Capítulo 21
El último cartucho
Septiembre 1985 - Noviembre 1986
Dieciocho años de edad.
Redactado: febrero 2023 - marzo 2023
He cumplido dieciocho años y estoy con un sentimiento agridulce. Por una parte, ya puedo independizarme legalmente y eso significa que mi sueño de irme de casa y hacer mi propia vida está a mi alcance; pero, por otra parte, tengo responsabilidad penal completa, y eso no me hace ninguna gracia. Me estoy dando cuenta de que se me ha acabado la fiesta, de que tengo que tener cuidado de que no me pille la policía con droga, o con recetas falsas, o dando un palo por ahí.
Este año académico estoy haciendo COU en Madrid y comparto piso con la yaya y el tío Patxi en el barrio de Virgen del Cortijo. La tía Amparo, el tío Rafa y mis primos viven en el piso de al lado, puerta con puerta con nosotros, así que otra vez estoy disfrutando de la protección de Madrid. Las cosas han cambiado algo desde que era pequeño y venía de vacaciones a Madrid con Juan: el yayo ya no está, la tía Isabel se ha casado y vive en el Paseo de la Castellana, el tío Alberto hace años que ya no vive en Madrid, pero la protección es la misma, así como la paz y la tranquilidad transmitidas por personas que se comportan de una manera civilizada. Incluso el tío Patxi parece más tranquilo aquí.
La yaya sigue tan consentidora como de costumbre, pero es que cuando tus dos hermanos queridos mueren jóvenes, te enamoras de los vivos porque ves a los muertos en los vivos. Por consiguiente, no quieres agobiar a los vivos: sabes lo frágiles que son; quieres protegerlos. Os preguntaréis por qué soy tan condescendiente y cariñoso con vosotros. Es porque yo también veo a los muertos en los vivos. Como tú John, que me recuerdas a mí mismo y a Juan. O tú, Francis que te pareces a Patxi. Los vivos tenemos los nombres de los muertos. Y yo tenía el nombre de mi abuelo, y de mi bisabuelo. Y el nombre de ese hijo tarado que tanto dolor de corazón le causaba a mi abuela. Puede que yo tuviese problemas con las drogas, pero era obvio que no estaba tarado, todavía tenía remedio, mientras que mi padre era un caso perdido. Todos tenían puestas sus esperanzas en mí: yo estaba destinado a ser el redentor de mi padre porque yo no iba a ser como él. Él estaba fatal, pero lo que había salido de él era bueno. Puede que yo fuese un adolescente medio loco, pero no podía acabar mal. De lo contrario, no solo me traicionaría a mí mismo, sino a toda mi familia. Tenía que romper esa cadena de locura y autodestrucción. Pero, ¿cómo?
Comencé mi último año de secundaria en el Instituto Ramón y Cajal, que estaba a cinco minutos de casa. Allí me encontré con un ambiente bastante maduro y relajado, sobre todo en COU. Mis compañeros de clase parecían estar más interesados en estudiar que en el aspecto social de la secundaria, a pesar de lo cual, enseguida hice buenas migas con un tal Ernesto, quien, al igual que Hemingway, era honrado, sincero y voluntarioso, no como yo, que era un criminal deshonesto y perezoso. Bromas aparte, la verdad es que yo me daba miedo a mí mismo. Mi falta de autocontrol era algo que me preocupaba mucho y Ernesto era un chico que no bebía ni se metía nada, así que me convenía tenerlo como amigo. La verdad es que tenía la esperanza de olvidarme un poco de la droga aquí en Madrid, pero no me iba a ser fácil porque mi adicción era demasiado fuerte. Sin embargo, aquel año sí fui a clase. Además, no iba drogado. Era obvio que alejarme de mi ambiente tóxico de Cintruénigo estaba haciéndome bastante bien.
De vez en cuando, Ernesto y yo nos juntábamos con otros compañeros a jugar a pelota a mano en los recreos. Me pareció curioso que en Madrid supieran jugar a pelota vasca, lo cual me traía buenos recuerdos de mis tiempos en Lekaroz.
Un día, Ernesto me invitó a las fiestas de su pueblo, Fuencarral, que estaba bastante cerca de Virgen del Cortijo. Pero estas fiestas madrileñas no eran tan divertidas como las de Navarra: aquí no había charangas por las calles, ni peñas bailando con pancartas, ni cuartillos donde te dieran de beber por el morro. Así que me retiré pronto a casa. Además, no podía tener a mi abuela esperando despierta hasta las tantas.
Yo seguía con mis pintas medio punk, medio radical, así que no se me acercaba la gente. Me gustaba mucho una chica de mi clase muy alta con el pelo rizado, Silvia, y a veces le daba algo de conversación. Pero era demasiado tímido como para invitarla a salir; además, si yo pensaba irme a vivir a Inglaterra, iba a ser una relación con fecha de caducidad y eso no me convencía mucho.
De las clases del instituto casi no merece la pena hablar. Los profesores me parecieron perfectamente aburridos, sobre todo el de inglés, que no tenía ni idea de inglés. No sé por qué misteriosa combinación de circunstancias, acabé estudiando matemáticas cuando no había hecho matemáticas en tercero de BUP. El profesor era un señor muy mayor bastante gracioso que parecía estar tan intrigado como yo sobre ese curioso error. En mi libro de escolaridad figura el exámen final de matemáticas como “no presentado”, porque yo de matemáticas no tenía ni idea. Aprobé todas las asignaturas de COU, menos lengua española (o Seminario de Lengua, como figura en el libro de escolaridad) y matemáticas. También aprobé la asignatura de historia que tenía pendiente de tercero de BUP; pero esta me la regalaron después de suplicarle a la profesora casi de rodillas.
—Profesora, el exámen no me ha salido bien…
—¿Y…?
—Es que, sin el bachiller, no voy a poder ir a estudiar a Inglaterra…
—¿A Inglaterra te vas?
—Sí, ya he mandado las solicitudes. Solo necesito aprobar el COU, ahí no te piden la selectividad.
En efecto, esa era mi última oportunidad de aprobar la asignatura de bachillerato que me quedaba pendiente. Si no aprobaba ese examen, no podía obtener ni el título de bachiller ni el COU y, sin eso, ya podía despedirme de estudiar en la universidad. Las dos asignaturas de COU que dejé pendientes, las hice por libre al año siguiente en el instituto español de Londres y, en lugar de matemáticas, hice latín. Pero fue fácil aprobar los exámenes finales, porque me dejaron solo en la sala del exámen con los libros de texto en mi mochila. La verdad, a veces la gente te lee como un libro abierto, y estos profesores condescendientes pudieron ver que yo era un joven muy confundido y con muchos problemas, pero con algo de potencial, así que me regalaron los aprobados que necesitaba. Ellos no lo saben, pero siempre les he estado muy agradecido por su comprensión.
La vida del barrio también era tranquila. A veces acompañaba a mi abuela a hacer la compra, aunque eso de las compras no le agradaba mucho a ella, así que solía mandarme a mí con instrucciones muy precisas sobre los cortes de carne que quería y el tipo de pescado que tenía que comprar. Los fines de semana, le ayudaba a cocinar. Hacíamos arroz a la milanesa, empanadas de atún, cocido madrileño, paellas…
—Mira, coges una cucharada de mezcla y la pones sobre la oblea. Así. La pones a un lado. Luego doblas la oblea y la sellas con el tenedor, así.
Después me dejaba freírlas con mucho cuidado.
—A ver, con cuidado que no se te quemen. Tienen que salir doradas.
A mí me encantaba estar a su lado y dejarme invadir por ese amor que irradiaba de su ser. Es curioso cómo una persona que no era de abrazos ni de besos pudiera ser tan afectuosa. También le ayudaba un poco con la limpieza y a dar la vuelta a su colchón, que era muy pesado. La yaya tenía el piso tan reluciente como de costumbre. Estaba tan limpio que, un día, se le cayó una paella entera al suelo y la recogimos con cucharas para terminar de cocinarla y comerla después.
Otra cosa que me gustaba hacer era ayudarle a regar los geranios del balcón. A mí no me dejaba regarlos, porque eso era un rito para ella. Algún significado especial debían de tener. Supongo que le recordaban a su jardín de Cintruénigo. Yo me conformaba con estar a su lado y traerle la regadera con agua cuando se terminaba.
Algunos fines de semana comíamos con la tía Amparo y el tío Rafa. A mis primos les regalaron un ordenador Spectrum para su primera comunión y yo me pasaba el rato aprendiendo a programar con Pascal. Pero ese ordenador se calentaba mucho y, al final, acabó por fundirse. También solía darles clases de inglés a mis primos, que me dejaron sin ganas de dar clases a niños jamás. ¡No podían estar quietos ni un minuto!
Recuerdo un par de ocasiones cuando los tíos pidieron comida china para llevar. En aquellos tiempos, esto era algo muy novedoso, desde luego, yo nunca había probado ese tipo de comida, ni hamburguesas, ni pizza, ni ninguna de estas comidas basura que han llegado a dominar el panorama alimenticio de tantos países. Un día, el tío Patxi trajo unas pizzas que a mí me parecieron algo exótico y exquisito. El caso es que, si comía fuera, yo estaba más acostumbrado a los tradicionales bocadillos de tortilla, de queso o, en ocasiones especiales, croquetas, calamares fritos, o alguna deliciosa tapa.
