Capítulo 6
¡Ahora, vas y te mueres!
Una vez, cuando yo ya tenía casi treinta años, me dijiste que me apreciabas. No que me querías; solo que me apreciabas. Pero, viniendo de ti, eso es mucho. En otra ocasión, también por ese mismo tiempo, me pediste disculpas por haber sido un mal padre. La verdad, yo ya te había perdonado hacía mucho tiempo. Hace dos semanas, me dijiste que, por primera vez en tu vida, te dabas cuenta de las cosas, y que lo sentías mucho todo. Yo te respondí que todo estaba bien, que no te preocuparas. Y es que yo no soy quién para juzgarte. Yo jamás he cargado una cruz tan enorme como la tuya. Yo ni siquiera puedo comprender lo difícil que ha debido ser para ti arrastrar esa cruz todos y cada uno de los días de tu vida, porque yo no llevo ninguna cruz. Tú has llevado esa cruz por nosotros y por Cristo. Y ahora Cristo te da el relevo definitivo. Ya puedes descansar, papá. Sé que volveremos a vernos. Hasta entonces estaremos rezando por ti y tú, por nosotros.
Estoy escribiendo estas líneas y tú estás en las últimas. Ayer nos despedimos de ti en el hospital y, a continuación, pediste la sedación. Esta tarde he vuelto a verte y ya estabas inconsciente. Y ahora, toda nuestra historia tiene su cierre; salvo que no he terminado de escribirla. Me da pena que te vayas. Pero sé que volveremos a vernos, porque eso es lo que me enseñó tu madre: que el alma no muere; los muertos van al cielo y nos reuniremos con ellos. También me enseñó que debemos rezar por los muertos y que los muertos interceden por nosotros ante Dios.
Tú siempre decías que te ibas a morir con las botas puestas, y prácticamente ha sido verdad. No has dejado de beber y fumar hasta el último día. Hablábamos mucho de la muerte cuando éramos niños, y te deseábamos la muerte de corazón y de palabra. ¡Ojalá te mueras! Te gritábamos. Y a ti te parecía genial que fuéramos tan salvajes. Pero ahora no quiero que te mueras. Ahora que parecías otro. Ahora que podíamos hablar. Ahora que te habías enamorado de tus dos nietos. Ahora que por fin eras mi padre.
No puedo dormir. Tengo sueño. Pero no puedo dormir. Te imagino en esa cama de hospital, ahora mismo, inconsciente, esperando la muerte. Ayer te pregunté si querías que te sedaran y respondiste que sí, que ya no querías sufrir. Estuviste esperando a que viniéramos de Inglaterra para optar por la sedación. Y es que siempre tuviste detalles de buen padre, hasta en los peores momentos. Te advertí que, después de la sedación, te ibas a quedar inconsciente y que no ibas a poder reconocernos y me dijiste que ya lo sabías. Estabas tan feliz; hablando con tus nietos; soltando algún chiste; como si nada fuera de lo ordinario estuviera pasando. Y es que la muerte siempre fue tu compañera. No sólo hablabas siempre de ella: jugabas con ella. "Me moriré con las botas puestas", decías. "No me importaría nada morirme. Esta vida es una mierda." Y es un milagro que hayas llegado hasta aquí, la verdad. Y tú lo sabes muy bien. Así que ahora te vas en paz. Te has despedido de todos. Has recibido la extrema unción. Y lo único que no has hecho es pedirle disculpas a mi madre. ¿O acaso ese "lo siento mucho todo" también la incluye a ella? En ese momento que estuvimos solos en la habitación del hospital ayer, se me pasó preguntarte si tenías un último mensaje para la mamá. Y ahora ya es tarde para saberlo. Pero si hubieras tenido unas últimas palabras para ella, me lo hubieras dicho, ¿verdad? Y ahora, la pobre se siente una vez más maltratada por ti. ¿Y tú crees que ella pueda enterrar el pasado? Lo dudo mucho. Mientras que yo me quedo tranquilo porque hemos hablado y has sido un buen abuelo para mis hijos, ella se queda triste y llena de heridas. Ojalá puedas intervenir por ella desde el cielo.
Esta mañana me dijo vuestra abuela que, hasta los dieciocho años, había sido muy religiosa. Yo no sé si se lo estará inventando porque jamás he detectado la menor inclinación religiosa en ella. Ni una sola señal, ni una oración, ni mencionar a Dios ni a Jesús salvo para lanzar juramentos en inglés. ¡Jesus Christ!, gritaba. Pero si es cierto que fue religiosa, todavía hay esperanzas de que Cristo le devuelva la paz a su corazón. Que así sea.
Ha pasado un día y te has muerto. Ya sabía yo que no ibas a aguantar la sedación. Estoy mirando tu cara en el tanatorio. He besado tu frente helada y he rezado por ti. Y las atenciones que tú nunca tuviste conmigo, las estoy teniendo yo contigo. En el hospital, te di un abrazo y te cogí de la mano. Tus nietos te han besado y te han deseado un buen viaje.
Te miro, y te miro y no paro de mirarte. Y es que nunca te he visto tan lleno de paz. Después de una tumultuosa vida de caos, por fin descansas. Y no puedo dejar de mirarte. Con ese sudario pareces un santo. Me encanta verte así. Y es que parece que estás respirando. Por fin estás en paz.
He escuchado a otras personas hablar de ti. ¡Cómo te querían! ¡Cómo te admiraban! Vienen a darnos el pésame y dicen lo muy caballero que eras, lo generoso, lo atento. "Ya no quedan hombres como él." Y me encanta oír esos comentarios. No sabes cómo me alegro de que hayas tenido la oportunidad de ser otro, al menos para otras personas. Te lo mereces. Te mereces ser bueno y respetado, porque en estas páginas que estoy escribiendo no sales muy bien parado. Adiós, papá.
Pero no te has ido. Es la hora de la siesta. Estoy cansado pero no puedo dormir. Escucho a mis hermanas charlar y reír abajo en la sala y estoy escuchando claramente las voces de tu madre y tu abuela. Mi corazón recibe la calidez de esos tonos familiares y vuela a tiempos lejanos. Mi abuela y mi bisabuela están ahí, vivas en nosotros, de igual manera que tú estás vivo en nosotros. Y vivo en alma y espíritu en el cielo. Así me lo aseguraba tu madre: los muertos no mueren de verdad, solo se van a una vida mejor junto a Dios. Y yo jamás me atrevería dudar de la palabra de mi abuela. Los muertos nos ven desde el cielo, me decía, y cuando nosotros muramos, nos reuniremos con ellos. Así que te vamos a rezar mucho, papá. Porque tu madre me preparó para creer en la resurrección de los muertos y en la vida eterna. Lo nuestro sólo es una separación temporal. Así que, hasta luego.
No hay comentarios:
Publicar un comentario