No sabes cuánto me gustaría ayudarte, pero estoy limitado por la física. Es posible viajar al pasado en el ámbito de los recuerdos, pero no me puedo acercar a ti en persona y sacarte de ese infierno. Solo puedo asegurarte que vas a estar muy bien. Miento. Vas a estar fatal. Todos vais a estar muy mal. Tendrás que crecer, llegar a adulto e independizarte. Hasta ese momento, vas a estar mal. Lo siento. Al menos el papá no te va a matar. Ni te va a dejar tonto de un golpe. Así que, cuando te vayas de casa, la vida va a ser una fiesta impresionante sin nadie que te la fastidie. Pocas personas van a pasarlo tan bien como tú. Aguanta. Ten paciencia. Vas a crecer y vas a descubrir que la vida merece la pena. Por eso estás tan obsesionado con ser adulto. Porque me estás escuchando y sabes de sobra que vas a ser feliz.
Pero ahora estoy muerto de miedo. El papá lleva un buen rato paseando de arriba a abajo por la galería, metiendo ruido con los tacones sobre el suelo de parquet, y nadie sabe quién se va a llevar la primera ostia. Lotería cruel. Al papá le gusta meter ruido con los zapatos y poner cara de mala leche antes de armarla. Estoy con la Nena en su cuna, porque ya no se llama Inés, sino Nena. Me encanta estar abrazado a su lado.
Con, con, con... El papá tiene un vaso de whisky en la mano. Lleva horas pateando el parquet. El Juan y el Kike deben de estar dormidos. No veo a la mamá. Creo que está en la galería también. O en la cocina. Yendo y viniendo, supongo. No consigo concentrarme. Recuerdo una montaña de juguetes en la esquina de la televisión el Día de Reyes. Pero este recuerdo es de otro día. Cosas de la memoria, que lo mezcla todo. Me quedé ahí mirando, intentando comprender la incongruencia de tener juguetes y no tener qué meterme a la boca. Solo tengo cuatro años, pero me doy cuenta de las cosas.
Con, con, con… El papá está ladrando. No le respondas, mamá. No, mamá. ¡No! De la galería llega una luz amarilla cargada de amenazas. No quiero ver, no quiero escuchar. Siguen los ladridos, un golpe, y el sonido de cristales rotos. No grites, mamá. No grites. Será peor si gritas. El papá sigue ladrando. ¡Puta! ¡Zorra! Y caen más golpes. Me quiero morir. No grites, mamá. No grites, mamá. No grites. Será peor.
Con, con, con… Cuántas noches de terror sin nadie que nos proteja. Me quiero ir a Madrid. Todos se han ido ahí. Con, con, con... ¡Que viene! ¡Me va a pegar! Quiero desaparecer. Me hago pequeño. Mi corazón se encoge. ¡No me pegues, papá! ¡No he hecho nada! No sé ni dónde meterme. Estoy perdido. Salgo corriendo y me refugio detrás de la mamá. El demonio se lleva a mi hermana. “¡Me voy a matar con ella!” Y sale con la Nena por las escaleras. ¡Mamá, haz algo! Pero nada puedes hacer.