El tío Rafa estaba muy orgulloso de mí, no sé por qué, y solía llevarme con él a dar una vuelta por Madrid, a hacer recados, o lo que fuera. Me hablaba de sus proyectos de ingeniería y siempre salía con algún chiste o broma para tomarme el pelo.
—¿Has visto cómo te miraban esas chicas?
—No…
—¡Pues no te quitaban el ojo! ¿Y tú, te has fijado en ellas?
—No…
—¡Anda, que no tienes que espabilar! Si yo tuviera tu edad… Y tu altura…
En una ocasión, vinieron a Madrid mis primos por parte del tío Alberto y me confiaron la importante misión de llevarlos al cine. Aparte de amiguero, yo era muy chiquillero y lo pasamos genial. Los llevé a un centro comercial a ver Regreso al Futuro, que estaba de estreno, y todavía recuerdo sus graciosas caras de sorpresa durante la película y lo divertido que fue subir y bajar con ellos por las altísimas escaleras mecánicas, que les inspiraban auténtico pavor, como si estuviesen en una montaña rusa.
También lo pasaba en grande con Ángela, mi prima por parte de la tía Isabel, que estaba aprendiendo a hablar. Solía pasar mucho por su casa porque quedaba cerca de Virgen del Cortijo. Yo le enseñaba a decir burradas y luego se las soltaba a su padre, que era un señor muy importante y conservador. Cuando nació su hermano, José María, tuve el honor de ser su padrino. Para esa ocasión yo no tenía ropa y me prestaron un traje y zapatos que me quedaban muy pequeños. El tío José María encargó un servicio de catering que vino a su piso de la Castellana y nos hinchamos de canapés y rico champán. Por la noche, el tío Patxi y yo nos fuimos a la Sala Morasol, donde me dejó con un amigo suyo a quien le encargó cuidar de mí y enseñarme quién podía pasarme unas anfetas. Pero yo iba muy ciego de porros y alcohol, y no me enteraba de nada. De aquella noche solo recuerdo entrar a la sala, pillar unas pastillas y salir cuando ya estaba vacía. Y despertar al día siguiente en casa de la novia del tío Patxi preguntándome a mí mismo cómo había llegado hasta allí. Otra vez sentí que me estaba traicionando a mí mismo; que había algo que me tenía atrapado, algo que yo no podía controlar y, esa carencia de libertad era sofocante para mí.
Puede que fuera un drogadicto y un criminal, pero mi familia me trataba como si fuera una persona de confianza. Quizá porque eso era lo que se esperaba de mí, que saliera de ese pozo en el que me encontraba y que fuera una ejemplo para los demás. Por otra parte, yo no era un joven rebelde; al menos con mi querida familia era como un manso gatito, así que debía ser difícil para ellos imaginar cómo era ese pozo negro en el que me ahogaba, y quizá pensasen que lo mío no era para tanto.
Claro que no todo iba bien; al menos, no conmigo. Yo estaba con un enganchón psicológico enorme, y tenía que meterme algo de vez en cuando. Como no me atrevía a pasar recetas falsas por Madrid por miedo a que me pillara la policía, solía comprar una caja de Codeisan, que te lo daban sin receta, y me la tomaba entera con un brik de vino del más barato que encontraba. Por trescientas pesetas, acababa con un pedo bastante decente. La codeína se transforma en morfina en el hígado y, con la ayuda del alcohol, me quedaba tranquilo. En otras palabras: depresión respiratoria, disminución del ritmo cardíaco, somnolencia, contracción de las pupilas, debilidad muscular, prurito y un agradable calor dentro del cerebro. A veces, después de meterme la codeína, me daba un paseo por un poblado de gitanos que había cerca de Vírgen del Cortijo. Era como atravesar un portal y aterrizar en pleno siglo diecinueve. Ahí no había calles pavimentadas y los niños jugaban en el polvo delante de sus pequeñas cabañas. La gente parecía amable. No sé qué pensarían de mí… Luego volvía a casa y procuraba disimular el pedo que llevaba.
El síndrome de abstinencia psicológica es algo cruel. Ahí estás tú, diciéndote a ti mismo que no te vas a drogar, que ya estás harto, que quieres salir adelante; y, al mismo tiempo, tienes otra voz en la cabeza que no te deja en paz: vete a la farmacia a por Codeisan y te quedarás tranquilo; vete al pueblo el fin de semana y ahí sí que te vas a poner bueno de todo; o, si no, compra un tubo de pegamento Sami y te lo inhalas, así te quedas bien. En efecto, el síndrome de abstinencia es una crisis de ansiedad tan fuerte que no sabes ni dónde meterte, ni qué hacer con tu vida. Quieres estar limpio, pero esa voz es implacable. Estás dando vueltas por el piso, no puedes concentrarte en nada, ni en una lectura, ni puedes ver la televisión; buscas cualquier excusa para salir y tus pies te llevan a una tienda de reparación de bicicletas.
—Un tubo de pegamento Sami.
Inhalar pegamento era la peor de las opciones; peor que un pico de heroína, incluso. Pero necesitaba algo que friera mis neuronas, al menos durante unos momentos, y me sacase de esa neurosis obsesiva que es el cold turkey psicológico. Volví al piso, metí el pegamento en una bolsa y empecé a inhalar. Enseguida noté un suave mareo y el típico tinnitus, como si estuviera escuchando un lejano bombo, que no era sino mi propio corazón. Me senté un momento y pude escuchar la vida que emanaba del edificio de pisos como ecos que se deslizaban hacia mis oídos: conversaciones lejanas, alguien que deja caer una llave, un perro que ladra, una guitarra, suaves ecos. Me asomé al balcón y también mi vista se había agudizado: ahí estaba el jóven guitarrista, lanzando dulces melodías al espacio. Me sorprendió poder escuchar tantas cosas que antes no se escuchaban, y poder ver al guitarrista entre las sombras del atardecer. El efecto del pegamento solo dura unos minutos, así que, si todavía no has apaciguado al demonio interior, tienes que seguir inhalando hasta que tu mente esté frita y ya no puedas ni pensar. Ese día estaba solo en el piso. Me fui a la cama sin cenar porque el pegamento me había afectado al estómago y lo tenía revuelto. Pero me fui a la cama solo por cansancio y aburrimiento, porque no pegué ni un ojo en toda la noche. A la mañana siguiente vino el tío Rafa a levantarme de la cama para ir de excursión a un lago. Yo tenía el cuerpo y la cabeza tan deshechos que no podía ni hablar. Sentía que mi cuerpo entero estaba envenenado, como si mi sangre tuviera una sustancia tóxica y estuviera quemando mis células y mis neuronas. Y también con un arrepentimiento enorme, y una sensación de auto-odio. ¿Cómo era capaz de herirme tanto a mí mismo? Aquel día lo pasé mal; aunque la capacidad de recuperación de un adolescente es formidable y, por la tarde, ya pude comer algo y dormir un poco. Al menos, esa voz que me compelía a drogarme había quedado aplacada, aunque solo fuera durante unos días.
La verdad es que estaba más que harto de mí mismo. Y yo no era el único. Un día, la yaya encontró una cucharilla doblada y pensaba que me había metido un pico. Yo le aseguraba que no, que se habría doblado por accidente. La verdad es que no me había metido ningún pico, pero la yaya estaba con un disgusto enorme.
—¿Cómo puedes hacerme esto a mí con lo que te quiero? ¿Es que no te das cuenta de las cosas, hijo mío? ¿Es que no sabes que te puedes morir?
—¡Que no, yaya, que no me he metido nada!
—Hijo mío, ¿no ves que yo todo esto ya lo conozco por tu tío Patxi? Si he ido a cursillos y todo. Y sé perfectamente que me estás mintiendo.
—¡Que no, yaya, te lo juro!
—¡No te molestes en negarlo! ¡Entre tu tío y tú me vais a matar a disgustos!
Nunca había visto a mi abuela tan desconsolada. En realidad, ella tenía razón, aunque yo no me había metido ningún pico recientemente, todavía estaba muy enganchado. En otra ocasión, el Javier Legarra me envió una carta con un dibujo de una jeringa y una farmacia en el remite. Otra vez mi abuela se llevó un disgusto enorme y me pidió explicaciones.
Mis padres, con su comportamiento aberrante, habían renunciado a toda autoridad moral, así que no les hacíamos caso, pero, con la yaya era otra historia. Una bronca de la yaya era una bronca de una persona que yo prácticamente idolatraba, y no me gustaba disgustarle de esa manera.
En efecto, el tío Patxi la ponía de los nervios. De vez en cuando venía a casa con un ciego de jaco de puta madre y yo me preguntaba cómo tenía los cojones de venir así a casa. El caballo le producía un estado de excitación muy curioso que le compelía a recoger y limpiar el piso de arriba abajo, como un demente, mientras la yaya le echaba la bronca.
El tío Patxi estudiaba informática en una academia Xerox y parece que le iba bien. No sé si sus intenciones de sentar la cabeza eran muy serias pero, al menos, lo intentaba. A mí me daba bastante pena que un hombre de veintisiete años estuviese tan jodido, y me decía a mí mismo que yo con su edad no iba a estar así.
