Capítulo 7
El fin del mundo
1973 - 5 años de edad
El tiempo ha mejorado y estás en el huerto con Juan y Enrique. Te veo como quien ve un documental sobre tribus primitivas. Cada uno por su lado, tú te dedicas a perseguir lagartijas por la pared soleada del jardín inferior. Juan está cavando agujeros en el jardín de arriba, y Enrique está metido en el estanque seco jugando con palos y piedras. Luego los salvajes se irán encontrando hacia el país de Juan, atraídos por los hoyos que acaba de convertir en lagos con agua de la manguera. Ahora están los tres ocupados ahogando insectos en el agua. Pero la atención de los niños tiene sus limitaciones y pronto se cansan de ver bichos flotando. El salvaje mayor sugiere hacer una sopa de insectos para lo cual deben colaborar: encontrar algo que arda, unas latas para las sopas, y cerillas para hacer fuego. El salvaje Felisito es un auténtico pirómano y responsable de que prácticamente todo el huerto esté quemado. Un pirómano de cinco años. Y al fuego van las latas con el agua, las hormigas, los bichos de bola, los cortachichas, y alguna hierba para dar sabor. Salvajes que saben cooperar para lograr un objetivo común. Un objetivo sin objeto, salvo el de dar aliento a una fantasía de cocinitas. La versión extrema de las cocinitas: un sacrificio a los dioses del pasado ancestral.
De repente, se escuchan voces en la terraza. El sacrificio ha surtido efecto. La tía Isabel se asoma acompañada por la mamá. Su sonrisa y sus brazos abiertos iluminan el cielo y eclipsan el sol. ¡Es la tía Isabel! ¡Es la tía Isabel! ¡Es la tía Isabel! Mil veces: ¡Es la tía Isabel! Mi corazón está que revienta. ¡Menuda sorpresa! Los tres salvajes somos repentinamente bautizados por la gracia redentora que nos confiere un amor que irradia desde la terraza y nos devuelve a nuestra naturaleza original: ya no somos salvajes abandonados en el huerto; somos niños importantes, limpios, queridos. La tía Isabel ha llegado y sabemos muy bien que, mientras ella esté aquí, no seremos perros callejeros.
¿Hasta cuándo te quedas, tía Isabel? ¿Te vas a quedar a vivir con nosotros? ¿Nos vas a llevar a Madrid?
En aquellos tiempos, Madrid estaba a cinco horas de carretera y lo mismo en tren. A veces, si alguien venía al pueblo, se traían a la tía Isabel, o a la tía Amparo, o al tío Patxi, y se quedaban unos días con nosotros. Otras veces, venían en tren y los esperábamos en la estación. El jefe de la estación salía a cambiar las señales y le pregutábamos si llegaba el tren a tiempo o con retraso. Se veía venir el tren desde lejos. Luego, la emoción de ver caras amables. Besos y abrazos. Al tío Alberto lo veíamos con más frecuencia porque su novia, la tía María Ángeles, vivía en el pueblo de al lado y se veían con cierta frecuencia, aunque tampoco mucho, como me confesó décadas después la tía Angelines. Y es que, en los años setenta, la gente no viajaba tanto como ahora.
La tía Isabel siempre viene con regalos y ganas de juerga: nos lleva a la tienda de la Ratilla a comprar chucherías, al cine, a los paseos a comer helado, e incluso al huerto de abajo a por lombrices y sapos. Llena un cubo de agua, lo echa en la tierra reseca y nos pide que esperemos un rato. En cuestión de segundos, aparecen cantidad de lombrices. ¡Menuda emoción! ¿Y eso que se mueve ahí, qué es? ¡Un sapo! Claro que, no importa lo que hagamos con la tía Isabel, lo importante es estar con ella. Me emociona pensar que un día estaremos casados y seré feliz para siempre.
Estamos abajo, en el cuarto de jugar. La tía Isabel está sentada frente a mí. Se acerca mucho y me dice: "Mírame fijamente a los ojos. ¿Ves mis ojos de cocodrilo?" Yo me pierdo en sus ojos, sus iris, sus pupilas. "Sí", le respondo, ajeno a todo lo que pueda haber a nuestro alrededor. Solo existe la tía Isabel y un día me casaré con ella.
