9 - Vida de perros - 1973/74

 Capítulo 9

Vida de perros

Diciembre 1973 - Agosto 1974. Seis años de edad.


Lo que verdaderamente le gusta al papá son los perros. Tenemos dos gran daneses a los que los papás llaman "dogos alemanes". El caso es que el papá quiere poner un negocio de perros y, cuando habla, solo habla de eso. De hecho, hemos estado muy ocupados construyendo una residencia canina, a la que llamamos perreras, en la finca de un tal Boni, un agricultor de Corella. El primo Remigio y otros amigos del papá nos han ayudado a construir los corrales y a poner suelos de cemento. Los corrales tienen una red metálica muy alta que termina en ángulo hacia adentro para que los perros no puedan saltársela. Me gusta trabajar con los amigos del papá porque siempre nos hacen bromas. El Remigio saca bola y nos dice "toca, mira: ¡Pura roca! A ver tú". Yo intento sacar bola, pero solo hay hueso y pellejo, lo cual me hace pasar vergüenza. El Juan saca bola y veo que tiene músculos. El Juan está más fuerte que yo, y eso que él también se muere de hambre. Y luego viene otro, quizá el Avelino, y nos reta a un pulso. Ahora dice el Remigio que me cuelgue de su brazo y me levanta hasta arriba. Me gusta almorzar con los hombres, y disfrutar de sus gracias y de las viejas costumbres que nos enseñan, como jugar a las tabas, beber a botijo, o pelar fruta con la navaja. Pero no me gusta limpiar la caca de los perros porque apesta. Desgraciadamente, ese va a ser nuestro trabajo principal: barrer las perreras y llenar los baldes de agua para que beban los perros.


Me da algo de pena que vosotros no disfrutéis de una gran familia de parientes y amigos como la que tuvimos nosotros. Incluso me parece mal que no trabajéis, con lo divertido que puede ser. Por eso estoy escribiendo esta historia, para compartir este mundo tan bonito con vosotros, aunque sea solo a través de la literatura. Quizá otra reflexión que tenga que hacer aquí es que vuestro abuelo no sólo nos hablaba de de sus proyectos, sino que siempre nos incluía en ellos. Si bien él nunca se involucró en nuestra vida, si nunca nos preguntó cómo nos iba en el colegio, por ejemplo, sí nos incluyó en todos sus proyectos, ya fueran negocios, salidas nocturnas, o vacaciones.


Por las tardes metemos a los perros en la furgoneta y nos vamos al campo a soltarlos para que corran un rato detrás del vehículo. A veces el papá se los lleva de paseo por el pueblo, pero la que más cuida a los perros es la mamá. Todos los días tiene que ir al matadero en bicicleta para traer asaduras y, en invierno, se le congelan las manos y las tiene cubiertas de sabañones. Luego, en la terraza, hace un guiso de asaduras con agua y arroz que apesta, pero que les gusta a los perros. A veces acompaño a la mamá al matadero (porque me encanta ir con ella a todos lados) y me quedo asombrado de ver a los animales colgando de los ganchos, y del olor a carne cruda y los excrementos que salen de los intestinos. Un día, nos regalaron un cuerno de vaca que dejamos abandonado en el huerto, pudriéndose, hasta que después de un tiempo lo encontramos agusanado y con el cartílago interior medio suelto. Así que lo vaciamos para tener nuestro “cuerno vikingo”. Y es que no le hacíamos ascos a nada. Éramos unos cavernícolas y ahora incluso teníamos un cuerno para probarlo.


Otras veces, la Rosa, la carnicera, nos regalaba un cubo lleno de recortes para los perros y la mamá sacaba lo que podía para darnos de comer. Esto no lo recuerdo, pero me lo contó hace poco. Estas son sus propias palabras: "Y no te acuerdas que la Rosa me daba el cubo de los recortes 'para los perros' y yo sacaba todo lo aprovechable para hacer guisos y sopas? Sí, comíamos de la basura literalmente. Pon eso en tu libro. Y dirán algunos, '¿Y por qué no trabajaba tu madre?’ Pues porque tu padre me hubiera molido a palos".