Un día, el tío Patxi apareció con unos zapatos nuevos y me dijo, todo orgulloso, que se había metido en una zapatería, se había probado los zapatos, y había salido por patas. En otra ocasión, me dijo que había robado un queso caro en un supermercado y que lo había cambiado por jaco a unos gitanos. En efecto, un día me llevó a pillar jaco a un solar cerca de Mateo Inurria donde había una fila de casetas donde vivían los gitanos. Te asomabas a un hueco en un muro y venía uno a preguntar qué querías. Les dabas la pasta y regresaban con unas papelinas de jaco y coca muy bien pasados y de gran pureza.
El tío Patxi se había comprado un Renault 5 destartalado de quinta mano y, a menudo tenía que hacerle chapuzas para que fuera tirando. Un buen día me invitó a fumar un porro en los jardines de nuestro edificio cuando, de repente, saca un destornillador y me dice: “tú vigila”. Se acercó a otro Renault 5 y le quitó un faro.
—¿Has visto? ¡Quién necesita mecánicos!
A mí me pareció un comportamiento increíblemente inmaduro e irresponsable. Tenía miedo de que me detuvieran por hurto y que mis planes de futuro acabaran en la alcantarilla. Por otra parte, de ninguna de las maneras iba yo a andar robando zapatos y partes de coche a los veintisiete años. Sin duda alguna, yo consideraba a mi tío como un gran perdedor y no quería parecerme a él.
La verdad es que el tío Patxi estaba tan mal como mi padre. Ninguno de los dos tenía remedio. Un día, me llevaba en su coche destartalado por la carretera de Corella cuando me suelta: “¡Mira qué susto le vamos a dar!”. Venía un camión enorme en dirección contraria y el tío Patxi cambió de carril y encaró el camión a todo lo que daba el pequeño Renault. Yo pensaba que inmediatamente volvería a nuestro carril, pero no. El camión estaba a pocos metros. Pero nada: ¡el tío Patxi, a tumba abierta! Cuando ya nos la íbamos a dar contra el camión, dio un volantazo y lo esquivamos por las justas. ¡Qué divertido! Pero a mí no me hizo ninguna gracia. Esa podía haber sido una manera muy estúpida de acabar muerto o paralítico.
Pero esto de reírse del peligro era algo que corría por sus venas. En una ocasión me contó que, cuando tenía mi edad, él y sus amigos solían saltar a las vías del metro cuando venían los trenes para darle un susto al conductor. Otro día me contó que solían ir en taxi a una farmacia cualquiera, le decían al taxista que esperase a la vuelta de la esquina, daban un palo y se escapaban en el taxi.
En otra ocasión, estábamos de marcha por Madrid y atravesó toda una avenida de semáforos en rojo a toda velocidad. ¿Cuál hubiera sido su reacción si nos hubieran detenido? ¿Correr? ¿Ponerse violento? ¿Ponerse amable? ¿Y si me hubiera matado en un accidente? ¿Cómo les iba a explicar eso a mi madre y a su propia madre?
Los problemas del tío Patxi no son el tema de esta carta, pero me recuerda un poco a nuestra creencia de que Jesús murió y descendió a los infiernos durante tres días. Y, si es cierto que ningún teólogo puede explicar esa bajada de Jesús a los infiernos, yo os aseguro que el tío Patxi había descendido a los infiernos en vida. Y, para mí, era un ejemplo de lo que yo no quería ser. Tanto él, como mi padre, me estaban ayudando a programar una vida totalmente distinta a lo que ellos me estaban enseñando a través de su pésimo ejemplo. Curiosamente, mi hermana, la Nena, me dijo en una ocasión que yo también era un ejemplo para no seguir. Ella tenía bastante sentido común y no quería acabar tan jodida como yo.
Sin embargo, al menos de momento, yo me encontraba atrapado junto a mi tío, mi padre y Juan en una espiral de autodestrucción. Vivíamos a tumba abierta, como si tuviéramos un deseo subyacente de morir. Y la narrativa que nos ayudaba a seguir con nuestros desmanes era el “no pasa nada”, “es divertido”, “me río de la muerte”. Si a ese anhelo de muerte le añades vivir con el parásito de la adicción en la mente, estás jodido.
Si es cierto que el tío Patxi estaba mal, también es cierto que lo queríamos muchísimo. Siempre había sido un payaso, y un cachondo mental que nos hacía reír con sus ocurrencias. Y siempre había estado ahí. Ni siquiera después de que mi padre le diera una paliza dejó de venir a ver a sus queridos sobrinos y cuñada. Estar con él nos daba un respiro de nuestra miserable existencia, porque él siempre tenía una sonrisa para nosotros y siempre parecía estar encantado de vernos. De hecho, la única persona que me preguntó sobre mis planes de futuro fue él. Estábamos en un autobús de vuelta a Virgen del Cortijo. Fue uno de esos momentos que recuerdas siempre, porque alguien se preocupa por ti, como cuando Julia me preguntó si estaba deprimido en aquel primer encuentro con ella.
—¿Ya has pensado lo que quieres estudiar después de COU? —me soltó a bocajarro.
—Pues, no sé… Me gustaría estudiar inglés… No sé, lingüística, o algo así… Pero también me gusta la literatura.
—Pues, si estudias filología en Inglaterra, matas dos pájaros de un tiro.
En efecto, eso fue lo que hice. No se me ocurrió pensar en qué carreras tenían más salidas, como hacían otros estudiantes; solo quería aprender a escribir como mis escritores favoritos.
En Madrid no me iba mal del todo, pero era esclavo de mis malos hábitos. Solía falsificar los bonobuses para ir gratis en autobús. Un día, vino Juan a pasar unos días con nosotros y le llevé a dar una vuelta por la ciudad. A la vuelta, nos pillaron con el bonobús falso y yo salté del autobús pero, el conductor cerró la puerta dejando a Juan atrapado dentro. Yo me sentí fatal por haber metido a mi hermano en semejante lío. Él ni siquiera conocía Madrid y no sabía si iba a poder encontrar el camino de vuelta a casa. Eso si no le arrestaba la policía por falsificación de documentos. Regresé al piso de la yaya sin poder explicar dónde había dejado a mi hermano. Después de unas horas un poco tensas, apareció Juan tan tranquilo. Un día me lo llevé a comprar Codeisan y nos metimos trescientos miligramos cada uno con una caja de vino. Juan empezó con los picores característicos, pero en un plan que no era normal: se rascaba como un demente y no paraba de quejarse, así que me dejó bastante preocupado. Cuando yo acabara COU, Juan iba a venir a estudiar en una escuela de arte de Madrid, pero no le va a ir nada bien. Él se metió en líos tremendos, porque era todo un tío Patxi. Si yo estaba intentando alejarme de esos modelos de conducta proporcionados por nuestro padre y tío, Juan era una mezcla de los dos y, con lo lanzado que era, se iba a meter en unos problemas verdaderamente serios mientras yo disfrutaba de la seguridad de Inglaterra.
Pero ahora estoy en Madrid y la tía Isabel me ha dado diez mil pesetas para que me compre una chaqueta de invierno. Así que me he ido directamente a donde los gitanos a pillar jaco. Con dos talegos de ese caballo tan bueno te pones bien. Todavía me quedan ocho mil para la chaqueta. Pero de nuevo mis pies me llevan hacia el campamento a pillar otros dos talegos de jaco. Creo que fui unas tres o cuatro veces a por caballo. Al final, acabé comprando una parka barata en el rastro pero que no estaba nada mal y abrigaba bastante.
Eso de pillar jaco en la calle no me gustaba nada. Aparte de que era caro, te lo solían pasar muy cortado. Así que continué con la codeína de farmacia; al menos, con las pastillas sabías la dosis exacta que te estabas metiendo. Pero eso de saber lo que me metía, era algo que yo no podía controlar. Un día fui a visitar el Museo Español de Arte Contemporáneo, que estaba ubicado en el bonito campus de la Universidad Complutense de Madrid. A pesar de lo encantado que estaba no solo por las exposiciones de arte, sino por la arquitectura del lugar, tenía esa ansiedad característica del drogadicto que no tiene droga y me quería meter un pico de lo que fuera. Había guardado en mi cartera una papelina con un polvo misterioso que había fabricado yo mismo a base de un anestésico para los dientes. No me lo podía esnifar porque me había quedado un poco aceitoso. Estaba considerando metérmelo por vena, pero venían a mi memoria las palabras de mi amigo Javi: “un día, me metí codeína en la vena y me puse verde”. En efecto, si me inyectaba esa mezcla casera, podría morir en el acto, así que nada de picos. Pero, como ya he descrito antes, la adicción tiene ese acceso directo a tu voluntad: el bypass. Así que mis pies me llevaron a los modernos y limpios baños del museo. Saqué la jeringa, todavía pensando que no debía inyectarme ese veneno, que me iba a quedar seco en el baño. Mezclé el polvo con agua, pero no se disolvía bien. Me lo puse en la vena pensando que ese podía ser mi último pico. Todavía podía parar. ¿Acaso no deseaba seguir con vida, dejar todo esto de la droga y estudiar en Inglaterra? Pero la adicción me tenía bajo su estricto control. Mi voluntad no contaba para nada y mi sentido común había quedado anulado. Así que empujé el émbolo y me metí ese líquido que podía haber parado mi corazón para siempre. Salí del baño asqueado de mí mismo. Esto era demasiado. La verdad, estaba aterrado.
