Capítulo 13
Alma de piedra
Junio 1977 - Septiembre 1978
Diez años de edad.
Redactado: mayo 2021 - julio 2021
El sol se cuela por la galería y atraviesa las puertas de cristal de mi dormitorio.
—Mamá, ¿qué hora es?
—Ya son las diez. Poneros el traje de baño y, a la piscina.
Me sorprende que me hayan dejado dormir hasta tan tarde. Este primer despertar de las vacaciones se va a quedar grabado en mi memoria como el luminoso augurio de un verano magnífico.
Como el Kike y la Nena ya son bastante grandes, ellos también vienen a la piscina con nosotros. De hecho, el verano pasado le enseñamos a nadar a la nena, que es muy valiente y ya se mete en la piscina grande. Como todos los años, nos quemamos al sol y, por la noche, va a ser difícil dormir por el picor de espalda. Al día siguiente ya está la piel que se nos pela a tiras y duele hasta ponerse la camiseta. Pero a nosotros nos da igual. Es verano y estamos todo el día afuera. Si no es en las piscinas municipales, es en el huerto, o por el pueblo. Hemos hecho amistad con un chaval que va a clase con el Juan, el Darío. Un día nos llevó por el camino de la Huerta, donde la Estanca, a buscar regaliz de palo. Lo escarbamos de la tierra con nuestras navajillas, lo pelamos y, a chupar su jugo rico y dulce. En otras ocasiones, exploramos casas abandonadas, o le invitamos a nuestra casa a escondernos por todos los pisos, o nos vamos a pescar juntos y, cuando nos aburrimos de que no piquen los peces, acabamos todos refrescándonos en el agua, que trae las emanaciones de las alcantarillas de los pueblos río arriba. Sin embargo, hoy estamos solos el Juan y yo, buceando y observando las bandadas de peces que se mueven como si fueran uno solo. De repente, el Juan saca la cabeza del agua y me dice:
—¡Los he visto, Felisito! ¡Sé dónde se esconden! Se meten en esas cuevas, —me dice, señalando un borde irregular de roca arenisca. Acto seguido, se mete de nuevo en el agua y sale con la mano llena de pececillos.
—¡Mira cuántos he cogido!
—¡Andá! ¿Cómo lo has hecho?
—¡Metes la mano en la cueva y, ahí están, a cientos! ¡Ahora tú!
Emocionado, me meto en el agua y, en efecto, todos los peces se asustan hacia unas cuevas que hay en las rocas. Meto la mano y puedo sentir cientos de resbaladizos cuerpecillos. Quietos, sin plan B, están a nuestra merced.
—¡He notado peces grandes ahí adentro, Juan! ¡Están más adentro!
Ahora se mete el Juan de nuevo y sale con peces a puñados. Pero uno de ellos no se le despega de la mano.
—¡Eso no es un pez! —le digo sin creer del todo lo que veo— ¡Eso es una sanguijuela!
Los peces acaban enristrados en un junco con un nudo en un extremo. Los dos niños primitivos del valle del río Alhama llegan a casa cubiertos de barro y orgullosos de su pesca.
—¡Mira, mamá, cuántos peces hemos cogido! ¡Los hemos pescado a mano!
—A ver… Esto deben de ser madrillas. Si queréis os las frío a ver qué tal están. ¡Pero cómo apestáis! ¿Dónde os habéis metido?
—Ahí, donde el puente. Ahí hay peces a cientos, mamá.
—Pues quitaros esa ropa y las zapatillas y dejarlas en la lavandería. Y os dais bien con la manguera.
Pero las madrillas del río Alhama tienen un fuerte sabor a fango y se quedan en el plato, así que, por fortuna para los peces del río, no volveremos a traerlos a casa. Sin embargo, el pueblo es un parque de atracciones, y pronto encontramos nuevas aventuras y territorios para explorar. Nos encanta salir al campo en nuestras destartaladas bicicletas y robar fruta de las huertas, o husmear por sitios peligrosos, como el vertedero de basura, que humea sin llama permanentemente. Si hace malo, jugamos al ajedrez, a las damas, o al Monopoly, o nos dedicamos a hacerles bromas pesadas a Patrick y a nuestros hermanos menores. Este verano de luz seguiré yendo a comprar con la mamá, y a comer con la tía Angelita y su silencio monástico. Pasaré buenos ratos con las Vicentas y sus flores, sus bromas y sus banquetes de chorizo y salchichón. Como siempre, este verano también iremos a Madrid, ese sitio donde duerme la memoria. Y vendrán los pépés con su coche lleno de delicias inglesas, la mandolina de la mamá, la bicicleta del pépé, y la voz y belleza hollywoodienses de la mémé. La mandolina no duró mucho a nuestras manos, pero la bicicleta nos vino muy bien, aunque teníamos que apoyarla contra un murete y montarla desde lo alto por lo grande que era. Los pépés nos llevarán a la piscina, se tostarán al sol en el huerto, y nos dosificarán las golosinas para que duren bastante. Habrá discusiones con la mamá en inglés y francés, con aspavientos, expresiones de exasperación y lágrimas. Los pépés le pedirán que regrese a Inglaterra con los niños y ella se negará de nuevo.
Y esto me hace reflexionar sobre un punto que ya he mencionado antes: la rivalidad visceral Inés contra Inés. Vuestra abuela tenía a su madre en un pedestal inalcanzable; la amaba con locura sin darse cuenta de que la envidiaba. Jamás iba a ganar contra la perfección de su madre sino indirectamente: consiguiendo al macho alfa por antonomasia, un hombre codiciado por las mujeres, joven, fuerte y millonario, en contraste con su propio padre, atractivo pero apocado, sin grandes medios económicos, bastante mayor que su mujer y sin dientes. Con esto, sumado a una prole envidiable y una gran familia política, estaba ganada la batalla. Y esta dinámica explica que le costase tanto apartarse de él y que lo pusiera a él por delante de su propia seguridad y la de sus hijos. Y si hago este inciso aquí, repitiendo algo que ya he mencionado en capítulos anteriores, es porque quiero añadir un par de matices a esta rivalidad madre-hija. En primer lugar, se trata de motivación, de lo que te impulsa en la vida: si nosotros nos hemos pasado la vida intentando no ser como nuestro padre, ella se la pasó compitiendo con su madre. En segundo lugar, está claro que, para la abuela, la sombra que le hacía su madre era más insoportable que las ostias y las humillaciones a manos de su marido. Y, si insisto tanto en comprender por qué vuestra abuela no nos protegió es porque, para un niño víctima del maltrato, el abusador queda prácticamente excusado por su propia locura, mientras que la actitud verdaderamente vil e incomprensible es la de la madre cuerda, la que te puede proteger o apartar del abuso, pero no hace nada por poner a salvo a sus propios hijos. En estas situaciones, los hijos suelen volverse no contra el tarado que no tiene remedio, sino contra esa otra persona o personas que, estando perfectamente en sus cabales, no hacen nada para evitar el abuso. Esto explica que mis hermanos le lanzasen los más viles insultos de vez en cuando, que no le obedecieran, y que no le tuviesen ni el más mínimo respeto, mientras que yo, afectado de un síndrome de hiperempatía, era su perrito fiel, hasta tal punto que, cuando había que hacer alguna tarea doméstica o algún recado, me mandaba a mí directamente para evitar los agravios de los pequeños salvajes de la tribu.
Ya han regresado los pépés a Inglaterra y la mamá ha llorado a mares en la despedida. Todavía queda algo de verano, de piscina, y de aventuras. Y también de disfrutar de nuestro padre de manera poco frecuente. Algún domingo, cuando está de buenas, nos manda a la pastelería del Pitillas a por una torta helada, o a por unos pasteles de nata y hojaldre para postre. Algunas tardes jugamos al Monopoly con él, o a los Juegos Reunidos. Como de costumbre, el papá tiene muy poca conversación, como no sea para contar alguna batallita de su juventud.
—Cuando estaba en el Alameda de Osuna, nos escapábamos con los caballos y los espoleábamos hasta que quedaban reventados... A ver Juan, te toca a ti. Y a veces, se desbocaban. Cuando un caballo se desboca, hay que trepar por el cuello y taparle la nariz para que se quede sin aire y se pare, si no, no paran hasta que te lanzan al suelo… Enrique, tu turno. ¡Y menudos cubalibres nos bebíamos en el colegio! Cuando venía el representante de Coca-Cola a hacer las promociones, nos la servían con ron. ¡No veas cómo nos poníamos! Y, cuando venía el imbécil del Juan Carlos, que entonces era el príncipe Juan Carlos, a ponernos diapositivas de sus cacerías por África, le tomábamos el pelo… A ver, Félix, ¿lo quieres comprar por dos mil pesetas? Te lo llevas. ¡Fíjate si éramos malos que, a los profesores, les tirábamos los libros encendidos! ¿Y tú, Nena, qué quieres hacer: compras o pasas? ¡Menudas mariscadas me daba! A los dieciocho años, el marisco sabía mejor. ¡Doce langostas podía comerme de una sentada!
Y así, continuaba, como sumido en un dulce sueño, recordando un mundo que había sido perfecto para él, y que ya no volvería. La vida jamás volverá a ser buena porque para vivir bien hay que desobedecer, humillar, estar bien borracho y gastar fortunas.
Pero el papá también era amable fuera de casa. Cuando parábamos en un bar de la carretera, escuchábamos las palabras sagradas ¿qué vais a tomar? Creo que son de lo mejor que jamás le escuché decir. Luego compraba una cinta para poner en el coche y nosotros le ayudábamos a escogerla, porque en aquellos tiempos, las cintas se compraban en los bares de las gasolineras y en los hoteles, no en tiendas de discos. Así fuimos ampliando ese repertorio musical que había comenzado en el coche con los Beatles, y en el pequeño reproductor de cassettes Philips de casa, con Tchaikovsky, Beethoven, y Elvis Presley. Ahora tenemos a Víctor Manuel, Richard Clayderman, Joan Baez, y alguna cinta de exitazos recientes. Así que el Juan y yo pasamos el rato haciendo parodias de El abuelo Vitor y otras canciones: ¡el abuelo fue picador en la cocina, y arrancando negro carbón, quemó a su tía! En aquellos tiempos, los viajes en coche podían ser insoportables, con casi cuarenta grados de temperatura, te sentabas en esos asientos de skay y te quemaban la piel. Luego, el papá no nos dejaba abrir las ventanillas hasta abajo porque se arremolinaba el viento dentro del coche y no podía fumarse sus Ducados a gusto.
—Papá, ¿puedo bajar la ventanilla?