Acabo de recibir un email de vuestra abuela y, quizá haya que hacer un inciso aquí, ya que está relacionado con el párrafo anterior y con una de las cuestiones fundamentales de este relato: ¿Por qué mi madre nunca nos sacó de aquel infierno? Como he mencionado anteriormente, vuestra abuela estaba rota, sin voluntad propia, secuestrada por un maltratador. Pero eso no explica por completo que una madre no proteja a sus hijos de tanta violencia. El caso es que vuestra abuela estaba enamorada de su maltratador, como siempre he sospechado: “No sé si habrás dedicado alguna parte del libro a analizar el porqué yo aguantaba y aguantaba. Hay varias razones. Cuando erais pequeños, porque todavía estaba enamorada o enganchada más bien. Porque albergaba la esperanza de que él cambiara a mejor con los años y la madurez que nunca alcanzó del todo, y que dejaría de beber, claro. Inocente de mí.” Luego añade otras razones, como por ejemplo, que en tiempos de Franco no existía el divorcio y, si la mujer se iba con los hijos, se consideraba abandono de hogar y secuestro, y había mujeres que acababan en la cárcel. Vuestra abuela añade: “Cuando erais pequeños, era terror lo que tenía a las posibles reacciones anormales de tu padre. Nunca sabíamos cómo iba a reaccionar. Las leyes tardaron años en cambiar y, entonces, la principal razón para no divorciarme era el miedo. Aún hoy en día, miles de ex-mujeres y ex-novias son asesinadas por sus exparejas, por hombres con baja tolerancia a la frustración, que no aceptan un ‘no’ por respuesta y que creen que la mujer es de su propiedad”.


Como podéis ver, este relato me está permitiendo dar respuesta a esas preguntas que todo niño víctima de una situación de violencia familiar quisiera conocer. Pero me sorprende bastante la confesión de amor de la abuela. No me la esperaba. Siempre que le he preguntado por qué no nos llevó lejos de él, me decía que en tiempos de Franco la ley protegía al marido, y yo nunca me he creído del todo que esa fuera la única razón. Ojalá este relato nos dé a todos la oportunidad de obtener todas las respuestas. Aunque la respuesta a la pregunta principal, qué impulsaba a vuestro abuelo a comportarse así, no creo que la obtengamos. Con suerte, quizá lleguemos a una respuesta parcial. A lo mejor un análisis de este relato revele la psicopatología de su enfermedad: ese trastorno que no fue diagnosticado y no tuvo tratamiento, y que fue la causa de tanto sufrimiento… ¡Patético! Tu padre fue un monstruo. Punto. Eso es todo. Deja de buscar excusas. A todos nos gustaría haber tenido padres perfectos, pero el mundo no es perfecto. Tu padre era un chuloputa empoderado por el dinero. Tuvo psicólogos, pero estos salían corriendo en cuanto lo veían porque, como tu propio padre os contaba, desde muy pequeño fue un abusón: abusaba de las chicas que trabajaban en la casa, las humillaba levantándoles la falda, humillaba a los amigos del pueblo que venían a jugar a casa, humillaba a los profesores que venían a darle sus clases, a los catorce años ya empezó a ir de putas, como él mismo decía con orgullo. Nadie podía controlar ni ayudar a ese hombre porque todos estaban atemorizados de él. Era una persona que aprendió muy temprano a utilizar el miedo como arma para imponer su voluntad. Eso es todo, amigo, así de sencillo.