Y ni siquiera era la primera vez que me metía algo raro en las venas. Como aquella vez que me inyecté una ampolla de adrenalina en los baños de la estación de Tudela. O los picos de alcohol que me metía a veces para ver si subía, sin darme cuenta de que el alcohol puro, sin previa metabolización en el hígado, podía haberme matado. Esos picos eran horribles. El alcohol quemaba mi vena por dentro y dejaba un rastro azul cubierto de vello muerto. Obviamente, había perdido el control casi por completo. Mi adicción era un parásito con mente propia, como un hongo Ophiocordyceps, y me iba a dejar seco. La idea de escapar, de liberarme, se estaba convirtiendo en una obsesión, pero, ¿qué iba a llegar antes, la liberación o la muerte?
Un fin de semana, se me ocurrió ir a Tudela de marcha. Por aquel entonces todavía viajaba con el macuto de la marina mercante que me había regalado el Claudio Silva hacía unos años. Llegué a Tudela con mi macuto y me presenté en el piso del Javi quien, sin más preámbulos, me dijo que bajase con él a la calle.
—Tú vigila. Si vienen los maderos, me avisas.
Cogió el tío y se puso a abrir coches y a robar radiocasetes. Yo no daba crédito a lo que veía. Si se acercaba la policía y le avisaba, me iban a detener por cómplice. No me hizo ni la más mínima gracia la bromita del Javi. Ya estaba harto de peligros innecesarios, que si picos de cosas raras, que si a robar partes de coche por Madrid y, ahora, esto. Estaba espantado por la falta de libertad resultante de mi adicción y el mundo que había creado a mi alrededor. Tenía que escapar. Pero, ¿cómo?
En realidad, lo tenía muy difícil. Había llegado el verano y me tocaba quemar mi último cartucho con Juan y el Loco antes de viajar a Inglaterra. Aquel verano lo pasamos entero haciendo dedo por toda la geografía de Navarra y provincias limítrofes, de farmacia en farmacia, sacando lo que podíamos. Como ya había conseguido falsificar la receta especial de estupefacientes, de vez en cuando nos daban las codiciadas centraminas y nos agarrábamos unos ciegos de puta madre.
Sin embargo, no siempre las conseguíamos y, por lo general, nos teníamos que conformar con pondiniles o Sosegon, que eran una porquería. Así que se nos ocurrió la brillante idea de dar un palo a una farmacia para sacar de todo. Desgraciadamente para nosotros, teníamos el cerebro frito y nos faltaba imaginación para planificar el robo, así que decidimos ir a la farmacia donde el Javi y yo habíamos dado el palo un año antes. El Loco y yo nos metimos por la misma ventana destartalada, pero no encontramos absolutamente nada que mereciera la pena. Obviamente, los dueños guardaban la morfina y las anfetaminas en su casa. Regresamos a Tudela caminando con un palmo de narices y con un montón de monedas y billetes de la caja. Estábamos matando el tiempo cerca de la estación de autobuses cuando nos paró una pareja de policías municipales.
—A ver, documentación. ¿Qué llevan ahí?
Yo no sabía ni dónde meterme. Eran las cuatro de la madrugada y nos habían pillado con unas cuatro mil pesetas de calderilla. Yo ya me veía en la cárcel.
—Un dinero que hemos ganado a las cartas, —soltó el Loco muy oportunamente.
—A ver… Y ahora, ¿a dónde se dirigen?
—A la estación de autobuses a esperar que abran para ir a casa, —continuó mintiendo el Loco. Yo estaba que no me lo creía. Menuda sangre fría para soltar semejante sarta de patrañas.
—A ver, tú, ¿qué llevas en los bolsillos?
Para eso no teníamos excusas: unos frascos antiguos de la farmacia que no sabíamos ni lo que eran.
—Y esto, ¿qué es?
—Nada… Unas medicinas viejas que nos hemos encontrado por ahí.
Al final, nos dejaron ir. Si alguien denunciaba un robo de calderilla y medicinas viejas, ya sabían dónde encontrarnos. Estábamos bien jodidos. Así que se me ocurrió ir a ver a mi abogado en cuanto abriera por la mañana. Nos inventamos un buen cuento: que estábamos volviendo a casa después de una noche de marcha por el Tubo y que vimos una bolsa colgando de una moto. Que miramos a ver qué tenía la bolsa y que nos encontramos con el dinero y los botes de medicina, así que nos los llevamos. Y que, luego, nos había parado la policía y que no queríamos aparecer como autores de un robo si es que aquello era producto de un delito. Supongo que el abogado no se tragó semejante bola y nos despedimos de él sin más. Por fortuna, la farmacia no denunció el robo y pudimos seguir con nuestra vida delincuencial. Pero, entretanto, pasé unas semanas de incertidumbre pensando que mis sueños se truncaban para siempre.
La verdad, entre tanta movida, no pasaba mucho tiempo en casa. Regresaba a ver a mi madre y a robar algo de comida. Ella me saludaba con un "hello stranger" y una media sonrisa. Quizá sorprendida de verme vivo. Sin una sola palabra de admonición, ni un solo "¿dónde te metes, dónde has estado?". Quizá ella había perdido la fe en mí por completo y se conformaba con verme vivo. Ya nadie creía en mí, pero nadie me daba la espalda, ni siquiera mi propio padre. Todos tuvimos el mismo trato, las ovejas negras también. Aquí está la clave para entender por qué a mi padre se le apoyó tanto a pesar de los abusos que cometía contra nosotros y contra sí mismo: todos tuvimos oportunidades, a nadie se le dio la espalda. Yo también, en mis peores momentos recibí el mismo apoyo que mi padre. Y, sobre todo, yo nunca me sentí juzgado.
El verano continuaba con sus juergas y sus tardes de piscina, porque a los tres nos encantaba el agua. Un día se nos ocurrió la feliz idea de ir hasta Jaca a dedo y quedarnos una noche con la yaya, que estaba de vacaciones en su piso. Pasamos por varias poblaciones dejando recetas falsas en las farmacias, pero no conseguimos nada bueno. El Loco y yo nos habíamos quedado frustrados por nuestro reciente fracaso en el palo a la farmacia y no hablábamos más que de intentarlo de nuevo. Además, aquel palo anterior que di con el Javi había sido algo legendario por la cantidad de droga que nos proporcionó, así que teníamos unas ganas incontenibles de hacer algo parecido. No hablábamos de otra cosa y estudiábamos las farmacias de los pueblos: ¿Tenían alarma, o no? ¿Estaban en un sitio concurrido, o no? ¿Vivía alguien arriba, o no?
Una vez en Jaca, nos fuimos de juerga con el tío Patxi y unos amigos suyos. En un momento dado, entramos en un bar y pidieron sesenta chupitos de whisky.
—¡Venga, to’ pa dentro! Unoo, doos, trees, cuatroo…
Creo que tocaban a diez chupitos por persona. El tío Patxi estaba tan inspirado como siempre, haciendo sus gracias de tirarse cubatas por la cabeza y dar gritos de “ayatollah Khomeini” por los bares, lo cual nos hacía muchísima gracia. Después de terminar el whisky, salimos afuera y nos liamos un porro enorme pero, tras unas caladas, me quedé seco. Los demás siguieron su marcha por ahí. Cuando desperté, ya era muy tarde y no había nadie por las calles. Como hacía algunos años que no íbamos a Jaca de vacaciones, se me había olvidado cómo regresar a casa. Era de noche y la ciudad se veía muy distinta. Además, todavía estaba muy ciego y no podía ni caminar recto. Mis pies me llevaron hasta el piso de la yaya como en un sueño. De alguna manera, llegué al edificio. Me desperté antes de comer sin recordar cómo había encontrado el camino. La yaya no estaba muy contenta con nuestro comportamiento, pero yo todavía estaba aturdido por toda la mierda que me había metido la noche anterior, y no me enteraba de nada.
Juan, el Loco y yo, nos pusimos a hacer dedo rumbo a Pamplona. Hicimos noche en el pueblo de Berdún, que tiene muchas casas con blasones sobre los arcos de piedra de las entradas. Nos comimos un bocadillo en un bar y nos fuimos a inspeccionar la farmacia, pero decidimos que no era factible entrar porque era una casa familiar y seguramente íbamos a alertar a la gente si metíamos ruido. Fuimos a un parque a fumar un cigarro cuando, de repente, nos vimos envueltos en una nube de enormes escarabajos voladores que chocaban contra nosotros como kamikazes. Aquello fue como una escena bíblica. Berdún no era un sitio acogedor, de hecho, ni siquiera teníamos dónde dormir. Así que nos echamos en un campo hasta el amanecer solo para descubrir que habíamos dormido sobre un lecho de caca de oveja.
