19 - Punk - 1983/84

Capítulo 19

Punk

Septiembre 1983 - Septiembre 1984

Dieciséis años de edad.

Redactado: junio 2022 - diciembre 2022



Soy adulto. Ser adulto no tiene nada que ver con la edad; tiene que ver con tus ritos de paso. Llevo cuidando a mis hermanos desde que tengo uso de razón; y trabajando desde los seis años. Protejo y consuelo a mi madre cuando puedo. Hace dos años que voy a discotecas. Ya he probado el sexo. He leído a Dostoievski, a Kafka, a Stainbeck. He corrido en los encierros del pueblo; me drogo cuando puedo; y le planto cara a mi padre. ¿Qué más hace falta para que te consideren adulto? ¿Llegar a los dieciocho? Yo me iría de casa ya. ¿Para qué esperar a un arbitrario límite temporal? La ley es una basura; no tiene nada que ver con las personas o su experiencia. ¿Dieciocho?: eres adulto. El día anterior, sin embargo, todavía no lo eres. ¡Más absurdo, imposible! La ley fomenta el abuso.


Ya sé que soy un pesado con estas cosas, pero es que en Cristo se encuentran todas las respuestas. Solo Él es la clave. Hoy estaba leyendo el pasaje de Mateo del joven rico donde éste se acerca a Jesús y le pregunta qué debe hacer para obtener la vida eterna. Jesús le recomienda seguir los mandamientos; en concreto, honrar a tu padre y a tu madre. He leído el pasaje unas seis veces y mis pensamientos se paraban siempre en ese versículo, el 19. Honrar a tu padre y a tu madre. Y me he preguntado si estoy honrando a mis padres en este relato. También me he preguntado si, en una situación hipotética, supongamos que un católico descubre que su padre es un asesino en serie, uno también debe honrar a su padre. O, como ocurre en nuestra situación, si tu padre es un abusador. Y la respuesta, como ya hemos visto antes, es que sí: sólo Dios puede juzgar; quien juzga, no solo es un usurpador del poder divino, sino que se convierte en un odioso puritano. ¿Y estoy honrando a mi padre y a mi madre después de haber descrito las cosas horribles que sufrimos durante esos años setenta y ochenta? ¿O acaso deba ocultar el pasado y fingir que estas cosas no ocurren en las mejores familias? ¿Quizá todos debiéramos hacer eso: dejar que abusen de nosotros y permanecer calladitos? ¿No? Entonces, si no debo callar, ¿cómo puedo honrar a un padre que nos hizo sufrir tanto? ¿Y cómo puedo honrar a una madre que no consiguió protegernos? ¿Qué querías decir, Jesús, cuando exclamaste “Quien escandalice a los pequeños, más vale que se ate una piedra de molino al cuello y se arroje al mar”? Porque ahora el papá ha comprado un reproductor de vídeo y no se le ha ocurrido nada mejor que ponernos vídeos porno, pero de porno duro. ¿Eso cómo se explica, Jesús: cómo podemos honrar a un padre que nos pervierte con pornografía dura? Y no solo a nosotros, sino que invita al Pablo a ver los vídeos. ¡Y, por si fuera poco, nos manda al Juan y a mí al videoclub de abajo a escoger las pelis! Yo me siento un momento en el comedor hasta que empieza la película y, cuando veo que la cosa se pone en un plan muy fuerte, salgo corriendo de vergüenza. Ver pornografía con mi padre no es algo que esté en los mandamientos y, aunque ya no creo en Ti, me gustaría que me explicaras cómo se entiende una cosa así. Porque el proceso de embrutecimiento al que estamos siendo sometidos va a tener unas consecuencias muy graves. Fue el Padre Acaso, cuando ya tenía treinta años, quien me abrió los ojos al hecho de que había sido sometido a tal proceso.


—No sé, Félix, no sé cómo explicarlo, pero, estas cosas que escribes, para mí son abominables. No sé cómo decirlo, Félix… ¡Lo que para ti es normal, para mí es horrendo! Yo no puedo seguir leyendo esto, Félix, porque me duele, me hace un daño moral. ¿Lo entiendes? Félix, tú te has embrutecido, y perdona que te lo diga tan claro pero, el pecado, para ti, es normal.


En efecto, aunque a los treinta ya había hecho las paces con Jesús (y por eso tenía al Padre Acaso como director espiritual), lo cierto es que todavía era un auténtico bruto, un esclavo del hedonismo. ¡Pobre Padre Acaso, lo mal que lo debió pasar al tener que tratar con un ciego de espíritu como yo! Pero yo ya era un bruto a los quince, y un pasota, un suicida que solo buscaba placeres momentáneos. Y un hombre con su brújula moral rota, cuyo único objetivo en la vida son los pequeños placeres del alcohol y el sexo, solo puede acabar mal.


No recuerdo exactamente si fue a los quince o a los dieciséis, pero es relevante narrar esto aquí. Yo estaba pasando por una época de no aguantar a mi padre y no querer ni siquiera verlo, así que pasaba las tardes por ahí, hasta que cerraban los bares y, a veces, pasaba la noche entera deambulando por el pueblo sin ir a casa. En una de esas noches de apatía y desidia, me encontraba tocando la armónica en la terraza del Pub Dona cuando se me acercó una mujer del pueblo bastante mayor que yo a quien conocía de vista, se sentó a mi lado y me dio algo de conversación.


—¿Te gusta la música, eh?

—Sí…

—Yo toco la guitarra, si quieres, te enseño…

—Bueno…


A mí me parecía fantástico que mi carrera musical pudiera dar comienzo de una vez por todas.


—Si quieres, vamos a mi casa a practicar un poco.

—Vale…


Yo, feliz, con tal de no ir a mi propia casa. Cuando llegamos al domicilio, me preguntó si me gustaban las películas y yo, obviamente, le dije que sí.


—Pues mi compañero tiene por aquí algunas muy buenas. A ver…


La mujer llamó a su compañero, un forastero que yo conocía de haberlo visto por los bares. Se presentó, muy simpático él, puso el vídeo y comenzó la acción: gente en una orgía de pornografía dura.


—¡Anda, qué cosas tiene esta por aquí! —exclamó él, haciéndose el tonto— ¿Te importa?


Yo le dije que no, porque tenía bastante curiosidad por ver la película. Pero, como era obvio, él no perdió la oportunidad de aprovecharse de mí. En realidad, yo le había dicho que no. Pero él insistía. Yo le puse unos límites, al menos para evitar la penetración, pero hubo tocamientos. La verdad es que nunca interpreté ese episodio como abuso sexual, porque en aquellos tiempos, no solo me consideraba a mí mismo como adulto, sino que no se hablaba mucho del tema y no estabamos tan protegidos como ahora. Además, el tipo contaba con mi consentimiento y la misma ley establece que yo ya era lo suficientemente mayor como para darlo. Sin embargo sí se trató de un asunto de abuso porque yo era una persona vulnerable y él utilizó el engaño para excitarme y forzar así mi consentimiento. Claro que, la culpa no era toda de ellos, sino del proceso de embrutecimiento al que todos estábamos sometidos a manos de una cultura que ensalza lo sensual y lo que proporciona el placer de los sentidos.


La trampa que unos desconocidos le ponen a un adolescente para tener relaciones sexuales no explica toda la complejidad del abuso sexual. Eso es solo una manifestación de algo insondable. El abuso sexual surge en un campo bien abonado en el que todo tipo de violaciones son incentivadas. Mientras la sociedad promueve las violaciones, por otro lado castiga a los que las cometen, en lo que supone un acto de hipocresía bestial. Es la sociedad la que promueve el hedonismo, la que expone a los jóvenes a la pornografía, la que pone prostíbulos cada cincuenta kilómetros para que los chavales de trece años pierdan la virginidad, la que ensalza el individualismo de manera que los más vulnerables acaben aislados y no pidan ayuda. La normalización de estos fenómenos, hace que nos convirtamos en brutos, un proceso que mi propio padre no pudo escapar: pitar y gritar a las chicas desde el coche, ser un marido infiel, insultar y maltratar a su esposa, y su actitud lujuriosa hacia su propia madre; en otras palabras: la degradación de la mujer.


El hedonismo genera sus propias narrativas de empoderamiento y denigración del sexo opuesto. Esas mismas narrativas que impulsan a los grupos de violadores a asaltar a una chica en un portal a las tantas de la madrugada, o a drogar a una chica en un bar y secuestrarla durante unas horas para usarla como esclava sexual. Pero la ley castiga al violador y no al instigador y, mientras el instigador quede impune, las violaciones continuarán. Todos tenemos que anular alguna parte de nuestra capacidad moral para cumplir con los dictados del hedonismo. Los violadores de grupo desacreditan a la mujer y se creen dueños de su cuerpo. Los puteros piensan que le están haciendo un favor a la prostituta. El jóven que en su despedida de soltero le pone los cuernos a su futura esposa, se caga en lo más sagrado y comienza su matrimonio con una mentira y la peor humillación de la mujer; una humillación que roba su humanidad a la mujer y la reduce a la condición de bestia. Cuando un padre lleva a su hijo a un prostíbulo, le está enseñando que la mujer no vale nada; que sólo sirve para dar placer al hombre. Cuando vuestro abuelo nos decía que había estado enamorado de su madre y que, de joven, se la quería tirar, estaba reduciéndola al nivel de un objeto, algo que podía ser poseído: le estaba robando su humanidad. Y, al mismo tiempo, con ese comentario soez, estaba corrompiendo a sus propios hijos.


Yo mismo había anulado algunas partes de mi dimensión moral: había abandonado a Cristo porque me estorbaba; me había convertido en un punk antisocial; no quería tener trabas en lo que se estaba convirtiendo en una fiesta de sexo, droga, rock and roll y delincuencia. Así que no se me ocurrió pensar que había sido víctima de ningún abuso sexual. Para mí, aquello solo fue algo desagradable que no hubiera hecho normalmente, pero que no me creó ningún dolor moral. Incluso hoy en día, no lo recuerdo como algo doloroso, sino simplemente como algo desagradable; a fin de cuentas, fue un engaño. Y tampoco era ésta la primera vez que estaba expuesto al abuso sexual: un padre que hace ver pornografía dura a sus hijos menores de edad también está abusando de ellos.


Bueno, así están las cosas. Ya estoy en tercero de BUP y me han puesto con compañeros de clase nuevos. Pero, como los de la Ribera somos muy amigueros, enseguida he hecho nuevas amistades. Por otra parte, Juan ha entrado a primero de BUP y no hace más que pegarse a mí. Yo intento evitarlo porque quiero que sea más independiente, pero no hay manera. También (y quizá no de una manera muy consciente), yo no quería que mi hermano me siguiera a ese sitio oscuro hacia donde me dirigía. Tenía que separarme de Juan, pero Juan dependía de mí de una manera que yo no comprendía entonces. Juan seguía en la bodega oscura de la casa vieja en la que nos encerró el papá y necesitaba que yo le dijese “no te preocupes, Juan, enseguida nos sacan de aquí”. Pero Juan nunca pudo salir de ese cuarto oscuro bajo tierra, nunca pudo abandonar el miedo; como me confesó años después, yo era un padre para él. Cuando por fin me liberé por completo y me fui a vivir a Inglaterra, me dijo que él se sintió totalmente abandonado por mí.


Pero estoy mezclando los tiempos, como siempre. Al final, me di cuenta de que Juan y yo éramos uña y carne y no podíamos separarnos ni en el colegio, ni en casa, ni en la movida. En realidad, me alegré de haber cedido el último terreno donde yo podía ser yo. Juan era un tipo excelente, con un gran sentido del humor y siempre lo pasábamos bien juntos. Atrás habían quedado nuestras peleas de la infancia. Durante toda nuestra adolescencia, prácticamente no tuvimos ni una sola discusión. A veces decíamos medio en broma que parecíamos gemelos porque teníamos los mismos intereses, los mismos amigos, y pensábamos de igual manera. En realidad, compartíamos la misma conciencia salvo por una pequeña diferencia: yo sabía que iba a ser libre; pero ahora me doy cuenta de que Juan había caído en un pozo demasiado profundo como para salir de él y se estaba agarrando a mí como un náufrago a un pedazo de madera en medio del mar. Juan jamás saldría de ese infierno en el que mi madre también había caído. Sus personas estaban demasiado rotas.


En efecto, cuando pienso en nuestras trastadas, desobediencia, rebeldía, arrestos, sobredosis, y veo a mi madre que no hace nada, que no dice nada, que se desliza por la casa como un fantasma, me doy cuenta de que su persona ha sido obliterada. Su capacidad de acción se limitaba a ser la esclava de su marido, a dar clases de inglés para alimentarnos, a sobrevivir, a evitar que su marido la mate. Porque el temor de vuestra abuela era auténtico y razonable tal y como ella misma me ha confesado muchas veces. ¿Qué qué es eso de estar muerta en vida, mamá? Obviamente, no tengo derecho a juzgarte. ¿Qué dolor indecible, qué miedo, qué desesperación habrás sufrido durante años? Es difícil de imaginar. Quizá ésta sea la mayor incógnita que tengo sobre todo este proceso de abuso: ¿cómo pudiste aguantar tanto?


Mientras mi madre sufre, yo procuro pasarlo lo mejor posible. Las fiestas de Corella son a finales de septiembre, en pleno curso académico. Después de las clases de la mañana, el Cristian y yo nos ponemos a hacer dedo y aparecemos por Corella al medio día. Cristian es uno de esos chicos buenos y estudiosos que se me pegan de vez en cuando, atraídos por mi mala fama. Recuerdo a Cristian perfectamente, con su pelo rubio, sus ojos azules, su tipo atlético y su ropa de chico formal. ¿Qué buscaría él en una persona como yo? ¿Por qué los mejores jóvenes se sienten abocados a la autodestrucción? Que yo sepa, él no se drogaba. Me informaron de su muerte cuando yo estaba en la universidad. ¿Qué te hizo odiar tanto la vida, Cristian, tú que lo tenías todo? Pero ahora estamos en Corella, las calles están a tope de gente y nosotros vamos directos al bar de la Peña Corellana, que está lleno de viejos borrachos, el suelo regado de vino y gente bailando música pachanguera. Nos ven entrar con cara de forasteros y nos invitan a un vino tras otro. Esto de las fiestas de los pueblos es un chollo, porque te metes en cualquier peña o cuartillo de fiestas y siempre te invitan a algo. Los primeros vinos causan una agradable euforia y te entran ganas de beber más. Pronto, la euforia da paso a un aturdimiento que te convierte en un bruto que se deja llevar por la música, un zombi que se pega a cualquier extraño y acepta más y más vinos. En cuestión de minutos el mundo empieza a dar vueltas y tenemos que salir afuera a vomitar. Como de costumbre, no se nos había ocurrido comer algo antes de empezar a beber alcohol. Pero, lo bueno de ser un crío es que te recuperas pronto y puedes seguir la fiesta como si tal cosa. No recuerdo cómo terminamos la juerga aquel día, pero el abuso del alcohol es algo que me va a perseguir durante muchos años como una maldición. El alcohol te convierte en un imbécil, un idota, un bruto; es la droga perfecta para acallar la voz de la conciencia, y también para perder la timidez. Después de unos tragos, te juntas con cualquiera, bailas por las calles, y todo te parece bien. A fin de cuentas, la realidad es un bodrio insoportable; algo hay que hacer para escapar.


Como podéis ver, la esponja social rezuma abuso. Es fácil echarles la culpa de todo tu sufrimiento a tus propios padres. De hecho, yo estaba ciego de odio hacia mi padre, un odio que no era solo actual, sino también histórico. A pesar de mis juergas, a pesar de tener muchos amigos, a pesar de tener unos hermanos y hermana muy cercanos, a pesar de tener unos abuelos, tíos y amigos de la familia que nos querían y cuidaban, mi corazón estaba totalmente podrido. Era un esclavo del odio y del resentimiento, y esos lazos me mantenían atado a la persona de la que quería liberarme. A los dieciséis años, no podía darme cuenta de que el abuso era sistémico y no solo algo relacionado con mi padre. Si quería ser libre, tenía que perdonarle, pero también tenía que rechazar todo lo que estuviera relacionado con el abuso social: la obsesión con el hedonismo, el alcohol, las drogas, el sexo como objeto, pensar que la vida es una fiesta en la que el placer es el único dios y lo único que merece la pena.


El fin de semana regresé a las fiestas de Corella con mi amigo Fernando, que me había estado hablando de un amigo suyo durante bastante tiempo y tenía muchas ganas de presentármelo. Llevábamos varios minutos por Corella echando tragos y buscando al Mario de Alfaro, cuando, de repente, un chico altísimo, con un porte impresionante, se acerca hacia nosotros y, sin que Fernando tuviera que presentarnos, nos lanzamos el uno contra el otro en un gran abrazo alcohólico.


—¡Mario!

—¡Félix!


Fernando le había hablado a Mario tanto de mí que nos reconocimos al instante, nada más vernos. Pero eso también tiene que ver con los tragos que me acababa de echar, que ya me estaban dando superpoderes. Mario tenía las mismas inquietudes e intereses que nosotros y era fácil hablar con él sobre cualquier tema. Pronto empezó a venir a Cintruénigo y yo a Alfaro. Nos encantaba escuchar música, hablar de literatura, de arte, sobre las injusticias del mundo y sobre el asco que daba la vida. En realidad, si bien es cierto que todos somos autómatas y repetimos conductas e ideas establecidas, cuando tienes dieciséis años, te dedicas principalmente a repetir esas narrativas que circulan por ahí. En nuestro caso, al estar circunscritos dentro de la anticultura punk, las narrativas, scripts o códigos que repetíamos eran de carácter antisocial, negativo, y fatalista. Aunque, con Mario, también compartía sueños y fantasías: él quería ser músico en un grupo de rock y yo escritor.