Bueno, es muy difícil ver las cosas con objetividad cuando el abusador es tu propio padre. En fin, el caso es que parece que la abuela va recordando cosas poco a poco, aunque debe ser duro para ella. Creo que es muy valiente de su parte involucrarse en este relato. De hecho, la abuela acaba de contarme algo horrible por teléfono, algo que ocurrió por estos tiempos de mis seis años. Yo recuerdo algo de la escena, pero no mucho. Apenas unas sombras, unos gritos, y el terror que atenazó mi corazón. El papá quiere matar a la Nena otra vez. Ha llegado borracho a casa con el tío Alberto y el Avelino. Ha sacado a la mamá de la cama a palos. Luego ha cogido a la nena y la ha sostenido colgada de los pies por el hueco de las escaleras diciendo que la iba a dejar caer, que la iba a matar. Por suerte, el tío Alberto y el Avelino consiguieron reducirlo a tiempo. Y esto hace que me pregunte por qué no estamos todos locos después de aguantar tanto abuso. Aunque sí lo estuve. Hace unos cuatro años que trabajo con un joven autista. James tardó un año en dirigirme la palabra. Recuerdo el día perfectamente porque no me lo podía creer. Poco a poco, James y yo hemos desarrollado una muy buena relación, pero hay algo que me inquieta: yo he sido James. Los comportamientos que demuestra James me resultan increíblemente familiares. Sus movimientos robóticos, sus dificultades psicomotrices, su timidez con los extraños, y su torpeza al hablar cuando está algo ansioso. Todo eso lo he vivido en mi propia piel cuando era víctima del terror. Me quedo mirando a James pensando en lo que se siente cuando no puedes ni caminar, ni hablar, ni aguantar las ganas de orinar, y me pregunto si yo mismo podría haberme quedado ahí, en el susto, para siempre. Creo que yo he sido James mil veces, y mil veces he salido del susto. Pero no Juan. Juan estuvo dentro del susto y jamás consiguió liberarse del todo.


Dice la abuela que, a partir de esa noche, siempre que el papá salía de noche, ella dormía vestida para poder salir corriendo si regresaba con ganas de matarla. Y, sí, va a ser muy complicado mostrar un lado más amable de vuestro abuelo. Otro dato curioso es que vuestra abuela solo recuerda esa ocasión que acabo de mencionar en la que mi padre amenazó con matar a Inés. Yo recuerdo al menos otra, la que ya narré en el capítulo quinto. Pero es verdaderamente curioso comprobar que este patrón de conducta, de amenazar con matar a su propia hija, se repitió muchos años después, cuando mis padres ya tenían a nuestra hermana pequeña Lyla. La tribu de los cuatro ya éramos todos adultos cuando, un día que estaba de berrinche, se llevó a Lyla en el coche diciendo que se iba a matar con ella. Y esto ocurrió cuando yo pensaba que el papá ya se había tranquilizado un poco. Sin embargo, el demonio todavía andaba por su mente, plantando esas semillas envenenadas tan familiares. Y todavía nadie pudo ayudarle.


Al abuelo no solo le gustaban los perros, le gustaba la gente... a ratos. Hubo una época en la que el papá pasaba bastante tiempo con los Botero, que habían sido amigos suyos desde la infancia. Míguel, con el acento en la primera sílaba, era el que más se dejaba caer por casa. Estaba casado con una alemana, Silke, quien siempre andaba por ahí con dos alemanes barbudos que parecían cuervos. El Míguel Botero era muy majo conmigo, como todo el mundo, y siempre me dedicaba alguna atención, así que he conservado la amistad con él hasta ahora. Pero el papá no. Tan pronto eran amigos como que se peleaban. El Míguel Botero es un imbécil, un cornudo, un maricón, etc. Míguel era el que venía a casa a hacer las paces y me daba un poco de pena lo mal que lo trataba el papá. La mamá tenía una relación tirante con los Botero, porque no le gustaban los borrachos y no le hacía gracia que el papá se hubiese tirado a la Silke, hazaña de la cual el papá se jactaba de vez en cuando. Una vez me llevaron los papás a cenar a casa de los Botero, que daba mucho miedo porque era enorme, oscura y decorada como un castillo, con cuadros antiguos, cortinajes y tapicerías. Recuerdo que me aburrí mucho porque nadie me hacía caso. Aunque peor aún fue la noche que se fueron a cenar por ahí ellos solos y nos dejaron a los cuatro hermanos solos en casa muriéndonos de frío. Ni siquiera el Kike y la nena podían dormir del frío que hacía. Intenté encender la pequeña estufa de leña que teníamos en la galería, pero solo salía humo porque no tiraba bien. Cuando vinieron los papás, estaban de buen humor y nos dedicaron palabras cariñosas, lo cual me extrañó, porque ya me estaba esperando una bronca por llenar la casa de humo. Más extraño todavía fue comprobar que la mamá estuviera tranquila y que el papá no estuviera borracho.