Las cosas no iban bien. Yo todavía tenía mal cuerpo por la resaca del whisky y hacía un calor horrible. Así que se nos ocurrió bañarnos en el pantano de Yesa. Después del chapuzón, estábamos secándonos al aire, cuando empezaron a acosarnos nubes de insectos. El Loco y yo los ignorábamos, pero Juan se estaba poniendo histérico. Parecía que tenía el baile de San Vito: daba manotazos al aire, patadas, se escapaba a otro lugar, pero los insectos le seguían.
—Si los dejas en paz, no te molestarán —le aconsejé.
—¡Tú siempre tienes que tener la razón! —me lanzó, fuera de sí—. ¡El favorito de la mamá! ¡El favorito de la yaya! ¡A tí te mandaron a Lekaroz y a mí, ¿qué? ¡A mí me mandaron a la mierda! ¡El niño del cuadro de honor! ¡A tí siempre te dan lo mejor! ¡Tú siempre has sido el primero, y yo, ¿qué? ¡Yo, a nadie le importo! ¡Te odio! ¡Putos mosquitos! ¡Os odio a todos! ¡Hijos de puta!
A mí se me partió el corazón. Por un lado, no tenía ni idea de que Juan estuviera resentido conmigo, porque hacía años que no me atacaba; y, por otra parte, yo no tenía la culpa de haber sido favorecido por nuestra familia. Así que me quedé sin saber qué contestar. Si yo tenía un único odio, un único resentimiento, hacia mi padre, ahora quedaba claro que Juan estaba resentido contra varias personas: nuestro padre, yo, y, probablemente, nuestra madre. Y, seguramente, el resto de la familia, que no habían hecho lo suficiente para separarnos de nuestro padre. Era obvio que Juan vivía a mi sombra con un corazón todavía más podrido que el mío, y eso me llenó de pena. Juan vivía a la sombra de todos, porque era esclavo del rencor. Es difícil decir “ahí está la vida, y aquí estoy yo: el mundo está lleno de oportunidades y voy a aprovecharlas. Voy a tomar las riendas de mi propio destino. Voy a ser libre. Voy a soltarme de las cadenas del rencor. Voy a ser responsable de mis propios actos”. Es más fácil pasarse la vida entera echando la culpa de todo a los demás. La libertad es algo aterrador, de eso no cabe duda.
La droga y la movida nos ofrecen un buen escondite para todos esos miedos, así que Juan y el Loco se dirigieron a San Fermín a seguir la juerga. Yo me fui a casa porque estaba agotado. Me apetecía dormir en una cama. Darme una ducha. Comer bien. Recuerdo perfectamente el viaje de vuelta a Cintruénigo, el hambre, las ganas de dormir, y preguntarme a mí mismo cómo mi hermano y el Mario tenían la energía suficiente como para ir de sanfermines.
La droga es un escondite y una prisión. Una trampa mortal. Una sádica dueña que maltrata a sus esclavos. Un fantasma que te convierte en zombi. Aquel verano estuvimos de juerga en la Semana Grande de Donosti, pero solo recuerdo que llevábamos un pedo enorme. Como tampoco recuerdo ir a Zaragoza al piso de uno de los integrantes de Héroes del Silencio, quien nos puso la maqueta del disco que les hizo famosos. Eso me lo ha recordado la Marga hace poco. Tampoco me acuerdo si ese verano trabajé con mi padre o no. Pero sí recuerdo que bebíamos mucho vino. Por las tardes, comprábamos una botella de clarete en el Caserón y nos la bebíamos con toda tranquilidad en el cuartillo de la Nena. Después de fumar unos porros, salíamos al Tarumbi a escuchar a los B-52’s, o a los Pixies y, de ahí, al Tubo de Tudela, o a las fiestas de cualquier pueblo. O a conciertos. Vimos a los Suaves, en Alfaro; y a los Ilegales en Tudela, que tocaron un tema de los Sex Pistols y lo clavaron. También estuvimos viendo a los Hécate, el grupo de mi amigo Mario de Alfaro. Aunque tocaban heavy metal, me quedé impresionado con la calidad de su sonido. Yo estaba en primera fila y Mario me miraba con recelo desde la batería, como si yo le hubiera hecho algo malo, pero nunca me dijo de qué se trataba.
El caso es que, ese verano, estaba descontrolando demasiado. Tanto así, que incluso mi madre, que nunca me decía nada, me llamó la atención.
—¡No te vayas a meter en algún lío que te quedas sin ir a Inglaterra! Ya sabes que está todo listo para que vayas.
—No te preocupes: solo estoy quemando mi último cartucho —le solté con la insolencia característica del drogadicto.
—¿Quemando tu último cartucho? ¡Tú estás loco! ¡A ver si te vas a morir de una sobredosis!
Mi madre tenía toda la razón, por supuesto. Pero, ¿qué puede hacer un esclavo sino obedecer a su dueño? Así que otra vez se nos ocurrió ir de movida; esta vez a Elizondo. Intentamos sacar algo de droga con nuestras recetas falsas, pero no colaron. Sin embargo, nos dimos cuenta de que una de las farmacias del pueblo no parecía tener alarma. Así que, esa misma noche, encontré una palanca en un tractor que estaba aparcado en la calle, y reventé la puerta de la farmacia. Juan se había quedado atrás, descansando en unos frontones, y no estaba de ánimo para palos. El Loco y yo encontramos metadona en pastillas enseguida, y ya estábamos buscando las anfetaminas cuando vimos que alguien pasaba por la calle con una linterna. Como éramos unos pardillos timoratos, se nos ocurrió pensar que podían alertar a la policía, así que salimos corriendo con el dinero de la caja y la metadona. Después, pensándolo bien, era obvio que el tipo de la linterna era alguien que regresaba tarde a casa, nada que ver con la farmacia. Así que habíamos dejado atrás todo un botín. En vez de sentirnos bien por haber conseguido algo de metadona y dinero, nos sentimos como auténticos pardillos porque eso es lo que éramos. Habíamos dejado pasar la oportunidad de conseguir un alijo de mil pares de cojones. Por otra parte, la metadona ya no subía como antes; era la hermana pobre de la heroína y solo nos dejaba aturdidos, así que nos vimos invadidos por la desidia y la frustración.
La vida ya no era divertida. Lo único que me ponía bien eran las centraminas, o el espid. O el caballo, si lo pasaban bien. Yo me estaba arriesgando demasiado y me estaba jugando mi futuro. Pero no era el único que estaba en una coyuntura jodida. Mis padres estaban pasando por una época de no saber qué hacer con su vida y se les ocurrió mudarse a vivir a Madrid y buscar empleos. No sé quién les aconsejó semejante majadería, pero el caso es que lo intentaron. Mi madre consiguió un trabajo de profesora de inglés en un colegio privado. Pero mi padre no tenía curriculum como para que le dieran un puesto de gerente en ninguna empresa. Así que tuvieron que regresar al pueblo. Mi padre no se daba cuenta, pero él nos había anclado a Cintruénigo. Ahí teníamos una comunidad de personas que nos conocían y se preocupaban por nosotros. Esa era nuestra base, el sitio al que regresar, donde nos sentíamos seguros al abrigo de nuestra tribu. Siempre ha sido así: siempre me ha encantado regresar al pueblo, y eso se lo debo a mis padres.
Mientras mis padres hacían sus gestiones en Madrid, yo me fui a fiestas del pueblo a dedo. Vuestro abuelo me había prohibido ir, pero ya tenía diecinueve años y nada podía hacer él. Ese fue un viaje con sus anécdotas, pero no son relevantes en este relato. Otro verano llegaba a su punto final. El tren se acercaba a su estación terminal y yo me bajaba en Inglaterra. Lo dejaba todo atrás y comenzaba una nueva etapa. Pero antes de bajar del tren, todavía quedaba un último susto.
Mi viaje a Inglaterra no estaba previsto hasta noviembre, así que tenía tiempo de sobra para unas cuantas movidas más. A Mario no le gustaba que le llamásemos Loco y siempre nos decía que le llamáramos por su nombre. Así que a Mario y a mí se nos ocurrió ir a Soria a ver si pillábamos anfetaminas en las farmacias. Como había línea directa entre Cintruénigo y Soria, nos fuimos en tren. Estuvimos dando vueltas por la ciudad, de farmacia en farmacia, sin conseguir sacar nada aparte de una caja de Sosegon. Sin embargo, Soria nos dejó impresionados por su hermosa arquitectura. De hecho, nos metimos en un par de palacios para admirar sus patios y sus sillares tallados. Es curioso comprobar que el arte pueda tener la capacidad de salvarte del infierno de la droga aunque solo sea durante unos minutos. Al final, decidimos regresar a casa. Dejé a Mario con todas las recetas y me metí en el baño de la estación. Cuando salí, vi a Mario escoltado por dos guardias civiles. Era obvio que los dos próximos años los iba a pasar en la cárcel y no en Inglaterra. Se acabó. Mientras el Loco y los guardias civiles se acercaban, pude ver mi futuro claramente: una cárcel llena de pervertidos sexuales, palizas, sida. El fin. Mi tren había llegado a muy mal destino. Tenía el estómago revuelto y me temblaban las piernas cuando me dijo el Loco:
—Que querían saber con quién estaba porque no somos de aquí. Ya les he explicado que hemos estado visitando a mi tío y que le hemos traído unas cartas.