Estás obsesionado con matarte en un accidente. Tú querías ser piloto de Fórmula Uno. Tenías el dinero, la ambición y la habilidad. Pero eras un borracho. Te dijeron que no. ¿Fue la primera vez que uno de tus caprichos se veía denegado? ¿Fue ella? Fue ella, ¿verdad? La madre idolatrada. Te dijo que no, que te ibas a matar en un accidente, ¿verdad? ¿Y qué hiciste? ¿Le pegaste? Supongo que no. A tu madre no le hubieras pegado, pero sí la amenazaste con suicidarte, ¿verdad? Por eso estás obsesionado con la idea de matarnos a todos con el coche. Para demostrar que no hace falta ser piloto de carreras para estrellarse contra un árbol. No sé. Todo esto es anterior a mí. Solo son cosas que he escuchado. Pero la cicatriz que cruza tu frente de lado a lado sí la recuerdo. Recuerdo el día en que apareciste con la cicatriz, alardeando de que tu cabeza era más dura que un árbol. Lo que no dijiste es que ibas en el coche con una "fulana" (palabras de mi madre, quien me lo contó cincuenta años después). ¿Qué le pasó a ella? ¿Tuvo que llamar la yaya a un juez otra vez para salvarte de la cárcel, como en el accidente de Ágreda de 1970 cuando ibas borracho y casi matas a un pasajero? Lo que sí es cierto es que no encajas muy bien el rechazo. Y ahora sales con la Nena en brazos y amenazas con matarla. La mamá se irá a la Guardia Civil para que le digan una vez más que ellos no pueden meterse en disputas domésticas. Yo me quedaré cuidando de mis hermanos. Y el mundo se quedará cruzado de brazos mientras tú nos torturas. Y mi mente intentará esconder esta paliza junto a las otras palizas, en el lugar más recóndito de la memoria, para que jamás pueda recordarlo. Pero sí lo recuerdo.
Os había prometido que ésta iba a ser una historia positiva. Y lo es, ya veréis. Supongo que leer todas estas cosas negativas sobre los abuelos os estará chocando un poco. Pero es mejor aprender estas cosas a través de un libro que no en carne propia. De todas formas, no vayáis a juzgar a quien no tuvo la suerte de tener una mente equilibrada. A quien nunca ha sabido lo que es estar tranquilo. Cada uno tiene sus demonios personales. Vosotros tendréis los vuestros. Que podáis dominarlos o no es tanto una cuestión de lucha personal como de suerte. Mientras tanto, no juzguéis ni menospreciéis a los menos afortunados.
Tienes un ángel de la guarda, Nena. Y estás viva. Mejor me voy al huerto con el Juan. Ahí te quedas. Al menos el papá está de buenas hoy. Luego vengo a hacerte cosquillas. Un beso.
Pero resulta que el papá quiere llevarnos a la Cascajera a cazar culebras de agua, así que el huerto tendrá que esperar. La Cascajera es el nombre que damos a las bodegas del yayo, que ya no nos pertenecen. Dice el papá que el tío Julián engañó al yayo y le quitó todo. Hasta la casa. Por eso, a veces viene la Guardia Civil a echarnos a la calle. Y por eso tampoco tenemos ni qué comer, ni agua caliente, ni calefacción. Pero todavía estamos aquí. ¿Cómo nos van a echar si no tenemos a dónde ir? En la Cascajera no hay ni un alma por ningún sitio. El papá nos lleva a una acequia y, ayudándose de dos palos largos, saca un par de culebras. Eso sí que no nos lo esperábamos del papá. Qué arte tiene para controlar las serpientes, que se enrollan sobre sí mismas intentando escapar. Ahora el papá las mete en una lata y las llevamos a un gran almacén que está vacío. Me acuerdo que por estos lugares andaba yo con el yayo cuando había gente amable por todos lados. Ahora me siento como un intruso. Y es que he escuchado muchas cosas malas sobre el tío Julián. Ahora el papá saca alcohol de quemar y lo rocía sobre las culebras. Creo que puedo ver su cara. ¿Acaso nos está sonriendo? Deja caer una cerilla encendida y las culebras se retuercen y mueren en una llamarada. No tiene mucha gracia, la verdad. Hemos pasado de ser hábiles cazadores, a violar maravillosas criaturas por gusto. Pero el papá parece estar fascinado.