Os he hablado poco de mis sueños de juventud porque, en este relato, estoy haciendo demasiado hincapié en lo negativo. Quizá haya exagerado un poco mis tendencias fatalistas de no futuro. En realidad, seguía soñando mucho. Soñaba con ser libre y con ser escritor. Y era consciente de que, para ser escritor, iba a tener que sacar adelante mis estudios de alguna manera. Supongo que todos tenemos sueños imposibles. A lo mejor la gente cínica y envidiosa que os encontréis por la vida os dirá que sois unos soñadores, unos ilusos, que ganarse la vida con el arte es imposible, y cosas por el estilo. Pero ese sueño imposible de escribir historias, me dio aliento para al menos no tirar la toalla por completo. Ese sueño me impulsó a dejar la droga y a cursar estudios universitarios. Y después de estudiar literatura, historia y lingüística, en vez de dedicarme a escribir novelas, ¡me hice pintor! Qué importa que tus sueños sean imposibles si son capaces de sacarte del hoyo. No dejéis que nadie os diga “esa carrera no tiene salida”. Si abandonáis vuestros sueños, estaréis abandonando vuestra fuerza vital; os convertiréis en zombis.


Pero, volviendo a jesuitas, en el descanso de las comidas, empecé a salir con un par de compañeros de mi clase a emborracharnos al tubo de Tudela. Subiza y Bordón eran unos cachondos mentales, como yo, pero no se dedicaban ni a las drogas ni a las conductas antisociales; simplemente les encantaba la juerga. Yo me guardaba el dinero del almuerzo para salir con ellos, así que me quedaba sin comer. Solíamos ir a La Parra (o La Higuera, ahora no me acuerdo bien del nombre), nos sentábamos y pedíamos porrones de vino y de cerveza y nos poníamos tibios. Regresábamos al colegio con un pedo monumental, lo cual no pasó desapercibido, porque en algunas ocasiones no podíamos ni tenernos en pie, y hubo varias intervenciones, aunque nunca nos expulsaron. Lo curioso es que los profesores pensaban que íbamos ciegos de porros, cuando solo era vino.


—¡Que no, que no hemos fumado porros, se lo juro, profesora, solo es vino!

—¿Con esos ojos, solo vino?

—¡Se lo juro!

—A ver, abre la boca… ¿Ves? La tienes negra; ¡eso es de fumar porros!

—¡Que no, que los porros no te dejan la boca negra! Es el vino. ¡Se lo juro!

—¿Es que no os da vergüenza venir así a clase?

—¡Lo siento, de verdad! Nosotros no nos estamos metiendo con nadie.

—¡Esto no puede continuar así, Chivite! ¡Como volváis a venir así a clase, tendremos que tomar medidas!


Nuestras borracheras de mediodía tuvieron que terminar. Sin embargo, algo curioso es que la única vez que aprobé un examen de griego fue estando totalmente borracho; en todos mis demás exámenes ese año saqué muy deficientes porque no tenía ni idea de griego. De alguna manera, había adquirido momentáneamente ese raro síndrome bajo el cual algunas personas sufren una contusión, pierden el conocimiento, y se despiertan sabiendo tocar un instrumento musical, o hablando una lengua extranjera que antes no hablaban, y a mí me había pasado con el griego. Por raro que parezca, durante los próximos años, ocasionalmente, experimentaré síndromes parecidos en los que voy a adquirir extraños superpoderes a través del hachís, las anfetaminas o los alucinógenos, como cuando vi a Mario por vez primera y supe perfectamente quién era.


Debido a mi comportamiento errático, mis pintas punkis y mis imperdibles en la piel, me convertí en una especie de estrella del rock en el colegio. Yo no sabía esto entonces, pero tenía un club de fans secreto. Eso me lo confesó mi compañera de clase Marta algunos años después, cuando ya estaba en la universidad. Lo cierto es que era un payaso que interrumpía bastante las clases pasando chistes y poesías a mis compañeros, pinchándome imperdibles y haciendo trucos de magia. Ahora me arrepiento de haber saboteado el aprendizaje de mis compañeros de clase y me doy cuenta de la paciencia infinita que tenían mis profesores conmigo. Supongo que sentirían algo de pena por mí. De hecho, tuve varias reuniones con el rector en su despacho, en una de las cuales, éste acabó hecho un mar de lágrimas cuando le confesé lo que estábamos pasando en mi casa.


Y hablando de admiradores y confesiones, un día, un compañero de clase me hizo una invitación muy formal: me pidió que fuera a su casa con él durante la hora del almuerzo a tomar un café. A mí, eso me intrigó bastante, entre otras cosas porque no tenía mucho trato con él. Además, me pareció un poco extraño que un chico formal quisiera pasar el rato con un drogadicto como yo. Llegamos a su casa y me ofreció asiento. Me puso un café y entonces vino la declaración más rocambolesca de toda mi vida.


—Te preguntarás por qué te he invitado, ¿no?

—Pues sí…

—Es que me muero de ganas de decirte algo. Mira… ¡Te admiro! ¡Te lo juro, te admiro!

—¡No jodas! ¿Por qué?

—Porque eres un punk. Porque te vistes como te da la gana. Porque eres un rebelde. Yo soy un esclavo de mis padres. No me atrevo a llevarles la contraria. Si tuviera cojones, me vestiría como tú, saldría hasta las tantas, tendría amigos como tú, y sería un rebelde. ¡Pero no tengo huevos!

—Pero seguro que tus padres son buena gente. Tú no sabes lo que tengo en casa…

—¡Mis padres son agobiantes! No puedo hacer nada sin su permiso.


Es curioso que algunas personas queden traumatizadas por tener padres protectores, como por ejemplo vuestra abuela. Yo le conté a mi compañero las movidas que tenía en casa y lo jodido que era tener un padre alcohólico, pero me dijo que tener padres posesivos era mucho peor. También es coincidencia que él sintiera admiración por mí, por ser tan rebelde, cuando yo había sentido la misma fascinación por mi compañera de primaria, Maricarmen, por la misma razón. Supongo que los rebeldes llaman mucho la atención. A fin de cuentas se trata de eso, de un grito patético: ¡Mirad todos: estoy desesperado! Algo de lo que tampoco me daba cuenta entonces es que estaba dando un ejemplo pésimo a mis amigos y, sobre todo, a los más jóvenes que yo. Años después, varias personas me van a decir que, en aquella época punk, habían intentado imitarme, que había sido un modelo a seguir para ellos. Supongo que la vida es un gran cocido y los diversos ingredientes van cogiendo sabores mutuos hasta que todos saben más o menos igual, por eso es tan importante dar buen ejemplo.


Como ya he mencionado anteriormente, la autohipnosis regresiva está teniendo resultados muy curiosos. Esta mañana me he despertado con la sensación de estar en mi cama de 1984. Todo vuelve, recuerdos aleatorios, aromas, música, la depresión y la psicosis. Me paso el día con canciones de Gabinete Caligari en la mente, como cuando entré a los jesuitas el año pasado y tenía una tonadilla en la cabeza que se repetía sin parar. “Golpes, golpes, ¿dónde están tus golpes? Pues sí, corazón, ¿dónde está mi dolor?” Estoy en casa, pero también estoy en el Tubo de Tudela. Veo imágenes de bares de Tudela superimpuestas sobre el tenis de la tele. Hablo con la gente, pero estoy en 1984. El relato de mi adolescencia me atrae y me secuestra como una planta carnívora. Tengo que terminar de escribir esto pronto si no quiero acabar psicótico perdido. Gracias a Dios, ahora soy consciente de lo que me pasa y tengo la madurez necesaria para mantener los síntomas bajo control.


Otra cosa que hace que las mismas canciones den vueltas por tu cabeza son las anfetaminas. A veces, cuando vuelvo a casa pasado de alcohol, porros y ácido o anfetaminas, me quedo seco, pero solo para despertarme una hora después, cuando el efecto del hachís se desvanece y la anfetamina se apodera del cerebro como un tornado imparable. Entonces me quedo despierto durante horas mientras escucho las últimas canciones de la noche en mi mente, una y otra vez, sin poder dormir ni parar esa bulla implacable, víctima de una extraña parálisis hasta que se hace de día. Y ahora me pregunto si vuestro abuelo no experimentaba algo parecido, porque no paraba de cantar o tararear las mismas canciones cuando estaba en el taller, y siempre ponía la misma música en el coche. Cuando compró el Ford Sierra, venía con un reproductor de cassettes bastante bueno, incluso se podía saltar una canción o repetir la canción anterior, y no hacía más que repetir las mismas canciones una y otra vez durante horas. Me acuerdo mucho de vuestro abuelo, la verdad, y quizá una de las lecciones más importantes que estoy aprendiendo mientras escribo esta carta sea que no lo tratamos bien. Claro que solo éramos unos críos y él era una persona muy agresiva, pero me arrepiento de haber sido tan malo con él. Ahora me doy cuenta de que las personas como él están lanzando un grito desgarrador: ¡Ayudadme! Curiosamente, el abuelo me ha hablado a través de vuestra madre. Le ha dicho en un sueño que yo era un niño muy tranquilo y que, cuando crecí, me volví muy gruñón, pero que ahora era un tipo sereno de nuevo. Es muy característico que vuestro abuelo siga hablándome a través de otras personas porque, durante mi adolescencia, me habló únicamente a través de vuestra abuela.


La mente es algo sumamente frágil y resistente al mismo tiempo. ¿Cómo es posible que, después de cuatro años de ciegos y sobredosis, haya podido estudiar, licenciarme, y que haya vivido una vida plena? ¿Qué es una sobredosis? La definición del diccionario dice que es una dosis excesiva de un medicamento o droga. Para mí, la sobredosis es pasarte con las pastillas y llegar al umbral de la muerte. El Parra ha traído un montón de pastillas de su farmacia y se nos ha ocurrido ir a la Champañería de la calle Pablo Sarasate a ponernos morados de champán. Estamos con el Javier Urtazu y creo que con su primo también. Nos pedimos una botella de champán y la llenamos de pastillas de todo tipo. No recuerdo cuántas botellas de champán nos bebimos, pero creo que fueron varias. Cuando salimos de la Champanería, llevábamos un pedo descomunal y, en vez de andar por las aceras, se nos ocurrió caminar por encima de los coches que estaban aparcados en fila, pegando saltos y gritos como locos cuando, a esas horas, todavía había bastante gente por la calle. Llegamos al Tubo y nos metimos en un bar de la calle Yanguas y Miranda, donde, en un impulso medio suicida y medio ciego, me tragué un montón de cápsulas rojas que no sabía ni lo que eran. Aquí se despidieron mis amigos y me dejaron con un ciego bestial. Yo me deslicé tambaleándome hasta un bar de la calle Cortadores. Me metí ahí y pude descubrir una especie de guarida donde apenas se distinguía a la gente del humo que había. Para mi sorpresa, mi amigo Ricar de Cintruénigo estaba ahí viendo una actuación de los Pilindrajos, un grupo punk de marionetas que tocaban canciones de la Polla Records. Me senté con él y sus amigos y empezaron a pasarme unos porros gigantescos; uno detrás del otro, hasta que empecé a sentirme muy mal. No podía respirar. Seguramente, aquel día no había comido casi nada, aparte de la ensalada de barbitúricos y champán, y mi estómago empezó a dolerme mucho. Me tuvieron que sacar afuera y, por pura casualidad, el Ricar también se puso malo en ese mismo momento. Lo último que recuerdo fue echar la pota juntos en la calle.


A la mañana siguiente, abrí los ojos y vi unas antiguas vigas de madera en el techo. No estaba en casa. Miré hacia un lado y pude ver pañuelos decorativos y objetos exóticos como de un palacio árabe. ¿Dónde estoy? Todavía no recordaba nada de la noche anterior, hasta que me volví para el otro lado y vi a Ricardo durmiendo tan tranquilo. Entonces pude recordar lo que había pasado, aunque no tenía ni idea de dónde estaba. Después de perder el conocimiento, nos habían llevado a casa del Paco, un gitano de Tudela amigo de Ricardo que tocaba la guitarra como los ángeles. Supongo que podía haber muerto perfectamente de una sobredosis aquella noche de locos. Si no llego a vomitar, seguro que hubiera acabado en un coma profundo, o muerto. El caso es que esa no era la última vez que iba a visitar la casa de Paco. De vez en cuando, después de una noche de juerga por el Tubo con Juan y el Ricar, el Paco nos invitaría a su casa a cenar algo y a escucharle tocar la guitarra. Nunca antes me había interesado mucho por el flamenco, pero esto era un auténtico lujo. Paco tenía un hermano de mi edad, el Rafa, que también tocaba la guitarra muy bien. Entre los dos, nos daban unos conciertos que eran como acceder a otra dimensión: el alcohol, los porros, la música, la decoración antigua, y la exquisita comida que nos servía la compañera de Paco, nos abrían las puertas a otro mundo. Supongo que hay mucha gente que ni siquiera se da cuenta de que te están salvando la vida, pero le debo mucho al Ricar, al Paco y a tanta gente de la movida, ángeles de la guarda improbables en un paraíso de hachís, que cuidaban a esos hermanos rotos por dentro, esas marionetas punkis con los hilos sueltos a ratos. Si aquella noche de la sobredosis de champán y pastillas no llego a encontrar al Ricar por casualidad, no sé dónde hubiera acabado; quizá muerto en una esquina del casco viejo.


En efecto, en la adolescencia muchos estábamos buscando familias alternativas. El Ricar se había convertido en un hermano mayor y el Fernando, la Mari y la Marga ya eran como familia. La Mari trabajaba en el Pub Kristal, que estaba en un sótano al lado del Pub Dona, así que se convirtió en nuestro punto de encuentro. Solíamos ir por la tarde a ver quién aparecía por ahí. A veces iba solo, me pedía una cerveza si tenía dinero, o simplemente me encendía un cigarro, y me sentaba esperando a que fueran apareciendo el Fernando, el Juan, la Marga. Si no había muchos clientes, pasaba el rato charlando con la Mari sobre cualquier cosa. Por el Pub Kristal se dejaban caer personajes muy interesantes. El Copín, que trabajaba de barman en el Pub Dona, venía a echar partidas de billar y, a veces me invitaba a alguna pastilla o yo a él. De vez en cuando, venía un antiguo amigo de mi tío Patxi, un tal Capote, que tenía una leyenda criminal tremenda y había estado varias veces preso. Éste también me invitaba a una cerveza y me preguntaba por mi tío. Pero el Capote estaba ya muy quemado y no le funcionaba bien en cerebro. Siempre hablaba de los palos que había dado, o nos contaba anécdotas de la cárcel, pero su lenguaje no tenía mucho sentido. Un día se metió en el Banco Guipuzcoano del pueblo y tuvo a los empleados secuestrados varias horas. Al final, lo arrestaron y no supimos más de él. También empezó a venir al Pub Kristal el hermano de Fernando, el Rafael, quien solía aparecer con un amigo del instituto, Mario el Loco. El Loco tenía un precioso pelo largo y liso en plan heavy metal, con un flequillo que no dejaba ver sus ojos. Su comportamiento era muy peculiar, de ahí que le llamásemos el loco. Era brusco y antisocial y nos hacía bastante gracia, así que nos hicimos amigos. Aunque no a todos caía bien. Fernando no lo tragaba, y procuraba evitarlo. La verdad es que Fernando también fue perdiendo la calma con Juan, que empezó a comportarse en plan salvaje cuando íbamos por ahí de marcha. Juan y el Loco se ponían un poco violentos después de unas cuantas copas, de manera que me tocaba a mí ir de niñera por los bares y procurar que no se metieran en jaleos. La verdad es que no me importaba cuidar de mi hermano porque lo admiraba; me gustaban su energía, su creatividad, sus bromas. En cuanto al Loco, siempre lo consideramos como un caso perdido; ese no necesitaba alcohol para ponerse en plan borde con la gente; tan pronto era un chaval de lo más majo, como que se ponía a discutir con cualquiera. A veces tenía muy mal vino, y en más de una ocasión tuve que intervenir para apaciguar la situación. El caso es que Juan, el Loco y yo nos fuimos haciendo amigos inseparables y vamos a correr aventuras y juergas tremendas durante los próximos tres años. Pero, como siempre, estoy mezclando los tiempos y adelantándome a los acontecimientos. En la época que estoy narrando, estamos saliendo más con la Mari, la Marga, y el Fernando. Yo estoy muy mal, apenas como a la hora del almuerzo y no estoy en casa a la hora de la cena. Para cuando llego al pub Kristal por la noche, estoy muerto de hambre. Mis amigos me traen alimentos cuando pueden, o comparten algo de lo que tienen, sobre todo el Fernando, que me trae esos deliciosos bocadillos de tortilla que hace su madre; de vez en cuando me lleva a su casa y su madre me hace el bocadillo a mi gusto. ¡Prácticamente podría decirse que esos bocadillos me salvaron la vida!


Pero yo no soy el único que lo está pasando mal. Mari y Marga a menudo se apartan del grupo para hablar de cosas privadas y, por la expresión en los rostros, se nota que son temas muy serios. Ahora, cuando hablo con ellas, también coinciden conmigo en que éramos una familia y que ellas también encontraban consuelo en nuestra amistad. Habíamos formado una pequeña tribu que era un refugio para nosotros. He descrito el abuso social que yo estaba sufriendo pero, obviamente, todos los jóvenes de aquella época estábamos siendo afectados en cierta medida, no solo yo. Para mí era un auténtico consuelo poder pasar el rato con mis amigos y echar unas risas. Estoy muerto por dentro, pero mis amigos son como una brisa y, yo, una cometa que vuela, o que cae al suelo estrepitosamente.


