4 - Madrid -1971

 Capítulo 4

Madrid

1972 - 4 años de edad


Estoy mirando fotos de nuestra infancia y tú estás en ellas. No estás borracho, ni estás pegándonos. Veo un hombre joven. En una foto incluso tomas la mano de Juan amorosamente. En otra foto veo tus ojos mirando hacia adentro; hacia el infierno. Pero al menos estás ahí. No te has ido, no nos has abandonado por completo. Una parte de ti quiere estar ahí, con nosotros. Y eso debe ser difícil para ti.


¡Cómo me gustaría meterme en una foto y darte un abrazo, papá! Porque debes estar pasándolo muy mal. Yo sería tu padre y tú serías mi hijo. Y te diría: ven, Félix, dame un abrazo, sé que lo estás pasando mal. Sí, debe ser posible mandarte un abrazo a través del tiempo. Yo que podría odiarte tanto, no te odio. Al contrario, te he invitado a mi casa y has conocido a tus nietos. Y te he visto jugar con ellos y contarles cuentos. Y se han sentado en tu regazo y te han abrazado. Nos hemos tomado unas cervezas juntos, y el pasado se ha curado. Pero un día alguien les va a contar a tus nietos que eras un borracho y un maltratador y no van a poder reconciliar la idea del abuelo encantador con la del demente con deseos homicidas que torturaba a su familia. Por eso les estoy escribiendo esta carta, para que comprendan que la vida no es en blanco y negro. Para que sepan que el amor y el perdón pueden curar las heridas del pasado. Para que se den cuenta de que su abuelo estaba muy enfermo y nadie pudo ayudarle.


Pero ahora soy un crío de cuatro años y no te imaginas lo mucho que te odio. No te lo imaginas porque eres incapaz de empatizar con la gente, ¿verdad? Aunque con cuatro años no conozca el significado de esa palabra, me doy cuenta de que no sabes lo mucho que nos estás haciendo sufrir. Pero ahora te dejo. Juan y yo estamos en Madrid. Lejos de tus golpes.


Hemos atravesado ríos de luces hipnóticas con la nariz pegada a la ventanilla del coche. Juan y yo entramos en el piso de los abuelos como dos bárbaros del Norte en un palacio romano. Ya se me había olvidado el olor a limpio, a cera y maderas nobles y todo me parece nuevo y fascinante. La plata y el cristal reinan sin que una sola mota de polvo se atreva a violar sus brillantes reflejos. Mis tatarabuelos y los padres de mis tatarabuelos nos miran muy serios desde las paredes.


Esta mañana éramos mendigos. Ahora somos príncipes ungidos por besos, abrazos y comida rica. A la cama rápido, que ya es tarde, pero no como perros abandonados, sino con afecto y oraciones. Ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche, ni de día. Y ahora, a soñar con amores madrileños, arrullados por el sonido lejano del tráfico de la calle del Príncipe de Vergara. Porque aquí hasta las calles tienen nombres evocativos y proféticos, México, Perú, Bolivia, Guatemala. Aquí no hay fantasmas. Hay cuatro angelitos que guardan cada esquina de mi cama. Así lo hemos rezado. Mi tripita está llena de comida feliz. Mi corazón, pleno de amor. Mi cabeza, de ilusión y ríos de luz: canción de cuna que me acompaña en sueños hasta ese altar donde la tía Isabel y yo nos casamos y ya nadie puede maltratarme. Ella me lo acaba de prometer.


Hemos dormido con ángeles y ahora tenemos hambre. Nos hemos levantado tarde y la yaya se encarga de preparar el desayuno. La yaya vieja está pelando verdura para la comida y yo le pregunto a la yaya por qué mi bisabuela está pelando la verdura y ella me explica que ya no hay chicas que nos ayuden con las cosas de la casa y ellas mismas se encargan de las labores domésticas, lo cual me deja un poco desconcertado. ¡La yaya vieja pelando verdura, y nuestros antepasados mirando desde los retratos! Solo tengo cuatro años, pero no me gusta ver a mi bisabuela pelando verdura. A lo mejor ya no somos príncipes después de todo. De igual manera, yo me siento como un rey con tantas atenciones y palabras amables.