Por esta época llegó una fuerte gripe que afectó a todos en casa menos a mí. Tenía a mis padres y hermanos en cama con fiebre. Así que me mandaron a hacer las compras a mí solo por vez primera en mi vida. Lo recuerdo como si fuera ayer. Me sentí importante. La mamá me dio una lista de la compra y, listo. Sabía perfectamente a dónde ir y cómo pedir en las tiendas. Como siempre, al ser hombre, me saltaba la cola. Las mujeres hacían sus amables comentarios: ¿Tan joven y haciendo la compra solo, no vas a la escuela? No, mis padres están enfermos en la cama. Y luego, la humillación de siempre: Dice mi madre que me lo apuntes. Otro evento cotidiano que fue inculcando en mi mente la idea de que éramos pobres.


Así fuimos pasando los peores meses del otoño, entre humillaciones escolares, robos, peleas con Juan, palizas, compras con la mamá, excursiones al huerto, mis visitas a las Vicentas, y las visitas que recibíamos de amigos y familiares. Esos meses de otoño que he descrito en anteriores capítulos como fantasmagóricos porque lo eran: meses de calles oscuras apenas iluminadas por bombillas domésticas, cuando se despedía el calor del verano y se instalaba en mi alma un frío que llegaba hasta lo más hondo de mi ser: un frío de soledad y depresión. Soledad, sí, a pesar de toda la gente amable que teníamos a nuestro alrededor; porque los que más necesitábamos casi nunca estaban. Estaban físicamente, pero aislados en sus propias pesadillas internas. Afectivamente, no podían estar más lejos de sus propios hijos. Al menos tú tienes un hermano que te cuida. Te levanto en el aire y te doy mil vueltas. Eres una niña preciosa y hábil como tú sola: con solo dos años ya caminas y corres y trepas por todos lados. Y yo tengo una responsabilidad que me llena de orgullo. Al menos tenemos la compañía de nuestra propia tribu.


Llegó la Navidad y las vacaciones en Madrid. Otra lluvia de luces de colores, comida rica y muchas atenciones. El olor a asfalto y tráfico. Los juegos con el José Mari y los otros muchachos del barrio. La inmersión en la felicidad. La yaya vieja con sus solitarios y la yaya joven con sus rezos. Ver la tele juntos: el programa Un, dos, tres, las películas de Sesión de Tarde y los programas especiales de Navidad y año nuevo. Comer uvas con las campanadas en nochevieja y dejar turrón y mistela para los reyes magos y unas zanahorias para sus camellos en el balcón la noche de Reyes. Limpiar la plata con la yaya. Montar en metro por primera vez. Visitar a los hermanos de la yaya, el tío Fermín y el tío Juan Manuel. Ir de compras por el centro de Madrid y comer un sándwich de jamón y queso en la cafetería California. Como siempre, nuestras vacaciones en Madrid transcurrían sin novedades ni sobresaltos, de manera que eran siempre igual de buenas. Navidad, Semana Santa y verano. Aunque en Semana Santa íbamos menos a menudo, porque recuerdo las procesiones de Cintruénigo y de Corella.