¿Cuándo podremos salir al huerto? Tan pronto me dejan solo en casa, cuidando de mis hermanos y la Nena, como que me sacan a la calle. Como todavía no voy a la escuela, hoy acompaño a la mamá a hacer la compra. Supongo que los demás se habrán quedado en casa con el papá. Me gusta hacer la compra con la mamá y ayudarla con las bolsas. Pero no me gusta salir de las tiendas diciendo “apúntamelo”, o “ya te lo pagaré”. Me da vergüenza. Las tiendas del pueblo son tiendas como dios manda, no como ahora. Solo hay un supermercado en el pueblo, el Spar, que es bastante pequeño. Normalmente vamos a la Zequiela, que tiene de todo. O a la Mintxarra, que está al lado de casa. Estoy paseando por el pueblo metiéndome en las tiendas, que huelen mucho a bacalao seco y a arenques de cubo. También huelen a aceitunas y a cebolla. Todo está ahí, los aromas, la gente, las estanterías llenas de productos. Lo veo tan claro como si fuera ayer. A veces hay un montón de mujeres haciendo la compra y hay que pedir la vez. Hay que ver el jolgorio que se arma con las mujeres del pueblo habla que te habla. A mí me agarran del moflete, me dan besos pegajosos que me tengo que limpiar y, a veces, me invitan a una galleta o alguna golosina. Otra vez “apúntamelo” y a otra tienda. Porque, en los años setenta, hay que ir a varios comercios: a la tienda de la Zequiela a por azúcar, queso para rallar, lentejas, verdura, fruta y cosas así. Luego, a la carnicería de la Rosa a esperar la vez de nuevo antes de comprar hígado o riñones y costillitas de cordero para el papá, porque él no come vísceras. Apúntamelo. Después, a la panadería de la Sierva a por pan hueco y pan amacerado recién hecho. Ese me lo voy comiendo yo por el camino, con su miga calentita. Luego a la pescadería a por unas sardinillas o unas anchoas, y un ramo de perejil que te dan gratis. Ya te lo pagaré. Ahora que lo pienso bien, creo que me gusta hacer la compra para poder meterme algo en la boca. A veces cae un poco de chocolate, o una pasta, o algún caramelo. La gente del pueblo es muy maja, siempre compartiendo lo que tienen. En algunas ocasiones vamos a la farmacia de José Carrillo, que es muy amigo de mis abuelos, y yo entro hasta la oficina, donde hay tarros antiguos y los instrumentos de laboratorio. No sé por qué, pero tengo una fijación tremenda con el lápiz labial de manteca de cacao. José Carrillo me deja llevar uno y me da unas propinas formidables de veinticinco y hasta cincuenta pesetas. ¡La cantidad de golosinas que se puede comprar con eso! Corriendo a la tienda de la Ratilla a comprar regalices, chicles, pica-pica, corchitos, conguitos, gominolas, y galletas de barquillo cubiertas de chocolate, mis favoritas. ¡Menudo banquete! Porque, aunque solo tenga cuatro años, entiendo mucho de comprar golosinas. Lo único que no me gusta es que no llego al mostrador y tengo que ponerme de puntillas y estirar el cuello. Pero eso me pasa en todas las tiendas. Esto de que no haya grandes supermercados está muy bien porque te da la oportunidad de pasear por el pueblo saludando a la gente. En el pueblo hay de todo: la relojería de Arrondo, la perfumería de la Mila, la tienda de electrodomésticos del Bermejo, el estanco de la Pava, la tienda de fotografía de Chivite Gil, la zapatería de los Villanueva, la peluquería del Seco, y tantos otros pequeños negocios cada uno con su algo fascinante: el aroma a pan recién horneado, los largos cuchillos, las cabezas de cordero colgando de ganchos, los personajes únicos y cariñosos que pueblan cada espacio. Han pasado casi cincuenta años, pero todavía puedo pasear por el pueblo de mis recuerdos como un niño de cuatro años.
