al rebotar en los bordes, vuelven amplificadas, forman redes, y afectan a todo su entorno. Tal y como ocurre con mi padre, yo también intenté suicidarme dos veces. Me voy a matar. Es extraño saber que vas a morir. Que ya no vas a ver a tus hermanos, a tus tíos, a tus abuelos, a tus amigos. Es extraño sentir que el mundo ya no te va a doler. Es lógico ponerte a pensar en Cristo justo antes de quitarte la vida: ¿a lo mejor Dios sí existe? Y es lógico ponerte a pensar sobre el susto y el dolor que vas a causar a todos. Pero con la mente obcecada, ¿acaso me importan las consecuencias de mis actos? Hace ya muchos meses que me comporto de una manera poco considerada y nada consecuente con el amor que siento hacia mi familia. Mi mente está tan fragmentada, tan discapacitada, como mi corazón. Así que me meto en el baño con una hoja de afeitar y empiezo a cortar la carne. Pero esa hoja no corta bien, así que tengo que hacer bastante fuerza. Me hago un corte profundo, pero apenas sale sangre. Así que tengo que seguir cortando pero, al parecer, las venas se esconden de la cuchilla de afeitar, se van metiendo más y más adentro de mi brazo. Después de unos minutos infructuosos, empiezo a sentirme mejor. El dolor físico me ha curado un poco.
Sin embargo, algún tiempo después, mi obcecación con quitarme la vida me lleva a intentarlo de nuevo. Esta vez, voy a por la vena mediana del codo, que es más gruesa que las de la muñeca. No quiero salir del baño con vida pero, una vez más, la vena se mete hasta lo más profundo del brazo y no hay manera de cortarla. Me quedo con una cicatriz gruesa que todavía tengo en el codo cuarenta años después.
Las cicatrices son obvias. ¿Qué pensará la gente? Mis padres, por supuesto, no van a sentarse a hablar conmigo y tener una conversación civilizada, eso jamás ha sucedido en ninguna situación. El tío Patxi se ha fijado en codo y ha hecho un comentario muy de pasada, “Así que cortándote las venas, ¿eh?”, como si intentar suicidarse fuera una moda, algo normal entre los jóvenes de hoy en día. Por fin he hablado con la mamá y le he contado que estoy mal, aunque seguro que el tío Patxi y ella ya habían hablado del tema. No he usado la palabra deprimido, porque todavía no se usa mucho. En estos tiempos no se habla de salud mental, así que nadie puede saber lo que me está pasando. Vuestra abuela me lleva al médico, quien tampoco se toma el tema en serio. Para mi sorpresa, en vez de mandarme a ver a un psicólogo, me receta unas vitaminas. A mí me parece prácticamente chistoso. ¡Vitaminas! Sin embargo, no sé si es debido a las vitaminas o por la atención recibida, pero he empezado a salir del atolladero suicida. Lo que sí he aprendido es a utilizar el dolor físico para curar mi dolor mental. A partir de ahora, me voy a dar cortes en los brazos y voy a ponerme imperdibles en la carne no solo para sentirme mejor, sino también para escandalizar un poco a mis compañeros de clase.
Es fácil desestimar los intentos de suicidio de un adolescente, o de su propio padre, como simples intentos de llamar la atención. Sin embargo, si hubiéramos tenido acceso al Internet en aquellos tiempos, me hubiera quitado la vida sin duda alguna. Hubiera seguido las instrucciones de una útil tutorial. Me hubiera tomado una aspirina media hora antes para evitar la coagulación. Y hubiera hecho los cortes siguiendo el sentido de las venas y no cruzándolas con la cuchilla. Hubiera sentido un agradable mareo y, después, nada. Dios.
—¿¡Qué has hecho, pedazo de bruto!?
—No sé… ¡Estaba hasta las narices! ¡Llevo toda la puta vida sufriendo!
—Ven aquí, hijo mío. ¡Qué ignorante eres!
—¿Y tú? ¿Tú no eras un Dios misericordioso?
—No has entendido nada…
—¡Pues claro que no he entendido nada, joder! ¡Solo soy un puto crío! ¿Qué mierda se supone que tenga que comprender?
—Vosotros quisisteis la libertad y ahora os quejáis. La libertad es eso, Félix.
Me quedo pensando un rato. Creo que comprendo lo que me está diciendo.
—¡Pues yo no quiero ser libre!
—Sin la libertad, serías como un animalito. ¿Eso es lo que quieres? Yo os hice libres para compartir mi inteligencia con vosotros. Y me hice hombre para sufrir con vosotros. Me humillé en la cruz y ahora todos sois mis hijos y mis hermanos. Tú también, Félix. Así que no me vengas con que te quieres suicidar. ¿Acaso no quieres conocer a tus hijos?
—¿Qué libertad es ésta que cuesta tanto?
—O la tomas, o la dejas. La elección es tuya. El tiempo, la materialidad, la libertad, la felicidad y el amor solo son posibles en el mundo que quieres abandonar. Pero sin sufrimiento, no sentirías nada de lo demás. ¿Tú sabes la cola que hay para entrar a tu mundo? El cielo está lleno de almas suplicando tener vida; tu vida. Los ángeles os envidian. ¿Acaso piensas que esto es interesante? No, estás muy equivocado. ¡Tu vida en la Tierra es divina! Esto de aquí es aburrido. Tú estás viviendo por mí. Por eso os amo tanto. Pero no debes morir. Tienes que seguir viviendo por mí. Quiero ver el mundo a través de tus ojos. Quiero sentir la libertad a través de tu sufrimiento y tu felicidad. Quiero experimentar el tiempo, el mundo material. ¡Pero, ante todo, quiero que ames hasta la saciedad! Quiero estar borracho de amor a través de ti, Félix. ¡Vamos, ten valor y vive!
—¡Dios mío, qué bruto he sido! ¡Devuélveme a mi familia, a mi casa, a mi pueblo! ¡Quiero sufrir con ellos! ¡Quiero amar! ¡Quiero vivir!
—Está bien, hijo. Que no se te olvide: ¡vive a tope! ¡Vive por mí! ¡Y ten valor!
Es obvio que estoy completamente esquizofrénico. ¡Veo alucinaciones, Satanás me posee y el mismísimo Dios me habla! Bueno, a quién coño le importa si estoy esquizofrénico o no. Los ateos jamás entenderán nada. Hoy estaba conduciendo por ahí y tuve que parar en un paso de cebra. Pasó un joven y, curiosamente, me fijé mucho en él. Después de unos segundos, me di cuenta de que ese joven era yo mismo. El mismo tipo, la misma ropa, el mismo estilo de pelo y las mismas gafas. Mi pasado cruzaba por delante de mi presente y mi futuro. El mundo está lleno de extraños signos que no me atrevo a describir aquí porque ya soy un esquizofrénico confeso y no hace falta dar pruebas. Pero veo señales por todos lados. Y también creo que los auténticos enfermos mentales son aquellos que niegan el mundo espiritual, no yo.
Pero, volviendo al tema del suicidio, lo más extraño es que pudiera decirle adiós a mi propia madre, a mi adorada Nena, a mi querida yaya, y a mi idolatrada tía Isabel. Y, si eso es extraño, más extraño es el hecho de que mi madre no recuerde nada en absoluto de las cicatrices en mis muñecas y la visita al médico. Ayer le pregunté así, de pasada, si se acordaba de mi intento de suicidio y me respondió que sí, que ella me acompañó en la ambulancia al hospital de Pamplona. Pero eso todavía no ha ocurrido y no fue un intento de suicidio sino una sobredosis accidental y así se lo recordé. “Ah, pues no, no me acuerdo”. ¿Cómo es posible que una madre esté sufriendo de una desintegración mental tan grave que ni siquiera se de cuenta de la gravedad del asunto? Si un día yo viera lo mismo en ti, Johnny, o en ti, Francis, sería un trauma que recordaría para siempre. Pero vuestra abuela está inmersa en la ciénaga de la violencia de género y, para ella, la vida es algo parecido a una pesadilla: las imágenes son aterradoras, mutan y se desvanecen como el humo negro de una guerra de desgaste, hasta que uno no sabe lo que es real y lo que es onírico.
Si alguien me preguntara qué es lo más deleznable que he hecho en mi vida, el pecado más grande, el momento más bajo de mi vida, es este: el intento de suicidio. Quizá incluso peor que mis fantasías parricidas fue romper la cadena de amor que me ataba a las mujeres más importantes de mi vida: mi madre, mi hermana, mi yaya y la tía Isabel; esa cadena de amor que es fuente de vida, de esperanza, que representa justamente aquello que es puro, bueno, y salvífico; un amor que, al menos en el caso de mi abuela, estaba anclado en Cristo. Y ahora yo voy y desprecio ese amor con la indiferencia más inconcebible. ¿Y qué hay de Juan? Él es mi hermano y mejor amigo con quien comparto la mitad de mi conciencia. ¿Cómo iba a dejar a Juan? ¿Cómo es posible estar tan enajenado? ¿Acaso el abuso, la frustración y la desesperación descritos en esta carta lleguen a explicar un poco mi tendencia suicida? Quizá este libro sea un intento de comprender el momento más bajo de toda mi vida. Pero, ante todo, el suicidio es una rabiosa rebeldía contra Dios mismo. El suicidio es decirle a Dios que no quieres tener nada que ver con su estúpido proyecto. Y, quizá, en lo más profundo de mi alma, éste fuera un acto de rebeldía no contra mi padre, o contra la vida, sino contra Dios. A fin de cuentas, no había dejado una nota suicida, seguramente porque Dios lo escucha todo y lo sabe todo y no era necesario.
Supongo que hay miles de explicaciones posibles. El psicólogo dirá que mi emergente conciencia adulta se había topado con otra más fuerte, abominable, y destructora y, el resultado solo podía ser mi propia autodestrucción. Un psiquiatra daría otra perspectiva, quizá algo relacionado con el complejo de Edipo. El médico se centra en lo fisiológico y me receta vitaminas. Pero yo soy el que ha sido preso de tendencias suicidas y parricidas y solo yo sé que estuve poseído por el diablo.