El tío Rafa, el prometido de la tía Amparo, era de Corella, y las procesiones de Semana Santa de Corella eran famosas por su esplendor. A veces subíamos al piso de la madre del tío Rafa, la Emilia, quien nos llenaba la cara de besos y nos ofrecía exquisitas rosquillas antes de ver la procesión desde su balcón. Esas procesiones eran de lo más aburrido para mí, además, siempre hacía frío, pero lo bueno era que nos juntábamos con varios tíos y tías, y amigos de la familia que nos querían mucho y nos llevaban de paseo. De repente aparecía la tía Isabel, o el tío Alberto y "la Angelines", su novia de Fitero, o venían parientes de otros lados. En fin, estaréis pensando que, mientras nosotros disfrutábamos de una enorme familia extendida, vosotros apenas veis a unos pocos parientes. Pero es que las familias de antes eran mucho más grandes y, por lo general, vivían más cerca.


El tío Alberto solía venir bastante a casa. De hecho, hoy he soñado contigo. La autohipnosis regresiva es difícil de explicar. No es como en las películas, una inmersión rápida y peligrosa en la mente inconsciente. Es un proceso lento. Primero me sitúo en un recuerdo específico y claro. Uno que no sea inventado por la imaginación. Entonces viajo a ese momento. Intento ver la luz, sentir los aromas y las voces. Miro a mi alrededor e intento ver qué hay, quién está conmigo, qué me están diciendo, cómo vamos vestidos y qué pasa después. Los resultados no son inmediatos. Después de unos minutos inmerso en la autohipnosis, logro recordar algunos detalles, pero no mucho. Cuando verdaderamente se obtienen resultados es después de unas horas o incluso días tras haber terminado la sesión de autohipnosis. Entonces llegan más recuerdos asociados a ese recuerdo inicial. Aparecen de repente; como si la mente inconsciente estuviera trabajando en un segundo plano, descubriendo esas escenas del pasado, acercándolas a mi mente consciente. Pero, a veces, los recuerdos aparecen en sueños. Y anoche soñé contigo. Tú no eras un loco fascinante, ni eras una estrella con una sonrisa tan grande como el sol. Pero el día que me curaste no se me olvida nunca. Estabas en casa cuidándonos a Juan y a mí. Yo me había ido al huerto a cavar agujeros con una azada pero, después de un rato, decidí colgar la azada de la higuera e irme a explorar por el gallinero. A la vuelta de echar una ojeada al gallinero, le di un golpe a la azada sin querer y me cayó en la cabeza de filo. Enseguida empezó a brotar la sangre y a chorrear por mi cara. Corrí a casa a buscarte y, cuando te dije entre sollozos "Tío Alberto, se me ha caído la azada en la cabeza", tú me miraste con toda tranquilidad y, sonriendo, me respondiste "Eso no es nada. Ven aquí que te cure. Luego te compro un helado y listo". La promesa del helado me tranquilizó por completo, pero fue tu calma y lo bien que me lavaste la herida lo que nunca se me olvida. Aunque creo que nunca antes lo había recordado en sueños. Luego nos llevaste a comer un helado y el azadazo se me olvidó por completo. Tú siempre fuiste el mejor, y por eso tu hermano estaba tan celoso de ti.


A las fases de la autohipnosis que acabo de mencionar (la relajación, el intentar pasear por los lugares del pasado y ver los espacios, oler tiendas, escuchar las voces de la gente), hay que añadir que una última fase pueda manifestarse en el acto mismo de la redacción. A veces no recuerdo los hechos, no veo, no siento los recuerdos, pero estos afloran cuando me pongo a escribir. Así que eso haré a continuación.