Por “cartas” se refería a las recetas falsas que llevábamos en una carpeta.
—A ver: documentación.
Les enseñé mi carnet de identidad y nos dejaron ir sin siquiera mirar la carpeta llena de recetas y DNIs falsificados. Si digo que el susto me duró días, me estoy quedando muy corto, porque todavía siento el miedo de saber que iba a ir preso, y el terrible remordimiento por traicionar a todas aquellas personas de mi familia que habían apostado por mí. Sin duda alguna, había tocado fondo. El Mario me había salvado la vida de nuevo con sus ocurrentes mentiras, pero esto había estado demasiado cerca; tenía que terminar.
El nueve de noviembre de mil novecientos noventa y seis, fuimos a ver a Nina Hagen y Lene Lovich en el pabellón Anaitasuna de Pamplona Juan, Mario, Ricar, Fernando y yo. Pero aquel concierto fue aburrido porque la peña era bien rara. Había mucho niño pijo, incluidos algunos compañeros de Lekaroz, así que, una vez más, sentía la estúpida frustración del hedonismo: ir a buscar un gran placer solo para comprobar que, en realidad, toda esa mierda no merecía la pena. Supongo que nada es casual en la vida: mi vida punk había empezado con Nina Hagen y terminaba con Nina Hagen. Había empezado con Juan, Fernando y Ricar y terminaba con ellos. Había comenzado con la curiosidad de un niño y terminaba con la frustración, el hartazgo y la esclavitud de un puto anciano.
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Y hablando de cerrar círculos, el verano pasado ocurrió algo muy curioso cuando fuimos a una feria en el parque Eaton de Norwich. Me fijé en una mujer que estaba con dos niñas de vuestra edad. Había algo en esta mujer que me llamó la atención, pero no pude entender qué. Sí, es cierto que era alta, atractiva y que tenía un tipo atlético, pero no era eso. El caso es que yo os seguía de diversión en diversión pagando las entradas y sacando vídeos. Pronto me di cuenta de que la mujer alta nos seguía por todas las atracciones, lo cual no era extraño, ya que la feria no era muy grande. Sin embargo, dado vuestro ir y venir, y vuestra indecisión a la hora de escoger las atracciones, empecé a pensar que era bastante coincidencia que estuviera esa mujer en los mismos sitios que nosotros. Por fin, después de una hora de dar vueltas por la feria, fuimos al puesto de las hamburguesas a comer algo y ahí estaba ella también con las dos niñas. Nosotros nos sentamos en una mesa y ellas se fueron de la feria con su comida y no volví a verlas. Yo estaba con mi psicosis de siempre: que si he visto tres coches morados pasar uno detrás de otro en cuestión de dos minutos (Verdaderamente, ¿cuántos coches morados puede haber en Norwich?); que si han pasado tres coches con el faro izquierdo roto uno detrás del otro; que si he visto a tres mujeres tan altas como yo en unas pocas horas cuando, normalmente, nunca veo mujeres más altas que yo… Y siempre son tres… El caso es que no podía sacarme a esta mujer de la cabeza. Luego, en casa, pusimos los vídeos de la feria y ahí estaba ella en todos los vídeos. ¡En todos! Y no es que yo la estuviera persiguiendo de manera inconsciente, como diría un psicólogo, porque yo os estaba siguiendo a vosotros, a Liam y a vuestra madre. Fuisteis vosotros los que escogisteis dónde queríais montaros. El caso es que el último vídeo era de los autos de choque, donde también estaba ella, y fue entonces cuando me di cuenta de todo: ella era la chica de los autos de choque de mis once años. La misma chica imponente, inalcanzable, como una estrella de rock de portada de disco, con sus botas negras, el pantalón apretado, las gafas de sol y su melena rubia. A los once años me había ido a casa después de verla en los autos de choque y me había echado a llorar porque no podía tenerla, porque mi vida era un desastre, porque solo era un crío y ella nunca se iba a fijar en mí. Pero estaba equivocado. En realidad, lo que había visto en los autos de choque fue una visión de mi futuro, un futuro que me parecía inalcanzable con tan solo once años. Un futuro en el que no soy él. Un futuro en el que he conseguido curar a Felisito, en el que soy un hombre tranquilo con una familia preciosa. Yo no podía comprenderlo entonces. Esos sentimientos tan fuertes causados por una chica con gafas de sol venían del futuro, de un futuro sin abuso. El niño de once años no comprende cómo puede librarse de tanto sufrimiento y tanta ignominia y, cuando vislumbra el futuro, se asusta y llora; pero, ahora, lo comprendo. Después de cuarenta y cuatro años, la chica de las gafas de sol viene a recordarme que lo he logrado, que no vivo en una pesadilla. Soy libre.
He tenido mucha suerte de escapar vivo. En retrospectiva, considero mi infancia y adolescencia como una lucha desesperada por sobrevivir. He descrito esas épocas de mi vida como una guerra incomprensible y cruel. Primero, mi infancia, un campo minado donde caían las ostias y los disgustos cuando menos te los esperabas. Después, en la adolescencia, yo mismo cogí las armas y, como un demente, pegaba tiros al azar, y el rebote de las balas caía en aquellos de mi entorno y sobre mí mismo. Yo mismo me había convertido en mi abusador.
Pero ahora estoy seguro en Inglaterra mientras el mundo arde. Juan se fue a Madrid a estudiar arte, pero le fue fatal. Se metió en un montón de líos y acabó en la cárcel de Carabanchel. Irónicamente, lo que me tenía que haber pasado a mí, le ocurrió a Juan. Como si el cruel destino hubiera sacrificado a mi hermano para que yo pudiera escapar. El papá me dijo que lo pasó muy mal cuando fue a verle en la cárcel. Como ya he mencionado antes, vuestro abuelo tenía un umbral de empatía muy alto: sólo cuando uno estaba en el suelo sufriendo, era capaz de sentir un poco de compasión.
El Javi de Madrid me ha escrito diciendo que ha encontrado a la mujer de su vida y que se casa, lo cual me ha dejado totalmente confundido porque yo considero el matrimonio como una especie de tortura.
Mi tío abuelo Fermín se ha ordenado como sacerdote a sus setenta años. Poco después morirá de cáncer, como tantos otros de su generación que fumaron sin parar durante toda su vida. Como todo buen seguidor de Cristo, va a rechazar la medicina paliativa para sufrir el peor de los dolores y morir como su ídolo.
Por otra parte, me han comunicado que el Legarra ha sido encontrado muerto en un vertedero de basura. Ese sí que odiaba la vida. ¿Cuál habrá sido su historia? Él nunca me la contó, pero era obvio que tenía un odio terrible dentro. ¿Quién rezará por ti ahora, Javi? Que Dios te bendiga siempre.
Mi tío Patxi va a morir pronto. Lo van a encontrar en el piso de Jaca con una jeringa en el brazo, tal y como él mismo profetizó tres años antes, cuando me describió su terrible adicción. Cuando recibí la llamada telefónica de mi madre, la noticia no me sorprendió. Supongo que él mismo sabía que no iba a poder tener una familia, que le esperaban enfermedades bien jodidas, una muerte lenta, que no iba a llegar a viejo. Eso de estudiar y trabajar era más por no ser una carga económica para su madre que por ambiciones de carrera. Así que a él tampoco le cogió por sorpresa su propia muerte. El tío Patxi y yo nos despedimos por última vez en un río cerca de Jaca donde nos estábamos bañando juntos. Un río idéntico al Jordán donde Juan bautizó a Jesús. Ojalá ese simbolismo quiera decir que nos veremos pronto.
Juan morirá diez años después a la misma edad que Patxi. Solo. En medio de la noche. Su corazón va a decir “¡basta!”. Al parecer, ni siquiera se despertó. La última vez que vi a Juan me dejó mal sabor de boca. Él estaba ansioso. Fuimos a un bar a merendar y pidió demasiada comida y bebida. Sacó champán, vino, cerveza. Y, después, carajillos y copas. Pagué la cuenta y Juan todavía se pidió otra copa antes de despedirnos. Me quedé preocupado de ver a mi hermano víctima de ese frenesí. Juan estaba sufriendo mucho. Así que no me sorprendió su muerte. En realidad, sentí algo parecido a lo que sentí cuando murió el yayo: me alegré por él, porque Juan estaba atrapado en un sitio horrible. Espero que Patxi y Juan estén en el cielo. Espero que compartamos un poco del poder salvífico de Dios y podamos guiar sus almas hasta Él. Somos muchos los que rezamos por ellos, así que, si Dios quiere, nos veremos pronto y vosotros los conoceréis. Me pregunto cómo será ese encuentro; si, cuando los veamos en el cielo, Juan y Patxi seguirán siendo los dos jóvenes brillantes, ocurrentes y maravillosos que yo conocí. Ojalá sea así.