Otra vez he caído en una psicosis de pensamientos negativos circulares. ¿Qué es lo que he visto, Dios mío? ¿Es él, verdad? Es el mundo de mi padre. Otra vez me he hundido y he tenido las tendencias violentas más deplorables. He escuchado voces en mi cabeza. Y las he acallado. He sido lo suficientemente fuerte como para anularlas. Pero he pasado mucho miedo. ¿Cómo narices se han metido esas voces en mi mente? ¿Es eso lo que tú mismo te preguntabas cuando te veías poseído de unas ganas incontrolables de golpear a mi madre? ¿Es eso lo que se siente antes de la gran crisis de agresividad? Esa voz es el mismísimo Satanás. Y el muy hijo de puta me está rondando. Igual que te rondaba a ti. ¿Qué carajo acaba de pasarme? ¿Acaso no soy dueño de mi propia mente? Entonces, ¿cómo se cuelan esas voces en mi cerebro? ¿Y acaso no se infiltraban en tu cerebro cuando intentabas matarnos a todos en un accidente de tráfico?
Los teólogos se sientan en sus torres de marfil y se atreven a decir que, seguramente, Satanás no exista como persona independiente, sino que es una metáfora para explicar el mal. Pero quien ha experimentado a Satán en carne propia, sabe muy bien que existe como persona independiente. Satanás es capaz de meterse en tu cabeza hasta que dejas de ser tú mismo. Porque sabes que las ideas y los impulsos que experimentas no son tuyos, sino que están siendo dictados por el mismísimo Diablo. Es curioso que tengas tantos celos de Cristo. Has visto que Él se está convirtiendo en el personaje principal de este relato y no has podido quedarte afuera. Tenías que meter baza. Pero te conozco bien y no voy a dejar que me corrompas. Si querías tener un papel secundario en esta carta, lo has conseguido. Pero no voy a dejar que te conviertas en el protagonista. Sé luchar contra ti y lo estoy haciendo. ¿O has venido a otra cosa? A mostrarme que mi padre tampoco era él mismo. Que, tal y como yo estoy poseído a ratos, él también lo estaba. Pero no te debo nada. Cuando quise hacer un pacto contigo para que nos librases de mi padre, no me hiciste caso. Te interesaba mantenerlo vivo, hacerle sufrir. Él era tu esclavo.
Desde luego, la narrativa podía haber sido otra: "mi padre es un hombre enfermo, necesita ayuda". Siempre hay cabida para otra narrativa. Sin embargo, la narrativa de rencor que habíamos construido junto a nuestra madre se convirtió en el fundamento que alimentaba nuestro odio hacia él. Os aseguro que somos ordenadores bioquímicos y las narrativas preponderantes forman la base de nuestra programación. Y siempre es posible cambiar la programación. Una narrativa de odio no puede funcionar nunca. No a largo plazo. El odio te va pudriendo por dentro hasta que acabas por autodestruirte. Es curioso que las narrativas de liberación estén todas contenidas en un solo libro y que la mayoría de la gente opte por ignorarlas. Las narrativas preponderantes, las consumistas, las individualistas, son las que convierten al ser humano en un esclavo. O en un suicida, o en un parricida de pensamiento.
Pero la adolescencia es una especie de niñez con cuerpo de hombre y nuestra conciencia está todavía bastante verde. En mi pueblo, cuando haces alguna trastada gorda, o dices alguna tontería te acusan de ser inconsciente. “¡Eres un inconsciente!”, te dicen. Y, en efecto, al menos yo (y creo que Juan y prácticamente todos nuestros compañeros y amigos del pueblo) era un inconsciente; una persona que se comporta de una manera poco congruente, poco consecuente. Un joven que hace auténticas locuras y que no es plenamente consciente de sus propios actos y de sus consecuencias. Así que, a pesar de mis intentos de suicidio, y mis fantasías parricidas, la vida continúa como si tal cosa.
La mamá ha decidido empapelar el cuarto de las clases y nos ha enseñado a untar el papel de cola con una escoba y a colgarlo de la pared. Al principio se forman ampollas pero, cuando se seca, queda liso y perfecto. Aparte de ayudarle con la decoración, la limpieza y las compras, estamos planificando otro viaje a Inglaterra para el verano. La verdad, no sé cómo el papá ha accedido a que vayamos, porque el viaje anterior fue un frustrado intento de fuga. Lo cierto es que no sé cómo te tomaste aquello, ni si te alegraste un poco al vernos de nuevo. ¿Acaso sentiste un poco de pánico al saber que no íbamos a regresar? ¿O fue más bien alivio? ¿Qué éramos nosotros para ti, una imposición dictada por tu madre? ¿Era ella quien te decía que no podías abandonar a tu familia? Quizá ahora estés deseando que no regresemos nunca. ¿Quién sabe?
La mamá cada vez cocina cosas más ricas y pasamos buenos ratos con ella en la cocina. A mí me gusta aprender a cocinar mientras el Juan se hace sus tés y sus cafés. Como somos unos adolescentes inconscientes, le hacemos reír bastante con nuestros chistes y trastadas mientras escuchamos música de los Beach Boys o Supertramp.
—¡Vaya café tan fuerte que te haces, hijo!
—¡Pues ayer se hizo un té con tres bolsas de té!
—¡Cuanto más fuerte, mejor! Ahora le echo un chorro de whisky y mejor todavía.
—¡Vas a acabar como tu padre!
—El que sí se emborracha bastante es el Felisito.
—¡Chivato! ¿A ti qué te importa lo que yo haga? Además, yo no le hago daño a nadie.
—¡Ese las mata callando! Pone cara de santo, pero luego… Cuando vayamos a Inglaterra este verano no podréis beber alcohol ni salir de noche.
—¡Soy un santo! Los santos también se emborrachan. Emborracharse no es pecado.
—Y tomar café tampoco es pecado.
—Pues yo nunca he bebido ni he tomado café.
—Pero antes fumabas.
—Eso era por presión social. Cuando me casé con tu padre, todo el mundo fumaba. Tus tíos y tías también, y eso que solo eran unos críos. Y tú también fumas, ¡no vayas a pensar que no me doy cuenta!
—Pero solo fumo cuando bebo.
—Cuando érais pequeños fumabais palos en el huerto, que os veía yo desde la terraza. A mí, mi padre nunca me hubiera dejado fumar. ¡No sabes la manía que le tiene al tabaco!
—¡Éramos unos pirómanos!
—¡Y la caca de conejo que tirabais encima de las calvas de los viejos!
—¡Hasta bombas tirábamos a la calle! —añade Juan con orgullo.
—Y gatos…
—Pues el Kike, ¡ese sí que es bueno para torturar a los animales!
—¡Ese se pasa! Nosotros no les hacíamos daño…
—¡Pues tú los matabas, mamá! —se escucha la voz del Kike desde el recibidor.
—¡Sí, pero por necesidad, no por gusto, como tú! ¡No sabes el hambre que pasábamos! Vuestro padre no trabajaba y no me dejaba trabajar a mí. Si no llega a ser por los conejos y lo que nos regalaba la gente…
“When i was young, it seemed life was so wonderful…”, cantan los de Supertramp, “un milagro, oh, era bella, mágica, y todos los pájaros cantaban en los árboles, cantaban alegremente… Ten cuidado con lo que dices, o te llamarán radical, liberal, fanático, criminal”. Mamá, tú eres la única que entiendes la letra, y no te llaman radical, pero te llaman puta. ¿Acaso te esperabas esto? ¿Esperabas esto de niña cuando pensabas en el futuro? Ahora suena Give a Little Bit: “Dame un poco de tu amor, te daré un poco de mi amor, hay tanto que necesitamos compartir, así que envía una sonrisa y muestra que te importa”. ¿En quién piensas cuando escuchas esta canción, mamá? ¿En nosotros, o en él? ¿Qué tendrás en la cabeza, qué pensarás, mamá, mientras nos ves crecer, mientras ves que nos estamos convirtiendo en unos borrachos y unos delincuentes? Recuerdo que te hacíamos reír: nos habíamos convertido en tus amigos. El hecho de que fuéramos unos críos descarriados no quiere decir que también fuéramos insolentes, o agresivos, al revés: éramos unos tarados muy graciosos, siempre haciendo bromas y trastadas. Supongo que, de alguna manera, nos habías dado una infancia al estilo de Pipi Calzaslargas que tú nunca tuviste, y eso hacía que te sintieras bien. Los Beach Boys cantan Break Away, una letra de sueños y liberación, pero tus sueños se han convertido en mierda y yo tendré que crecer, liberarme, vivir mis sueños, tus sueños y los sueños de miles de personas. Si algo me enseñó la desesperación del abuso es a ser avezado: no tenía nada que perder. Todavía no sé esto, pero dentro de poco me voy a ir de casa y el mundo va a ser mío.
—Los Beach Boys eran mi grupo favorito. A mí nunca me gustaron mucho los Beatles. ¡Y los Rolling Stones, no puedo ni verlos! Con ese Mick Jagger que canta como si estuviera ladrando…
—¿Tú eras hippy, mamá?
—¡No, para nada! Yo era una chica muy formal. Casi todos éramos formales. En la universidad había cuatro hippies, pero los demás éramos normales.
—Pues en las fotos pareces una hippy.
—Eso fue después de conocer a tu padre. Y él también iba con unas greñas que le dio por no cortarse el pelo una temporada. ¡Parecía un gitano!
—¿Y fuiste a conciertos?
—No, nunca. Eso de la época hippy lo exageran mucho en las películas. Eso pasaba en las grandes ciudades, en Londres, o en Liverpool. Donde yo estaba estudiando, apenas había hippies.
—¡Pues qué pena! Parece divertido.
—¿Divertido? ¿Estar todo el día drogado y acabar en la cárcel? ¡Eso no es divertido!
Cuando vuestra abuela nos negó el inglés, nos negó el acceso a todo un universo de cultura, historia, ciencia. Yo no os voy a negar eso, al contrario; ni os voy a negar la fe, el acceso a todo un universo espiritual; como tampoco os voy a negar la teología mamada de la yaya, que nos une a Jesús en una cadena de amor… Pero ahora suena el teléfono.
—¡Oh, no! ¿Quién será ahora? Anda Félix, dale vueltas a la bechamel y no dejes que se te pegue… Era vuestro tío Rafa, que va a traer una liebre. Le he dicho que nos la guarde hasta mañana, porque esta noche va a estar movidita… No creo que venga hasta las tantas, como siempre…
—Con un poco de suerte se mata con el coche y no vuelve nunca.
¿Qué sentirías, Juan, cuando decías esas palabras? He estado pensando mucho en ti. Los dos pasamos por las mismas situaciones de abuso doméstico, pero tú eras un rebelde, un fracasado escolar, la oveja negra. Y eso te hacía más vulnerable y menos independiente. Cada día te pegas más a mí y, ahora, quieres salir por ahí conmigo por las noches. ¿Acaso no sabes que estoy abocado a la autodestrucción? ¿Eso es lo que quieres; acabar muerto de una sobredosis en un callejón? Pero tú también buscas tu autodestrucción o, al menos, la obliteración de tu propia conciencia, porque la vida es insoportable a pesar de los buenos momentos. Sea como fuere, nuestra conciencia compartida nos empuja al mismo destino.