La Semana Santa, con su frío y su lluvia, dio paso a la primavera, y esta primavera llegó con algo muy especial: un viaje a Inglaterra. De repente, un día aparece la yaya y resulta que se va a quedar a vivir en Cintruénigo con el papá y mis hermanos mientras la mamá y yo nos vamos a Inglaterra a comprar perros. Recuerdo a la yaya, alta y elegante en la casa destartalada. La yaya sermoneaba al papá y le decía que eso de dormir desnudo era inmoral y que tenía que usar pijama. Estoy intentando regresar a esos momentos a través de la autohipnosis. Escojo un recuerdo puntual. Es un día soleado. Estoy en el huerto de arriba y veo a la yaya en la terraza. Subo por las escaleras y me acerco a ella. Intento recordar el cielo, el entorno. Veo la terraza claramente, con sus pilares de ladrillo que sujetan la galería; veo la pared del fondo cubierta por un gran enrejado verde, veo las cortinas de tubos de colores de la puerta de la terraza, esos tubos que arranco en mis sueños para dar latigazos a las brujas que me persiguen; veo a mi abuela, elegante y alta; intento ver qué ropa lleva puesta, pero no lo veo con claridad; procuro verme a mí mismo. Recuerdo que tuvimos una conversación sobre la vida después de la muerte, pero no recuerdo las palabras exactas. Llevo días tratando de penetrar ese momento, de meterme en esa escena, de acceder a esos lugares recónditos de la memoria, pero no estoy obteniendo los resultados deseados. ¡Vamos Felisito, habla!

-Yaya, ¿te vas a quedar para siempre?

-No, hijo, solo hasta que volváis de Inglaterra.

-¿Y me llevarás a Madrid contigo?

-Vendrás de vacaciones, como siempre, y lo pasaremos muy bien.

-Es que yo quiero vivir contigo.

-Pero tú tienes que ayudar a tus papás y a tus hermanos.

-El papá es malo.

-No, hijo, tu padre es un hombre muy bueno.

-Y, si se mueren el papá y la mamá, ¿nos llevarás a Madrid?

-¡Qué cosas dices, hijo! Claro que no se van a morir.

-Y tú, yaya, yo no quiero que te mueras nunca.

-Todos tendremos que morir un día, pero los buenos van al cielo, y viven para siempre al lado del Señor. Y desde ahí nos ven y piden por nosotros.

-Entonces, cuando te mueras, ¿me verás desde el cielo?

-Claro. Y pediré mucho por ti. Siempre rezo por ti, hijo mío.

-Y, cuando el yayo muera, ¿me verá desde el cielo?

-Claro que sí. Todos estaremos juntos en el cielo un día y seremos felices; con mis hermanos, y tu bisabuelo, y todos nuestros seres queridos.

-Yo no quiero que te mueras, yaya.

-La muerte solo es un paso a otra vida mejor, hijo. Esta vida está llena de penurias. En el Paraíso nos espera la felicidad y la vida eterna al lado de Jesús.


Cuando vuestra bisabuela decía que nuestros antepasados nos ven desde el cielo, hay que preguntarse qué es eso de "ver". En algún sitio leí que los indígenas de ciertas tribus americanas no dicen "te quiero", sino "te veo". Y esto es importante, porque a menudo dejamos de mirar a las personas más cercanas a nosotros: un hermano, una hermana, una madre, una esposa. Pasan años sin que nos paremos ni una sola vez a mirarles a los ojos. Al final se convierten en muebles. Una silla, una mesa. Hasta que por fin nos damos cuenta de nuestro error y corremos a su lado, asustados por nuestra torpeza de tantos años, y los miramos a los ojos. Nos dejamos caer en la profundidad de esa mirada y pensamos: "Menos mal. Todavía estamos a tiempo. Te veo". Y creo que eso de que nuestros antepasados nos vean desde el cielo simplemente quiere decir que nos quieren, que están ahí, intercediendo por nosotros, quizá no de una manera directa y personal, sino a través de Dios.