¿Y la tía Isabel? La tía Isabel está en su trabajo del ministerio. Me sorprende un poco que la tía Isabel trabaje. No me lo imaginaba. Qué ganas tengo de que vuelva para que me llene de besos y abrazos. Los tíos también están fuera, parece que se han ido de vacaciones para dejarnos su habitación mientras estamos aquí. ¿Y la tía Amparo? En el trabajo también. Ahora todos tienen que trabajar para ayudarnos, si no, ¿de qué vamos a comer? Preguntas de niño curioso. Pero ahora nos van a presentar a los hijos del portero, José Mari y Ana, que tienen nuestra edad y podremos jugar con ellos.


La portería es un mar de brillante mármol con un elegante mostrador de madera, y ventanales que dan a los jardines de la entrada. Remigio, el portero, es muy amable y nos deja entrar a su piso al lado de la portería para conocer a quienes serán nuestros amigos de Madrid de ahora en adelante. Bueno, nuestro amigo, porque Ana nos va a caer mal desde el principio. Pero así son los niños. Es cuestión de pura química y con el José Mari hay muy buena química. Ah, sí, ya le hemos puesto el artículo determinado delante del nombre porque somos de pueblo, aunque aquí en Madrid no se usa mucho.


Hoy he soñado contigo, Juan. Con lágrimas en los ojos, te he dicho que me quedaba en Cintruénigo. Que ya mis viajes y aventuras habían terminado. Nos hemos dado un abrazo enorme y me he sentido tan bien. ¡Cuanto te quiero, Juan! ¿Te acuerdas, Juan, de lo bien que lo pasábamos con el José Mari? ¿Te acuerdas de nuestros juegos favoritos y nuestros escondites por el barrio? En Madrid éramos felices. Ahí no peleábamos. Los yayos nos daban veinticinco pesetas y nos íbamos directos con el José Mari a la panadería de la esquina del parque a comprar donuts y otras chucherías. Y luego toda la mañana la pasábamos jugando en los columpios, o haciendo agujeros en la arena, o jugando a pillar entre los cuidados arbustos de los jardines de los altos edificios. La yaya nos vigilaba desde el balcón del quinto piso, y seguro que Remigio también nos tenía en su mira. Pero Madrid era sinónimo de libertad y emoción porque no éramos conscientes de que nadie nos vigilara.


La yaya nos llamaba a comer desde el balcón, o venía el yayo a recogernos y nos íbamos juntos a comprar el pan para la comida. Menudo apetito de leones después de pasar toda la mañana jugando y corriendo, ¿te acuerdas? Esa comida deliciosa que nos esperaba en casa desaparecía rápido. Ahí no nos hacían comer hígado frito, ni riñones, ni sardinas, como en casa. Los yayos solo nos daban lo que nos gustaba comer. Y todo acompañado de oraciones de gracias y dulces palabras. No como en casa, donde la comida estaba acompañada de amenazas, lloros y discriminación. Sí, porque el papá tenía su comida especial. Costillitas de cordero, filetes de fino pescado blanco, chuletas. Eso sí, comía bastante poco para ser tan joven. Pero esa es otra historia.


Por las tardes otra vez a jugar por ahí, hasta la hora de la merienda. Bonita palabra, merienda, cuando en Cintruénigo solo teníamos un vaso de leche para desayunar, alubias y un huevo para comer, y un puré de verduras para cenar. De almuerzos y meriendas, nada. Así estábamos de flacos. ¡Pero qué hambre da jugar todo el día por ahí! Y, después de la merienda, a echar unas partidas de cartas o de parchís con los yayos y la yaya vieja. ¡Qué magia tenían esas tardes eternas, quizá con alguna tormenta de verano haciendo ruido en la distancia! ¿Verdad, Juan? ¿Te acuerdas qué graciosa la yaya vieja, cómo le gustaba jugar? ¿Y sus manos antiguas sobre el tapete verde? ¿Y su ropa de luto del siglo diecinueve? ¿Y la voz de la yaya: “¡Un seis, qué mala suerte!”? Solo con recordar esos momentos me entra calor por dentro. Y es que eran momentos preñados de amor, de paz, de protección. Momentos que perviven, porque se quedaron en nuestros corazones por siempre, ayudándonos a aguantar los golpes.