Escribo estas líneas y vosotros estáis sentados, ausentes, cada uno absorto en su propio dispositivo, mientras yo os miro, os admiro, y veo claramente que sois ángeles. Y los ángeles pertenecen a Dios. No sois míos, sois de Él. Yo solo soy un cuidador de ángeles. Ángeles del presente y ángeles del pasado. Porque yo le pedí a Dios que me enviara un hijo como tú, Juan. Y le llamé Juan, John. Y Johnny no es un niño abusado, ni un fracasado escolar, ni un niño sin la atención de sus padres. Esta mañana, como todas las mañanas, le he ayudado a ponerse su corbata. Le he preparado su desayuno, la lonchera con el almuerzo, y le he reprochado que sea tan refunfuñón y desagradecido por las mañanas. Se ha quejado de que su pelo sea tan rebelde y me ha pedido que le ate los cordones de los zapatos. Yo le he dicho en broma que necesitará un paje que le ayude a vestirse y peinarse cuando sea mayor. Le he acompañado hasta la puerta de casa y nos hemos despedido con un abrazo. Como todos los días le he dicho “Have a fantastic day, John. Enjoy yourself. Be good!” Él ha respondido “You too, daddy”. Luego le he asegurado que estoy muy orgulloso de él. Ha caminado unos metros, se ha vuelto y nos hemos dicho adiós con la mano. Y nos hemos despedido con la mano tres o cuatro veces más mientras desaparecía entre los jardines de la calle. Entonces te he visto, Juan. Porque el dolor que me produce ver a mi hermano despreciado y arrastrado por los suelos estoy intentando curarlo en Johnny.
Pero volviendo a los años ochenta, tú y yo seguimos devorando libros: la Biblioteca Básica de los Temas Ocultos de Fernando Jiménez del Oso, la revista Muy Interesante, y unos libros de un tal Lobsang Rampa que han caído en nuestras manos. En ellos narra sus supuestas experiencias en monasterios budistas del Tíbet y describe con todo detalle cómo hacer viajes astrales. Los dos hermanos hemos tomado la determinación de volar; esta vez, sin ala delta. Estamos poniendo en práctica las técnicas de meditación y de desdoblamiento astral descritas en El Tercer Ojo. Pero antes de intentar el viaje astral, hay que entrar en un profundo estado de relajación, lo cual me da mucho sueño y siempre me quedo dormido antes de llegar al siguiente paso. Tú dices que has conseguido salir de tu cuerpo y que has estado flotando a un metro de altura durante unos segundos. También dices que has conseguido ver auras, pero yo no hago más que soñar con abandonar mi cuerpo sin conseguirlo. Quizá las drogas me den la oportunidad de volar.
De hecho, acabo de hacer amistad con un chico de mi clase que me va a dar acceso a ese mundo que me atrae como la mierda a las moscas. Por pura casualidad, el Ricardo Parra tiene farmacia en un pueblo de la Ribera. El tío se viste de niño bueno, pero es tan pillo como yo. Tiene una mirada traviesa y le brillan los ojos cuando hablamos de cosas malas.
—Entonces, ¿tú puedes traer cualquier pastilla de tu farmacia?
—Lo que quieras. Si me dices cómo se llaman, yo las consigo y, mi padre, ni se entera.
—Pues ya preguntaré por mi pueblo a ver cómo se llaman. Me suena haber oído hablar de unas que les dicen desidrina, pero no estoy seguro. Hay otras que se llaman Valium, pero esas no son anfetas.
—Tú entérate bien y te las traigo. O, si quieres, voy trayendo un poco de todo y las vamos probando.
—Vale, de acuerdo.
El Parra tampoco es que fuera un suicida antisocial como yo. Sólo era un chico travieso con ganas de hacer algo prohibido. Le encantaba robar cosas por ahí, también. De repente un día me trajo unas cintas de Dire Straits y de Pink Floyd.
—Toma. Las he sacado de un coche que estaba abierto. Quédatelas que, como las descubra mi madre, menuda bronca me cae.
Ya había escuchado a Pink Floyd antes y era una música que me fascinaba. El Juan y yo pondremos esas cintas robadas, Animals y A Collection of Great dance Songs, una y otra vez mientras leemos libros y fantaseamos sobre viajes astrales. Lo cierto es que escuchar a Pink Floyd te eleva y te induce a un trance sin necesidad de drogas. Las ovejas y los cerdos trotan sobre las frecuencias de los sintetizadores y nosotros somos sus pastores cósmicos. La habitación se hace pequeña y desaparece. Estamos volando como los cerdos sobre las alas. Claro que, como vuestra abuela no nos ha enseñado inglés, no tenemos ni idea de lo que significa realmente "pigs on the wing", ni falta que nos hace. La música tiene esa magia que atraviesa las fronteras del idioma y te hace soñar con otros universos, otras dimensiones. Wish you were here suena una y otra vez, con su letra profética, como tantas otras canciones que me recuerdan a ti. Me parece increíble que no entendiéramos la letra de esas canciones que hablaban de nosotros. Pigs on the Wing describe nuestra relación de hermanos que dependen el uno del otro en un campo de batalla. No entendíamos la letra, pero nos llegaba hasta lo más profundo.
El Ricardo me ha presentado a otro chaval, el Javier Urtazu, también un chico "bueno" con muchas ganas de juerga y nos lo pasamos bien dando vueltas por Tudela. A veces nos vamos a una sala de máquinas a matar marcianos, o al cine. Un día vimos Apocalipsis Caníbal, una película que me hizo preguntarme a mí mismo cómo se pueden permitir ese tipo de cosas en una sala de cine pública. Apocalipsis Caníbal es un falso documental que muestra violaciones, mutilaciones, asesinatos y prácticas sexuales rituales en todo detalle. Cuando salí del cine me sentí mareado y confundido. A pesar de nuestras inclinaciones hacia lo prohibido, la verdad es que mis compañeros son todos muy buena gente y me lo estoy pasando bastante bien. Hay un par de chicas de nuestra clase que nos tienen con la testosterona revolucionada y estamos intentando entablar amistad con ellas. El Parra es el más avezado y el primero en romper el hielo. Mari y Sandra no parecen muy interesadas en unos críos como nosotros, al menos no en plan romántico, aunque sí nos dan conversación entre clase y clase. Como era de esperar, me he enamorado de una flaquita de Fitero y no hago más que pensar en ella, lo cual no quiere decir que se me haya pasado mi enamoramiento platónico con Natassja Kinski. Tal y como Lekaroz había sido un gran patio de recreo con cuatrocientos amigos, los jesuitas de Tudela también se están convirtiendo en un sitio de lo más divertido.
Han llegado las fiestas rectorales, que aquí en los jesuitas se celebran por todo lo alto, como en Lekaroz. Por todo el colegio hay una fiebre de juerga y fiesta que se puede palpar. No se habla de otra cosa. Unos días antes, estaba en la casa de la tía Vicenta y a la prima Mari Jose se le ocurrió que podría disfrazarme de punky ya que tanto me gusta esa moda. Me sacó una chaqueta oscura que tenía ella por casa con botones dorados estilo almirante de la marina y, aunque me quedaba un poco prieta, la verdad es que se veía muy punky.
—Te queda corta de mangas—, me dice con el brillo en los ojos de un científico que acabara de hacer un gran descubrimiento—, pero te queda bien. Mira, ponte esta pulsera, te la regalo. Y la chaqueta también.
—¡Gracias!
—¡Las gracias pa’ los curas! En esta casa no nos des las gracias, que no somos extraños.
—¡Es que el Felisito es un finolis!—, se burla la Charito—. ¡Un punky finolis!
—¡Que no me llaméis Felisito; que ya no soy un crío!
Entre burlas y carcajadas, me pusieron el pelo en punta y me pintaron la cara como Adam Ant. Me miré al espejo y, la verdad, tenía toda la pinta de un punk.
—Solo quedan los pantalones. Los pantalones tienen que ser apretados.
—Pues eso sí que no tenemos de tu talla. A ver, si te los cogemos por abajo con unos imperdibles, ¿eh? ¿Qué te parece?
—A ver…
—Mira, ¿qué te parece?
—¡Ahora sí!
—¿Y qué van a pensar tus padres cuando te vean de esta facha?
—A mi madre no creo que le importe. En carnavales me disfracé de mujer y le pareció genial. Hasta me ayudó a maquillarme.
No recuerdo por qué me disfracé de punk para las fiestas rectorales. A lo mejor también había otros alumnos del colegio que se disfrazaban o se ponían pintas estrafalarias en ese día. A la hora del almuerzo, fuimos en masa al tubo de Tudela a echar vinos. Luego hubo un show muy gracioso en la gran sala de cine del colegio con “Telediario” incluido. Por la noche continuamos la juerga por el tubo hasta las cinco de la madrugada. No recuerdo bien ahora qué me metí aquella noche, no sé si fue ácido, pero el caso es que estaba bastante ciego. No sabía bien qué hacer a esas horas de la mañana, así que me fui a la estación de autobuses y me puse rumbo a Pamplona y, de ahí, a Lekaroz a visitar a mis ex-compañeros de colegio. Los curas me dejaron entrar a las aulas y escandalizar a todo el mundo y hasta me invitaron a comer. Supongo que pensarían que iba disfrazado, lo cual era cierto, aunque esas pintas punkis no me las quité hasta los diecinueve años. Todavía hoy no sé por qué se me ocurrió ir a Lekaroz en un día de clases. Supongo que llevaba tiempo queriendo volver al colegio a ver a mis amigos. El caso es que retomé la amistad con Iñaki, con quien me había peleado a final de curso el año anterior. Sus padres tenían una casa de verano en Corella, justo detrás de donde habíamos tenido las perreras algunos años atrás, y quedé con él para vernos en Corella un fin de semana.