—Pero un poco nada más, que, si no, se me apaga el cigarrillo.
Luego ponía el coche a todo lo que daba el motor, bandazo por aquí, frenazo por allá, y acabábamos todos o vomitando, o a punto de vomitar. Pero peor que las arcadas era Joan Baez, demasiado profunda y repetitiva para niños tan pequeños. Otras veces, ponía la radio y escuchábamos a Cecilia cantando Esta España nuestra o Un ramito de violetas, y el Juan y yo dale que te dale a imitar a los cantantes y meter ruido hasta que un niños, a callar nos congelaba el sudor del culo sobre los asientos.
Últimamente, me he dado cuenta de algo que no me había parado a pensar antes: Cuando os pido que me ayudéis con la jardinería, en vez de ayudarme, me dais más trabajo. Y, cuando nos vamos al bosquecillo que tenemos al lado de casa a por leña para hacer las barbacoas, en vez de recoger madera, os ponéis a enredar y no hacéis caso de lo que os digo. Y ahora comprendo que, cuando vuestro abuelo nos llevaba a la fábrica con él, en realidad le estábamos dando trabajo. Él trabajaba los domingos quizá para escapar de sus propios demonios; para ir curando la resaca y no terminar en un bar; o para evitar una discusión doméstica. Y nosotros, jodidos y jurando por no poder ir a la piscina, con mala cara y morros. El papá se solía quedar en la oficina haciendo cuentas mientras tarareaba canciones de Jacques Brel, de Aznavour, o de Roussos como el más manso corderito. Cualquier visitante que entrara a interrumpir al papá, se encontraba con un hombre sosegado, amable, educado, amante de la música y la paz. Lejos de ignorar a sus propios hijos, nos presentaba a sus amigos y siempre insistía en que éramos muy malos y, con razón, después de la sarta de insultos y quejas que le habíamos lanzado por jodernos el domingo. ¿Quién sabe por qué nos llevaba a la fábrica el papá? Podía haber pasado de nosotros por completo pero no lo hacía. Y eso que éramos como dos perrillos rabiosos, cagándonos en él y todo lo sagrado porque, ahora que no nos pagaba por ir a trabajar, la cosa ya no tenía gracia. O quizá necesitase ángeles de la guarda que le protegieran de sus demonios. También puede que nos llevara a la fábrica como quien lleva a un perro de compañía. ¿Quién sabe? Ese es el problema con las personas que sufren de una enorme divergencia neuronal, que no saben ni por qué hacen las cosas ni te lo pueden explicar.
Otra cosa en la que insistía el abuelo era en la ceremonia de las comidas y las cenas. Quizá dentro de estos rituales se sentía seguro. Para una persona tan poco empática, que no entendía el comportamiento ni el lenguaje de los demás humanos, los rituales eran importantes. Había normas establecidas, cada uno tenía su sitio, su servilleta, su plato. Se comía respetando las buenas maneras, salvo cuando le tocaba la mosca en la sopa y el plato volaba contra la pared. Pero el hecho es que siempre quiso comer en familia. Alguna importancia debíamos tener en su orden del mundo. Y eso que éramos más traviesos que yo qué sé. Como es verano, emana un hedor tremendo a queso podrido de nuestros tres pares de sudorosas zapatillas. Nos las quitamos y las olisqueamos comparando tufos.
—¡Al Kike sí que le huelen! —Declaro ante todos.
—¡No seáis cerdos! ¡A comer! ¡A la próxima te llevas una bofetada!
El ladrido de mi padre me deja helado. Pero yo no soy el único que se porta mal. El Juan y yo hemos aprendido a engullir la comida sin saborearla, pero los pequeños hacen bolas con los riñones fritos, que saben a pis y, cuando los papás no están mirando, se las echan a la Jenny, o las esconden debajo del cojín. La Jenny es una Yorkshire Terrier que tenemos en casa; los demás perros viven en Corella. Aunque cada vez quedan menos, porque el papá se está quitando el negocio poco a poco. Hoy el papá está muy triste porque su perra favorita, la Melanie, está enferma y tenemos que llevarla a Zaragoza a un veterinario especialista. El papá me deja en la furgoneta mientras examinan a la Melanie. Cuando sale del veterinario, ya no está la perra. Me dice que tenía cáncer y que el veterinario le ha dado una inyección para que no sufra. Entonces se echa a llorar. Es la primera vez que le veo llorar. Adiós a los perros, ahí quedan sus trofeos, sobre la estantería de la chimenea. Adiós a la enorme olla donde hacíamos su comida, adiós al matadero, adiós a limpiar caca de perro. Para mí, solo eran eso. Pero, para el papá, significaban mucho. Luego nos confiesa que jamás va a tener más perros, que le había dolido demasiado perder a la Melanie.
El verano sigue. Ya he cumplido diez años y se acercan las fiestas del pueblo. Como todos los años, viene el tío Patxi a pasar unos días con nosotros y nos hará reír y sufrir. Pero, el que va a sufrir de verdad este año es él, porque el vertedero de basura del pueblo no es lo único que se consume por dentro.
Otra vez he tenido la misma conversación sobre Dios con vuestra abuela y otra vez me ha dicho que no puede creer en nada. “Cuando llegué a España, aún era creyente pero entre la misa en Latín, la hipocresía de los católicos, tantas cosas vi que, rápidamente, la poca fé que tenía voló por la ventana. Me querían obligar a rezar el rosario todas las tardes, pero yo me piraba al río con tus tíos”. Para empezar, dudo que vuestra abuela haya creído jamás en Dios. Ella misma dice que tenía poca fe. En todo caso, le gustaría el aspecto folklórico y social de la religión anglicana en la que se educó, sus alegres himnos sobre todo, como ella misma me ha dicho muchas veces. Pero, si en verdad tuvo una relación cercana a Dios, esta relación fue cortada de raíz ostia a ostia, embarazo a embarazo, humillación a humillación, hasta que se quedó sin espíritu, sin carne y sin fe. Y, si la abuela pudo recobrar el espíritu humano y la carne con el tiempo, de esa fe infantil y folklórica no quedó absolutamente nada.
Pero el detalle importante de la declaración de la abuela es lo que dice sobre mis tíos: en efecto, la abuela se había casado no con un individuo, sino con una familia. En mis tíos encontró a sus hermanos soñados. Esa soledad helada, que va horadando el corazón, y que se convierte poco a poco en resentimiento hacia los propios padres, se vio curada al conocer a sus maravillosos hermanos políticos. No solo la salvaban del rosario, sino que le hacían reír, cosa que, como ya ha confesado ella antes, su marido jamás hizo. Y, si aquella vez, en el hotel Emperatriz de Madrid, cuando mi padrino Richie hizo reír a mi madre, mi padre la dejó sorda de un golpe, ahora va a ser peor. Porque el tío Patxi le hace reír un montón, despertando de nuevo esos celos rabiosos que hierven en lo más profundo y explotan en una somanta de palos. De repente se escuchan gritos y golpes. Lo de siempre, ¡zorra, puta! Aparece el papá en la galería arrastrando a la mamá de los pelos y, el tío Patxi, que no puede hacer nada por evitarlo, ¡Félix, déjala! ¿Pero qué haces? Y la mamá, arrastrada por los suelos como una bestia, gritando unos gritos que se te meten dentro, te funden el cerebro, bajan a tu estómago y a tus piernas y te hacen temblar tanto que parece que te vas a derramar por el suelo como gelatina. Ese día también le dio una paliza al tío Patxi, aunque nosotros no lo vimos, tras la cual, lo mandó de vuelta a Madrid.
El verano perfecto tuvo su broche de excremento. En ese momento, dejas de ser humano. Tu propio padre te aplasta el alma igual que le había aplastado el cuerpo a la mamá tantas veces. Nos convertimos los cuatro hermanos en estatuas de alabastro. Pero, lejos de asustarme, en mi corazón hervía un odio que podía fundir la piedra. Cuando sea mayor, te mataré.
El tío Patxi era tan rebelde como nosotros y no le hacía ni puto caso a su hermano. Todos los años volverá al pueblo a ver a sus sobrinos y no sabe bien lo que le espera. Que las personas cercanas a mi padre no se apartasen de él, incluidos sus padres, hermanos, primos, y nosotros, sus hijos y esposa, es una incógnita para la cual no creo que encuentre respuestas jamás. Sin embargo, su acusadora, su víctima, sí tiene alguna pregunta que responder. Ella misma se incrimina cuando me escribe cartas describiendo detalladamente el tipo de demente con el que se había casado porque, ¿acaso no está peor de la cabeza el que se junta con un enajenado que el propio loco? Otra vez me has escrito una carta contándome lo demente que era mi padre desde pequeño. Esto me dices: "Yo estoy convencida de que, a la yaya, le daba algo de miedo tu padre cuando le daba la 'rabieta'. Eso, y un padre muy consentidor (Hace años, por dar un ejemplo, el Ángel, el mecánico, me contó que tu padre de pequeño rompió la radio de un coche y dice el yayo: 'No pasa nada, podemos comprar otro. Un día, todo esto será tuyo', en vez de renegarlo.) Y eso de que, de muy pequeño, se cagaba por las escaleras y le aplaudían la gracia mientras, claro, las chachas tenían que limpiar la mierda. De adolescente, cuando quería conseguir algo, se encerraba en el salón del norte con un tocadiscos que ponía el mismo disco cien veces, otra de sus manías, la misma canción, vez tras vez, y se ponía a beber whisky. Tenía que dar miedo a su madre y a los demás. El whisky le daba más 'valor'. La María Jesús, la Ratona, que aún vive y fue niñera suya, siempre me decía que era un niño muy malo. No como travieso o gracioso, como Enrique, sino malo, y me enseñaba la cicatriz que tiene en la cara debido a un tremendo arañazo que le hizo tu padre en una de sus rabietas. Está claro que nació 'difícil' pero, al ser tan malcriado, y que nadie le pusiera en cintura, solo se le dio alas. Luego, no fue a la escuela hasta muy mayor. Tenía tutores en casa y entonces, no estaba sometido a la disciplina de los maestros. Y tampoco se le permitía mezclarse con los chavales del pueblo, solo unos pocos elegidos que venían a casa. Luego, el constante cambio de colegio, porque le echaban de todos lados. Pero el mal ya estaba hecho en su primera infancia, que dicen es la época más importante para el desarrollo de la personalidad de los niños". Otra vez tengo que preguntarme, ¿y entonces, si sabías perfectamente lo loco que estaba, por qué no lo dejaste cuando todavía podías? Tengo que pediros disculpas por volver a este tema de nuevo, pero espero que a vosotros no os ocurra algo parecido, porque pasaréis el resto de vuestras vidas intentando comprenderlo. Que tu propia madre no te proteja, es peor que las palizas de un tarado sin autoridad moral. Entonces, mamá, ¿qué se supone que debamos pensar? Él era un demente, de eso no cabe duda, ¿pero tú, mamá? No me atrevo a preguntarte por qué no nos protegiste por dos razones: primero, porque me vas a venir con el cuento de siempre de que en tiempos de Franco era considerado secuestro de los hijos y que, además, tenías miedo de que te matara; y segundo, porque ni tú misma sabes por qué no nos protegiste. Yo me quedo con mi teoría: tu alma estaba tan convertida en piedra como la nuestra. Cuando te vi arrastrada por los pelos, me divorcié de mi padre, y me convertí en un homicida de pensamiento, pero seguí siendo yo. Sin embargo, a ti las palizas te convirtieron en una estatua de piedra, ya no eras ni persona. Éramos títeres de alabastro colgados de ti, y tú de él, en un teatro macabro de ostias y gritos.