Y hablando de caer, si los intentos de suicidio representan el momento más bajo de mi vida, lo que viene a continuación también fue una caída en picado. La película Navajeros me había dejado con una auténtica obsesión por dar un palo. Un palo cualquiera. No porque necesitara dinero para juergas. No porque alguien me estuviera incitando. Simplemente se trataba de un rito de paso autoimpuesto alimentado por un fuerte complejo imitador. Sin duda me estaba dejando influenciar demasiado por el cine, las letras de las canciones, y las tendencias antisociales de la anticultura punk. Al principio, se trataba de una mera fantasía, pero las fantasías se hacen más reales cuando se articulan en palabras. Así que empecé a comerle el coco a Juan para cometer el robo juntos y empezamos a hablar sobre lo guay que sería dar un palo. Dar un palo. El hecho de dar un palo como en la película de Navajeros. Solo eso. En esta etapa de fantasear no tenía cabida todavía pensar en qué hacer con los objetos robados o si, después de éste, íbamos a dar otro. Este palo era un fin en sí mismo.


A veces, pasábamos los recreos dando vueltas por Herrerías o por el casco viejo, husmeando por ahí y había una tienda de productos de electrónica que nos había llamado la atención y solíamos pasar el rato mirando su escaparate fantaseando sobre lo guay que sería tener esas calculadoras tan interesantes con impresora y todo. Nos dimos cuenta de que en el escaparate había suficientes máquinas como para llenar una mochila y que no íbamos a necesitar entrar a la tienda y arriesgarnos a que alguien nos pillase adentro. Iba a ser algo muy rápido y fácil. No nos podían coger.


De manera que pasamos a la fase de planificación. Daríamos el palo un día entre semana a las tres de la madrugada, cuando no habría nadie por la calle. Romperíamos el escaparate con una piedra. Meteríamos las calculadoras en una mochila. Volveríamos a casa andando, para no tener testigos de nuestra fuga a Cintruénigo. Pero no se nos ocurrió pensar sobre qué íbamos a hacer con las máquinas. A fin de cuentas esto era delincuencia por el puro gusto de ser delincuentes. En otras palabras, estábamos en un plan muy psicótico, como también dejaban claro mis tendencias suicidas, homicidas, y de adicción al alcohol y las drogas. Todo esto era muy irracional.


Llegó la noche indicada y no recuerdo qué mentira le contaríamos a vuestra abuela para explicar que no íbamos a volver hasta las tantas de la madrugada. Pero ella ya estaba acostumbrada a que pasáramos las noches por ahí de juerga, así que no pudo sospechar nada. Llegamos a Tudela demasiado pronto. No serían ni las once de la noche y todavía faltaban cuatro horas para dar el palo. Estuvimos dando vueltas por Tudela pero empezó a refrescar algo y no se nos ocurrió mejor idea que meternos en un bar de Herrerías, demasiado cerca de nuestro objetivo. Nos sentamos en un rincón, pero no pudimos pasar desapercibidos, porque solo había unos tres clientes en la barra del bar, hablando con el dueño. Como no teníamos ni un duro, no pudimos pedir nada, lo cual hizo que nuestra presencia allí fuera muy sospechosa. De no haber cometido semejante error de auténticos principiantes, seguramente no nos habrían pescado. En realidad, ese era el momento de abortar la misión, pero suelo ser víctima de una cabezonería indescriptible una vez que he tomado una decisión. Normalmente, me cuesta mucho echarme atrás aunque me esté dando cuenta de que el plan es un desastre. Esto no lo sabía entonces, pero he visto a lo largo de los años que soy incapaz de dar marcha atrás. Podría decirse que una parte de mi sentido común y de autoprotección es disfuncional. Por otra parte, este defecto de mi personalidad es precisamente lo que me ha impulsado a tomar riesgos, a viajar por el mundo, e incluso a reinventarme varias veces.


El caso es que cerraron el bar a las dos de la madrugada y nosotros ya estábamos cansados de tanto esperar. Como no había nadie por la calle, decidimos adelantar la operación una hora.


—A ver… Vamos a necesitar una piedra enorme. Tú rompes el escaparate y yo meto las máquinas en la mochila. Mira, a ver esa.


Justo delante de la tienda, había unos setos y un jardincillo sin plantas, solo tierra y piedras.


—¿Esta?

—Sí, esa está bien. A ver, que no venga nadie. ¡Vamos! ¡Dale fuerte!


Vuestro tío Juan le dio un golpe al cristal, pero era como arremeter contra una pared de hormigón, y no acertaba a darle lo suficientemente fuerte como para romperlo.


—¡No se rompe!

—¡Nos han jodido: es cristal antibala! A ver, déjame a mí.


Quizá este hubiera sido otro buen momento para echarse atrás, sin embargo, estaba atrapado por mi destino igual que el triste protagonista de Crimen y Castigo. Raskolnikov siente que no es dueño de su propia voluntad cuando escucha una charla en una taberna en la que se discute si sería injusto asesinar a la odiosa vieja que el propio Raskolnikov está fantaseando con matar: “Esta trivial charla en una taberna tuvo una inmensa influencia en él, en su acción posterior; como si realmente hubiera habido en él algo predeterminado, alguna pista que lo guiara…”. De hecho, cuando llegó el momento de destrozar el cristal, yo me sentí exactamente igual que el enfermo mental de la novela cuando se dio cuenta de que tenía una coartada perfecta: “...pero de pronto sintió en todo su ser que no tenía más libertad de pensamiento, ninguna voluntad, y que todo estaba repentina e irrevocablemente decidido”. En efecto, esto había dejado de ser una fantasía: iba a romper esa luna por cojones.


Cogí la piedra y empecé a golpes contra el cristal laminado hasta que se fue rompiendo poco a poco. Primero aparecieron algunas grietas diminutas, pero no cedía. Tuve que darle y darle hasta que se abrió un hueco y pudimos acceder a las máquinas calculadoras registradoras.


¿Quiénes éramos en ese momento? ¿No éramos los hijos de alguien? Ese desquiciado que rompía la luna de un escaparate para robar, ¿no tenía a nadie quien lo amara? Mientras las personas importantes de su vida dormían, él se se mancillaba a sí mismo, a su hermano y a las personas de su cadena de amor. Con cada pedrada, estaba rompiendo un eslabón de la cadena. Con cada pedrada, estaba rompiendo el corazón de alguien. Me había convertido en un auténtico demente. Pero, ¿no había sido un ladrón desde la infancia: el que hurtaba los estuches de mis compañeros, el que le robaba dinero a su padre, el que pagaba las chucherías con dinero falso, el que convencía a su hermano para mangar juguetes en las tiendas? Siempre había sido un ladrón. La película Navajeros solo había hecho despertar ese instinto latente.


La caminata de vuelta a casa fue triste porque nuestro crimen fue una sinrazón deleznable y nosotros lo sabíamos. Juan no se encontraba bien y, en un momento dado, me dijo que se iba a casa corriendo, que caminando íbamos a tardar mucho. Yo me vi solo, a las cuatro de la madrugada, cargando una mochila con máquinas robadas. Era una noche clara, sin tráfico, sin viento, sin ruido. De repente, una señora antigua, vestida de negro, sobre el lomo de una cuesta en la distancia. ¡No puede ser! A estas horas de la madrugada… Pero al acercarme a la mujer, se fue convirtiendo en matorral. Luego, un animal. ¿Será un caballo? Ah, no: es un perro. No: es otra mata. Y así, fui caminando hasta el pueblo entre visiones. Cuando llegué a casa, Juan dormía tranquilamente. Escondí la mochila en el armario empotrado y me eché a dormir.


Habíamos dado un palo. Ya estaba hecho. Y ahora, ¿qué? Éramos dos niños que pelan pegatinas  solo por el placer de pelarlas sin pensar donde las van a pegar; niños que abren un estuche de colores pero no saben qué pintar; infantes que preparan sus cañas de pescar guiados por la fantasía de atrapar peces y luego no pescan nada; patéticos enfermos mentales. Sin embargo, en algún sitio de mi cerebro tenía la idea de ir al mercadillo de los sábados a intentar colocarle las máquinas a un moro que solía poner un puesto con calculadoras, radios y otros artefactos electrónicos. Así que el sábado siguiente fuimos al mercadillo con una máquina y, en efecto, el señor estaba interesado.


—Trae todo lo que tengas. Nos vemos ahí, en esa calle. Es la furgoneta blanca.


Trajimos la mochila con las máquinas y nos metimos en la furgoneta. El norteafricano nos ofreció cuatro mil miserables pesetas, pero teníamos que librarnos de ese botín antes de que lo encontrara la mamá. De hecho, fuimos lo suficientemente ingenuos como para regalarle una preciosa mini calculadora con impresora que le encantó. Le dijimos que la habíamos comprado en el mercadillo, así que no solo éramos unos ladrones sino también unos mentirosos y unos traidores.


Y así, entre borracheras y ciegos, entre sobredosis y palos, continuaba la vida. Los estudios se estaban convirtiendo en algo insoportable. Al Ricardo Parra y a mí se nos ocurrió apuntarnos a unos ejercicios espirituales con los jesuitas. Cualquier cosa con tal de no estar en clase. Yo llevé una botella de whisky y él, un montón de pastillas. En realidad, no recuerdo si estos ejercicios espirituales fueron en tercero o en segundo de BUP, pero tampoco recuerdo bien en qué fechas dimos el palo. Lo que sí es cierto es que estaba sumido en un frenesí imparable y no podía concentrarme en los estudios. De repente me dio por hacerme tatuajes caseros con tinta de bolígrafo y me puse en el brazo izquierdo la letra ene seguida de un corazón rojo y la letra “o”. No al amor. Tampoco es que lo pensara mucho o que me pasara horas diseñando el tatuaje antes de pasarlo a la piel. Supongo que me salió del alma. Ese alma rota que no creía en el amor. A veces me clavaba imperdibles y me los dejaba colgados del brazo, del dorso de la mano, o del lóbulo de una oreja. Y así, me fui ganando una buena fama de chico raro y fascinante.


Esto de tener un amigo que te trae pastillas a clase era un problema. Un día el Parra trajo un paquete de Valium y, como no había aprendido la lección, me metí una tira entera con vino. Cuando recuperé el sentido, habían pasado unos diez días. Al menos, esa es la impresión que yo tenía: que había perdido dos semanas de tiempo, de vida. Supongo que me había sumido en un sueño hipnótico y había llevado mi vida normal de colegio y casa como sonámbulo durante varios días. O quizá solo fuera un efecto del Valium sobre los registros de mi memoria y había pasado solo un día en lugar de diez. Sea como fuere, lo cierto es que las drogas ya estaban afectando mi capacidad cognitiva seriamente. Lo peor de drogarse con regularidad es que uno pierde la objetividad de las cosas y de los conceptos, de manera que los parámetros de la realidad empiezan a moverse y difuminarse incluso cuando no estás bajo los efectos de la droga. Este fenómeno tiene como resultado una disminución del sentido común, que la vida te importe poco, o que cualquier actitud, por muy perniciosa que sea, te parezca bien o incluso divertida, como el daño a la propia salud, la falta de interés por los estudios, o las conductas criminales, por ejemplo.


Mi amigo Ricardo Parra por fin consiguió la famosa Dexidrina y también Rinomade, unas gotas para la congestión nasal que eran pura anfetamina, y empecé a pasarlas entre los machos alfa que se reunían en el Tarumbi o en el Pub Dona, así que, poco a poco me fui ganando su respeto. No solo era un drogadicto, ahora era también un camello. Eso de la droga era una enfermedad bastante absurda. Como ya he mencionado antes, la adolescencia es la droga más potente que existe y no es necesario potenciarla con anfetaminas, pero de esto solo te das cuenta cuando eres viejo. Lo peor de las drogas es la falsa idea que producen en el consumidor de que, si no las tomas, no lo puedes pasar bien. Por aquellos tiempos no era tan fácil conseguir costo o anfetaminas; de hecho, recuerdo una temporada de escasez de costo en la que andaba el pueblo entero medio loco por conseguir aunque solo fuera una china. Una noche, estaba en la Saysa sentado solo en una esquina y se me ocurrió liar un porro de manzanilla. El olor alertó a los bebés, que estaban en el otro extremo de la sala. Empezaron a llegar uno por uno a pedirme costo. Primero vino mi amigo, el Javier Igea. Después, como el primero no pudo sacarme el supuesto costo, vino el Villanueva, lo cual me sorprendió bastante, porque no nos llevábamos bien. Como tampoco consiguió nada, por último se acercó uno de los machos alfa, el Javier Pazos.


—¡Eso es marihuana!

—No, es manzanilla.

—¡No te pases, que huele a marihuana!

—¡Que no, que es manzanilla! Te lo aseguro.

—Venga, enróllate, pásanos un poco.

—¡Te juro que es manzanilla! Si quieres, pruébalo.


El Pazos le dio unas caladas a mi porro y parece que no quedó convencido de que fuera manzanilla.


—¿Dónde lo has conseguido? ¡Anda, enróllate!

—Pues es manzanilla. No sé quién tendrá costo.


Es curioso que hasta los orgullosos machos alfa se humillasen por un poco de costo, pero así es la droga, te convierte en un esclavo capaz de perder el amor propio.


Un sitio donde no se notaba mucho la escasez de droga era el Tubo de Tudela. Es difícil imaginar ahora un sitio así, en parte porque el Tubo ha desaparecido y solo quedan un par de bares en la actualidad. Sin embargo, en los ochenta, había unos diez bares que se ponían a tope sobre todo durante los fines de semana: el Josu, el Chaplin, la Cura y el “garito punk” eran nuestros favoritos, pero en todos había marcha y en todos ponían música de la movida: The Clash, The Smiths, The Cure, La Polla Records, Derribos Arias, Aviador Dro, Interterror, La Banda Trapera del Río, La mode, Kaka de Lux, Barricada… Kaka de Lux tenía una canción que decía “Rosario se ha escapado, se ha ido de su casa, ha matado a su padre con una lata, [...] ¿A qué estás esperando para irte de tu casa? Puedes matar a alguien con una lata, puedes matar a alguien con una lata. ¿A qué estás esperando para irte de tu casa?”, con la que me identificaba mucho, porque no se me pasaban las ganas de matar a vuestro abuelo.


Pero, volviendo a Tudela, las calles eran un hervidero de gente de toda la Ribera entre punks, heavies y basca radical. El aroma del hachís nos seguía de bar en bar y siempre había gente por ahí que te invitaba a unas caladas. Entre los personajes más curiosos que había por el Tubo se encontraba el Angelillo, que tenía una tienda de ropa punky en Corella y que siempre nos saludaba muy amablemente. De vez en cuando me regalaba una china o me pasaba un tripi mientras me echaba los tejos, pero yo siempre le decía que no, que yo no era gay.


El Tubo también fue escenario de mis sobredosis de pastillas. Por aquella época, me gustaba bastante el bar Josu porque ponían una música inglesa muy interesante como por ejemplo Talk Talk o The Cure, y a veces iba yo solo a sentarme un rato en una sala oscura que había al fondo, a alucinar con la música y el cóctel de drogas que solía llevar encima. En una ocasión me había pasado con no sé qué pastillas y escuchaba la música como si estuviera saliendo no de los altavoces, sino de mi propio cuerpo. Era como si mi cuerpo fuera un amplificador y todos y cada uno de los instrumentos estuviesen metidos dentro de mí. En realidad, era una sensación muy agradable. Sentía que yo era parte de la música. Yo era música. Sentía que flotaba llevado por las melodías. En un momento dado, empecé a notar el bombo de la batería muy fuerte en mi estómago; tan fuerte que empezó a hacerme daño, como si me estuvieran dando puñetazos. Entonces tuve que salir a la calle a vomitar.


Otro sitio donde tuve una sobredosis horrible fue el bar Parris. El Parris estaba enfrente de la Champanería; era un bar que cerraba tarde y, cuando ya nos habían echado del Tubo, en el Parris todavía había mucha marcha. Ahí ponían música de la New Wave, como Bronski Beat, Spandau Ballet, New Order, Tears for Fears, Aztec Camera, o China Crisis. A mí me encantaba esa música, aunque tenía que mantenerlo en secreto porque, oficialmente, era un punk y los punks odiábamos cualquier otra cosa que no fuera punk. (De hecho, los punks detestábamos el heavy metal o todo lo que fuera comercial). El ambiente también era genial porque ese era lugar de reunión de gays y a mí me caían muy bien. Me parecían sofisticados, elegantes y siempre estaban rodeados de chicas increíbles. El caso es que una noche estábamos ahí los de la tribu y yo tenía un pedo descomunal de ácido, porros y alcohol cuando, de repente, aparece el Angelillo y me invita a poppers, un vasodilatador que se inhala y te baja la presión, dándote una sensación como de flotar. El caso es que el poppers incrementó mi ciego de ácido de una manera brutal y tuve que bajar al baño porque pensaba que iba a vomitar. Entré en un viaje profundo con alucinaciones increíbles. Caí más y más profundo como en una especie de pozo negro. Pasaron varias horas y ahora mi sufrimiento era insoportable, estaba sofocado, no podía respirar, me explotaba la cabeza como si tuviera un bombo metido dentro y, de repente, terminó la canción. No habían pasado horas, sino minutos. El efecto del poppers se me había pasado y pude volver con mis amigos. Pero el susto lo recuerdo perfectamente porque, mientras estuve sumido en ese pozo negro, tenía la sensación de que no iba a salir jamás. Otra cosa que no se me olvida es cómo el ácido trastorna tu percepción del tiempo: yo hubiera jurado que habían pasado horas y, cuando terminó la canción, me di cuenta de que solo habían sido unos minutos.