Mi vida se ha convertido en una gran fiesta, pero no estoy bien. Mi obsesión por la droga se está convirtiendo en algo peligroso. El Parra ha traído unos barbitúricos y los he mezclado con alcohol. ¿Cómo iba a saber yo entonces que me podía haber muerto de una sobredosis? Claro que el Ricardo es muy prudente y me está utilizando como conejillo de indias, así que él no los ha probado. Después de un agradable mareo, noto un fuerte dolor de estómago. No puedo respirar. No puedo caminar. Me tengo que sentar. Empiezan a darme arcadas. Lo vomito todo. Si no llego a vomitar, me hubiera muerto. Otro día, el Parra trajo Valium y también me tragué varias pastillas con alcohol. Pero el valium no me sentó tan mal, simplemente intensificó mi borrachera. Lo malo del Valium es que al día siguiente no recuerdas nada. Por fin había alcanzado mi sueño de ser drogadicto. Aunque lo que yo quería era probar la heroína. Desde que había leído el libro de Cristina F, estaba obsesionado con esa idea. Tal era mi monomanía que, un día, compré una jeringuilla en una farmacia, me metí en el baño del colegio y empecé a bombear y sacar sangre. Al menos, ya sabía cómo hacerlo. El día que por fin consiguiese la heroína, ya sabía cómo inyectarla. Entre tanta novedad, mis resultados académicos fueron cayendo en picado. Lo que peor se me daba eran las matemáticas, así que vuestra abuela me consiguió clases privadas con un chaval del pueblo que estaba estudiando ingeniería en la universidad, el Pablo. No sé qué pensaría el Pablo de mí, pero no me enteraba de nada en sus clases. El caso es que Pablo había organizado un equipo de baloncesto con algunos chavales del pueblo y estaba buscando chicos altos. Yo le advertí que no se me daba bien el baloncesto, pero me convenció a que me apuntara con el Juan.
En el equipo de baloncesto nos hicimos amigos de dos chavales del pueblo que conocíamos de vista, el Fernando y el Ángel. El Fernando era alto y delgado, como nosotros, y cantaba unas cancioncillas punkis muy graciosas. "Los esqueletos no tienen pilila, no tienen pilila…" y "Yo tenía diez perritos en los puestos del poder y eran tan educaditos que no sabían joder". Como era de esperar, enseguida caímos bajo el embrujo de ese punky tan ocurrente porque, además, tenía muy buena conversación y compartía con nosotros conocimientos sobre la movida, fanzines, cómics, o música. Enseguida empezamos a quedar con él y a salir por ahí a echar cervezas y nos prestaba cintas grabadas de La Polla Records, los Eskorbuto, los RIP, o Siniestro Total. El Fernando nos presentó a quien se convertiría en un gran amigo nuestro, el Ricardo. Ricardo nos pasaba algunos años y lo conocíamos de vista como a todos los del pueblo. Él estaba muy metido en temas de promocionar conciertos punk y tenía una colección de discos impresionante. Pronto empezamos a pasar los sábados por la noche recorriendo Navarra y sus alrededores de concierto en concierto con él. Pero antes de que esto ocurra, el Fernando nos va a llevar a un concierto que fue nuestro bautismo punk.
Un sábado nos dijo si queríamos bajar a Tudela a dedo a un concierto. Sin preguntarle nada al respecto, le dijimos que sí. Yo ni me imaginaba qué tipo de concierto sería ese. Cuando llegamos al Paseo del Prado, al lado del río Ebro, donde se celebraba, nos esperaba todo un espectáculo: había punks por todos lados, pero no punks descafeinados como los de La Ribera, estos tíos habían venido de Bilbao y Donosti en autobuses y estaban hasta el culo de todo. Se paseaban en bandas tambaleándose y buscando pelea y tenían un aspecto espantoso. Nosotros éramos chicos rebeldes de La Ribera, pero disfrutábamos de un colchón de comodidad y seguridad: todos habíamos surgido con nuestros padres en medio de una revolución agrícola e industrial y habíamos crecido con un nivel de vida aceptable. Había trabajo y la gente manejaba dinero. Y nuestras madres nos esperaban con la mesa puesta. Además, en aquellos años ochenta, la mayoría de la gente vivía con sus familias en un entorno rural bastante agradable y seguro. Todos los del pueblo nos conocíamos, lo cual para algunas personas podía ser insufrible, pero no para mí. Y ahora, con la adolescencia y con el colegio en Tudela, empezamos a formar parte de una tribu más grande: éramos riberos y nos movíamos en masa, de pueblo en pueblo, disfrutando de sus fiestas patronales. En contraste, estos punkis de ciudad se veían totalmente perturbados, desquiciados, increíblemente agresivos y daban un poco de miedo. Nosotros nos metimos entre el gentío como quien no quiere la cosa, con cuidado de no contagiarnos de la enfermedad que aquejaba a esa manada de bestias enajenadas. Pero era demasiado tarde. El daño estaba hecho con anterioridad al contacto. Hacía años que Juan y yo habíamos caído víctimas de esa enfermedad antisocial y autodestructiva. Esto solo era nuestro bautismo de fuego. Cuando llegamos al escenario nos encontramos con los RIP, que estaban quemando una bandera española al ritmo de sus agresivas canciones con letras que a mí me parecían increíbles, que si escupe a la bandera, que si mili por el culo. A un lado del escenario se había formado una piña de punks al estilo de las peleas de los cómics de Asterix y Obelix; los tíos cogían carrerilla y se lanzaban al montón en plan suicida y se daban de ostias por pura diversión. Los golpes eran tan duros que se escuchaban perfectamente entre la distorsión amplificada de las guitarras y los gritos de muerte al rey y odio a mi patria. En un momento dado, subieron al escenario los de La Polla Records quienes, al ritmo de su canción Come mierda, empezaron a tirar yogur al público. Algunas de las canciones que escuchamos en ese concierto circulaban en forma de maqueta, en cintas TDK o Phillips, que poníamos en casa o en el coche del Ricardo, así que ya las conocíamos. En un momento dado, se nos ocurrió pillar algo de droga, creo que fue un tripi, pero no recuerdo si lo conseguimos, o si el tripi estaba bueno o si era de palo. Lo cierto es que Juan y yo estábamos metidos de lleno en la famosa movida de los años ochenta y ese concierto fue el primero de cientos de conciertos y juergas en los que participaremos en los próximos cuatro años. Lo curioso es que esto ocurrió unos cuatro o cinco meses más tarde pero, en mi memoria, está situado ahora y, desde el punto de vista narrativo, tiene más sentido aquí que en el capítulo siguiente. A fin de cuentas este es un relato de lo que yo recuerdo y de cómo lo siento; no se trata de un documento histórico preciso. Sea como fuere, este concierto figura en mi memoria como el evento fundacional de mi vida punk.
Por mucha juerga y amigos nuevos que tuviera, no se me quitaba la depresión de encima. Habían sido demasiados años de ver sufrir a mis padres y a mis hermanos en una especie de tragedia macabra de la cual no podía escapar. La idea de irme de casa se convirtió en otra de mis obsesiones y a veces me quedaba toda la noche deambulando por las calles, no queriendo aguantar el monólogo fascista de mi padre. Pero vuestra abuela siempre se encargaba de ponerme al día en cuanto me veía: tu padre me ha pegado, tu padre ha venido tan borracho que se ha meado en el tocador, tu padre ha intentado violarme. ¿Cómo que ha intentado violarte?, pensé, ¿acaso no te viola siempre? ¿Será posible que aceptes a semejante monstruo sin oponer resistencia y que haya intentado violarte una sola vez? Cada día comprendía menos a mi madre y supongo que esto contribuía bastante a mi pasotismo: si ella misma no hace nada por protegerse, ¿qué puedo hacer yo? Un día llegué a casa por la mañana y me la encontré en el pasillo, esperándome… O esperándolo a él, no sé. El caso es que había pasado una noche horrible sin su niño protector, y sin su abusador, preguntándose a sí misma si le iba a caer una somanta de palos o si iba a venir tan borracho que ni siquiera eso pudiera hacer. El caso es que, cuando me vio, se desvaneció en mis brazos y tuve que llevarla a la cama. Esto hizo que me hundiera más profundamente en mi depresión.
Los días de colegio me tenía que levantar temprano para coger el autobús de jesuitas. Recuerdo perfectamente la depresión acentuada por esas mañanas frías y oscuras, como un reo sofocado por una bolsa de plástico en la cabeza a punto de ser tirado al río; el café con leche y galletas que se me indigestaba todos los días; y el primer cigarro del día que nos echábamos mi amigo, el Maese, y yo en el hueco de las escaleras del colegio y que me sentaba como un tiro. Al menos en el colegio me divertía bastante, pero no conseguía concentrarme en clase. Era tan amiguero que incluso me juntaba con chicos buenos que ni fumaban ni bebían y sacaban buenas notas. A veces me ponía a estudiar con el Javier Peña y nos preguntábamos la lección el uno al otro. Aquellos momentos representaban algo de positividad en mi vida y una oportunidad de aprobar alguna que otra asignatura. A pesar de tener tantos amigos nuevos, todavía conservaba la amistad con el José Manuel con quien seguía yendo al cine de vez en cuando. Por aquel entonces estaban saliendo películas muy emblemáticas como Blade Runner, Mad Max, Rambo, o Viernes 13. También fui a ver Navajeros, El Pico y Quadrophenia con mis amigos punkis. Desgraciadamente, debido a mi vulnerabilidad, estas últimas películas no hicieron más que incentivar mi obsesión con la droga y las actitudes antisociales, en concreto, se me metió en la cabeza la idea de dar un palo a una tienda. Cualquier persona que no haya sufrido de pensamientos obsesivos, no podrá comprender lo que es estar preso de estos pensamientos circulares, repetitivos, sin sentido, que no te dejan en paz en ningún momento, pero yo no tenía remedio: estaba desarrollando una psicopatía de delincuente y drogadicto.