Aunque puede que esté complicando algo las cosas. Quizá sea mucho más sencillo: la abuela también está algo tocada. La abuela tenía una vulnerabilidad. Como ella misma me ha confesado varias veces en conversaciones recientes, hay algo en su personalidad que no funciona: una tendencia inescapable de atraer abusadores. Podría decirse que la abuela sufría de una discapacidad cognitivo-afectiva. Con esto lo explicamos todo: vuestro abuelo, un tarado en grado sumo, y vuestra abuela, una persona vulnerable. Y aquí termina esta historia. Sin embargo, quedan muchos años de abuso y de desarrollo de la mente criminal en nosotros, las víctimas, que me gustaría compartir con vosotros. También me gustaría describir la dinámica del perdón, tan importante para la liberación y para llevar a cabo una vida tranquila. Esa vida tranquila que vosotros conocéis tan bien. Y es ésta precisamente una de las motivaciones para escribir este relato: estáis creciendo pensando que la vida es una balsa de aceite y, cuando recibáis el primer golpe, os preguntaréis por qué vuestro padre no os había prevenido. Bueno, pues aquí está, este libro es mi aviso: "Peligro, la vida te da golpes". Quizá este debiera ser el título.
Como ya hemos visto, escribir este relato está dando los resultados que buscaba: vivir de nuevo en la familia desestructurada, revisitar la depresión infantil, encontrar las razones del abuso que sufrimos vuestra abuela, tíos y yo, y tratar de entender a mis padres. Sin embargo, como quedó claro en el capítulo anterior, la única manera de entender a las personas es ser poseído por ellas. Esa es mi maldición y mi aterradora misión. Y ahora estoy ardiendo. La casa no está construida de ladrillo, sino de llamas. Mi madre está ahí, en la penumbra, y alguien sube las escaleras. ¿No preguntabas si existía Satán? Pues ahí sube. Ahora toca a la puerta. ¿De verdad quieres saber si Satán es una persona independiente con voluntad propia? Tendrás que ser poseído por él. ¿O ya has sido poseído por el diablo? ¿Quién en tu vida te ha conducido al mayor de los pecados con sus peligrosos juegos? Date cuenta de una vez: ella invitó a Satán. Ella quiere domar al tigre. Ella quiere volver a ver a ese caballero que la enamoró por un breve tiempo. Por su culpa quieres cometer el peor de los pecados: el parricidio. Ardes en tu madre. Ardes en su infierno. Hace años que fuiste poseído por Satán y ahora ves que las llamas vuelven a quemarte en lo más hondo, porque te liberaste de tu padre, pero nunca te liberaste de ella.
Eres una adicta irresponsable con tu complejo de niña torpe y larguirucha, en comparación con tu madre excesivamente bella, que cantaba y bailaba mejor que las actrices de Hollywood. De repente, te ves ensalzada al paraíso del narcisismo y el éxtasis de la conquista romántica: el macho alfa por excelencia te ha escogido a ti. El más millonario, el más cortés, el más atractivo y fascinante hombre fatal. Fue como una raya de cocaína, como un chute de heroína, un éxtasis capaz de engancharte de una sola dosis. Caíste en esa horrible planta carnívora; en ese cáliz inyectado de ácido sulfúrico por el propio Satán. Él te pedía un sacrificio. Un sacrificio doble: la vida de ese demente fascinante, y la condena de tu hijo parricida en el infierno.
En efecto, las respuestas están en ti. A lo mejor ya me las has dado, pero yo no te estaba escuchando bien. Cada vez que me decías "tu padre me ha pegado, o tu padre me ha insultado por la calle" estabas diciendo "soy una niña indefensa y tú tienes que protegerme". Pero yo solo era un niño, o un adolescente, o un adulto que se daba cuenta de que la cárcel no es una buena opción de futuro. Porque esa cantinela la he escuchado hasta los cuarenta años. En efecto, toda la vida has sido una niña irresponsable. Pero yo no podía protegerte de ti misma. Porque tú estabas ahí como una hormiga en el jarro de una planta carnívora, borracha de amor, ciega ante el macho alfa, deslizándote hacia tu dulce destrucción y arrastrando a tus hijos detrás.
¡Mentira! Todo eso es mentira. Solo la esperanza nos salva. Otros están del lado del odio y el resentimiento, pero yo no. Esa es la única verdad. Como perdoné a mi padre, perdono a mi madre. Aunque a ella la había perdonado desde el principio. Esa es mi arma contra ti. Es mi arma ahora que veo la casa arder. Porque regresar al pasado a través de este relato me está haciendo volver al infierno. Pero ahora no te tengo miedo. Tus mentiras me resbalan.
Hoy es tu cumpleaños, setenta y cuatro, y ya no pienso meterme más contigo. Esas mentiras del demonio jamás me las creí, te lo aseguro. Ni siquiera las había escuchado hasta ahora. Pero Juan había puesto esa semilla en mi mente hace muchos años y, ahora que estoy explorando todas las razones y causas del abuso que sufrimos, esa semilla se ha ido transformando en fuertes voces satánicas. Tu suegra sabía bien lo que era redimir a las personas a través de la compasión. Y nosotros, tus hijos, también. Creo que nunca te hemos echado la culpa de nada. Quizá Juan tuviera sus sospechas, pero él te quería. Y no solo utilizamos la compasión para redimir a una madre que no nos protegía, sino que estuvimos siempre al lado de nuestro abusador, intentando aplicar esta misma medicina a un padre que, obviamente, era un tarado sin remedio, quizá digno de compasión. Ángel de la Guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día. Es posible que, cuando pronunciamos esta oración, simplemente estemos deseando que nuestras personas queridas no se aparten de nosotros cuando nos equivocamos. Todos tenemos hambre de comprensión. Hoy es tu cumpleaños y te mereces a tus ángeles de la guarda. Porque ninguno de nosotros somos perfectos y todos queremos una dulce compañía que muestre compasión ante nuestros defectos. Feliz cumpleaños, mamá, el regalo que deseo para ti es que puedas liberarte de esas pesadillas que te acosan por la noche.
Escribir esto no es fácil. Me paso el día en otro lugar. La gente me habla, pero yo no estoy aquí; estoy en los años setenta. Estoy en la pesadilla, en la planta carnívora, en el teatro de títeres de alabastro. Y, si este relato tiene un estructura a veces abrupta y poco coherente, es porque la vida también es incongruente y brutal. Al final, lo único que tiene sentido es el mensaje de Cristo, el perdón y la compasión que llevaron a este barco en medio de una tormenta a buen puerto. Y no es que el perdón y la compasión sean prerrogativas del cristianismo, pero encajan perfectamente en el contexto de la guía espiritual católica que recibimos de la yaya. Sea como fuere, creo que te mereces hablar. Aunque sea injusto y cruel preguntarte por qué no nos protegiste, te mereces defenderte de esas voces satánicas. Así que voy a tener que hablar contigo. Tendré que hacer lo que dije que nunca haría. Porque la teoría satánica no es mía. Como ya he mencionado antes, yo creo que el régimen de afecto-violencia-afecto al que te viste sometida te robó el alma y te convirtió en una especie de zombi. No sé cuando podré hablar contigo porque, ahora, el virus nos impide vernos y, esta entrevista, tendrá que ser cara a cara. Voy a tener que prepararme bien, porque no quiero poner palabras en tu boca. Quiero que tú misma confirmes mi teoría; no quiero que me digas que eras una irresponsable ciega de amor que siempre puso a su abusador por delante de sus hijos. Aunque nosotros estamos demasiado cerca de los hechos como para comprenderlos y quizá nunca entendamos la mecánica del abuso sufrido por muchas vueltas que le demos al asunto. Por eso quizá no merezca la pena hablar, sino sólo describir lo que ocurrió, y quizá un día, cuando Francis y Johnny lo lean, puedan comprenderlo y explicármelo.
Pero eso será en otra ocasión, porque ahora ha cambiado el tiempo, empieza a hacer fresco y ya ha comenzado el curso escolar. Estoy en quinto de Educación General Básica y, si algo hay de cierto en esa denominación es lo de general y lo de básica. Sobre todo este año que nos ha tocado un tipo repugnante por maestro: Don Víctor. Él se va a ocupar de que nuestra experiencia escolar no tenga nada de educativo, sea muy general y ciertamente básica. De nuevo tenemos que escuchar las quejas de la mamá sobre la fortuna que cuestan los libros de texto. Mientras los forramos cuidadosamente con papel marrón, la mamá se pregunta por qué necesitamos un libro de religión.
—¡En Inglaterra no hay libros de texto y se aprende más! ¿Pero, un libro de religión? ¡No me lo explico!
La bombilla de cuarenta vatios tiñe de amarillo los cuatro montones de libros sobre la mesa redonda de la galería. Estoy pensando en el derroche de dinero que son esos tomos que se van a quedar cerrados durante todo el año. Porque lo mío son las novelas y los tebeos. Tiene razón la mamá: la educación es una estafa de las editoriales. Es que ahora ya soy mayor y me doy cuenta de muchas cosas. Por ejemplo, cuando voy de compras con la mamá, me doy cuenta del cuidado y cariño que pone cuando escoge novelas para el papá en el estanco de la Mari Luz. Mientras la mamá ojea las novelas, El Cazador de Barcos, El Lobo Estepario, o alguna de Agatha Christie, mis ojos acarician en vano las estanterías repletas de chucherías. Pero, volviendo a la escuela, este Don Víctor es un cerdo: escupe en los radiadores calientes y sus escupitajos se evaporan produciendo un olor asqueroso. Fuma en clase, y sale a echarse tragos de no sé qué cosa que los demás compañeros de clase dicen que es vino o algún licor. Por si fuera poco, nos amenaza con castigos antediluvianos como darnos con la regla en la mano. Pero, lo peor de este energúmeno es que nunca enseña nada, solo deja tarea y, al día siguiente, nos pide la lección.