Pero lo bueno dura poco y la tía Isabel regresa a Madrid. Depresión, impotencia. Odio ser niño. Algún día seré mayor y nadie podrá decirme lo que tengo que hacer, o cuándo se van las personas queridas. Y, por supuesto, no tendré que aguantar al papá. Otra vez está de un humor de perros. Paseando por la galería, haciendo ruido con los zapatos y ladrándole a la mamá. "Inés, ¿cuándo va a estar la cena?" Y la mamá, que le responde: "¡Si me dijiste que todavía no querías cenar!” Pero al papá no se le puede decir nada porque la tormenta que tiene dentro se ve; se siente: "¡Saca la cena y como te atrevas a responderme otra vez te parto la cara. Hoy te quedas sin cenar!" Mamá no respondas por favor. No hables. No digas nada. "¡Vaya humos tiene el señor!" ¡Que no, mamá, que es peor si hablas! "¡Esto no hay quien lo aguante!" ¡No, mamá, no la líes! ¿Es que no ves que te va a pegar? No hables, no digas nada. Por fin nos sentamos a cenar alrededor de la gran mesa redonda de la galería. Miradas heladas. Se puede cortar la atmósfera a cuchillo. "Si quieres cenar, cenas sola en la cocina! Primero les das de comer a los críos." Miradas recriminatorias. Lo odio. Si existe algo mayor que el universo es mi odio hacia mi padre. Y, si las miradas mataran, mi mirada ya lo habría matado. "¿Y tú qué miras? ¿Te quieres ir a la cocina con la puta de tu madre? ¿Eh, hijito de mamá?" Cuando sea mayor te mataré, pienso. De repente la mirada del papá se queda fija en la sopa y lanza un ladrido ensordecedor: "¡Inés!" La mamá viene y pregunta: "Qué pasa ahora?" El papá le enseña la mosca en la sopa y le lanza el plato, que se rompe contra la pared. Quizá no haya habido golpes, pero la violencia es eléctrica, como si irradiase directamente de la cabeza del papá. Los niños nos hemos quedado helados. No porque el papá haya tirado un plato, sino porque, normalmente, estas escenas preceden a una somanta de palos y, si todavía no han caído palos, sabemos bien que pueden caer cuando menos lo esperemos; y es esa incertidumbre la que te revienta las neuronas. El corazón late a mil por hora; los músculos, tensos; me aguanto las ganas de llorar.
El papá es muy raro. Se queda en la cama hasta tarde y, cuando se despierta, es como si nada hubiera pasado la noche anterior. Así que hoy es todo sonrisas. La mamá y él están en la cocina enseñándome unos delantales para el colegio y unos libros de primero de primaria que nosotros llamábamos cartillas. Lo miro todo con mucho recelo y, con tan solo cinco años, me doy cuenta de que todo eso de las cartillas y los delantales es malo para mí. Mis padres parecen muy emocionados porque voy a comenzar primaria. A mí esa situación me parece incongruente.
Que a un niño de cinco años la vida le parezca incongruente es deplorable. ¿Acaso la vida os parece incongruente a vosotros? Ya tenéis siete y diez años y, vuestra madre y yo, nos hemos ocupado de que la vida sea una lección de amor para vosotros. Yo también tuve mis lecciones de amor de la mano de mis tíos y tías, de mis abuelos, de la gente del pueblo. Pero, por otro lado, en casa recibía nefastas lecciones de odio, de resentimiento, de ira. Al final, cuando me di cuenta de que el odio me estaba corrompiendo por dentro, tuve que escoger. Y escogí bien. Me liberé. Perdoné, no sin antes ser esclavo de la ira y la frustración durante años.
Y Juan también está frustrado y sin saber cómo manejar sus sentimientos. Así que nuestras peleas son cada vez más frecuentes y cada vez más salvajes: con arañazos, tirones de pelo y estrangulamientos. Y mira que estamos unidos, porque Juan parece mi sombra y yo la suya. Sin embargo, el ser humano se programa según un simple sistema de imitación, y nosotros imitamos lo que vemos en casa.