En efecto, la movida no me había convertido en drogadicto; yo mismo me había convertido en drogadicto mucho antes de participar en la movida. Muy al contrario, la movida me dio acceso a una nueva tribu, personas que teníamos mucho en común, que nos hacíamos compañía no como amigos, sino como familia. El bar Tarumbi de los Paseos, donde habíamos ido a ver Heidi y Pipi Calzaslargas de pequeños, se había convertido en nuestro punto de encuentro. En una época en la que no había redes sociales, solo teníamos que ir al Tarumbi a ver quién aparecía por ahí para echar unas cervezas y unos porros juntos. El bar lo regentaba la familia de siempre pero los padres ya se habían jubilado y lo llevaban los hijos, que eran de nuestra edad, y el Tarumbi se fue convirtiendo en un referente de la movida en La Ribera. Escuchábamos música de Talking Heads, Susie and the Banshees, de la New Wave, Los Burros, Paraíso, La Mode, Parálisis Permanente y tantos otros, y venía gente de los pueblos circundantes. Los fines de semana se ponía a tope de gente y era un reflejo del bullicio y las multitudes de los patios de las escuelas públicas del pueblo: todos nos conocíamos desde la más tierna infancia. Los clanes del pueblo, las peñas, seguían siendo tan herméticas como siempre, pero compartíamos el mismo espacio y los mismos intereses, así que, poco a poco, empecé a entablar contacto con esos lobos esteparios. La calle se había convertido en un sitio donde estaba mejor que en casa. Cada día me hablaba con más gente y es que, en realidad, necesitaba mucho apoyo. Los amigos son espejos en los que te miras, en quienes buscas modelos de conducta, ayuda mutua, y refuerzo de la identidad. De alguna manera, yo estaba buscando mi propia familia, un clan que reflejara mejor mi persona, y que pudiera proporcionarme algo de consuelo. Mis amigos del colegio y del pueblo se convirtieron en confidentes de mis desgracias personales y, de hecho, empecé a sentirme mejor. Poco a poco, aprendí a “pasar” de los problemas de mis padres y a centrarme más en mi propia vida. Quizá tener un oído donde descargar ese lastre fuera parte de la solución y el comienzo de mi proceso de liberación. Por eso, a pesar del peligro constante de las sobredosis, a pesar de las conductas delictivas, considero que pertenecer a esa gran tribu me proporcionó un escape y, gracias al afecto de esos amigos y amigas, pude superar mi deseo de acabar con mi propia vida. Verdaderamente creo que ellos me salvaron. Durante los tres próximos años, amigos como el Fernando, el Ricar, el Maese, el Koko, y amigas como la Mari, la Marga, Julia, y muchos otros en menor o mayor medida, se van a convertir en una auténtica familia para mí. Seguro que todavía se acuerdan de ese muchacho loco que estaba obsesionado con la idea de matar a su padre.
De hecho, acabo de intercambiar unos mensajes con el José Manuel y le he invitado a leer el borrador de esta carta ya que él es un personaje y un amigo. Sin que yo le preguntara nada, me ha confirmado que yo era un parricida de pensamiento y que, como he mencionado en el párrafo anterior, mis amigos se habían convertido en mis confidentes: “La primera vez que yo fui consciente de lo que ocurría fue cuando viniste a segundo de BUP. Estábamos en los pasillos, después de comer, con Jacue y Gascón, y no sé de qué hablábamos pero entonces dijiste: mi padre es un hijo de puta, cualquier día lo mataré. A partir de ese día fuimos hablando y me fuiste contando los problemas que teníais en casa, con él y con tu hermano Juan, el pobre Juan. Mi idea de él es que era el típico colgado que había caído en las drogas y la mala vida... Si me ha sorprendido todo lo referente a tí, todo lo de tu hermano ha sido como una bofetada en la cara. Me demuestra que nada es tan sencillo como parece; como tú bien dices, nada es blanco o negro. Tengo un gran recuerdo de aquella época de Jesuitas contigo, ya que prácticamente te conocí entonces, descubrir tu creatividad, tus dibujos, tus historias, hablar contigo de música… Resulta que el Félix Chivite no era tan raro después de todo”.
En efecto, mis buenos amigos eran amigos muy buenos. A mi me habían robado la Vespino hacía unos años, pero el José Manuel y el Jesulín tenían moto y nos íbamos por ahí a la velocidad de la luz, sin un destino concreto, simplemente disfrutando del viento en la cara. Yo no lo sabía pero, mi viejo amigo de primaria, el Javier Larraga, también era amigo de los otros dos y, un fin de semana que él volvía del colegio, nos juntamos los cuatro. Ese fue uno de muchos momentos especiales que pasamos juntos antes de que todo se convirtiera en mierda.
Como acabo de mencionar, incluso mis “malas compañías” también eran muy buena gente: formaba parte de una gran tribu, del movimiento juvenil de la movida, y, aunque no me diera cuenta en ese momento, mi persona ya no miraba hacia adentro, hacia mi familia y mi reducido grupo de amigos del colegio; el telón se había levantado y yo era un actor frente al gran público. El Tarumbi, Los Paseos, la Saysa, el Pub Dona, el tubo de Tudela, mi colegio, e incluso las calles del pueblo, se habían convertido en mis nuevos escenarios. La vida era una obra de teatro y yo estaba creando un nuevo personaje: uno más libre, con una conciencia más individual; un personaje modelado al estilo de otros jóvenes de la movida y de personajes antisociales de películas como Navajeros, El Pico o Quadrophenia. Ya estaba cansado de ser el cuidador de mis hermanos, el defensor de mi madre, el que le plantaba cara a mi padre… Incluso estaba cansado de ser estudiante: mi formación académica me importaba un bledo. Pero mis propios hermanos no me dejaban cambiar de papel, ellos querían tener a su cuidador y Juan se había convertido en mi sombra. Mi madre no hacía más que bombardearme con su eterna cantinela: tu padre me ha insultado, tu padre me ha amenazado, tu padre me ha pegado, indicando de alguna manera que yo era responsable de todo aquello y no ella, que yo podía hacer algo al respecto, que yo podía salvarla. Pero yo quería irme, estaba desesperado por librarme de ese lastre, esa narrativa de odio y de resentimiento que estaba carcomiendo mi ser.
El pueblo es un gran escenario en el que todos somos actores y espectadores. El pueblo entero está mirando la obra de teatro protagonizada por todos. Un día, se me ocurrió tomarme unos cuantos Rohipnoles que me había pasado mi amigo el Ricardo de jesuitas con alcohol. Estaba en casa con Juan y, después de tomarlos, decidimos ir al Tarumbi a pasar el rato. Enseguida empecé a notar una gran sequedad en la boca, como si hubiera comido arena. Luego, en cuanto bajamos las escaleras de casa, sentí mareos y una gran debilidad en las piernas. Recuerdo que Juan tenía que aguantar mi peso para que no me cayese mientras caminábamos por la calle Ligués. Él sugirió que regresáramos a casa, pero yo insistí en que fuéramos al Tarumbi. Recuerdo haberme apoyado contra la pared en más de una ocasión porque las piernas me fallaban mientras Juan me sostenía del brazo. Y, después, nada, un vacío en la memoria. Me desperté al día siguiente con raspones por todos lados y mi reloj rallado. Juan me contó lo que había pasado. Al parecer, para cuando llegamos al Tarumbi yo estaba inmerso en un sueño hipnótico muy profundo y me comportaba como un sonámbulo. Aquella tarde en el escenario del pueblo, todos pudieron ver con sus propios ojos en qué se había convertido el hijo de Félix Chivite: en un borracho y un drogadicto. Porque la mayoría de nuestras juergas se desarrollaban al amparo de la noche, cuando los únicos espectadores eran otros borrachos y otros drogadictos; pero no ésta. Esta caída en picado la presenciaron todos los vecinos del pueblo que se encontraran por la calle en aquellos momentos. Y tampoco sería la última, sino que en los próximos años iba a protagonizar muchas escenas parecidas en las que acabaría tirado por la calle con sobredosis de barbitúricos, hipnóticos, alucinógenos o narcóticos. Pero en ninguna ocasión iban a ser espectáculos tan de cara al público como esta ocasión en la que Juan me llevaba del brazo. Yo, un Jesucristo auto crucificado, clavado a la droga, en un paseo mortal hacia mi calvario. Él, un Simón cireneo ayudándome a cumplir con mi destino. Supongo que todos buscamos nuestra propia cruz. Todos queremos ser castigados. Como ya he mencionado anteriormente, la libertad es algo terrorífico, pocos tienen el coraje necesario para ser libres. Y, si la libertad da miedo, ¡la felicidad es insoportable! Es más fácil dejarse dominar por cualquier cosa: la droga, el alcohol, o una relación tóxica, y echar la culpa de todos nuestros errores a otras personas y circunstancias. Porque la libertad implica responsabilizarse de los propios actos sin culpar de nada a los demás. Y la felicidad es un sueño que solo alcanzan aquellos que se atreven a soñar. Yo había decidido ser un cobarde y opacar mi conciencia para no sufrir. Mis únicos sueños eran conseguir droga, matar a mi padre e irme de casa.
Si bien es cierto que mi vida se había convertido en algo siniestro y peligroso, también había cosas maravillosas. La Nena ya tiene once años y es una chiquilla preciosa que adora a su hermano mayor, y esa devoción suya es mutua y me salva la vida a ratos. Cuando llego a casa me llena de besos y abrazos y nos gusta pasar el rato juntos leyendo y escuchando música. Yo le cuento mis anécdotas del colegio y mis fantasías sobre librarnos del papá de una vez y de ir a vivir a Inglaterra y ser felices. En mi mente de adolescente no cabe pensar que mi felicidad estuviera en mis propias manos; para mí, la felicidad era algo que solo podía ocurrir si mi padre desaparecía. Y, de esa macabra manera, quedaría atado a mi padre hasta que por fin un día me dé cuenta de que tenía que perdonarle para por fin ser libre. No obstante, todavía faltan cuatro años para que esto ocurra. Sin embargo, si hacemos caso de los psicólogos, ni siquiera ahora me he librado de esa relación tóxica, porque, según dicen, uno se casa con alguien que le haga sufrir de “maneras familiares”. Pero no sé si me he casado con mi padre, o con mi madre, o con la Nena, o con Juan. Lo que sí es cierto es que vuestra madre me está dando la oportunidad de ser el marido que vuestro abuelo nunca fue. Así como vosotros me estáis dando la oportunidad de curar mi infancia, vuestra madre me está dando la oportunidad de salvar a mi madre. Porque vuestra madre nunca va a ser vapuleada, ni humillada, ni engañada, ni va a sufrir la destrucción mental y física de una infidelidad. Vuestra madre sabe que yo siempre voy a estar ahí para ella y que puede contar conmigo para todo. Y yo también sé que ella va a estar ahí siempre. Y vosotros también lo sabéis. Puede que vuestra abuela no sea capaz de salir nunca de ese hoyo profundísimo de la violencia de género, pero, al menos yo, sin poder salvar a mi madre directamente, la estoy salvando indirectamente a través de mi esposa. Creo que todos podemos encontrar la salvación. El abuso es algo que no se comprende si no has sido abusado. El abuso no es algo que ocurrió en el pasado: es algo que ocurre por siempre. Una persona violada, una persona que ha sido quebrada de manera sistemática, una persona que ha sido arrastrada por los suelos, es una persona que vive el abuso todos los días de su vida aunque haya ocurrido años atrás. Yo pude irme, pude reinventarme, logré darme cuenta de que mi supervivencia estaba supeditada a mi egoísmo autoprotector; pero vuestra abuela nunca ha podido liberarse y todavía tiene pesadillas. Yo puedo escuchar tranquilamente a Cat Stevens, y a Simon and Garfunkel, pero a vuestra abuela le traen horribles recuerdos. Creo que la única manera de superar el abuso es superar moralmente al abusador, ser mejor que él, y vosotros me estáis dando esa oportunidad. Vosotros y vuestra madre. Pero vuestra abuela está demasiado rota, como lo estaba vuestro tío Juan, que explotaba en ataques de rabia y odio incluso cuando ya era adulto y yo me preguntaba por qué él no era capaz de liberarse de todas aquellas cosas que habían pasado hacía muchos años. La razón es esa, el abuso es algo presente en una eternidad de dolor. Y, el egoísmo, ese defecto de la personalidad con tan mala reputación, puede ser la clave para escapar y superar el maltrato, tal y como yo pude hacer.