—A ver, ¿quién va a salir a decir la lección? —El muy burro pasea su sucio y pestilente cuerpo por el pasillo central haciendo bastante teatro, mientras las más descaradas responden “ayer salí yo, así que no me toca”. Pero yo no atiendo en clase y nunca me entero de qué lección del libro nos toca estudiar. Sale la Olivia y suelta la lección de carrerilla. Y yo me quedo estupefacto porque no comprendo de dónde ha sacado ella esa información que ahora recita de memoria. La Olivia regresa a su pupitre y ahora el gorrino sube al estrado y dirige su mirada hacia mí.
—A ver, Félix Chivite, la lección. —Pero yo no tengo ni idea de qué lección dejó de deberes. Subo al estrado avergonzado, mirando a mis compañeros de clase durante un primer silencio dramático.
—Así que Don Félix Chivite. —Suelta el muy puerco retóricamente—. Yo le di clases a tu padre en vuestra casa. ¡Quién te ha visto y quién te ve, Don Félix Chivite, el señorito! En aquellos tiempos erais los más ricos del pueblo. ¡Cualquiera se metía con el señorito! Pero a tu tío Patxi, le di yo su primer tortazo. ¡Menudo niño mimado! A mí no me falta nadie al respeto. Ni tu abuela. Ya le decía yo que sus hijos eran unos sinvergüenzas. ¡A la cara se lo decía! Cuando nadie se atrevía a decirle nada a la cara a tu abuela, no vayas a pensar, y menos aún de sus hijitos. ¡A mí no me viene nadie con chulerías! ¡A cualquiera de vosotros os suelto un tortazo que veis las estrellas! ¡Y a ti también, por muy Félix Chivite que seas! ¿O te crees que le tengo miedo yo a tu padre? Te suelto un par de tortas y le dices a tu padre que son de mi parte. Así que ya sabes… Anda, siéntate.
Estoy verdaderamente avergonzado. No me esperaba nada igual. Ese animal que jamás debió poner sus pies en un aula me largó el mismo discurso, palabra por palabra, durante todo el año. Obviamente, estaba traumatizado con mi padre y mi tío Patxi. Supongo que lo trataron como a un animal y, quizá eso contribuyese a que cayera tan bajo, porque para cuando yo lo conocí, ya se había convertido en cerdo. O a lo mejor siempre lo fue. No sé. El caso es que perdimos todo el año escolar gracias a él. A veces, se ausentaba y venía a darnos las clases Don Sabino, que era todo lo opuesto a Don Víctor: un señor elegante, educado, que nos miraba como si fuéramos seres humanos y nos contaba historias y anécdotas interesantes. Un día vino a clase y nos dijo que un compañero, uno de la familia de los gitanos, tenía que dejar la escuela y ponerse a trabajar para ayudar a su familia. Don Sabino estaba muy entristecido por este evento y lo utilizó para enfatizar la importancia de tener una educación académica. Quizá no se daba cuenta de que muchos de nosotros tampoco estábamos recibiendo educación alguna, sino un ejemplo deplorable e humillante a manos de Don Víctor. Yo les tenía bastante aprecio a los gitanos desde aquel día en la escuela de Capuchinos que me pillaron con los lapiceros de colores robados y me dejaron ir sin darme mi merecido. Me acuerdo de ese chaval, era medio rubio y de ojos claros, noble y fuerte.
Pero bueno, aparte de tener la peor bestia por profesor, este año tengo más amigos. Todavía no me hacen caso los machos alfa, pero he conseguido llamar la atención de uno de ellos y nos hemos hecho muy amigos. Al Javier Igea le dicen calavera porque es muy gracioso y enredador. Él tampoco atiende nada en clase, así que tenemos algo en común. Lo suyo es el fútbol y las bromas. Como la mayoría de los machos alfa, cuando le castiga Don Víctor con un cañazo en la mano, regresa a su pupitre diciendo que no le ha dolido. Al menos en eso estamos todos unidos, a nadie le cae bien ese tipo. Los otros machos alfa no entienden cómo el Javier Igea se atreve a violar las normas del clan y ajuntarse con uno que no es de la peña. Eso no lo pienso ahora, que solo tengo diez años, pero lo veo en sus expresiones de confusión. Prácticamente, ya tengo un pie en el grupo de los machos alfa, porque sigo siendo amigo del Javier Larraga y del Jesusín, que no son miembros oficiales de la peña, pero se ajuntan mucho con ellos. De hecho, el Jesusín se va a convertir en una especie de líder del clan durante unos años, y fue él quien bautizó a la peña como Los Bebés, e incluso compuso una canción muy verde que cantaban a todas horas. Con el Jesusín he mantenido la amistad siempre y, unos años después, en la adolescencia, cuando ya lo habían desterrado de Los Bebés, me confesó que había escrito un diario sobre los excesos y crímenes que la peña cometía cotidianamente y que, un día, lo iba a publicar. Porque los Bebés no eran tales, sino que siguieron un camino oscuro y acabaron muy mal, en lo más bajo. Por fortuna para mí, el año que viene me van a mandar a otro colegio y voy a perder el contacto con mis amigos del pueblo, así que nunca formaré parte de ese particular fenómeno que en la Ribera de Navarra llamamos peñas, una especie de tribu, un matrimonio comunal sellado por leyes naturales que se sobreentienden y nunca se expresan. Un clan donde los líderes son los que mejor juegan al fútbol; unos Señores de las Moscas rodeados de fieles adoradoras alfa. Pero esa es otra historia. Yo sigo flechado por la Águeda, y ella sigue sin hacerme caso. Claro, que nunca le he dicho que la adoro. Sin embargo, la hermana del Darío, la Isa, que repite año y la han pasado a nuestra clase, no hace más que lanzarme miradas y sonrisas desde el otro extremo del aula. Cada vez que dirige sus ojos hacia mí, siento como un calor por dentro y algo de frustración, porque soy muy tímido con las chicas y jamás me atreveré a decirle que me gustaría salir con ella.
Para los chicos del pueblo, el fútbol es una lengua franca que yo no hablo, sin embargo, estoy llamando la atención porque traigo inventos a la escuela: circuitos con timbres y luces de colores, y juguetes de madera con motores, gomas, imanes o cualquier otra cosa que sirva para impulsarlos. Hay otro chaval en mi clase que sabe algo de electricidad, el Enrique Piñero, el Quique, y nos juntamos bastante en mi casa para hacer experimentos. No solo inventos llevo a la escuela, una vez fabriqué unos juegos de Mikado hechos con mondadientes e intenté vendérselos a mis compañeros, pero nadie conocía ese juego por aquel entonces, así que no obtuve ningún beneficio de ese negocio. Sigo jugando a las canicas con el Javier Larraga y el Juan y cualquiera que se apunte en los guas del patio del colegio. Este año tenemos un montón de canicas inglesas de la colección de la mamá. Las hay algunas nunca vistas por aquí que son muy codiciadas por los otros jugadores. ¡Si llegan a saber que en casa las tenemos a cientos! Este año el Juan y yo caminamos a la escuela con el Kike y la Nena y, o llegamos tarde, ¡o no llegamos! Porque cada día siento más aversión hacia la escuela y he convencido a mis hermanos para hacer novillos. Primero en casa, escondidos en los armarios; pero eso no funciona, porque pronto se aburre uno, o hay que ir al baño, o perdemos la noción del tiempo y no sabemos a qué hora hay que salir del escondite. Así que hemos empezado a escondernos en la caseta del guardagujas del ferrocarril. Pero esto también es aburrido. Pasamos las horas sacando los libros y escribiendo cosas al azar, como en una especie de escuela en casa del apocalipsis en el American Midwest. En fin, el año escolar sigue su curso como una condena. Llegará el Día de los Santos Difuntos, con su frío de siempre y su invasión de ánimas. Llegarán las vacaciones en Madrid, ese espacio demasiado bueno para ser real. Este año se ha muerto la yaya vieja, pero no estoy tan afectado como cuando murió su hermana, la tía Modes. Me he quedado un poco perplejo ante mi indiferencia. ¡Con lo mucho que yo la quiero! ¿Será que después del primer impacto, las demás muertes ya no te causan tanta impresión? No sé… Me estoy haciendo muchas preguntas. Será que no se ha muerto en realidad, sino que ha pasado a una vida más feliz. Sí, será eso, porque estoy hecho todo un santurrón. Por las noches me arrodillo ante un crucifijo que tenemos en la cómoda del dormitorio, me santiguo, y rezo mis tres avemarías mientras el Juan se burla de mí. Pero es que él no entiende la comunión que existe entre la yaya vieja, la yaya joven, mis tías y yo. Ellas me han explicado que la muerte no es tal cosa, sino un paso a mejor vida. Así que la yaya vieja está feliz en el cielo y puede verme aunque yo no la vea a ella. Y lo de santurrón lo digo porque soy el mejor amigo de Jesús, pero mi alma ya está bien podrida. Ahora que he hecho la comunión, me siento más cerca de Cristo, pero no creo que haya confesado mi pecado de parricidio de pensamiento, y es que ya se están desarrollando en mí dos personalidades paralelas que parecen ser independientes la una de la otra: el amigo de Jesús por una parte, y el niño diplomático, retorcido y mentiroso que las mata callando por la otra. Pero volviendo al dormitorio, ya he terminado mis rezos y lo que me interesa ahora son las bicicletas.
—Ahora que tenemos la bicicleta del pépé, podríamos ir hasta Fitero.
—Sí, pero no tiene marchas. Lo que necesitamos es una bici con marchas para ir a toda velocidad.
—El papá dice que va a comprar una Razesa.
—A ver si la compra pronto. Y una escopeta de perdigones para matar pájaros.
—¡Eso sí que me gustaría! Salir a cazar… Podríamos hacer unos tirachinas de campeonato. Con eso también se puede matar bichos.
—O un arco con flechas. Mañana podemos hacerlo.
En esos momentos, libres de las leyes de los mayores, éramos niños felices. Nuestra fantasía nos llevaba a otros mundos. Mundos infantiles de tirachinas y bicicletas. Los arcos se construyeron, y las flechas y los tirachinas, pero no servían para matar pájaros. Incluso la mamá nos dio algún consejo para tensar el arco. Ahí estabas tú, mamá, en el huerto, saliendo de la depresión a ratos y participando en nuestros infantiles proyectos.