Aunque, si queréis que os cuente más cosas positivas, nada como las tardes eternas que paso en la casa de la tía Vicenta. Nadie como ella para cebarme con rica comida: chorizo, salchichón, queso, magdalenas, chocolate. ¡Qué envidia de despensa! Y también me da gaseosa para beber. Las primas Mimi y Vicenta, que son las mayores, siempre están ahí ayudando mientras la tía Vicenta saca más y más comida. De vez en cuando aparece el Pozos, el marido de la tía Vicenta, quien raramente dice nada. Se sienta a mi lado, come algo rápido, y se va. Él se dedica al campo y tiene una cochera al lado de la casa, que me encanta, con su maquinaria agrícola y su olor a trigo y gasoil. Pero con quien suelo enredar más son las primas menores, la Mari Jose, la Charito, y la Loli. ¡Cómo me hacen sufrir y lo bien que lo paso con ellas! Como me superan en número y edad, no puedo con ellas. Cosquillas, correteos, pilla-pilla, escondite. Y, al final, enganchón asegurado con la Loli. ¡Menudas leches me llevo! Cuando hace bueno, salimos al patio que está rodeado de preciosas plantas aromáticas, hierba luisa, menta, caléndulas. Claro que, con cuatro años, no puedo saber sus nombres, pero sí conozco muy bien su color, su aroma y su textura. Porque todo lo toco y me lo llevo a la boca. Gateo por entre las plantas y me dejo invadir por la magia de las flores. Hasta que llega la hora de ir a casa y me llevo una bronca por llegar tan tarde. Pero es que nunca quiero regresar a casa. En cualquier sitio estoy mejor que en casa. Estar en casa es como ir a la guerra: nunca sabes cuándo te van a atacar. Hay que estar constantemente en guardia.
Solo tengo cuatro años, pero la yaya y la tía Isabel me han enseñado a rogar al Niño Jesús y a la Virgen María. Me han asegurado que el niño Jesús es mi amigo y que puedo hablar con él y pedirle lo que quiera. Así que me pego el día rezando para largarme de casa, para ser mayor, para que desaparezca el papá.
Ahora resulta que los papás se van de viaje y el Juan y yo nos quedamos unos días en casa de la Matilde. ¡Gracias, Jesús! Desde que se fueron los yayos del pueblo he visto muy poco a la Matilde, así que estoy muy contento. Me resulta extraño estar en su casa, donde nunca antes había estado. El Fermín y la María Antonia, sus hijos, viven con ella y nos sentamos a ver la tele juntos, aunque en plan tímido, porque son mayores que nosotros. Ahora me llama la Matilde y me dice que me va a dar algo muy rico de comer. Corta unas rodajas de pan y las fríe en una balsa de aceite. Cuando están listas, raspa ajo crudo sobre las tostadas y listo, a comer. Yo estoy que no me lo creo. Nunca he comido algo así y, la verdad, no entra. Cuando como fuera de casa me suelen dar cosas bien ricas, no pan con ajo. Bueno, al menos aquí estamos tranquilos, aunque el pan frito me ha reventado el estómago. Y ahora me invade el deseo de siempre: que nunca vuelvan. Porque la vida es maravillosa hasta que aparecen los papás, empiezan a discutir, y caen ostias por todos lados. Prefiero el pan frito con ajo.
Pero lo bueno no dura y ya han regresado los papás y ahora me lleva el papá al Maher. Mira que me aburro en el Maher. El papá me lleva a la barra, me compra unas patatas fritas y él pasa horas bebiendo y hablando con otros mayores. Al menos el Maher tiene una preciosa pecera, no como los otros bares a donde también me lleva de vez en cuando. La verdad, no sé por qué tengo que salir con el papá. No me gusta nada, porque nunca acaba bien. Me voy a mirar la pecera porque es lo único interesante y lo único que está a la altura de mis ojos. El Maher se llena de gente y yo tengo que abrirme paso entre sus piernas. Hay tanto humo que casi no se ve nada. “Papá, ¿cuándo nos vamos?” Todo el mundo habla a la vez y no paran de beber y fumar. “Papá, me aburro”. “¿Te aburres? Yo te diré cuándo puedes aburrirte y cuándo vamos a casa”. Otra vez a mirar peces. Horas y horas y el papá que no para de beber. Odio mi vida. Hasta que por fin viene la mamá de un humor de perros a llevarme a casa. Yo me caigo del sueño y ella está peor, porque sabe que esta noche le espera una somanta de palos. Ojalá esté dormido cuando eso pase, porque no soporto los alaridos de la mamá. A veces la mamá se refugia en mi cama, pero no me abraza porque ella no es de abrazos. De igual manera, me gusta estar a su lado.