Lo que es más difícil de explicar es que, a mi abuela, mi padre le pareciera una buena persona. A esto le he dado vueltas en la cabeza durante años porque, si lo decía mi abuela, tenía que ser verdad por muy improbable que pareciese a simple vista. He tenido que profundizar bastante en la fe Católica para poder entender las palabras de mi abuela, pero ahora lo comprendo. Mi abuela veía a Cristo en todas y cada una de las personas que la rodeaban, incluido su hijo alcohólico, abusador, infiel, maltratador, iracundo, arrogante, ingrato y chulo empoderado. Cristo sufría en la cruz con los pecados de mi padre, pero Cristo y mi padre eran uno. Para mi abuela, su hijo era Jesús crucificado: Félix Jesús. Su hijo no causaba el mal, su hijo era víctima del mal. Por otra parte, si para mí vosotros sois ángeles, para mi abuela, sus hijos también lo eran, y ella, solo ella, conocía la naturaleza más profunda de su hijo: un hombre bueno afectado por males que se le habían pegado de una manera inexplicable, injusta e inexorable.


La autohipnosis regresiva no está dando muchos resultados en este momento. Llevo días intentando viajar en la DKV, pero apenas veo unas grandes cuestas, carreteras verticales que suben al cielo, y un hotel en Francia donde vuestra abuela pidió chuletas de caballo. Y recuerdo que me convertí en el orgulloso ayudante de la mamá. Ella conducía y yo le iba pasando cosas para comer por el camino. Pero, para ser un viaje tan largo e interesante para mí, no es mucho lo que he conseguido sacarle a la memoria. Y no es que viajara dormido. Vuestra abuela siempre me ha alabado por ser muy buen compañero de viaje. Nunca me quedaba dormido y siempre miraba el paisaje por la ventanilla. En definitiva, el viaje a Inglaterra es bastante anecdótico en el conjunto de esta historia. Ya he dicho antes que no iba a contar nada que no estuviera relacionado con la dinámica de abuso doméstico que estoy narrando. Aunque el viaje a Inglaterra tiene relevancia porque ayudó a consolidar aún más la relación cercana que tenía con mi madre. Por otra parte quería aclarar algo que quizá os estéis preguntando. Me gustaría recordaros que empecé a escribir este libro porque me estáis recordando mucho a mi infancia. Y, al darme cuenta de que ese mundo se iba a perder para siempre si no lo plasmaba en una autobiografía, decidí ponerme a escribir; a profundizar en un mundo alucinante que quería compartir con vosotros. También quería haceros comprender por qué os llamo "ángeles". Quería que entendierais que me estáis ayudando a curar las heridas del pasado porque sois yo, y Juan, y Kike y la Nena, e incluso sois vuestra propia madre. Pero, y esto es muy importante, no quiero que penséis que vuestra madre y yo os tuvimos con el expreso propósito de curar nuestros respectivos pasados. Os tuvimos porque estabais llamando desde el otro lado y podíamos escucharos. Tampoco quiero haceros pensar que, antes de nacer vosotros, yo tenía problemas con mi pasado. En realidad, hacía mucho que había perdonado a vuestro abuelo, y mi vida como adulto había sido una gran fiesta. Me puedo permitir el lujo de decir que he sido y soy muy feliz. Sin embargo, desde que empecé a escribir esta historia, no solo he tenido momentos de lágrimas al recordar hechos lamentables, sino que también estoy experimentando un renacer. Es como si este relato me estuviera completando como persona. Acercarme a mi yo niño es un proceso complejo con ramificaciones que no solo alcanzan a mis padres, hermanos, familiares, y a la gente amable del pueblo, sino también a vosotros. Me siento conectado y feliz. Pero, sobre todo, espero que esta historia os haga reflexionar sobre lo difícil que puede llegar a ser la vida, sobre lo bueno que es el perdón, y sobre la capacidad del ser humano para renacer.