—¿Por qué no nos vamos a vivir a Inglaterra, mamá? Ahí el papá no te podrá pegar. Ni a nosotros.
—Ya veremos hijos… Ese palo no sirve, tiene que ser más flexible.
—¡Ojalá se muera! —añade Juan.
—¿Me ayudas a atar el nudo, mamá? Los pépés quieren que vayamos a vivir con ellos...
—Ya hablaremos de eso en otro momento, anda…
—¡Menudo arco! —exclama el Kike.
—Faltan las flechas, mamá.
—Las flechas tienen que ser rectas; ese palo no va a servir.
—Pues aquí no hay palos rectos…
—Anda, iros a la carpintería y que os den unos listones finos para las flechas, y de paso, os traéis una bolsa de recortes para la estufa.
Estamos atrapados. Los niños, por mucho que lo deseen, no pueden divorciarse de sus padres. Y cada día odio más mi vida y odio más a mi padre. Lo que no quiere decir que no me guste ir con él de viaje. Y es que nuestra relación con nuestro padre es una de las grandes incógnitas de este relato, porque todos nos pegamos bastante a él cuando está de buenas, incluido el Juan. Bueno, a veces son viajes, y otras veces son los bares del pueblo o algún pub o barra americana. Esta tarde llega el papá del alabastro un poco alterado porque hay que comprar un coche nuevo y eso es complicado porque siempre hay que mendigar el dinero. Inés, plánchame el pantalón, ya sabemos lo que significa, y hoy me lleva con él a la barra americana del Dionisio. Las chicas en bañador nos rodean con su amable conversación mientras Boney M dice She's crazy like a fool, What about it Daddy Cool? al tiempo que una corista emite gemidos eróticos en el fondo. Solo tengo diez años, pero me doy cuenta de que esa música tiene algo que ver con el mundo de los adultos y me avergüenzo de estar ahí. A pesar de las partidas gratis en la maquinita, y las amables atenciones de las chicas, desearía que me tragase la tierra. Pero el papá no les hace caso a las chicas, él solo va ahí a tomarse unos cubalibres y hablar con el Dionisio. ¿Por qué me llevabas contigo, papá? ¿O era la mamá la que me mandaba contigo para que volvieras pronto a casa? Se lo tendré que preguntar. Bueno, gracias al internet, la mamá y yo estamos en contacto constante y se lo acabo de preguntar y me ha dicho que ella no me mandaba con él, lo cual me ha dejado bastante tranquilo porque, pensar que una madre pueda mandar a su hijo de viaje y a bares con un alcohólico que desafiaba a la muerte por diversión, me tenía un poco preocupado. Me ha dicho que era él quien me llevaba porque no le gustaba ir solo a ningún sitio. Pero él no me hubiera llevado tanto de viaje y de bares si no me apreciara al menos un poco, como se quiere a un perro al menos. En fin, esta noche es otra de tantas aburriéndome con mi padre, sin escenas ni ostias al volver a casa. Las escenas y las ostias están reservadas para el día siguiente. El papá está con su monólogo de siempre.
—¡Cuatro millones dice que me presta el Dioni! Y, ¿sabéis qué le he dicho? Que no. Que no quiero tener deudas con mis amigos. ¡Cuatro millones! ¡Tiene tela! ¡A mí cuatro millones me las repampinflan! ¡Y el coche nuevo también! ¡Te voy a dar yo cuatro latas! ¡Os voy a enseñar lo que hago yo con un cuatro latas! ¡Vamos, todos al coche!
El papá está fuera de sí por alguna razón. Nosotros estamos muy asustados y no queremos salir de casa. Pero el papá se pone violento, nos agarra a todos como una tormenta que levantase las casas en el aire, incluida la mamá, que se resiste en vano.
—¡No, Félix, nos vas a matar!
—¡A callar, todos al coche! ¡Os voy a enseñar lo bien que va el coche nuevo!
El papá nos empuja escaleras abajo y nos mete en el coche. Como siempre, noto que la sangre me hierve y lo quiero matar. El papá acelera como un loco hasta la explanada de la estación de tren y se pone a hacer trompos a toda velocidad.
—¡Toma coche nuevo! ¿Os gusta? —Y nosotros rogando inútilmente, como siempre:
—¡Por favor, papá, tengo miedo! ¡Para, papá, por favor!
El coche derrapa sin parar y se pone prácticamente sobre dos ruedas. A pesar del miedo no puedo dejar de admirar la habilidad de mi padre para dominar el coche. Mientras la mamá grita y los pequeños lloran, el Juan y yo estamos empezando a ponernos histéricos y a reírnos como idiotas. Una vez vencido el miedo inicial, estamos casi disfrutando como disfrutan los presos o los esclavos una vez que han abandonado su rebeldía y su sumisión es completa. Miro por la ventana del cuatro latas y veo saltar la grava y subir el polvo. Y el papá, con el demonio dentro, que no para.
—¿Miedo? ¿Quién tiene miedo? ¿De qué, de matarnos? ¿Quién quiere morir? ¡Toma cuatro latas! ¿Miedo, eh? ¡Toma miedo! —grita desquiciado con cada volantazo.
El coche levanta una nube de polvo que engulle a la mamá, y al papá, y a los cuatro niños aterrorizados y forma una cicatriz eterna en la memoria. Ahí estuvimos, ahí estamos, y ahí estaremos, atrapados en un coche, dando trompos en la explanada de la estación durante toda la eternidad.
El invierno siguió hincando sus carámbanos de hielo en nuestros corazones. Zapatillas mojadas, manos azules, niños que tiritan alrededor de una estufa medio apagada. La única esperanza es Madrid, o pasar un rato en casa de la tía Vicenta, o soñar que crezco y me voy de casa, o incluso que se muere el papá y nos deja tranquilos. La memoria está cubierta de horribles cicatrices, pero lo que no recuerdo también es importante. Lo que no recuerdo también pinta un paisaje de lo que fue y no fue de nuestras vidas. No recuerdo reírnos todos juntos, como lo hacemos nosotros ahora. No recuerdo gestos cariñosos entre mis padres, como vosotros sí los recordaréis de vuestros padres. No recuerdo que nuestro padre se ensañase con sus hijos, ni que nos hostigara. Como tampoco recuerdo ningún gesto cariñoso suyo ni de mi madre hacia nosotros. No recuerdo que viniesen mis padres a recogernos de la escuela jamás; ni recuerdo que nos ayudasen a hacer los deberes del colegio. No recuerdo que nos arropasen con cariño antes de dormir; ni que charlaran un rato con nosotros antes de darnos un beso de buenas noches. Nunca jugamos con ellos al balón, aunque sí al Cluedo y a las damas. Tampoco recuerdo cosas verdaderamente deleznables aparte de las palizas e insultos que se llevaba mi madre. No hubo abuso sexual, ni humillaciones más allá de los insultos mutuos. Ni se puso nuestro padre en un pedestal inalcanzable de virtud e integridad, sino todo lo contrario: se hundió tan bajo que su autoridad quedó totalmente anulada, dándonos plena libertad moral. Una libertad moral que terminamos por abusar, como veremos más adelante.
La vida de los niños abusados es parecida a la de los esclavos: te pasas el día odiando a tus dueños, pero dependes de ellos; sueñas con escapar, pero no puedes irte; te centras en disfrutar de lo que puedes, mientras ves a los demás niños gozando de la vida. Te planteas morir o matar. Acabas odiándote a ti mismo y eso es lo peor: perder la autoestima. Y, cuando tienes la autoestima baja, eres más vulnerable todavía y vas cayendo más profundo en la demolición de tu persona. Al final acabas en un círculo vicioso de humillación y abuso. Porque el abuso familiar nos dejó totalmente vulnerables al abuso social: el hedonismo brutal de los años setenta ya nos tiene bien atrapados, pero no ha hecho sino dar comienzo. Los mensajes moralistas de la yaya y de los curas se ahogan bajo la marea de los sentidos: la pornografía está en todos los escaparates y en el cine; en la televisión salen puercos que nos hacen reír con chistes verdes y doble sentido; nuestra cultura nos invita a cantar canciones a la Cabra, a rendir culto al buen comer, y al buen beber. En las fiestas del pueblo, el tío Julián regala sangría y nos la bebemos hasta vomitar. En los cuartillos de fiestas se bebe zurracapote y todos estamos invitados. La juerga se va a convertir en algo primordial al tiempo que la mujer se va ir objetizando hasta convertirse en un mamífero al que dar caza al abrigo de la noche. Podría decirse que me estoy adelantando un poco ya que tan solo tengo diez años, sin embargo las narrativas que forman la base de las tendencias culturales hedonistas ya han tejido su tela y yo soy un mosquito que vuelo atraído por el dulce aroma del sexo, el alcohol, y la música, ignorando a la araña a pesar de las advertencias. Porque el hedonismo utiliza la burla para engañar a sus enemigos: mojigatos, santurrones, la misa pa' los curas; y las verdades evidentes: solo se vive una vez, la vida es para disfrutarla. Y así, poco a poco, nos están llevando al matadero como a ovejas. Y si estoy escribiendo esto ahora es porque cuarenta años después, el hedonismo ha ganado la batalla y ya nadie cuestiona su poder. El único final posible de la película es llevarse a la chica. Lo que ocurra después, no tiene importancia. Los héroes del cine comercial son cada vez más musculosos y destructivos; y las heroínas, más dependientes y sumisas. El machismo más terco y virulento se extiende como la hiedra sobre un roble hasta dejarlo seco, pero las masas adoran esas películas. Las voces de la televisión y el internet te convencen de que debes consumir ya, no esperes hasta mañana. Y veo que, como padre, lo voy a tener imposible para detener esa mole, esas narrativas que lo convierten todo en un acto de consumo; por mucho que recemos y hablemos del tema, sé que caeréis como caí yo. Por eso os digo que, cuando estéis tan saciados de todo que lo estéis vomitando, cuando por fin os deis cuenta de que las conquistas románticas, el éxito profesional, el dinero y la vanidad os han dejado vacíos por dentro, espero que os acordéis de vuestra educación religiosa, porque, al final, solo eso tiene sentido. En nuestros rezos y nuestras charlas teológicas encontraréis la más segura red de trapecista. Ahí estará, esperando para brindaros la protección y la paz cuando la vana saciedad os haya dejado secos por dentro. Así como yo acabé por darme cuenta de la gran mentira y busqué a Cristo ya con veintisiete años, espero que vosotros también sepáis encontrar a Cristo porque esa es la única salvación y la única verdad: Via, Veritas, Vita.