Y lo que vemos y oímos en casa no es bueno. Después de otra noche de golpes, al día siguiente la mamá nos dice que se escuchaban sus gritos desde Los Paseos como si se tratara de una hazaña gritar tanto y tan alto. No entiendo a mi madre. ¿Es que no se da cuenta de que un día la va a matar? Pero bueno, lo importante ahora es que la tía Amparo y el tío Rafa se van a casar y nos vamos todos a Madrid, incluido el papá, que no se habla con el yayo desde que perdió el negocio de los vinos, de lo cual le echa toda la culpa. Estamos emocionados. Ya es de noche y estoy en la cama de la Nena, donde yo dormía antes, hace años. La Nena se está quedando dormida a mi lado. En la galería están el papá y la mamá. El papá está haciendo una pequeña perrera de madera con patas para unos perros que van a comprar y le está quedando muy bien, cuando, de repente, entra en el dormitorio, me saca de la cama y me cruza la cara. Todavía ahora, después de casi cincuenta años, veo la luz amarilla de la galería y el monstruo encolerizado que me agarra y me vapulea sin palabras como en un sueño macabro. ¿Por qué, papá? ¿Por qué me pegaste? ¿Fue por algo que dijo la mamá? ¿Acaso sabías que si me pegabas a mí le iba a doler más a ella misma? No sé. Pero me dejaste un ojo morado y, en las fotos de la boda de la tía Amparo, salgo con mi ojo morado y mi cara de susto. Creo que a la yaya no le contamos la verdad, pero el Juan es incapaz de guardar un secreto y seguro que se lo dijo. Y la yaya le respondería lo de siempre: que eso era imposible porque nuestro padre era un hombre bueno. Pero mi abuela está practicando un misticismo que nosotros no podemos entender. Ella se mira en el espejo del amor y solo puede ver su propia bondad reflejada en los demás.
A menudo me pregunto por qué soy incapaz de odiar a nadie. No he odiado jamás a nadie porque todo mi odio lo gasté en ti. Ni siquiera leyendo estas líneas siento odio, solo pena y compasión. Y ahora rezamos por ti todas las noches, tal y como tu madre lo hubiera deseado. Y nuestros rezos son de corazón. Porque ahora eres un hombre bueno.
El fin del mundo
Cuando seáis mayores y estéis leyendo esto, ni siquiera os acordaréis de que el mundo acabó en el año 2020. Exagero. Pero prácticamente, el mundo se paró. Y suerte tuvimos de que la mortalidad del virus fuera relativamente baja, porque se extendió muy rápidamente.
Estoy escribiendo esto porque estamos en plena pandemia y cualquiera podría morir. Este virus es una macabra lotería: la mayoría de los afectados apenas tienen síntomas pero, los que mueren, lo hacen solos, lejos de sus familias, sin un beso ni un abrazo. No como el abuelo Félix, que falleció en el capítulo anterior rodeado de cariño y abrazos, incluidos los vuestros.
El mundo se ha convertido en un sitio extraño. No hay gente por las calles y, si alguien se cruza en tu camino, se pasa a la otra acera, como si estuviéramos en la edad media, en los tiempos de la peste. Muchos han perdido su trabajo: todos los restaurantes, tiendas y negocios no esenciales están cerrados. No hay a dónde ir y, de todas formas, está prohibido salir afuera.
La gente está mostrando comportamientos nuevos: ves gente conduciendo con la máscara puesta, como si el virus fuera a entrar al coche por arte de magia. Otros se acaban de convertir en héroes. (O quizá debiera decir: nos hemos convertido en héroes; porque yo soy uno de ellos). Gente humilde, con salarios modestos, de repente somos esenciales. Los médicos, los enfermeros, los cuidadores, todos los que trabajan en supermercados y producción y transporte de comida se han convertido en héroes y se les nota en la cara. Incluso se les nota en el porte y la manera de caminar con la cabeza bien alta. Y es que nos estamos arriesgando mucho cada vez que salimos a trabajar y la gente lo agradece. En verdad, estamos en una era de fenómenos extraños. Al principio de la pandemia, la gente se llevó todo el papel higiénico de los supermercados. Curiosa manifestación. Increíble psicología. Y el mundo se ha llenado de buenos samaritanos. ¡Quién lo iba a decir! Miles y miles de voluntarios llenan los hospitales y las ciudades del país ayudando a los más necesitados. Aún así, las calles están vacías. Pareciera que el mundo se hubiese acabado y yo sea la única persona que todavía circula por ahí. No se ven niños por ningún lado. Es el fin… ¿Os acordáis? Seguro que no.