El ateísmo quiere quitaros la esperanza en la vida eterna, para que estéis desesperados por encontrar los pequeños placeres y logros de este mundo. El ateísmo te dice que el único dios que existe eres tú mismo, para que caigas en el narcisismo más frustrante. El ateísmo te dice que solo tú importas, para que termines aislado y harto de ti mismo. El ateísmo busca vaciar los cerebros de la gente para poder venderles cualquier cosa. Yo os he dicho que el amor que sentimos sólo puede ser verdadero si está fundamentado en Cristo. Solo si somos capaces de ver a Cristo en nuestro prójimo, podemos amar de verdad. Un amor verdadero no puede ser un amor de cinco minutos. El amor verdadero tiene que ser eterno, y solo si seguimos a Cristo podemos alcanzar la eternidad y validar así ese amor que sentimos por nuestro prójimo. Solo si amáis a Dios podremos estar juntos en la eternidad. Y eso va a ocurrir muy pronto, porque la vida es un abrir y cerrar de ojos.
Como ya os he explicado, mi abuela, la yaya, siempre me decía que estaba rezando mucho por mí. Yo no comprendía eso cuando me lo decía, pero nunca se me ha olvidado y, ahora, en este intento por entender mi infancia y adolescencia, las palabras de mi abuela se han convertido en una invitación. Y el invitado es Cristo Jesús. Él se ha convertido en el personaje principal de esta carta porque Él es el personaje principal de nuestras vidas. Nada puede ser comprendido si no es a través de Cristo. Nada tiene sentido sin Él.
Pero, ¿cómo se puede comprender el dolor? Si Dios es bueno y misericordioso, ¿por qué ha creado un mundo tan cruel? Sin duda, esta es una pregunta que aleja a mucha gente de Dios, y no quiero que a vosotros os pase lo mismo. Os he explicado muchas veces que sin dolor no seríamos verdaderamente libres. Cualquiera de nuestras elecciones llevaría a un mismo resultado positivo, así que no seríamos libres. Pero, entonces, ¿por qué tenemos que sufrir accidentes y desastres naturales si no tienen nada que ver con nuestras decisiones personales? Eso también está relacionado con la libertad. En un mundo verdaderamente libre, nada puede darse por garantizado, todo cambia, todo está en un estado de flujo, y ese flujo conlleva el riesgo de enfermedades, accidentes y desastres naturales. Ante una tragedia, nuestra libertad nos permite escoger entre el derrotismo o sobreponernos a las circunstancias creando un nuevo yo. Pero, ante todo, nuestra libertad nos permite negar a Dios o aceptar la invitación de amor de Dios. El que niega a Dios, se condena a sí mismo en un mundo que no tiene ningún sentido; mientras que quien es fiel a Dios, encuentra la unión con Él y la vida eterna.
El dolor está ahí con o sin Cristo. Pero, sin fe, el dolor es un castigo incongruente. A través de la fe, el dolor es la mayor forma de comunión con Cristo. En el dolor encontramos a Cristo: Él mismo nos dice “no te preocupes, yo también sufro contigo”. En efecto, Jesús se sacrifica por nosotros en la cruz y sufre con nosotros, nos da esperanza; su resurrección vence al dolor y a la muerte. Jesús nos promete que nuestro dolor es pasajero, que tiene un valor, que nosotros también vamos a resucitar a una vida eterna. Así que la elección es vuestra: un dolor ateo que es un castigo necio, o un dolor en Cristo que nos conduce a la vida eterna.
En esta carta he descrito el abuso doméstico y, durante este proceso de análisis de mi infancia y adolescencia, he descubierto y descrito el abuso sociocultural al que todos estamos sometidos. Este tipo de abuso en particular, está dirigido por Satanás en persona. Podría decirse que el hedonismo en el que vivimos tiene una arquitectura satánica porque nos conduce a la esclavitud de la concupiscencia y nos aleja de Cristo. La cultura dominante es todo un entramado de narrativas o dictados que entran en nuestras mentes a través de otras personas, de los medios de comunicación, del sistema educativo, del arte, y se instalan ahí como parásitos, imponiendo toda una serie de dogmas como una camisa de fuerza que nos liga al modelo social: la adoración a la bacanal, ensalzar el buen comer y el buen beber, el sexo como simple disfrute, y la glorificación del yo. Incluso tenemos ritos de paso como los encierros de toros, que son el sacrificio humano del siglo veintiuno. Los sacrificios humanos ponen la voluntad divina en las manos del ser humano. Se trata de tentar a la suerte, de ponerse por encima de la muerte invocando a la propia muerte. Y, de esta manera, el ser humano se ríe de la muerte y de Dios.
Pero hay muchas maneras de reírse de Dios y de rechazar su libertad: una es negar directamente a Dios y ponerse en su lugar. Porque el ser humano está diseñado para adorar a Dios y, si sacamos a Dios de la ecuación, el ser humano adorará otras cosas: el dinero, el poder, o la propia persona. Otra manera de reírse de Dios es lanzarse al vacío, burlarse de la muerte, como hacían constantemente mi padre y el tío Patxi, y como hice yo durante mi adolescencia. Me importa un bledo tu plan; no me interesa tu libertad. Eso es lo que decimos cada vez que conducimos borrachos con nuestra familia, o cuando nos metemos un pico de una sustancia desconocida. Pero la manera más rotunda de decirle a Dios que no quieres saber nada de su plan, es el suicidio, y en esa situación estuve yo a los quince años, desesperado, loco, diciéndole a Dios que no quería saber nada de su estúpido proyecto de amor y libertad. Pero, es que la libertad tiene un precio muy alto, ese es el problema. Al menos, a nosotros nos lo pusiste difícil a una edad en la que no podíamos entender nada de Tu proyecto.
Pero el que no ama a Dios, acaba esclavizado por cualquier cosa, como me pasó a mí. En aquel momento, yo no entendía el auténtico sentido de la libertad. Pero ahora veo que Cristo surge del dolor. El dolor de los niños solo se entiende cuando uno lo analiza, como estoy haciendo ahora; entonces aparece Cristo como invitado especial. Él te da las gracias por ayudarle a llevar su cruz. Hasta ahora, nunca en mi vida había comprendido el dolor de los niños. Cristo nos invita a reflexionar sobre ese dolor. Nos invita a descubrir su significado. Y entonces, del dolor del pasado surge Él, como una fuerza liberadora, como un chorro de gracia. Entonces, Cristo te hace fuerte y libre. Pero solo si comprendes que aceptar el dolor equivale a aceptar el plan de Dios, tal y como nos enseña Jesucristo: el dolor nos hace libres. Sin dolor, solo seríamos simulaciones en una matriz distópica, no tendríamos libertad física ni moral.
La libertad es aterradora. Ser libre significa comprender que tus hijos pueden morir en cualquier momento. Ser libre significa aceptar que puedes tener un accidente y quedar paralítico. Pero ser libre en Cristo también significa que tenemos vida eterna, que hay esperanza, que vamos a estar unidos a nuestros seres queridos, que Cristo sufre igual que nosotros y nos comprende, y que Él sufre con nosotros por puro amor. Ese es nuestro pacto con Dios. Y, la mejor manera de expresar nuestra gratitud por ese gran amor divino es estar felices, sonreír a Dios todos los días y decirle “sí”. Darle un sí enorme a la vida; un sí rotundo a su plan de amor.
La felicidad es un gran misterio, pero, si se mira a través de la lente divina, se puede comprender perfectamente. A mis veintiún años, vivía alejado de Dios y no sabía por qué era feliz. Un día, caminaba por el campus de la universidad y me di cuenta de que era feliz y, no solo eso, también fui consciente de que ya no me iba a deprimir más. Yo mismo me sorprendí de haber tenido esa especie de revelación. Cada año, por Año Nuevo, me preguntaba cómo era posible haber cumplido otro año de felicidad, y hasta cuándo iba a ser feliz. Tal y como no comprendía el sufrimiento de los niños, ahora no comprendía mi felicidad. Siempre he pensado que irme de casa había sido la clave de mi felicidad, pero lo que verdaderamente me hacía feliz era haber salido del infierno de la drogadicción.
Cuando iba a Cintruénigo de vacaciones, me ponía como una moto con unos cuantos cubatas, bailaba como un loco y la gente pensaba que iba ciego de anfetaminas, pero ya no me metía nada aparte de unas copas. A veces, me entraba la gente a ver si podía pasarles algo; incluso en las discotecas de Londres me pedían drogas. Pero yo estaba drogado de libertad, de felicidad, volaba por la pista de baile como un pájaro, libre de las sobredosis, libre de inyectarme mierda en las venas, libre de dar palos para conseguir droga, libre de estar todo el día preso de una neurosis monomaníaca, libre del miedo a acabar en una cárcel llena de maníacos sexuales. Era una libertad embriagadora que me hacía volar.
Uno puede hacerse muchas preguntas, como por ejemplo por qué sufren los niños. Pero también cabe preguntarse cómo es posible la felicidad en este mundo tan imperfecto. En particular, cabe preguntarse cómo mi vida se convirtió en una fiesta constante que duró muchos años y todavía continúa. ¿Cómo es posible la felicidad en un mundo tan injusto, tan cruel, tan caprichoso? Me gustaría encontrar la respuesta a esta pregunta para poder daros la fórmula. Quizá sea la brutal y obcecada resolución que tomé de joven de vivir mi vida y no dejar que nada ni nadie me joda la manta. Decidí ser feliz a pesar de los pesares. A pesar de que mi tío Patxi muriera, a pesar de que la yaya muriera, a pesar de que Juan muriera, a pesar de que mi madre siguiera sufriendo. Yo era una apisonadora allanando mi propio camino, arrasando todo a mi paso. Nada podía interponerse en el camino de mi felicidad porque ya estaba harto de sufrir. Ya estaba harto de que otras personas y eventos dictasen la dirección de mis pasos. Quizá esta rebeldía contra el dolor fuera lo que me protegió de la depresión. Una rebeldía que, poco a poco, fue dando paso a una conciencia más espiritual y congruente en el encuentro con Cristo Jesús.