Como podéis ver, estaba sumido en la anulación de mi propia conciencia porque la realidad me abrumaba. La droga te permite olvidarte de ti mismo durante unas horas, acalla la voz interior; esa voz tan insoportable que no te deja en paz ni por un minuto. Nos habíamos subido a un tren donde todos jugábamos a la ruleta rusa. A nadie nos importaba la vida, quizá porque todos habíamos aceptado el postulado ateo de que Dios no existe. En efecto, sin Dios, nada importa. Pero no todo era anular mi mente consciente, sino que también había un elemento de exploración. Desde que empecé a tomar drogas a los quince años, tuve muy claro que lo que me proponía era descubrir las fronteras de la percepción consciente y meterme de lleno en el mundo del inconsciente: quería alucinar, quería jugar con el tiempo, volar, burlarme de las leyes físicas tal y como había leído en los libros de Lobsang Rampa, Castañeda y Yo, Cristina F. Y, en efecto, a través de la droga pude constatar que las percepciones que entran a través de los sentidos pueden ser interpretadas de maneras muy distintas cuando el cerebro está funcionando en otro modo: un modo intermedio entre la mente consciente y la inconsciente. Entonces ves las cosas a cámara lenta, o se derriten las paredes y se convierten en aceite de colores que, de repente, levanta y forma pequeños monstruos que vuelan a tu alrededor como murciélagos. O te ves sumido en un mundo paralelo que no tiene nada que ver con la realidad que te rodea, como un sueño consciente. A veces, simplemente, la droga estimula tus percepciones, ya sea la música, la comida, el tabaco, un beso, una caricia… las sensaciones se ven acentuadas por diez. En otras ocasiones, el viaje no es sensual, sino intelectual: se te ocurre pensar cosas que responden a una lógica distinta a la habitual, consigues comunicarte telepáticamente con alguien, cualquier cosa que desees la consigues al instante. Incluso hay drogas, como la cocaína, que potencian tu propia conciencia elevándote a un estado de super-inteligencia, de alerta, de control, de poder. Por eso nunca me gustó mucho esa droga: a mí me interesaba más explorar la mente inconsciente a través de hipnóticos, alucinógenos y hachís, o incluso, llegar a una anulación casi total de la mente consciente a través de los opiáceos. También era muy consciente de que no quería ser un drogadicto por el resto de mis días. Esto de la droga y la juerga constante eran cosa de la adolescencia y, en cuanto fuera mayor de edad, tendría que cambiar y formalizarme. O sea, que solo me quedaban dos años de desenfreno; eso lo tenía muy claro.


La vida en casa era insoportable, por eso me drogaba tanto. O, al menos, eso me parecía a mí en esos tiempos. En realidad, lo estaba pasando muy bien; mi realidad objetiva no era tan mala. La relación entre mis padres era insoportable, sí, pero esas peleas solo ocurrían de vez en cuando. La mayoría de las veces, solo se trataba de un monólogo que nos tenía despiertos hasta las tantas de la madrugada. Supongamos que teníamos que aguantar broncas y peleas un diez por ciento del tiempo. Eso quiere decir que el noventa por ciento del tiempo lo estábamos pasando bien, porque la relación con mis hermanos y madre era excelente. E incluso, vuestro abuelo también tenía sus buenos momentos. Los domingos seguía mandándonos a comprar helado después de comer y nos hacíamos unos cafés irlandeses con un tremendo chorro de whisky. A veces, por las tardes, nos sentábamos con él a ver alguna comedia americana en la tele y nos echábamos unas risas. Recuerdo perfectamente un día que estábamos viendo el Cosby Show juntos y las carcajadas que nos echábamos, y el hecho de que se me hiciera raro reirme tanto con mi padre. Por otra parte, el colegio era una juerga continua. Y la noche era un desenfreno total. Sin embargo, yo no soportaba la cantinela constante de mi madre: “tu padre me ha insultado, tu padre me ha pegado, tu padre se ha gastado toda la nómina de los trabajadores en el casino y le he tenido que prestar el dinero”. Era como si mi madre estuviera inyectando el veneno del odio directamente en mis venas. Eso, unido al odio histórico que ya he mencionado antes, hacía que la mera presencia de mi padre me causara repulsión. Era como tener un parásito dentro de mi cerebro constantemente y, la única manera de apaciguarlo, era a través de la droga.


La droga ofrecía el acceso a una dimensión paralela donde me sentía bien, pero me dejaba muy vulnerable. Una noche, llegué a casa totalmente ciego de alcohol y porros. Estaba en mi cama, como flotando, y disfrutando del viaje psicológico del hachís, cuando regresó a casa vuestro abuelo, borracho y de muy mala leche. En lugar de sacarnos de la cama y reunirnos en la sala para escuchar su sermón, como era su costumbre, vino directamente a mi cuarto. Se sentó en mi cama y empezó a provocarme. Podía ver su mirada desenfocada y sentir su aliento alcohólico, mientras me soltaba increpaciones muy específicas. Parece que quería pelea, pero yo estaba con un ciego tan descomunal que no podía ni hablar. Quizá eso me salvó, porque supongo que él se dio cuenta de que yo estaba aún más ciego que él. No recuerdo sus palabras, pero estaba muy cabreado conmigo por alguna razón. Supongo que por mi rebeldía, porque no estaba nunca en casa, porque no aprobaba mis asignaturas, porque no pegaba ni golpe en el taller, porque me vestía de punk, y porque defendía a mi madre cuando podía. En un momento dado empezó a amenazarme no sé con qué cosas y a mí no se me ocurrió mejor cosa que lanzarle, con mucha ironía, un “chachi”. Chachi y guay eran palabras que se usaban mucho entonces y eran sinónimas de bien, o genial, o de puta madre, así que vuestro abuelo montó más en cólera y me tiró un puñetazo que aterrizó en la almohada. Después, perdió los estribos por completo y empezó a golpes contra el equipo de música y los altavoces. Todo quedó por los suelos, pero, al menos, yo estaba intacto. Acto seguido, salió de la habitación, supongo que sintiéndose derrotado, si es que era capaz de sentir algo con la borrachera que llevaba. Yo me quedé asustado al darme cuenta de lo vulnerable que era cuando estaba en ese estado psicotrópico. Si mi padre hubiese decidido agredirme, yo no hubiera podido salir corriendo, ni mover un dedo, debido a mi estado de catalepsia total.


Era obvio que vuestro abuelo estaba muy mal; por estas épocas estaba tocando fondo. Él se daba cuenta de que yo tampoco estaba bien, pero, en vez de tener una conversación racional conmigo, solamente explotó en una de sus crisis alcohólicas. Y nosotros, sus hijos y esposa, en lugar de tratar de ayudarle, en vez de canalizar amor y compasión, solo irradiábamos resentimiento y odio hacia él. Era obvio que formábamos una familia totalmente disfuncional. O parcialmente disfuncional porque, cuando él no estaba, lo pasábamos muy bien. Cuando vuestro abuelo se iba de viaje, todo eran bromas y risas en casa. Entonces se veía a vuestra abuela un poco más tranquila. Nos hacía nuestras comidas favoritas, y siempre decía: “cuando el gato se va, los ratones bailan”. Sin embargo, esos momentos de felicidad tenían un regusto amargo, porque confirmaban de alguna manera que la fuente de todos nuestros problemas era vuestro abuelo. Y este entendimiento me convencía cada día más de que solo si mi padre desaparecía seríamos felices.


Yo también estaba tocando fondo. Cuando no estaba de risas con mis hermanos o mis amigos, caía en un abatimiento mortal. Se me quitaban las ganas de vivir y solo mi rebeldía me sacaba adelante: ¡ese tipo odioso no iba a joderme la vida! Hacía todo lo posible por pasarlo bien e intentaba no aparecer por casa para evitar encontrarme con mi padre. En una de esas noches de desidia y pensamientos circulares, ya habían cerrado todos los bares del pueblo y me encontraba solo en la terraza del Pub Dona sin ganas de volver a casa, cuando llegó un coche a toda velocidad, aparcó delante de mí y salió un conocido mío de Fitero, el Tapas, con quien había hecho amistad en las fiestas de su pueblo. Salió del coche y me dijo que estaba buscando un sitio donde echar la última copa. Como en Cintruénigo todo estaba cerrado, me invitó a tomarnos una botella de champán en el puti de Fitero. Así que nos pusimos rumbo a Fitero, pero era muy tarde y el prostíbulo también estaba cerrado. Yo le había contado al Tapas que no quería volver a casa, y él me ofreció pasar la noche en casa de un amigo en Tudela. Al final, tuvimos que compartir cama con el amigo. Por fortuna, el Tapas no era un pervertido y no tuve que pasar por los engaños sexuales a los que había sido sometido unos meses antes, pero lo que está claro es que no había aprendido la lección. A la mañana siguiente me fui a jesuitas sin desayunar. No sé qué pensaría mi madre, porque en aquellos tiempos no había teléfonos móviles. Quizá le llamara desde una cabina para decirle que estaba bien.


Debido a mi vida desordenada, el alcohol, las drogas y mi costumbre de no desayunar o no comer, empecé a tener fuertes dolores de estómago y vuestra abuela me llevó al médico, quien diagnosticó una gastritis y me recomendó comer verdura y platos simples, sin mucho condimento. Como si vuestra abuela no tuviera bastante que hacer, empezó a prepararme verduras cocidas y carnes a la plancha, lo cual no hizo sino incrementar los celos de mi padre, quien solía dejar caer algún que otro comentario acre como “mira, el niño mimado de la mamá; no sé para qué le haces todas estas comiditas si luego se va a emborrachar por ahí…”. El caso es que las atenciones de mi madre, más que la dieta, consiguieron que me sintiera mejor.


Vuestra abuela tenía atenciones con todos, incluso con vuestro abuelo. La verdad, no sé de dónde sacaba ni el tiempo ni la motivación. A mi padre seguía comprándole esas novelas que tanto le gustaba leer antes de dormir en las noches que no estaba de borrachera. A vuestro tío Juan y a mí nos tejió a punto unos jerseys muy bonitos que, de hecho, eran bastante punkis. El mío era azul marino con dos rayas paralelas amarillas sobre el pecho y todos mis amigos querían saber dónde conseguir uno. “Me lo ha hecho mi madre”, les respondía yo con orgullo. En efecto una de las grandes incógnitas de esta carta es cómo pudo vuestra abuela salir adelante y encontrar el tiempo para hacernos jerseys de punto.


Llevo toda la mañana dándole vueltas en mi cabeza a una canción de Supertramp que hemos escuchado contigo. También hemos escuchado a los Beach Boys como en aquellos tiempos que volvíamos de Lekaroz surcando campos de amapolas. Solo que ahora no hemos estado solos, estaban Nataly, John y Francis con nosotros. Hace cuarenta años éramos tú y yo. Ahora somos una pequeña tribu. Algo bueno tenía que salir de aquellos años de caos. Quizá tú misma, cuando ves a tus nietos, pienses que mereció la pena todo ese sufrimiento.


¡Qué ganas tenía de estar contigo, mamá! Estar. Solo eso. Sentir tu presencia. Dejarte hablar. Llenarme de gratitud por el privilegio de tenerte. Hemos pasado una noche en el Palacio Real de Olite y, por la mañana, mientras todos dormían, hemos desayunado y hemos tenido una larga charla sobre este libro y te he preguntado cómo es que no te hundiste por completo en aquellos tiempos en que tu marido estaba en su peor época y tus dos hijos mayores eran unos drogadictos. Hemos hablado de Juan, de cuando acabó en la cárcel. De su muerte. De tus padres. De tu infancia. De cuando viniste a vivir a España… De todo. Incluso de cuando el Kike, con un mes de edad, estuvo con tosferina y pasaste seis meses a su lado sin saber si iba a sobrevivir porque devolvía todo lo que comía y tenías que darle un biberón cada dos horas para que le quedara algo en el estómago.


—¡Vaya sacrificio de tu madre, siete meses sin dormir apenas y, encima, con dos barrabases en casa quemando alfombras y haciendo fechorías diversas!


No sé si vuestra abuela está recordando cosas que pasaron años después, porque no me explico cómo con sólo dos y tres años Juan y yo pudiéramos estar quemando las alfombras de la casa. De todas formas, este recuerdo confirma lo mal que nos portábamos ya desde muy pequeños.


Pero ahora estamos en el año ochenta y cuatro y tú llevas dieciséis años padeciendo palizas y humillaciones, por lo que debes estar sufriendo de un cansancio histórico mayor aún que el mío. Me has reiterado que querías huir, escapar, pero que no podías dejarnos solos y que tenías verdadero miedo a que mi padre te matara; que no podías ser tú la que se fuera, sino que tenía que ser él quien te dejase, porque abandonarlo hubiera sido una humillación insoportable para su orgullo y hay muchos hombres que, en estas situaciones, acosan a su pareja y la matan. Estabas convencida de que él te iba a perseguir si te ibas. En aquella ocasión de nuestra infructuosa fuga a Inglaterra, fue tu suegra la que te pidió que volvieras. Mi abuela yaya no quería quedarse sin sus nietos, no quería que la familia quedara partida en dos y tú no pudiste oponerte a sus ruegos y, además, estabas aterrorizada: él se te aparecía en sueños, sufrías de un síndrome de prisión invisible del cual todavía no te has recuperado. Ni siquiera en Inglaterra podías escapar. El caso es que tuvimos que regresar y así nos vimos sumergidos en más y más años de abuso, de amenazas, de insultos, de ver palizas, de intentar consolarte mientras mi corazón se iba pudriendo cada vez más. ¿Cómo aguantaste tanto? Y, ¿cómo no te diste cuenta de que tus dos hijos mayores se estaban convirtiendo en unos parricidas de pensamiento?


Y tu respuesta ha sido la de siempre: que sacarnos adelante era tu motivación para sobrevivir. Sin duda, tener hijos es una gran motivación, sobre todo si son tus cómplices, tus amigos, unos “barrabases” que te hacen reír con sus gracias y sus bromas. En efecto, eras tú la que nos sacaba adelante, porque el negocio del papá solo daba para sus juergas y su ludopatía. Pero todavía no comprendo cómo pudiste sobrevivir a ese ciclo eterno de abuso, reconciliación y lunas de miel. Debías de sentirte atrapada por completo en esa prisión invisible. Debiste darte cuenta de que, si querías algo de amor, algo de afecto, solo podías encontrarlo en la persona que te molía a palos. Debiste sentir auténtica desesperación al saber que te habías convertido en una perra que pide migajas de amor a su dueño y que, la única manera de escapar al monstruo, era amarlo. Pero el caso es que nosotros también éramos perros que buscaban esas migajas de afecto paternal. Yo mismo, sin darme cuenta, acababa siempre yendo de viaje con él a repartir pedidos y a visitar clientes y representantes. Llevaba ya más de diez años a su lado recorriendo las carreteras de España, comiendo y cenando con él, en silencio. Pero es que, cuando estaba con él a solas, se mostraba un poco más padre y menos abusador. Yo también estaba en una prisión invisible y, si quería un poco de padre, ese padre loco era el único que podía tener. Por eso me pegaba a él en una insoportable relación de dependencia y odio.


Pero el que está verdaderamente mal es Juan. En el colegio no aprueba ni una asignatura. Por si fuera poco, ahora ha empezado a tartamudear. Las cosas que más me duelen de esta historia no son las que me pasan a mí, sino las que le pasan a Juan. Me quedo ahí, mirándole, sin saber cómo reaccionar, sin decirle nada, “¿qué te pasa Juan, en qué puedo ayudarte?, sé que lo estás pasando muy mal pero vamos a superar esto”. Es que todavía no tengo la madurez necesaria como para entablar un diálogo con los demás. Juan y yo hablamos de muchas cosas, pero son cosas concretas y palpables, no sentimientos. El único sentimiento del que hablamos de vez en cuando es el deseo de matar a vuestro abuelo. También suelo conversar con mi madre, a menudo para increparle que no nos saque de esta situación, que no tome las riendas de su propio destino. Y también para decirle que no estoy bien, que me deprimo mucho. Otra persona con la que tengo largas conversaciones es la Nena, que ya tiene doce años y nos encanta escuchar música juntos. Hablamos de lo bonito que sería liberarnos de él; de lo bien que lo pasamos cuando él no está. Pero lo de Juan me está llenando de un dolor silencioso. Nunca le pregunté… No, pero se lo puedo preguntar ahora:


—¿Qué te pasa, Juan? Hace días que tartamudeas…

—¡Estoy harto! Si tú estás harto de todo, yo lo estoy más.

—¿Y qué podemos hacer para ayudarte? Porque ya veo que estás muy mal.

—¡Nada, matar a ese hijo de puta!

—Ya me gustaría, pero es que ahora tengo cincuenta y cinco años y hace mucho que le perdoné. Quizá tú también puedas encontrar algo de paz interior si le perdonas.

—¡No digas gilipolleces! ¡Tú siempre tan santurrón, pero no tienes ni idea de lo que significa ser yo!

—¿Y qué pasa con tus estudios, Juan? ¿Cómo es que no apruebas ni una?

—¡Pues igual que tú, tú tampoco apruebas ni una!

—Cierto; no puedo concentrarme en los estudios. Ya nada me importa. Pero, ya que no te lo dije en su día, te lo voy decir ahora: que estoy preocupado por ti, que te quiero mucho, y que me gustaría ayudarte pero no sé cómo, porque solo soy un crío de dieciséis años, un drogadicto, y un demente suicida. Y también quiero decirte que me perdones por no haber sabido ayudarte.

—¡A buenas horas…!


Yo mismo no tengo un diálogo interno congruente. Actúo de manera instintiva, como un animal y, aunque no tartamudeo, estoy muy mal. Y, si bien es cierto que nuestra compañía mutua es un consuelo, también es cierto que los dos somos algo tóxicos el uno para el otro. Sobre todo con nuestra obsesión de matar al “viejo”. Porque hace años ya que nos referimos a él como al viejo. ¿Será posible que la solución a todos nuestros problemas sea que desaparezca el viejo? Pero él también está fatal y él también necesita quien le ayude.