Pero, estaba hablando de cosas positivas, y me he ido por una tangente. Como ya he mencionado, Juan y yo cada día estamos más unidos, como lo estamos todos, en realidad: la mamá, la Nena y el Kike también. Esa conciencia primitiva de tribu está creciendo y haciéndose más sólida, más real. Ahora el Kike se nos pega cuando hacemos experimentos en el cuarto de las clases. Le fascina todo lo que tenga que ver con la tecnología, ya sea un montaje de luces psicodélicas de discoteca, o un planeador de madera de balsa. Por otra parte, nuestras vacaciones de camping nos ofrecen la oportunidad de correr un sin fin de aventuras por esas magníficas playas del Mediterráneo. Aunque siempre vamos a regañadientes porque no nos apetece estar tan cerca de nuestro padre, al final, siempre lo pasamos bien. El calor de la costa huele a sal y a diversión. Las estaciones de radio suenan mejor aquí y nos anuncian la juerga que se avecina. El agua del mar está como si fuera sopa y las chicas se han olvidado el bikini en casa. Este año ha venido el Pablo con nosotros. Para mí es interesante tener una especie de hermano mayor; supongo que es un descanso ya que eso de ser responsable de tres hermanos es un poco pesado. Hemos ido a discotecas, hemos comido en restaurantes, nos hemos bañado en el mar, hemos visto a un montón de chicas desnudas por la playa, y hemos disfrutado de lo lindo. Incluso hemos tenido un accidente de tráfico cuando volvíamos de juerga con el Pablo. ¿Por qué no puede ser la vida siempre así de divertida?
Pero, la sombra de la muerte acecha por todos lados. Algo que siempre había sido una liberación, como estar en el paraíso, se ha convertido en una experiencia muy triste. Cada día vamos a Jaca con más frecuencia porque el yayo no está nada bien. Yo me paso el viaje entero llorando por dentro. Me cuesta mucho aguantar las lágrimas. Ese hombre que iluminaba mi vida con una sonrisa se está apagando poco a poco y yo no lo soporto. Como no puedo llorar delante de mis hermanos, el llanto viaja por mi cuerpo como una ola. Empieza en los ojos y baja hasta mi estómago. Luego sube de nuevo y de nuevo tengo que aguantar las lágrimas. Y así paso el viaje entero por esas carreterillas tortuosas que atraviesan campos de trigo, pueblos dormidos, y se meten en Huesca como serpientes mientras mi padre piensa que está en un rally. Juan y yo nos escondemos en el cuarto del tío Patxi y ponemos la música a tope: Scary Monsters (and Super Creeps) de Bowie, Tattoo You de los Rolling (que tiene una portada que me fascina), Crisis? What Crisis? de Supertramp, The Motels, Nina Hagen, mientras leemos las aventuras de Tintín, de Asterix y Obelix, de Mortadelo y Filemón o de los locos vecinos de 13 Rue del Percebe. El tío Patxi nos ha presentado a los vecinos de enfrente, que son de su edad: un chico y dos chicas. Para mí, son el epítome de las vacaciones, la juerga, el verano para disfrutar. Siempre se les ve contentos y emocionados, porque la vida es una fiesta. Un día, al tío Patxi se le ocurre llevarme de juerga con ellos a una discoteca que está vacía. Nos tomamos unos cubalibres, nos fumamos unos porros y, a bailar. El alcohol es una alfombra voladora y mis pies no tocan el suelo. Parece que a una de las chicas, Ana, le he caído bien y se enrolla conmigo al ritmo de los Men at Work e Imagination. Es un recuerdo agridulce, porque, semanas o meses después, los tres hermanos se fueron a un concierto de Rod Steward y, a la vuelta, tuvieron un accidente de tráfico muy grave. Creo que murieron los tres. Siempre me he acordado de ellos y de esa chica que me regaló sus besos.
Pero la vida continúa. No sé cómo he pasado de curso, pero lo he logrado. Creo que he dejado mates y física y química para septiembre, pero al menos podré pasar a tercero de BUP. A pesar de ser unos juerguistas consumados, el Juan y yo seguimos yendo a las piscinas del pueblo cuando no estamos trabajando con el papá. Sigue estando de moda venir de vacaciones a la Ribera y las piscinas se llenan de vascos. El sistema de megafonía nos regala éxitos de todas las épocas: Rocío Durcal, Mari Trini, Massiel, Bob Marley, Miguel Ríos. Santa Lucía suena constantemente a pesar de que ya tiene dos años. Aquí nos encontramos con conocidos, amigos y compañeros de primaria. La prima Mari Jose siempre está dispuesta a tomarme el pelo.
—¡Hombre, Felisito, qué pedo llevabas la otra noche!
—¡Que no me llames Felisito!
—¡Félix, pues! Que te vi el otro día, corriendo. Ibas por la carretera de Corella.
—¿Qué pasa? ¿No puedo correr, o qué?
—¡Tú, corriendo!¡Qué gracioso!
—Mira, la pulsera que me regalaste todavía no se me cae. No me la puedo quitar.
—Es que, ¡menudo nudo le hicimos! ¿Toma, quieres uno?
—No, que yo solo fumo cuando bebo.
—Pues sácate una cerveza. Venga, que te invito. ¡Y no me des las gracias que te pasas de finolis, tú!
—El lunes voy a ir a la cereza.
—¿Tú, a la cereza? ¡Pues ya puedes madrugar!
—A las seis, empezamos.
En efecto, muchas de las personas que iban a la piscina solo iban a tomar el sol y fumarse unos cigarrillos, pero al Juan y a mí nos encantaba nadar y tirarnos de cabeza y a la voltereta. En cuanto a esa pulsera de cuero punky, la llevé hasta los diecinueve años, cuando ya se cayó de vieja.
Aquel año fui a la cereza para sacar dinero para las fiestas de San Juan y porque me dijo la mamá que ya tenía que contribuir a las finanzas de casa. Y también porque quería evitar en lo posible trabajar con mi padre. Eso de ir a la cereza fue una tortura. No solo tenía que levantarme a las cinco de la mañana para empezar a trabajar a las seis, sino que el trabajo del campo es muy duro y me costó bastante acostumbrarme. Trabajábamos de seis a dos, subidos a los árboles con una caldereta, lo cual se me hacía muy monótono. Lo más interesante era la hora del almuerzo, cuando nos sentábamos todos juntos y los hombres mayores nos contaban anécdotas y cosas del campo. Ahí aprendí que mi padre no era el mayor alcohólico del pueblo y que eso del abuso del alcohol era un hábito muy extendido a través de todas las generaciones. Había un señor que, antes de ir al campo, se echaba unos tragos de anís en el Caserón. Luego, con el almuerzo, se bebía una bota de vino y, después del trabajo, volvía al Caserón a seguir bebiendo vino. Él mismo reflexionaba que había pasado toda la vida bebiendo alcohol y que ahora eran otros tiempos y eso ya no se hacía tanto. La verdad es que el Caserón estaba siempre lleno de viejos borrachos como él; toda una generación de hombres perseguidos por los fantasmas de la guerra civil y del hambre. No me extraña que nosotros, los jóvenes, también hubiéramos escogido incapacitar nuestra conciencia con alcohol y droga: el camino estaba allanado.
El tabaco y el alcohol son hábitos de lo más normal. Por esta época los Bebés están efectuando una transición del estanco de la Puri al bar Tarumbi. Todavía se les ve en el estanco, fumando y dándose morreos con sus novias, escuchando a la Electric Light Orchestra y a los Bee Gees, pero Los Paseos se están convirtiendo en el punto de encuentro de la juventud, y la música que ponen ahí es más de nuestro gusto. Se acercan las fiestas de San Juan y la gente no habla de otra cosa. Yo he quedado con mis amigos el José Manuel, el Jesusín, y el Javier Larraga para hacer una costillada en el río. Pero, antes de la tradicional costillada en el campo, tenemos la noche de San Juan. Este año he quedado con el Larraga, que me va a presentar a un amigo de su colegio. Mi tío Julián ha puesto una gran barrica llena de sangría al lado de Los Paseos y nos hemos juntado ahí a echar unos tragos. Yo tengo mi armónica y estoy tocando alguna cancioncilla cuando, por fin, aparece Víctor, el amigo del Larraga.
—Yo también toco la armónica.
—Ah, pues toma, toca algo si quieres.
Y de esa manera tan sencilla, el Víctor y yo nos hacemos amigos y pasamos la noche entera de borrachera, tocando la armónica y paseando por el pueblo agarrados de los hombros como si nos hubiéramos conocido de toda la vida. Al Víctor también le gusta la poesía y lanzamos estrofas improvisadas al aire, tal y como lo hice en su día en Lekaroz con mi amigo el Ledesma. Después de unos cuantos vasos de sangría, nos subimos una manga del pantalón y cantamos las canciones típicas de la juerga nocturna, esas canciones que están en la memoria de todos y salen solas tras unas cuantas copas: A mí me gusta el vino, Desde Santurce a Bilbao, Clavelitos, Si vas a Calatayud, No te vayas de Navarra, Uno de enero… Aunque no conocemos toda la letra, al menos cantamos los conocidos coros por todo el pueblo. No recuerdo si aquella noche saltamos la hoguera de San Juan. ¿Quién sabe? Con el pedo que llevábamos, es tan posible que la saltásemos como que estuviéramos metidos en algún cuartillo bebiendo zurracapote. Al día siguiente no podía levantarme de la cama y tuvo que venir a buscarme a casa no sé si el Larraga, quien me llevó al río en su moto. Mis amigos me esperaban un poco molestos.
—Las costillas las ibas a hacer tú, así habíamos quedado—, me suelta el Jesusín con cara de malas pulgas.