El invierno ha quedado atrás, la primavera ha desaparecido bajo un sol abrasador y ha dado paso a otro magnífico verano, con su piel quemada, su piscina, su Madrid y sus traumas familiares. Este verano nos ha llevado a Madrid el Avelino y si llegamos vivos, fue un milagro, porque se pasó el viaje cantando a pleno pulmón Por el amor de una mujer de Dani Daniel. Nos miraba a nosotros en vez de la carretera. ¡En un momento dado, coge y empieza a quitarse el jersey sin ver la carretera y sin las manos en el volante! Cuando por fin el jersey destapa su cara, nos mira riendo: “¡No os asustéis, que vais bien con el tío Avelino! ¡Mira, ahora sin manos y sin pies!” Y el Avelino se ríe con esa risa suya llena de alegría y bondad. En sus ojos se nota que está enamorado y, cuando canta a grito pelado "todo me parece como un sueño todavía" ya sabemos en quién está pensando, porque la Isa es preciosa. El papá está trabajando en otro alabastro ahora, con la Isa y su hermano Claudio, el Avelino, el Velillas y el Pito. Estos dos últimos son unos tíos divertidísimos, siempre haciendo bromas. Entre todos nos están enseñando a trabajar el alabastro. El Claudio nos ha enseñado a tornear la piedra, que es muy peligroso porque te salta polvo a los ojos y, a veces se parte la piedra y sale volando por los aires. De vez en cuando, traen carne y hacemos una costillada improvisada y bebemos cerveza con gaseosa. Coge el Avelino el porrón y dice "mira, así se bebe", y lo sube hasta arriba estirando el brazo, "ahora tú". Pero yo no me atrevo y lo acerco mucho a mis labios. "¡Así no, corto! ¡Estira el brazo!" Y acabo empapado de cerveza con gaseosa. En otras ocasiones traen queso y chorizo y hacemos un almuerzo y bebemos agua del botijo. Y otra vez a estirar los brazos, porque el botijo pesa y hay que agarrarlo bien. Coge el Velillas y se echa agua del botijo por la cabeza y la cara. Y el Juan, que le encanta hacer el payaso, coge el botijo y se riega de agua helada y va por ahí diciendo "mira, me meao". El alabastro está en pleno auge. Fíjate que un día se murió el padre del Cejas, el serrador, y entre todos los compañeros le regalaron un coche nuevo como consuelo. Lo pasamos bien en la fábrica… Bueno, no siempre, porque ahora los trabajadores están de vacaciones y nos ha dicho el papá que tenemos que limpiar los montones de polvo de alabastro que hay al lado de los tornos, los discos y las sierras. Estoy mirando la enorme fábrica con sus toneladas de polvo y no me lo puedo creer. ¿Es que no se da cuenta de que solo tenemos nueve y diez años? Como siempre, el Juan y yo no dimos ni palo. Nos pusimos a jugar y a tirarnos bombas de alabastro. El Juan acabó hecho un estatua blanca. No sé cuánto tiempo pasó, porque cuando eres un crío y te lo estás pasando bien, el tiempo vuela. El caso es que, de repente, aparece el papá hecho una furia, lo cual nos chocó un poco, porque, normalmente, solía estar tranquilo en la fábrica. Nos agarró de las orejas y nos arrastró hasta el coche, que ya no era un cuatro latas, sino un Simca 1000. Entre gritos de ahora sí que os vais a enterar y os voy a enseñar a hacer el payaso, encerró al Juan en el maletero. A mí me dijo que subiera adelante. Ninguna paliza me ha dolido jamás tanto como ese trato inhumano al que sometió al Juan. Eso y cuando lo lanzó contra la pared hace unos años. Llegué a casa con el corazón en el estómago preocupado por el Juan, pensando que estaría mal herido por los golpes y baches del camino, pero estaba bien. ¿Y qué pensaría él? ¿Cómo le afectarían a él estas humillaciones y ensañamiento? Si yo ya me estoy hundiendo, con la autoestima por los suelos, ¿cómo te sientes tú, Juan? No me atrevo a pedirte que me escribas un párrafo porque en el capítulo anterior me lo hiciste pasar mal. Sólo puedo imaginar lo que pasaba por tu mente y recordar lo mucho que le odiabas. Tú también decías ¡ojalá se muera! Éramos dos parricidas de pensamiento.
Nos habíamos ido a Madrid a disfrutar de un poco de paz y protección y acabamos en medio de una enorme bronca, cubiertos de polvo de alabastro, y con un susto de los gordos. Y es que la protección de Madrid tenía sus límites. Pero no es solo nuestro padre el que abusa de nosotros. El acoso cultural es constante y subrepticio. Ahora dicen los papás que ya soy mayor y que puedo ir al cine con ellos así que he tenido que tragarme películas horribles para adultos como Taxi Driver o Marathon Man. Todavía recuerdo a Jodie Foster interpretando a la joven prostituta de doce años, o a Dustin Hoffman, corriendo en la noche después de sufrir todo tipo de torturas. ¿En qué estarían pensando mis padres para hacerme ver semejantes películas? Pero peor aún fue cuando vino la tía Isabel y nos llevó a ver Soldado azul. Como era nuestra costumbre, la tía Isabel nos daba nuestra gran fiesta de golosinas y afecto y, luego, nos llevaba al cine al Juan y a mí. Nosotros pensábamos que íbamos a ver una de vaqueros, pero Soldado azul describe de manera gráfica la masacre de los indígenas norteamericanos, e incluye escenas donde los soldados matan a niños y mujeres, y una escena de violación que parecía no terminar nunca. Me entró un tembleque y ganas de llorar mientras la cámara enfocaba el trasero desnudo del soldado. Quería que el asiento del cine se me tragara. Ese abrir los ojos a la perversidad humana al lado de mi querida tía Isabel supuso un quebrantamiento manifiesto de la protección de Madrid, un sacrilegio. Ni siquiera con ella estábamos seguros. Cuando se me pasó un poco el choque, miré a la tía Isabel buscando alguna señal, alguna respuesta, pero ella seguía con los ojos en la pantalla. Quizá nada grave había ocurrido. Quizá la vida era eso, una masacre de inocentes, una violación de tu seguridad física y mental. Pero imagino que la tía Isabel estaba tan horrorizada como yo. Dadas las circunstancias de mi niñez, no se puede decir que a los diez años tuviese algo de inocencia que perder, pero las escenas de sexo, de torturas y masacres de esas tres películas marcaron un momento específico en la pérdida de mi inocencia.
Pero es que la cultura hedonista de la que estamos tan orgullosos continúa con su acoso implacable: Raffaella Carrá nos dice que para hacer bien el amor hay que venir al sur, y eso que yo solo tengo diez años. No sé qué pensar del asunto, pero imagino que tiene que ver con dar besos a una chica. Umberto Tozzi canta sobre una tal Gloria, y que quiere quemarse en su fuego, y no sé qué otras cosas increíbles. Las canciones en inglés no las entiendo, pero transmiten una sensualidad y una invitación al sexo que es evidente aunque no se entienda la letra. Bonnie M es un experto, por eso se escucha tanto en los prostíbulos cuando me lleva el papá. Este verano Donner Summer va a sacar su I Feel Love, que es el colmo de la sensualidad; y las chicas de Baccara, con voces de sumisa seda y gemidos sexuales, le dicen a un señor que si lo prueba una sola vez, volverá a por más.
Los golpes llegan por todos los lados, a veces frontales, otras veces ocultos en una película o una canción. Pero hoy no hay abuso. Hoy regresa el papá de un viaje al norte. Ha aparcado la furgoneta al lado de la puerta del huerto y nos ha llamado a todos para que veamos la gran sorpresa que nos ha traído. La mamá baja también y creo que está sonriendo. ¡De la parte trasera de la furgoneta salen dos cabras! Durante unos momentos, o días, quizá, los papás parecen felices con el proyecto de las cabras. Para nosotros, los de la tribu, las cabras van a proporcionar una excelente munición para tirar desde la terraza sobre la cabeza de los viandantes, y para disparar a toda presión por la manguera de agua. Además, vamos a organizar encierros con ellas, solo que vamos a ser nosotros los que las vamos a perseguir por todo el huerto hasta que suban a la terraza y se lancen por encima de los grandes rosales hasta abajo. De vez en cuando, viene algún amigo, el Darío o el Víctor, que también va a clase con el Juan y es un calavera de los gordos, y organizamos unos encierros de aupa, con corrida de cabras, lanzamiento de caca, y guerra de manguera a base de zurrutos y agua. Parece que los papás quieren transformar el huerto en una granja y han aparecido patos y gallinas también; eso unido a los conejos, los gatos y la Jennie. Para nosotros es una gozada tener tantos animales para enredar, perseguirlos y hacerles sufrir un rato. Y viceversa, porque los gatos siguen llenándonos de arañazos y las cabras también se defienden de vez en cuando. La mamá parece contenta a ratos, y la oigo cantar por ahí Save your kisses for me, que ganó Eurovisión el año pasado.
—Mamá, ¿qué significa kisses for me?
—Besos para mí.
—Ah… Yo sé I love you baby, te quiero baby.
—Pues deberías aprender inglés.
—A mí me gusta el inglés. Thank you significa gracias. Si me enseñas, cuando vayamos a vivir a Inglaterra, podré entender lo que me dicen.
La mamá me dio unas cuantas clases de inglés en el huerto con un libro de Longman que seguía un método gramatical muy anticuado: This is a train. The train is big. Y creo que no pasé de esa primera lección. Es curioso que mi madre decidiera seguir un libro de texto, cuando lo único que tenía que hacer era hablarme en inglés como lo he hecho yo con vosotros, de manera que, cuando nos trasladamos a vivir a Inglaterra desde Perú, el idioma no supuso un problema para vosotros.