Las personas calladas son como un cuadro abstracto, cuanto menos dicen, más interesantes son, más imagina uno, creando una imagen unilateral, romántica, misteriosa. Cuando uno mira una obra abstracta, uno está componiendo su propia obra, su propio significado. Y, cuando la gente consideraba quién era Félix Chivite, muchos debieron crear un cuadro increíble, positivo, que nada tenía que ver con la realidad que nosotros estábamos viviendo. A fin de cuentas, él tenía un negocio y una familia; sin duda, era una persona respetable.


No obstante, el papá es el maestro que nos enseña cómo llegar al filo del precipicio, y el pueblo entero camina detrás de ese Flautista de Hamelín hacia el borde de un lagar. Si algo tiene vivir al límite, es que tu vida no tiene nada de corriente, de vulgar. Creo que ninguno de nosotros nos hemos sentido avergonzados de nuestro padre. Odiarlo, sí. Pero ni en sus peores borracheras, aunque fueran públicas, nos hemos avergonzado de él. Creo que nos dábamos cuenta de que él era distinto, fascinante, loco, y nada aburrido. Incluso cuando estaba con mis amigos de pedo y aparecía él, también ebrio, en el mismo bar, en vez de sentir vergüenza, sentía una especie de orgullo oculto. Porque ese hombre loco y borracho era un auténtico espectáculo. Incluso en su borrachera, conseguía mantener la dignidad y ese magnetismo de Flautista de Hamelín.


Sin embargo, tampoco puede decirse que respetara mucho a mi padre. Un día, le robé un cheque, falsifiqué su firma e intenté cobrarlo en el banco, pero no coló: el banco llamó a mi padre para avisarle de que habían intentado cobrar un cheque suyo. Vuestro abuelo sabía perfectamente que había sido yo, pero, como de costumbre, le pareció perfecto que yo fuera un delincuente. Mejor malo que bueno; porque los buenos son imbéciles y no merecen ningún respeto. “¡En el Alameda de Osuna, tirábamos los libros encendidos a los profesores!”, solía contarnos con orgullo. Esa, y muchas otras hazañas parecidas. A él solo lo malo le parecía digno de respeto.


La verdad es que vivir al límite tiene su encanto y quizá esto era algo que teníamos en común con nuestro padre. ¡Hay que ver lo que uno hereda de su padre sin darse cuenta! Sin ir más lejos, el alcoholismo y jugársela siempre con la muerte. Un personaje de Fortunata y Jacinta, Bárbara, pasa miedo por su precioso hijo único y reflexiona que "los más brutos, los más feos y los perversos son los que se hartan de vivir, y parece que la misma muerte no quiere nada con ellos". A lo mejor mi padre también pensaba que la muerte no quería nada con él, porque sorprende la cantidad de accidentes de tráfico a los que sobrevivió. Dostoievsky hace alguna reflexión sobre el parecido de los hijos con los padres a quienes odian. En Los hermanos Karamazov, capítulo siete, Dmitri (Mitia), el  parricida de pensamiento, se parece a su padre: "Pero ¿por qué estás temblando? Déjame que te diga algo: puede que sea honesto, nuestro Mitia (es estúpido, pero honesto), pero es... un sensualista. Esa es la definición misma y la esencia interna de él. Es que tu padre le ha pasado su baja sensualidad..." En otras palabras, este hijo que odia a su padre y le desea la muerte, es idéntico a su progenitor. De parecida manera, mi padre había conseguido pasarnos esa obsesión con vivir al límite y ese desprecio por la gente buena y respetuosa de las normas sociales. Pero, imitar a mi padre significaba no solo aceptarlo, sino buscar su aceptación.


¿Por qué se lanzan tantos hombres y mujeres al abuso del alcohol, a vivir al límite? ¿Acaso la vida sin riesgo sea insoportablemente aburrida? Sin duda, para Ernest Hemingway lo era. Como su propio nombre indica, era un escritor sincero y serio, y él mismo confiesa en su novela Fiesta las cantidades ingentes de alcohol que consumía en el autobús desde Pamplona al Irati en sus viajes de pesca. Y, luego, seguía poniéndose tibio mientras pescaba. Prácticamente todo el libro es la narración de una borrachera interminable. La obsesión alcohólica de Europa está bien reflejada en los personajes de Tolstói, Dostoievski y Dickens. Ni en mis peores tiempos he bebido tanto como Hemingway, ni tanto como los nobles rusos que describe Tolstói, que vivían sumidos en una borrachera continua. Ni siquiera mi padre bebía tanto.


Podría echarle la culpa de todas mis adicciones a mi padre, pero el abuso del alcohol en la sociedad occidental está bien documentado. Él fue un flautista de Hamelín en una larga cadena de flautistas que llevan a las ratas a ahogarse en vino. Solo que estas se bebían el vino tan felices y, luego, lejos de ahogarse, se transformaban en flautistas. Y así surge una nueva generación de flautistas alcohólicos. Pero no se trata solo de una metáfora, yo mismo salía en mis noches de juerga con mi armónica o con la flauta a meter ruido por las calles, a promover el abuso del alcohol de la manera más nefasta: dando mal ejemplo al pueblo entero.


Y mi abuela todavía dice que somos buenos. En su reino de amor y paz, no cabe la gente mala. De hecho, solo hace falta cruzar el umbral de ese santo hogar para que tu corazón se apacigüe, para que uno se sienta menos malo. Juan y yo seguimos disfrutando de los discos y los libros del tío Patxi, hasta que nos llaman a comer. Cada vez que pongo ese disco de Crisis, What Crisis, me traslado inmediatamente a la habitación del tío Patxi y te siento a mi lado. ¿Será cierto lo que me aseguraba siempre la yaya, que después de la muerte nos espera la vida eterna al lado de nuestros seres queridos? Ojalá sea cierto y podamos vernos de nuevo, Juan.


Otro que ya no va a durar nada es el yayo. He entrado a su habitación mientras la yaya le ponía su inyección de insulina y daba pena verlo. Supongo que el yayo fue mi único padre, porque el papá ha sido siempre una especie de molesto hermano mayor, más que un padre. Supongo que hay padres de todos los colores, pero, lo que es un padre en el que puedas confiar, un padre que te da una estabilidad, un padre a quien respetas, ese era el yayo. Y ahora se está muriendo delante de nuestras narices. Hay gente que se muere de golpe, como la yaya vieja, y gente que se muere muy poco a poco. Y esta muerte lenta de este hombre que siempre ha iluminado mi vida me está rompiendo el corazón. Cuando lo acompañaba de su brazo a comprar el pan y el periódico, me sentía el hombre más orgulloso del mundo, pero ahora no puede ni salir de casa. Aunque no era yo el único que lo quería con locura. Como ya he mencionado antes, la gente del pueblo siempre me paraba por la calle para preguntarme por él, y siempre lo hacían añadiendo algún elogio sobre su persona. En efecto, fueron mis abuelos los que me proporcionaron un norte moral, un ejemplo a seguir, más que mis propios padres. ¿Qué sería de los niños sin sus abuelos?


Nuestras visitas a Jaca se hicieron más y más frecuentes, ya que se esperaba la muerte del yayo en cualquier momento. Aquellos viajes, que eran más una especie de rally por caminos de cabras, nos dejaban mareados, y de mal humor. Sin embargo, el papá parecía otro cuando estaba con sus padres. Escuchaba lo que tenían que decirle, no discutía, y parecía más tranquilo. Supongo que la paz y las buenas maneras de ese hogar apaciguaban su loco corazón de la misma manera que el nuestro. Sin embargo, en cuanto entrábamos en el coche de vuelta al pueblo, volvía a su habitual manera de ser y sabíamos bien que, después de un fin de semana de mesura, nos esperaba una semana de borracheras y broncas.


Yo estaba cayendo en una profunda depresión y no me apetecía estar en casa ni de día ni de noche. Un día, antes de cenar, me metí en el Tarumbi a echar una cerveza y evadirme de todos esos problemas que me mortificaban. Estaba embebido en mis propios pensamientos cuando se sentó a mi lado aquella chica que tanta sensación causaba cuando bailaba sola en la Saysa. De repente me suelta:


—Estás un poco depre, ¿no?


A mí se me abrió el cielo de alguna manera, porque, en efecto, eso era lo que me afligía: estaba muy deprimido, pero nadie antes había utilizado esa palabra para describirlo.


—Sí, un poco…

—¡Un penique por tus pensamientos!

—¿Qué…?

—Sí, —me respondió ella con una sonrisa primaveral—, ¿en qué piensas?


La verdad es que no estaba familiarizado con esa frase tan conocida, pero sirvió para romper el hielo. Me acuerdo perfectamente de aquel primer encuentro con Julia: de sus ojos felinos, de su manera de hablar elegante y artificial, sin el deje del pueblo, de su ropa cuidadosamente elegida, de su talante familiar y afectuoso conmigo, como si estuviera hablando con un niño, y de su persona, que parecía sondear mi alma como si me conociera perfectamente. Así que le solté todo el lío de casa: el padre alcohólico, jugador y mujeriego que maltrata a su mujer, los años de penurias, la frustración de no poder ser libre. El resentimiento. El odio.


Ahora no recuerdo bien cómo evolucionó nuestra relación. No sé si nos vimos muchas o pocas veces antes de darnos ese primer beso bajo la lluvia, con bicicleta y paraguas, como en una película romántica. Lo que sí es cierto es que había encontrado una droga mucho más potente que cualquier otra: el amor. Y también es cierto que mi relación con Julia fue como un sueño o una película: quizá algo demasiado bueno como para ser real. El caso es que esa gran borrachera de amor fue una coraza frente a mis problemas domésticos y la vida se tornó más llevadera. Lo cual no quiere decir que dejase de ser un drogadicto, ni un delincuente, ni que de repente me tomara los estudios más en serio. Simplemente, estaba más tranquilo y distraído de mis problemas habituales porque casi todo mi espacio mental estaba ocupado por Julia.


De hecho, estaba desarrollando una aversión tremenda por mis estudios, tanto así, que se me ocurrió ir al médico a convencerle de que me operaran de un problema de tendones en el pie izquierdo. Cualquier cosa menos ir al colegio. Para mi sorpresa, mi médico de cabecera me hizo los papeles y, en cuestión de días, estaba internado en la Clínica Sesma de Tudela. Lo curioso es que ni siquiera mis padres parecían muy sorprendidos de que decidiera operarme de un pie sin esperar a las vacaciones. Los cirujanos me explicaron la operación y la convalecencia, que sería de unos dos días en la clínica y una semana con el pie vendado. En la clínica había una sala de estar donde solía pasar el rato fumando. Los demás pacientes eran todos ancianos y, la mayoría, hombres. Algo que no se me olvidará nunca es cómo se me acercaban a darme conversación y todos, sin excepción, terminaban diciéndome “si yo tuviera tu edad, haría esto o lo otro”. La verdad es que esto es algo que me impactó mucho y creó una convicción en mi mente: cuando yo sea viejo, no voy a decir eso. Cuando yo sea viejo ya lo habré hecho todo. ¡Voy a vivir la vida a tope! Y, en efecto, hoy en día puedo decir que he vivido a tope, que he hecho todo lo que quería hacer. Pero, ¿qué significa vivir a tope?


Salir con Julia era vivir a tope. Cuando estaba con ella me encontraba tan extasiado como un místico después de tener visiones de Dios. Curiosamente, el perfil de su cara y sus ojos felinos eran muy parecidos a los de Bowie, lo cual me fascinaba. Julia me cuidaba bien y no recuerdo haber estado enfermo, vomitando por las calles, mientras estaba en su compañía. Como en la canción de La Mode, ella era mi enfermera de noche. Aunque también le gustaba hacerme rabiar y sufrir. Julia me presentó a una pandilla de amigos gays del instituto; uno de ellos era su hermano del alma y se daban unos morreos de hermanos que no sabía yo ni donde meterme. A mí me caían bien sus amigos, que no perdían la oportunidad de tomarme el pelo y de contarme sus historias personales. Curiosamente, con el único que conservo el contacto es con el hermano del alma que se la comía delante de mis narices.


—¡Pero si es gay!, —me decía ella—. A él solo le gustan los hombres.


Al final, me acostumbré a verla en brazos de su amigo del alma y no me causaba la menor preocupación. Como tampoco me causaban preocupación todos los perros que la seguían por los bares y que me miraban como pensando “¿qué hace semejante tía con un crío como este?” La verdad es que a mí también me parecía algo demasiado bueno como para ser cierto. Como dice la canción de Dr. Hook, “When you're in love with a beautiful woman, You know it's hard, Everybody wants her, Everybody loves her, Everybody wants to take your baby home”.


A veces, salíamos a tomar el vermut por el pueblo y ella me pedía un martini blanco, que antes de comer se me subía mucho a la cabeza; me invitaba a chicle y a cigarrillos mentolados, lo cual me parecía una mezcla bastante horrenda, pero viniendo de ella, no podía sentarme mejor. En otras ocasiones, quedábamos por Tudela, en una cafetería medio elegante del Paseo de Invierno a tomar un café, así como en las películas, lo cual me parecía muy poco punk. Pero es que Julia era más gótica que punk. Un día, me prestó el libro de Wilhelm Reich ¡Escucha pequeño hombrecito!, con cuyos postulados me identifiqué bastante. También me introdujo a la música de Silvio Rodriguez, y esa canción que se convirtió en nuestra favorita: Unicornio azul. Otra canción que siempre me recuerda a ella es Para ti, de Paraíso, que la ponían mucho en el Tarumbi, y parecía que hablaba de nosotros. “Para ti, que estás de morros esta noche, Que descubres los secretos de tu cuerpo, Que sonrojas tu nariz casi queriendo, Que eres un gran aprendiz de seductor”. La canción de Gabinete, Golpes, resumía un poco nuestra relación, porque Julia tenía sus bajones y me ignoraba de vez en cuando, lo cual me sumía más en mi depresión. “Golpes, golpes, ¿dónde están tus golpes? Pues sí corazón, ¿dónde está mi dolor?” Esos momentos bajos los describe La Mode en su canción Aquella chica: “La soledad envuelve a aquella chica, Que está en la barra, medio tirada, Pendiente solo de su pensamiento, Que el diablo sabe en dónde está”. Lo cierto es que Julia era mi unicornio azul, “Mi unicornio azul ayer se me perdió, Pastando lo dejé y desapareció”, algo demasiado increíble, destinado a desaparecer. El amor romántico es una ola que te atrapa y te lleva mar adentro, una borrachera, un ciego, y, el bar, un escenario donde todos somos actores y dramaturgos al mismo tiempo. Mi nuevo papel: el de galán improbable: una mariposa que disfruta del sol durante breves momentos antes de morir.


El otro día estaba recogiendo vuestra ropita del tendedero y me acordé de lo adorables y tiernos que sois. Pero, ¿qué es un hijo para su madre cuando está siendo torturada sistemáticamente? ¿Qué es un hijo para su madre cuando le llaman por teléfono para decirle que el producto de sus entrañas está en la comisaría detenido por robo? Vuestra abuela no podía permitirse el lujo de quedarse ensimismada mirando la ropita de sus hijos. Y tampoco podía permitirse el lujo de ocuparse mucho de dar sermones: hijo mío, ¿cómo es posible? ¿Por qué lo has hecho? ¿Por el dinero? Ya sabes que puedes contar conmigo para todo: si necesitas dinero para droga, yo te lo daré, pero, por favor, no quiero que acabes en la cárcel. ¿Cómo estás? ¿Qué puedo hacer por ti? Nada de eso me dijo. De hecho, no me dijo nada en absoluto y vuestro abuelo tampoco. Era como si se lo esperasen; como si que tu hijo pase una noche en el calabozo fuera algo normal.


Estaba en jesuitas en una clase de la mañana cuando me llamaron a la portería. Mientras bajaba la gran escalinata de madera, tuve el presentimiento de que algo malo me aguardaba. En el vestíbulo de la portería me esperaban sentados en silencio tres policías vestidos de paisano. Cuando entré, me dirigieron miradas secas y austeras, como queriendo escrutar mi alma. Antes de que nadie dijera una palabra, ya sabía a lo que habían venido. Crucé una mirada con el portero, que me respondió con compasión en sus ojos. Lo curioso de mi demencia es que, hacía solo unos días, había encontrado cuatro mil pesetas en un banco del claustro del colegio y entregué todo el dinero en portería. Seguro que se hacía cruces el pobre portero, quizá dándose cuenta del cacao mental que tenía yo en la cabeza. Después de unos segundos que a mí me parecieron eternos, el comisario de policía, sin ponerse en pie, me dijo que habían venido a arrestarme por el robo a la tienda de electrónica de la calle Herrerías y que no me molestara en negarlo porque tenían pruebas de sobra. A continuación, me explicó que no me iban a esposar porque no me consideraban un reo peligroso, a pesar de lo cual pasé una vergüenza terrible al pasear por las calles de Tudela en el asiento de atrás del coche de policía. Había transgredido las normas, las leyes y los derechos humanos de otras personas: era un animal peligroso, atrapado y separado de la sociedad.


Cuando llegamos a la comisaría me sometieron a un interrogatorio como de comedia. El policía que me había arrestado se presentó formalmente con su título de inspector y me presentó a su ayudante, otro inspector, y se turnaron para interrogarme. El primer inspector hacía de poli bueno y, el segundo, de poli malo. La verdad es que el segundo inspector no lo hacía muy bien y se le notaba que actuaba. A nuestro alrededor, a través de los cristales que dividían la comisaría, se veían policías ocupados en sus escritorios y otros que iban y venían, fumando todos. Me tomaron la declaración en una máquina de escribir entre un aroma a tabaco y a tinta que me recordó a la antigua oficina de correos del pueblo. El poli malo quería saber si pertenecía a alguna banda criminal. Incluso se atrevió a preguntarme si pertenecía a la banda del Mili, un chaval de mi clase de primaria. Hacía tiempo que no sabía nada de él y no tenía ni idea de que tuviese su propia organización criminal. A mí siempre me había caído bien el Mili porque, en las escuelas, era un lobo solitario como yo. Incluso ahora conservamos la amistad y siento por él ese extraño apego que tengo por todos mis compañeros de primaria, como si todos fueran mis hermanos.