El caso es que tenía la cabeza a punto de estallar, la boca seca, el estómago revuelto y todo me daba vueltas, así que me pasé con la sal y nos costó bastante tragar las costillas. Me sentí mal, como si hubiera traicionado a mis amigos de toda la vida. No cabía duda de que gracias a mi afición al alcohol, les había fastidiado el almuerzo. De alguna manera, me sentí como un impostor, me sentí sucio. Yo era un borracho como mi padre y, en ese grupo de buenos chicos, no había cabida para mí. Yo mismo me auto discriminé y no volví a quedar con ellos, lo cual me ha dolido siempre. Pero es que, entre gente normal, me veía como un bicho raro y encajaba mejor en la movida punk.
Yo sigo empeñado en evitar trabajar con mi padre este verano y ,como eso del trabajo del campo no es lo mío, se me ha ocurrido ir a las bodegas del tío Julián a pedirle trabajo.
—Hola, que quería hablar con mi tío…
—Espera aquí un momento… Dice que pases.
Mi tío Julián, quien era famoso por haberle robado la bodega a mi abuelo y por habernos echado de casa, me inspiraba un poco de respeto por su leyenda negra, pero, como siempre, estaba muy amable conmigo.
—¿Qué tal estás?
—Bien.
—¿Y qué tal está tu padre?
—Bien, también.
—¿Y tu madre?
—También.
—¿Y qué puedo hacer por ti?
—Estoy buscando trabajo.
El tío Julián llamó a uno de los empleados de la oficina.
—A ver, el muchacho quiere un trabajo. Mira a ver qué le puedes encontrar.
El oficinista me llevó a su escritorio, me invitó a sentarme y, lo primero que me preguntó fue mi edad.
—Quince años.
—Pues todavía no puedes trabajar. ¿Cuándo cumples los dieciséis?
—En septiembre. Pues vienes en septiembre y hablamos.
Y así de rápido terminó mi carrera vitivinícola, porque no volví a ver al tío Julián. Como tampoco volví a ir a correr. Es curioso que algo dentro de mí me dijese que tenía que estar en forma, que tenía que hacer ejercicio, que tenía que ser formal, que tenía que trabajar. Eso es lo que se denomina como sentido común. Pero yo tenía mi sentido común olvidado en un rincón del armario. Igual que el Parra de jesuitas. Un día me llama por teléfono y me dice que había robado unas entradas para la verbena del frontón al lado del río Ebro. Así que me fui a Tudela a dedo y nos metimos con el Javier Urtazu y un primo suyo en el famoso frontón a disfrutar de la fiesta. Estuvimos toda la noche de parranda hasta la hora del encierro, que fue el último que corrí en mi adolescencia. La verdad, el encierro de Tudela imponía un poco de respeto. Las calles eran mucho más anchas que en el pueblo y los toros eran más grandes. En ese momento fui consciente de que mi carrera taurina también había terminado porque era incompatible con la juerga, el alcohol y la droga: para correr el encierro había que estar en forma, no sin dormir, sin desayunar y con el cerebro encurtido en alcohol.
Al final tuve que resignarme a la idea de trabajar con vuestro abuelo, que había trasladado el negocio a un taller en la Carretera de Madrid. La verdad es que no sé por qué me daba trabajo, porque, aparte de ser un vago, solía llegar tarde y con resaca. A veces, solo dormía un par de horas antes de ir al taller. Lo cierto es que vuestro abuelo tenía bastante paciencia conmigo, porque no recuerdo que me hubiera echado ninguna bronca, aunque sí se quejaba con vuestra abuela.
—Tu padre dice que tienes que espabilar más, que estás atontado en el taller y no trabajas bien.
—¡Menudo trabajo! Lo único que me gusta es cuando vienes con el almuerzo.
—Pues ya eres un hombre y tienes que contribuir a la casa.
—¿Me podrías traer una lata de calamares en su tinta mañana?
—Bueno… Pues vete a comprarlos, anda. Y tráeme harina, azúcar y una botella de aceite, que se ha acabado.
En efecto, los dos machos alfa estábamos en un plan muy diplomático, tratando de evitar confrontaciones frontales. Durante toda mi adolescencia, mi padre se comunicará conmigo a través de mi madre, a no ser que sea para dar órdenes concretas, decir alguna burrada, o para soltarnos un discurso alcohólico. El otro día estaba pensando en lo que significa tener un hijo, en esos nueve meses de espera ilusionados, en los cursos de preparación para el parto a los que fui con vuestra madre, en el día increíble en el que ves a tu hijo por vez primera y estallas de felicidad. Pero no para vuestro abuelo. Él no estaba. Eso no iba con él. Cuando yo nací, él estaba lejos, emborrachándose con sus amigotes. Y aterrado. Porque él no podía comprender lo que significaba tener un hijo. Para él fue el momento en el que un gusano que salió del vientre de la puta de su mujer le destronó. Algo bueno había salido de ese hijo tarado, violento, histriónico, y los ojos de toda la familia se volvieron hacia mí. No me extraña que no quisiera hablarme; que no supiera hablarme; que no pudiera hablarme. Él jamás comprendió lo que significa tener un hijo.
El verano continúa y los fines de semana son para la juerga. Un día me fui a Corella en la Razesa a ver a mi amigo de Lekaroz, Iñaki. Me contó que su padre se había muerto en un accidente de tráfico y no pude evitar sentir una gran envidia. Iñaki me llevó a un bar donde estaba uno de los vascos que venían a Cintruénigo de vacaciones. Un chaval rubio, de pelo largo, que había visto por el pueblo varias veces. Un chico de ciudad que emanaba esa confianza en sí mismo de los chicos que saben que son líderes en el establecimiento de tendencias de moda, lo que en inglés se denomina como “cool” y en francés como “panache”; un chico rodeado de un aura casi mística, inalcanzable. Era tan cool que un día, en la plaza de toros, cuando quise sentarme con su cuadrilla porque se estaban fumando un porro, me soltó un "tú no que no eres de la peña" tal y como me había dicho el Villanueva en primero de primaria. Me pareció un comentario grotesco e infantil. Pero tuve que irme con el rabo entre las piernas porque él era el líder del grupo y yo no era nadie. Ahora, el tontolaba ese se proponía humillarme de nuevo con un rito de paso. Después de mirarme con bastante desprecio, quizá porque me recordaba de Cintruénigo y no le había caído bien, me retó a liarme un porro.
—¿Quién es este pardillo?
—Un amigo de Lekaroz.
—¿De Lekaroz? ¡No jodas! ¿Este colgao?
—Es el Chivite, de Cintruénigo.
—Pues si quieres ser de la peña, tendrás que liarte un porro. A ver: ¿tienes costo?
—Sí…
—¡Con esa pinta de pardillo! Pues líate un porro. ¿Tienes papel?
—Sí…
La verdad es que, aunque iba preparado, no me había liado un porro nunca y estaba un poco aterrado porque había varios chicos sentados a la mesa del bar, como en estos estúpidos concursos de talento que se han puesto tan de moda hoy en día, en los que los participantes pueden dar rienda suelta a su masoquismo enfermizo. Al final, bajo el escrutinio de los jueces, conseguí liar un porro gordo y feo pero que tiraba, así que pasé el examen. El caso es que, tres años después, el pedorro de Gorka se hizo algo famoso en la movida. Un amigo mutuo de Bilbao, Sergio, me pasó una cinta de su grupo, los Naste Borraste, que me gustaron mucho. La verdad es que la voz de Gorka era entre brutal y sobrecogedora. Aunque cantaba en euskera y yo no lo entendía, transmitía una energía algo impresionante. Pero, como tantos otros machos alfa, acabó consumido por su propio fuego: Sergio me dijo que Gorka había tenido un hijo y que estaba muy enganchado a la heroína. Nunca más volví a ver a Gorka por el pueblo.
A quien sí vi una vez fue a la chica de las gafas de sol que me dejara enamorado a los once años; pero ya no le ví el atractivo. El caso es que llevaba la misma ropa de chica interesante y las mismas gafas de sol de hacía ya cuatro años. Es curioso la impresión tan profunda que pueden causar algunas personas. Quién sabe, a lo mejor esa chica era una conocida mía de otra dimensión, o quizá de mi propio futuro. El caso es que estoy muy metido en la movida y las chicas están pasando a un segundo plano. De hecho, estoy inmerso en un proceso de adoctrinamiento en política separatista y guerra antisocial. Cuando vamos a los pueblos de fiesta, siempre aterrizamos en el garito de Herri Batasuna, donde hay un ambiente de puta madre y suena una música radical acojonante. También nos dedicamos a escribir artículos insurrectos para algún fanzine, o a hacer pintadas contra la ZEN. Aunque, en realidad, a mí eso de la política me resbala bastante y solo les llevo la corriente para ponerme morado de porros y alcohol. En realidad, cuando tienes doble nacionalidad, eso del nacionalismo puede parecerte algo verdaderamente incomprensible, grotesco incluso. Yo tenía que sufrir las peroratas fascistas y ultranacionalistas de mi padre hasta las tantas de la madrugada, así que el nacionalismo no me hacía ni la más mínima gracia, pero al menos los de Herri Batasuna no me comían el coco (al menos, no directamente), ponían buena música y nos dejaban ponernos hasta el culo de porros.
Mi primer verano punky se va terminando. Este año Juan y yo vamos a ir a pasar unos días con nuestros abuelos en Inglaterra mientras los dos pequeños se quedan en Jaca con los yayos. ¡Lo increíble es que viene el papá con nosotros! Nos vamos en coche, un Ford Sierra nuevo que no está mal del todo. Pero eso del coche es anecdótico; lo que me parece surreal es que el maltratador de mi madre tenga los cojones de meterse en la casa de sus suegros y que estos lo acojan. El caso es que mis padres van con la excusa de encontrarse con un par de clientes; pero a mí eso de que estén tan juntos no hace más que confirmar mis sospechas de que mi madre no tiene solución: siempre será una adicta a su hombre fatal. Como es obvio, la atmósfera se puede cortar a cuchillo; sin embargo, el papá se porta bastante bien cuando le da la gana, así que se toma su whisky escocés con toda tranquilidad mientras espera la cena. En mi recuerdo, veo a un intruso en un mundo que era nuestro. Ya ningún lugar es seguro, ningún lugar es sagrado. La mamá ha vuelto a traicionarnos; pero ya da igual. A mi madre la doy por perdida; no tiene solución; no voy a reprocharle nada, ni molestarle más con la idea de abandonar al tarado de mi padre. Si quiere quedarse con él, tendrá que atenerse a las consecuencias; yo no voy a defenderla. En tan solo dos años tendré dieciocho y podré irme de casa. ¡Que se vayan a la mierda!