Hoy es domingo y toca misa infantil de once. Los de la tribu no quieren ir, como de costumbre, porque eso de la religión no les convence del todo y hay que obligarles. Y eso que los pequeños ya están pensando en su primera comunión. Creo que a la misa de once todos vamos obligados, pocos cantamos y, cuando cantamos, lo hacemos sin ganas. A veces, una señora de las que se sientan en primera fila, se vuelve y nos grita a toda la congregación en medio del himno que levantemos la voz. El Juan y yo ya llevamos dos o tres años de misas infantiles y se nota el cansancio, así que me vuelvo a ver a quién conozco entre los bancos. El Óscar Villanueva está sentado al otro lado de la iglesia con algunos de su clan que no paran de darse codazos y patadas, y nos lanzamos mutuas miradas de recelo. Estas misas de once se eternizan un poco y ya no sé hacia dónde dirigir la mirada. La Águeda está unas filas más atrás, guapísima en su ropa de domingo, pero ella nunca se fija en mí. Los machos alfa cada vez se juntan más con las chicas alfa y, después de misa, seguramente acabarán en el estanco de la Puri, la madre del Jesusín, poniendo música de Electric Light Orchestra en la máquina y fumando tabaco rubio. Por fin, el cura dice podéis ir en paz y salimos como una manada de ñus, empujándonos los unos a los otros. No sé cómo ha sido, pero el Kike y el Óscar Villanueva se han enganchado a la salida y, por instinto, me lanzo a por el Óscar y él a por mí en medio de la muchedumbre. Antes de que lleguemos a los puños, nos separan algunas mujeres que no paran de lanzarnos expresiones de desaprobación al mismo tiempo: ¡Qué vergüenza, pelear a la salida de misa! A mí me parece increíble que el Óscar se haya atrevido a atacar a uno de mis hermanos. Y pensar que podíamos haber sido tan buenos amigos si ese primer día de clase en primaria me hubiese dejado deslizarme por el banco de tobogán con los demás chicos de la peña.
En fin, todavía queda algo de verano y este domingo lo pasamos en la piscina disfrutando de lo lindo. Aquí, el Juan y yo nunca peleamos. Hacemos desafíos a ver quién va más lejos buceando. O nos gritamos por debajo del agua para comprobar la transmisión del sonido. Juaaaaaan, grito mientras él espera el mensaje unos metros más allá.
—¿Me has oído?
—Sí. Se oye perfectamente. Ahora, yo.
Y el Juan grita mi nombre, que se escucha bien. Lo que resulta más difícil es vocalizar correctamente sin respirar pero, como somos unos payasos, se nos ocurre decir cualquier tontería a ver si el otro entiende el mensaje. ¡Eres un burroooooo!
—Me has llamado “burro”, —dice el Juan—. Ahora, yo.
—¡Eres un cerdoooooo!
Mientras Miguel Gallardo llora hoy tiengo ganas de ti y los de Mocedades piden tómame o déjame por el sistema de megafonía, nosotros pasamos el rato buceando, aprendiendo a saltar de cabeza, o nos vamos a la piscina pequeña a buscar al Kike, a la Nena y al Patrick para jugar con ellos en esa sopa de mocos y pis. Estos son nuestros momentos más felices en Cintruénigo: la libertad de las piscinas públicas. Y, ahora, cada vez que estoy en una piscina, me acuerdo de ti y te grito debajo del agua “Juaaaaan”. A veces pienso que estoy un poco tarado, pero no puedo evitarlo: meterme en una piscina hace que me sumerja en esos momentos eternos contigo. Mientras mis ojos se entretienen con los reflejos dorados del sol y mi cuerpo desafía la gravedad, apareces tú, con tu pelo rubio y tus brazos meciéndose en el agua, esperando mi mensaje.
Julio Iglesias nos despide de la piscina diciendo que quiere enseñarnos un camino en el mar y nos vamos a casa a cazar moscas, o a jugar con el Quimicefa, o al Mastermind, o quizá a fabricar una bomba enorme para asustar a los viandantes que puedan pasar cerca de casa. En otras ocasiones, me libro de mis hermanos y voy a jugar con el José Manuel y el Jesusín a polis y cacos, o a los vaqueros, por todo el pueblo hasta las tantas. Aparte de perseguir a las cabras por el huerto, los niños de la edad de piedra también nos dedicamos a recoger caracoles, que terminan haciendo la purga en un saco de tela en la despensa de la cocina esperando el día en que mi madre los cocine en una deliciosa salsa. Algo terrible que ha pasado este verano y es que se ha roto la tele y mis padres no van a comprar una nueva. Así que nos vemos obligados a salir constantemente de casa a ver nuestras series favoritas. Normalmente vamos al Granada o al Tarumbi, a pisar cáscaras de pipas y cacagüetes. Echamos una partida en la maquinita, nos pedimos unos pepinillos o unas cebolletas si tenemos algo de dinero, y nos dejamos hipnotizar por Mazinger Z y Afrodita A con esos misiles que dispara desde sus pechos. Pero, si nos hemos quedado sin televisión, ahora tenemos bici nueva. Por fin el papá ha comprado la Razesa, una bicicleta de carreras de verdad, con el manillar en curva, un montón de marchas y unas ruedas delgadísimas. La Razesa es enorme y apenas llegamos a los pedales pero, al Juan y a mí no hay quien nos pare y nos las ingeniamos para montarla. ¡Esta sí es una bici como Dios manda! El papá no la usó mucho, así que el Juan y yo podemos ir a Corella y a Fitero con la Razesa y la bicicleta del pépé, que no tiene marchas, pero es muy buena.
En realidad, este verano va a estar lleno de sorpresas. Un día regresa el papá de un viaje a Andorra con un radiocasette enorme que graba canciones de la radio y suena de maravilla. Así que me grabé un cassette con una música medio triste: Silly Love Songs y Let Them In, de Wings, It’s Too Late y You’ve Got a Friend , de Carol King, Isn't She Lovely, de Stevie Wonder, Evil Woman, de ELO, y Summer in the City, de Lovin’ Spoonful. Me ponía mi cinta una y otra vez y las melodías melancólicas de Carol King reflejaban perfectamente ese estado de ánimo del esclavo, del preso, del día nublado eterno, de un joven atrapado en un estúpido cuerpo de niño. Yo quería volar, liberarme, escaparme con la Águeda, irme a Inglaterra, o al Caribe, a donde fuera. Emilio Salgari llenaba mi cabeza de fantasías de piratas y Enid Blyton de fantasías de niños libres. Y las canciones de mi cinta me transportaban a lugares lejanos donde se hablaba inglés. En el escenario de mi memoria, lo único dorado que queda en la casa destartalada son los rayos del sol que se cuelan por las ventanas de la galería. Estoy echado en la cama del Juan y la depresión hace que me sienta solo aunque esté rodeado de mi familia. Ahora ponen en la radio El chico de la armónica de Micky. ¿A dónde vas? Ojos tristes al mirar. ¿A dónde vas? Sin amigos, sin hogar. Me identifico con el muchacho de la armónica y tengo visiones de un Felisito que toca melancólicas melodías en la armónica. Y eso es lo único que necesita el Felisito, su armónica; el resto del mundo se puede ir al cacho.
El papá sigue con sus monólogos y sus amenazas. Lleva años amenazándome con meterme interno y, ahora, parece que va en serio. La mamá está muy emocionada porque voy a ir a un colegio famoso estilo inglés y yo estoy encantado con la idea de irme de casa.
—El tío Fermín fue a Lecároz. ¿No le abrieron la cabeza de un palazo en el frontón del colegio?
—Sí —responde el papá—, era muy de derechas el tío Fermín. Ahí no podrás discutir de política, ¡menudos son!
—Te darán bien de comer. La comida tiene fama ahí. Engordarás.
—Y, ¿me darás la paga, papá?
—Algo habrá que darte para que te gastes en la cafetería.
—¿Qué vas a hacer tú solo, interno? Nos echarás de menos —aporta la mamá.
—No creo. Estoy deseando irme de casa. Solo echaré de menos a la Nena.
—Iremos a verte de vez en cuando —me informa el papá, lo cual no me agrada nada.
—Tendrás miedo por las noches —insiste la mamá.
—¡Más miedo tengo aquí! —”En cualquier sitio estoy mejor que aquí” pienso. Y me impaciento un poco porque todavía no puedo creer que yo pueda tener la suerte de escapar del infierno.
Otro verano de Madrid, de lujo, de religión, de protección. Quién sabe si la idea de ir a Lecároz no saliese de Madrid. La yaya nos llama al balcón. El tío Patxi pasea por el parque de la mano con una chica.
—¡Mirar, vuestro tío Patxi se ha echado novia! A ver si sienta la cabeza.
—De repente se nos casa —aventura el yayo.
Recuerdos dispersos: Piscinas enormes y tortilla de patata. Abrazos y besos de la tía Isabel. El tío Fermín aparece con su uniforme de teniente coronel y nos lleva de paseo. Estar a gusto con el Juan. Y la expulsión final; la caída inmerecida al averno.
También han regresado a Inglaterra los pépés y ahora nos preparamos para la ansiada visita del tío Patxi. De repente, los papás se ponen a vaciar la casa de medicinas diciendo que son peligrosas para el tío Patxi, cosa que no entiendo para nada. Lo que sí es sorprendente es que el tío Patxi ha venido con su chica, una tal Dayana. Este verano, el tío Patxi también ha traído canciones nuevas, Duerme negrito, La Cucaracha y Libertad sin ira. A mí me parece un poco lejano eso del negrito que duerme mientras su madre trabaja. La mamá dice que el tío Patxi es de izquierdas, pero no comprendo qué tiene que ver eso con las canciones. A mí, cualquier canción que hable del trabajo me parece horrible porque ya estoy harto de ir a la fábrica con el papá. La Dayana, porque aquí en el pueblo todos somos el o la, es muy maja y nos está enseñando a hacer juegos malabares, trucos de cartas y yoga. Un día, la mamá y la Dayana me llevan a Lecároz para conocer el colegio. Para un chico de la seca Ribera de Navarra, aquello era un jardín del paraíso, rodeado de verdes montañas, enormes campos de fútbol con césped, edificios modernos, piscina y frondosos árboles. Había otras familias de visita. Una imagen de cine. Gente elegante, coches relucientes. Un sueño como Madrid. Nunca pensé que de verdad iba a ir a ese colegio, ese sitio que parecía tan civilizado. De vuelta en Cintruénigo, uno estaba expuesto a los mayores peligros. Si no era mi padre conduciendo borracho como en una carrera de fórmula uno, era el tío Patxi con la Vespino de la mamá. Un día me lleva atrás a toda velocidad y yo, cagado de miedo. De repente suelta el volante y grita “¡Mira, sin manos!” Yo pensaba que ese era el inevitable día de mi muerte cuando, de repente, se pone de rodillas sobre el estrecho asiento y mi corazón está que se me sale del pecho. No me explico cómo adorábamos tanto al tío Patxi porque la verdad es que nos hacía sufrir de lo lindo. En aquellos tiempos, éramos más libres, así que el tío Patxi nos ha enseñado al Juan y a mí a montar la Vespino. Es alucinante acelerar a tope y sentir el viento en la cara. ¿Te imaginas, Johnny conducir una moto por Norwich a tu edad? ¡Menuda multa me podría caer! El Juan y yo éramos muy avezados y pronto empezamos a llevarnos la moto a un descampado donde los chavales del pueblo solíamos hacer bicicross. ¡Menudos saltos dábamos con la Vespino!