He tenido que meterme en Internet para ver fotos de las antiguas furgonetas DKV y eso me ha refrescado un poco la memoria. La DKV tenía el motor dentro de la cabina, por lo que era muy ruidosa y traqueteante, como todas las furgonetas de aquellos tiempos. Tenía un volante muy grande a la altura de las rodillas y, seguramente, no llevábamos el cinturón de seguridad puesto. Recuerdo saltar por encima del motor para llegar a la parte de atrás, donde estaba la caja de las provisiones, cada vez que la mamá me pedía algo para comer. Atravesamos Francia hasta el puerto de Calais, cosa que apenas recuerdo. Como tampoco recuerdo algo que no debería haber olvidado: atravesar el Canal de la Mancha en aerodeslizador, o hovercraft. Dice vuestra abuela que era enorme. En su bodega cabían coches y camiones, y hacía la travesía a una velocidad impresionante. ¿Cómo se pudo borrar de mi memoria algo tan espectacular?


Y, de repente, estamos en Inglaterra. Quizá lo más interesante del viaje fuera nuestra estancia en la casa de los pépés, un edificio de cuatrocientos años de antigüedad, con sus aromas tan distintos, las escaleras estrechas, y los techos de aspecto medieval. Recuerdo a la gente tan distante y formal: las amistades de los pépés y los criadores de perros que fuimos a visitar. El jefe del pépé, Mr. Chamberlain, era aficionado a la fotografía y a coleccionar coches antiguos y nos sacó muchas fotos. Él sí era algo más simpático que los demás personajes formales que nos presentaban todos los días. Tenía una hija algo mayor que yo, Lynn, y nos sacó un montón de fotos juntos. Lynn era la ahijada de la mémé; era alta y guapa y, claro, me quedé un poco enamorado de ella, aunque era tan tímida como yo y nunca cruzamos ni una palabra. Lo que no se me olvida nunca es la peste canina que había en las casas de los criadores de perros quienes, obviamente, vivían con sus animales. Tengo algunos recuerdos sueltos más que no son relevantes en este relato, como el día que salí disparado de la bañera porque se metió por la puerta del baño una “araña voladora”. Al ser un chico de secano, nunca antes había visto una mosca grúa, o mosquito gigante, tan comunes en los climas húmedos.


Si apenas recuerdo nada del viaje de ida, no recuerdo nada en absoluto del viaje de vuelta, lo cual es bastante curioso, porque llevábamos dieciocho perros de diversas razas en la vieja DKV. Según la abuela, tuvo que convencer a las autoridades del puerto de Francia para que nos dejasen pasar los perros sin hacer la cuarentena. Después, se estropeó la cuarta marcha de la furgoneta y tuvimos que atravesar Francia en tercera. Apenas hay algunas imágenes borrosas en mi mente de nuestra llegada a la frontera entre Francia y España donde nos esperaba vuestro joven abuelo para coordinar el contrabando de perros, ya que tuvimos que pasarlos uno a uno para evitar la cuarentena.


Ya sé lo que estáis pensando: que mi vida fue maravillosa; llena de aventuras y gente amable a mi alrededor. Y lo fue. Llegó el verano y las vacaciones: el calor, la piscina, las tormentas eléctricas y su magia, cuando se iba la luz y encendíamos velas; los viajes a Madrid; la visita anual de los pépés; las aventuras con las Vicentas; y nuestras tardes eternas en el huerto, cazando bichos, refrescándonos en el estanque, y haciendo hogueras. Un mundo que podía haber sido perfecto de no haber tenido la constante sombra del maltrato en el centro mismo de nuestra familia.


Vuestra abuela esperaba que su maltratador cambiara a mejor. La yaya esperaba que su hijo fuera un hombre bueno. Y yo espero descubrir qué hace que un hombre “bueno” se comporte como un psicópata. Y también espero… No: Y sé que vosotros nunca os portaréis como se comportó él. A vuestro abuelo se le dieron mil y una oportunidades, mil y un perdones. Todos teníamos las esperanzas puestas en él. Quizá esa haya sido la bondad de la que disfrutó toda la vida: La bondad ajena.


©Félix Chivite Matthews 2018


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