Los adultos son insoportables, pero Juan y yo no hacemos sino mamar su talante e imitar sus comportamientos. Por las tardes nos aburrimos bastante porque en el pequeño pueblo de los pépés no hay gran cosa que hacer. Por otra parte, los pépés parecen estar sufriendo de neurosis de guerra, como si les hubiera caído un obús encima, como si supieran que el ejército enemigo se acerca y solo cabe la rendición: la hija, una rebelde sin causa; el yerno, un alcohólico agresivo; y, los nietos, ¡menudas piezas! “¡Pero cómo se le ocurre meternos a este en casa!” No lo dicen, pero lo piensan. Sin duda alguna, la dan por perdida. “Esta chica no tiene remedio”. Los papás se han ido de viaje al norte, a visitar a un cliente, así que los días se hacen bastante largos en aquella época pre-Internet. Juan y yo pasamos el día escuchando la radio con los últimos éxitos de Dire Straits, Phil Collins, David Bowie, Spandau Ballet, Eurythmics, Yazoo, The Police, UB40, Mike Oldfield y tantos otros. Por las tardes, nos vamos de paseo a un parque a pasar el rato. Un día, aparecen por los columpios un par de chicas de nuestra edad, igual de aburridas que nosotros, y nos ponemos a hablar con ellas en un inglés bastante rudimentario. Todavía hoy en día tengo el sabor de Paula en mi boca. Es algo que no se me olvida. Fue entre grotesco e interesante, y una auténtica ironía de la vida: el tan esperado sexo está sobrevalorado. No sé qué pensaría ella, pero no fue nada romántico. Juan se enrolló con Allison y creo que le fue igual de mal que a mí, porque nunca hablamos del asunto. Y así, mientras por un lado censurábamos el comportamiento de los adultos, por otro lado no hacíamos sino cometer los mismos errores que ellos.
Antes de volver a Navarra, fuimos a una tienda a comprar souvenirs con los pépés y yo me compré un jersey de David Bowie con su cara pintada sobre un fondo negro. Yo no lo sabía en ese momento, pero ese jersey se iba a convertir en una tarjeta de presentación que me iba a abrir puertas en el mundo de la movida. De hecho, cuanto más punky y radical pareciera, más amigos iba a tener.
Sin embargo, algo que sí fue verdaderamente positivo aquel verano, fueron unas vacaciones de camping a las que fui con el Fernando y el Ángel de baloncesto. Ahora no recuerdo bien cómo surgió la amistad, pero ya llevábamos un tiempo de amigos con la Mari y la Marga. La Mari, que me pasaba algunos años, era vecina de mi amigo de la infancia Darío, y la conocía de vista también porque era cuñada del José, con quien yo había trabajado en el alabastro hacía cuatro años, con el Pito, el Velillas y el Claudio Silva; y a la Marga la conocía de primaria, pero creo que nunca habíamos hablado en la escuela. Después de algunas semanas de preparación, nos fuimos a fiestas de Hondarribia (o Fuenterrabía, como la llamábamos entonces) los cinco juntos. Cogimos un tren en Castejón y, en vez de sentarnos en los asientos del coche de pasajeros, nos acomodamos en el suelo del vestíbulo con un radiocassette que había traído el Fernando con Les Luthiers. Yo no conocía a los Luthiers, pero el caso es que en cuestión de minutos estábamos todos que nos moríamos de risa. De aquellas vacaciones solo recuerdo armar las tiendas de campaña, hacer bocadillos de salchichón, beber botellas de cerveza, y las fiestas de Hondarribia. Y también recuerdo la sensación de ser libre, de estar con una familia amable, con la que podía reír y cantar. Una noche bajamos al pueblo a ver a los Hertzainak que dieron un conciertazo increíble. Pero, lo más memorable de aquellas vacaciones fue el hecho de que los perezosos de nuestros amigos nos mandaban todas las tardes a la Mari y a mí a comprar cosas a Hondarribia, lo cual nos dio la oportunidad de entablar una gran amistad. A la vuelta de nuestros encargos, subíamos la larga cuesta hasta el camping con toda tranquilidad, charlando, compartiendo experiencias, y riéndonos un montón. Sin duda alguna, mi terapia estaba funcionando y hacía que me sintiera mejor. Una terapia extraña basada en estar fuera de casa lo más posible, en acercarme cada día más a mis amigos, en involucrarme en la movida, y en anular mi mente consciente con todo tipo de estupefacientes.
•••
¿Cómo miras a tus hijos antes de suicidarte y, acaso ellos ven algo en tu mirada que les haga sospechar que quieres morir? ¿De qué problemas querías huir? ¿De tu matrimonio, de tu auto odio? ¿Cómo podías sentirte así, papá? Tantas incógnitas… En este capítulo he intentado exonerarte, he intentado comprender a tu monstruo interior que no te dejaba en paz. Yo mismo he experimentado ese adefesio, ese demonio que susurra en tu oído implacablemente. He tenido mucho miedo y, al día siguiente, no me acordaba de casi nada. ¡Qué mal lo habrás pasado con ese bicho dentro y nadie que te comprendiese!
¿Y tú, mamá? ¿Qué significa querer a alguien? ¿No es sacrificarse por la otra persona, como lo hacía la yaya, como lo hacías tú? ¿Acaso no escogiste vivir sumida en un incomprensible sacrificio de amor? ¡A ti sí que no hay quien te comprenda! ¿Cómo pudiste aguantar tanto sufrimiento? Cuando podías haberte ido, cuando podías habernos sacado de ahí, escogiste el infierno. Pero, como ya he mencionado antes, creo que tú estabas muerta por dentro. Eras un cascarón vacío, una especie de fantasma que se deslizaba por la casa mientras recibía los insultos y las palizas de su marido.
Pero yo estoy igual o peor que mis padres. Yo también me siento muerto por dentro: el tren ya ha salido; la yaya, la tía Amparo, la mamá y la nena me dicen adiós con la mano. El tren me lleva a un destino incierto. ¿Quién sabe si vuelva a verlas? Si es cierto que Cristo es el fundamento de cualquier amor, también es cierto que estas cuatro mujeres formaban el fundamento de mi vida afectiva. Ahora me iba, las dejaba atrás, como si no me importasen. Sin duda alguna, estaba cometiendo otro suicidio, un suicidio afectivo.
¿Es posible curar a tu yo niño, hablar con él, rezar por Felisito? “No te suicides, Felisito, te aseguro que todo esto va a pasar. Vas a estar bien”. Pero últimamente no sólo he rezado por ti, también estoy rezando por tus padres y tus hermanos. Sé que estáis ahí, sufriendo en esa cruz eterna. Si el alma es eterna, el alma de Felisito es actual, el momento es vigente, y conectado con el pasado y el futuro. Sí, es perfectamente posible hablar con Felisito. Él está ahí, padeciendo por siempre. “Tranquilo, Felisito, vas a ser muy feliz, te lo aseguro. Mejor aún: tu vida va a tener sentido”.
Claro que no se trata solo de no sufrir, o de ser felices. La yaya siempre decía que en la vida se sufre mucho: “¡Esta vida es una cruz, hijo mío!”. En efecto, el sufrimiento es la fuerza motriz del mundo: como ya he mencionado antes, sin dolor no hay felicidad, ni amor, ni nada por lo que luchar.
He rezado mucho por mi madre. Le he pedido a Cristo que la haga feliz. Pero él me ha dicho que la única manera de hacerlo sería cargando yo su cruz. Y entonces he comprendido el sacrificio supremo de mi abuela. Yo no puedo cargar la cruz de mi madre, simplemente porque eso lo tendré que hacer un día por vosotros, tal y como mi abuela lo hizo por sus hijos. Ahora comprendo el sacrificio final de la yaya: esos años en los que lo perdió todo, la movilidad, el habla, la facultad de comunicarse con los demás, y quedó enclaustrada en su propio cerebro. Me atrevería a decir que fue un sacrificio mayor que el de la cruz. Y me atrevería a decir que ella se lo pidió a Cristo. Ella le dijo, “¡Salva a mi hijo! ¡Perdóname por haber tenido un hijo así! ¡Sálvalo a él y clávame a mí en tu cruz!” Por eso no puedo salvar a mi madre, porque quizá un día tenga que pedirle eso mismo a Cristo: ¡Salva a mi hijo y crucifícame a mí! Por supuesto, espero que eso no ocurra. Ojalá siempre seáis gente cabal, no como vuestro abuelo.
¿Qué es la felicidad? El otro día caminábamos a la escuela y te pregunté, ¿qué es más importante para ti, la felicidad o llevar una vida que tenga sentido? Y me respondiste que llevar una vida que tenga sentido. Entonces te hablé un poco de espiritualidad ignaciana. Te dije que le podías pedir al Espíritu Santo que camine contigo. Bueno, te dije, no que camine contigo, sino que te acompañe en tus pensamientos y en tus deseos. Piensa en el fin de semana pasado por ejemplo, en las cosas que fueron bien, y da gracias a Dios; y en las cosas que podrían mejorarse, y pídele al Espíritu Santo fuerzas para mejorar. Por ejemplo, cuando pienso en el fin de semana, le doy gracias a Dios por ti; por ese paseo en kayak que dimos por el lago, por el picnic y los helados que nos comimos, por el buen tiempo, y por haberme acompañado a misa por la tarde. Para mí, fue un día perfecto; eso es la felicidad, y le doy las gracias a Dios. Le pido que la próxima vez nos acompañe John, que estaba en casa con cóvid. Y le pido que os proteja y que vuestra vida tenga sentido cristiano. Cuando seas mayor, seguro que ya no recordarás ese gran día que pasamos juntos en Whittlingham, así que, cuando leas esto, espero que se te refresque la memoria.
Me pregunto qué recordaréis de nosotros, vuestros padres, cuando crezcáis. Ahora tenéis nueve y doce años y no hacéis más que recordarme a Juan y a Felisito, pero pronto seréis adultos y podré liberarme de la pesadilla de mi infancia. Muchos viven en el pasado, recordando una infancia ideal, sin poder hacer frente al dolor de la vida. Sin embargo, dudo que ninguno de nosotros, mi hermano y hermanas, hagamos eso, porque nuestra infancia fue robada. Tener una infancia jodida te fuerza a desear un futuro mejor, a pensar en un futuro mejor, a planificar un futuro mejor. Quizá eso se lo deba a mis padres, y quizá eso no lo podáis comprender nunca vosotros.
©Félix Chivite Matthews 2018
No hay comentarios:
Publicar un comentario