Pero volviendo al tema de mi arresto, después de tomarme declaración, me explicaron que no podían soltarme hasta que el juez decidiera qué hacer conmigo. Me condujeron hasta los calabozos, me pidieron que vaciara mis bolsillos y que me quitara el cinturón del pantalón y los cordones de las John Smith. Un policía muy amable me explicó que, si quería fumar, que lo pidiera y también me trajo mi cena, que fue un excelente bocadillo de tortilla de jamón del bar de abajo.


Cuando por fin me dejaron solo, me sentí como una fiera enjaulada. Había tocado fondo. Sin embargo, no me importó. Inspeccioné la pequeña celda sin ventanas: un colchón delgado sobre una plataforma de hormigón, una sola manta doblada, y las paredes cubiertas de graffiti. Lo único que podía pensar en esos momentos era Julia. No había otra cosa en mi cabeza. Estaba borracho de amor y lo demás me resbalaba. Calculaba que me soltarían pronto y que evitaría la prisión por ser menor de edad. Como mucho, me caería una bronca en casa. Eso es todo. En realidad, en un segundo plano de mi pensamiento, estaba orgulloso de llevar el galardón de haber estado arrestado y encarcelado. Ahora tendría fama de tipo peligroso. Ya era un punk condecorado. Aquella noche la pasé acordándome de Julia, de su aroma, de su voz, de sus abrazos que me hacían sentir que la vida era bella.


No recuerdo quién vino a recogerme al día siguiente, si fue mi madre o mi padre, así que le he tenido que mandar un Whatsapp a vuestra abuela para preguntarle si se acuerda de haberme recogido de la comisaría de Tudela y me ha respondido que sí. Pero no le he preguntado qué tipo de conversación tuvimos en el coche porque no creo que se acuerde. Pero sí sé lo que estaba pensando. Pensaba en su embarazo. En tenerme en su vientre. En darme vida. En sostenerme en sus brazos cuando era bebé. Porque cuando tú, Johnny, te pones en plan borde y agresivo, yo también me acuerdo de cuando eras pequeño. Te acuerdas, ¿verdad? Siempre te digo lo mismo: que cuando naciste, tú me hiciste padre. Y que eres una persona muy importante por esa misma razón. Y que, cuando eras pequeño, te paseaba por Lima con un orgullo increíble. Te llevaba en mis brazos y eras mi tesoro. Y la gente decía “¡pero qué bebé tan precioso!” Ya estarás harto de escuchar la misma historia, pero la persona que te convierte en padre es una persona muy importante. Como tu madre, que me convirtió en marido y en padre. Pasé de ser una basura que no valía nada a ser alguien importante. Y todo gracias a ti y a tu madre. Eso no se me olvida nunca. Y mi madre pensaba eso en el coche: “¿Por qué este chiquillo precioso se ha metido a punk? Si es la niña de los ojos de su abuela. El sobrino adorado de su tía Isabel. El niño que sacaba sobresalientes en Lekaroz y que estaba en el cuadro de honor en la categoría de excelencia por comportamiento. El único que me defiende y me consuela cuando estoy mal. ¿Qué le hemos hecho, Dios mío?” Porque seguro que vuestra abuela se culpaba a sí misma de que yo fuera un delincuente punk. Por eso no hubo sermón en el coche. Y también porque vuestra abuela me conocía perfectamente y era muy consciente de que le había salido un hijo retorcido que siempre le decía que sí a todo y luego hacía lo que me daba la gana. Y tampoco vuestro abuelo me echó ningún discurso que yo recuerde, pero sí que le afectó, porque me metió interno en jesuitas. Tal y como estaban las cosas, yo mismo me daba cuenta de lo absurdo y desesperado de semejante decisión pero, ¿qué otra cosa podía hacer mi padre? Hubo una intervención familiar de la que yo no fui partícipe y, después de unos días ingresaba al internado de los jesuitas de Tudela. ¡Pobres curas, lo que les esperaba!


Tuve que confesarle a Julia que me habían arrestado por un palo que había dado antes de conocerla a ella y, como el resto de mi gente, se lo tomó con mucho aplomo y comprensión, como si eso de dar palos y que te encierren en un calabozo fuera un rito de paso más, como correr un encierro, fumar, emborracharse o echar un polvo. Yo mismo no podía creer que después de semejante roce con la ley nadie me echara una enorme bronca. Pero es que esto de explorar la dimensión criminal de la vida era algo muy común entre adolescentes y, en aquellos tiempos, la actitud que tomaba la gente era una de “ya se le pasará; son cosas de la edad”. De hecho, a vuestro tío Juan no le arrestaron ni le imputaron cargos por ser menor de edad y porque era obvio que yo había sido el instigador del crimen. En efecto, de una manera u otra, la mitad de los jóvenes del pueblo éramos criminales. El que no robaba, traficaba con drogas, o se metía de todo, o se dedicaba al vandalismo. El caso es que, al menos los que éramos punks o radicales, estábamos siempre al filo de la ilegalidad. Incluso había “chicos buenos” que, picados por la curiosidad, nos acompañaban de vez en cuando a robar por ahí, como aquella vez que el Parra planificó un palo a una tienda de la Estación de Autobuses y fuimos unos cuantos, “chicos buenos” incluidos, a meternos en la tienda cuando ya todo estaba cerrado y no había viajeros. De hecho, mi amigo el Parra era un cleptómano compulsivo. Ese sí que no era ni punk, ni radical, ni necesitaba el dinero. Robaba por joder la manta, o por la seducción del riesgo. De manera que, el hecho de que me pescaran y me arrestaran, no cogió a nadie por sorpresa. El único que me echó una buena bronca fue el juez que instruyó mi proceso. Yo no me daba cuenta de la seriedad del caso y aparecí en la sala con mis pintas de punk, acompañado por vuestra abuela, que estaría muerta de vergüenza. El juez atravesó mi alma con una sola mirada y comprendió exactamente lo que tenía delante: un pijo de mierda disfrazado de punk que, pudiendo estudiar y salir adelante, se dedicaba a robar por diversión. Un ser deleznable porque, el que roba siguiendo el mal ejemplo, o por necesidad, al menos tiene una razón para robar, pero yo era un idiota que cavaba mi propia tumba; un parásito que malgastaba el dinero público; un anormal que escogía la ruptura en lugar de estudiar, dar buen ejemplo y contribuir al bien social; una cucaracha que corrompía a su propio hermano menor. Eso es lo que veía el juez.


En esta coyuntura me encontraba cuando entré al internado de jesuitas, que estaba situado en el piso superior del edificio principal del colegio. Mi habitación me pareció muy amplia y tenía una gran ventana que daba al patio, así en plan convento. Lo cierto es que los demás internos eran muy parecidos a mí: allí no había muchos chicos buenos. Yo ya tenía una fama de lo más nefasto, así que enseguida se me juntaron unos cuantos chicos malos y bajamos al comedor a cenar juntos. Los internos de jesuitas éramos un rebaño de tarados que no pensábamos más que en drogarnos y en contar batallitas. Como yo ya tenía unas cuantas, me hice muy popular entre esas ovejas negras. En concreto, hice muy buenas migas con un chaval de Bilbao algo mayor que yo y con mucha más calle y cárcel que yo, el Javier Legarra.


El Javi no tenía ninguna pinta de rebelde antisocial pero era más punk que yo, solo que no lo mostraba externamente. Sus modales también eran de lo más cortés y afable: era un chaval que daba charla a los empleados del colegio, a la señora que le ponía el salchichón en la charcutería, y a cualquier persona que pasara por ahí. De hecho, en cuanto tuve la oportunidad, lo llevé a casa y le cayó muy bien a vuestra abuela. Lo de invitarle a casa se convirtió en una especie de costumbre y mi madre siempre le hacía un par de huevos fritos que le sabían de rechupete. Y, sin embargo, este chaval que parecía ser un modelo de conducta, tenía el alma más negra que yo.


Estoy asomado a la ventana del pasado y siento una mezcla de vértigo y terror. Hace unos minutos estaba hablando con vuestra madre pero mi mente estaba en el internado de jesuitas. Podía ver la luz blanca entrando por los ventanales del pasillo; el Javi estaba frente a mí. Mi cuerpo estaba en la casa, junto a vuestra madre, pero mis piernas las sentía raras, como si estuvieran medio perdidas en esa otra dimensión del recuerdo. ¡Lo veo tan cercano y horrible! Quizá esté tan aterrorizado porque ya tienes 13 años, Johnny, y porque tienes un lado oscuro que me recuerda mucho al mío. Incluso tu abuela se ha dado cuenta de lo mucho que nos parecemos. "Te preguntarás porque me preocupo tanto, es que tengo un soft spot por Johnny, me recuerda a ti en muchas cosas, a su edad claro, pero entonces no teníais las nocivas pantallas". A tu abuela le preocupan las pantallas y, es cierto, si yo estaba enganchado a las drogas, tú estás enganchado a la pantalla. Sufres de las mismas inclinaciones adictivas que tu padre. Y eso que te estás criando en una familia tranquila, como mi padre y mi tío Patxi. Pero que tu familia te apoye y no te dé mal ejemplo no garantiza que te libres de tener un lado oscuro que te aboque a tu propia autodestrucción. Como todos esos chicos increíbles de Lekaroz: ¡cuántos murieron sin conocer la felicidad de tener su propia familia! Ojalá tú seas más inteligente que tu padre y puedas salir adelante sin sufrir todo lo que yo tuve que sufrir, sin sufrir todo lo que tu abuelo tuvo que sufrir, sin sufrir todo lo que tu tío Juan y tu tío-abuelo Patxi tuvieron que sufrir. Sin sufrir todo lo que una generación entera tuvo que sufrir: jóvenes locos y familias destrozadas. Una guerra silenciosa que ha dejado más muertos que una guerra convencional. En los últimos treinta años, tenemos veinticinco mil muertos por sobredosis sólo en España, y eso sin contar los miles de muertos por sida, hepatitis, y otros síndromes asociados al abuso de las drogas. Y sin contar los que se han quedado ciegos, o paralíticos, o dementes para el resto de sus días, uno de los cuales podía haber sido yo mismo. ¿Y en el mundo? ¿Cuántas personas maravillosas han muerto en el mundo entero en los últimos treinta años por culpa de las drogas? Ciertamente, esta es una guerra de la que se habla poco. Si un terrorista hace reventar su cinturón explosivo en un centro comercial matando a unas cuantas personas, eso sí que nos hace temblar. O si un tarado arremete a tiros en un colegio de los Estados Unidos, eso también nos hace cuestionar la estructura y fundamentos de la sociedad occidental. Pero poco nos preocupan los millones de muertos en el mundo a causa de la droga en los últimos treinta años. Y pocos hablan de las miles de personas que morirán hoy mismo a causa de la droga. Se trata de un holocausto a fuego lento. Como si un terrorista que mata a cuatro gatos fuera el mal mayor y, la droga, que mata a cientos de miles de personas, fuera el mal menor. ¡Estamos jodidos!


Un día el Parra me trajo una caja de ampollas de metadona y el Javi y yo nos las metimos por vía intravenosa no sé si en su habitación o en la mía. La verdad es que ese primer pico me sentó de puta madre. Y ese es el problema, que los opiáceos te enganchan desde la primera dosis. Pero, ¿por qué?


Salimos al pasillo y nos pusimos a charlar frente a la ventana que daba al patio del colegio. Y ahí mismo, dejándome acariciar por la luz blanca de una tímida primavera, me pregunté cómo es que me preocupaba tanto por tonterías por las que no merecía la pena preocuparse. El mundo estaba bien. Había llegado a la zona de impacto del entendimiento más fundamental: nada importaba. La metadona era una bomba atómica y mis problemas habían sido obliterados. Estaba en un plan muy incrédulo: ¿cómo es posible que me haya preocupado tanto mi vida hasta ahora? ¿Cuál es el problema? ¡A la mierda con todo! ¡La vida es bella!


Los opiáceos merecen un párrafo aparte, porque es difícil comprender cómo tanta gente se engancha y deja que sus vidas sean destruidas por completo. Pero es que la heroína acalla la voz interior; esa voz insoportable que te dice que mates a tu padre; esa voz que te dice que no hay futuro; esa voz que te dice que la vida no merece la pena. La heroína es un momento de dicha por el que merece la pena morir. Un deslizarse por un tobogán hacia un dulce pozo negro donde la conciencia duerme. Las pupilas se encogen y la heroína detiene esa maldita rueda de ratón que da vueltas sin parar, esa cantinela eterna de lo que fue y del qué será: el arrepentimiento del pasado y el miedo al futuro. Imagina poder parar eso de golpe, con un simple pico. El odio, las ganas de matar a alguien, la desesperación por salir de esta estúpida rutina del latín, del griego y las matemáticas, de obedecer, de los ritos de paso. Todo convertido en una nube nuclear. Un bombazo en la parte trasera del cerebro; un cosquilleo caliente que sube por las venas y borra los registros de la ansiedad, al menos de manera temporal. La heroína te lleva a un lugar muy cercano a la muerte, donde sientes, con cada bombeo de la jeringuilla, un saltar tu corazón dentro del pecho, una debilidad en las piernas, una falta de aliento, un quebrarse de la voz, un chorro de lava que quema las neuronas y las deja mansas después de años de sufrimiento.


Lo único que era mejor que el opio eran los besos y abrazos de Julia, que tenían el poder de hacerme olvidar incluso dónde estaba. Un día llegamos a Tudela algo temprano como para ir de juerga, todavía era de día, así que fuimos a caminar por el Paseo del Prado, junto al río Ebro. Nos sentamos en un banco y nos unimos en un trance infinito. Cuando el beso completó su viaje por otras dimensiones y regresó a su punto de origen, yo no sabía ni dónde estaba ni cuánto tiempo había durado el beso: me había fusionado con Julia y había perdido el sentido.


Pero Julia estaba metida en mí incluso cuando no estábamos juntos, porque me regalaba cintas grabadas y yo las escuchaba acordándome de ella. Julia me pasó una cinta de David Bowie que yo ponía una y otra vez: The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars. La voz de Bowie, débil y vulnerable al mismo tiempo, accesible, subiendo a las frecuencias altas como en un gemido universal, me hablaba directamente al alma. Pero, sin que Bowie tuviera ni la menor idea, su música estaba preñada de ella, de Julia. Su música era Julia. Y cuando escuchaba esa cinta, sentía a Julia tan cerca como si estuviera con ella. Al mismo tiempo, como en una especie de relación sinérgica, la elegancia de Bowie, su increíble viaje al borde del abismo, dibujaba nuevos trazos en la mujer que estaba tatuada en mi alma. Julia era Bowie.


La verdad es que no me importaba nada estar interno. La falta de libertad se compensaba con la compañía de las ovejas negras. Además, me escapaba cuando me daba la gana. Una tarde que me apetecía ver a Julia, trepé los cuatro metros de altura del portón del patio y me fui a dedo a Cintruénigo. Los fines de semana los pasaba en el pueblo en una juerga continua. Los viernes y los sábados empezábamos a porros y cervezas en el Tarumbi, luego íbamos al Kristal a meternos cualquier cosa, ácido o lo que fuera, luego al Tubo de Tudela, y terminábamos la juerga en el Parris, en la Cocorico o en la Tutú. Un día de semana invité al Javi de juerga por el pueblo y nos quedamos a dormir en la casa vieja de Ligués 44. No sé cómo se nos ocurrió la idea, pero la puerta de entrada no estaba bien cerrada y fue fácil abrirla. En esa ocasión nos acompañaban Juan y Marga. Nos metimos por toda la casa, que estaba vacía, y bajamos al huerto a por leña para encender la cocina económica. Asamos unas chistorras a la luz del alumbrado público que se colaba por la ventana y nos las comimos con pan. De vez en cuando, me asomaba por la ventana para ver si alguien estaba mirando el humo que debía salir por la chimenea. Pero nadie en el exterior se dio cuenta de que la casa abandonada estaba humeando. Yo me eché a dormir en el suelo en el sitio que antes ocupara mi cama. La casa estaba tan muerta que no había ni fantasmas. Aquella fue mi última visita a la casa vieja y la última vez que Juan y yo dormíamos en nuestra antigua habitación.


El Javi era tan ladrón como yo o como el Parra. En realidad, éramos tal para cual. A veces nos íbamos a Sabeco a robar whisky o cualquier otra bebida y nos agarrábamos un buen pedo. Pero el Javi, como el Parra, también se metía en los coches aparcados a ver qué podía mangar, cosa que yo nunca hice. He descrito mi propio proceso de embrutecimiento, y era obvio que el Javi había pasado por algo parecido (aunque nunca me lo contó) porque era verdaderamente antisocial, antisistema, y decía y hacía cosas que me chocaban mucho. Creo que nunca antes me he avergonzado de haber sido un delincuente y un drogadicto en la adolescencia; a fin de cuentas, nunca me había considerado responsable de nada. Pero ahora veo a un monstruo deleznable y, recordar todo esto, me está afectando mucho, como ya os he dicho antes; no os imagináis las ganas que tengo de terminar esta carta y poder continuar con mi vida. Si el padre Acaso se sintió moralmente ofendido por mis relatos, ahora yo mismo me siento moralmente ofendido por mi propia historia, por mi comportamiento en la adolescencia: ¡me había convertido en un auténtico asno! Y esto me duele. Me duele verme reflejado en estas páginas cometiendo todo tipo de desmanes de los cuales estaba muy orgulloso en aquellos tiempos. Pero estaba orgulloso porque era un animal cegado por el hedonismo y la anticultura punk.