Os había dicho que os iba a contar cosas bonitas, pero es que visito los lugares del pasado, estoy tan feliz, llega él y lo jode todo. ¿Os imagináis vivir así? Y peor para vuestra abuela que estaba al borde del suicidio. Atrapada en una pesadilla recurrente. Vapuleada. En un estado de shock permanente. Llorando en la despensa. Gritando “Blast you!” a la lavadora. En estos momentos lleva cuatro años embarazada, pariendo y criando hijos entre paliza y paliza. No me extraña que no se acuerde de nada. Seguro que otra vez os estáis preguntando, ¿pero por qué nadie os sacó de ahí? Sí que nos sacaban, pero solo a temporadas. Y vuestra abuela no tenía ese privilegio. Ella se quedaba en el infierno. Ella sí que no tuvo ni un respiro. Aunque esas son las cuestiones obvias, también es relevante preguntarse qué lleva a un hombre a comportarse así y por qué a él nadie le ayudó tampoco. Mientras no tengamos las respuestas, no habrá manera de prevenir el abuso doméstico. Imaginad, estar tan lleno de frustración, inseguridad y desprecio hacia ti mismo que al final explotes en una orgía de golpes. Aunque lo de vuestro abuelo va mucho más allá de frustración e inseguridades juveniles. Y nadie pudo ayudarle. Él siempre estuvo solo. Vais a ver.
El invierno ha sido una mierda. Sin calefacción, esta casa es un congelador. He pasado hambre y encima ahora el Juan y yo no hacemos más que engancharnos. Mi único consuelo es coger en brazos a la Nena y hacerle reír, estar abrazado a ella, cuidar su sueño con una caricia. Solo con mirar esa carita preciosa me siento mejor. Y pensar que el papá quiere matarla. Yo lo mataría a él. Sí, lo quiero matar. Si él no existiera, todos seríamos felices. Pero otro año más, el sol descongela el odio y el rencor que atenazan mi corazón. Salimos al jardín a olvidar todo, a cazar bichos, a jugar con agua, y a hacer fuego, mi nueva afición. El Juan y yo corremos unas aventuras formidables en el huerto. Al fondo hay un gran gallinero con corral. Aunque no hay gallinas. Un pasadizo por ahí detrás lleva a un bar abandonado que dice mi madre que fue del yayo. Entrar a ese bar da miedo. Parece una mazmorra, todo oscuro y cubierto de polvo. Todavía veo la barra, las ventanas, flanqueadas por haces de luz, y algunas mesas y sillas. Llegando al gallinero hay una morera y dos higueras por donde estamos aprendiendo a trepar. En verano nos hinchamos de comer higos y moras y regresamos a casa con la ropa hecha un asco. Lo que antes fue un jardín de postal, ahora se está convirtiendo en una jungla de malas hierbas y basura porque nadie lo cuida. A nosotros nos encanta cavar agujeros y meter bichos. Luego llenamos el agujero de agua y los vemos flotar. Mi bicho favorito es la lagartija. Estoy aprendiendo a cazarlas, lo cual es difícil porque corren mucho. Cuando atrapo una, se menea en mi mano y, a veces, pierden la cola, que se cae al suelo y sigue moviéndose sola. Cuando nos quedamos en el huerto hasta tarde, se ven luciérnagas en la oscuridad, y alguna estrella fugaz también.