Las fiestas del pueblo nos han revolucionado el corazón con todas sus emociones: los gigantes, los encierros, las vaquillas en la plaza de toros, las peñas bailando por las calles, las verbenas con orquesta, la feria de los Paseos y los fuegos artificiales. El pueblo se llena de cirboneros que regresan a disfrutar de las fiestas patronales y de forasteros que vienen de vacaciones. Cada vez se ven más vascos por las calles y he escuchado decir cosas que no entiendo bien. Un día estaba en los paseos, al lado de los machos alfa, que discutían de política y decían que Navarra pertenecía a Euskadi. A mí me pareció algo muy raro escuchar que Navarra no fuera de los navarros, pero es que en casa nunca se hablaba de política salvo en los monólogos de mi padre: “a los rojos hay que fusilarlos a todos”. En esa frase se resume mi educación política. Estas fiestas se me han perdido trescientas pesetas que me habían dado para mi cumpleaños. Las he buscado por todos lados: por la feria, por los autos de choque, por la casa; pero nada. En los autos de choque, he visto a una chica forastera que llevaba ropa moderna y unas gafas de espejo. Sería de mi edad, pero parecía una estrella del rock. De repente he sentido algo muy raro por dentro. He querido estar con ella… No, he querido abandonarme a ella. Pero, como de costumbre, no me he atrevido a decirle nada. De todas formas, esa chica parece mayor para su edad; seguro que tiene novio. He vuelto a casa y me han dado ganas de llorar. No me la puedo sacar de la cabeza. Regreso a los autos de choque a ver si todavía está y decirle que quiero salir con ella, pero ya se ha ido. Me pegaré el resto de las fiestas buscándola por todos lados infructuosamente. Mi vida se ha convertido en una farsa. La salvación ya no está en Cristo, sino en una mujer, igual que en las películas. Hemos sustituido a Dios por la conquista romántica y mi alma se va a quedar vacía durante muchos años. Pero no me sorprende estar convirtiéndome en un tipo enamoradizo que busca la solución a la depresión en los brazos de una mujer: mi vida está dominada por grandes mujeres. La yaya es una presencia constante; la tía Isabel, una fuente de felicidad; la Nena, un consuelo que ilumina mis momentos más oscuros; y la mamá, el origen de la vida y el objetivo principal de mi empatía. Si la yaya y la tía Isabel son salvadoras que actúan sobre mí, la mamá y la Nena me convierten en actor, le dan propósito a mi vida: solo tengo once años, pero soy importante para ellas. Y todas esas otras mujeres fundamentales, como la tía Vicenta y las primas, la tía Angelita, la prima María Josefa, la tía Amparo, la Matilde, todo un mundo femenino, todos esos ángeles de la guarda fueron creando en mi mente inconsciente la idea de que la salvación se encuentra en una mujer. Quizá por eso siempre le rezo a la Virgen María, y siempre lo haré, incluso cuando caiga en el rechazo a Dios dentro de unos años.
Las fiestas patronales son los cimientos del pueblo, el cemento que nos une, el principio y el fin de nuestro año. En este libro también, el año empieza y termina en septiembre.
•••
¡Qué bien lo pasábamos en las fiestas del pueblo, te acuerdas? Anoche estuvimos juntos en Japón, Juan. Yo te llevaba a cenar por ahí, entre luces de neón. ¡Qué alegría verte! Todas las noches nos acordamos de ti en nuestras oraciones. Pero, ¿qué importancia puede tener esto en un mundo ateo? Ni siquiera tú eras muy de rezos. Sin embargo, cuando hablas con Dios, te das cuenta de que has accedido a un nivel superior donde solo lo más esencial tiene cabida. En primer lugar, se le dan las gracias a Dios por lo mucho que tenemos, luego, se le pide fe, y salud para mantenernos en el camino correcto, y paz en el mundo. Cosas esenciales. Y, dentro de esas cosas fundamentales, se le pide por los difuntos. Por eso rezar es tan crucial, porque hace que te des cuenta de que las cosas importantes en la vida se pueden contar con los dedos de una mano. Y tú eres importante, Juan. Importante y especial. Ahora me doy cuenta de que la yaya, cuando rezaba por sus hermanos caídos en la guerra, se sentía más cerca de ellos y, cuando decía que nos encontraremos con nuestros seres queridos en el cielo, no estaba repitiendo cosas de curas, estaba expresando una espiritualidad experiencial. Así como yo experimento una extraña alegría al rezar por ti, por el papá, y por el tío Patxi, la yaya se consolaba sabiendo que sus hermanos eran felices en el cielo. Y yo soy feliz sabiendo que por fin mi padre es un hombre bueno y libre. Libre de sí mismo. Y tú también, Juan: libre.
Sois muy pequeños, pero creo que ya comprendéis que nuestro momento importante, lo que más nos une, son nuestras oraciones, nuestra fe. Cuando seáis mayores y yo no esté, rezaréis y me sentiréis vivo tal y como yo siento a mis difuntos. Ojalá no os olvidéis nunca de lo más fundamental en la vida, en la muerte, en la eternidad. Como ya os he dicho, el mundo intentará quitaros este tesoro. Las narrativas ateas y hedonistas ya van infiltrándose en vuestros corazones y no hay quien las pare. Pero tampoco quiero ser un padre fundamentalista. La fe tiene que ser un acto libre. Quiero que, si por casualidad caéis en ese pozo inmundo, sepáis llamar a Cristo para que os saque. Mi abuela decía que mi padre era un hombre bueno. También decía que esta vida solo era una sala de espera para esa otra vida eterna al lado de Dios y de todos nuestros seres queridos. Y Cristo, a través de la Biblia y su Iglesia, nos muestra el camino a seguir. Ahí tenéis las únicas narrativas que os conducirán a una vida plena y llena de sentido. No solo eso: insistir en que mi padre era un hombre bueno rindió sus resultados, porque vuestro abuelo tuvo la oportunidad de ser bueno y muchas personas le tenían un gran afecto. Ahí tenéis un ejemplo de narrativa creativa. Porque, como ya he mencionado antes, Dios nos da el poder de completar su creación. El hijo de sus entrañas no podía ser malo. Un hombre que tiene cuatro preciosos hijos no puede ser vil. No puede ser que tanta cosa buena emane de un ser malo. El ser humano es creativo. Por eso, si queréis resultados positivos, vuestras narrativas deben ser siempre positivas. Por otro lado, están las narrativas negativas. Ver lo malo en la otra persona y ver solo eso, como lo hicieron mis padres el uno del otro. Las personas maldicientes y malintencionadas crean su propio infierno de negatividad. Y puede que por eso vuestra abuela se deprima tanto y haya tenido una vida tan difícil: siempre se centra mucho en lo negativo. Nuestras narrativas, lo que creemos y lo que decimos, tienen un efecto creativo, y las narrativas del ateísmo conducen a un sinsentido hedonista. Un vaciado total del alma humana. Y no es que quiera atacar a los ateos, ni mucho menos. La mayoría de la gente que conozco es atea. Vuestra abuela, sin ir más lejos. Y hay que reconocer que muchos ateos son gente estupenda, empática, generosa, comprometida con la equidad y la justicia social. Quizá esos ateos sean simplemente cristianos de armario. Aunque hay cosas aún peores que el ateísmo, como por ejemplo un cristiano que canta la canción de la cabra en la catequesis. ¿Cómo pudimos caer tan bajo con tan solo ocho años? Para que luego digan que Satán no existe.
En fin, solo quería compartir con vosotros una reflexión final sobre esta incógnita que me tiene obsesionado: ¿puso mi madre a mi padre por encima de su seguridad y la de sus propios hijos? ¿Era mi madre una adicta que buscaba esa dosis ocasional de aceptación, de éxtasis en el hombre fatal? En definitiva: ¿fue mi madre tan culpable como mi padre del abuso que todos sufrimos? Según lo dicho en el párrafo anterior, debería pensar que no. Mi narrativa, tiene que estar fundamentada en lo positivo. Mi madre era tan solo una víctima y mi padre un hombre bueno. Un hombre bueno a quien se le permitió deslizarse por un camino de perdición sin nadie que le pusiera frenos. ¿Pero, qué pensarían los judíos sobre sus verdugos nazis? ¿Acaso también pensaban que sus torturadores y asesinos eran hombres buenos? ¿Y acaso alguien va a decir ahora que la culpa del holocausto la tuvieron las víctimas? Quizá muchos hombres malos tan solo sean hombres buenos. Muchos de esos asesinos jamás hubieran pensado en cometer esos crímenes si no se les hubiera proporcionado una infraestructura ideológica, política y militar que los empujara en una dirección determinada. Mi padre también se crió en una estructura sociocultural que no solo no le paraba los pies, sino que lo empoderaba y fomentaba sus actitudes abusivas. ¿Cómo se convierte uno en un pervertido, en un ladrón, en un abusador, en un genocida? ¿Acaso no se trata de tener la oportunidad? ¿Acaso no se trata de saber que tu crimen va a quedar impune? ¿Y cómo se puede culpar al individuo cuando es la misma sociedad quien te da las oportunidades, la ideología y la licencia para matar? Porque él estaba sufriendo mucho, y nadie le ayudó. Solo podía explotar. Entonces, le echaremos la culpa de todo a la sociedad. Esa sociedad obsesionada con el machismo, el héroe destructivo, la mujer sumisa. Esa sociedad que nos impulsa a consumir ad nauseam. Esa sociedad que nos incita a ir al sur para hacer mejor el amor. Nosotros hemos creado nuestra propia trampa hedonista, narcisista y exibicionista, y los nazis volverán a matar a millones de personas sin que nadie pueda hacer nada para evitarlo, porque somos incapaces de cambiar. Sí, quizá sea esta la respuesta a mi incógnita, el abuso es un producto social. Nosotros, juntos como sociedad, somos esclavos de la Cabra y creamos nuestro propio infierno. Yo estoy escribiendo este libro para que reflexionéis, para que no caigáis en los mismos errores de vuestro padre y de mis padres, para que no caigáis en las trampas de la sociedad, pero supongo que no será suficiente. ¿Qué más puedo hacer para proteger a mis hijos? Si os protejo demasiado, os quito la libertad y, si os doy rienda suelta, os envío de cabeza al infierno. La yaya siempre decía que estaba rezando mucho por mí. Y yo estoy rezando mucho por vosotros. No sé qué más puedo hacer. ¡Que Dios os bendiga siempre!
©Félix Chivite Matthews 2018
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