El caso es que el Javi y yo nos hicimos inseparables y nuestra amistad duró hasta que me fui a Inglaterra dentro de dos capítulos. Un día, el Javi me pasó un par de Perduretas de codeína de cincuenta miligramos. Me las metí por la mañana y me fui a mi clase de arte. Teníamos un profesor que no nos enseñaba nada, nos ponía a hacer bocetos a carboncillo de estatuas griegas y romanas que había en pedestales por todo el estudio mientras se paseaba haciendo comentarios como “le falta volumen”. En un momento dado, empecé a sentir un bienestar increíble, parecido al de la metadona, pero más suave. Me pareció flotar en el aire y me vi invadido por una agradable euforia. Nada me importaba ni me afectaba. Era la anulación de la voz interior. La paz tan deseada después de años de abuso y ansiedad. Era la felicidad en forma de pastilla.


Claro que no todo era emborracharse y tomar pastillas. En realidad, el dinero era escaso, y las drogas también. Aunque procurábamos abastecernos de ácido o pastillas, o lo que fuera, para el fin de semana, entre semana teníamos muchos días sin drogas duras que pasábamos con vino y algún porrillo que caía por ahí. Incluso los fines de semana hacíamos durar las cervezas y solo nos emborrachábamos mucho si caía alguna botella de licor, o si eran fiestas de algún pueblo y hacíamos la ronda de los cuartillos de fiestas. El Parra traía anfetaminas o Tilitrate, que vendía yo por ahí y sacábamos algo de pasta para los fines de semana, pero él tenía que andarse con mucho cuidado porque su padre iba a terminar por darse cuenta de que le faltaban estupefacientes en la farmacia, así que el negocio no daba mucho dinero. Un día, el cabrón del Parra se metió medio bote de Tilitrate, lo rellenó de agua, y me lo dio para pasarlo en el Tubo de Tudela sin decirme que estaba adulterado. A los pocos días, la yonki que me lo había comprado me interceptó en el mismo Tubo y me tuvo un buen rato pidiendo explicaciones. “Que yo sé muy bien lo que es el Tilitrate, ¿eh? Me lo has pasado de palo. No me ha subido nada”. Y yo, que no tenía ni idea de la trampa del Parra, pensaba que la tía estaba loca. En fin, que podía haber acabado con un cuchillo clavado en el costado por culpa del jodido Parra de los cojones. ¡Unas semanas después, me confesó que las drogas no le hacían nada, que se había metido medio bote de Tilitrate y que no le había subido! O ese Tilitrate estaba malo, o algún hijo de perra de la farmacia ya se lo había vaciado y lo había rellenado con agua incluso antes que el mismo Parra. El caso es que estaba caminando por un campo minado: no solo eran las continuas sobredosis, no solo era la posibilidad real de acabar en la cárcel, ahora tenía que lidiar con yonkis que no habían quedado del todo satisfechos con la calidad del producto.


Había una parte de mí que me decía que todo esto estaba muy mal y que, tarde o temprano, tenía que salir del hoyo. Pero ese tarde o temprano era la clave: cuanto más tarde, más posibilidades de morir con una jeringa en el brazo o de acabar en la cárcel. Y, a mí, ambas posibilidades me aterraban. Por otra parte, cada día se oía hablar más del SIDA y teníamos claro que se contraía al compartir jeringuillas. Yo me había propuesto cumplir la mayoría de edad y dejar esa vida. Me iba a ir a vivir a Inglaterra. Empezar de cero. Limpiarme por completo.


Pero ahora estoy sumido en la mierda, y no hay mierda mejor que Lou Reed. Al Javi le encanta y me ha pasado la cinta de Transformer. Yo ya conocía a Lou Reed porque el tío Patxi tenía algún disco suyo, pero no conocía Transformer, que me fascinó. El ciego de heroína que lleva el tío se nota en su voz temblorosa. Lou Reed canta con un tono grave, el tono de la heroína, no con esas voces de falsete tan ubicuas en la música pop. Las voces de falsete surgen de la cocaína y las anfetaminas. Por el contrario, la voz de Lou Reed desciende, junto a los latidos del corazón, a frecuencias muy bajas. Porque, cuando te metes un pico, primero tienes una especie de taquicardia, pero después bajas y bajas, tal como lo hace la voz de Lou Reed. Por mucho que nos asegure que los satélites van hasta Marte, él nos lleva a lo más hondo del viaje heroinómano.


Escucho Transformer en los auriculares mientras veo las luces de Navidad que inundan el salón. El ambiente es tan acogedor y cálido que casi no hace falta calefacción. ¡Qué cosas tan bonitas pones en nuestras vidas! Todo esto parece una alucinación. Al final, vas a conseguir que me guste la Navidad. ¡Qué contraste entre el mundo brutal de estas páginas y la feliz y modesta vida que tenemos en nuestra pequeña casa! Este mundo salvaje ni siquiera puedes imaginarlo porque no te lo he contado. Hemos recreado la dimensión paralela de Madrid y de Jaca aquí en Norwich: un mundo tan lleno de paz que no parece real. A veces pienso que despierto de un sueño y una voz dice: lo imaginaste y te lo creíste, ¡pero no es real! Porque esto es demasiado bueno como para ser real. Como Madrid. Y a Ti también te pregunto constantemente: ¿por qué me has concedido tanta dicha y paz cuando mis primeros años estuvieron tan llenos de dolor? Y me has dicho que tuve el honor de compartir la cruz contigo desde el principio, pero que esté alerta, porque estar clavado a una cruz no es algo que ocurra una sola vez en la vida. ¡Manda cojones! ¡Otra cruz! Pero esta vez te la voy a pasar a Ti. Tú vas a ser mi Simón Cireneo. Me vas a ayudar a llevarla, porque yo no tengo ni fuerzas ni ganas de más cruces. Y Tú me has respondido que con mucho gusto, que para eso te hiciste hombre.


Pero Tú me vigilabas y me lanzabas gritos mientras yo me hundía. Un día se me ocurrió la feliz idea de invitar a Mario al internado de jesuitas. Primero nos fuimos a Sabeco a robar una botella de Martini blanco y, después de beberla por las calles de Tudela, nos fuimos a mi cuarto a escuchar música y fumar Fortuna. Bowie dice que tenemos solo cinco años y, verdaderamente, algunos de nosotros vamos a tener una vida muy corta. No sé si estamos metiendo demasiado ruido, el caso es que hemos alertado a los curas, que están llamando a la puerta. Pero no hacemos caso. “Estamos escuchando música”, les digo. Lo cierto es que no puedo abrir la puerta porque media botella de Martini con el estómago vacío nos ha dejado con un pedo enorme y no queremos dar la cara. La siguiente canción también menciona a un cura y a Dios. Y sigue Bowie mencionando al Señor, y hablando de temas trascendentales en las demás canciones: “No es fácil ir al cielo cuando estás cayendo”. También habla de jóvenes confundidos, como nosotros. Y los curas, desesperados, llamando a la puerta. “¡Solo estamos escuchando música. Enseguida salimos!”  Por fin llega Tu mensaje, bien claro, en la última canción:


“Oh no, amado, no estás solo.

Te estás mirando a ti mismo, pero eres demasiado injusto.

Tienes la cabeza toda enredada,

Pero, si pudiera hacer que te importara…


Oh no, amado, no estás solo.

No importa qué o quién hayas sido.

No importa cuándo o dónde hayas visto.

Todos los cuchillos parecen lacerar tu cerebro;

Yo lo he vivido; te ayudaré con el dolor.

No estás solo.


Sólo conecta conmigo, y no estés solo.

Conectemos y no estemos solos.

¡Dame tus manos, porque eres maravilloso!

¡Dame tus manos, porque eres maravilloso!

¡Oh, dame tus manos!”


La verdad, me ha costado mucho tiempo entender Tu mensaje y comprender que Tú siempre estuviste ahí, vigilándome. Ahí estás Tú, clavado a la cruz, gritando que no estamos solos y que podemos caminar juntos de la mano. Me perdonas; me pides que yo mismo me perdone. Dices que no importa lo que haya visto, que tú mismo has sido lacerado, en la carne y en el cerebro. Tú me entiendes. Dices que no estoy solo y que soy maravilloso. Gracias.


No sé si fue ese mismo día cuando le presenté a Julia. Mario era muy noble y honesto, así que me dijo bien claro que Julia era maravillosa y que los celos le cegaban. La verdad es que tanto Mario como yo estábamos un poco verdes como para una mujer como Julia. Mario jugaba al fútbol y yo envidiaba su tipo atlético. También tocaba una batería que se había hecho con botes de Colón. Conocía al batería de un grupo de Zaragoza, Zumo de Vidrio, y me dijo que un día me lo iba a presentar. Yo, por mi parte, le confesaba mis tendencias parricidas y una extraña fantasía que estaba teniendo últimamente: matar a un cura. Estaba tan enajenado, tan distante de la realidad, que mi cerebro fabricaba las ideas más demenciales. La vida es una mierda que no vale nada, así que la vida de otra persona tampoco vale nada. Pensaba en clavarle un cuchillo a un cura cualquiera en un callejón, robarle la sotana y ponérmela yo. Me pregunto ahora si mi pique no era con Jesús, en realidad. Él me había abandonado, de eso no cabía duda. Él ni siquiera existía. Pero, sin Él, yo estaba loco. Y los locos tienen ideas homicidas, como mi propio padre y su eterna cantinela de fusilar a los rojos, a los maricones y al Mutilva. ¡De tal palo, tal astilla!


Curiosamente, como para confirmar mi enajenación mental, un día en el descanso de la comida, me fui al convento de Capuchinos de Tudela a visitar a mi tío Fermín. El tío Fermín había quedado viudo y se había metido a Fraile. Él, como yo, había tenido una excelente experiencia de Lekaroz, tanto así que escogió la vida monástica para los últimos años de su vida. Yo tenía maravillosos recuerdos del tío Fermín. Lo cierto es que lo había visto pocas veces, pero siempre me había causado una impresión muy grata, así que tenía muchas ganas de verlo. En aquellos tiempos, como ya he mencionado antes, la gente aparecía en tu casa sin avisar, así que yo hice lo mismo. Me presenté en portería y dije que quería ver a mi tío Fermín. Me hicieron pasar a una sala de espera donde estuve un buen rato. Cuando llegó el tío Fermín, me lanzó una mirada furtiva como quien mira a un bicho raro. A lo mejor ni siquiera me reconoció. En ese momento no estaba como para visitas. Es muy probable que hubiera interrumpido algo importante, porque el tío Fermín se mostró antipático y seco. El resto de mi breve visita se lo pasó mirando por la ventana, evitando mirarme a mí. Salí de ese encuentro un poco dolido porque él había formado parte de ese círculo de personas de Madrid que me habían hecho sentir tan especial cuando tanto lo necesitaba de niño. Quizá ahora también necesitaba la protección de Madrid y por eso había buscado a mi tío abuelo, pero él no me regaló ni una triste sonrisa. El caso es que el tío Fermín, mientras fue coronel de Estado Mayor, había tenido que sacar de la cárcel a alguien de nuestra familia. Y supongo que a hijos, sobrinos y nietos de amigos, y de amigos de amigos también. Me imagino esas llamadas embarazosas a jueces importantes o a la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias, o a quien fuera, humillándose a pedir favores. Por fin le tuvo que decir a mi abuela que ya no podía hacer más favores. Y, cuando yo me presenté en el convento, él vio a uno de esos jóvenes egoístas que solo piensan en su propia diversión y que, de vez en cuando, acaban en la cárcel. Supongo que el tío Fermín ya estaba harto del mundo y por eso se había metido a fraile. Mi visita le había forzado a echar la vista atrás hacia un mundo atroz del que quería olvidarse.


Pero allá los hombres mayores con sus fantasmas. Algo que apaciguaba mi alma era estar con mi tribu de Cintruénigo. El Fernando seguía trayéndome deliciosos bocadillos de tortilla de queso de su casa. Por otra parte, el dueño del pub Kristal cada día aparecía menos por ahí, así que la Mari nos ponía cervezas gratis y, a veces, sandwiches de jamón y queso, e incluso, partidas de billar. Pero, aunque el confort material me tranquilizaba bastante, lo auténticamente bueno era compartir el tiempo con ellos: la Marga, el Fernando, la Mari, el Juan. En la adolescencia, ver a tus amigos te llena de emoción y, ver llegar al Fernando, a la Marga, o a Juan, siempre era todo un acontecimiento. Estar en el Kristal era estar en familia. Por esta época, empezó a trabajar de barman el Darío, nuestro amigo de la infancia, así que tuvimos asegurado el suministro de cerveza gratis durante unos dos años. Y así, el pub Kristal se convirtió en nuestro cuartillo de fiestas. Otros chavales rebeldes del pueblo empezaron a venir bastante por el pub y la juerga estaba asegurada incluso en los días de entre semana. A menudo, esperábamos a que la Mari cerrase el bar y nos íbamos todos a Tudela de marcha.


Nuestro medio de transporte por aquellos tiempos era “el dedo” y, por lo general, no tardábamos mucho en presentarnos en el Tubo. Normalmente aterrizábamos en el Chaplin a ver si estaba el Ricar y, de ahí, íbamos haciendo la ronda de los garitos punkis, heavys y radicales. A los punks nos tenían prohibida la música heavy, pero con el pedo y la buena onda que solíamos llevar, nos importaba poco que la música fuera heavy, new wave, gótica, o punk. De hecho, éramos unos fanáticos de Los Suaves, un grupazo heavy con más alma que una banda de blues. Y siempre nos habían gustado Leño, Barón Rojo y Obús, que hacían un rock bastante heavy. Sin embargo, yo no aguantaba a los heavys comerciales que se escuchaban por todos lados, como Iron Maiden, AC/DC, Metallica, o Scorpions; me aburría soberanamente con esas introducciones eternas, esos solos de guitarra que me recordaban a Bach, y esos chillidos prolongados como si estuvieran matando a un gato. El Ricar se había convertido en una especie de pastor para nosotros y, cuando por fin lo encontrábamos, nos echábamos la última con él y nos llevaba de vuelta a Cintruénigo cuando ya todos los bares de Tudela habían cerrado.


La familia de Cintruénigo era una muy buena familia. Pero es que yo tenía familias por todos lados. El año escolar ha terminado y son fiestas de Tudela. Este año me he juntado con el Parra, el Javier Urtazu y algunos compañeros más para disfrutar del chupinazo. Cualquiera que no lo haya vivido, no podría comprender lo que es eso. Para empezar, el chupinazo tiene sus raíces en los ritos más antiguos de nuestros antepasados paganos y es algo que llevamos en la sangre. El chupinazo da comienzo a la gran bacanal que hemos estado esperando durante un año entero. Aunque las fiestas patronales se disfrazan de santo, en realidad son orgías dedicadas a Baco. El espíritu del dios pagano nos invade y nos llena de emoción. La Plaza de los Fueros está a tope de juventud, las peñas bailan y se forman olas rojas y blancas. Los que no pueden esperar ya han abierto botellas de vino y todavía hay gente que pasa la bota a amigos y extraños. ¡El ambiente está que revienta! Hemos llevado unas botellas de champán y, en cuanto han soltado el chupinazo, las hemos abierto y nos hemos puesto tibios de cava, así como en el podio de las carreras de fórmula uno. La plaza se ha convertido en una sola persona. Es una comunión orgiástica en la que todos saltamos a uno, cubiertos de vino y champán. Este año hace calor y la gente tira agua de los balcones. ¡Agua, agua!, gritamos desde abajo, esperando nuestro bautismo idólatra. Subimos por la calle Gaztambide con las bandas y las peñas entre chorros de agua mientras nos terminamos el cava. Somos niños-hombre en un parque de atracciones. Los dioses paganos se regocijan de su victoria: a fin de cuentas, están más vivos que Él, de eso no cabe duda. Las fiestas de los pueblos son una misa de siete días dedicada al hedonismo; pero esa adoración no para durante los trescientos sesenta y cinco días del año. Todo lo que hacemos, y todo lo que pensamos está dedicado a ellos, a los dioses paganos. Y toda esta adoración tiene su cúlmen en la Navidad, la mayor orgía del año.


Pero ahora estamos en verano y el verano es para disfrutar del buen tiempo. Cintruénigo se pone a tope con los hijos de los emigrantes que vienen a pasar el verano a su pueblo natal. Viene basca de Bilbao, de Madrid y hasta del extrajero. El Tarumbi está tan petao que no hay quien entre, así que nos quedamos afuera, en el parque, disfrutando del buen tiempo, bebiendo cerveza, pasándonos porros y esperando a que lleguen esos personajes fascinantes de las grandes ciudades del país, con su moda estudiada y ese aire sofisticado tan interesante. Entonces, cualquier amigo te presenta a tal o cual persona de Donosti o de Barcelona, nos echamos unas cervezas juntos y surge una nueva amistad. El pueblo entero es una gran familia, aunque formemos parte de tribus distintas. Al menos yo, me hablo con todos. Atrás han quedado aquellos recelos y timidez de la escuela. A fin de cuentas, ahora soy un punk, un drogadicto y un camello, así que mucha gente quiere hablar conmigo. Como ya he mencionado antes, yo no me daba cuenta, pero estaba dando un ejemplo pésimo a las generaciones más jóvenes, quienes sentían admiración por mí, como me han confesado algunos. En concreto, la Nena y sus amigos parecen estar fascinados con nuestras pintas radicales y nuestro comportamiento antisocial, lo cual se va notando en su manera de vestir y en sus gustos musicales.