Los que no se daban muchos golpes en Madrid éramos nosotros. Ahí estábamos mucho más tranquilos. Pero, bueno, tampoco es que nos portaramos impecablemente en casa de los yayos. Hacíamos de las nuestras, ¿verdad, Juan? Cogíamos el teléfono y marcábamos cualquier número y, a veces, se ponía alguien y decíamos cualquier tontería y colgábamos. Otras veces nos escapábamos y nos metíamos en el ascensor a subir y bajar todos los pisos del edificio. Alguna vez también regresamos a casa totalmente empapados de haber estado jugando con los aspersores de los jardines. Pero nunca nos castigaban. Siempre nos daban nuestro sermón y, si la travesura había sido grave, desaparecían las sonrisas, lo cual era mucho peor que cualquier paliza. Cuando la sonrisa del yayo desaparecía por nuestra culpa, era como si el sol se hubiera apagado. Se hacía de noche de golpe y sentía un dolor en el centro de mi pecho y un sentimiento de culpabilidad que todavía hoy no se me olvida. 


Qué tiempos aquellos, ¿verdad, Juan? Siempre juntos, tú y yo. Y mira que eras chivato. El papá le pega a la mamá. El papá es malo. El papá nos pega. Siempre te quejabas. Y mira que yo te advertía de que no le dijeras esas cosas a la yaya, que se iba a poner triste. Y la yaya siempre nos daba la misma respuesta: “Eso no es verdad, vuestro padre es un hombre bueno”. Cosa que no he podido comprender hasta hace bien poco. Esas palabras de la yaya han estado dando vueltas por mi cabeza durante años. ¿Cómo puede ser bueno el papá? Eso es imposible. Pero también es imposible que la yaya no tenga razón. Eso sí es imposible. Y es que ese dilema encierra el germen de este relato. Nada es en blanco y negro. No hay ni buenos ni malos. Solo seres humanos, cada uno con su gran desafío.


Madrid. Libertad, amor. Tan bien estábamos ahí, que ni siquiera nos acordábamos de la mamá, ni del Kike, ni de la Nena. Porque Madrid era otro mundo. Un mundo demasiado bueno. Tan bueno que podría haber sido un paraíso, y los yayos, nuestros tíos, y los amigos de la portería, auténticos ángeles protectores. Pero la mamá tampoco estaba sola, porque en verano venían la mémé y el pépé.


Dejar Madrid siempre era como ser expulsados del Paraíso. Todavía recuerdo los lloros y las rabietas. Y las súplicas: ¡No queremos irnos. Queremos quedarnos aquí. El papá nos va a pegar! Salir de Madrid era perder el privilegio de la protección. Era el momento más deprimente del año. Era ser lanzados a los leones después de haber disfrutado la paz de los ángeles. Y llegar a casa era igualmente triste, con una fría recepción, sin besos ni abrazos. Solo que todavía era verano y estaban los pépés ofreciendo algo de protección.


La mémé era amable pero estricta. Cantaba todo el rato unas canciones de antes, de sus tiempos jóvenes. Tenía un repertorio enorme y una voz inigualable. Los pépés tenían una habitación muy bonita que daba a la terraza del segundo piso. De hecho, era la única habitación habitable en ese piso. A mí me gustaba estar ahí. Creo que a todos nos gustaba estar ahí. Incluso en invierno, cuando los pépés no estaban, era la única habitación limpia y recogida de toda la casa. Así demostraba vuestra abuela su devoción a sus padres. Si la mémé nos parecía un poco estricta, el pépé era bien raro. Sólo hablaba inglés o francés y no había manera de comunicarse con él, ya que vuestra abuela jamás nos enseñó ni una palabra de inglés. Bueno, sólo thank you very much. Cuatro palabras. Pero la comunicación es más que palabras. Dicen que lenguaje corporal, pero también aromas. A mí me gustaba el olor de mis abuelos ingleses. Toda la habitación tenía un perfume extranjero que también se percibía en su coche. Otra cosa que se comunicaba sin palabras era el amor por la música que compartían mis abuelos. El pépé se sentaba en la terraza a escuchar a la la banda municipal los domingos, y algunas de las melodías que tocaban eran de las favoritas de mi bisabuela Julia. Como la del café, cosa maravillosa que se ofrecía a las niñas hermosas en aquellos tiempos. A veces, al no poder preguntar algo directamente, le preguntaba a mi madre por qué comía tan raro mi abuelo. A la hora de las comidas, me lo quedaba mirando porque cogía los cubiertos de una forma bien curiosa. Y luego hacía muecas raras con la boca. Y es que tenía dientes postizos y se le quedaban trozos de comida entre las dentaduras. Otra cosa que me parecía bien extraña era que a los dos abuelos les gustaba broncearse al sol en el huerto, algo que me parecía verdaderamente inútil, porque nosotros nos quemábamos al principio del verano y pasábamos el resto totalmente negros sin necesidad de tumbarnos al sol.