Sin embargo, lo más extraño es que el mundo continúa. Mi trabajo se considera esencial, así que sigo saliendo y prestando apoyo a personas con discapacidades. Antes de la orden de confinamiento, los llevaba al gimnasio, a jugar al baloncesto, a la piscina, a la playa, a restaurantes, de compras, e incluso a jugar al billar y al cine. Ahora solo los parques están abiertos (y todavía han precintado las canchas de baloncesto), así que solo nos queda el fútbol. De manera que ahora nos damos nuestros buenos paseos (porque no está permitido ir en coche por placer) hasta los campos de fútbol de Mousehold Heath y pasamos una hora pateando el balón mientras los pájaros cantan, los árboles se visten de un verde claro, y los aromas a hierba fresca y a tierra húmeda me transportan a los mejores años de mi niñez en el Baztán. Desde la cima, se ve la ciudad de Norwich, feliz durmiendo al sol, sin que el continuo murmullo del tráfico la moleste, sin que la contaminación manche su piel. En esos momentos, es difícil creer que un virus asesino pueda agarrarte y mandarte al otro mundo. Como cuando os veo jugar, saltar y meter ruido por la casa. Todo parece tan normal. Eso es lo verdaderamente extraño.
Pero todo esto es anecdótico. En realidad, lo que más me preocupa en estos momentos es el hecho de que varias personas cercanas puedan morir antes de tiempo: la abuela Inés, la abuela Fernanda, el tío Enrique, la tía Inés y la tía Lyla. Todos ellos son vulnerables y este virus se ceba en los débiles. Y la tía Isabel, la tía Amparo, la tía María Ángeles, y el tío Alberto. Tantas personas queridas y entrañables que, obviamente, tendrán que dejarnos algún día, pero que no sea antes de tiempo. Y mis clientes, esos santos con discapacidades, morirían atemorizados, rodeados de extraños, sin poder comprender por qué sus padres no están a su lado. Pero, también mueren algunas personas que están fuera del grupo de riesgo, de manera que cualquiera de nosotros podría morir. De repente, la muerte no es sólo la pesadilla de un padre que ama a sus hijos e imagina lo duro que sería perder un hijo, una esposa. De repente, la muerte tiene una probabilidad más alta. La muerte es real. Se huele. De repente, hay que tener en cuenta escenarios que antes eran imposibles: si salgo a trabajar, puedo traer el virus a casa; si traigo el virus, todos nos contagiaremos; si todos nos contagiamos, uno de nosotros podría recibir la lotería mortal y caer solo, rodeado de extraños, en un hospital. O peor aún, morir en casa, con niños de siete y diez años traumatizados por la experiencia de ver morir a un padre, una madre o un hermano. Cada vez que recibo un mensaje o suena el teléfono pienso "ojalá no sea esta la llamada mortal". Y, como si fuera poco, ni siquiera podríamos ir al funeral. Quizá una última videoconferencia con mi madre, o con Enrique, o con Inés, o con Lyla... O incluso con vuestra madre. Muy mal. Si nos libramos de ésta, tendremos que estar muy agradecidos y celebrarlo por todo lo alto.
Sin embargo, hace un maravilloso día de abril y estáis afuera en el jardín jugando con agua, empapándoos el uno al otro, como si nada. Dentro de unas horas encenderé la barbacoa y pasaremos un buen rato. Mientras el mundo arde, nosotros vivimos a todo lujo: lujo de amor, lujo de rica comida, lujo de hogar. Pero la muerte acecha como nunca lo había hecho antes. Si bien es cierto que siempre existió la posibilidad de tener un accidente, o de contraer una desgraciada enfermedad mortal, las probabilidades eran mínimas. A veces hablábamos del tema. Os preparaba para lo peor durante nuestras charlas religiosas y nuestras sesiones de oración. Cualquiera puede morir y, si muero yo, quiero que seáis felices, que viváis una buena vida, que ayudéis a vuestra madre y que le deis gracias a Dios por la vida y por haber tenido a vuestro padre unos cuantos años. Eso os decía. ¿Os acordáis?
Pero ahora la lotería mortal está en la calle, como un fantasma merodeador invisible. Notas un toque en el hombro y eres hombre muerto. Así de fácil. Y, sin embargo, esto acabará, volveremos a la vida de antes, y vosotros ni siquiera recordaréis nada de esto. Por eso lo escribo en esta carta sobre mi niñez. Por si acaso muero. Y porque mi último mensaje es el mensaje principal de este libro. Esto será lo más importante que os diga nunca: que seáis felices por mí, que cuidéis a la mamá, que contribuyáis a la sociedad, que recéis a Dios siempre, que estéis orgullosos de vosotros mismos, y que seáis libres.
En serio os digo que no derraméis ni una sola lágrima por mí. Yo he vivido una vida llena de aventura, he sido muy feliz. Ahora os toca a vosotros vivir a tope y ser felices.
©Félix Chivite Matthews 2018
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