Es que la Nena siente adoración por sus hermanos mayores. A menudo pasamos el rato en su cuarto, escuchando a Silvio Rodríguez, Bowie, las Vulpes, Eskorbuto, R.I.P., Kaka de Lux, Derribos Arias o a la Banda trapera del río, mientras leemos a Bécquer, Castañeda o Dostoievski. La Nena, Juan y yo nos estamos uniendo en la narrativa radical y en la narrativa de odio hacia nuestro padre, mientras que el Kike va más a su bola y pasa el tiempo haciendo experimentos o por la calle con sus amigos de la escuela.


El problema que tiene estar de vacaciones es que tengo que ir a trabajar con mi padre. La verdad, no sé cómo me aguanta, porque soy un inútil. Juan también trabaja en el taller, y el Kike y la Nena también ayudan bastante. Para mí es una tortura eso de limpiar las figuritas en disolvente y luego lijarlas hasta que no se note la junta. Estoy desarrollando un odio hacia el trabajo que me va a perseguir durante el resto de mi vida. Por el contrario, Juan es un artista nato y todo lo hace bien. Ha aprendido a hacer moldes y dice el viejo que los hace mejor que él mismo, y ya es raro que el viejo suelte semejante cumplido. Al menos el Juan se está ganando algo de respeto a través de su arte. También se dedica a pintar cuadros, a ilustrar cómics y a hacer retratos a tinta. Ha hecho un retrato muy bonito de la Nena y otro del Ricar a base de garabatos. El Fernando le ha escrito algunos guiones y Juan los ha ilustrado muy bien. Todos admiramos a Juan por su talento y por sus ocurrencias. Le encanta hacer el payaso cuando estamos de juerga por ahí aunque, a veces, se pasa, y el Fernando se mosquea con él. Pero a mí me hace gracia. Lo admiro mucho.


Si el verano tenía la tortura de trabajar con el viejo, también estaba la juerga continua propicida por el buen tiempo. El fin de semana solíamos aterrizar en fiestas de cualquier pueblo a corrernos unas juergas tremendas. Como ya he mencionado antes, la primera parada obligatoria era el garito de Herri Batasuna, donde ponían una música cojonuda, a los Kortatu, los Hertzainak, y otros grupos radicales de puta madre. Luego alguna visita a cuartillos a ver si nos invitaban a unos tragos. A veces teníamos que aguantar música heavy, pero pronto salíamos a saltar por las calles detrás de las charangas a cantar cualquier canción típica unidos de los hombros con amigos y extraños:


A mí, me gusta el pipiribí pipí,

de la bota empinar parabá papá.

Con el pipiribí pipí,

con el paparabá papá,

al que no le guste el vino 

es un animal, es un animal,

que no tiene un rial

¡que no tiene un rial!


Un día, Julia y yo fuimos a San Fermín de juerga. Nos fuimos a dedo y nos cogió una cuadrilla de chavales con una furgoneta. Cuando llegamos a Pamplona, no había dónde aparcar, así que alzamos la furgoneta entre todos y la metimos en un espacio milimétrico. Aquella noche yo estaba sin un duro y de mala gana porque no me gustaba depender de Julia para emborracharme. El caso es que ella tampoco andaba muy bien de fondos, así que nos compramos una botella de vino blanco en una tienda y nos la fuimos bebiendo por las calles. Pamplona estaba a tope, con un ambiente contagioso. El vino fue haciendo efecto y relajando un poco los nervios. Al final, decidimos pasar de la fiesta que, de alguna manera, no iba con nosotros, que solo queríamos estar solos. Así que nos fuimos a los jardines de la Taconera a esperar el amanecer.


El verano todavía nos depararía algunas noches especiales más, antes de separarnos. Un día fuimos al polideportivo de San Adrián a un concierto de Derribos Arias. En aquella ocasión fuimos con toda la basca: el Mario de Alfaro, Juan, y otros amigos del pueblo. Yo me había metido un tripi y estaba con un ciego descomunal. En un momento dado, Poch, el cantante de Derribos Arias se dirigió hacia la piscina del polideportivo, donde estábamos nosotros haciendo el ganso, cuando, de repente, Mario se dirige a él con un gran “¡Poch, dame un abrazo!” y, perdiendo el equilibrio, acabaron juntos en el agua.


En fin, hay muchas anécdotas de aquellos tiempos locos, pero no son relevantes en este relato. La vida es un puto cachondeo, así que terminar con Julia no me ha dolido tanto como imaginaba. No ha habido intentos de reconciliación. No la he buscado, ni ella a mí. Quizá fuera consciente de que había sido un privilegio salir con ella, contar con su apoyo, con su cariño, durante tantos meses, cuando era algo que no podía haber durado ni dos semanas. Gabinete Caligari ponen el punto y seguido: quiero que seas mi amiga por siempre. Recuerdo perfectamente bajar la cuesta de la calle San Francisco a todo meter con la Razesa, sin manos, y dar la curva, todavía sin manos, hacia la Plaza de los Capuchinos, y pensar que todavía estaba vivo, ¡que Julia y yo habíamos roto y no me había muerto! En efecto, me estaba convirtiendo en una máquina de felicidad. No voy a permitir que nada ni nadie se interponga en el camino de mi felicidad. Como un bruto, como una apisonadora cuesta abajo y sin frenos, voy a ser feliz. Poco a poco, empiezo a tomar las riendas de mi propio destino, aunque todavía faltan un par de años para liberarme de las drogas y del odio.


Al final, Dr. Hook tenía toda la razón: “When you're in love with a beautiful woman,

you watch your friends”. No pasó mucho tiempo cuando aparecieron Julia y Mario por el Tarumbi todo acaramelados. La verdad es que a mí no me importó nada que estuvieran juntos; al revés, me alegré por ellos. Mario era mi amigo del alma y Julia también, así que me pareció genial que estuvieran juntos aunque, dado el carácter fuerte de los dos, no les daba ni un mes. El caso es que Mario y yo ya no volvimos a ser los amigos inseparables de antes; supongo que él se sentiría un poco traidor por salir con mi ex, quizá incluso pensase que yo le guardaba rencor por eso, aunque no era así.


De este verano recuerdo un concierto excelente de Radio Futura en Zaragoza. Recuerdo noches tranquilas: saltar por la ventana de la cocina cuando el papá nos castigaba sin salir de casa; ir al cementerio a sacar fotos con la tribu; hacer Baileys con whiskey y leche condensada; mandar al Juan casa a por una botella de lo que fuera porque no teníamos dinero para gastar en los bares; tocar la flauta por los Paseos; o hacer carreras de bicicleta a las tantas de la madrugada. Recuerdo llegar a casa con las primeras luces del alba, tan ciego que casi no podía tenerme en pie, con un hambre descomunal y comer cualquier cosa, las sobras de la cena, o lo que hubiera por ahí aunque estuviera en la basura; y lavar la vajilla que la mamá nos dejaba a Juan y a mí. La verdad es que nunca tuve el mal detalle de dejarle eso a mi madre sin recoger. Ya podía tener el ciego más descomunal, siempre le lavé la vajilla antes de acostarme.


Todas las personas de mi entorno pueden ver que estoy bien jodido, pero nadie sabe qué aconsejarme. Así que, después de otra intervención familiar, se decide mandarme a Inglaterra a pasar unas semanas con mis abuelos.


Aquella fue la primera vez que viajaba en avión. Tomé un vuelo de Iberia que iba medio vacío y mis abuelos me recogieron en el aeropuerto de Heathrow. Los pépés eran casi tan raros como yo. Lo que es conversación, no tenían mucha. Y en lo que respecta al afecto físico, eso nunca había sido su fuerte. Y, sin embargo, existía la conexión de la sangre y la historia. Ellos habían estado ahí para nosotros y, para mí, eran mis queridos abuelos. Por muy raros que fueran. Por mucho que no me dieran ni un beso, ni me dirigieran una palabra amable. No había duda de que ellos estaban ahí para mí. Y, con sus abuelos, ese drogadicto salvaje que se mete en los líos más tremendos, resulta que es un chaval de lo más educado y tranquilo. Claro, si no conocía a nadie en el pueblo de mis abuelos, ¿cómo iba a meterme en líos? Así pasamos unas dos semanas de lo más lindo. Yo estaba con un mono psicológico demencial, pero no se me notaba. Estuve sin fumar, sin beber y sin drogarme; pero no pensaba en otra cosa. Hace unos días, Marga me ha enviado unas fotos de aquellos tiempos. Sale un chico alto y flaco con una cara de depresión tremenda. Ni una sola sonrisa. Y una foto de una postal del pueblo de mis abuelos que le envié desde Inglaterra:


“Hola, Marguita bonita, qué tal.

¿Has visto qué pueblo tan bonito? Pues todo así, y todo verde. A ver si me llamáis un día de estos, cariño. Llevo ya tres días sin hablar en español, esto es un rollo, tengo unas ganas tremendas de volver. Esta noche voy a ver si tienen wisky mis abuelos. No salgo nada, además aquí no hay absolutamente nada, esto está muerto del todo, a partir de las 8 ya no hay gente por la calle.

Bye bye

Un beso gordo

Yo”


Me parece curioso leer mi carta, más o menos bien sujeta a las normas de la ortografía y la puntuación, cuando yo era un rebelde antisocial. Ahora le hemos dado una patada en los huevos a la ortografía y otra en las tetas a la puntuación: ¡Es increíble el miedo que nos da una coma o una tilde! Y ni siquiera somos rebeldes…


Pero ese es otro tema. El rebelde antisocial ahora pasa el día pegado a sus abuelos en su casa de estilo Tudor del sur de Hampshire. El tarado que pasa las tardes y las noches fumando porros con separatistas en los garitos de Herri Batasuna, mientras escucha Odio a mi patria de los R.I.P. y a Eskorbuto con su Escupe a la bandera, ahora escucha a su abuela cantar Que viva España, de Manolo Escobar. En aquellos tiempos, los jóvenes rebeldes, cuando juraban bandera después de completar la mili, en vez de besar a la bandera, escupían en ella. Pero ahora estoy en una dimensión paralela de personas que han vivido la guerra; que han visto hombres despedazados en el campo de batalla. Y estas personas no quieren más caos. Solo quieren mantener el status quo. Ellos han conocido el hambre y el frío de la posguerra y no quieren saber nada de la agenda antisocial de un imbécil de dieciséis años. Bastante trabajo ha costado reconstruir Europa como para que ahora vengan estos imbéciles a decir que todo está mal y que la sociedad es una mierda. Así que me escurriré por las escaleras al piso de abajo y veré si puedo echar unos tragos por la noche, sin molestar a nadie. Yo también sé respetar el status quo.


El síndrome de abstinencia psicológico es algo atroz que se ve eclipsado por el síndrome de abstinencia físico. En los medios de comunicación, en las películas, se muestran yonkis con el mono, retorciéndose de dolor entre sudores y alucinaciones. Se trata de un estereotipo fácil de mostrar en imágenes. Sin embargo, el síndrome psicológico es algo difícil de describir de manera gráfica porque dura mucho más tiempo y no tiene manifestaciones físicas que puedan verse. Un drogadicto sin droga no piensa en otra cosa más que en drogarse. Meterse un pico o unas pastillas se convierte en una monomanía ineludible. Yo mismo estaba asombrado del estado en que me encontraba. Es como si nada importara. Como si no hubiera nada más en la vida. No sé cuántas veces registré la casa de mis abuelos buscando algo de codeína, pero no tenían absolutamente nada. Ni un miserable jarabe para la tos. La idea del pico, de tener una jeringuilla llena de heroína en el brazo, de bombear la sangre y notar el subidón de lava ardiente en la parte trasera del cerebro, eso ocupaba mis pensamientos todos los minutos de vida consciente. Mientras tanto, como un autómata, participaba de las excursiones al mar, de las compras en los centros comerciales de Portsmouth, y de las excelentes comidas que preparaba mi abuela. Mis abuelos también tuvieron la delicadeza de presentarme a sus amistades: a los Twiddy, a los Chamberlain, y al tío Tom. El tío Tom era un amigo de mi abuelo a quien mi madre recuerda con mucho cariño porque era el único que la levantaba en brazos de pequeña y le hacía reír. Lo cierto es que el tema del afecto físico en Inglaterra era una asignatura pendiente por aquellos tiempos. A mí también me cayó muy bien el tío Tom; un tipo alto, fuerte, y que parecía interesarse por las personas.


El repertorio de la mémé es enorme, como ya he mencionado antes. Canta en inglés, en español, en francés y en valenciano. La memé no canta porque esté feliz, sino porque es lo único que la devuelve a esos años felices de la infancia en Argel, a la casa del barrio de Reserve de Point Pescade, donde, antes de casarse, disfrutaba con sus hermanos de sus conciertos matutinos. Supongo que todos tenemos nuestro “Madrid”, ese refugio donde fuimos verdaderamente felices bajo la protección de unos abuelos, o unos padres, o unos hermanos.


Pero, ¿qué pensaría mi abuelo? Ojalá me hubiera muerto en la guerra. Al menos mis compañeros muertos no tienen que pasar por la doble humillación de la guerra y de tener una hija descarriada. ¿Qué he hecho para merecer esto? Hubiera sido mejor dejar que Hitler ganara la guerra; que nos hubiera convertido a todos en esclavos. Porque esta libertad es estúpida. Tanto trabajar, tanto esforzarnos para que la muy tarada cuelgue los estudios y se case con un chuloputa que la maltrata. ¿Eso es la libertad? Claro, eso es la libertad. Si me lo hubieran explicado antes, ¡me hubiera dejado matar!


•••


Creo que debo pediros disculpas por lo mal escrita que está esta carta. Es abrupta, y le falta conexión a ratos. Pero es que me está doliendo escribirla y quiero terminarla cuanto antes. Estoy escribiéndola porque quiero que comprendáis lo importantes que sois para mí, y porque quiero daros las gracias por esta oportunidad de reparar mi pasado; pero no puedo daros las gracias sin antes explicar por qué estoy agradecido, cuál es el trasfondo de mi agradecimiento.


Tengo el disco de La Mode, El Eterno Femenino, a tope en los auriculares mientras escribo esto. Vosotros estáis, como siempre, absortos en vuestros juegos de la Switch, tan tranquilos y felices, ajenos por completo al hecho de que vuestro padre esté con vosotros en cuerpo solamente, pero no en alma, porque, en realidad, está inmerso en los años ochenta. ¿Qué tienen esos años ochenta que tanta fascinación producen en la cultura popular, en las películas, en las series de televisión y en los músicos de ahora? ¿Acaso fueran los últimos años de libertad? En efecto, en los años ochenta nos drogábamos todo lo que queríamos y más, los niños eran abusados impunemente, y la sociedad en su conjunto iba abocada a una bacanal autodestructiva. ¿Pero qué es mejor, un mundo libre lleno de peligro o una sociedad sofocada por la protección? Como ya os he dicho antes, a veces pienso que me vais a echar en cara el haberos protegido demasiado. Sin embargo, mi impresión es que los niños son más felices y tranquilos cuando flotan en una nube de algodón. Vuestros tíos y yo éramos felices en Madrid y en Jaca con nuestros abuelos, donde nadie nos atacaba, donde no caían ostias de la nada. Pero, ¿quién sabe? Quizá teneros tan protegidos os cierre las puertas a dimensiones que solo son accesibles a través de sentimientos como la desesperación, el odio, la rabia. Vosotros nunca vais a experimentar eso y quizá os estemos negando partes importantes del ser.


La noche no quiere llegar. La luz de un sol que se escondió hace horas se cuela por la ventana y acaricia a vuestra madre formando una aureola. Es como una alucinación. Se ve tan tranquila y perfecta. Ahora se vuelve y me sonríe. Sí, creo que la protección es mejor que el abuso. ¿Qué significa tener un esposo que está ahí para ti, y saber que siempre estará ahí? ¿Qué se siente cuando puedes irte a la cama tranquila sin tener que esperar con la ropa puesta hasta las cinco de la mañana, porque no sabes si te van a caer unas cuantas ostias o si tu marido va a estar demasiado borracho incluso para eso cuando por fin regrese? Supongo que nunca lo sabrás, pero me estás dando la oportunidad de salvar a mi madre. Y la única manera de salvarla a ella es ser bueno contigo. Estar aquí, a tu lado, y no por ahí, emborrachándome y deseando la muerte. Porque mi madre se condenó ella sola y nadie puede salvarla; ella sigue odiando a su abusador y, mientras lo odie, seguirán las pesadillas. “Otra vez he soñado con tu padre”, me dice cada dos por tres. Ni en sueños la deja en paz. Pero es ella, no él. Ella sigue llena de odio y remordimiento. Ella ha escogido no ser adulta, no ser libre. Ella nunca ha sido capaz de liberarse del pasado, como lo hice yo.


Aunque este libro me ha sumido de lleno en la violencia de aquellos años, la verdad es que solo lo estoy recordando por vosotros; por daros este testimonio de quién fue y quién es vuestro padre. En realidad, me considero libre. Y perdonar a mi padre fue el paso decisivo, pero, como ya he mencionado antes, teneros a vosotros también fue parte de esa aceptación de quién era mi padre, porque uno de vosotros podía haber sido una copia exacta de él, y yo era muy consciente de eso antes de teneros. Yo acepté ese riesgo y, haciéndolo, acepté a mi padre plenamente.


He descrito la dignidad, el buen trato que damos a los demás, como algo que nos hace humanos, pero el trato que le estamos dando a nuestro padre es de bestias. Por fortuna, en sus últimos años tuvimos la oportunidad de darle el respeto que merece toda persona. Lo que nos hace humanos es cómo tratamos a los demás. Y podría añadir que a Juan no se le ha tratado siempre con el respeto que merece un ser humano.


© Félix Chivite-Matthews 2018


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