Pero los pépés eran distintos. Distantes. Sin besos ni abrazos. Ahora que soy mayor, me doy cuenta de que los pépés venían a visitar a su hija que se fugó embarazada con un extranjero alcohólico, violento, jugador, infiel; que luego tuvo otros tres salvajes uno detrás de otro; y que seguía siendo una chica difícil. No debía de ser nada fácil para ellos venir a casa en verano para visitar a su única hija. Ahora entiendo esas discusiones que tenían en inglés y francés, y esas miradas que nos echaban cada dos por tres, así como quien mirara a unos bárbaros que viniesen a arrasar la ciudad. Y es que lo éramos. Porque los yayos y nuestros tíos apaciguaban nuestros locos corazones con besos, abrazos, sonrisas y oraciones, pero los pépés no conocían ese lenguaje, así que nos portábamos mal, peleábamos, discutíamos y destrozábamos la casa como de costumbre. Lo cual confirmaba su análisis: nuestros nietos son unos animales. El yayo había perdido un imperio vinícola y, sin embargo, su sonrisa lo decía todo: Vosotros sois el mayor tesoro. Un regalo de Dios. La prueba fehaciente de que el loco de mi hijo, que nos ha hecho llorar tanto, puede proporcionar la mayor de las alegrías. Los pépés también habían perdido mucho, a su hija preciosa, pero nosotros no éramos un tesoro. Éramos el producto de un error. Una rebelde bofetada en su cara. Una nueva responsabilidad. Una carga.


Pero bueno, ya se acerca mi cumpleaños. Eso sí que es importante. Porque un día seré grande y podré irme de casa. —No recuerdo exactamente en qué momento empecé a obsesionarme con la idea de irme de casa, pero es un sentimiento que me acompañó durante toda mi infancia y adolescencia—. Cinco años. Ya soy muy grande y tengo muchos sueños. Me encantan los juegos de carpintería que me regala mi padrino Richie, ojalá me regale otro este año. Sueño con vivir en Madrid, con casarme con la tía Isabel, con crecer fuerte y poder defender a la mamá, con que se muera el papá. ¡Ojalá te mueras, ojalá te mueras!


***


¿Qué te parece, Francis? Menuda vida, ¿eh? Tú tienes seis años y yo me quedo mirándote, tan pequeño y vulnerable, y no te puedes imaginar lo que estoy pensando y recordando. Y le doy gracias mil a Dios por esta oportunidad de reparar el pasado en nombre de mi padre. ¿Qué te parece si ocultamos esta historia? Que nadie la lea. ¿O la compartimos para que el mundo entienda lo que es el abuso y puedan prevenirlo, curarlo incluso?


Y tú, Johnny, ¿qué recuerdos tienes de tus cuatro años? Los besos de tu madre, los abrazos de tu padre, bailar juntos en mis brazos. Fue cuando nos trasladamos a vivir a Inglaterra. Comenzaste el colegio. Empezaste a hacer amigos. No tuviste que odiar a nadie. Ni tener miedo de nadie. Un lujo.


Cuando leáis esto ya seréis mayores y espero que este relato os ayude a evitar el abuso, tanto el dirigido hacia vosotros como el vuestro hacia otras personas. Porque el mal es algo que sólo vemos en los demás hasta que, después de un tiempo, alguien viene con un espejo y ahí lo encontramos, implantado en lo más profundo de nuestro ser. 


Supongo que os habrá chocado la sublime crueldad de mostrarnos el paraíso y luego enviarnos de vuelta al infierno. ¡Pero a menudo dilema se enfrentaban todos los involucrados! Separar a una familia se veía como la peor de las soluciones. Tenían que mandarnos de vuelta a casa. ¿Os imagináis lo difícil que sería también para los yayos, conociendo a su hijo? Me imagino las conversaciones telefónicas de la yaya con mi padre. Los sermones. Trátalos bien. Yo sé que eres bueno, hijo. Mira que los puedes matar de un mal golpe y acabarás en la cárcel.


Vuestro abuelo Félix no nos dio un mal golpe. Pero el maltrato continuó a medida que el odio y la frustración se enraizaban cada vez más en mi corazón y lo iban pudriendo. Iba a cumplir cinco años y ya sabía mucho de odio y de desear la muerte de mi padre. Os había prometido que este iba a ser un relato positivo, pero lo positivo llegó mucho después, con la distancia y el perdón. 


©Félix Chivite Matthews 2018

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