Sin embargo, este verano lo mejor no va a ser el jardín. Este verano nos vamos a Madrid. La Virgen María ha escuchado mis oraciones. El Juan y yo nos vamos a la casa de los yayos.
El viaje a Madrid es muy largo y hemos parado en la carretera a comer un bocadillo. No veo quién conduce. Pero no creo que sea el papá, porque no se habla con el yayo y hace tiempo que no se ven. El papá siempre dice cosas muy feas del yayo: que es un calzonazos, que se dejó engañar por el tío Julián, que lo perdimos todo por su culpa. A mí me molesta mucho que diga eso porque quiero mucho al yayo. Entramos a Madrid de noche. Las luces de la gran ciudad son el espectáculo más impresionante que haya visto jamás. Más que los fuegos artificiales de las fiestas del pueblo. Más que las estrellas fugaces y las luciérnagas. Y pensar que las tristes bombillas del pueblo apenas logran alumbrar la noche. En contraste, Madrid es grande y luminoso. Los enormes edificios llegan hasta el cielo. Por las calles hay largas colas de luces rojas y amarillas. Estoy emocionado. Esto es increíble. ¡Madrid es un volcán de luz!
Pero Madrid es mucho Madrid y se merece un capítulo aparte.
•••
Podría contaros más anécdotas divertidas y otras tantas no tan agradables, pero estoy viajando al pasado para estar con mis padres y hermanos y para desentrañar lo que significó crecer en un medio tan violento. Y quizá encontrar algunas respuestas. Por eso, cualquier recuerdo que no esté relacionado de alguna manera con la dinámica de abuso que sufrimos, no es relevante en este relato. Tengo que deciros que es duro, pero igualmente reconfortante y terapéutico esto de recorrer los sitios de mi infancia, estar con el Juan y el Felisito, pasear por el pueblo de hace cincuenta años, olisquear de nuevo las flores y las casas viejas, sentir el calor del sol, escuchar las voces de la gente que me para por la calle. Incluso encontrarme con ese hombre joven y fuerte, violento, me resulta agradable. Porque ahora que tengo más de cincuenta y he vivido la vida, puedo sentir compasión por él. Porque él está perdido en su propio infierno sin nadie que le ayude. Cuando seáis mayores conoceréis a gente presa de sus pasiones más bajas: locos por los celos, la ira, la inseguridad, y un ego que es como una rata que se muerde la cola. A menudo estas personas son tan agresivas que no hay nadie que pueda ayudarlas. Ya veréis. Pero ahora sois pequeños. Cinco y ocho años. Poco sabéis de egos-rata y demonios personales.
Yo voy a cumplir cinco años, como tú, Francis. Cinco años tienes. Cinco años de besos y abrazos, de dormir al lado de la mamá y despertar por las mañanas con palabras dulces. De trepar por papá y bailar en mis brazos. Y es que tú eres mucho más que un hijo: eres mi oportunidad de reparar el pasado. Porque tú eres Felisito, y eres Juan, y eres Enrique, y tu tía Inés también. Porque jamás te vas a llevar los golpes horribles que nosotros tuvimos que aguantar y nunca vas a llorar en la cama deseando no haber nacido. Eres mi talismán. Por eso, cuando seas mayor y recuerdes que tu padre se quedaba absorto mirando tu carita, entiende que la felicidad que veía en tus ojos era su mayor logro en la vida. Yo voy a cumplir cinco años y siento que algo se me encoge por dentro, como un nudo en las tripas. Mi mundo es un campo de minas. Minas que explotan de repente en palizas, en llantos de niño y de mamá, en agujeros negros de soledad e impotencia. Y solo tengo besos y abrazos cuando viene la tía Isabel. Y ya no bailo en los brazos de nadie. Y duermo bajo las mantas, rodeado de fantasmas.
©Félix Chivite Matthews 2018
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