Pero, como ya hemos visto, esta rebeldía no era contra el dolor en sí, sino contra la esclavitud. Yo os animo a ser rebeldes, os animo a buscar la libertad verdadera. El ser humano ha matado a Dios y ha impuesto dictaduras del pensamiento. Pero ya llevamos muchos años sometidos a los dictados ateos: todo ha sido probado y hemos visto que todo es una mentira. Cuando el ser humano le da la espalda a Dios, crea monstruos. Ha llegado la hora de volver a proclamar la libertad de Cristo. Cristo se rebeló contra el estado religioso y nosotros debemos rebelarnos contra la cultura dominante. Para proclamar la verdad de Cristo debemos ser políticamente incorrectos y luchar contra los ejércitos del pensamiento satánico.
El mundo intentará poneros una mordaza, pero yo os animo a ser rebeldes en Cristo. La cultura dominante amenaza con destruirnos, así que tenemos que liberarnos del abuso cultural. Amad la libertad como yo la amo. Mi amor a la libertad es un amor que me llevó a Cristo, porque sólo Cristo es el camino, la verdad y la vida, y solo siguiendo a Cristo se encuentra la auténtica libertad.
En efecto, darle la espalda a Dios crea monstruos. Vuestros abuelos vivían totalmente de espaldas a Dios. Se pasaban la vida quejándose el uno del otro, de sus propios hijos, de sus padres, de los maricones, de los rojos, y hasta del pueblo. Una persona libre y madura debe responsabilizarse de sus propios actos, pero mis padres eran incapaces de hacer eso: no habían comprendido lo que es ser libre. Echar la culpa de todo a los demás y a las circunstancias te ata a esas personas y circunstancias. Cuando le echas la culpa de todo a los demás, es el mismísimo Satanás quien está susurrando a tu oído, porque no quiere que seas libre.
Nosotros pasamos toda nuestra infancia y adolescencia en un pacto de odio y resentimiento. Satanás nos hablaba al oído: vuestra madre es una puta, tu padre me ha pegado, mi padre siempre fue muy estricto, el yayo es un calzonazos, mi padre nunca me dejó montar a caballo, el papá es malo, hay que matar al papá… Satanás se aprovecha de los más vulnerables, de los niños y los que se apartan de Dios, para hacerlos esclavos.
Yo ya estaba en Inglaterra disfrutando de mi relativa distancia de seguridad, pero vuestra abuela me mandaba cartas que me atrapaban, que me devolvían al pasado, al odio. Tu padre me ha pegado, tu padre me ha insultado. La monserga de siempre. Y, cuando leía esas cartas, mi cerebro hervía con el rencor más poderoso. La rabia me dominaba y deseaba su muerte. ¡¿Por qué no lo maté cuando tuve la oportunidad?! Entonces me di cuenta de que no era libre. En ese momento me di cuenta de que tenía que perdonar a mi padre simplemente para poder respirar. Pero ese perdón fue un perdón egoísta: lo hice por mí, no por él, o por Dios; no obstante, fue un primer paso hacia la liberación y, desde luego fue un paso importante para alejar a Satanás de mi vida: el perdón destruye a Satanás; no hay cosa que más asco le dé.
No sé si todo esto os suene a cuento. De hecho, ¿qué vais a saber vosotros de rencor y de odio? Y mucho menos sobre susurros diabólicos. Así que todo es un cuento. El entendimiento humano es limitado y, al final, todo son historias. Vosotros tendréis que escoger el cuento que más sentido tenga, el que dé mejor forma a vuestra vida. El cuento ateo os convertirá en perros, el cuento cristiano, en ángeles. Vuestros abuelos habían dado la espalda a Dios y se inventaron su propio cuento, uno que no acabó nada bien.
Hay mucha gente que ve el mundo de otra manera: los discapacitados. Él era uno de ellos y tuvo el castigo diario de tener una familia que no lo comprendía. Yo no le desearía eso a nadie, pero mis propios padres tuvieron que sufrirlo. ¿Qué se puede hacer con esos abusadores que no comprenden el mundo, que se encuentran atados a su discapacidad, a su maldición, aislados, solos, sin nadie que les ayude? Por eso nuestra libertad depende de los demás: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”. Ahí está la clave. Sin la ayuda y el perdón de los demás, no somos nada. Y a mi padre no le dimos ni ayuda, ni perdón. Él era un hombre que tenía dificultades para relacionarse con sus padres, con sus hermanos, con sus amigos, con su esposa y con sus hijos. Una persona que no comprendía las relaciones humanas, y la vida debió ser difícil para él.
¿Qué significa tener un hijo para una persona disfuncional? Recuerdo perfectamente la emoción de teneros a vosotros, y lo orgulloso que me sentí de vuestra madre. ¿Pero él? Él se escondía, se emborrachaba. Él no podía entender lo que estaba pasando. “Si te quedas embarazada de nuevo, lo abortas”, le había dicho a vuestra abuela después de tenerme a mí. ¡Qué miedo habrá pasado vuestro abuelo al tener hijos!
Muchos años después, cuando yo ya estaba en la universidad, solía pasar unas semanas de verano con la yaya en Pamplona, y él venía a ver a su madre totalmente enervado, diciendo las mismas burradas de siempre. Que si hay que fusilar a los rojos, que si el rey es un hijo de puta, que si lo que necesitamos es otra guerra civil. A mí me daban pena los dos, pero sobre todo mi padre, a quien ya veía con otros ojos y me daba cuenta de lo enfermo que estaba. La bronca, entonces, no iba solo con nuestra madre, sino también con la suya. Él buscaba la atención de su madre de la única manera que conocía: haciéndole sufrir.
Mi padre no podía expresar sus angustias y sus preocupaciones y salía con la monserga de que hay que matar a los rojos. Y mi madre, igual: tu padre me ha pegado… En realidad, eran dos personas que no podían entender la realidad y salían con esas quejas formulaicas que desviaban su propia responsabilidad hacia otras personas o eventos. No eran ni maduros, ni libres.
Yo soy el hombre que él no fue, el marido que él no fue, el padre que él no fue. Y tampoco soy mi madre. La vida te da la oportunidad de reparar el pasado, de hacer las cosas bien. En vez de criticar a los demás y repetir sus errores, la verdadera liberación consiste en ser el padre que tú hubieras deseado para ti mismo; el marido que hubieras deseado para tu madre.
Escribir esta carta me ha dado la oportunidad de hacer muchas cosas. Creo que comprendo mejor a mis padres. Entiendo lo que es el perdón verdadero. Sé lo que es la libertad. He tenido la oportunidad de llorar por Juan. He puesto al descubierto el abuso sociocultural. Pero, ante todo, he encontrado la respuesta a una incógnita que me ha molestado durante años: el problema del sufrimiento y de un Dios que, aparentemente, no nos protege de ese sufrimiento.
Espero que leer esta carta os dé una buena idea de quién es vuestro padre. Y espero que no tenga un efecto llamada, como lo tuvo el libro Yo, Cristina F. Quiero que comprendáis que la felicidad es posible; que os acordéis siempre de que habéis sido muy felices. Pero esa felicidad debe estar fundamentada en el amor de Dios. Que siempre disfrutéis de la dulce compañía de Cristo.
En lo que a mí respecta, me da miedo que este libro crezca; que cobre vida con cada persona que lo lea; que se multiplique por mil. Sin embargo, Hemingway nos asegura que cuando consignas tus recuerdos al papel, ya puedes olvidarlos. En Por quién doblan las campanas, el personaje principal está hablando con su propia conciencia y pensando en describir su experiencia de matar a otros seres humanos: “Pero, supongo que te deshaces de todo eso al escribirlo, dijo. Una vez que lo escribes todo, desaparece”. Ojalá las palabras de Hemingway sean ciertas y pueda dejar atrás los fantasmas de esta carta.
Por otra parte, sería increíblemente injusto que nuestro sufrimiento fuese en vano, que el tiempo lo borrase, que la vida de Juan tenga la misma importancia que la vida de un gusano que se aplasta accidentalmente en el camino. No, el sufrimiento nunca debe ser en vano. Y para que la vida de Juan tenga valor, tiene que existir el amor de Dios; si no, solo somos gusanos insignificantes.
Quisiera dedicar unas últimas palabras a mi madre y a todas las madres: Es difícil imaginar un mundo sin ti porque tú me diste la vida y, sin ti, no hay mundo. Y cuando me dices que la muerte es como apagar un interruptor de la luz, que te mueres y ya no hay nada, me rompes el corazón. Ojalá Dios escuche mis súplicas y te haga ver Su luz. Estoy rezando mucho por ti.
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